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HISTORIA DEL URUGUAY 



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EDUARDO ACEVEDO 



HISTORIA DEL URUGUAY 



TOMO III 



LA GUERRA GRANDE 

GOBIERNOS DE RIVERA Y DE SUÁREZ 

1838-1851 



MONTEVIDEO 



Imprenta Nacional 
1919 



V 



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I 

GOBIERNO DE RIVERA.— 1838-1845 



INTRODUCCIÓN A LOS CAPÍTULOS 1 VI 



Rosas desconoció abiertamente la legitimidad del gobierno de ili- 
vera, porque Rivera era el aliado y protector de los emigrados y 
porque convenía a los fines imperialistas de la política argentina que 
la guerra civil fuera endémica en el territorio uruguayo. 

Al aplaudir la resolución que atribuía a los orientales de recurrir 
a las armas, anticipaba el propósito de "robusteicer" esa resolución, o 
lo que es lo mismo, de ayudar a Oribe en su futura campaña militar. 

¿Pero tenía Rosas la idea de ir al rompimiento efectivo de las 
hostilidades hasta dar a la guerra civil que él estimulaba el ca- 
rácter de una guerra internacional? ¿O echaba mano de Oribe en la 
misma forma en que había echado mano de Lavalleja, sobre la base 
de ofrecimientos militares que jamás llegaba el caso de hacer efec- 
tivos en toda su integridad? 

Si Rivera hubiera consultado exclusivamente los intereses uru- 
guayos, se habría limitado a ponerse en guardia, a organizar un 
ejército fuerte para asegurar la estabilidad de la paz y fomentar los 
progresos internos. 

Rosas estaba en lucha con la escuadra francesa y con buena parte 
de las provincias argentinas que se erguían contra su dictadura. No 
le convenía absolutainente agrandar su teatro de guerra. No le con- 
venía lanzar sobre el territorio uruguayo ejércitos que necesitaba 
para consolidar su predominio, ni tampoco dar nuevos y poderosos 
argumentos de intervención a la Francia, que ya bloqueaba sus 
puertos, y al Brasil que podía intervenir en cualquier inomento a 
título de parte en la Convención de Paz de 1828, pero en el fondo 
para reanudar la política de absorción de territorios a que esa Con- 
vención había puesto término. 

Era absolutamente improbable, pues, que el dictador argentino 
llevara adelante su declaración de guerra. Y siendo así, el formi- 
dable progreso económico que se iniciaba en el Uruguay bajo la 
triple presión de las ventajas naturales de su territorio, de la ex- 
trema liberalidad de sus instituciones y de las violencias de Rosas, 
se habría encargado de arrancar de la cabeza de Oribe toda espe- 
ranza de reivindicación armada. 

Desgraciadamente, Rivera estaba dominado por dos influencias in- 
teresadas en sacarlo de esa situación de absoluta expectativa que 
le imponían los verdaderos intereses uruguayos: la de los emigrados 
argentinos y la de la escuadra francesa. 

Los emigrados argentinos basaban en el Gobierno Oriental todos 
sus planes revolucionarios. Sin su concurso no podían organizar ex- 
pediciones contra Rosas, ni tampoco promover el levantamiento de 
las provincias del litoral. Tenían, pues, un interés extraordinario en 
provocar el rompimiento. Y para conseguirlo, contaban con los pri- 
meros hombres de pensamiento y de acción de su patria, estadistas 
de talento como Rivadavia y Florencio Várela, y generales como 
Lavalle, todos ellos del circuló íntimo de Rivera y de su eminente 
Ministro don Santiago A'á^quez. Tadas las opiniones de la época 
están contestes en que la influencia argentina era incontrastable 
cuando Rosas lanzaba su anatema contra Rivera. 

Para los agentes franceses no era menos precioso el concurso de 



HISTORIA DEL ÜBUGUAT 



Rivera. Ellos tenían absoluta necesidad del Gobierno Oriental para 
asegurar la efectividad del bloqueo de las costas argentinas y para 
quitarle a la lucha contra Rosas el cariz de tentativa de conquista 
o de manotón internacional que habría podido atribuírsele. Teniendo 
a Rivera de su lado, agregaban además al poderío de la escuadra el 
poderío inmensamente má/S valioso de lo-s ejércitos de tierra. Poco o 
nada les significaba el pleito entre Rivera y Rosas, que sólo se pro- 
ponían explotar en provecho del interés francés. Podían ofrecer a 
Rivera una escuadra, algunos millares de fusiles y algunas decenas 
de miles de pesos, y todo eso lo ofrecieron con la promesa comple- 
mentaria de nuevos y poderosos aportes de tropas y recursos, sin 
perjuicio de dejar en .la estacada al Uruguay, una vez que juzgaran 
más conveniente transigir con Rosas. 

En vez, pues, de despreciar los gritos de allende el Plata y de 
limitarse a dificultar la reanudación de la guerra civil, resolvió Ri- 
vera recoger el guante que le arrojaba Rosas y declararle la guerra, 
realizando antes un tratado de alianza con el Gobierno de Corrientes 
que llenó de alarma al dictador argentino y dio lugar a mediados de 
1839 a la invasión de Echagüe, que es el verdadero comienzo de la 
Guerra Grande. 

Tal fué la gravísima falta política de Rivera: haberse dejado 
transformar de fuerza directriz que reaihnente era, en instrumento 
de la política francesa a cargo de la escuadra bloqueadora de Buenos 
Aires, y de la política argentina a cargo de los emigrados radicados 
en Montevideo. 

Pero esa transformación de Rivera no resulta tan grave como la 
de su antagonista Oribe,' al abandonar él también la posición que 
ocupaba como fuerza directriz, para asumir la jefatura del ejército 
argentino encargado de exterminar a los adversarios de Rosas en 
las provincias alzadas contra su dictadura, y de lanzarse luego sobre 
el territorio uruguayo con el programa de perpetuar el estado de 
guerra, mientras sus soldados permanecieran bajo banderas. 

El paréntesis que media entre la victoria de Cagancha a fines 
de 1839 y la invasión de Oribe a principios de 1843, revela con sus 
fuertes oleadas de inmigrantes europeos que en pocos años más de 
paz internacional, el Uruguay halaría podido conquistar su plena 
y aefinitiva estabilidad política, en me-dio del profundo caos que 
reinaba en el Brasil y la Argentina. Y demuestra algo más. De- 
muestra que si Oribe hubiera entrado a Montevideo, como pudo y 
debió hacerlo a raíz de la batalla del Arroyo Grande, la inmensa 
vitalidad del país se ha,bría encargado de operar la reconstitución 
de las fuerzas perdidas, hasta asegurarle en materia económica el 
rango eminente que ya le habían conquistado en la América del Sur 
sus instituciones políticas y sus liberalísimas leyes orgánicas. 

Oribe, desgraciadamente, que sólo actuaVia como lugarteniente de 
Rosas, no tenía instrucciones para entrar a Montevideo: las tenia 
solamente para sitiar la plaza y perpetuar el estado de guerra, y 
a esas instrucciones resolvió sujetarse sin que lo asustara la pers- 
pectiva de la ruina de su patria, bajo forma de despoblación y de 
exterminio de fuentes de riqueza. 



CAPÍTULO I 
El gobierno de Rivera del punto de vista político 

Después de la caída de Oribe. 

Una vez aceptada la renuncia de Oribt\ asumió el poder 
don Gabriel Antonio Pereira en su calidad de Presidente del 
Senado. 

Era el nuevo mandatario uno de los firmantes del manifiesto 
legislativo de mayo de 1837, que hablaba así de Rivera: 

"Genio malino"...; "caudillo ambicioso, que juzga que 
el pueblo es su patrimonio". . . y "que hollando la Constitu- 
ción y las leyes y olvidado de lo que debe a su patria, se 
lia atrevido a levantar el pendón de la anarquía, sin más causa 
que su falta de respeto" a la voluntad del pueblo. 

Reaccionando contra esas declaraciones, Pereira se dirigió 
en el acto a Rivera para decirle que lo reconocía "como el 
digno representante de la fuerza armada, con cuyos votos se 
uniformaba la nueva administración", y pedirle que sacara 
a la Capital "do la situación lamentable y peligrosa en que 
la ha1)ía colocado una sacrilega resistencia". Dictó al mismo 
tiempo un decreto en que declaraba que eran "altamente in- 
dignos del pueblo oriental, contrarios a su voluntad bien cono- 
cida y ofi-nsivos ^ su nombre y a su civilización"*, todos los 
decretos, acuerdos y disposiciones lanzados contra Rivera 
desde julio de 1836 y' mandaba testar los documentos respec- 
tivos, ccmo testimonio de que la República "desconocía, re- 
chazaba y detestaba esos actos de oprobio y de ignominia". 

Rivera asume la dictadura. 

Pocos días después entraba Rivera a la plaza y asumía el 
mando, dirigiendo con tal motivo al país un manifiesto o decla- 
ración ele los principios a que ajustaría su conducta de go- 
bernante. 

Según ese manifiesto, que corresponde a los primeros días 
de noviembre de 1838, la República "salía de una época de 



10 HISTORIA DEL UKCGUAT 



calamidades, de retroceso y de degradación, jjara empezar 
otra que- habría de ser de reparación, de prosperidad y de 
f^loria"; y Oribe había sido arrojado "de un puesto ([ue no 
era suyo", por "la irresistible fuerza de la opinión pública y 
por las lanzas del ejército constitucional, ministro de la vo- 
luntad del pueblo uruguayo". 

Oribe, sin embargo, había subido a la presidencia por el 
voto de todos los miembros de la Asamblea y mal podía pre- 
sentársele como un usurpador. Era un vencido por las lanzas 
alzadas contra las autoridades constituidas, los verdaderos 
representantes del pueblo urugTiayo para Kivera. 

El propio manifiesto se encargaba luego de descubrir el 
verdadero móvil de la revolución triunfante. 

"No es de aquí — decía — poner en duda la legalidad de 
su elecx3Íón; pero la Kepública entera tiene el íntimo conven- 
cimiento de que la debió exelusivamente a mi influjo... Los 
primeros pasos del hombre funesto se dirigieron a minarm-í 
en la opinión, a hacerme desaparecer de la escena pública". 

Está allí encerrado el programa de la revolución. Oribe, 
elegido por la influencia de Kivera, había querido independi- 
zarse de su tutor y por eso se habían erguido contra él las. 
lanzas del "ministro de la voluntad popular". 

Comprendiendo, sin embargo, que un agravio personal no 
era suficiente para justificar la guerra que acababa de asolar 
al país, se apresuraba Rivera a formular en esta forma eL 
proceso contra Oribe : 

"Sofocada la imprenta; atropellada la seguridad individual; 
dilapidada la Hacienda pública; deportados los hombres más 
distinguidos; organizada la delación y el espionaje; violada la 
correspondencia particular; convertido el suelo oriental en 
cárcel de un gobierno extraño ; introducidas las huestes de- 
éste clandestinamente en la República; prostituida ante el ex- 
tranjero la dignidad nacional; y el asesinato alevoso empleado 
como resorte político". 

Todos estos capítulos de agravios eran posteriores a la revo- 
lución y por lo tanto no podían ser invocados como causa deter- 
minante de ella, salvo en lo relativo a las vinculaciones de 
Oribe con Rosas, vinculaciones que al tiempo del alzamiento 
de 1836 no daban todavía base para protestas armadas. Sólo 
la necesidad de agregar al móvil personal del ex Presidente, 
único que en realidad actuaba, razones de interés general, ex- 
plica las referencias del manifiesto a medidas emanadas de- 



GOBIEUNO DE RIVERA 11 



la jíuerra misma, como las prisiones y destierros y el cargo 
sobre pretendida dilapidación de la Hacienda pública. 

Debía ser saltante la flojedad de esa parto del manifiesto, 
cuando su autor tuvo necesidad de alzar el punto de mira, 
dando su verdadero carácter a las contiendas- en que había 
intervenido, contiendas de sello netamente personal, según se 
verá por el párrafo que subsigue: 

"Ocho años contamos de existencia política, perdidos la- 
iventablemente en ensayos, o p?rniciosos o estériles. Los erro- 
res de todos, los míos también, expusieron la República a vici- 
situdes continuas; agotaron inútilmente sus inmensas fuerzas 
de producción y de vida; dispersaron los elementos de la civi- 
lización e impidieron hasta hoy que el orden social reposase 
sobre bases indestructibles. Es tiempo de aprovechar las lec- 
ciones de la experiencia; de buscar el remedio a tanto mal; y 
de resolver el gran problema de que depende la tranquilidad 
y entidad de los Estados americanos: sustituir d imperio de 
¡as cosas a la influencia de las personas; conquistar la estabi- 
lidad. Y sólo hay un camino para resolver ese problema, 
crear instituciones buenas y propias; educar y formar sobre 
ellas la conciencia y la moral del pueblo y habituarle a respe- 
tarlas con religiosa veneración". 

¿Qué proponía Eivera para conseguir estos resultados? He 
aquí su programa : 

■'Convencido por los hechos de la confianza cpie merezco a 
la Nación, declaro ante ella con la franqueza que a esta posi- 
ción corresponde, que me juzgo con los medios, con la capa- 
cidad y con la voluntad suficientes para remover todos los 
obstáculos que se oponen al libre ejercicio de la Constitución; 
para afianzar de un modo perdurable el orden social; y para 
impedir que se repitan en la República conmociones y tras- 
tornos que concluirían por proscribir de la civilización el 
nombre oriental". En consecuencia "declaro": 

•'Que me hago garante de las instituciones constitucionales 
de la República, tales como se encuentran establecidas en nues- 
tro código político. Que para hacer efectiva esta solemne ga- 
rantía, suspendo momentáneamente el ejercicio de los altos 
poderes constitucionales. Que esta suspensión durará tan sólo 
los días estrictamente necesarios para restablecer el orden, 
acallar las pasiones y preparar el libre ejercicio de aquellos 
I)oderes ' '. 



JO HISTORIA DEL T:BUGUAY 



La reforma constitucional. 

Para a.segurar, pues, la sustitución del iraperio de la ley al 
imperio de las personas, propósito ciertamente muy patriótico, 
empezaba Rivera por echar abajo el Cuerpo Legislativo y 
por asumir la dictadura, ofreciendo a la vez como prenda para 
el .pon-enir su garantía personal, es decir, una garantía que 
ya tenía acri^ditados en su haber nada menos que cuatro alza- 
mientos contra las sustituciones: el de 1826, en plena guerra 
de la Independencia; el de 1830, en la víspera de la jura de 
la Constitución; el de 1836 y el de 1837. 

El mal evstaba. pues, realmente en las personas que se juz- 
gaban con derecho propio al gobierno del país. Pero era más 
cómodo atribuirlo a las instituciones y en consecuencia resol- 
vió Rivera em])render la reforma de la Carta Fundamental, 
como medio de evitar la reproducción de las revoluciones que 
estaban arruinando al país. 

A raíz, pues, de su manifiesto o declaración de principios, 
publicó un decreto llamando a elecciones para constituir ima 
nueva Legislatura encargada de abordar- la reforma consti- 
tucional. 

En ese decreto se hacía el proceso de las Cámaras derroca- 
das: los comicios de 1836, de que emanaban, habían sido vi- 
ciados por la violencia oficial; y ellas habían tolerado en si- 
lencio la supresión de la libertad de imprenta, el arresto y 
deportación de ciudadanos y extranjeros, la supresión de la 
seguridad individual, las alianzas con Rosas y la entrada de 
tropas extranjeras al territorio nacional. 

Xo eran nuevos, ciertamente, algunos de esos vicios, ni aje- 
nos a Rivera otros: las elecciones anteriores a 1836 se habían 
hecho bajo la influencia abrumadora del mismo Rivera, y en 
cuanto a alianzas con los gobiernos extranjeros y entrada de 
tropas al territorio uruguayo, podía Oribe reprochar al acu- 
sador sus vinculaciones con la escuadra francesa. 

Próxima ya a instalarse la nueva Legislatura, resolvió Ri- 
vera dirigirse al país para explicar la necesidad de la reforma 
constitucional. 

La Nación — decía en . su manifiesto de febrero de 1839 — 
acaba de pronunciarse abiertamente a favor de la reforma. 
La tiranía del régimen colonial "en que no se veía ni se ima- 
ginaba otra acción que la del Poder Ejecutivo, formó natu- 



liOIUKUNO UK KUKKA 13 



ralnunitv^ imi los ]iueblos que saciidioron su yufío un senti- 
iniento y una confieneia hostiles a ese Poder y los inclinó a 
depositar exclusivamente su confianza en las asambleas repre- 
sentativas." Tal fué el primer error. El Poder P]jecutivo ne- 
cesita desplegar una acción vigorosa y concentrada, y e.staudo 
en la imposibilidad de hacerlo, cae como víctima de la ley o 
salta todas las barreras. Otro error fué el de no promover la 
educación municipal. Las Juntas Económico-Administrativas, 
o no desempeñan servicio útil alguno, o entorpecen la acción 
del poder central. Hay necesidad de robustecer la parte del 
Poder Ejecutivo, pero haj^ que dejar también al pueblo la 
parte que puede atender desde ya, sin perjuicio de futuros 
ensanches. Un tercer error ha sido el de apoyar en la fuerza 
material todas las garantías constitucionales, cuando el sostén 
verdadero ha de buscarse en las costumbres y en la moral del 
pueblo, mediante el desarrollo de la educación pública y el 
ejercicio habitual de todos los derechos. 

Terminaba el manifiesto expresando la necesidad de multi- 
plicar y facilitar las comunicaciones aumentando las postas y 
el correo, franqueando los caminos, allanando los obstáculos 
que nuestros copiosos ríos oponen al tránsito de los hombres 
y de las riquezas. 

En concepto de Rivera, pues, dentro de nuestro régimen 
constitucional las Cámaras lo absorbían todo y el Poder Eje- 
cutivo carecía de fuerzas propias. Y, sin embargo, si algo 
habían exagerado los constituyentes, era en el sentido contra- 
rio : al dar al Poder Ejecutivo, como le dieron, la parte del 
león en la distribución de las funciones públicas. 

Pero, como hemos dicho, era más cómodo atribuir a las ins- 
tituciones los males imputables a la ambición de los hombres 
bajo forma de revueltas incesantes para la conquista del go- 
bierno, y entonces lo que había que hacer no era pedir a los 
caudillos que refrenasen sus apetitos de mando y que pres- 
tasen acatamiento a la ley. sino promover la reforma de la 
ley para aumentar las facultades de los Presidentes! 

El olvido del pasado. 

Algo más noble se propuso realizar Rivera, y eso sí que 
estaba incorporado a su estructura moral : la obra de aproxi- 
mación de los orientales. 

"El pueblo oriental y yo, como su representante, — decía 



J4 HISTORIA DEL LTIUGUAT 



eu un decreto de mediados de novieml)re de 183S — deseamos 
y sancionamos perpetuo y absoluto olvido de opiniones ante- 
riores a esta fecha. La libertad y seguridad personal de todos 
los habitantes de la República son reconocjdas sin excepción, 
como priiu-ipios fundamentales de mi conducta y quedan 
desde este momento bajo mi inmediata y especial garantía". 



La libertad de imprenta. 

Inspirado en sentimientos igualmente levantados, expidi<3 
un segundo decreto a favor de la prensa tan duramente ata- 
cada por Oribe. 

"La libertad absoluta e ilimitada de la imprenta, decía en 
ese decreto, es también uno de mis principios fundamentales. 
Todo individuo puede usar de ella sin restricción alguna. Los 
j)articulares que se creyeran ofendidos por producciones de 
la prensa, tendrán expeditos los medios de vindicación que las 
leyíís del país e-stablecen. Los ataques de cualquier género 
que se dirijan contra mi persona, las de mis secretarios o 
contra los actos administrativos no quedan sujetos a responsa- 
bilidad alguna: y para asegurar esta declaración yo y mis 
secretarios renunciamos, mientras yo esté en el mando, la pro- 
tección de la ley actual y todo otro medio de vindicación". 

YjU cambio de este decreto de amplio contralor periodístico, 
sui>rimió Rivera la Comisión da Cuentas del Cnerpo Legisla- 
tivo, a título de que usurpaba facultades privativas de las 
Cámaras, pero en el fondo como medida de represalia contra 
cl proceso financiero instruido a la administración de 1834. 
Entendía sin duda que eliminado ese resorte del contralor 
parlamentario, ya nadie examinaría las cuentas y podría él. 
como dueño y señor del país, disponer del patrimonio nacio- 
nal. Por lo pronto, a raíz de su decreto y antes de concluir 
el año 1838, mandaba abonar a cada ano de sus ^Ministros 
16,000 pesos pagaderos la mitad por la Nación y la otra mitad 
por el donante con el producto de sus sueldos atrasados, y 
mandaba adjudicar a don Juan León de las Casas la pro- 
piedad de la Escribanía de Gobierno y Hacienda, en retribu- 
ción de servicios prestados durante la guerra contra Oribe. 

En cuanto al decreto sobre libertad absoluta de la prensa, 
ya se encargaría Rivera de desautorizarlo en 1840. a raíz de 
la publicación del diario •'Eco del Pueblo", mediante un uien- 



GOIUKKNO DE R1Ví:RA 15 



saje a la Comisión Permanente en que expresaba que pronto 
ya. a salir a campaña, había resuelto pedir una declaración 
que autorizara al Gobierno y al General en Jefe del Ejército 
para adoptar cuantas medidas demandara la salvación de la 
patria. 

"Todo lo que de cualquier modo tienda a desconsiderar al 
Gobierno y al General en Jefe — decía Rivera en su mensaje 
— os ¡ina herida que se hace al corazón de la patria... No 
hay garantía ninguna legal que proteja al Gobierno: está a 
merced del primer díscolo atrevido que quiera combatirlo y 
sucuml)irá infaliblemente si, neciamente confiado en la protec- 
ción de las leyes, no toma otras medidas de defensa." 

T>e la dictadura a la presidencia. 

A fines de febrero de 1839 se reunió la Asamblea Legisla- 
tiva y Constituj^ente llamada a reemplazar a la que había 
sido disuelta en noviembre del año anterior. 

Respondía en absoluto, como es natural, a Rivera y éste fué 
■elegido Presidente de la República el 1.° de marzo del mismo 
año por 28 votos contra 1 que obtuvo don Gabriel Antonio 
Pereira. 

Rivera estaba a la sazón en el Durazno, oi^ganizando fuer- 
zas para la campaña contra Rosas y la Asamblea designó una 
Comisión compuesta de un senador y dos diputados para que 
•se trasladara al cuartel general y recibiera el juramento del 
Presidente electo, como efectivamente lo hizo a fines del mis- 
mo mes de marzo. 

Resonaba todavía el eco de los festejos cuando ocurrió un 
íiccideíite que cambió el aspecto del cuartel general: el arroyo 
Maciel, sobre cuyas márgenes estaban acampadas las tropas, 
creció de pronto bajo la acción de una tormenta y varios ofi- 
ciales y soldados, arrebatados por la corriente, perecieron aho- 
gados. 

Hivera celebra un tratado de alianza con el Gobierno de 
Corrientes. 

Hemos dicho ya que cuando Oribe envió a Rosas una copia 
de la protesta formulada a raíz de su renuncia, acusó recibo el 
dictador argentino en forma que denunciaba su propósito de 
hostilizar al nuevo gobierno uruguayo. 



16 HISTORIA DEL URUGUAY 



Esa actitud de Rosas era una consecuencia lójíica de la que 
había asumido durante la guerra civil que recién terminaba y 
era a la vez una respuesta a la protección dispensada por 
Rivera al grupo de ilustres argentinos desterrados por Oril)C 
a instancias de la cancillería de Buenos Aires. 

Cuatro días después de la caída de Oribe, se había dirigido 
efectivamente Rivera al Presidente del Senado, desde su 
cuartel general en el ^Miguelete, previniéndole que ese grupo 
de argentinos a cuya cabeza estaba don Bernardino Rivadavia, 
debía regresar, y que era necesario que el Gobierno le pro- 
porcionara medios de transporte desde Santa Catalina a Mon- 
tevideo, salvando así, decía el mensaje, el decoro y la dig- 
nidad de la República tan torpemente vulnerados. Y el Pre- 
sidente del Senado había dictado en el acto un decreto que 
establecía : que los derechos, las consideraciones y el asilo que 
la civilización y las leyes del país garantizaban a la desgracia, 
habían sido cruelmente sacrificados por el gobierno de Oribe 
a los mandatos de un gobernante extranjero Quyñ saña inaudita, 
perseguía sin piedad a sus víctimas : que el pueblo oriental 
estaba resuelto a separar de sí la infamia de aquellos actos 
y a repararla ; y Cjue un buque costeado por el Tesoro público 
zarparía de inmediato para Santa Catalina en busca de los 
desterrados. 

El ambiente era, pues, de lucha y los preparati\'os para la 
guerra empezaron de inmediato. 

A fines de diciembre.de 1838 tuvo lugar en ^Montevideo el 
primer acto de importancia en la organización de la campaña 
contra Rosas. Don Santiago Vázquez como ^Ministro de Ri- 
vera y el coronel Olazábal como representante del Goberna- 
dor de Corrientes don Genaro Berón de Astrada, suscribie- 
ron un tratado de alianza ofensiva y defensiva, por el cual 
se comprometía el Gobierno Oriental a poner en campaña un 
ejército de 2,000 hombres y el de Corrientes otro de 4,000 que 
eji su casi totalidad pasarían a depender directamente de 
Rivera. 

En cuanto a los argentinos residentes en territorio uru- 
guayo, su alianza con el nuevo mandatario databa de largos 
años atrás y cada día era vigorizada por nuevos e intensos 
lazos de unión. En 1841. Alberdi, uno de sus más ilustres re- 
presentantes, pulilicó un opúsculo en el que hablaba así a los 
escasos compatriotas que aún dudaban de las promesas de 
Rivera : 



GOBIERNO DE 1U\ KRA 17 



"¿Tenéis por poco el poseer un suelo a pocas leguas de 
Buenos Aires, donde todo enemigo de Rosas tiene asilo y alia- 
dos, donde se puede gritar y escribir sin reserva ¡ muera 
Rosas!, de donde pueden salir todavía diez ¡tentativas de 
reacción contra el tirano argentino y de donde van soldados 
y aprestos para el ejército argentino en Corrientes? Pues 
esto es lo que nos da el general Rivera y lo que se trata de 
conservar peleando a su lado: no es, pues, el general Rivera: 
es la revolución contra Rosas en el Estado Oriental: es un 
campo espléndido que pertenece por sus armas y bandera a la 
causa libertadora de la República Argentina : es una gran 
parte de la Revolución argentina". 



El Urug-uay declara la guerra a Rosas. 

La ratificación del tratado con el Gobierno de Corrientes 
tuvo lugar en febrero de 1839 y una vez llenado este requi- 
sito se apresuró Rivera a declarar la guerra al dictador ar- 
gentino. 

''Entre las medidas que en consecuencia de mi Declara- 
ción he adoptado, — decía en su manifiesto, — es una de las 
más serias la resolución de aceptar la guerra que declaró de 
hecho a la Repiiblica un vecino altanero e intratable que 
despedaza a nuestros hermanos de la otra orilla del Plata, 
ataca incesantemente nuestra independencia y escandaliza al 
continente con unas aspiraciones sin ejemplo". 

Dos decretos importantes subsiguieron a este manifiesto. 

Por el primero de ellos, suprimía el Gobierno el uso de la 
divisa colorada y declaraba que "la escarapela nacional" 
sería el único distintivo que en adelante usarían "todos los 
empleados civiles y militares de la República". Era una ten- 
tativa hábil para suprimir los antagonismos internos y agru- 
par todas las fuerzas del país en la víspera de la gran lucha 
contra Rosas. 

Por el segundo, se declaraba al Uruguay en estado de guerra 
con el Gobierno de Buenos Aires, pero no así. agregaba el 
decreto, contra los pueblos y ciudadanos sustraídos al poder 
del tirano. Fué leído este decreto en la Plaza Mayor, hoy 
Constitución, ante un público numeroso que recorrió luego 
las calles de la ciudad enarbolando banderas orientales, ar- 
gentinas y francesas, en medio de manifestaciones estruen- 



18 HISTOrilA DEL URUGUAY 



dosas que se repitieron a la noche durante ima función tea- 
tral que el Jefe de Policía don Luis Lamas matizo con una 
arenga guerrera desde el palco oficial. 

Cuando la nueva Legislatura llegó a enterarse de las co- 
municaciones relativas a la declaración de guerra contra Ro- 
sas, al tratado de alianza con Corrientes y a los demás actos 
realizados durante la dictadura que siguió al derrumbe de 
Oribe, votó una minuta de comunicación al Poder Ejecu- 
tivo, que empezaba haciendo el elogio de Rivera, "padre de 
la Patria"; autorizaba la remonta del ejército de línea hasta 
6,000 hombres; facultaba para realizar operaciones de cré- 
dito hasta donde lo requiriesen las necesidades de la guerra ; 
ratifieaba los decretos de la dictadura; y concluía haciendo 
ver la necesidad de convocar una gran Asamblea de doble 
número de legisladores, para regularizar la situación. 

Al autorizar la remonta del ejército hasta seis mil solda- 
dos, la Asamblea facultó al Poder Ejecutivo para enganchar 
extranjeros y asimismo para admitir el desembarco de bata- 
llones extranjeros durante la guerra. Los americanos del 
Norte, dijo en esa oportunidad el ^Ministro de Hacienda ante 
la Cámara de Diputados, obtuvieron durante la guerra de 
su independencia el auxilio de Francia, como España lo ob- 
tuvo de Inglaterra para librarse del dominio de Napoleón. Y 
procurando disipar los temores cpie despertaba el desembarco 
ele tropas extranjeras, agregó el Ministro de Relaciones Exte- 
riores estas palabras que no podían ciertamente convencer a 
nadie : 

"O la Nación de quien podemos recibir auxilios en esta 
crisis es fuerte y poderosa, o no. Si lo primero, tanto riasgo 
correríamos recibiendo su socorro como rechazándolo, porque 
al fin si tiene poder y pretende dominarnos, buscaría pretex- 
tos o sin ellos nos invadiría. Si no es poderosa y fuerte, nada 
tenemos que temer cuando nuestras solas fuerzas basten para 
combatirla. Hoy, señores, sería el mayor error creer que el 
anticuario espíritu de conquista pueda dominar en los con- 
sejos de los gabinetes sabios e ilustrados. Felizmente ese 
tiempo calamitoso ya pasó, y son otros más suaves, más dul- 
ces y más benéficos los vínculos con que hoy se ligan las 
diferentes naciones del Globo. No hay, pues, motivo racional 
de temor cpie impida la aprobación del artículo que se 
discute". 

No todos los estadistas orientales eran partidarios de la 



GOBIERNO DE RIVKRA 10 



guerra. En sus ''Recuerdos de la Defensa de Montevideo", 
ha dicho don Manuel Herrera y Obes que él se opuso a que 
esa criierra fufara declarada, porque no le iiLspiraba fe la in- 
tervención extranjera y porque eran muy desiguales las fuer- 
zas de una y otra margen del Plata. Pero prevalecieron, 
agrega, '"los agentes franceses y los emigrados argentinos que 
g(>zaban de omnipotente influencia en el Gobierno". 

Empieza la guerra en territorio argentino. 

Fueron los correntinos los primeros en lanzarse a la lucha. 
En su bando de febrero de 1839 decía el Gobernador Beron 
de Astrada que el pueblo de Corrientes quería "la forma fe- 
deral con buenas leyes fundamentales". Era el programa de 
Artigas en las Instrucciones de 1813, opuesto así por el Go- 
bernador de Corrientes al titulado federalismo de Rosas que 
consistía en el sometimiento incondicional de todas las pro- 
vincias a la voluntad de un dictador radicado en Buenos Aires. 

La provincia de Entre Ríos, que era el centro de opera- 
ciones de Rosas, debía ser atacada simultáneamente por el 
ejército correntino al mando de Astrada y por el ejército 
oriental al mando de Rivera. 

A principios de abril empezó la ejecución de ese plan, se- 
gún mi oficio de Rivera datado en el Durazno, en el que co- 
municaba al Ministerio de la Guerra cjue las vanguardias de 
ambos ejércitos se habían puesto en marcha y que él mismo 
con el grueso de las fuerzas ultimaba los preparativos para 
entrar en operaciones. Pero el ejército correntino fué des- 
trozado por el general Eehagüe, Gobernador de Entre Ríos, 
en la sangrienta batalla de Pago Largo. 

Eehagüe recibió entonces instrucciones para transportar el 
teatro de la guerra al territorio oriental, donde Rivera y La- 
valle proseguían la organización de las tropas que debían 
lanzarse sobre las provincias de Entre Ríos y Buenos Aires. 
Amlx)s personages estaban en el cuartel general del Durazno 
cuando llegó la noticia del descalabro del ejército correntino. 
Rivera marchó con rumbo al río Uruguay para organizar la 
defensa contra Eehagüe, y Lavalle se dirigió a ]\Iontevideo 
para organizar una expedición militar contra Rosas. 



20 HISTORIA DKL UKVGUAY 



Invasión y derrota de Echagüe. 

El ejército Je Echagüe cruzó el río Uruguay a fines de 
julio de 1839, a la altura del Salto. Formaban parte de su 
cuadro de jefes y oficiales los generales Justo José de Urquiza. 
Juan Antonio Lavalleja, Servando Gómez, Eugenio Garzón y 
el coronel ]\Ianuel Lavalleja. 

"El Xacional", invocando datos emanados de persona veraz, 
atribuía al ejército uruguayo a fines de agosto 10,800 hom- 
bres, de los que cerca de la mitad estaban bajo el mando di- 
recto de Rivera y el resto bajo las órdenes de Aguiar, ^Medina, 
Xúñez, Calderón y otros; y al ejército entrerriano. simple- 
mente 2,500 hombres. A mediados de septiembre, el mismo 
diario fijaba las fuerzas mandadas personalmente por Rivera 
en 4,000 y las de Echagüe en 3,000. Y sus cálculos debían 
emanar de fuentes muy autorizadas, pues pocos días después 
se publicaba un parte de Rivera, del que resultaba que su 
ejército se componía de 8 divisiones de 500 hombres cada una 
y que las fuerzas de Echagüe y Lavalleja que operaban a su 
frente no pasaban de 2,500 hombres. 

Al anunciar la invasión, decía el Gobieino en su proclama 
de agosto: 

''La independencia nacional, la CoiLstitución y el orden 
público se ven ya atacados a fuerza armada, por una horda 
de extranjeros imbéciles y desmoralizados, y por algunos 
orientales desnaturalizados a quienes es preciso oponer una 
resistencia firme y constante." 

Por su parte, Echagüe advertía en su i)roelama, para qui- 
tarle carácter internacional a la agresión, que la vanguardia 
de su ejército iba al mando de los generales orientales Juan 
Antonio Lavalleja y Servando Gómez, y a la vez hacía circu- 
lar una proclama de don ]\íanuel Oribe, en su carácter de 
"Presidente legal", convocando a sus compatriotas para de- 
rroear a Rivera y vencer "a los pérfidos franceses y a los 
salvajes asesinos unitarios". 

"Tal' es, orientales, decía Oribe, el objeto que me trae 
al seno de la patria y tal la misión gloriosa que el héríie que 
preside la Confederación Argentina, nuestro grande y buen 
amigo el ilustre Restaurador de las le^-^es don Juan ^lanuel 
de Rosas, ha confiado a los libres valientes que hoy pisan 
triunfantes el .suelo de la República bajo la sabia dirección del 
ínclito general argentino esclarecido don Pascual Echasí-üe." 



coniEUNo 1)1-: kivkha 21 



Tanibión Lavalleja lanzó una proclama para asegurar a sus 
i'or.ipatriotas que traía de nuevo la guerra como "en 1825, 
jiara restituirles el orden, la libertad, las leyes, la indepen- 
dencia, el comercio y la almndancia". . . salvando "a la opri- 
mida patria del yugo que le ha impuesto un tirano aborrecido, 
aliado a los piratas franceses, enemigos ile la libertad ame- 
ricana"'. 

Eran fundamentaljjiente distintas, sin embargo, las dos cru- 
zadas que esa proclama pretendía asociar. En ]825 pisaba 
Lavalleja el .suelo de la patria como General en Jefe, mien- 
tras qu(í ahora desembarcaba como subalterno de un jefe 
extranjero y bajo la dependencia de un Gobierno extranjero. 

El Gobierno Oriental solicitó y obtuvo venia de la Comi- 
s'ón Permanente para declarar suspendidas las garantías indi- 
viduales; señaló un plazo de quince días para recabar sus pa- 
saportes a todos los amigos de los invasores y, pasado ese 
plazo, desterró a los que reputaba más sospechosos, aunque 
sin extremar las medidas; impuso a los españoles la obligación 
de enrolarse en la milicia bajo pena de ser destinados los 
remisos a la tropa de línea; cerró las comunicaciones con Bue- 
nos Aires bajo apercibimiento de considerarse a los infracto- 
res como traidores a la patria; concedió a las fuerzas navales 
francesas la facultad extraordinaria de visitar las embarca- 
ciones cpe encontraran en los ríos y arroyos nacionales y de 
arrestar a las personas que juzgaren sospechosas; y decretó, 
a pedido de los señores Juan Bautista Alberdi, IMigviel Gané, 
Florencio Várela, Valentín Alsina, Juan Andrés Gelly y Obes 
y otros ilustres emigrados, la formación de la legión argen- 
tina, cuyo mando fué confiado primeramente al general Félix 
Olazábal y luego al general Martín Rodríguez. 

La invasión de Echagüe dio origen en la Capital a un mo- 
vimiento de adhesión al gobierno de Rivera, que fué iniciado 
por los doctores Julián Alvarez, Joaquín Campana, Antonino 
Domingo Costa, Francisco Araucho y Joaquín Sagra, miem- 
bros del Superior Tribunal de Justicia, en una nota que 
decía así : 

"Durante las desavenencias civiles, los magistrados del Po- 
der Judicial en ese carácter y cualesquiera que hayan sido 
sus simpatías privadas, han rehusado prestar sus servicios a 
ninguna de las causas contrarias, considerando que en el ejer- 
cicio de sus funciones debían la justicia a todos, con abso- 
luta abstracción de las opiniones políticas y que para con- 



22 HISTORIA DEL URUGUAY 



servar la confianza del público en su imparcialidad, no debían 
tomar una parte activa como inagistrados en sus discordias; 
pero hoy que una agresión extranjera amenaza nuestra inde- 
pendencia y nuestras instituciones, no debiendo a los inva- 
sores sino nuestra indignación, nos honramos en manifestar 
a V. E. que estamos decididos a no omitir servicios ni sacri- 
ficios de ningún género para concurrir a salvar la existencia 
y la dignidad de la República". 

Y dio origen en la campaña a un fuerte movimiento de las 
poblaciones rurales en dirección a los campamentos de las 
fuerzas nacionales, especialmente los situados en Paysanclú, a 
los que afluyeron millares de mujeres y de niños de las fami- 
lias misioneras que estaban en los alrededores de Mercedes. 
Doña Bernardina Fragoso de Eivera, esposa del Presidente 
de la República, tomó la iniciativa de un llamado a la cari- 
dad pública para socorrer, decía en su circular, "a más de 
tres mil mujeres y níTios tirados en las costas de los arroyos, 
sufriendo la intemperie y todo género de penurias, mientras 
sus maridos, hijos y hermanos, incorporados a las filas de 
nuestros defensores, se preparan a dar un día de gloria a la 
patria ' '. 

Volvieron a resurgir las divisas de guerra : los orientales 
que acompañaban a Echagüe usaron la cinta blanca, y los 
soldados de Rivera la cinta colorada. 



La batalla de Cagancha. 

El ejército de Echagüe, luego de haber acampado en las 
inmediaciones del Salto, avanzó al interior de la República, 
llegando a mediados de septiembre a la altura del Durazno 
y en octubre al Paso de la Arena del río Santa Lucía, donde 
se detuvo a distancia de cuatro a cinco leguas del ejército de 
Rivera situado en el Paso de la Calera del mismo río. 

Dos meses había empleado Echagüe en marchar desde la- 
costa del Uruguay hasta el Santa Lucía, y otros dos meses 
largos se mantuvo inactivo en su campamento del Paso de la 
Arena, limitándose a destacar partidas que correteaban en 
todas direcciones. Una de esas partidas llegó a principios de 
noviembre hasta la cumbre del Cerrito, promoviendo intensa 
alarma en la ciudad. Se tocó generala y se llamó a las armas 
en la creencia de que el grueso del ejército amagaba un asalto. 
Pero la fuerza enemiga, que no pasaloa de doscientos hombres, 
desapareció en el acto. 



(iüKIKKNO DE RIVERA 



^Mientras Ecluiírüe pennaiiecía inactivo, el campamento de 
Rivera era reforzado por soldados procedentes de Montevideo, 
destacándose entre los contingentes un batallón de patricios, 
al mando de José María Artigas, hijo del procer. 

A principios de diciembre fué revistado el ejército oriental,, 
formando con tal motivo -1,500 hombres, sin contar la van- 
guardia compuesta de 1,000 hombres y otras fuerzas desta- 
cadas en distintos puntos. Y pocos días después Rivera se 
ponía en marcha sobre Echagüe. 

La guarnición de Montevideo, revistada dos meses antes, 
constaba de 2.000 hombres de línea, aparte de varios cuerpos 
de milicias y de 500 soldados de la escuadra francesa. 

Hasta ese momento sólo habían tenido lugar encuentros 
aislados y sin importancia militar, entre ellos uno en las 
proximidades de Soriano en que salieron triunfantes las fuerzas. 
de Rivera, a órdenes del general Anacleto Medina, y otro al 
norte del Río Negro, en que también fueron derrotados los 
invasores. 

El 29 de diciembre de 1839 tuvo lugar finalmente la ba- 
talla decisiva en los campos de Cagancha. 

Según el parte oficial de Rivera, cuando el ejército oriental 
se tendió en línea fué cargado tres veces por la caballería de 
Echagüe y en las tres acometidas resultó victorioso. Al ini- 
ciarse la última, Rivera hizo intervenir a su infantería con 
una carga a la bayoneta que produjo el desbande de Echagüe- 
y terminó la batalla. 

"Las pérdidas del enemigo, entre muertos y prisioneros — 
decía Rivera en su parte — las calculo en más de 1,000 hom- 
bres, siendo el de los segundos pequeño en comparación de 
los primeros. . . Nuestras pérdidas alcanzan a 200 hombres 
entre muertos y heridos. . . Los infames traidores Juan An- 
tonio Lavalleja, Servando Gómez y Andrés Latorre, abando- 
naron el campo de batalla sin entrar en combate". 

Agregaba el parte que Lavalleja antes de huir había ata- 
cado el convoy de carretas del ejército oriental situado a re- 
taguardia, matando enfermos y saqueando cuanto allí había, 
hecho ratificado, aunque sin la referencia a Lavalleja, por 
el Cirujano Mayor del ejército doctor Fermín Ferreira. 

Las bajas aparecían, pues, englobadas en el parte de Ri- 
vera, con la advertencia de que el número de los prisioneros 
era pequeño relativamente al de los muertos, prueba inequí- 
voca de que la victoria había sido manchada con actos de- 
matanza. 



24 HISTORIA DEL rBUGUAY 



Hablando del ardor de los orientales, decía tres días des- 
pués de la l)atalla un jefe del ejército en carta que publicó 
*'E1 Constitucional", diario muy adicto a Rivera •. 

'"El furor de nuestros soldados fué tal que no han dado 
cuartel y los pocos prisioneros es el Presidente quien los hizo". 

La notoriedad del desastre no fué obstáculo para que Echa- 
güe pasara un parte a Rosas, en el que luego de afirmar que 
la caballería de Rivera había quedado destruííla y su parque 
capturado, agregaba para explicar su huida del campo de 
batalla : 

"Pero en el momento decisivo todos mis esfuerzos fueron 
insuficientes para restablecer nuestras columnas dispersas en 
el calor de la persecución a muerte que hacían a la caballería 
enemiga, y presentando por monumento del ardor y decisión 
de los soldados de la libertad más de 1,500 cadáveres enemi- 
gos tendidos en el campo, me conservé a su frente hasta que 
oscureció del todo y a media legua de distancia acampó y 
durmió el ejército con el designio de cargar al día siguiente 
sobre las trincheras enemigas; pero advirtiendo haberse con- 
sumido las municiones en aquella jornada, en conformidad 
a las anticipadas órdenes de Y. E. emprendí mi retirada al 
Uruguay, después de haber dado una lección terrible al ti- 
rano que osó declarar la guerra a la Confederación. Nuestras 
pérdidas no pasan de 200 hombres". 

Refieren las notas periodísticas contemporáneas que en uno 
de los incidentes de la batalla, Rivera se encontró con Echa- 
güe y lo cargó personalmente. Los dos generales iban al 'frente 
de sus respectivas escoltas al producirse el encuentro, y del 
choque salió Eehagüe con una media docena de hombres sola- 
mente, y eso gracias a la bondad de los caballos cpie montaban. 

Un duelo más emocionante refieren: el de dos negros es- 
clavos que se habían criado juntos por pertenecer al servicio 
de dos hermanos que vivían en casas contiguas. T^'no de los 
morenos estaba en el ejército de Eehagüe y el otro en el 
de Rivera. Al enfrentarse y sin tiempo para reconocerse, des- 
cargaron sus fusiles a la vez, cayendo mortalmente herido el 
que venía con Eehagüe. Recién al caer se reconocieron y en- 
tonces fué para abrazarse y para morir el herido en brazos 
de su adversario ocacional, quien pidió permiso para hacerse 
cargo del cadáver y enterrarlo con sus propias manos, como 
lo hizo. 

Del temple de los hombres de la época puede instruir este 



GOBIliUXO ÜE UIVEKA 



párrafo de uua carta de don Ambrosio Mitre, Tesorero Ge- 
neral de la Nación desde 1829, a un hijo suyo que militaba 
en el ejército de Rivera, datada en la víspera de la batalla 
de Cagancha : 

"Te considero en los momentos de una próxima batalla que 
va a decidir de la suerte de la patria. Espero que sabrás 
llenar tu deber; si mueres, habrás llenado los míos, pero cuida 
de que no te hieran por la espalda. Después de perderte (lo 
que puede suceder y para lo ciue estoy preparado) consolará 
el resto de mi triste vida la memoria honrosa que espero me 
legues. Adiós, mi querido hijo; tú eres mi última esperanza". 

Del parte de Rivera resulta que Lavalleja abandonó el 
campo sin entrar en combate. ¿ Cuál podía ser la causa de 
tan extraña actitud? 

Interpretando una carta del coronel Lucas Moreno al ge- 
neral Lavalleja, decía editorialmente "El Nacional" que La- 
valleja había preparado un movimiento contra Oribe y que 
por efecto de ese mismo movimiento se había alejado del ejér- 
cito el día de la batalla, llevándose una fuerte división. Que- 
ría que Eehagüe fuera derrotado, para obtener él los honores 
del triunfo. 

' ' Sea de ello lo que fuere — agregaba el caracterizado ór- 
gano del riverismo, — Lavalleja se portó en Cagancha como si 
hubiera sido asalariado por nosotros. Contribuyó a ciue fuera 
vencido el grueso del ejército y después se hizo dispersar la 
división que mandaba". 

Después de la victoria de Ca _5ancha empezó la persecución, 
una persecución incesante y eficaz que obligó a los vencidos 
a dirigirse unos con Eehagüe y Urquiza a la costa del Uru- 
guay, para regi*esar a Entre Ríos, y otros con Lavalleja a la 
frontera del Brasil. Según las informaciones de la prensa, 
Lavalleja al frente de 800 hombres buscó refugio en el Yarao, 
y Urquiza cruzó el Uruguay a la altura del Rincón de las Ga- 
llinas acompañado de un grupo de 6 hombres. Agregan las 
mismas informaciones que Urquiza estuvo a punto de perecer, 
por haberse volcado la pelota en que vadeaba el río y que 
sólo escapó al desastre por el oportuno auxilio de un vecino 
que lo alzó en su canoa. 

Así concluyó la invasión de Eehagüe. Los pocos prisioneros 
salvadas personalmente por Rivera recobraron en el acto su 
libertad y la situación quedó normalizada en lo fundamental, 
aunque todavía se produjeron pequeños disturbios reveladores 



26 HISTORIA DEL UBUGUAT 



del desasosiego en que había quedado la campaña. A media- 
dos de 1840 el jefe de la división de operaciones al sur del 
Río Negro, fusiló en la plaza del Rosario, a pedido del vecin- 
dario y sin juicio alguno, a un bandido. Ya había ocurrido 
otra ejecución en la misma forma y el Gobierno se apresuró 
a poner término al peligroso si.stema, previniendo a los jefes 
militares que les estaba vedado ordenar ejecuciones que no 
fueran el resultado de un proceso en forma legal. En los de- 
partamentos de San José y ]\Ialdonado hubo también agita- 
ciones, emanadas de montoneras que a veces llevaban la divisa 
blanca y otras no. 

Honores a Rivera. 

En homenaje al triunfo de Rivera, el Gobierno dio a la 
plaza de la nueva ciudad la denominación de Plaza de Ca- 
gancha y una Comisión especial de la Cámara de DiputadoK. 
de la que formaban parte don ^lanuel Herrera y Obes y don 
Joaquín Sagra, propuso — y su plan fué aceptado — la acu- 
ñación do lüc.lrJlas de honor a los vencedores y que Rivera 
fuera "perpetuamente denominado con los títulos de padre 
de los pueblos, colunuia de la Constitución y benem.érito de 
la patria'', invocando que esos mismos títulos ya le habían 
sido acordados a raíz de la batalla del Palmar por muchos 
pueblos ■en veintitantas actas que la Comisión había tenido 
a la vista. Lj. Cánifia de S 'uadores incorporó al proyecto de 
honores la creación dé un p^'eblo, el pueblo de Cagancha, en 
el sitio de la batalla, y sustituyó los términos del tratamiento 
que habría de recibir Rivera por los de ''defensor heroico de 
la Independencia y Constitución de la República". 

"No hay expresión — decía la Comisión especial en su in- 
forme — que baste, ni demostracioiies que indiquen debida- 
mente la deuda inmensa de gratitud en que la Nación se halla 
para con la Divina Providencia, que la ha favorecido con 
unos hijos como el general Rivera y sus dignos compañeros 
de armas". 

Anticipándose a los honores oficiales, había escrito desde el 
campo de batalla el doctor Fermín Ferreira, Cirujano Mayor 
del ejército de Rivera: 

"Nuestros soldados son los mejores del mundo; su valor es 
fierísimo y sólo a él debemos el triunfo que nos asegura nues- 
tra independencia". 



GOBIERNO DE RIVERA 27 



Los estragos de la invasión. 

En su mensaje de 1.° de enero de 1840, sintetizaba así el 
Poder Ejecutivo ante la Asamblea los efectos de la invasión 
que acababa de ser vencida en los campos de Caganeha : 

' ' El orden común ha' sido enteramente desquiciado ; muchas 
riquezas han desaparecido; muchas familias huyeron despa- 
voridas de esos salvajes, horror de la civilización y de la hu- 
manidad; todo movimiento fué paralizado; la fortuna, la in- 
dustria, el comercio yacieron sin acción; disminuyeron las 
rentas y progresaron las necesidades de un modo enorme; 
una de las consecuencias de semejantes trastornos ha sido im- 
pedir las elecciones en el período regular del pasado noviem- 
bre, así por la perturbación general, como por la contracción 
a las armas de una gran parte de los ciudadanos votantes". 

Advertía el mensaje que el mandato de todos los diputados 
y de una parte de los senadores estaba ya en vísperas de ca- 
ducar 

Cuáles eran las instrncciones de Echagüe para el caso de 
triunfo. 

En el archivo secuestrado por los vencedores de Caganeha, 
figuraba una nota de Rosas a Echagüe, datada el 26 de sep- 
tiembre de 1839, cDn instrucciones reveladoras de sus planes 
de conquista. Decía en ella que Oribe se había puesto en mar- 
cha al frente de una columna de 500 hombres para atacar a 
Lavalle, y agregaba: 

"Al marchar el Presidente Oribe, hemos conferenciado res- 
pectó de lo que sea más conforme y convendrá cuando sea 
en esa Kepúblisa restablecido el ejercicio de su autoridad le- 
gal. Y con la satisfacción consiguiente comunico a usted que 
va muy resuelto a reunir el Poder Legislativo y entregarle 
como corresponde el bastón sin mancha para que elijan con 
entera libertad la persona que haya de presidir el Estado. 
Y como quien convenga que sea la persona en quien deban 
fijarse, usted está hoy en mejor estado de conocerla o de 
formar un juicio más correcto, está asimismo muy bien 
dispuesto a trabajar ya desde que hable con usted, o antes 
si fuera necesario, por el candidato que usted en su opinión 



28 HISTOBIA nKL ÜBUGUAT 



estime más acertado, por considerar conveniente su elección 
y elevación a la presidencia, yu sea el señor general don Juau 
Antonio Lavalleja, si en él se fijase la opinión pública, o 
alguno en quien concurra este preciso requisito que es lo prin- 
cipal a que se debe atender y considerar en esta clase de 
asuntos delicados." 

En el caso de triunfar Eehagüe, sería, pues, convocada la 
Legislatura derrocada por Rivera en noviembre de 1838, y 
ante ella comparecería Oribe para reiterar la presentación de 
su renuncia de la presidencia de la República. En seguida la 
Asamblea votaría un candidato presidencial, que en vez de 
ser indicado por Oribe sería indicado por Eehagüe, cuyo can- 
didato podría ser el general Lavalleja u otro que oportuna- 
mente designaría la opinión pública, de la que naturalmente 
era Rosas el único órgano. 

Tal era el plan del dictador argentino. La presidencia legal 
de Oribe era simplemente un pretexto para intervenir en la 
marcha política interna de la República Oriental y nombrar 
presidentes en la misma forma en que nombraba gobernadores 
de Provincia. Oribe no había dado todavía pruebas de adhe- 
sión que asegurasen su predominio sobre cualquier otro can- 
didato y Rosas estaba, en consecuencia, resuelto a posponerlo 
a Lavalleja, de quien ya se había ser^-ido contra Rivera y 
contra el mismo Oribe en las campañas revolucionarias de 
1832 a 1835, o a otro candidato más asequible. 

En la falta de precisión de las instrucciones acerca de ese 
punto fundamental puede estar el secreto de la actitud de 
Lavalleja el día de la batalla de Cagancha. Es posible que 
Eehagüe, convertido por Rosas en arbitro de la elección pre- 
sidencial, hubiera ya desahuciado a Lavalleja para dar la pre- 
ferencia a otro candidato que le respondiera más ciegamente, 
y que ante el desaire adoptara el desahuciado la resolución 
extrema de abandonar al jefe entrerriano a sus solas fuerzas. 



La expedición de La valle contra Rosas. 

De acuerdo con los planes que Rivera y Lavalle habían 
combinado en su cuartel general del Durazno a raíz de la 
batalla de Pago Largo, el primero debía salir al encuentro 
de Eehagüe y el segundo debía dirigirse a Monte^•ideo para 
organizar una expedición contra Rosas. 



GOBIERNO DE EIVEKA 29 



Rivera cumplió íntegramente su programa, según hemos 
visto. Salió al encuentro del invasor y después de algunos 
meses de preparativos le presentó batalla y lo venció en los 
campos de Caganoha. Lavalle comenzó a su vez la organiza- 
ción del cuerpo expedicionario contra la provincia de Buenos 
Aires, pero cuando todo indicaba la ])róxima ejecución de su 
programa se embarcó en julio de 1839 con destino a Martín 
García, donde a la sombra del pabellón oriental y del pabe- 
llón francés habían empezado a reconcentrarse muchos de los 
adverearios de Rosas. Uno de los diarios adictos a Rivera, 
"El Constitucionai ", dijo que había emprendido viaje sin 
autorización y en forma "de fuga". Dos meses después se 
reembarcaba a bordo de la escuadra francesa al frente de un 
millar de soldados, rumbo a Entre Ríos, con ánimo de pro- 
mover el levantamiento de esa provincia y el de la de Co- 
rrientes, y una vez allí gestionó y obtuvo la jefatura del ejér- 
cito correntino aún cuando era notoria la existencia del tra- 
tado de alianza que desde fines de 1838 confería a Rivera 
dicha jefatura. 

Lavalle lanzó una proclama terrible, obra de las ideas de 
la época, que fué publicada por "El Constitucional" en 
enero de 1840, y reproducida años después por otros diarios, 
lo que dio oportunidad a "El Comercio del Plata" para sos- 
tener que el documento debía ser apócrifo. 

' ' Correntinos — decía — la hora de la venganza ha sonado. 
Los bárbaros van a perecer en un día. . . Son verdugos, no 
soldados. Degüellan al anciano, a la mujer indefensa, jDcro 
no resistirán el primer choque del ejército libertador... Se 
engañarán los bárbaros si en su desesperación imploran nues- 
tra clemencia. Es preciso sacrificarlos a todos, para no ser 
degollados por ellos. Purguemos a la sociedad de estos mons- 
truos inhumanos y viles sostenedores de la más sangrienta 
tiranía. Muerte, muerte sin piedad, correntinos, a los salvajes 
que intentan borraros de la lista de los pueblos libres." 

Fueron favorables los comienzos de la campaña. Lavalle 
ganó las batallas de Yeruá y Don Cristóbal contra las fuerzas 
de E chagüe vuelto a Entre Ríos después del desastre de Ca- 
gancha. Pero a mediados de julio de 1840 perdió la batalla 
del Sauce Grande y entonces resolvió transportar todo su 
ejército a la provincia de Buenos Aires, como lo hizo, utili- 
zando de nuevo el concurso de la escuadra francesa y sin 
preocuparse absolutamente de la suerte de Corrientes. 



30 HISTORIA DEL URUGUAY 



Ante ese suceso tan inesperado, el Gobernador de Co- 
rrientes pidió a Rivera la ratificación del tratado de alianza 
interrumpido a consecuencia de la interposición de Lavallc y 
{íiri.irió a sus comprovincianos una proclama en que les decía: 
' Cuando el que os habla apuraba sus conatos en afianzar la 
paz, tranquilidad y libertad de la provincia ; cuando por fin 
sacrificaba en aras de la patria los justos motivos de queja y 
desconfianza a que daba mérito la conducta irregular del ge- 
neral Lavalle, en cuyas manos depositó la fuerza armada, es 
entonces cuando este mismo, faltando a sus juramentos y a 
todo lo más sagrado que respetan los hombres, os ha abando- 
nado desertando con el ejército de esta provincia a quien ha 
sorprendido y engañado". 

El ejército correntino desembarcó en las playas de Buenos 
^^ires y luego de vencer a las fuerzas que le salieron al en- 
cuentro, avanzó hasta las proximidades de la chacra de Ca- 
seros. Pero Rosas había agrupado allí fuertes masas de in- 
fantería y de artillería, que las caballerías expedicionarias no 
podían atacar. 

Obligado entonces a retroceder, se dirigió Lavalle a Santa 
Fe, cuya capital asaltó y tomó, emprendiendo luego una pre- 
cipitada marcha a través de Córdoba, Mendoza, San Luis, Ca- 
tamarca. La Rioja, Santiago del Estero y Tucumán, seguido 
del ejército de Oribe. Vencido en todos los combates, espe- 
cialmente en los del Quebracho y San - Cala y ya sin otro 
concurso cpie el de una pequeña escolta, llegó a Jujuy, donde 
encontró la muerte, terminando con ello la larga y desgra- 
ciada expedición iniciada en IMartín García. 

Una insurrección anterior contra Rosas. 

Varios meses antes del arribo de Lavalle a las proximida- 
des de Caseros, había estallado en la campaña sur de la pro- 
vincia de Buenos Aires una vasta insurrección encabezada por 
el general Castelli. 

La noticia del alzamiento llegó a Montevideo en los primeros 
días de noviembre de 1839 y dio lugar a grandes manifesta- 
ciones populares y oficiales. Una fuerte columna de manifes- 
tantes desfiló por las calles de la ciudad, con las banderas 
uruguaya, argentina, correntina y francesa, la última con- 
ducida por Florencio Várela. El Gobierno dirigió a su turno 
esta proclama a los ai'gentinos: 



GOBIERXO DE RIVERA 31 



'"Decían que vuestra patria estaba envilecida, que sus ca- 
denas no las romperían los porteños; vosotros habéis probado 
que esto era una ealunuiia y que los hombres de hoy son de 
la misma sangre, palpitan con el mismo entusiasmo de la li- 
bertad que los hombres de 1810... La República os saluda 
y ofrece su cooperación, a la par de la poderosa Francia y 
de Corrientes, puesta en armas en un movimiento tan sagrado 
y espontáneo como el vuestro". 

Pocos días después cambiaba fundamentalmente el escena- 
rio. Castelli era vencido y degollado por el ejército de Rosas, 
y más de un millar de sus soldados cortados en el puerto del 
Tuyú, eran embarcados por la escuadra francesa con rumbo 
a ^Montevideo. 

Contiendas sobre jurisdicción fluvial. 

Después de la batalla de Cagancha, en diciembre de 1839, 
la guerra contra Rosas había quedado localizada en las pro- 
vincias argentinas, y el territorio uruguayo había recobrado 
su tranquilidad. Y así se mantuvo la contienda hasta fines 
de 1840, en que, exterminadas las fuerzas de Lavalle, volvió 
a agitarse nuestro ambiente bajo la amenaza de nuevas y más 
formidables invasiones. 

En enero de 1841 el Gobierno dispuso que todos los argen- 
tinos residentes en Montevideo se enrolaron en la guardia 
nacional, bajo la jefatura del general Martín Rodríguez, y 
adoptó varias medidas preventivas tendientes a asegurar la 
eficacia de la defensa. El general Ignacio Oribe, que hasta 
ese momento había permanecido en ]\[ontevideo, fué invitado 
a salir del país y obtuvo pasaporte con destino al Brasil. Pero 
llegado el momento del embarco, se dirigió ocultamente a' 
Buenos Aires, dando lugar con su actitud, a que el Gobierno 
lo borrara del escalafón militar y lo declarara desertor. 

Rivera Indarte prestigiaba desde ''El Nacional" un plan 
más radical. En su concepto, había que aumentar la escua- 
drilla que comandaba el coronel Coe; expulsar a los argen- 
tinos que no concurrieran a los cuarteles ; emancipar a los 
esclavos, para organizar con ellos nuevos batallones; deste- 
rrar a todos los hombres y mujeres notoriamente afectos a 
Rosas; organizar un cuerpo de voluntarios franceses; auto- 
rizar al Gobierno para disponer con destino a las necesidades 
públicas de todas las fortunas y propiedades particulares. 



32 HISTORIA DEL TJKUGUAY 



Pero no había llegado todavía la hora de la invasión y el 
país volvió a tranquilizarse de ese punto de vista. Por cl 
momento a Rosas sólo le interesaba la guerra fluvial y a ella 
resolvió limitarse. 

Tomando pie en una ordenanza del Gobierno Oriental que 
obligaba a los barcos mercantes a detenerse en el puerto de 
Higueritas, a efecto de sufrir una visita de inspección adua- 
nera encaminada a dificultar el contrabando, dictó un decreto 
por el que se declaraba que los buques argentinos no tendrían 
que someterse a ese vejamen y que serían amparados por la 
escuadrilla de guerra. 

Los argentinos, decía ese decreto del mes de enero, "tienen 
un perfecto derecho a la navegación del Uruguay, cuya mar- 
gen derecha está ocupada por pueblos de la República" y 
no deben tolerar la menor traba a los buques de su pabellón 
de parte de las autoridades orientales, "a excepción de las 
medidas indispensables para asegurar las ordenanzas fiscales 
sobre los que abordaren a costa oriental". 

Como lo hacía notar la prensa de la época, era exacto el 
principio de la comunidad de las aguas, pero como no existía 
una convención internacional encaminada a e\dtar el contra- 
bando, la autoridad uruguaya recurría a la única medida de 
que podía echar mano para impedir que los barcos despa- 
chados a la costa argentina hicieran contrabando en la costa 
oriental. Pero lo más singular de todo era que el mismo Rosas 
había dictado una ordenanza en cuj'a virtud los barcos pro- 
cedentes de puertos orientales con destino a puertos orien- 
tales, estaban obligados a detenerse en Martín García, para 
sufrir una visita análoga a la establecida por la autoridad 
uruguaya en Higueritas. 

No satisfecho con su protesta, resolvió Rosas cerrar la na- 
vegación de los ríos Uruguay y Paraná a todo barco que no 
estuviera patentado por la autoridad argentina y que no 
enarbolara el pabellón argentino, con el agregado de que los 
buques procedentes de puertos orientales que fueran encon- 
trados en esas aguas, serían apresados y confiscados. En apoyo 
de tan estupendo decreto, invocaba la existencia de la decla- 
ración de guerra por Rivera. 

El Gobierno Oriental se apresuró a recoger el guante. Por 
su decreto de mediados de ^febrero, autorizaba el corso contra 
los barcos argentinos, declaraba buena presa todo barco con 
pabellón argentino que se encontrara navegando en las aguas 



GOBIERNO DE Hn'EKA 33 



? 



del Plata, del Uruguay y del Paraná, e instituía un tribunal 
especial bajo la presidencia de don Nicolás de Vedia, para el 
juzgamiento de las presas. 

La lucha naval. 

La escuadrilla oriental fué puesta bajo el mando del coro- 
nel arg entino, Juan H. Coe, y Kosas confió la suya al almirante 
Brown, a quien al comunicarle su nombramiento decía el 
general Mansilla, Inspector y Comandante General de Armas, 
que se felicitaba al verle ocupar un cargo "que debía contri- 
buir tan eficazmente al exterminio del salvaje bando unitario 
y del asqueroso inmundo pardejón Frutos Kivera". 

Pocos días después se presentaba la escuadrilla de Brown 
en el puerto de Montevideo, izaba la bandera oriental en el 
palo mayor y la saludaba con 21 cañonazos, saludo que couí 
testaba la fortaleza de San José, izando también la bandera 
oriental, porque no podía hacerlo con la argentina, dado el 
estado de guerra. El saludo de Brown, según el parte oficial 
a Kosas, iba dirigido "al leal pueblo oriental", frase alusiva 
a los partidarios del "Presidente legal", que en esos momen- 
tos actuaba en las provincias argentinas. 

A fines de mayo resolvió Coe levar anclas y atacar a Brown. 
El combate se desarrolló a la vista de Montevideo y duró 
8 horas. Las azoteas de los edificios y toda la parte de la 
ciudad próxima a la bahía ' ' estaban coronadas, — escribe un 
diario de la época, — por un inmenso pueblo, que miraba 
con religioso silencio el espectáculo que se le presentaba a su 
frente". La litografía de don Manuel BesnfiS-..JÍe__Irigoyen, 
preparó varias vistas de las escenas más notables de esa lucha. 

La escuadrilla oriental se batió con mucho denuedo y sos- 
tuvo sus posiciones. Al día siguiente volvió a la lucha con 
el mismo resultado. Brown atacó a uno de los barcos que 
había quedado aislado, pero sin lograr ni su captura, ni su 
hundimiento. 

A bordo de esa escuadrilla había muchos paisanos de chi~ 
ripá, embarcados mía semana antes del combate y convertidos 
ya en marinos experimentados y bravos combatientes de mar. 
Más de uno de los que acudían a vitorearlos al tiempo del 
desembarco, oía con asombro respuestas como estas: "Yo, 
señor, soy de Las Víboras y sólo sirvo desde hace 6 días"; 
"yo soy de Tacuarembó"; "yo vengo del Durazno". 



t 



34 



HISTOBIA DEL UKUGUAY 



c^ 



Durante los combates uo hubo ni triimfos ni derrotas. Pero 
a raíz de ellos, una de las unidades de la escuadrilla de Coe, 
la goleta ''Palmar", que había quedado con escasa tripula- 
ción o con elementos sospechosos a bordo, se plegó a Brown. 

Un nuevo encuentro fluvial tuvo lugar en el mes de julio 
entre un barco mandado por el coronel Fourmantin, segundo 
jefe de la escuadrilla uruguaya, y dos barcos de Rosas. El 
uruguayo fué abordado por los argentinos y según el parte 
oficial del coronel Fourmantin, sus marinos rechazaron a los 
abordantes primero a lanza y luego a baU y metralla. Era 
siempre la gente de chiripá! 

A principios de agosto hubo un tercer combate naval frente 
a ^Montevideo, iniciado por la escuadra de Brown compuesta 
de 8 bucjues. Después de un fuerte cañoneo, el almirante ar- 
gentino se retiró con rumbo a Punta del Indio, seguido por 
el coronel Coe. 

Un cuarto combate tuvo lugar al finalizar el mes de octu- 
bre, entre la flotilla de Rosas que ocupaba el río Uruguay 
desde Belén hasta el Salto, y la flotilla uruguaya. Venció esta 
última y después de su victoria entró a maniobrar la caballe- 
ría del coronel Bernardino Báez, abordando y capturando un 
convoy de lauchones y balleneras armadas ! 

Otra acción de menor cuantía se desarrolló en el curso de 
1841, terminando el año sin que el estado de guerra se hiciera 
propiamente sentir en el territorio uruguayo, exceptuada la 
invasión de una partida al mando de Verdún que fué en el 
acto atacada v disuelta, muriendo en la refriega su caudillo. 



Amagos de invasión. 



Pero la guerra proseguía con saña en territorio argentino 
y sólo aguardaba Rosas el triunfo final para lanzar sus ejér- 
citos a través del Uruguay; y la guerra era y tenía que ser, 
en consecuencia, el tema obligado de todas las preocupaciones 
de los estadistas orientales. 

''Después de tres años de una lucha tan encarnizada y fe- 
roz, decía don Joaquín Suárez a la Asamblea en octubre de 
1841, es imposible ocuparse de otra cosa que de la guerra... 
La paz interior y exterior es la primera necesidad de este 
país ... No podemos producir ni consumir en medio de dis- 
turbios y revueltas cpie arruinan todo. . . El Gobierno se ha 



COniEKXO DE RIVERA 35 



puesto eu acción, resuelto a sostener la guerra por todos los 
medios, aúu los más costosos, si su conser\-ación lo exige : si 
fuera necesario como medio de defensa hacer del país, un 
desierto, lo hará." 

Y respondía una de las ramas de la Asamblea en estos tér- 
minos vibrantes : 

"La Cámara de Representantes comprende perfectamente 
toda la extensión de sus deberes en las azarosas circunstan- 
cias en que se encuentra la República; y dejaría ella de re- 
presentar al pue'blo oriental, si en momentos semejantes no 
ofreciera al Poder Ejecutivo su más decidida y firme coope- 
ración. No es la primera vez que él se pone en armas para 
defender su independencia y su libertad, ni tampoco la pri- 
mera que, llamado a lidiar con enemigos poderosos, ha sabido 
conquistar su nombre entre los pueblos heroicos y virtuosos. 
Como entonces sabrá hoy despedazar la cadena de sus infor- 
tunios para consolidar una existencia política que tanto ha 
ambicionado y por la que tantos y tan enormes sacrificios ha 
hecho. La guerra es un mal, sin duda; pero cuando la agre- 
sión no ha estado de nuestra parte, cuando para evitarla se 
han agotado todos los medios que aconsejaban la moderación 
y la prudencia; cuando esos males son el precio forzoso de 
grandes bienes, la guerra es necesaria y ella debe hacerse con 
toda energía y decisión. Los pueblos sólo adquieren verda- 
deras y sólidas garantías de tranquilidad y orden, cuando 
saben hacer un uso conveniente de su poder; y el pueblo que 
sabe lo que vale y tiene la convicción de la bondad de lo que 
defiende, es siempre fuerte : es invencible. La República, en 
su lucha con el gobierno de Buenos Aires, no sólo defiende sus 
intereses políticos y sociales, los individuales de cada uno de 
sus hijos, sino los de la civilización y la humanidad toda, 
amenazados por la ambiciosa y humillante exigencia de su 
encarnizado enemigo. Su causa no puede ser más justa ni más 
sana y si para vencer sólo se necesitan sacrificios, ella vencerá, 
porque el pueblo oriental jamás puso precio ni a su honor 
ni a su patriotismo." 

Ya quedaba trazado en esas palabras el programa de la 
defensa de ^Montevideo. 

El ambiente internacional volvió a serenarse,, sin embargo, 
a raíz de la victoria de Caá - Guazú, obtenida por el ejército 
correntino al mando del general Paz, y de la ocupación de la 
provincia de Entre Ríos por el ejército de Rivera. La sitúa- 



36 HISTOBIA DEL URUGUAY 



ción mejora, decía el Poder Ejecutivo a la Asamblea al abrir 
las sesiones ordinarias de 18-1:2; el riesgo de invasión está 
alejado; hay ahora esperanzas de paz; la industria se ha 
reanudado. 

Pero las alarmas resurgieron en seguida, con motivo de 
nuevos triunfos de los ejércitos de Rosas en las provincias 
argentinas y del avance subsiguiente de Oribe sobre las már- 
genes del Uruguay. 



Medidas de defensa que adepta el Gobierno. 

Por decreto de mediados de mayo de 1842 se declaró a la 
República "en asamblea y sobre las armas". Todos los hom- 
bres de 14 a 50 años de edad quedaban obligados a prestar 
servicio activo. Sólo exceptuaba el decreto a los carniceros, 
aguadores, panaderas, y a los extranjeros inscriptos en los 
registros consulares. Los que no concurrieran al llamado de- 
bían "salir del país dentro de tercero día". Los hombres de 
50 a 65 años y los extranjeros sin Cónsul debían enrolarse en 
la Guardia Nacional pasiva. 

Los ciudadanos que se ausentaren para el extranjero que- 
daban obligados a afianzar el pago mensual de uno o vanos 
soldados de línea. Xo se debe impedir la salida de nadie, decía 
el Gobierno a la Asamblea al justificar esa medida, pero debe 
sí exigirse su tributo al que quiere eludir los sinsabores del 
servicio militar. 

Fué creada a la vez "la Caja de Auxilios de Guerra", 
para recibir donativos voluntarios con destino al alistamiento 
de batallones de extranjeros europeos, bajo la advertencia de 
que la suscripción mínima por cada soldado debía ser de 20 
pesos mensuales. 

El Poder Ejecutivo, desempeñado a la sazón por el Presi- 
dente del Senado don Joaquín Suárez, dirigió una enérgica 
proclama al país. 

"El tirano de Buenos Aires — decía — el impío, que hace 
conducir su retrato a los templos, el sanguinario que hace 
derramar la sangre en las calles de su pueblo, el bárbaro 
que sostiene bandas de degolladores, a quienes ceba con la 
fortuna de sus víctimas, el tigre, en ñn, que nos acecha para 
devorarnos, pretende nuevamente lanzar esas mismas bandas 
sobre nuestra patria". 



GOBIERNO DE RIVERA 37 



Terminaba la proclama iueitando a los extrapjeros a orga- 
nizarse para contribuir a la defensa, e intimando su aleja- 
miento del país a los orientales desafectos al Gobierno. 

Con el propósito de robustecer los resortes gubernativos, 
dándoles amplio movimiento, sin renunciar del todo a la 
acción fiscalizadora, resolvió el Cuerpo Legislativo que el Pre- 
sidente actuara con un solo Ministro y un Consejo de Estado 
compuesto de 5 a 9 miembros elegidos por el mismo Presi- 
dente, dentro de la Asamblea o fuera de ella, con la misión 
de "examinar, ilustrar y aconsejar sobre las proposiciones" 
que fueran sometidas a su estudio. 

Se adoptó para la guardia nacional la divisa del ejército 
de línea, que era la punzó. 

Todas estas medidas fueron comunicadas a los departa- 
mentos de campaña, como medio de preparar y levantar el 
espíritu público. 

El vecindario de Paysandú, convocado por el Alcalde Or- 
dinario a una reunión que tuvo lugar en el atrio de la iglesia, 
luego de oir la lectura de los decretos y una alocución patrió- 
tica del cura párroco, don Solano García, suscribió un acta 
en que decía: 

"Paysandú está decidido y resuelto a morir peleando; que 
se le reduzca a .cenizas si necesario fuere ; y que los invasores 
triunfen sobre escombros y cadáveres, antes que ver reali- 
zarse los males que amenazan' a la patria con ese yugo de 
opresión, de ignominia, de proscripción y de muerte que el 
cruel, el sanguinario, el impío Rosas y sus viles satélites quie- 
ren imponerle". 

Los amagos de invasión habían encontrado' al país en el más 
grande abandono del punto de vista de la organización mi- 
litar. Según los (latos suministrados ¡i ia Asamblea en abril 
de 1842 por el Ministro de Guerra general Enrique Martínez, 
la guarnición de Montevideo estaba reducida en ese momento 
a 400 hombres de línea y 4 batallones de guardias nacionales. 

"La parte militar de la Capital y de los departamentos, 
decía el Ministro, está impaga en un período de tiempo muy 
largo, lo mismo que las fuerzas navales. En el Parque y Co- 
misaría no se encuentra en el primero más que pólvora; y en 
la otra no hay un fusil, una tercerola, un sable, una forni- 
tura; tampoco artículo alguno de vestuario, ni otras mer- 
caderías de parque y maestranza". 

Agregaba el Ministro que para la compra de los elementos 



38 HISTORIA DEL UBUGUAY 



reclamados por el ejército y la escuadra, era necesario dis- 
poner de un millón de pesos al contado y que para contra- 
rrestar a los ejércitos de Rosas en campaña y defender a la 
Capital habría que tener no menos de cuatro mil soldados de 
infantería, el arma de mayor importancia en su concepto. 

Parte de ese programa se cumplió mediante el llamamiento 
de la guardia nacional y la fonnación de batallones de línea. 
En la revista militar del 25 de ]Mayo formaron en las calles 
de ]\Iontevideo 4,000 hombres bajo el mando del general Ana- 
cleto Medina. 

Dos meses después se decretaba la organización de un 
cuerpo de ejército de 1,000 soldados de línea, con destino a 
las fuerzas que operaban en Entre Ríos. Debía reclutarse 
entre los negros esclavos de 15 a 40 años que hubiera en el 
departamento de ^Montevideo, previa indemnización a los 
amos de 300 pesos por cabeza, como máximum, pagaderos en 
vales del Tesoro con 1 I/2 % de interés mensual, que recibiría 
la Aduana en pago de derechos de importación y exportación. 

Se reanuda la lucha ntoval. 

Pero tampoco esta vez había llegado el momento de la in- 
vasión y la calma volvió a restablecei^se después de algunas 
semanas de viva expectativa. Del lado del Uruguay quedaban 
fuerzas organizadas para obstaculizar el avance de Oribe, y 
en cuanto a la frontera terrestre su estado no parecía inquie- 
tante a despecho de varias incursiones realizadas en mayo y 
octubre por las caballerías de Dionisio Coronel. 

Si en tierra había todavía un compás de espera, no ocurría 
lo mismos en los ríos, donde el Gobierno Oriental sufrió un 
rudo golpe con la destrucción de la escuadrilla confiada al 
coronel Garibaldi. 

Garibaldi había llegado en 1841 de Río Grande, en una. 
pequeña sumaca "La Farrupilla". enarbolando bandera uru- 
guaya. Cañoneado al llegar al puerto de ^Montevideo por los 
buques de guerra extranjeros, siguió al Paraná, donde por 
orden de Urquiza fué arrestado y colgado de los brazos en la 
cumbrera de un galpón. En junio del año siguiente, ya enro- 
lado en las grandes luchas del Río de la Plata, partía de 
Montevideo, otra vez con rumbo al Paraná, forzaba el jiaso 
de Martín García, después de un violento cañoneo con las 
baterías de la Isla, y se dirigía en auxilio de Corrientes. Pero 



GOBIERNO DE UIVERA 39 



SU escuadrilla tuvo ({ue habérselas entonces eontra la escuadra 
de Brown, compuesta de triple núinero de enbarcaciones y, 
agotadas las nuinieiones, resolvió volar sus barcos, ''para que 
el enemigo ni de las astillas se pudiese aprovechar", según su' 
parte al Gobierno Oriental. 

Casi en los mismos momentos una escuaidrilla de Rosas, al 
mando del coronel IMariano Maza, anclaba frente a ]Monte- 
video y saludaba a la plaza, imitando la actitud asumida un 
año antes por Brown. Pero esta vez la plaza contestó arriando 
la bandera que flameaba en la fortaleza, en son de menos- 
precio. De 3Iontevideo salió para la Colonia, cuya plaza 
bombardeó. 

Cuando el coronel Maza oficiaba así de almirante, ya el 
Gobierno de Montevideo se había puesto al habla con Brown, 
obteniendo promesas muy serias de incorporación a la escua- 
drilla que luchaba contra Rosas. Brown exigía buques y 
para adquirirlos hubo que recurrir a una colecta popular, en 
virtud de estar exhausto el Erario público. En pocos días se 
reunió la suma de setenta y cuatro mil pesos; pero cuando 
se iba a formalizar el acuerdo, Bro^^oi se echó atrás y continuó 
al servicio de Rosas. La colecta fué invertida en pago de 
sueldos y en compra de varias partidas de plomo, según lo 
declaró ante la Cámara de Diputados, en noviembre de 1842, 
el Ministro don Francisco Antonino Vidal, al dejar constancia 
"del engaño" de que Brown había hecho víctima al Gobierno. 



La liga cuadrilátera contra Rosas. 

Proseguía entretanto la lucha en territorio argentino, a 
pesar de todos los desastres, gracias al pueblo de Corrientes 
que se levantaba con nuevas energías a raíz de cada golpe 
de maza que le asestaba Rosas. 

El primer ejército correntino liabía sido destruido por 
Eehagüe en la batalla de Pago Largo. El segundo, confiado 
a la pericia de Lavalle, había sido arrebatado por su propio 
jefe y conducido a Buenos Aires y de allí a una larga jira 
en que había desaparecido totalmente. El tercero, más feliz 
que los anteriores, obtuvo bajo el mando del general José 
María Paz, la victoria de Caá - Guazú, al finalizar el año 1841, 
contra el ejército de Echaigüe, que quedó aniquilado, per- 
diendo su parque, su artillería y cerca de un mular de pri- 



40 HISTORIA DEL URUGUAY 



sioneros y asimismo una bandera oriental, la bandera que 
enarbolaba la división del general Servando Gómez, que en 
el acto fué remitida por Paz a Rivera. 

Al mismo tiempo que el ejército de E chagüe era' así des- 
truido en Corrientes, las fuerzas de Rivera se adueñaban de 
Entre Ríos, procediéndose al nombramiento de autoridades 
provisorias y luego a la elección del general Paz como Gober- 
nador de la Provincia. 

Otro considerable aporte recibió en esas circunstancias la 
liga contra Rosas: el de la provincia de Santa Fe bajo la 
jefatura del general Juan Pablo López, que hasta ese mo- 
mento había peleado a favor del dictador argentino. 

A raíz de ello, fué firmada en Gualeguaychú el 12 de abril 
de 1842 por los comisarios del Gobierno Oriental y de las 
])rovincias de Entre Ríos y Santa Fe, una alianza ofensiva 
y defensiva contra Rosas, sobre las siguientes bases : 

Las fuerzas aliadas quedarían bajo el mando de Rivera; 
el Tesoro oriental acordaría un subsidio mensual en dinero, 
armamento y material de guerra a las provincias de Santa 
Fe y Entre Ríos; una vez derrocado Rosas se promovería una 
gran Convención Nacional, encargada de dar a la República 
Argentina la organización constitucional que libre y espontá- 
nemcnte quisiera darse. 

Xo había llegado todavía el comisionado de Corrientes y 
se resolvió enviar directamente al Gobernador de dicha Pro- 
vincia una copia del tratado para que adhiriera a lo resuelto, 
como efectivamente lo hizo. 

Esa alianza que la prensa de la época denominó '"Liga 
cuadrilátera", fué ratificada por el general Rivera como Pre- 
sidente del L^ruguay, por el general Paz como Gobernador 
de Entre Ríos, por el general López como Gobernador de 
Santa Fe y por el señor Ferré como Gobernador de Corrientes. 

Quedaba así reconstituida, frente a Rosas, bajo la jefatura 
uruguaya, la antigua liga federal de Artigas, y con toda se- 
guridad si el dictador hubiera sido derrumbado, habrían 
A'uelto a la orden del día en el seno del Congreso Constitu- 
yente las admirables Instrucciones de 1813, mediante la incor- 
poración de la República Oriental a las tres provincias argen- 
tinas que Artigas había acaudillado como Protector de los 
Pueblos Libres. 

Desgraciadamente el ejército santafesino fué destruido por 
Rosas poeos días después de haberse firmado el tratado, y el 



i;01UKU.\U 1)K lUVKUA 41 



|;eiK'ral López tuvo que i)<usar a la provincia de Entre Ríos, 
donde se movían los ejércitos de Rivera y de Paz, lanzando 
desde allí una proclama, en la que luego de referir que uno 
de sus soldados había sido brutalmente mutilado por las tro- 
pas de Rosas, decía : 

* ' Compatriotas : basta de generosidad. Soldados : os invito 
a tomar la más justa de las venganzas... Os mando que no 
deis cuartel a ningún salvaje de los que componen las hordas 
de esos vándalos que sostienen al malvado Rosas... Guerra 
a muerte, compatriotas, que estáis justificados ante las na- 
ciones civilizadas del Universo . . . Soldados : purgúese la 
tierra de monstruos, perezcan esos infieles dignos agentes del 
tirano Rosas, y con su impura sangre riégúese el hermoso 
árbol de la libertad a cuya sombra deleitosa reposaréis tran- 
quilos de las fatigas y penalidades". 

Para que se comprenda hasta dónde llegaban las exaltacio- 
nes del momento, véase lo que escribía "El Nacional", la tri- 
buna más alta del periodismo del Río de la Plata, al reprodu- 
cir en sus columnas la terrible proclama que antecede : 

"Así es cómo se debe hablar a los pueblos. . . El lenguaje 
republicano federal del señor López es el único en que se 
debe hablar a los patriotas en «rmas y a los pueblos opri- 
midos". 

Quedaban todavía muchas fuerzas que oponer a los ejér- 
citos de Rosas que se movían bajo el mando del general Justo 
José de Urquiza y del general Manuel Oribe, y los jefes de la 
Liga cuadrilátera resolvieron reunirse en Paysandú para com- 
binar el plan de la campaña. 

El 12 de octubre de 1842, aniversario de la batalla del Sa- 
ra ndí. hubo grandes festejos en el cuartel general de Rivera, 
instalado sobre la barra del arroyo San Francisco, con asis- 
tencia de los Gobernadores de Entre Ríos, Santa Fe y Co- 
rrientes, generales Paz y López y Ferré. Hubo una misa cam- 
pal y después de ella el cura de Paysandú, don Solano García, 
pronunció una alocución patriótica, en la c[ue sostenía que 
era preferible perecer antes cpie ser testigo de la esclavitud 
de la patria. 

Se pasó revista a las fuerzas orientales ])rontas para diri- 
girse a Entre Ríos, en número de 2,000 soldados. 

Llegado el momento de los brindis, el general Paz alzó li. 
copa y dijo: 

"Por el primer guerrero de la República Oriental: por el 



42 HISTORIA DEL URUGUAY 



insigue general Kivera, que sabe vencer a sus enemigos per- 
dí nándolos." 

Mal, deplorablemente mal, tcrmiuú, sin embargo, la serie 
de conferencias de los jefes aliados. El general Paz, que no 
había podido entenderse con Rivera, según él mismo lo de- 
clara en sus Memorias, entregó su ejército al General en Jefe 
y se puso en viaje para Montevideo, donde llegó con un grupo 
de jefes y oficiales a mediados de noviembre. El Gobernador 
Ferré puso también su ejército a disposición de Rivera, y se 
retiró para Corrientes. 

Con el general Paz se perdía el concurso importantísimo 
del primero de los militares de la época, y eso en los pre- 
cisos momentos en que se iba a librar una batalla final y de- 
cisiva para la suerte del Río de la Plata entre todas las fuer- 
zas de Rosas y todas las fuerzas aliadas contra ellas. 



Rivera cruza el Uruguay. 

Rivera vadeó el río Uruguay a principios de noviembre y 
se instaló en Gualeguaychú. Una semana después se puso en 
marcha al frente de 4,500 hombres de caballería, 100 de in- 
fantería y 6 piezas de artillería, en busca de las fuerzas de 
Urquiza. 

Su vangiiardia, bajo el mando del Gobernador de Santa 
Fe, obtuvo un primer triunfo sobre Urquiza, entre el Villa- 
guay y el Gualeguay. River^ avanzó en seguida con el grueso 
del ejército y al llegar a las márgenes del Gualeguay. se sacó 
la ropa y se arrojó al agua, dando un ejemplo que todos sus 
soldados imitaron, y en esa forma cruzó el río, seguido '*'por 
dos mil hombres desnudos y sólo con las espadas y las lan- 
zas", según el parte oficial, completando la derrota y el des- 
bande del ejército atacado que se componía de tres mil 
hombres. 

' ' Nuestros cuerpos — escribía Rivera al general Aguiar — 
han marchado en pelo y desnudos ; ya puede hacerse cargo 
del estado de esa pobre tropa, pero no puedo menos de decirle 
que estos hombres son admirables ; en ninguna parte del 
mundo hay soldados mejores que estos que tenemos el honor 
de mandar." 

A raíz de la victoria del Gualeguay se incorporó a Rivera 
el general Vicente Ramírez al frente de la división correntina 



íiOHIlCKNO DE laVEKA 43 



compuesta, sejíún las noticias oñciales, de 2,000 hombres de 
caballería, 900 infantes y 10 piezas de artillería cou 200 arti- 
lleros, alcanzando entonces el ejército un efectivo de 7,500 
hombres, según las comunicaciones de Rivera a su Jefe de 
Estado Mayor, general Aguiar. Mostrábase satisfecho el jefe 
del ejército aliado. En su campamento había más de dos mil 
infantes y veintitantas piezas de artillería. 

Oribe había seguido avanzando a su turno en busca de la 
batalla decisiva, y el choque, que ya era inevitable, se pro- 
dujo en los campos del Arroyo Grande, con resultado terri- 
blemente adverso para las fuerzas aliadas. Rivera perdió to- 
talmente su ejército y Oribe cjuedó habilitado para vadear el 
Uruguay sin lucha. 

Pero antes de ocuparnos de ese enorme desastre militar, es 
necesario que volvamos atrás para describir la marcha de la 
República Oriental desde que empieza el gobierno de Rivera 
hasta que Rosas lanza sus tropas victoriosas sobre los muros 
de j\Iontevideo. , 



CAPITULO II 
El gobierno de Rivera del puuto de vista económico 

La población en pleno crecimiento. 

Ya estaba fuertemente prestigiado el Uruguay eomo país 
de inmigraeión desde la primera presidencia de Rivera y desde 
la presidencia de Oribe, a despecho de todas las revueltas que 
ensangrientan esas dc^ administraciones iniciales de nuestra 
vida nacional; y la corriente de brazos europeos -continuó 
aumentando bajo la segimda administración de Rivera, más 
intensamcute agitada todavía que las anteriores i^or la inter- 
vención directa de los ejércitos de Rosas en las contiendas 
civiles. 

"El Gobierno ni encarcela, ni proscribe, ni deja degollar 
a los hombres'', decía don Joaquín Suárez al inaugurar las 
s-esiones ordinarias de 1842, mareando la diferencia funda- 
mental entre el régimen uruguayo y el régimen argentino. 

"Esta apreciable seguridad — agregaba — es la que ha. 
traído dé Europa al país 14,600 y más inmigrados en tres 
años y la que ha hecho levantar tres mil sólidos, cómodos y 
elegantes edificios en el mismo período en la Capital." 

Computando el movimiento de los seis años enrridos desde 
noviembre de 1835 hasta septiembre de 3841, fijaba así "El 
Xacional" el monto de los inmigrantes desembarcadas en 
^Montevideo con ]>rocedencia de ultramar: 

Vascos franceses y españoles ..,.;. 8,389 

Canarios, gallegos y catalanes 7,781 

Genoveses 4,058 

Brasileños 1,011 

Otras nacionalidades 772 

En conjunto 22,011 inmigrantes, a los que el mismo diario 
agregaba 5,000 más llegados con posterioridad a la formación 
del cuadro, elevándose entonces a 27,000 los elementos incor- 
porados al país en seis y medio años, sin contar la inmigra- 



GOBfEKNO 1)E KIVEUA 



45 



ción argentina, que "El Xaeional"' estimaba eu G,000 almas 
y "El Constitueionar' en 30,000, ineluídos -1,000 radicados en 
el departamento de raysandú. 

Una estadística de la Policía que el seru)r Arsene Isabelle 
reprodujo en '"Le Patrióte Fraueais" fijaba en 28,248 el nú- 
mero de pasajeros desembarcados en Montevideo de 1836 a 
1841, con procedeneia de ultramar exclusivamente, y distri- 
])uía así esa entrada por nacionalidades: españoles 9,079, cana- 
rios 4,527, franceses 8,717, sardos 5,598, alemanes 327. 

Un cuadro estadístico más completo de don Juan Nepo- 
nniceno Madero, reproducido ])or Wright en sus "Apuntes 
Históricos de la Defensa", liace subir a 33,000 el número de 
inmigrantes desembarcados en Montevideo de 1835 a 1842, no 
incluidas las procedencias de puertos argentinos, y clasifica 
así los inmigrantes por nacionalidades: 



ANOS 



Franceses 



Españoles 



Sanios 



Otras 
nacionalidades 



1835 


43 


481 


34 


55 


1836 


■ 998 


1,209 


512 


427 


1837 


442 


1,027 


522 


391 


1838. ...... 


2,071 


2,359 


4.50 


543 


1839 


342 


280 


377 


164 


1840 


835 


370 


749 


521 


1841 


3,816 


948 


2,735 


359 


1842 


5,218 


1,G07 


2,515 


534 



.Otra estadística de la Sala de Comercio, reproducida por 
Baines en su obra "Los negocios del Kío de la Plata", fijaba 
en 33,607 el número de pasajeros desembarcados en el puerto 
de Montevideo de ]836 a 1842, con la advertencia de que 
13,676 eran vascos de los Pirineos, 5,152 canarios, 6,789 geno- 
veses y los restantes de varias procedencias. líe aquí las cifras 
anuales de esa estadística: 



Año 1836 3,600 

. 1837 3,117 

» 1838 . . . .~ 6,079 

. 1839 !,033 

. 1840 2,623 

» 1841 7,819 

» 1842 9,336 



4() HISTOEIA DEL UBUSJÁY 



La iumigrcicióii casi nula en ol primer año del jíobierno de 
Oribe, crece fuertemente, como se ve, en 1886. Al año siguiente 
se contrae por efecto de la primera revolución de Rivera. l*ero 
repunta con energía en 1838, bajo la influencia de la termina- 
ción de la campaña y antes de la llegada a Europa de cartas 
denunciadoras de nuevos trastornos políticos. La segunda revo- 
lución de Eivera recién se hace sentir en 1839. Pero a raíz del 
retroceso vuelve a crecer la corriente, en forma reveladora de 
los enormes pre^itigios del Uruguay. El número de franceses 
salta de 998 en 1836, el año de mayor prosperidad del gobierno 
de Oribe, a 5,218 en 1842, y el de los italianos de 512 a 2,515! 

A mayores guarismos llega todavía don Andrés Lamas, so- 
bre la base, sin duda, de más amplias fuentes de información. 
Según sus datos la inmigración desembarcada en el puerto de 
]\Iontevideo en los siete años corridos de 1836 a 1842 fué de 
48,000 almas, cifra ecpiivalente, decía, a las dos terceras par- 
tes de la población total de la República en 1829 y sólo com- 
parable a la de los Estados Unidos, cuya población se había 
quintuplicado, subiendo de 3.300,000 a 18.000,000 de habitan- 
tes de 1790 a 1845. 

La población del Uruguay, advertía el mismo publicista, 
estaba reducida en 1829 a 74,000* almas, correspondiendo 
14,000 a todo el departamento de la Capital y de esta última 
cifra, 9,000 a la ciudad de ^Montevideo. La cifra total subió 
en 1835 a 128.371 habitantes, figurando- el departamento de 
Montevideo con 28,000. Habíase operado, en consecuencia, un 
crecimiento del 80 % en los seis años corridos. El censo de 
1843, levantado ocho meses después del sitio, cuando ya fal- 
taba mucha gente, arrojó 81,000 habitantes dentro de trin- 
cheras, el cuádruple casi de la población de 1829. La ciudad 
de Buenos Aires, concluía el doctor Lamas, que en 1830 
tenía 80.000 habitantes, bajó a la mitad en el mismo período 
en que la ciudad de ]\[ontevideo ascendía así de 9,000 a 31,000 
almas. 



El movimiento edificador en Montevideo. 

El número de licencias para edificar en los ocho años co- 
rridos de 1835 a 1842, fué de 771, según la estadística que 
subsigue : 



COBIEKXO DE RIVEUA 



47 



Año 1835 25 I Año 1839 



1S3Ü 
1837 
1838 



74 

83 
87 



1840 
1841 
1842 



103 
123 
135 
141 



Pero ai)arte de (|ue la estadística iiiuiiieipal do la époci 
era muy incompleta, es necesario advertir que con frecuencia 
una sola licencia comprendía varias casas que se englobaban 
a efecto de reducir el desembolso por concepto de derechos. 

Al acampar el ejército de Oribe frente a las trincheras de 
]\Iontevideo, el pueblo Victoria, fundado en la margen opuesta 
de la bahía, estaba en plena actividad. Contaba ya con 283 
compradores de 685,000 varas cuadradas, que habían des- 
embolsado por la tierra 297,000 pesos y que estaban edificando 
o acopiando materiales de construcción. 

Los terrenos de la ciudad, que en 1835 se habían cotizado 
al precio de dos reales la vara cuadrada, vendíanse en 1839 
a tres pesos y en 1840 a cuatro pesos, según los datos com- 
parativos que "El Comercio del Plata" publicó algunos me- 
ses antes del levantamiento del sitio. 

Y en cuanto a los alquileres, era de tal manera rápido el 
ensanche de la población, según los mismos datos, que la 
generalidad de las casas daban el 18 % de interés y muchas 
hasta el 24 %, no existiendo un solo edificio en que el por- 
centaje bajara del 12 % anual. 

Cómo se enriquecían los inmigrantes franceses. 

El señor Bellamare, investido con la delegación de los re- 
sidentes franceses al estallar la Guerra Grande, fijaba así el 
monto de los capitales ganaderos de sus compatriotas en 1841 : 



Leguas 
fuadradas 



Cabezas 
d e ganado 



Provincia de Buenos Aires. 

» de Entre Ríos 

República Oriental . 



117 
55 

86 



141,700 
101,000 
151,000 



Véase ahora, según el mismo delegado, cuál era el número 
de franceses y de ingleses dedicados al comercio en ambas 
márgenes del Plata : 



48 



HISTORIA DEL URUGUAY 



En la Argentina En el Uruguay 



Franceses 

Ingleses 


4,500 
3,800 


6,400 
2,500 


Total 


8,300 


8,900 



"Le Patrióte Franeais" estimaba el monto total de la po- 
blación francesa radicada en Montevideo, ]\Ialdouadü, Colo- 
nia. ^Mercedes, Paysandú, Salto, Minas, Cerro Largo, Tacua- 
rembó y Durazno en 18,000 almas. Y el cálculo no debía ser 
exagerado, si se considera que la legión francesa organizada 
desde los comienzos de la Defensa, llegó a contar 3,000 cora- 
batientes. 

Son cifras reveladoras de un fuerte movimiento europeo 
que habría dado al L^rugiiay el puesto más alto de la América 
del Sur, si la invasión de 3843 no lo hubiera impedido con su 
obra de destrucción de la riqueza pública y de exterminio de 
las poblaciones. 



Alarmas a que daba origen el movimiento migratorio. 



Gracias al incesante arribo de europeos, la industria na- 
cional llegó a adquirir durante la segunda presidencia de 
Rivera un grado de intensificación que no había podido obte= 
nerse hasta entonces por falta de brazos. 

Los solos inmigrantes vascos, decía en 1841 ""El Compás", 
han extraído más piedra de las canteras en los últimos seis 
años que toda la arrancada en un siglo, y eso sin perjudicar 
a los demás ramos del trabajo, puesto que abundan las he- 
rrerías, las platerías, las boticas, las carpinterías, las sastre- 
rías, las zapaterías y hasta los astilleros en que se construyen 
goletas y otras embarcaciones menores para el servicio de 
cabotaje en constante aumento. 

El general Juan O'Brien, irlandés, (pie había empezado su 
carrera en el escuadrón de granaderos a caballo de San ^Iay- 
tín y ganado sus galones sucesivamente en el sitio de ]\lonte- 
video durante el coloniaje y en las campañas de Chile y el 
Perú, resolvió en 1841 radicarse en ]\rontevideo y escribió 



(iOHÍKKNO 1)K lílVKKA 4í) 



con tal motivo una carta a Kivera que puede citarse como 
explicativa de la i)refereueia (pie los extranjeros daban al 
Uruguay : 

''Es indisputable, decía, la superioridad del Estado Orien- 
tal, por estar dotado de ríos y puertos, de campos fértiles, 
de un clima sano y templado... Sus habitantes son labo- 
riosos, esforzados y hospitalarios". Y a esas ventajas hay que 
agregar ''su proximidad a Europa, la excelencia de sus pro- 
ducciones materiales y la seguridad con que cuentan los ex- 
tranjeros en sus personas y propiedades al amparo de leyes 
benéficas y liberales". 

El incesante arribo de extranjeros acabó por alarmar a la 
prensa de Montevideo y a la de España. 

Decía la primera que los elementos nacionales, corridos por 
la competencia, se iban quedando sin ocupación ; que había 
(pie estimular por medio del impuesto el ingreso de apren- 
dices criollos en los ramos de la industria y del comercio ex- 
plotados por extranjeros, recargando o aliviando la cuota de 
las patentes de giro y de los derechos de Aduana, según la 
nacionalidad de los obreros y dependientes; que mientras los 
extranjeros' se enriquecían rápidamente, los nacionales no 
prosperaban. Los diarios más sensatos se limitaban a señalar 
la conveniencia de que el Gobierno nombrara una Comisión 
de Inmigración, encargada de dirigir a los deiiai'tamentos 
una parte de los recién llegados, tal como lo había hecho Ri- 
vadavia en la Argentina inspirado en el doble propósito de 
evitar la aglomeración de brazos en la Capital y su escasez 
en la campaña. 

La maravillosa transformación económica que iniciaba la 
inmigración europea, sólo era encarada, como se ve, del punto 
de vista del perjuicio momentáneo que sufría el obrero criollo 
dueño exclusivo del mercado hasta ese momento. Si la paz no 
hubiera sido bru.scameute interrumpida por la invasión de 
Oribe, los mismos que alzaban la voz en la prensa habrían 
tenido que rendirse ante el espectáculo del ensanche de todos 
los ramos del trabajo y de la crecitnte incorporación del ele- 
mento nacional a las nuevas industrias forzosamente mono- 
polizadas al principio por el obrero extranjero, único en con- 
diciones de impulsarlas en razón de su aprendizaje anterior. 
Por lo pronto, como el crecimiento de la población coinci- 
día con el crecimiento no menos rápido de las fuentes de la 
riqueza pública, los salarios en vez de descender subían a 



f)0 HISTORIA DEL tJBUGUAY 



niveles jamás conocidos en Montevideo, llegándose a ])aj4fir, 
según los datos que publicó "El Comercio del Plata" en un 
estudio retrospectivo al final de la guerra, de uno a dos pa- 
tacones diarios a los peones de cualquier ramo industrial, y 
doce mensuales, alojamiento y comida, a los sirvientes. 

Mientras que las barcadas de inmigrantes infundían aquí 
tales temores, en España trataban las corporaciones y los 
diarios de arrancar de la cabeza de sus connacionales la idea 
de emigrar al Uruguay. 

El Presidente del Tribunal de Comercio de Bayona, en 
una exposición o proclama publicada en 1841, contra ciertos 
empresarios que reclutaban obreros mediante el doble halago 
del anticipo de los pasajes y de la colocación del inmigrante, 
decía que ^Montevideo, era "un suelo ardiente y homicida"; 
que tenía que "importar los cereales extranjeros"; que es- 
taba expuesto "al vandalaje de gauchos feroces", habituado^! 
a saquear las cosechas, matar a los hombres y robarse las 
mujeres! 

Era ima propaganda de discutible eficacia, porque si las 
familias se embarcaban en España con rumbo a Montevideo, 
era respondiendo al llamado de parientes y amigos ya radi- 
cados en el país y en ejercicio de ocupaciones lucrativas que 
tenían que halagar y halagaban en forma imposible de con- 
trarrestar. 

Cambiando entonces de táctica, un diario de ^Madrid, a 
tiempo que se preparaba una expedición de tres barcos con 
600 colonos, anunciaba en 1842 que los supuestos obreros 
"eran ladrones de provincia", en la esperanza, sin duda al- 
guna, de que el Gobierno del Uruguay adoptara medidas 
tendientes a desalentar la corriente inmigratoria. 



£1 mal del país. 

"Allá en la República Oriental, había dicho poco antes 
Alfonso de Lamartine, las revoluciones se suceden como los 
millones de insectos que cría su suelo y que nacen y mueren 
en un día". 

Tal era efectivamente el mal del país. Pero es lo cierto 
que las revoluciones de Oribe, de Lavalleja y de Rosas, por 
frecuentes que fueran, podían menos en el ánimo de las po- 
blaciones obreras de Francia, de España, de Inglaterra y de 



f.ORIERNO DK KIVKUA f>l 



Italia, que la prosperidad eada día más creciente y halaga- 
dora de los colonos ya incorporados a nuestro desenvolvi- 
miento eeonomieo; y los arribos de inmigrantes continuaron 
sin interrupción hasta febrero de 1843, en que el sitio grande 
levantó una barrera aisladora con el resto del mundo y de- 
tuvo por largos años el progreso Verdaderamente estupendo 

del Uruguay. _ ^ ^ •, 

Estaba ya el país en la víspera de la invasión de Uribe 
y todavía hablaba la prensa "del incremento prodigioso de la 
ciudad de Montevideo"; de la edificación del Cordón y de la 
Aguada, asiento de una nueva y hermosa ciudad, ya casi 
unida a la planta vieja de la época colonial; del fomento de 
la Villa del Cerro ; de la fundación del pueblo Victoria sobre 
las márgenes del Pantanoso y :\Iiguelete; y del notable pro- 
greso de la campaña, obras todas ellas de los brazos europeos 
que día a día se multiplicaban con pasmosa actividad. 

La esclavitud abolida al fin. 

Prosiguió el tráfico de esclavos durante toda la administra- 
ción Rivera, a despecho de las prohibiciones dictadas por la 
Asamblea Constituyente y las Legislaturas ordinarias poste- 
riores. Raro era el barco del Brasil que no trajera una remesa 
de negros a título de peones de servicio que en el acto eran 
l)ajados a tierra y vendidos clandestinamente por 400 o 500 
pesos cada uno. 

.Según los cálculos publicados en 1841 por ''El Compás", 
el número de esclavos importados a partir de la ley prohibi- 
tiva de 1832 era de 4,000! 

La venta de negros continuaba siendo tan regular y co- 
rriente como la venta d^ merca.derías, a las que en realidad 
estaban asimilados, según lo revelan estos dos avisos que re- 
producimos de "El Constitucional" de 1839 y 1842: 

"Se vende una corta partida de lana merina; también un 
negro joven, sano y de campo y matadero ; el que guste alguna 
de estas dos cosas ocurra a la calle San Gabriel N." 46." 

"Se vende un negro robusto y saludable, por la cantidad 
de 300 pesos; es propio para ejercitarlo en un saladero, de lo 
que ya tiene algún conocimiento. También una casita chica 
de precio 2,000 pesos. El f(ue se interese por cualquiera de 
estos dos objetos, ocurra a la acera frente al Juzgado de Paz 
de la 3." sección." 



52 HISTORIA DEL URUGUAY 



A mediados- de 1841 se aiiimeió la venta eu remate y al 
mejor postor de los bienes del intestado ^lujía.s, entre lo.s que 
ñguraba un negro. Fué necesario que la prensa protestara 
contra esa forma de venta, que excluía el derecho consagrado 
por la ley y la costumbre de que el esclavo pudiera elegir 
amo y no ser vendido i)or más de un precio determinado, para 
que el Juzgado mandara eliminar esa partida del inventario í 

En cuanto al tratamiento tampoco habían ganado gran cosa 
los esclavos, a pesar del progreso de la ciudad. A fines de 
1839, se ofrecía por la prensa una gratificación al que entre- 
gara una negra que había huido, "de edad de 11 a 15 años. 
saniosa y algo bozal, con los dos labios agujereados". 

Pocas semanas después se denunciaba públicamente el caso 
de un amo que apaleaba a su esclavo, "hasta romperle la cara 
y echarlo luego, atado a una soga, hasta el fondo del aljilie 
liara atonnentarlo más". Y lanzaba la prensa la idea huma- 
nitaria de, allegar fondos, por suscripción, con destino al res- 
cate de ese desgraciado. 

Tocaba ya a. su términt), felizmente, la esclavitud. 

A mediados de 1839 la cancillería oriental, a cargo de don 
José Ellauri, concluía con el ^Ministro Inglés ^Mandeville un 
tratado ])ara la abolición del tráfico de esclavos, que era como 
el primer paso en el camino de la liberación. Fué morosa la 
incubación parlamentaria de ese acuerdo internacional, que 
recién quedó aprobado a fines de 1841. y explicando las cau- 
sas invocaba el propio doctor Ellauri ante el ]\Iinistro Inglés 
lord Palmerston, los contratos sobre importación "de eolo- 
nas" celebrados durante la primera presidencia de Rivera y 
la captura y juzgamiento del bergantín neurero "Río de la 
Plata". 

Dio la señal del movimiento emancipador el Presidente 
Rivera en los comienzos de 1841, acordando la libertad a sus 
pro])ios esclavos para que el ^Ministerio de la Guerra los uti- 
lizara como soldados. En el curso del mismo año, el Gobierno, 
(jue ya se había trazado un plan militar sobre la base de la 
transformación del esclavo en soldado de línea, mandó formar 
padrones departamentales para la determinación exacta del 
número de hombres de color que existían en el país como 
esclavos, colonos o libertos, y sin aguardar el resultado del 
recuento, impuso a los negros y pardos li])res la obligación 
de enrolarse. 

Pero fué recién al año siguiente que la medida tuvo amplia 



COIUKU.NO DK KIVKKA 



53 



i'ieL'Ueión. Ante los amagos de la invasión de Oribe, a media- 
dos de 1842, se praetieó un sorteo de esclavos para la forma- 
ción de los primeros batallones de línea, y en diciembre del 
mismo año a raiz de la batalla del Arroyo Grande, se declaró 
qne ya no había esclavos en la República y ([ue todos los 
varones útiles, así liberadas, serían destinados al servicio mi- 
litar. 

Comercio exterior. 

De la prensa de la época reproducimos el si uniente resu- 
men del movimiento de exportación por el puerto de ^Monte- 
vldeo durante el quinquenio 1838-1842: 



ANOS 



Valor 
de las exportaciones 



1838 
1839 
1840 
1841 
1842 



0.611.58-2 
8.471,026 
7.821.720 
6.886,898 
7.321,066 



En los cinco añcs, 86.11:1,192 pesos, de cuya suma había ab- 
.sorbido el mercado inglés 10.580,000 pesos y ^1 mercado fran- 
cés 4.659,000 pesos. 

Ampliando los términos de la comparación, destacaba así 
don Andrés Lamas el progreso notable del comercio uru- 
guayo : 



A X o .s 



Iniporlaeiunes 



Exportaciones 



18-)7 , 1$ 2.651,067 1 $ 2 077,275 

1836 . . . » 3.597,437 » 3.444,958 
1842. '.'.'. L» 9.234,696 I * 7.321,066 

Don Juan Xeponmceno ^Madero, el más prolijo y autorizado 
de los cronista.s comerciales de entonces, fijaba a su turno el 
valor corriente de los frutos y productos umguayos exporta- 
dos de 1840 a 1842" en las cantidades que siguen: 



54 



HISTOBIA DEL URUGUAT 







\ 






AÑOS 


En pesos 


En esterlinas 

Al eaniliio 
de 43 peniques 



J840 • . 1 s? 8.229,488 I £ 1.474,449 

1841 . . • i» 7.548,465 ' . 1.352,433 

1842 il » 6.625,722 I . 1.187,108 

Provienen las diferencias, sin duda alguna, de (lue el pri- 
mer cuadro establece el valor oficial de Aduana, niientra.s que 
el segundo adopta el precio efectivo de la mercadería. 



Principales frutos exportados. 

De los mismos cuadros estadísticos del señor ^Madero ex- 
traemos en seguida todos los frutos y productos de la exporta- 
ción uruguaya, representativos de más de cien mil pesos en 
alguno de los tres años ( valor de la mercadería puesta a 
bordo ) : 



184 



Cantidad 



Valor 



1841 

Cantidad Valor 



1842 

^^ I " 

Cantidad i Valor 



Cueros salados 


502,533 


( 2.135,765 : 


545.128 


f 2.316,794 


552,222 


$ 2 346,943 


ídem secos. . 


755.812 


» 2.834,895 


646,769 


» 2.425,383 


088,823 


» 2.203,086 


Grasa, arrobas 


250,284 


» 486,157 


209,103 


» 392.067 


118,965 


>> 223,059 


Sebo, ídem. . 


78,503 


» 157,006 


44,630 


» 89,260 


18,173 


» 36,346 


Crin, ídem. 


56,051 


» 224,204 


33,076 


» 132,304, 


26,814 


» 107,256 


Lana, ídem. . 


86,724 


» 260,172 


79,740 


» 239,220 


i 92,068 


» 276,204 


Cueros de ca- 










i 




ballo . . . 1 


45,177 


» 101,648 


52,800 


» 118,800 


1 65,824 


» 148,104 


ídem de bece- ¡ 














rro. . . . ; 


9,929 


» 9,929 


28,138 


» 28,138 


103,549 


» 103,549 


Carne, (juinta- ¡ 














les . . . .i 


673,362 


» 1.851,745 


603,052 


» 1.6.-i8,393 \ 


367,715 


>> 1.011,216 



Sorprenden verdaderamente algunos de los rubros, el de los 
cueros vacunos sobre todo : alrededor de un millón doscientas 
mil piezas cada año! Es una cifra que denuncia el notable en- 
riquecimiento ganadero de la campaña a despecho de la obra 
destructora de la guerra civil. Pero que traiduce seguramente 
también el propósito de liquidar con rapidez bajo la presión 
de la constante alarma en que debían vivir los estancieros. 



GOBIEKNO IIK KIVKKA 



55 



Corrobora la iiuiiortaiieia del movimiento comercial de 
Mtmtevideo este nuevo euadro de las exportaciones de carnes 
saladas del Río de la Plata con di^stino al mercado de Cuba, 
publicado por "British Packet" de Buenos Aires: 



De Montevideo, quintales . 
De Buenos Aires, ídem 



Totales 



319,981 
123,074 



443,055 



244,784 
59,106 



78,800 
94,971 



303,890 173,771 



El movimiento portuario de Montevideo. 

Ese fuerte desarrollo del comercio uruguayo debía tradu- 
cirse y se traducía naturalmente en un constante arribo de 
barcos al puerto de Alontevideo. Véase el tren de progre.so que 
demuestra una estadística de la época: 



AÑOS 


Buques 
mercantes 

(le 
ultramar 


Tonelaje 
/ ■ 


1 
1836 


835 

374 
495 
512 
700 

789 
824 


61,148 


1837 ', '. 

iy;58 


68,516 
92,982 


1839 . . 

1840 . . 

1841 . . 

1842 . . 




89,662 
127,000 
145,696 
158,652 



Comparados los dos años extremas, resultan casi triplica- 
dos el número de buques y la capacidad de sus bodegas. 

Entre los 4,029 buques con 743.656 toneladas, comprendi- 
dos en el resumen que antecede, se destacan las siguientes ban- 
deras : 



56 



HISTORIA DEL UBUGXJAT 



Buques 



Ingleses . 

Brasileños . 

iSardos 

Norteamericanos 

Españoles 

Franceses 



804 
71-2 
f.64 
501 
47G 
4U-2 



Tonelaje 



171,282 

104,717 

82,410 

113,696 

71,111 

83,708 



Superioridad del puerto de Montevideo sobre el de Buenos 
Aires. 



]^ou J'i'dru de Augeljs, escritor ofieial de Rosas, ocupándose 
en ISSi del incremento que ya en esa época había tomado el 
})uerto de ^Montevideo, escribía en su "^lemoria de la Ha- 
eienda Pública ": 

'' Los buques de ultramar que en años anteriores pasaban 
áe largo por jMontevideo, comienzan a mirar hoy día ese 
puerto como el término natural de su viaje. Allí descargan sus 
mercaderías vendidas, y sólo cuando no encuentran ni compra- 
dores ni frutos de retorno vienen en busca de ellos a nuestra 
rada. El Gobierno de Montevideo nada omite para hacer de 
su puerto un foco de actividad comercial y de comercio lucra- 
tivo". Debemos nosotros contrabalancear las ventajas re- 
-sultantes de un puerto más abrigado "y de una legislación 
más liberal que comienza a transformar en puerto franco la 
rada de Monte\Tdeo ". 

Parish. en su obra " Buenos Aires y las Provincias del Río 
de la Plata ", publicada en 1838, hacía constar también que 
Montevideo se había convertido en un verdadero depósito para 
el aprovisionamiento de las provincias argentinas. 

Una explicación más amplia y comprensiva se encargó de 
dar la prensa de Montevideo al recapitular en esta forma 
lavS razones de la preferencia acordada a nuestro puerto: 

La excelente posición geográfica de IMontevideo, la saluliri- 
Jad de su clima, la liberalidad de sus instituciones políticas, 
la seguridad y comodidad de sus embarcaderos, la existencia 
de depósitos de aduana donde podían quedar las mercaderías 
extranjeras por tiempo indefinido, mediante un pequeño gasto 
de almacenaje y una tasa del 2 % en caso de reexportación, 
la estabilidad de .su reprimen monetario a base de onzas de oro 



(■OürKKXü DE lUVEKA . 57 

y de patacones o pesos fuertes, y la considerable corriente in- 
migratoria que impulsaba sus progresos. 

i'ara destacar más aún la importancia del i)iU'rto de ^Mon- 
te video, vajnos a rei)roducir las cifríis correspondientes al nú- 
mero de bu(]ue,s mercantes de ultramar fondeados en un día 
cualiiuiera, tmnado al acaso en los cuadros de la prensa de la 
época : 

1838. Día 15 de diciembre. 151 buípies fcmdeados, siendo 
26 nacionales, 25 ingleses, 13 norteamericanos, 14 franceses, 
19 sardos, 21 españoles, 12 brasileños y 21 de otras nacio- 
nalidades. 

1840. Día 1.° de octubre. 191 bucpies fondeados, siendo 15 
nacionales, 21 norteamericanos, 18 brasileños, 30 españoles, -49 
ingleses, 15 franceses, 18 sardos y 25 de otras banderas. 

J842. Día 5 de agosto. 122 barcos fondeados, siendo 8 na- 
cionales, 9 españoles. 19 brasileños, 31 sardos, 2 portugueses. 
9 franceses, 21 ingleses, 11 norteamericanos y 12 de otras ban- 
deras. 

Durante el primer trinicsti-c de 1840 entraron al puerto de 
IMontevideo 152 buques j)rocedentes de ultramar con 27,541 
toneladas y 1,876 tripulantes, y 267 barcos de cabotaje con 
6,820 toneladas y 1,362 tripulantes; y salieron para ultra- 
mar 146 buques y para el litoral uruguayo 234. 

Durante el primer semestre de 1842 entraron al puerto de 
]VIonte\ádeo 475 buques de ultramar, sobresaliendo la bandera 
inglesa con 115 buques, la sarda con 76, la brasileña con 54, 
la francesa con 51, la norteamericana con 48 y la española 
c-on 44; y al puerto de Buenos Aires, simplemente 157 buques 
de ultramar, la mayoría de ellos ( 114 ) después de haber an- 
clado en Monte\'ideo! 

No podía ya atribuirse la pobreza del puerto de Buenos Ai- 
res al bloqueo de la escuadra francesa decretado a fines de 
1838 y levantado a fines de 1840. Precisamente por eso es que 
entre los motivos inspiradores de la Guerra Grande hacían fi- 
gurar los contemporáneos el propósito de pegarle al puerto 
de ^Montevideo un marronazo que permitiera al de Buenos 
Aires recuperar su viejo poderío en el Río de la Plata. 

Tratados de comercio. 

Las gestiones emj)rendidas durante el go])ierno de Oribe 
por intermedio de don Juan Francisco Giró para ajusfar un 



58 HISTORIA DEL tTBUGUAY 



Iratado con España, íuerüii eontiiniadas y llevadas a l)ueii 
téimirio bajo el gobierno de Kivera por intermedio de don José 
Ellaiin. 

Mediante el tratado ajustado en 1841 y ratiñeado al año 
siguiente, el Gobierno Español reconocía la independencia del 
Uruguay y a su turno el Uruguay reconocía la deuda contraída 
con las autoridades españolas hasta la terminación efectiva 
del coloniaje en julio de 1811. Los dos países establecían, 
además, que los buques de cada uno de ellos serían recibidos 
en los puertos del otro con iguales franquicias que los nacio- 
rnles; y asimismo que los frutos y productos españoles em- 
barcados en l)uquc español, y los frutos y productos urugua- 
3'os embarcados en buques uruguayos, no tendrían que pa- 
gar otros derechos de Aduana que aquellos a que estarían su- 
jetos en el caso de haber sido transportados por barcos de 
la propia nacionalidad del país importador. 

También se obtuvo por intermedio del doctor Ellauri un 
tratado con el Rey de Cerdeña. sobre la base de la más per- 
fecta reciprocidad en materia de comercio y naA^egación. Los 
comerciantes de cada país gozarían en el otro de las mismas 
seguridades y ventajas que los nacionales; las mercaderías 
italianas introducidas en el Uruguay y las mercaderías uru- 
guayas introducidas en Italia, no estarían sujetas a derechos 
aduaneros más altos que los que tuvieran que pagar las mer- 
caderías de cualquier otra procedencia ; las franquicias con- 
cedidas por uno de los países contratantes a una tercera po- 
tencia, se acordarían también al otro contratante en forma 
gratuita u onerosa, según se hubiere concedido a esa tercera 
potencia. 

Pocas semanas antes de la ratificación ele este último tra- 
tado, a fines de 1842, había sido teatro el puerto de ^lontevi- 
deo de una escena que ponía de manifiesto la imposibilidad 
de seguir manteniendo buenas relaciones dentro de las prác- 
ticas abusivas de la época. Un subdito italiano insultó al 
Cónsul de su país y en el acto fué llevado a bordo de un bu- 
fjue sardo fondeado en el puerto, y allí se le puso un eintu- 
rón de hierro y se le colgó en un palo, aflojándose de vez en 
cuando las cuerdas para que el cuerpo se sumergiese en el 
agua de la bahía, 'todo eso a la vista del pueblo aglomerado 
en los muelles y en la costa ! 

Tampoco descuidó el Gobierno la defensa de los intereses 
del comercio uruguayo en el extraiíjero. 



GOniKKNO HE KIVEKA 59 

•' Kli los diferontcs puntos del globo, decía el ^Ministro de 
KelacioiK'S p].\tei'iore.s a la Asamblea en 1839, adonde alcanza 
nuestro comercio marítimo, se ha establecido para su pro- 
tección los Cónsules que se ha considerado necesario ; asi- 
mismo, como hemos recibido y se contimia recibiendo los que 
las naciones amigas nos envían con el mismo objeto ". 

Ccm igual celo se preocupó de reanimar la vida mercantil 
de ^Maldonado y Colonia, otorgando al comercio de dichas 
plazas rebajas del 5 % en los derechos de importación y del 
50 % en los derechos de exportación, en la esperanza de pro- 
mover una reacción económica que no habían alcanzado a pro- 
ducir los resortes de progreso que actuaban en las demás zo- 
nas del país. 



La navegación a vapor en aguas uruguayas. 

A principios de 1842 se presentó don Juan Halton Bnigland 
a la Cámara de Diputados solicitando privilegio exclusivo 
durante quince años a favor de una empresa de navegación 
a vapor en los ríos y puertos de la República. La empresa 
iniciaría su servicio con dos barcos de 300 toneladas y lina 
maquinaria con fuerza de 100 caballos. Pedía exención de 
derechos de puerto, autorización para enarbolar la bandera 
inglesa y un respeto absoluto a la propiedad de los barcos, 
aún en caso de guerra entre el Uruguaj^ y la Inglaterra. 
Ofrecía en compensación el transporte gratuito de la corres- 
])ondencia y la recepción en cada barco de dos aprendices 
orientales. 

La Cámara de Diputados sancionó el proyecto. ''Mejorar 
las comunicaciones — decía uno de los oradores, el doctor Ma- 
nuel Herrera y Obes — es trabajar por el orden y la estabi- 
lidad de nuestra sociedad; por la mejora y consolidación de 
nuestras instituciones; por la realización de los grandes des- 
tinos que están reservados a nuestra naciente República. Sin 
poner en contacto a los hombres, cualquiera que sea su origen ; 
sin aumentar sus relaciones y uniformar sus intereses, aproxi- 
mando a todos los pueblos, cualquiera que sea la distancia a 
que se encuentren, es imposible obtener esa revolución inte- 
lectual y moral de que tanto necesitamos y sin la cual no 
hay para las na-ciones una sólida organización social, ni ver- 
dadera existencia política". La muerte del dictador Francia 



gQ HISTORIA DEL rBUGUAY 



— agi'Cigaba — abre el rico iiiercado del Paraguay; la lil)r-' 
navegación tlel Paraná franqueará las comunicaciones con Bo- 
livia y las provincias interiores de la Argentina; y una vez 
que vengan los vapores al Río de la Plata "¿quién podrá 
negar que explotarán nuestros lujosos territorios como una 
de sus más pingües especiilaciones?" 

Pero la sanción de la Cámara de Diputados dio lugar ?. 
una protesta de los elementos más representativos de ^Iim- 
tevideo "contra el privilegio y contra el uso de la bandera 
inglesa". 

FA ]n'ivilegio exclusivo — eüi])ezaba diciendo la representa- 
ción dirigida a la Cámara de Senadores, a raíz de una a.sam- 
blea popular en el teatro — ataca nno de los derechos más 
importantes del hombre, especialmente consagrado por la 
Constitución de la líepública : la libertad de industria. Hay 
([uien afirma que es el único medio de que tengamos vapores; 
pero es un error. "Si diez años ha se nos hubiera hablado 
de la introducción de colonos en nuestro país, del estableci- 
nnento de graserias a vapor, del inmenso desarrollo de la 
cría de merinos, de la manera sorprendente cómo se han alla- 
nado los obstáculos que se oponían al prodigioso aumento que 
ha tomado nuestra ciudad, ¿habría alguno que hubiera ima- 
ginado el punto en que nos vemos hoy? Si en aípiella época 
un particular hubiera solicitado privilegio exclusivo sobre 
cualquiera de esos ramos, para la introducción, por ejemplo, 
de dos o tres mil colonos, ¿no se hul)iera creído que era una 
ventaja inmensa para el país la adípiisición de esos brazos y 
no se habría sostenido con más razón que ahora que la impor- 
tancia del objeto justificaba los medios? Y, sin embargo, 
véase la pérdida real que hubiera sufrido la República. Con 
privilegio habríamos tenido dos o tres mil colonos; sin él ha 
conseguido el país 8, 10, 15,000 quizá... Orden y paz pú- 
blica, fueron y han de ser más adelante el verdadero aliciente 
que atraiga a la República los capitales y la industria de 
la Europa." 

Entrando luego a ocuparse de la insignia de los barcos, 
protestaba enérgicamente la representación "contra el irri- 
tante e ignominioso concepto que se atribuía a una Imndera 
extranjera sobre la bandera nacional". 

Los vecinos de Cerro Largo resolvieron asociarse a los de 
iNfontevideo en esa doble protesta contra el privilegio y contra 
la bandera extranjera y lo hicieron también en una represen- 
tación ante el Senado. 



UOIUEKNO DE RIVERA 61 



'*Ya que es luty la primera vez — dcríau cu su escrito — 
que este departamento levanta su voz desde un rincón de la 
Repúbliea, esperamos (pie sea atendida i)or los representantes 
del pueblo, vista la justicia que la act>nq)aña. . . Vuestra 
Honorabilidad debe reconocer en la presente petición el anun- 
cio feliz de las prácticas representativas, que poco a poco irán 
penetrando en las üostuml)res ; prácticas constitucionales adop- 
tadas por los pueblos libres (pie traerán un resultado ^anto 
más importante cuanto ({ue serán el más. eficaz remedio para 
desterrar el uso de otros medios feroces, insanos e incompa- 
tibles con la verdadera libertad. Vuestra Honoral)ilidad sabe 
que según nuestras actuales instituciones, la suma del poder 
público reside en la comunidad. No siendo jjosible que el 
jiueblo se reuua manconuuiadamente para hacer uso de sus 
derechos en todas los casos eu que la necesidad lo exija, ha 
transmitido a sus representantes gran parte de aquel poder, 
resen'áudose ciertos derechos de que sus apoderados no pue- 
den hacer uso sin luia autorizaeión especial." 

Había en el ambiente de la época muy poca simpatía a 
favor de las concesiones a las banderas extranjeras. Uu año 
antes de aparecer la empresa Buigland, iniciaron varios co- 
merciantes extranjeros de Montevideo gestiones a favor de 
una concesión que abriera la navegación de los ríos Uruguay 
y Paraná a las banderas de sus respectivos países, mientras 
durara la guerra contra Rosas, y entonces "El Nacional" pu- 
blicó un ardoroso editorial contra el otorgamiento de ese de- 
recho transitorio que los países fuertes se encargarían de hacer 
definitivo. 

"Guardémonos — dei^ía — de dar el menor pretexto a la 
ambición de los europeos. No seamos tan incautos que los 
introduzcamos al interior de nuestro hogar. Se sentarán a 
nuestra mesa, nos echarán de ella y después pretenderán que 
les sirvamos de esclavos. Cada buque de guerra europeo que. 
se acerque a nuestras costas, es un castillo que viene a soste- 
ner en nuestro daño una pretensión inicua y un despojo 
violento". 

La Comisión de Hacienda del Senado, luego de estudiar 
todas las objeciones, aconsejó, sin embargo, la sanción del 
proyecto votado por la Cámara de Diputados. 

El Estado, dijo su miembro informante don Santiago Vá:-- 
quez, debe estimular mediante privilegios estas iniciativas (|ue 
no surgirían de otro modo, porcpie se requiere un Tnillón de 



62 



HISTORIA DEL URUGUAY 



pesos sin esperanzas de recoger utilidades durante los prime- 
ros años, para eomjjrar ])uques de :^óO toneladas y 120 eaballos 
de fuerza, a razón de 75 a 80.000 pesos cada uno, y cubrir 
gastos de funcionamiento no interiores a 50.000 pesos al año. 
Hasta ahora, agregó, sólo se conoce el caso de la sociedad 
denoíuinada "Suttím", que obtuvo privilegio en Buenos Aires 
por diez años a favor de un solo vapor, y esa empresa antes 
del primer año de fimcionamiento había perdido el valor 
del buque y 90,000 pesos más y caía en estado de (luiebra. 
Cuando la Comisión de Hacienda entregal)a su informe a 
la prensa, ya la atmósfera política empezaba a agitarse con 
la marcha victoriosa del ejército de Oribe en las provincias 
argentiiuis y la emi)resa Buigland, como tantas otras emana- 
das de los progresos económicos del l'ruguay y del optiinismo 
que ellos promovían en todos los espíritus, quedó abandímada 
por tiempo indefinido. 



La riqueza ganadera. 

Al hablar del comercio exterior, hemos dado datos revela- 
dores del grueso stock ganadero existente en el país al tiempo 
de estallar la Guerra Grande. La misma impresión de exube- 
rancia producen las cifras que subsiguen, extraídas de las 
estadísticas de las dos Tabladas, la del Norte y la del Sur, 
con que contaba entonces el Departamento de ^Lmtevideo : 

Año 1839 — A la Tablada del Norte entraron 221,177 ani- 
males vacunos : 30,345 para el abasto de la población y el 
resto con destino a los 21 saladeros de Montevideo. 

Año 1841 — En los meses de junio y julio ingresaron res- 
pectivamente 65,582 y 45,719 animales vacunos. 

Año 1842 — Seis meses de entradas: 



MESES 


Novillos 


Vacas 


Terneros 


Yegruas 


Juuio 

Julio 

Agosto 

Septiembre 
Noviembre. 
Diciembre .... 


i 21,198 

i 23,580 

20,291 

23.131 

22,603 

1 19,736 


1 1 ,999 
20,706 
22,759 
36,473 
32,921 
14,036 


7,809 

4,514 

8,985 

17,133 

23,649 

14,780 


741 

3,491 
5,785 
6,211 
16,943 
9,252 



GOniERNO DE RIVKRA 



(¡3 



L;i matanza de vacas, terneros y yeguas dio lugar más de 
una vez, durante la presidencia de Rivera, a enérgicas gestio- 
nes tendientes a evitar el exterminio de la riqueza ganadera." 

En 1840 se dirigió el Poder Ejecutivo a la Comisión Per- 
manente en demanda de una autorización para prohibir la 
matanza de yeguas. El caballo, decía el mensaje, es necesario 
a la vez para el soldado y para el estanciero y entonces hay 
que salvar las crías. 

Al año siguiente, prestigiaba un diario la misma medida 
al llamar la atención acerca del número creciente de yeguas 
faenadas : más de once mil en un solo mes por las curtidurías 
de ^Montevideo, sin contar la fuerte faena de los departa- 
mentos. 

Precios del ganado. 

He aquí el precio a que se cotizaban los ganados en las 
Tabladas de ^Montevideo a fines de 1841 v mediados de 1842: 



Noviembre ile 1841 



Affosto de 1842 



Bueyes 
Novillos 




. 





1 

1 . 

» 

» 


12 

8 
G 
3 
2 
2 

1 


a 

a 


2 

1 


75 
75 


» 

» 
» 

» 


8 
3 
2 
1 
3 

1 


a 

» 


14 


Vacas. 






1 


fi 


Ternero? 
Ganado 
Vacas fl 


d( 
de 

acá 


5 dos 
corte 

s 


años . . . . 1 




Yeguas 









Cada res beneficiada producía simplemente un quintal if 
medio de earne tasajo, según el cálculo de ''El Constitu- 
cional". 



Aprovechamiento de los residuos. 

Hasta 1832 los saladeros sólo explotaban el cuero y la carne, 
vendiendo todo el resto del animal faenado a los hornos de 
ladrillos, como combustible, a razón de catorce pesos el cen- 
tenar de osamentas frescas. 

En ese año se presentó don Francisco ^Martínez Nieto en 
demanda de privilegio a favor de un procedimiento para la 



64 



HISTORIA CEI^ URUGUAY 



extracción de las grasas contenidas en esos residuos saladeriles 
que se empleaban como combustible. Su expediente quedó 
paralizado por efecto de la guerra civil. Pero el invento se 
divulgó en el acto y mientras que ^lartínez Nieto gastaba di- 
nero en ensayos, sus competidores lo utilizaban en gran escala, 
según lo acredita esta estadística de las exportaciones de 
grasa : 



ANOS 



Arrobas 
exportadas 



ANOS 



Arrobag 
exportadas 



1830 
1831 
1832 
1833 
1834 



1,279 
1,343 

5,650 
6,565 

12,877 



1835 
1836 
1837 
1838 
1839 



8,497 
23,568 
38,304 
83,674 
89,480 



Durante la presidencia de Oribe se presentó ^Martínez Nieto 
pidiendo indemnización por los perjuicios sufridos a causa 
de la paralización de su expediente y a la vez privilegio para 
una fábrica de jabón blanco que atendería la demanda in- 
terna por la mitad del precio a que se cotizaba el artículo 
extranjero. Una nueva guerra civil empantanó taiuliién este 
expediente, hasta la segunda presidencia de Rivera en que fué 
pasado a estudio de una Comisión especial. 

De los datos publicados con tal motivo, resultaba que en 
1839 la población de la República hal)ía consumido 13,454 
arrobas de jabón extranjero, que al precio mínimo de dos 
reales la libra, representaban un desembolso de 84,087 pesos. 
Y tal era el grueso tributo al extranjero que ^Eartínez Nieto 
prometía suprimir en el curso de los tres primeros años de 
funcionamiento de su fábrica. 



Los establecimientos de giro. 



Si la afluencia de inmigrantes no nos hubiera demostrado 
ya con cifras elocuentísimas el fuerte poder de crecimiento 
de la población de jNIontevideo, bastaría para dar idea de ese 
poder el número de los establecimientos de giro del dejiarta- 
mento de la Capital. Helo aquí: 



COBIEKNO DE RIVER.\ 



65 





AÑOS 


Ninnero 

de 

patentes expedidas 


Producto 

de 

esas patentes 


I 

1836 

1837 

1838 

1839 . . 


962 
1.253 

1.637 
1 ,695 
2,860 
3,281 






34,871 
42,528 

49,112 


1840 . . 

1841 . . 

1842 . . 


•;;;;:;• j 


50,828 
86,045 
98,458 



Se trata de iiu progreso constante, que da por resultado 
la triplieaeióu del número de los establecimientos de giro en 
el curso de los siete años. 

Al finalizar el año 18J:2 funcionaban eu ^Montevideo, según 
los datos que años después publicó "El Comercio del Phxta". 
2-4 saladeros en las cercanías de la ciudad, 16 barracas de 
cueros y frutos, casi todas ellas provistas de prensas de enfar- 
dar. 17 barracas de madera y artículos de construcción y 2(! 
casas im})()itad()ras de mercaderías europeas. 

Una gran fábrica de estearina. 

En la víspera de la iniciación del Sitio Grande empezó a 
funcionar, al amparo de la concesión de un privilegio exclu- 
sivo por seis años, una importante fábrica de estearina y velas 
de la misma substancia. 

Esa fábrica, de ¡propiedad de don Hipólito Doinnel, estaba 
ubicada en el Cerro, s()])re la margen derecha del arroyo 
Pantanoso. Constaba de dos edificios iirincipales para la ela- 
boración de la estearina y del ácido sullúrico y fabricación 
de jabones amarillos y negros, con gi-andes y muy adelantadas 
instalaciones, ligados al río mediante una pequeña línea férrea. 
Su costo fué cak'ulado en 200.000 pesos por la ('(unisión de 
Hacienda del Senado. 

La guerra civil se encargó de destruir, a raíz de sus pri- 
meros ensayos, esa magnífica fábrica, que habría servido de 
aliciente a otras de igual o de mayor importancia. 

Reglamentación de montes. 



Otra iniciativa interesante quedó sofocada ])or ]h Chiena 
Grande: la reiílamentaeión de los íiiontes v ^elva-:. reamidada 



(J() HISTORIA DEL URUGUAY 



a. mediados de 1842. subre la base de un informe de la Polieía 
do Montevideo. 

Las leyes evspañolas vigentes, deeía el informe, prohiben el 
corte, aún tratándose de montes particulares, sin previa licen- 
cia y sin llenar ciertas formalidades. Una real cédula de 1728 
declaró comunes los montes y aguas de la jurisdicción de 
^Montevideo, (pií^dando lo demás del territoiio l)ajo los usos 
y prácticas de la jurisdicción de Buenos Aires. Desde enton- 
ces, los propietarios han venido ejerciendo su patronato sobre 
los montes y selvas ubicados en las partes bajas y contiguas 
a los ríos y arroyos y de ordinario fuera de las líneas de 
mensura. Pero esos montes, que son auxiliares del ganadero, 
sirviendo en el invierno de abrigo y en el verano de descanso 
a les ganados, .leberían estar sujetos además al pago de un 
canon, sin perjuicio del derecho del vecindario a proveerse de 
la madera necesaria para sus casas, corrales y cercos. 



El dag"uerrotipo. 

A principios de 18-10, al mismo tiempo que París, Londres 
y Yiena aplaudían maravillados los experimentos iniciales 
de Daguerre, llegó a ^Montevideo una de las máquinas jun- 
tamente con un pliego de instrucciones que el inventor en- 
viaba al abate Comte, agregado a la expedición científica de 
la fragata "Oriental". 

í]l daguerrotipo fué ensayado en la sala de sesiones del 
Cuerpo Legislativo, sacánd,ose reproducciones de la Iglesia 
^íatriz. del Puerto y de la Casa de Representantes. 

■■^[ediante el invento de Daguerre, escribía el doctor Vilar- 
del)ó al dar cuenta de esas experiencias, bastará detenerse 
alirunos instantes delante del monumento más grandioso y 
complicado, del paisaje más variado, del modelo más perfecto 
de escultura, para obtener una reproducción exactísima de 
estos objetos, con sus más diminutos detalles y proporciones. , . 
Es sensible (jue no .«¡e pueda aplicar a sacar retratos, pero a 
ello se opone la dificidtad casi insuperable de la completa 
inmovilidad del rostro, principalmente de los ojos expuestos 
a los rayas del sol." 

Eran los primeros aleteos del gran invento, que pronto 
habría de perfeccionarse hasta llenar el vacío que indicaba 
el doctor Tilardebó. 



COBIERXO DE RU'ERA 67 



Acuñación de cobre. 

A inetliailDs de ISo!) í'ué autorizado ol l^odcr Ejecutivo 
para acuñar 20.000 posos cu niouedas de cobre, con la pre- 
vención de que el i'ecibo de la nueva moneda sólo sería obli- 
gatorio dentro de las fracciones de un real. 

Ese c(jl)re fué acuñado en ]\rontevideo por don Agustín 
Joive "ensayador y armero''. Cuando llegó el momento de 
ponerlo en circulación surgió el temor de que los especula- 
dores lo exportaran a la Argentina y al Brasil, y entonces el 
Poder Ejecutivo, previa consulta a la Comisión Permanente, 
prohibió .su salida por decreto de fines de 1840. 

Una tentativa de empapelamiento. 

Al finalizar el año 1842, en medio <le los apremios a que 
daba lugar la guerra contra Rosas, se publicó en uno de los 
diarios adictos al Gobierno un proyecto de emisión de papel 
moneda, que garantizaría una sociedad de comerciantes y 
propietarios mediante la comisión de medio por ciento sobre 
los papeles circiüantes. Se emitirían 60,000 pesos cada mes, 
y para su amortización se destinaría una cuota mensual de 
15,000 pesos, extraída de rentas generales. 

La publicación del proyecto dio lugar a comentarios alar- 
mantes y el diario que lo había acogido se apresuró a dar 
una nota tranquilizadora a la plaza, asegurando que ni el 
Gobierno ni el diario encontraban aceptable el arbitrio pro- 
puesto. 

Ya veremos más adelante que a su turno la Legislatura, 
al sancionar el plan de medidas que demandaba la invasión 
de Oribe, autorizó al Gobierno ))ara proveerse de dinero por 
todos los medios que conceptuase asequibles, "menos la emi- 
sión de papel moneda". 



CAPITULO 111 
El í^obienio de Rivera del punto de vi^ta admiiiistiativo 



La situación financiera en los ccinienzos del gobierno de 
Rivera. 

Kivera liabía revelado desde su primera presidencia fallas 
fundamentales como administrador de los caudales públicos. 
Es que carecía de la noción del dinero. El Erario público era 
para los soldados de su ejército y para todos los que recu- 
rrían a su inagotable generosidad administrativa. Tal había 
.<":do la causa generadora de sus grandes apremios en 1834 y 
contra ella no resolvió reaccionar durante su segunda presi- 
dencia. 

Xada lo demuestra tan concluyentcmente como un decreto 
inicial de enero de 1839. Prevenía en él que sus soldados habían 
gastado cuando emigraron al Brasil y en las campañas poste- 
riores hasta el derrumbe de Oribe, un millón seiscientos mií 
pesos; y agregaba (pie con ayuda del producto de los impuestos 
de octubre, noviembre y diciembre del año anterior, había 
cancelado cuatrocientos mil ilesos. ¿Pero cómo se descom- 
ponía tan gruesa partida ? ¿ Dónde estaban los comprobantes ? 
Rivera no se ocupaba absolutamente de decirlo. Anotaba una 
cifra, eomo habría podido anotar otra cualquiera. Lo esencial 
era crear un rubro al cual imputar las órdenes que en seguida 
habrían de tirarse, y el decreto lo creaba mediante la decla- 
ración de que el supuesto gasto de 1.600,000 pesos constituía 
"un crédito nacional preferente". 



Se votan recursos para cancelar el déficit. 

Normalizada la situación mediante el restablecimiento de 
k)s resortes constitucionales, se dirigió el Gobierno a la Asam- 
l>lea en demanda de autorización para levantar fondos sobre 
las rentas y propiedades públicas. Según los cálculos del ]\ri- 
nistro de Hacienda, la Tesorería adeudaba en febrero de 1839 



(iomi;i!N() DI-; kivi;i;a 69 



i res millones de pesos, de cuya suma correspondía 1.700,000 
a giros u órdenes de pago de la aduiinistración Oribe. 

La Asamblea se apresuró a votar varios arbitrios con destino 
a la cancelación del déficit y prosecución de la guerra contra 
Rosas: un derecho adicional de aduana del 8 '}{ sobre la 
importación y del 5 ^}'f sobre la exportación ; una segunda 
})atente de giro a cargo de todos los establecimientos indus- 
triales y comerciales gravados con ese impuesto; el equiva- 
lente de nn mes de alquiler a cargo de los propietarios de 
fincas situadas en la ciudad de ^Montevideo. 

Queda suspendido el servicio de las deudas públicas. 

Pero a despecho de los nuevos ingresos, la situación finan- 
ciera siguió empeorando y en forma tal que hubo que sus- 
pender el servicio de las dos únicas deudas consolidadas que 
existían a la sazón : las pólizas y la reforma militar. 

Los damnificados protestaron ante la Comisión Permanente, 
mediante una representación en que decían que del pago re- 
gular de los intereses de las pólizas y de la reforma mili- 
tar, cuyos capitales ascendían respectivamente a 521,500 y 
1.154,05.3 pesos, dependía la subsistencia de centenares de fa- 
milias y a la vez el crédito, de las casas de comercio que ope- 
raban bajo_la garantía de las deudas. 

Llamado el ^Ministro de Hacienda a dar explicaciones, con- 
testó que había habido necesidad de ir a la suspensión del 
servicio por falta absoluta de recursos. Pocas semanas des- 
pués resolvía el Gobierno, como medio de aliviar la condición 
de los tenedores de deuda, que la Aduana admitiera en pago 
de derechos de importación y exportación documentos repre- 
sentativos de una pnvtr de los intereses vencidos. 



El peligro del curso forzoso. 

De cómo se deprimía el crédito público en esos momentos, 
instruyen varios contratos de anticipo de fondos que fueron 
extendidos a raíz de la sanción de los derechos adicionales de 
aduana y patentes extraordinarias sobre los comerciantes y 
propietarios de fincas. Algunos de ellos que fueron presen- 
tados a la Comisión Permanente, imponían al Estado el interés 
mensual del 1 y % %, y eso que gozaban de la garantía de 
valiosas rentas. 



70 HISTOl^IA DEL URUGUAY 



Eran tan grandes los a.i)re)nios, que el mercado empezó a 
temer que se recurriera al papel moneda, y el ^Ministro de Ha- 
cienda, (pie no era adversario de la idea, tuvo ((ue ir a la 
Cámara de Diputados ])ara dar una nota tranípiilizadora. 

"El caso añigente — dijo — de ecliau mano del recurso del 
papel moneda todavía no ha llegado, señores, en mi opinión, 
8i él llegase, y yo me encontrare en el puesto que hoy ocupo, 
yo me presentaría a los representantes del pueblo, ante el 
pueblo mismo, no ciertamente con un proyecto enmascarado, 
sino anunciando que había llegado el caso en que era preciso 
que el pueblo para asegurar su independencia hiciera el úl- 
timo sacrificio. Los pueblos que se han visto en ciertos con- 
ílictos, han tenido que salvarse por resoluciones grandes, entre 
ellas la de crear el papel moneda. Ninguno ha adoptado esa 
resolución sino en la desesperación. La Francia con la gui- 
llotina y su papel; conjuró las coaliciones de los soberanos del 
Continente. Los americanos del Norte con el papel moneda 
sostuvieron la guerra de su independencia. La República Ar- 
gentina, nuestra hermana, llevó con su papel un ejército hasta 
el Brasil y nos ayudó poderosamente a darnos una existencia 
política que hoy con gran desacierto ella misma quiere com- 
prometer. Rosas con ese papel lanza sus caudillos adonde- 
quiera Cjue en la llamada Confederación Argentina le aparece, 
un síntoma de oposición; y en fin, con ese papel prepara una 
fuerza con ciue quiere amagar nuestra independencia. Si ese 
caso desesperado llegare, repito, señores, que he de tener reso- 
lución bastante para no ocultarlo al pueblo". 

Felizmente para el país, las resistencias que encontraba el 
papel moneda eran invencibles, y ni en ese momento ni des- 
pués halló ambiente la idea. Llegado el día de la mayor 
desesperación, cuando el ejército de Rosas avanzaba triun- 
fante sobre ^Montevideo, la Asamblea, como hemos dicho ya> 
dio carta blanca al Poder Ejecutivo para que se proveyera 
de fondos de cualquier modo y a cualquier precio, pero con 
la precisa e ineludible condición de que en todos sus planes 
y combinaciones habría de excluir el papel moneda. 

En la Cámara de Diputados se inicia el proceso contra el 
régimen financiero imperante. 

A raíz de la victoria de Cagancha, volvió el Gobierno a 
pedir recursos a la Asamblea para la prosecución de la guerra 



tit.KIKKNO 1)K UÍVKKA 71 



contra Kosas. y eso podido dio base ¡lara iniciar el proeeso 
de la deplorable fíostión iinanoiora desarrollada durante el 
año transcurrido. Véase cómo se expresaba la Coinisión dicta- 
minante de la Cámara de Diputados a principios de febrero 
de 1840: 

"El acordar los recursos que el Poder Ejecutivo pide y no 
])uede menos de necesitar para continuar su marcha por sobre 
el abismo que ha socavado el poder irresistible de los sucesos, 
será indudablemente una atención a que la Honoralile Cá- 
mara prestará todos sus conatos; mas el previo conocimiento 
de la extensión de nuestras necesidades, del estado y monto de 
las últimas rentas y de nuestra deuda, es indispensable para 
entrar en una materia tan vital como espinosa. El debe pe- 
dirse al Poder Ejecutivo y satisfacerse a la Nación con la pu- 
blicidad, que se ha echado de menos, de los estados de entradas 
y salidas; aplicación que se ha dado a los ingresos ordinarios 
y sul)sidios extraordinarios, desde que los poderes constitu- 
cionales han recobrado el vigor de sus respectivas atrilnicio- 
nes; y trazarse con tales antecedentes un })lan general de 
hacienda, en que al paso que el Poder Ejecutivo halle para 
sobrellevar la carga que le ha cabido los medios" que más 
concilieu los intereses públicos con los individuales, sientan 
todos suavizar lo repugnante de la erogación y de los sacri- 
ficios por el convencimiento de que lo reclaman indispensables 
necesidades y se hace de ellos un uso justo, equitativo y sobre 
todo público." 

La situación de la Hacienda pública en 1839. 

Obligado a salir de las tinieblas, trazó entonces el Í.Iinistro 
de Hacienda ante la Cámara de Diputados el cuadro afligente 
de las finanzas nacionales. 

Los ingresos de enero a diciembre de 1839 habían subido a 
¿.014.140 pesos y los egresos a 6.064,620, resultando un déficit 
de más de un millón de pesos que acumulado a las deudas ante- 
riores ya reconocidas elevaban el atraso a 3.734,000 pesos. 

El Gobierno había hipotecado las rentas más valiosas: los 
derechos de exportación e importación, el papel sellado, el de- 
recho de tablada, el derecho de mercados. Sólo quedaban li- 
bres alguna que otra renta de carácter eventual. 



HISTORIA DEL URUGUAY 



Absorbidas todas las mitas, hubo que llamar a los acreedo- 
res para decirles que era imposible seguir cumpliendo y ob- 
tener finalmente un arreglo tolerable. Hubo también que sus- 
pender el servicio de intereses de las pólizas y de la reforma 
militar, a fin de tener la disponibilidad de 22,000 pesos que 
insumían. 

El rubro de intereses de las deudas reconocidas absorbía 
88,000 pesos mensuales. Las listas civil y militar excedían de 
;5<j,000 i)esos. Los demás pagos ordinarios absorbían otros 
86,000. Los créditos preferentes exigían 25,000 pesos. Los 
gastos del ejército y de la fuerza naval no bajaban de 40,000. 
Eli conjunto 175,000 pesos mensuales, sin contar el manteni- 
miento y el ecpiipo de un ejército de 5,000 hombres. 

"Habéis prometido, concluía el Ministro, proveer al Go- 
bierno de recursos tan luego como se os diese un previo co- 
nocimiento de la extensión de nuestras necesidades, del monto 
de nuestras rentas y de nuestras deudas: ya lo tenéis; cum- 
plid vuestra palabra: la situación en que se halla la Repú- 
blica a consecuencia de la en que se encuentran los Estados 
limítrofes os presenta la ocasión más favorable: a[)rovechadla; 
esa es vuestra misión; este es el objeto principal para que so 
os ha reunido : llenadlo, no sea que después de haber triunfado 
tan gloriosamente de nuestros enemigos externos, pei'ezcamoá 
agobiados con el peso de nuestras propias miserias"'. 

Frente a este cuadre, la Asamblea dictó en abril de 1840 
una ley que suprimía el derecho de tabladas y creaba un 
derecho de exportación sobre las carnes, un adicional al im- 
puesto de patentes igual al tercio de las cuotas vigentes, un 
adicional de 25 '^/, al imi)uesto de papel sellado y un adi- 
cional de importación del 8 % sobre varios in-oductos extran- 
jeros de gran consumo. 

Tan premioso era el estado de la Hacienda, que en los pre- 
cisos momentos en c[ue las Cámaras estudiaban el plan de 
recursos, el Gobierno gestionaba y obtenía en plaza un anti- 
cipo de 120,000 pesos con destino al ejército al 2 ^/c de interés 
mensmü, englobados intereses (1 ^ '/f ) y comisiones (14 %)• 

Sigue agravándose la situación financiera. 

Volvió a quedar en la penumbra la gestión financiera, pu- 
blicándose apenas estados parciales y muy incompletos, para 



GOBIERXO DE RIVERA 73 



([iw no se divulgaran las angustias del Tcsort) ni kis medios 
a que había necesidad de recurrir ante las crecientes deman- 
das de dinero fornmladas desde el cuartel general de Rivera. 

Véase uno de los más amplios de esos estaclos, relativo a 
los ingresos 3^ egresos durante el primer semestre de 1840: 

La Caja Colectora había percibido 1.296,000 pesos, desta- 
cándose los derechos de aduana por 1.102, 000, el remate del 
■derecho de tablada por 56,000, la venta de propiedades pú- 
blicas por -42,000 y el remate del impuesto de papel sellado 
por 30,000. 

La Tesorería había percibido además 432,000 pesos por con- 
cepto de préstamos particulares y 354,000 por letras de Te- 
sorería o billetes ministeriales. 

Los egresos subían a 2.627,000 pesos, sobresaliendo los ru- 
bros: gastos ordinarios de guerra, 105,000 pesos; gastos extra- 
-ordinarios de guerra, 853,000; servicios de la deuda, 660,000. 
incluidos 480,000 de letras de Tesorería o billetes ministeria- 
les; empréstitos, 293,000; y por concepto de déficit de Caja 
procedente del año anterior, 443,000. 

Como resulta de estas cifras, el Gobierno viv^ía del crédito 
y dejaba impagos los presupuestos. 

Aún cuando no había ley que autorizara a emitir letras de 
Tesorería, el Ministerio las lanzaba a diario sin c[ue lo detu- 
T'iera la imposibilidad de reunir fondos para cubrirlas a su 
vencimiento. Como consecuencia de ello, se depreciaban de 
tal manera que a mediados de 1840 eran cotizadas al 50 % 
de su valor, según las informaciones de la prensa. Llegado su 
vencimiento salía el Gobierno de apuros mediante un decreto 
que les daba carácter cancelatorio y entonces las oficinas re- 
ceptoras las recibían en pago de impuestos por su valor es- 
pirito, con lo cual realizaban enormes ganancias los compra- 
dores de papeles contra el Estado. 

Ese privilegio de que gozaban las letras de Tesorería fué 
extendido a fines de 1840 a los títulos de deuda, pero con la 
advertencia de que sólo serían recibidos por la mitad de su 
valor escrito. Todavía no se había restablecido el servicio de 
intereses de las pólizas y de la reforma militar y su depre- 
ciación debía ser muy grande cuando el propio Gobierno los 
.abatía en forma tan despiadada. 

Más angustiosa era la situación de los empleados públicas, 
obligados por el atraso de los presupuestos a vender sus suel- 
.dos a vil precio. Valgan las informaciones de la prensa adicta 



74 HISTORIA DEL URUGUAY 



a Rivera, eu febrero de lS-40 adquirían eorrieiilemente las 
agiotistas por 200 o 300 pesos li(|uidai'ii)iics de sueldos rei)re- 
sentativas de 1,000 a 2,000 pesos! 

Los pagos adquirieron luego alguna regularida;^!, pero de 
lo adeudado no voh-ió a preocuparse el Gobierno, a la espera 
de un plan que permitiera la consolidación del déficit. 

Recurre el Gobierno a la coacción para obtener dinero. 

Dentro de esta situación de a])reniios, no siempre se respe- 
taba la libertad de los capitalistas. A veces eran conminados 
los recalcitrantes u omisos con la amenaza de fuertes penas. 
Por ejemplo, en noviembre de 1840 el Gobierno, que había re- 
suelto obtener un préstamo importante, dirigió una circular 
a los principales capitalistas invitándolos a una reunión en 
el Ministerio de Hacienda. Una vez congregados, esbozó el Mi- 
nistro el plan del préstamo. Cada uno de los presentes debía 
entregar al Tesoro dos mil pesos al interés del 1 % mensual, 
con la garantía de algunas de las rentas que en breve queda- 
rían libres de los empeños c^ue las gravaban. Casi todos se 
suscribieron, pero uno de los- invitados, don Juan Correa, se 
negó y el Gobierno lo mandó salir del país dentro de tercero 
día; y otro, el señor Artagaveytia, expresó que no tenía fon- 
dos disponibles y también se le previno que si no entregaba 
su cuota se preparara a salir del país en el mismo lapso de 
tiempo ! 

El estado de la Hacienda ptíblica en 1840. 

Terminado el año 1840, sintetizó parcialmente así el Minis- 
tro de Hacienda ante la Cámara de Diputados la situación 
, del Tesoro público : 

Las rentas lian producido 3.029,385 pesos. El Gobierno ha 
obtenido además, mediante préstamos y letras ministeriales, 
1.649,336 pesos. En conjunto, 4.678,721 pesos. 

La Caja ha cerrado con un déficit de 738,000 pesos y con 
luia deuda de 4.106,000 pesos, englobados los créditos exigi- 
bles (3.656,000 pesos) y los no exigibles (450,000 pesos). 

Agregando la reforma militar y el reembolso de los iminies- 
tos decretados en 1835 sobre las fincas y sobre los sueldos de 
los empleados públicos, que representan en conjunto ]. 021, 000 
pesos, sube el nivel de la deuda a 5.128,000 pesos! 



(.OBIEKNO DE RIVERA 75 



Agotado el crédito, el Gobierno recurre de nuevo a los em- 
préstitos forzosos. 

La crisis financiera tenía que agravarse y se agravó consi- 
derablemente en el transcurso del año 1841, bajo la presión 
del tratado ^íackau que a la vez que abandonaba al Uruguay 
del tratado ^Mackau que a la vez que abandonaba el Uruguay 
a las fuerzas de Oribe, abatía fuertemente los ingresos de la 
aduauc} de ^íontevideo con la ajx'rtura (b- los i)uertos argen- 
tinos al comercio de ultramar. 

Es necesario ''crear rentas revolucionarias", escribía "El 
Nacional". ''El náufrago empuja sin remordimientos a lo 
hondo del mar al desgraciado que sin salvarse va a sumer- 
girlo, y la casa se derrumba para que no sea cenizas un barrio 
de casas... Es preciso salvarnos de Rosas! Es preciso vivir! 
Y son recursos legítimos de la autoridad los bienes de sus 
enemigos y los bienes de sus amigos." 

Sólo excluía de su plan de hacienda el ardoroso articulista 
el papel moneda, sin duda alguna porque era un recurso que 
repugnaba al comercio de ^Montevideo y también porque era 
el arma financiera de Rosas. 

Del desesperante estado que siguió a la celebración del 
tratado Mackau, dan testimonio el atraso de los presupuestos 
y la depreciación creciente de las letras de Tesorería y bille- 
tes ministeriales. 

A mediados de 1841 los billetes ministeriales se cotizaban 
al 30 %, a despecho del decreto que autorizaba a recibirlos 
en pago de la tercera parte de los impuestos de aduana. In- 
vocando ''la depreciación considerable" de esos billetas, el 
Gobierno dejó sin efecto la autorización concedida a las ofi- 
cinas receptoras y en su lugar arbitró recursos para que la 
Caja de Amortización procediera a su rescate mediante re- 
mates o llamados a propuestas. 

Los empleados recurrieron a la prensa en son de protesta 
contra esa preferencia. Hay agiotistas, decían, que han ad- 
quirido las letras y títulos de la deuda exigible hasta por 
el 20 % de su valor. Para ellos los favores, en tanto que a 
nosotros se nos deja en el más absoluto ahandono durante 
siete meses seguidos, sin que todavía hoj' se hable de reanudar 
los pagos ! 

Recién a fines de agosto trascendió el rumor de que el Go- 
bierno abonaría un mes de sueldo a los empleados públicos y 



7 tí HISTORIA I)KL UKUGLAY 



comentando la notifia hacían constar los diarios ([iie las i)la- 
nillas estaban impagas desde noviembre y diciembre de 1840. 
i Diez meses ! No era mucho sin eml)argo comparado con el 
atraso qne sufrían los funcionarios que trabajaban en el ex- 
terior. A principios de 1842, recordaba el doctor EUauri al 
Gobierno que a los miembros de la Legación encargada de 
gestionar el concurso de la Inglaterra y de la Francia en la 
contienda contra Rosas, se les adeudaba dos años de sueldos! 

Cerradas las puertas del crédito, hubo que recurrir de nuevo 
a los empréstitos forzasos. El Tesoro i^úblico necesitaba un 
ingreso extraordinario de 60.í)00 pesos mensuales durante un 
semestre y para obtenerlo propuso el Gobierno a las Cánui- 
ras, a principios de 1841, la formación de listas de comer- 
ciantes, propietarios, hacendados, artesanos y fabricantes, 
entre los cuales distribuiría esa suma una Comisión especial, 
sobre la base de la fortuna de cada contribuyente. El depar- 
tamento de Montevideo suministraría 50,000 pesos y los de- 
partamentos de campaña los 10.000 restantes. 

Al discutirse este proyecto en la Cámara de Diputados, de- 
claró el Ministro de Hacienda que los 60,000 pesos pedidos 
constituían apenas la tercera parte de las sumas que necesi- 
taba el Tesoro público. Habría que votar, pues, según eso. 
180,000 pesos mensuales para regularizar la situación. Hizo 
constar a su vez uno de los diputados que la Asamblea igno- 
raba la forma en que eran invertidos los dineros públicos. 

La Cámara sancionó el proyecto. Pero la idea del subsidi > 
mensual quedó luego aband(mada y en su lugar pidió y ob- 
tuvo el Gobierno que se fijara una suma redonda de 300,000 
pesos a cargo de los propietarios y comerciantes nacionales 
del departamento de ^Montevideo, cuya suma distribuiría, 
una Comisión compuesta de legisladores, propietarios y co- 
merciantes, debiendo darse a los contribuyentes documentos 
representativos de sus créditos con el interés del 1 % men- 
sual. 



La deuda en marcha. 

Véase cómo cerró el ejercicio financiero de 1841, según los 
datos suministrados por el ^linisterio de Hacienda a la Cá- 
mara de Diputados en abril del año sigiiiente: 

La deuda pública reconocida subía a 5.807,000 pesos. El 



GOBIERNO DE RIVERA 77 



balance ilcl ]n'¡iiiri' siincstrc arrojaba un déticit de 7()0,0()0 
l)eso.s y A áA sejíuiido otro de 801.01)0. Kedoiideaiido cifras, 
un millón seiscientos mil pesos en los doce meses. A mediados 
de afio ya estaba consumido, antici])adamente, el producto 
del papel sellado, i>atentes de ^iro, corrales y mercados hasta 
íines de 1842. De las rentas generales de aduana, calculadas 
eu 90,000 pesos mensuales, una tercera parte se recibía en letras 
ministeriales, otra tercera parte en documentos comerciales y 
sólo el saldo en metálico. 

Con dos notas complementarias ig'ualmeute llamativas ce- 
rraba su cuadro el ^Ministro: la deuda circulante, con servi- 
cio de intereses, absorbía alrededor de 40,000 pesos mensua- 
les, y a los empleados civiles y inilitares sólo se les había abo- 
nado durante el año dos meses de sueldo! 

En la víspera de la invasión. 

Estaba verdaderamente en ruinas la Hacienda pública y, 
sin embargo, había «[ue extraer de ella nuevos recursos para 
hacer frente a los gastos de la guerra, cada día más conside- 
rables. 

Eu mayo de 1842 presentó el Gobierno a la Asamblea un 
proyecto de reformas a la ley de aduana, autorizando el pago 
de los derechos una tercera parte en billetes ministeriales y 
las dos terceras partes restantes en letras comerciales a 6 
meses de plazo y al 1 i/4 % de interés mensual, como medio 
de estimular los despachos; y otro proyecto de ley de paten- 
tes de giro, según el cual los extranjeros exentos de servicios 
l>úblicos pagarían el duplo de las cuotas correspondi'intes a 
su giro, salvo que incorporara]i a sus talleres o establecimien- 
tos " dos o más hijos del país eoiuo aprendices o dependien- 
tes ". 

Poco después pidió y ol^tuvo el Golvierno autorización para 
levantar 700.000 ])esos con la garantía de las rentas de 
aduana, y ampliando en seguida su programa de recursos, 
presentó varios proyectos encaminados a cstahlecer una con- 
tribución equivalente a un mes de alquiler sobre todas las 
fincas, solares y tierras situados en el departamento de Mon- 
tevideo- a exigir una patente extraordinaria a todos los es- 
tablecimientos comerciales e industriales ya gravados con ese 
impuesto; a arbitrar fondos para amortizar el empréstito for- 
zoso de 300,000 pesos decretado el año anterior; a enajenar 



78 IIXbTOiaA DEL UUUGUAY 



la mitad de los derechos de aduana. Ai)arte de la veuta de 
los derechos de aduana que el Senado aplazó, ])or juzgar que 
no habría licitadores o que sólo se presentarían propuestas 
ruinosas, fueron sancionados los demás proyectos. 

Al fundarlos dijo el Ministro don Francisco Antonino Vi- 
dal que en ejercicio de autorizaciímes ya concedidas, había 
el Gobierno obtenido del comercio 550,000 pesos, con destino al 
ijército. al pago de tres meses de sueldos a los empleados ci- 
viles y militares y a la fonración de la escuadrilla dei coro- 
nal Garibaldi, destruida casi en seguida en aguas argentina? 
1 or la escuadra de Rosaos. 

"Jlace muchos días, agregó, que el Erario está sin un 
I)eso ''. Y hay que gastar de inmediato fuertes cantidades 
para el mantenimiento de im ejército que consta de ocho a 
nueve mil soldados. " El tener patria cuesta nuiy caro ". 
Para marchar regularmente necesitaríamos no menos de 
300,000 pesos mensuales. Pero " ningún sacrificio, por grande 
que sea, debemos omitir, y si es preciso, señores, vendernas 
como los negros de África, nos venderemos, porque sería peor 
vender nuestra libertad y nuestra sangre a nuestro ene- 
migo ". 

" El hecho dominante, decía a su turno don Santiago Váz- 
(juez en el Senado, es que nuestra posición es tan apurada y 
premiosa que no deja lugar a consideraciones generales, ni a 
preparar o establecer operaciones sistemáticas propias de un 
estado normal. Es forzoso reconocer que el nuestro es hoy 
excepcional y de transición: las incertidumbres e inquietu- 
des de la guerra, y guerra bárbara, que sufrimos, el sacudi- 
miento que ha experimentado además el comercio en nuestro 
mercado durante el último período, el estado vacilante de h)s 
créditos mejor fundados, la desconfianza, en fin, que crece rá- 
l)idamente, produce el encogimiento y dislocación de ca{)ita- 
les y apaga el espíritu de empresa ; provocarlo en tales mo- 
mentos para operaciones de eréclito, sólo daría por resultado 
operaciones ruinosas para el Erario, una especie de lotería 
en que la inminencia del riesgo autorizaría toda pretensión, y 
a la verdad sin que el espíritu de crítica pudiera sul)levarse 
con justicia contra ella. Tal vez a este sistema fune.sto de 
anticipaciones aventuradas y por címsecuencia de contratos 
onerosos, es debida en mucha parte nuestra en(n*me deuda que 
hoy redobla su peso por las circunstancias indicadas". 

Más de ima vez se presentó como fórmula salvadora en me-> 



iiui!ii;i;N() i)K uivi:i;a 



dio de este desbarajuste de la Hacienda pública, la idea de 
hacer tabla rasa de todos los contratos hipotecarios realiza- 
dos para obtener el i)rodueto anticipado de las rentas, es de- 
cir, la bancarrota. Inició la campaña " El Compás " a prin- 
cipios de 1841. En concepto del articulista, había llegado el 
ceso de consolidar todos los préstamos contratados, sobre la 
base de la absoluta liberación ele las rentas. Al año siguiente 
se levantó una voz en la Cámara de Diputados, la del doctor 
Estanislao Vega, a favor de la suspensión transitoria de to- 
dos los contratos con afectación de impuestos. Pero la Comi- 
sión de Hacienda combatió severamente la medida. El Go- 
l'ierno — decía en su informe — necesita seguir apelando al 
crédito y el crédito quedaría destruido, aparte de que sería 
una inmoralidad que por la sola voluntad de uno de los con- 
tratantes quedara suspendido el contrato. " Por honor, pues, 
del país y para establecer un antecedente solemne y propor- 
cionar recursos al Gobierno ", debe ser desechado el proj^ecto^ 
concluía la Comisión. Y la Cámara aprobó su dictamen. 

El crecimiento de las rentas públicas. 

Xo es que las rentas estuvieran estacionarias. Crecían de 
una manera vigorosa. 

Hacía notar don Andrés Lamas en las postrimerías de la 
Guerra Grande que mientras que las rentas de los Estados 
Unidos habían experimentado un aumento del 200 % en el 
período de doce años que media de 1821 a 1832, pasando de 
14.200,000 a 34.500,000 pesos; las rentas del Uruguay habían 
tenido un crecimiento de 300 % en el intervalo de siete años 
que media de 1836 a 1842, pasando de 1.075,000 a 3.500,000 
pesos. 

Verdad es que tan enorme crecimiento no emanalia sólo 
ni siquiera principalmente del progreso económico del país, 
sino da la creación de nuevos impuestos y de la agravación 
de los existentes. 

Crecían, pues, las rentas de una manera vigorosa. Pero 
más vigorosamente crecían los gastos por efecto de la guerra 
y del incurable desorden financiero de la administración Ri- 
vera. 



80 HISTORIA DEL URUGUAY 



La enseñanza primaria. 

Tuvo un exc'lente estreno la dietadura de Rivera: el dtír 
creto de enero de 1839, confiando a don Alejandro Chucarro 
la vigilancia de las escuelas de primeras letras " para que se 
instruya de su estado, observe sus necesidades y proponga al 
Gobierno las mejoras y reformas que reclame el alto objeto 
a que están destinadas". 

'"La educación popular — decía el encabezamiento del de- 
creto — es la base del porvenir nacional ' ', y ha llegado el 
momento " de empezar a fecundar las nuevas generaciones, 
para que en su día sepan llenar debidamente el programa de 
Mayo ". 

Casi todas las escuelas habían quedado cerradas por efecto 
del sitio de INIontevideo y del derrumbe del gobierno de Oribe. 
Don Alejandro Chucarro reabrió en el acto la Escuela Nor- 
mal, que era la más importante de todas ellas, y en la alocu- 
ción que pronunció con tal motivo quiso dejar constancia de 
las causas de la funesta crisis de la enseñanza. 

"El estado lamentable — dijo — a que ha llegado la edu- 
cación pública es uno de los graves males ocasionados por la 
guerra civil desgraciadamente encendida entre nosotros. A sus 
funestos efectos han sueunibido todas las escuelas públicas, 
incluso la Normal : ni nna sola ha podido conservarse en el 
orden y regularidad que corresponden, y por el contrario mu- 
chas han llegado al extremo de cerrarse por falta de cuida- 
dos y de recursos: entre ellas la de niñas de esta Capital". 

El fuerte impulso dado por el gobierno de Rondeau y con- 
tinuado bajo la primera presidencia de Rivera, que alcanzó 
a dotar al país de 34 escuelas primarias, siguió detenido por la 
guerra civil y en forma tal que en 1842 no funcionaba una 
sola escuela en toda la zona urbana y suburbana comprendida 
desde el Cordón hasta el Cardal y desde la Aguada hasta el 
INliguelete.- según lo hacía constar " El Constitucional ", y 
tampoco existía en todo el departamento de ^Montevideo una 
sola escuela pública de niñas, por haberse suprimido la única 
cpie funcionaba. 

Debía ser y era naturalmente más deplorable la situación 
de la campaña. A fines de 1840 pedía la prensa una escuela 
para la Florida, alegando que allí no funcionaba ninguna, y 
ese abandono de que también se quejaban otros departamen- 



G0151ERX0 UK KIVKRA 81 



tos, dio lugar a una interesante controversia periodística eu 
tca-no del artículo constitucional que pre«cril)ía que desde 
aquel año en adelante se suspendería la ciudadanía a todos 
los que uo supieran leer y escribir. ¿ Habría que cumplir el 
precepto constitucional? En opinión de ''El Correo", era 
evidente que sí. En opinión de " El Nacional " era evidente 
que no. Los constituyentes, argumentaba este último, al for- 
mular su precepto, partieron de la base de que habría paz y 
de que el pueblo se instruiría. Pero las guerras civiles — agre- 
gaba — lian impedido la realización de ese propósito y en con- 
secuencia debe aplazarse el cumplimiento del precepto cons- 
titucional. 

En 1841 renunció don Gabriel Lezaeta el empleo de maes- 
tro de la escuela pública de varones de Canelones, invocando 
que durante los dos años anteriores no había podido conse- 
guir que se le enviaran desde la Capital útiles de enseñanza; 
que sus sueldos estaban impagos desde' largos meses atrás ; 
que para sostener el funcionamiento de su escuela había te- 
nido que realizar operaciones de crédito, y que para colmo 
de males, había sido atacado por el Presidente de la Junta 
Económico - Administrativa. Las dificultades que oponen los 
hombres — decía en su renuncia — son más graves que las que 
resultan de la lidia cou los niños, y por eso he resuelto pedir 
al Presidente Rivera que me saque de la escu(^la y me dé una 
plaza de soldado en las filas de su ejército ! 

Entre las escuelas de campaña se destacaba la de ]\Iercedes, 
dirigida por el Cura Rector de la Iglesia de esa ciudad don 
Luis José de la Peña, antiguo profesor de la L^'niversidad 
de Buenos Aires, donde había dictado uno de los cursos de 
Filosofía. Esa escuela, al)ierta en 1839, alcanzó a tener al 
año siguiente 55 alumnos, lo que no era mucho para una 
población de seis mil habitantes, como la de la ciudad en que 
estaba ubicada. Su programa bastante amplio, abarcaba lec- 
tura, escritura, aritmética, gramática castellana, religión y 
moral, en la sección de primeras letras; y geografía histórica 
y política, dibujo, francés, aritmética aplicada al comercio, 
álgebra, geometría aplicada a la agrimensura, trigonometría, 
y física de uso general, en la sección de segunda enseñanza. 

Entre las escuelas particulares de ^Montevideo se destacaban 
la de niñas, que dirigía doña Juana Manso, distinguida edu- 
cacionista que tuvo más tarde brillante actuación en la Ar- 
gentina, y la de varones, que dirigía don Juan ^Manuel Po- 
nifaz, con mucha competencia y notable dedicación. 



82 HISTORIA DEL UBUGUAY 



Y entro lus estabk'eiuiieiitos de fundación anterior, el 
Colegio de los Padres Escolapios, eu donde se enseñaba desde 
las primeras letras hasta el cálculo mercantil, la gramática 
castellana, la teneduría de libros, las matemáticas, el latín, 
la retórica, la filosofía, el francés, el inglés, el italiano, el 
griego, el dibujo, la geografía, la historia, la música, la ta- 
quigrafía, bajo la dirección de un competentísimo cuerpo de 
profesores, del que formaban parte don Pedro Giralt, don 
Joaquín Kiba, don Antonio Masramón y don Marcelino No- 
riega; y el Colegio de Humanidades, con un plan de estudios 
cpie abarcaba la enseñanza primaria y la filosofía, la física, 
la economía política, las matemáticas, la geografía universal, 
el latín, la gramática castellana, la aritmética, la lectura, la 
escritura, el dibujo, el francés, el piano y la esgrima, bajo la 
dirección del doctor Antonio R. de A'arsras y don José M. 
Vidal, de cuyas aptitudes dejó constancia la Comisión exa- 
minadora de 1839, presidida por el doctor Cándido Joanicó, 
al declarar "que allí se prefería el desarrollo del entendi- 
miento al ejercicio de la memoria". 

El doctor Juan Bautista Alberdi dictó en 1840 el curso de 
Filosofía del Colegio de Humanidades, y uno de los discí- 
l)ulos del mismo establecimiento, don Alejandro Magariños 
Cervantes, redactó desde su banca escolar una obra de Retó- 
rica que, según dijo el doctor Vargas al tiempo de los exá- 
menes de 1842. sería adoptada en adelante "como texto de 
enseñanza, porque era superior a las de Hornero y Urcullú", 
usadas hasta entonces. 



La enseñanza secundaria y profesional. 

Los cursos oficiales de enseñanza secundaria y superior, 
impulsados fuertemente por el Gobierno anterior, siguieron 
desenvolviéndose en forma satisfactoria. 

A mediados de 1839 anunció al Gobierno el Presidente del 
Tribunal de Justicia doctor Julián Alvarez, que habían ter- 
minado sus estudios de Jurisprudencia doce alunuios de de- 
recho, entre los que figuraban don José ]\Iaría ]\Iuñoz, don 
Joaquín Requena, don Ambrosio Velazco, don Jaime Estrá- 
zulas, don Cándido Joanicó y don ^Manuel Herrera y Obes. 
El doctor Alvarez decía en su nota que algunos de los alum- 
nos estaban dotados "de una rara capacidad'': que otros 



GOBIERNO DE RIVERA 83 



habían ak-anzado ''resultados sorpiviulcntes"" ; y eoieluía fo- 
lieitandü al Gobierno y al país "porque a despecho de nues- 
tras desgraciadas disensiones no se ha entibiado el celo que 
prepara por trabajos lentos pero sólidos un porvenir durable 
,de orden y prosperidad a nuestra patria". 

En ese mismo año quedó inaugurada la "Academia de Ju- 
risprudencia Teórico -Práctica", creada en las postrimerías 
del gobierno de Oribe. ~ El Reglamento redactado por el Su- 
perior Tribunal de Justicia declaraba socios y a la vez maes- 
tros a todos los abogados recibidos ; prescribía que nadie podría 
ejercer la abogacía sin tener título y tres años de práctica 
en los cursos de la Academia; y colocaba a esta institución 
bajo la autoridad de un miembro del Tribimal y de una 
Comisión elegida por los abogados recibidos. La primera au- 
toridad quedó constituida así: director el doctor Joaquín 
Campana, presidente el doctor Gabriel Ocampo, vicepresi- 
dente el doctor Francisco Solano de Antuña, censores los 
doctores Estanislao A^ega y :\Iignel Cañé, secretario el doctor 
Cándido Joanicó, prosecretario el doctor José María Muñoz, 
fiscal el doctor Florentino Castellanos, tesorero el doctor Joa- 
quín Requeua. 

No se contentó el gobierno de Rivera con el resultado lento 
de los cursos de Jurisprudencia y de la Academia. Por un 
primer decreto, de diciembre de 1838, en plena dictadura, 
confirió el título de abogado a don Joaquín Sagra, invocando 
la escasez de letrados en el país y el antecedente de haberse 
recurrido en épocas anteriores a personas sabedoras del dere- 
cho, pero sin grado académico, para ocupar cargos en la Ad- 
ministración de Justicia. Y por un segundo decreto, de enero 
tle 1839, correspondiente también a la dictadura, esta])leció 
que todos los que hubieran ganado el bachillerato en cual- 
quiera de las repúblicas americanas, serían admitidos como 
alumnos de la Academia, y que todos los que hubieran obte- 
nido el título de abogado en esas repúblicas serían recono- 
cidos y matriculados como tales sin más formalidad que la 
exhibición de sus títulos. Sólo los abogados de ultramar ten- 
drían que rendir examen general ante el Tribunal. En apoyo 
de sus exenciones invocaba el decreto: la carencia de abogados 
nacionales; el mayor brillo que alcanzaría el foro» con la con- 
currencia de nuevos abogados; la conveniencia "de establecer 
la unidad americana": y finalmente, "que toda restricción 
sobre el ejercicio de la inteligencia", constituye "una viola- 



81 HISTORIA DEL URUGUAY 



eión do los priucipius de la sociedad y fraternidad de todos 
los pueblos". 

Entre los emigrados había abogados argentinos como Flo- 
rencio Varóla, Juan Bautista Al'berdi, ]\íiguel Cañé, Juan José 
Alsina, y chilenos como Gabriel Ocampo, que el Gobierno de- 
seaba incorporar e incorporó, .por ese decreto, al foro nacional. 

Al tiempo de la invasión de Oribe figuraban en los avisos 
de la prensa de ^Montevideo 17 abogados con estudio abierto 
y 28 médicos diplomados, cifras notables que demuestran el 
fuerte grado de cultura del pueblo de que eran exponentos. 

Fuera de esa protección a los profesionales extranjeros, 
poco le fué dado hacer a Rivera en materia universitaria du- 
rante su segunda presidencia, absorbida toda ella por las aten- 
ciones apremiantes de la guerra civil. 

Merece destacarse, como honrosa excepción, un decreto de 
fines de 3838, Ciue destinó el Convento de San Francisco a 
asiento de la futura Universidad y declaró extinguida la con- 
gregación de religiosos que ocupaba ese edificio, alegando que 
ella carecía del número preciso de conventuales y que empe- 
ñarse en restablecer el Convento ''sería contrariar la mani- 
fiesta tendencia de las sociedades modernas, oponerse al pro- 
greso de la civilización, multiplicar los establecimientos im- 
productivos". 

Un año más tarde, durante los preparativos militares a que 
dio origen la invasión de Echagüe, se presentaban los alum- 
nos de filosofía y matemáticas denunciando que los salo- 
nes de esas dos aulas habían sido ocupados por el batallón de 
guardias nacionales "Voluntarios de la Libertad", hecho tanto 
más lamentable, agregaban, cuanto que el mobiliario del esta- 
blecimiento, deteriorado por efecto de desórdenes anteriores, 
acababa de ser compuesto, a costa de los propios alumnas y 
si)i exigirse nada al Tesoro público. 

Cuando ni los locales de clase escapaban a la liomba aspi- 
j-ante de ía guerra, mal podía pensarse en la creación de 
nuevos cursos universitarios. Apenas le era dado al Gobierno 
sacar partido de alguna que otra iniciativa particular para 
completar lo existente. A media;dos de 1841, por ejemplo, em- 
pezó a dictarse en el Colegio de Humanidades del doctor Var- 
gas un curso de Economía Política a cargo del señor Parejas, 
y entonces se resolvió que mientras la cátedra similar no fuera 
establecida en la Universidad, valdría la asi.stencia de los alum- 
nos de Jurisprudencia a dicho establecimiento privado. 



(.oiíiKu.Nu DI-: iu\i;ka 85 



Hasta 1841 la Junta de Higiene admitía a examen de revá- 
Jida de niedieina y einigía a todo niédieo extranjero que pre- 
¿¡entara un eertiíieado de otro protesor, haciendo constar que 
había cursado los estudios correspondientes. A mediados de 
ese año quedó resuelto, de acuerdo con una indicación del doc- 
tor Vilardebó, que en adelante se exigiría un diploma de Uni- 
vei-sidad o de Escuela ofícialmeute reconocida. Entre los exá- 
menes de reválida de ese año figura el del doctor Martín De 
IMoussy, niédieo de la Facultad de París que peraianeció en 
:\íuntevideü durante diez años ejerciendo su profesión y reali- 
í:ando a la vez estudios notables de climatología que la prensa 
de la época se encargaba de recoger y divulgar. 

Estimulando la cultura artística. 

A mediados de 1839 don Juan :Manuel Besnes Irigoyen 
donó al Estado una colección de sus cuadros caligráficos. El 
país estaba en guerra y próximo a ser invadido por el ejército 
de Echagüe. Pero la Asamblea, dando un hermoso ejemplo, 
mandó adjudicar al donante una casa que pudiera ser\arle 
de habitación y en la que el propio artista custodiaría sus cua- 
dros. Besnes Irigoyen, como lo hacía notar la Comisión infor- 
mante de la Cámara de Diputados, tenía obras que podrían 
figurar con honor en los primeros nniseos de Europa, obras 
admiradas por todos los extranjeros competentes que habían 
desfilado por sus talleres. 

Pocos años después, un grupo de hombres importantes alle- 
gaba fondos para costear la educación de Dalmiro Costa, un 
niño que a los tres años tocaba asombrosamente el piano y a 
los cinco era ya compositor; y la prensa, aplaudiendo el gene- 
roso esfuerzo, lanzaba la idea de crear una beca en Italia a 
favor del artista nacional en ciernes. 

Dentro de ese ambiente grandemente intelectual en que se 
movía el pueblo de :\Ioutevideo, encontraba simpática acogida 
toda idea tendiente a honrar el talento. A fines de 1841 murió 
Adolfo Berro, notable estudiante de derecho y distinguidísimo 
poeta, y en el acto se levantó una suscripción pública que per 
mitió erigir en el Cementerio un monumento a su memoria. 

La Policía de Montevideo, que no limitaba entonces sus acti- 
vidades a las "funciones de seguridad y que con frecuencia 
arrimal>a el hombro a favor de la cultura artística, festejó el 
25 de :^Iayo de 1841 con un torneo literario, en que ac- 



86 HISTOBIA DEL URUGUAY 



tiiaron eaiiio jurados Francisco Arauclio, Florencio Ya)-c'la, 
Juan Andrés Gelly, Cándido Joanicó y ^Manuel Herrera y 
Obes. y como poetas premiados Juan María Gutiérrez, Luis 
Domínguez y José ^Mármol, tres de los ilustres argentinos ra- 
dicados entre nosotros. 

Nadie habría creído, en presencia de esa gran fiesta que 
tuvo lugar en el Teatro, que la guerra contra Rosas proseguía 
i'on hondo encarnizamiento en territorio argentino y que el 
ejército de Orille, victorioso, se preparaba para las últimas 
batallas que habrían de franquearle la entrada al territorio 
uruguayo. 

El teatro y su acción en la enseñanza. 

Desde los comienzos de su gobierno trató Rivera de reanu- 
dar la acción directriz sobre el teatro nacional que ya había 
intentado ejercer, aunque sin éxito, en su primera presidencia. 

Xom.bró, pues, en diciembre de 1839, una ''Comisión de 
Censura y Dirección del Teatro", de la que formaban parte 
Florencio Várela, Andrés Lamas, Cándido Joanicó, ]\fanuel 
Herrera y 0])es y ^Miguel Cañé, encargada de examinar, apro- 
bar, reprobar o reformar las composiciones que hubieran de 
exhibirse; vigilar su ejecución; csn.surar y reprimir los abusos 
contra el decoro y la moral públicos; y presentar las bases 
para la organización del teatro nacional. 

El teatro, según el decreto, no había llenado todavía la 
misión que le correspondía, de ''contribuir por todos los 
medios posibles a la mejor educación pública, de los que el 
teatro es uno de los principales"; y era para subsanar ese 
vacío '*y con el objeto de cortar abusos, dirigir y fomentar 
los sentimientos que poderosamente se prestan a la realización 
de las esperanzas y destinos nacionales", que se instituía la 
nueva Comisión. 

Todavía estaba reducida la población de ^Montevideo a su 
viejo y estrecho teatro de la época colonial. Pero a mediados 
de 1840 se reunieron varios hombres progresista.s y resolvie- 
ron allegar recursos para la construcción de un gran teatro. 
En pocas semanas quedó constituida una sociedad por accio- 
nes, presidida por don Juan Miguel Martínez, don Juan Be- 
nito Blanco, don Francisco Solano de Antuña, don Juan Fran- 
cisco Giró, don Ramón Artagaveytia, don Vicente Vázquez y 
don Luis Lamas, y esa sociedad compró el terreno y aceptó 



COIüKKNO 1)K |{IV1:K.\ 



87 



lüs planos del eilifieio foriniila(.l()s por el arquitecto don Fran- 
ciseo Javier de Garnieüdia y dio comienzo a la ejecución de 
las obras del actual Teatro iSolís. 

El Gobierno se dirigió a la Asamblea en demanda de exen- 
ción de derechos de aduana a ía\-or de los materiales que hu- 
biera necesidad de traer del extranjero, iniciativa que acogió 
con entusiasmo la Comisión de Hacienda de la Cámara de 
Diputados, por tratarse, decía en su informe, de la i)rimera 
impresa que se establece en el país para la construcción de 
una obra pública con probabilidades de éxito. Por otra parte, 
agregaba, no puede desconocerse la urgencia del nuevo edi- 
ficio; "'como agente moralizador el teatro es de grande impor- 
lancia; porque atrayendo a los hombres por el incentivo irre- 
sistible del placer hacia un punto de Veunión lícita, los pone 
en contacto, estrecha sus relaciones y los arrebata a un ocio 
maléfico, dulcificando sus hábitos y mejorando sus costum- 
bres''. 

Al terminar el año 18-12, presentó la Comisión Directiva del 
Teatro su primer informe a la asand^lea de accionistas: se 
había contratado la construcción de las paredes hasta mía al- 
tura de tres varas y no más por falta en plaza de los tirantee 
de ñandubay que requería el edificio ; se había contratado la 
madera de pino y la pizarra para el techo; se había contra- 
tado las ocho columnas de mármol para el interior del vestí- 
bulo, y se había pedido precios para la^consti'uceión de las 
columnas de mármol de la parte exterior, llevándose gastado 
ya en terreno y obras alrededor de~ 81.000 pesos. 

Pocos días después llegaba la noticia del desastre del Arroyo 
Grande y del avance del ejército de Oribe, y las obras del 
teatro que habría sido el primero de la América del Sur en 
esa época, quedaron absolutamente paralizadas durante diez 
años, hasta después de la Guerra Grande, en que la misma 
empresa las reanudó. 



Tí4ys 



Reorganización de la Biblioteca Nacional. 



La Biblioteca y el Museo, reorganizados lia jo el gobierno 
de Oribe, habían vuelto a cerrar sus puertas bajo la presión 
de la guerra civil, deteriorándose a causa de ello buena parte 
de los ricos materiales acopiados por Larrañaga y Vilardebó. 

A principios de 1839 se dirigió Rivera a su delegado en el 
gobierno, para pedirle la reapertura de ambos cstablecimien- 



88 irisToniA del ubuguay 



tos y haca-rlé saber que había donado 1,200 pesos de sus suel- 
dos atrasados para la ecinpra de libros con destino a la Bi- 
¡)lioteca. 

Pero recién a mediados de 1840 quedó regularizado el ser- 
vicio público, bajo la dirección del nuevo bibliotecario, don 
Francisco Acuña de Figueroa, honra de su patria, decía la 
prensa de la época al dar cuenta del nombramiento. 

Administración de Justicia. 

Resultaban extremadamente lentos y complicados los trá- 
}nites judiciales bajo el imperio de la legislación colonial en 
vigencia todavía, y Rivera .se apresuró durante su dictadura 
a dictar un nuevo reglamento de la administración de justicia 
y de los procedimientos judiciales. Pero el remedio debió re- 
putarse peor cpie la enfermedad. El hecho es que el Gobierno 
decidió abandonarlo a pedido de la prensa, y eso que "El 
Xacional" se encargaba a la vez de exagerar en esta forma 
los males del régimen a que se volvía : 

■'No hay quien no tiemble o se mofe al oir hablar de nues- 
tras fórmulas judiciales; no hay quien no prefiera correr a 
lui campo de batalla más bien que a un Juzgado de Paz; no 
hay quien no prefiera dar su bolsa a trueque de no ir a re- 
clamarla ante los Tribunales". 

En 18-42 se dirigió el Gobierno a la Asamblea pidiendo la 
creaeión de un nuevo Juzgado del Crimen para la más rápida 
.susta^eiación de las causas, y entonces el Presidente de la 
Cámara de Diputados doctor Julián Alvarez, invocando su 
larga experiencia de magistrado judicial, liajó de su asiento 
para demostrar la ineficacia del proyecto. Varias veces, dijo, 
han quedado despobladas nuestras cárceles antes de la ter- 
minación efectiva de las causas. El nuevo Juzgado no corre- 
girá el mal. porque el mal está en la viciosa organización del 
jurado, que en vez de reunirse en el propio departamento 
donde se comete el crimen, donde se conoce al criminal, donde 
.se conoce a los testigos y, sobre todo, donde se puede inte- 
rrogar y oir las pruebas, se reúne en Montevideo, para escu- 
char la lectura de los sumarios. ^Mientras no se aborde, pues, 
la reforma, concluía el orador, lo que debe hacerse es que 
los Jueces del Crimen y los Tribunales fallen sin jurados. 

La Comisión de Legislación acogió favorablemente la idea, 
convencida — decía en su informe — '"de k» inútil, embara- 



GOBIERNO DE RIVERA 89 



2ÜSO y perjudieicil" del jurado organizado en esa forma, que 
es la misma que todavía hoy sigue imperando. 

Eran lentos los sumarios. Pero cuando concluían, y sol)re 
todo cuando concluían con una sentencia de muerte, estaba 
obligada la población de Montevideo, por efecto de la sul)- 
sisteneia de las leyes coloniales, a presenciar espectáculos bár- 
baros. 

En el curso del año 1842 fueron fusilados en la actual 
Plaza Constitución el autor de un asesinato cometido en Pay- 
sandú, y en la Plaza de Toros tres asesinos que habían de- 
gollado a un vecino de dicho paraje. Pues bien: de acuerdo 
con las respectivas sentencias, los cadáveres de los cuatro reos 
^'fueron arrastrados cien varas en un cuero y luego colgados 
durante seis horas a la espectación pública". 

También en materia comercial se hizo sentir el espíritu de 
leforma. A principios de 1838 pidió el gobierno de Oribe 
s, la Asamblea la supresión del Tribunal del Consulado y del 
Juzgado de Alzadas, invocando "los embarazos que ofrecía 
a la administración económica de la Hacienda y a la marcha 
de otras instituciones la falta de armonía con que se presen- 
taba ese cuerpo, emanado del sistema colonial". De acuerdo 
con las ideas del Poder Ejecutivo, las obligaciones y deberes 
del Consulado debían pasar a las Juntas Económico - Admi- 
nistrativas, y la administración de justicia a un Juez de pri- 
mera instancia y al Tribunal de Apelaciones. 

No pudo la Asamblea ocuparse del proyecto a causa de los 
trastornos políticos cpie terminaron con la renuncia de Oribe ; 
pero Rivera se encargó durante su breve dictadura de darle 
fuerza de ley, suprimiendo el Tribunal Consular y entregando 
al Juzgado de Hacienda el conocimiento de las causas comer- 
ciales fiue hasta entonces había estado a cargo de los mismos 
comerciantes. 

Un incidente de resonancia ocurrido a mediados de 1839, 
sirvió para dar estabilidad e independencia a la magistratura 
judicial. El Gobierno dirigió al Tribunal una nota en la que 
decía que el Juez Letrado de lo Civil se había instalado fuera 
de la planta urbana de la ciudad; que eso constituía un aban- 
dono del cargo; y que el Juez debía ser destituido de acuerdo 
con la Constitución. El Tribunal fijó al Juez un plazo para 
trasladar su despacho a la ciudad y vencido el plazo sin que 
la orden hubiera sido cumplida, dictó el Poder Ejecutivo un 
decreto suspendiendo al Juez y mandando dar cuenta del 



90 HISTORIA DEL URUGUAY 



hecho al Senado. La Asamblea aprovechó la oportunidad 
para dictar una ley aclaratoria, por la que se establecía que 
la destitución de los Jueces y el conocimiento de sus causas 
correspondía privativamente a los Tribunales. 

Servicio de correos. 

Desde principios de 1839 fueron restablecidas las cuatro 
carreras de postas que ponían en comunicación a la Capital 
con los departamentos de campaña, suprimidas por el go- 
bierno de Oribe bajo la presión de las estreclieces del Erario. 

Eivera derogó también, invocando la inviolabilidad de la 
correspondencia, lui decreto dictado a raíz de la revolución 
de 1836, por el cual se mandaba pasar a las oficinas del Mi- 
nisterio de Gobierno toda la correspondencia particular. 

Obras de vialidad. 

A mediados de 1840 nombró el Gobierno una Comisión 
popular con el encargo de propender al mejoramiento de los 
caminos de Montevideo. Se le asignaba como único recurso el 
impuesto sobre las carretas. Todo lo demás debía obtenerlo 
mediante una suscripción voluntaria a cargo de los vecinos 
favorecidos por la obra. Pero la Comisión, luego de estudiar 
el vasto plan confiado a su celo, resolvió renunciar en masa, 
convencida — decía — de la absoluta imposibilidad de la obra. 

Era la segunda vez que Kivera tomaba esa iniciativa. Bajo 
el ministerio de don Lucas José Obes, durante su primera- 
presidencia, habían sido proyectados varios puentes y hasta 
se liabía acopiado piedras para ejecutar las obras en el Paso 
del ]\Iolino y en el Paso del Soldado en el río Santa Lucía. 

Como prueba de la importancia del prospectado puente del 
Santa Lucía, recordaba la prensa que una prolija estadística 
del movimiento del Paso del Soldado en el año 1835 arrojaba 
el elevado promedio diario de cien carretas y de diez carruajes. 

Higiene pública. 

Dejaba grandemente que desear el estado de la ciudad de 
Montevideo del punto de vista de la higiene pública. 



GOBIERNO DE RIVERA 91 



Hasta 1842 los carros do basuras descargaban al costado 
del IMereado Central, ubicado en la antigua Cindadela, hoy 
Plaza Independencia, y los residuos domiciliarios allí amon- 
tonados eran utilizados luego para rellenar los pantanos le 
las calles más transitadas de la ciudad. 

Una piara de cerdos y un enjambre de pordioseros se en- 
cargaban de extraer diariamente toda la m ateria orgáni ca de 
esos residuos antes que la Policía aplicara el remanenEe~^ 
obras de pavimentación. 

En la relación de trabajos presentada por la Policía a 
mediados de 18-iO, figura una partida de 700 carradas de ba- 
sura y tierra, con destino "al primer zanjón sobre la Plaza 
Cagancha". 

Ya en la víspera de la invasión de Oribe, se presentó al Go- 
bierno una empresa encabezada por don Alejandro Barreré 
que ofrecía encargarse de la recolección de las basuras domi- 
ciliarias y del riego de las calles, mediante la exención de 
patente de rodados a sus 16 carros y las cuotas mensuales 
con que voluntariamente se suscribiera el vecindario. La pro- 
puesta fué aceptada en el acto, pero no alcanzó a tener eje- 
cución por efecto de la guerra civil. 

Las casas carecían en general de letrinas. Todavía en 1839 
seguía denunciando la prensa que llegada la noche las inmun- 
dicias eran arrojadas a la calle por los eme no podían pagar 
su transporte al mar, o entregadas por los pudientes a con- 
ductores especiales que iban de puerta en puerta, provistos 
de barriles que apestaban a los transeúntes. La Policía se 
decidió al fin a reglamentar el servicio. De acuerdo con una 
ordenanza de ese mismo año la limpieza de las letrinas y la 
extracción de inmundicias sólo podrían realizarse previa li- 
cencia y en horas determinadas de la noche. Los barriles, 
además, no deberían llevarse muy llenos, tendrían tapa y sus 
conductores marcharían por el centro de la calle hasta el mar. 

El abastecimiento de agua seguía a cargo de los " aguate- 
ros ", que llenaban sus pipas en los manantiales de la Aguada 
y vendían su contenido por baldes a la generalidad de los ha- 
bitantes, porque todavía no se había vulgarizado la construc- 
ción de aljibes. 

A mediados de 1842 la Junta de Higiene encomendó al 
químico Lenoble el análisis de las aguas de los manantiales 
de la Aguada y de su estudio resultó que muchas de las fuen- 
tes utilizadas para el consumo de la población contenían sales 



92 HISTORIA DEL TJBUOUAT 



calizas en fuerte cantidad y que a ellas del)ía atribuirse las 
afecciones gastro - intestinales qne^diezmaban a las clases po- 
bres. 

Como remedio al nial insinuaba la prensa la coiLstrucción 
de un pozo artesiano " obra magnífica, pero superior a nues- 
tros recursos"; la construcción obligatoria de aljibes en to- 
das las casas; y la conducción " por medio de caños subterrá- 
neos de las puras y saludables aguas del río Santa Lucía ". 

Algunos establecimientos industriales contribuían a agra- 
var la situación antihigiénica de la ciudad. En 1839 la Policía 
de Montevideo pidió y obtuvo que los saladeros situados en 
las márgenes del ]\Iiguelete fueran trasladados a las proxi- 
midades del mar, invocando que infectaban las aguas del 
arroyo y destruían las arboledas y sementeras de los alrede- 
dores. Era un mal de que también se quejaba el vecindario 
de Mercedes, atribuyendo a la contaminación de las aguas por 
los saladeros y graserias que allí funcionaban con intensa ac- 
tividad, el heoho de cpie la mortalidad excediera a la natali- 
dad y de que la población hubiera empezado a decrecer rápi- 
damente. 

Dentro de este régimen de atraso y de abandono, no podía 
brillar por su higiene el Hospital de Caridad. En 1840 la 
prensa denunciaba el caso de una mujer loca que estaba allí 
alojada en un cuarto inmundo, sin luz y casi sin aire. Y un 
año después agregaba que en las salas generales sólo eran 
cambiados los colchones cuando el enfermo era dado de alta 
o llevado al cementerio y que los cadáveres permanecían en 
el depósito por espacio de dos y hasta de tres días. 

En esa misma época llegó al puerto un ])arco cargado de 
inmigrantes vascos. La viruela había producido varias bajas 
durante el viaje. Llegado al fondeadero, se ahogaron por efecto 
de un accidente el piloto y el contramaestre, y entonces la 
Junta de Higiene ordeñó que los cadáveres fueran echados 
inmediatamente al agua "con un peso suficiente para que 
bajasen hasta el fondo" y resolvió el Gobierno que el buque 
fuera a Maldonado y que sus pasajeros desembarcaran en la 
Isla de Gorriti y cpiedaran allí por espacio de veinte días. 

Ya la Junta de Higiene, preparándose para la lucha contra 
la viruela, que era lucha de casi todos los años, había obte- 
nido de la Sociedad Jenneriana de Londres dos docenas de 
pares de vidrios con pus y algunas costras con vacuna .y so- 
bre la base de esa primera remesa dio principio a la campaña 
que estaba a su cargo. 



GOBIERNO DE KIVEKA 9IÍ 



Servicios municipales. 

A tíues de 18i2 el Gobierno contrató con una empresa en- 
cabezada por don Samuel Lafone, la demolición de la anti- 
gua Cindadela donde estaba instalado el Mercado Central, y 
la construcción en ese mismo paraje de un mercado más am- 
plio cuj'as obras deberían efectuarse por secciones en un pe- 
ríodo de cinco años. Con los materiales de la demolición se 
construiría una rambla delante de las bóvedas hasta la altura 
del fuerte de San José, provista de caminos de hierro y pes- 
cantes para la carga y descarga de buques. La empresa con- / 
cesionaria obtendría los terrenos que ganara al mar, la explo- 
tación temporaria de las obras y una parte de los excedentes 
que produjera el alquiler del mercado. 

La ciudad iba creciendo por la afluencia de inmigrantes; 
los viejos servicios municipales resultaban estrechos; y a dia- 
rio se lanzaban ideas que como la de reemplazar los postes 
de las calles por álamos o paraísos habrían contribuido a her- 
mosear la población y a mejorar sus condiciones higiénicas. 

Desgraciadamente cuando estas iniciativas surgían y em- 
pezaban a realizarse, marchaba con rumbo a Montevideo el 
ejército que habría de contener los progresos edilicios durante 
ocho años de sitio riguroso, de despoblación y de miseria. 



Reorg-anización de la Policía. 

Kivera suprimió las policías departamentales y confió el 
servicio de seguridad de la campaña al ejército de línea, bajo 
la influencia directriz de la Policía de Montevideo, como ofi- 
cina central. 

Reorganizó también el servicio de la Capital. De acuerdo 
con una ordenanza de mediados de 1839, habría un soldado 
de policía " en cada una de las calles rectas " de Montevideo, 
encargado de recorrer constantemente esa calle y de vigilar 
la transversal de su derecha, para acudir en auxilio del ve- 
cindario, evitar el arroje de basuras y aguas inmundas, re- 
gularizar el tránsito de carruajes, prohibir el galope, impe- 
dir el amontonamiento de mercaderías en las calles y disolver 
las reuniones de muchachos. El servicio nocturno, organi- 
zado al año siguiente, estaba a cargo de 60 serenoe armados 




94 HISTORIA DEL URUGUAY 



" de fusil y bayoneta '', en vez de "' lanza y pistola ", mien- 
tras duraran "las circunstancias de la guerra", decía el de- 
creto que extractamos. 

Los changadores estaban obligados a enrolarse en cuadri- 
llas numeradas, bajo el mando de capataces responsables en 
los casos de extravíos de cargas. 

La Policía estimulaba también coercitivamente al trabajo. 
En 1839, invocando que todo hombre debía ocupar útilmente 
su tiempo, resolvió que los peones contratados que faltaran a 
su servicio, sin causa justificada, sufrirían ocho días de arresto 
e igual pena los que en los días de trabajo fueran sorprendi- 
dos bebiendo o jugando en las pulperías. 

Por otra ordenanza de 18il que invocaba " los respetos al 
culto ", se prescribía que en los días festivos de ambos pre- 
ceptos debía cesar " el trabajo mecánico " y que las casas 
de comercio sólo podrían estar abiertas hasta las 10 de la ma- 
ñana y por la tarde desde las 4 hasta las 9. 

Con el propósito de evitar la multiplicación de pordioseros 
de profesión, resolvió finalmente la Policía "que nadie po- 
dría pedir limosna sin una tablilla que expediría la Jefatura 
previo informe del Juez respectivo ". 

Un gran incendio, que estalló en 1811, dio lugar a que se 
promoviera una suscripción pública con cuyo producto la Po- 
licía encargó a Inglaterra dos bombas potentes que la habili- 
taron para llenar uno de los más sensibles vacíos de su orga- 
nización. 

Los extranjeros en la guardia nacional. 

Al producirse la invasión de Echagüe en 1839, ordenó el 
Gobierno el enrolamiento general de todos los llamados a pres- 
tar servicio en la milicia activa y pasiva, para impedir — de- 
cía el decreto — ^"el sometimiento del país a la dominación 
del opresor de Buenos Aires, la conquista definitiva de su 
suelo y el aniquilamiento de sus libertades ". 

La Policía de Montevideo publicó en seguida un bando, por 
el Cjue compelía " a todos los vascos, catalanes y demás es- 
pañoles europeos ", a enrolarse en la guardia nacional, bajo 
apercibimiento de ser aprehendidos y puestos a disposición del 
Jefe del cuerpo para su castigo. En un segundo edicto se ad- 
vertía a los españoles que en caso de omisión serían destinados 
a la tropa de línea. 



GOBIEHNO DE RIVERA 95 



Todavía no se había ajustado el tratado con España y se 
aplicaba h\ tesis vigente de f[ue el "extranjero sin Cónsur' 
estaba obligado a enrolarse en la milicia y a prestar servicio 
a la par de los nacionales. 



Trabajos para repatriar a Artigas, 

A la muerte del dictador Francia, en septiembre de 1840, 
surgieron varias tentativas para repatriar a Artigas. 

Dio origen a los trabajos una correspondencia de la Asun- 
ción, en la que se decía que momentos antes de su muerte ha- 
bía prevenido Francia a sus comandantes militares que si 
querían vivir en paz era menester " que prendiesen a su so- 
brino José Artigas ", recomendación que fué ejecutada de 
inmediato. 

Al año siguiente Rivera se dirigió a los mismos mandata- 
rios del Paraguay, los Cónsules López y Alonso, recabando su 
mediación para que pudieran regresar a ^Montevideo todos los 
orientales que quisieran hacerlo, sin hablar determinadamente 
de Artigas. Contestaron los Cónsules que ya se habían anti- 
cipado a los deseos del Gobierno Oriental y que habían expe- 
dido las órdenes necesarias. 

Uno de los primeros orientales que hizo uso de esa autori- 
zación, fué el señor ]\Iéndez Caldeira. Había pasado veinte 
años en el Paraguay y catorce de ellos en las prisiones del ( 
dictador Francia. Por su intermedio se supo que Artigas es- / 
taba vivo y que había sido transportado de las fronteras del // 
Paraguay a los suburbios de la Asunción. ^ 

Un diario lanzó entonces la idea de enviar un barco en 
busca del ilustre proscripto, como se había hecho en 1838 con 
Rivadavia y sus compañeros desterrados por Oribe a Santa 
Catalina. "Todos los pueblos — decía ese diario — honran a 
sus héroes ", y como tendiendo un puente entre colorados y 
blancos, agregaba: "Artigas está exento de las prevenciones 
de los partidos ". La idea de la repatriación fué acogida. 

Se preparaba a salir una Comisión oficial a cargo del atil- 
dante mayor don Federico Albín, encargada por el Presidente 
Rivera de gestionar el regreso del procer y de acompañarlo 
hasta ^lontevideo, cuando se publicó en "El Nacional Co- 
rrentiuo " una correspondencia, que luego reprodujo la 
prensa del Plata, de la que resultaba que ya el Gobierno Para- 



? 



96 HISTORIA DEL UBUGUAY 



guayo se había dirigido espontáneamente al Jefe de la 'Villa 
de San Isidro en agosto de 1841, para ([\\e le hiciera 
saber que podía salir del Paraguay, pero que Artigas ha- 
bía expresado el deseo de que le permitieran pasar allí el 
resto de sus días, recayendo al pie de su representación un 
decreto por el que se ordenaba que fuera atendido en vida 
y que una vez que falleciera se le hicieran los honores fúne- 
bres correspondientes. 

La Comisión presidida por Albín marchó asimismo a su 
destino y promovió sus gestiones sin resultado, como que Ar- 
tigas hasta se negó a abrir los oficios de Rivera, limitándose 
a reiterar a las autoridades paraguayas su deseo de morir en 
el destierro, heroica decisión de cuyo alcance hemos hablado 
ya en el tomo I de esta obra. 

Un soldado fiel a la tradición artiguista. 

En 1841 murió el coronel Tomás Burgaeño. Había actuado 
en la lucha contra los ingleses, en las campañas de la Inde- 
pendencia contra los españoles y contra los portugueses, al 
lado de Artigas y de los Treinta y Tres. Independizado el país 
I por efecto de la Convención de 1828, se retiró a su hogar. 
Cuando lo llamaron para entregarle el sueldo correspondiente 
a su jerarquía militar, se negó a recibirlo, alegando cpie le 
, bastaba su calidad de simple ciudadano en la época de paz. 
; Al estallar la revolución de Lavalleja contra el gobierno de 
\í Rivera en 1832 y la revolución de Rivera contra el gobierno 
! de Oribe en 1836, pidió autorización, aunque sin conseguirla. 
f para mantenerse alejado del teatro de la guerra civil, invo- 
cando "que su lanza sólo se había manchado con la sangre 
' de los enemigos de la patria". 



CAPITULO IV 
L% iutervenclón franco -iiii^lesa (luíante el gobierno de Rivera 

Se acentúa la acción francesa en el Río de la Plata. 

Con ocasión de la caída de Oribe hemos hablado del entre- 
dicho entra el Gobierno de Francia y el Gobierno de la pro- 
vincia de Buenos Aires ; del bloqueo subsiguiente de los puertos 
dominados por Rosas y de la alianza de Rivera con la escuadra 
francesa. 

Dando cuenta a la Asamblea del estado de las Secretarías 
a su cargo, decía en abril de 1839 el Ministro de Gobierno y 
Relaciones Exteriores : 

''Si desgraciadamente nos hemos visto forzados a aceptar 
la guerra a que el Gobernador de Buenos Aires nos ha provo- 
cado, atacando de todos modos nuestra nacionalidad, hemos 
ganado en cambio la alianza de hecho de Francia. Esa nación 
poderosa que marcha al frente de la civilización europea, se 
hallaba empeñada en una cuestión política con aquel Gobierno. 
cuando el excelentísimo general fué puesto al frente de la 
administración de nuestro país. La coincidencia de su causa 
con la nuestra ha hecho que marchásemos hasta aquí de 
acuerdo en cuanto al objeto principal y ha contribuido eficaz- 
mente a fortificar nuestras relaciones de buena inteligencia". 

La alianza, así confesada en forma oficial por el Poder Eje- 
cutivo a la Asamblea, era poco después robustecida por hechos 
de la mayor significación. 

En el curso del mismo mes de abril de 1839 la cancillería 
uruguaya y el Consulado de Francia firmaban un reglamento 
del comercio de cabotaje, aplicable al Plata, al Uruguay y 
al Paraná, según el cual los propietarios de barcos prestarían 
fianza al Gobierno Oriental y los cargadores al Consulado y 
se establecerían estaciones de servicio en Montevideo, en la 
Barranca de San Gregorio, en la Colonia, en Martín García y 
en la Boca del Guazú. El objeto era obtener la efectividad 
del bloqueo de la escuadra francesa sobre los puertos domi- 
nados por Rosas, poniendo término al comercio clandestino 



98 HISTOBIA DEL XTBUGUAT 



que venía realizándose a la sombra del cabotaje uruguayo y 
en provecho del comercio uruguayo. Esa concesión, verdade- 
ramente extraordinaria, como lo observaba "Le Patrióte 
Francais" en 1844, ponía de manifiesto la existencia de un 
pacto de alianza. 

' Cuatro meses después, al producirse la invasión de Echagüe, 
la cancillería uruguaya se dirigía al Cónsul Baradere para 
anunciarle que el territorio nacional había sido invadido y 
pedirle el concureo de la escuadra. Ninguna gestión habría 
hecho el Gobierno, — decía la cancillería en su nota, — si se 
tratara de una simple guerra civil; pero tratándose de una 
guerra extranjera, el Uruguay se considera habilitado para 
recabar el concurso de otro país que como la Francia también 
se encuentra en hostilidades con el invasor. A esa comunicación 
contestó el Cónsul que estaba dispuesto a prestar la ayuda 
que se le pedía dado los términos de las comunicaciones ofi- 
ciales cambiadas entre Rosas y Echagüe, de los que resultaba 
que el ejército invasor marchaba contra Rivera y a la vez 
"contra los inmundos franceses". 

Al enfrentarse en septiembre los ejércitos de Echagüe y 
de Rivera, y en la creencia de que se produciría de inmediato 
una batalla, volvió a dirigirse la cancillería al Cónsul Bara- 
dere para decirle que Rivera tenía un ejército de cuatro mil 
hombres que bastaba para destruir a Echagüe, pero que era 
prudente prever un golpe de mano en IMontevideo y que por 
lo tanto había llegado la oportunidad de que desembarcara 
"toda la fuerza de que pudiera disponer para cooperar a la 
defensa". 

Bajaron en el acto quinientos soldados de la escuadra. Era 
la segunda vez que tal acontecimiento se producía. Ya en 
1832, durante la revolución de Lavalleja, habían desembarcado 
fuerzas inglesas, francesas y norteamericanas. Pero entonces 
al solo efecto de garantizar el orden. Ahora el desembarco 
tenía por objeto cooperar a la defensa de Montevideo contra 
Rosas. 

El almirante y el Cónsul, juzgando insuficiente ese concurso 
militar, publicaron un bando concebido en estos términos de 
franca alianza : 

"Habiendo desembarcado los marinos de la escuadra fran- 
cesa a pedido del Gobierno Oriental para defender la ciudad 
de Montevideo en caso necesario contra las fuerzas del enemigo 
común el Gobierno de Buenos Aires, se invita a los franceses 



GOBIERNO DE RIVERA 99 



que se hayan presentado y a los que quieran presentarse para 
tomar las armas, a que comparezcan mañana domingo a la 
plaza principal o en los días siguientes a casa del Cónsul de 
Francia. ^Montevideo, 12 de octubre de 1839. — Lehlanc. — 
Buchct. — Marfic/ni. — Baraderc." 

Pocas horas después ele publicada esa invitación estaban ya 
formadas cinco compañías de cívicos franceses, según el 
cómputo de "El Constitucional" de la época, o sea un batallón 
de mil plazas, según los datos cpie en 1844 publicó "Le Pa- 
trióte Francais". 

Algo más hicieron los agentes franceses a favor de sus 
aliados : designaron un oficial de artillería, el capitán D 'Hastríl, 
para trazar y dirigir las fortificaciones de Montevideo y en-/ 
tregaron a Eivera un subsidio de cien mil pesos fuertes para 
la reorganización de su ejército, según se encargó de hacerlo 
constar el doctor Florencio Várela al historiar los antecedentes 
de la alianza desconocida algunos meses después por el almi- 
rante Mackau. 



La alianza de hecho reconocida por el gobierno de Francia. 

En esos mismos momentos llegaban a ]\Ionte video comuni- 
caciones del Comandante de la escuadrilla francesa en el Río 
Uruguay I\Ir. Lalande de Calain, anunciando que varios lan- 
cbones uruguayos al mando del comandante Read, habían des- 
alojado a las fuerzas de Echagüe de la plaza del Salto y que 
a la efectividad de ese desalojo habían cooperado los buques 
franceses con tropas de desembarco. 

Dando cuenta del auxilio, decía luego el Poder Ejecutivo 
a la Asamblea en su mensaje de enero de 1840: 

'"Era preciso o multiplicar las medidas severas u ostentar 
un poder irresistible : el Gobierno prefirió la cooperación de- 
las fuerzas francesas, nuestras aliadas naturales en la coope- 
ración contra el tirano, cuya presencia en la Capital alejaba 
todo recelo." 

Ante la noticia de la victoria de Cagancha se reunieron 
los cívicos franceses para honrar a los vencedores y en tal 
oportunidad pronunció el almirante Leblanc un discurso que 
empezaba con estas palabras: "La República Oriental, 
nuestra aliada, ha triunfado". 



loo HISTORIA DEL URUGUAY 



Tampoco se ocultaba en Francia el hecho de la alianza. Al 
contrario : su existencia era reconocida categóricamente desde 
la tribuna del parlamento en 1840. 

Ante la Cámara de Diputados declaró sin ambages el [Mi- 
nistro de jMarina que la escuadra francesa había desembarcado 
400 soldados en defensa de la plaza de Montevideo; que se 
había organizado un batallón de cívicos franceses para re- 
forzar el ejército de Rivera ; que bajo la protección de la 
escuadra se había organizado la expedición de Lavalle contra 
Rosas. 

Más explícito fué Thiers, en su carácter de Presidente del 
"Consejo de Ministros, al tiempo de discutirse ante la misma 
Cámara en abril, el proyecto de ley que acordaba un millón 
y medio de francos con destino a la continuación del bloqueo 
contra Rosas. 

En casi todos los Estados americanos, — empezó el orador, — 
se pretende nacionalizar a los extranjeros que cuentan con 
más de tres años de residencia. Tal es especialmente la tesis 
de Rosas. A cada reclamación del Cónsul contesta: ese hombre 
vive en el país desde hace más de tres años; luego, no es 
francés. Y a la sombra de esa tesis impone a los franceses 
torturas cuyo conocimiento horrorizaría a la Cámara. Los in- 
gleses y norteamericanos han obtenido que no se extienda a 
ellos una doctrina tan contraria al derecho de gentes. Debemos 
mostrarnos condescendientes en materia de indenmización, 
pero inflexibles en el mantenimiento del principio de la na- 
cionalidad. Nuestro Cónsul ha manifestado que aceptaría el 
levantamiento del bloqueo a condición de que los franceses 
obtuvieran el tratamiento de la nación más favorecida. 

Cuando se decretó el bloqueo — continuó diciendo Thiers — 
era necesario anclar en alguna parte y se buscó el apoyo de 
Montevideo. Pero el Presidente Oribe que era aliado de Rosas 
nos trató muy mal y además permitió que se hiciera fuego 
sobre una embarcación francesa y armó una flotilla que tenía 
por objeto atacarla. El almirante Leblanc exigió reparaciones 
por el atropello y previno que si la flotilla salía, la echaría 
a pique. 

"Era bien claro desde ese momento que la Francia no pro- 
tegía ya a Oribe y que le era hostil. Eso dio gran fuerza a 
Rivera, que trabajaba por voltear a Oribe. Rivera triunfó y 
un gobierno amigo sucedió a un gobierno enemigo en Monte- 
video. Naturalmente nosotros hemos venido a ser aliados de 



GOBIERNO DK RIVERA IQl 



Eivora , . . (Quiero que se sepa del otro lado de los mares, que 
el Gobierno Francés no está fatigado y que él no abandonará 
.esta guerra por cansancio: no habrá nunca guerra cansada 
para el Gobierno, mientras se trate de los intereses y del 
3ionor del país". 

Ante ima interrupción tendiente a dar más eficacia al con- 
curso francés, agregó Thiei-s : 

Tenemos tres categorías de recursos coercitivos: el bloqueo 
que mantenemos desde hace dos años, aunque no tan rigu- 
rosamente como sería de desear; la utilización de las fuerzas 
militares y de los partidos locales contra Rosas; y el envío 
de una expedición militar al Plata. Cada uno de los tres me- 
dios tiene su objeto. El Gobierno Francés se encuentra en el 
segundo: socorre a Rivera y a Lavalle. 

'"Yo no condeno ninguno: ni ima expedición, si fuera ne- 
cesaria, ni las alianzas que han sido contraídas sin mi inter- 
vención, y que yo no he podido hacer otra cosa que aprobar 
j mantener. No condeno ninguno de esos recursos : los em- 
plearé todos ; pero no ocurriré a medios extremos sino cuando 
no haya más recurso". 

El diputado Lagrange reconoció en las sesiones de junio 
que para mantener el bloqueo de Buenos Aires había sido "ne- 
cesario asegurarse" el puerto de Montevideo. 

"El Presidente Oribe, agregó, iba contra nosotros sirviendo 
los intereses de Rosas. Una demostración enérgica del almi- 
rante Leblanc le hizo caer del poder. Fué reemplazado por 
Rivera, uno de los fundadores de la República del Uruguay, 
cine ya había sido muclw tiempo Presidente de ella. Rivera 
era el enemigo de Rosas y había que sostenerlo contra los ata- 
ques de los adversarios. Este fin ha sido gloriosamente al- 
canzado por nuestra marina". 

El orador protestó en cambio contra los auxilios prestados 
por la escuadra francesa a Lavalle. Xo se trata en este caso 
— dijo — de ayudar a un Estado como es el Uruguay, sino 
de intervenir en las luchas de partido y ayudar a uno de los 
que se disputan el triunfo en la Argentina. Eso no está auto- 
rizado por el derecho de gentes. Y protestó también contra la 
enormidad de los créditos pedidos para proseguir el bloqueo 
de Buenos Aires, que ya subían, según sus cálculos, a 2.340,000 
francos. 

Thiers se limitó a contestar que al asumir la presidencia 
^del Consejo de ^linistros ya estaba en marcha el sistema 



102 HISTORIA DEL "URUGUAY 



que convertía "en aliados" de Francia al Gobierno del Uru- 
guay y a las provincias de Entre Ríos y Corrientes repre- 
sentadas por Lavalle. 

Expresando la verdad de las cosas, decía editorialmente 
"El Nacional" en septiembre de 1840, al comentar los ru- 
mores de arreglo de Francia con Rosas: 

"Todos los que hacen la guerra a Rosas en el Río de la 
Plata han tomado las armas a inspiración de Francia y bajo 
la base de una mutua prestación de servicios para derrum- 
bar a Rosas. Casi todos ellos han sido armados, equipados y 
transportados por los agentes de Francia y con la autoriza- 
ción de la Francia. Xo hay un pacto escrito y rubricado en 
que se señalen las obligaciones de esta alianza, pero no por 
eso es ella menos solemne, menos forzosa, menos sagrada". 



Una aclaración pedida por los emigrados argentinos. 

En febrero de 1839 se dirigió el doctor Juan Bautista Al- 
berdi al Cónsul Baradere diciéndole que había quienes abri- 
gaban sospechas acerca de las verdaderas intenciones del Go- 
bierno Francés y que era conveniente que aclarara los si- 
guientes puntos : 

Si la Francia tenía algún motivo de resentimiento contra 
el pueblo argentino; si el Gobierno Francés estaba dispuesto 
a respetar el principio de la nacionalidad argentina; cuáles 
eran sus pretensiones; si se inclinaba a favor de alguno de 
los partidos; si pensaba ingerirse en el régimen interno del 
país; si retiraría sus pretensiones con relación a las provincias 
que se alzaran contra Rosas. 

Contestó el Cónsul Baradere: 

Que no existía resentimiento alguno con respecto al pueblo 
argentino; que el Gobierno Francés rcvspetaba la nacionalidad 
argentina y sólo exigía una indemnización a favor de sus con- 
nacionales perjudicados y una garantía de futuro que debería 
consistir en la declaración de que los franceses serían tratados 
en sus personas y en sus bienes como los subditos de la nación 
más favorecida; que el Gobierno Francés no establecía dife- 
rencias entre unitarios y federales; que no se ingeriría en los 
negocios internos ; que levantaría el bloqueo en -favor de toda 
provincia que se separara de Rosas; que la Francia rechazaba 
toda idea de conquista o dependencia y que no ambicionaba 
una sola pulgada de territorio argentino. 



GOBIERNO DE EIVEEA 103 



Estas declaraciones fueron complementadas en junio de 
1840 mediante un protocolo firmado por Mr. Buchet Martigni, 
Cónsul General y Encargado de Negocios del Gobierno Fran- 
cés, y una Comisión delegada de los argentinos emigrados 
compuesta de los doctores Florencio Yarela, Julián Segundo 
de Agüero, Valentín Alsiua, Ireneo Pórtela, Juan José Cer- 
nadas y don Gregorio Gómez. 

Se trataba de fijar rumbos y reglas de conducta para el 
caso de que los unitarios voltearan a Rosas y establecieran un 
gobierno popular. 

En el preámbulo del protocolo se reconocía que como con- 
secuencia del establecimiento del bloqueo en 1838, se había 
producido una alianza de hecho entre las fuerzas bloqueadoras 
y las fuerzas argentinas que luchaban contra Rosas; y que 
esa alianza se había estrechado a mediados de 1839 con ocasión* 
de la expedición de Lavalle a Martín García y a Corrientes, 
siendo lógico entonces que Thiers reconociera ante la Cámara 
de Diputados como aliados de su patria a las provincias ar- 
madas contra Rosas. 

Con el fin de dar a la alianza, decía luego el protocolo, la 
regularidad posible, habían acordado ambas partes lo si-' 
guíente : 

Que una vez desaparecido Rosas, cesarían todas las desave- 
nencias que habían dado lugar al blocjueo por la escuadra 
francesa, y el Gobierno Francés restituiría la Isla de JMartín 
García, obligándose a su vez el nuevo Gobierno argentino a 
reconocer la procedencia de las indemnizaciones reclamadas y 
a conceder a los franceses el tratamiento de la nación más 
favorecida hasta que se formalizara un tratado de amistad, 
comercio y navegación, entre las respectivas cancillerías. 



Una misión uruguaya ante el Gobierno de Francia. 

Desde mediados de 1839 resolvió el gobierno de Rivera re- 
gularizar y ampliar la alianza de hecho que ya existía con 
Francia y hacer entrar a la Inglaterra en la guerra contra 
Rosas. Era una gestión tanto más urgente, cuanto que ya ha- 
bían empezado a correr rumores del levantamiento del blo- 
queo, sin la intervención uruguaya. 

Fué encargado de tan importantísima gestión el Ministro 
de Gobierno y Relaciones Exteriores doctor José Ellauri, 



♦ 



104 HISTORIA liEr, URUGUAY 



(filien se embarcó para Europa en auosto de ese mismo año, 
llegando a su destino después de un viaje de ochenta y siete 
días. 

De acuerdo con sus instrucciones, propuso al Gobierno de 
Francia en enero de 1840, la celebración de tres tratados: 
el primero, de alianza ofensiva y defensiva, para llevar ade- 
lante la guerra contra Rosas; el segundo, de comercio y na- 
vegación sobre la base del tratado preliminar ya ratificado; 
y el tercero, de garantía de la independencia de la República 
Oriental, durante un plazo determinado, por la Francia y por 
la Inglaterra. 

Con el propósito de ilustrar ampliamente a la cancillería 
francesa acerca de las cuestiones que se debatían en el Río 
de la Plata, foriuuló el doctor Ellauri una memoria histórica 
en la que se destacaba la incesante intervención de la Argen- 
tina y del Brasil en las guerras civiles del Urugua3^ Los dos 
países signatarios de la Convención de 1828 habían estimu- 
lado y ayudado en toda forma las revoluciones de 1832, 1833, 
y 1831: durante el gobierno de Rivera. Cuando Rosas tuvo ne- 
cesidad de ir en ayuda de su aliado Oribe, se limitó a enviar 
a Paysandú una división de 400 hombres, y dos buques de 
guerra, porque lo cpie el dictador argentino deseaba era que 
la guerra se generalizara y agravara. Juntamente con ese 
acto de intervención, hizo crisis el confiicto franco - argen- 
tino surgido en 1830 por efecto de la tesis de Rosas sobre en- 
rolamiento obligatorio de los franceses en la guardia nacio- 
nal, complicado después con otros incidentes q-ie remataron 
en el rompimiento de las relaciones. 

Xo hay tratado de alianza entre Francia y el Uruguay, 
concluía la Memoria. Pero es lo cierto que las fuerzas orien- 
tales y francesas están unidas en la campaña contra Rosai. 
La Francia sólo pide que las personas y los bienes de sus na- 
cionales sean respetados; que no se obligue a los franceses a 
servir en la guardia nacional. Y la República Oriental sólo 
pide que sea respetada su independencia. 

Durante el cui*so de estas gestiones corrieron rumores de 
paz con Rosas y entonces se dirigió el doctor Ellauri a la 
cancillería francesa preguntando si el Uruguay podría con- 
tar con la protección de Francia para asegurar su indepen- 
dencia y su orden interno. Ya había pedido con anterioridad 
que se le diera intervención en el tratado a celebrarse con 
Rosas. ' 



CiOBlERXO DE KIVKKA 105 



Fué muy traiuiuilizadora la respuesta de Tliiers: 

'"En cuanto a la alianza (lue vuestro (iohierno desea con- 
cluir para llevar adelante la guerra actual conti'a el general 
Rosas. — decía en su nota de 31 de julio de 1840, — no tengo 
necesidad de recordar que esa alianza existe de hecho y que 
las pruebas de amistad que la República Oriental del Uru- 
guay ha recibido ya de Francia garantizan suficientemente 
que en cualquier circunstancia, ya en la guerra, como en la 
paz. las mismas simpatías y los mismos testimonios de inte- 
rés le serán acordados ". 

Pocas semanas después la cancillería francesa despachaba 
una misión al Río de la Plata, que se entendía directamente 
con Rosas y dejaba al gobierno de Rivera en el más absoluto 
aislamiento. Y ante la protesta de la Legación Uruguaya 
contra ese tratado, respondía Guizot, sucesor de Thiers en la 
presidencia del Consejo de Ministros : que el Gobierno Fran- 
cés " había obrado en la plenitud de su derecho ''; que ja- 
más había " ligado su causa a la de la República en forma 
de no poder tratar sino de acuerdo y conjuntamente con 
ella "; que " ni siquiera se había obligado a ocuparse de la 
República del Uruguay en el tratado con Buenos Aires"; 
que a pedido asimismo del ^linistro negociador se había in- 
sertado en el tj-atado una cláusula qi'.e (jarantizaba Ja inde- 
licndencia de la Banda Oriental, " cláusula que el gobierno 
del Rey juzgaba irrevocable y esencialmente obligatoria para 
la República Argentina y llegado el caso no vacilaría en pro- 
teger, en cuanto dependiera de él. los derechos que esa cláu- 
sula tenía por objeto preservar ". 

En enero de 1842, contestando el mismo ^íinistro Guizot 
una nota del doctor EUauri acerca de la ineficacia de las ges- 
tiones de la diplomacia franco - inglesa a favor de la paz en 
el Río de la Plata, decía que el Gobierno Francés no concep- 
tuaba que estuviera amenazada la República Oriental, pero 
que si así no fuera " estaría pronto a concertarse con los de- 
más aliados de la República para asegurarle el apoyo y la 
protección necesaria al mantenimiento de su independencia ". 
Con esa y otras manifestaciones análogas terminó la ges- 
tión encomendada al doctor Ellauri. La Francia, que se ha- 
bía declarado aliada del UruEruay, pactaba directamente con 
Rosas, sin dar a su aliada la participación que le correspon- 
día en el tratado. Pero la tranquilizaba, asegurándole que su 
independencia no sería atacada por Rosas y que si lo fuera 



Iü6 HISTORIA DEL URUGUAY 



el Gobierno Francés intervendría. ¿Alcanzaría esta declara- 
ción más eficacia que la otra? Ya veremos que los ejércitos 
de Rosas vadearon el Uruguay y pusieron sitio a ]\Iontevi- 
deo, sin que la acción militar de Francia se hiciera sentir ! 



El doctor Ellauxi ante el Gobierno Inglés. 

No fué más feliz el doctor Ellauri ante la cancillería in- 
glesa. Sus gestiones debieron entablarse con menos optimismo 
que en Francia. Tenía efectivamente que recordar el plenipo- 
tenciario oriental que en el archivo de Echagüe, capturado 
en el campo de Cagancha, figuraban dos documentos revela- 
dores de la estrecha vinculación de los agentes británicos con 
liosas: una carta de don Antonino de los Keyes a don José 
Agustín Iturriaga, de mayo de 1839, diciéndole con preferencia 
al Cónsul Hood, radicado en Montevideo desde 1830: " Puede 
usted escribir con toda franqueza, pues por medio del señor 
Tresidente (así era llamado Oribe) las remito con rótulo al 
Cónsul inglés y a.sí no hay el menor temor"; y un oficio de 
Rosas a Ecliagüe con esta referencia al mismo Hood y al 
.Ministro Mandeville, radicado en Buenos Aires: " Nos es- 
tán sirviendo de modo que reconocemos una inmensa deuda 
de gratitud y cordial benevolencia ". 

A mediados de 1840 se dirigió el doctor Ellauri a lord 
Palmerston. abriendo negociaciones para concluir dos trata- 
dos. El primero de amistad y comercio, a base '' de una per- 
fecta reciprocidad e igualdad con todas las demás naciones 
con quienes podamos en lo sucesivo celebrar otros de la 
misma naturaleza ". El segundo, de garantía, era fundamen- 
tado así por el doctor Ellauri : 

" La República del Uruguay encierra en su seno tantos 
elementos de prosperidad y ofrece un campo tan vasto a las 
especulaciones del comercio europeo y muy especialmente de 
Inglaterra, que no se necesita más que asegurarle por algunos 
años su paz exterior y su tranquilidad interior, para que 
aquéllos se desarrollen con rapidez, se multipliquen el tra- 
bajo, la población y por consiguiente los consumos. Estamos 
convencidos que muy difícilmente lograremos tan grandes 
Iñenes, sin la garantía y el apoyo al menos moral de una o 
más de las grandes potencias europeas interesadas en los 
mismos objetos. Nada aventura el Gobierno que declare esa 



GOniKK.NO HE KIVKKA 107 



protección y las ventajas que su nación reportará con el 
tiempo serán inmensas, lie ahí, ^lilord, un extracto del tra- 
tado de garantías. ]\le consideraré muy feliz si contribuyo 
a (lue él se celebre entre la Gran Bretaña y la República que 
represento. Esta podrá ratificarlo sin mengua de su nacio- 
nalidad e independencia ". 

En mayo y en agosto de 1842 volvía el doctor Ellauri a 
dirigirse a la cancillería inglesa en demanda de una media- 
ción eficaz en el Río de la Plata sobre la base de los tratados 
de comercio y de garantía ya propuestos " ofreciendo en com- 
pensación las ventajas comerciales o de otro orden que se le 
exigiera y pudiera conceder ". Hacía constar a la vez que el 
Gobierno de ^Montevideo se había dirigido en el mismo sen- 
tido al Ministro Británico en el Plata, con el agregado de que 
" para la República Oriental era urgentísimo procurarse un 
protector poderoso que la pusiera a cubierto de la injusta in- 
vasióji ". 

Contestó la cancillería inglesa en cuanto a las ventajas 
prometidas, ([ue por sus i>rincipios internacionales la Ingla- 
terra era opuesta a todo privilegio, y, en cuanto a los asun- 
tos de la guerra, que iniciaría mediación amistosa entre los 
Estados beligerantes del Plata, tendiente a obtener un armis- 
ticio y subsiguientemente un arreglo, a fin de ahorrarse los 
gobiernos de la Gran Bretaña y de la Francia '' la desagra- 
dable alternativa de ocurrir a las medidas ulteriores que pu- 
dieran creerse necesarias ". Concluía su nota el conde de 
Aberdeen expresando al doctor Ellauri: " que la convenien- 
cia de adoptar tales medidas se hallaba aún bajo la conside- 
ración de ambos Gobiernos". 

Esas palabras escritas a mediados de diciembre de 1842, 
cuando el ejército de Oribe, triunfante de Rivera en la ba- 
talla del Arroyo Grande, se preparaba para vadear el Uru- 
guay, dejaron en el ánimo del plenipotenciario oriental una 
impresión de optimismo que los sucesos se encargaron inme- 
diatamente de desvanecer. 

A mediados de 1843, ya instalado Oribe con su ejército 
frente a los muros de Montevideo, decía lord Aberdeen al 
doctor Ellauri : 

Que la resolución del gobierno de Su Majestad Británica 
jamás había sido ni sería la de tomar intervención en las 
cuestiones del Río de la Plata y sí la de conservar la más 
estricta neutralidad; que había estado y estaría siempre dis- 



108 HISTOKIA. DEL URUGUAY 



puesto a (Miiplear sus buenos oíieios j)ara restableeer la paz 
entre las partes beligerantes; pero (jue si desgraeiadaniente 
fracasara, no pasaría más adelante, consecuente con sus 
principios. 



Los fínes de la misión Ellauri. 

En resumen, el doctor Ellauri lleval)a instrucciones i>ar^ 
pedir a la Francia y a la Inglaterra que garantizaran con 
sus armas la independencia del Uruguay contra la Argentina 
y el Brasil que ya la habían amenazado, y especialmente con- 
tra la Argentina, que la amenazaba de nuevo en esos momen- 
tos; llevaba instrucciones para pedir a la Francia un tratado 
de alianza ofensiva y defensiva contra Rosas, <pie regulari- 
zara y llevara adelante la alianza de hecho (jue ya existía 
desde 1838; y llevaba instrucciones para ofrecer a los dos 
grandes países europeos ventajas económicas bajo forma de 
convenios comerciales, susceptibles de compensar los sacrifi- 
cios de la alianza y la garantía de la independencia. 

Se trataba de un plan de defensa contra los signatarios de" 
la Convención de Paz de 1828, de la misma Convención de 
Paz (|ue obligaba precisamente al Brasil y a la Argentina 
" a defender la independencia e integridad de la Provincia 
de ^Montevideo ". Y hay que agregar que ese plan estaba so- 
bradamente justificado por las incesantes revoluciones en que 
había vivido el país desde la declaración de su independen- 
cia y por las nuevas y gravísimas amenazas de absorción (jue 
surgían del lado de la frontera argentina. 

El Uruguay quería vivir en paz y para conseguirlo recu- 
rría a dos grandes potencias europeas que en esos momentos 
estaban distanciadas por rivalidades i>olíticas, lo que quitaba 
a su acción conjunta todo riesgo de librarse de un zarpazo 
americano para sufrir un zarpazo europeo. 



El almirante Mackau desconoce al Gobierno Oriental su 
calidad de aliado del Gobierno Francés. 

Hemos dicho que durante el curso de las gestiones que se- 
guía el doctor Ellauri, el Gobierno Francés en\ió al Río de 
la Plata un comisionado que se entendió directamente con 



<;OHIKI!NO l)K KIVKRA 109 

Rosas y dejó al irohionio de Kivcra oii el inás a))solut() aisla- 
miento. 

Ese comisionado era el almirante Maelcan, quien llegó al 
puerto de ]Montevideo a fines de septiembre de 1840 al frente 
de una fuerza naval respetable. 

Durante su breve p(rnuiiieiicia en ^Montevideo, eelebró una 
conferencia con el Ministro de Relaciones Exteriores don 
Francisco Antonino Vidal, cuyas conclusiones se hicieron cons- 
tar en un protocolo que puede resumirse así: 

El ^íinistro doctor Vidal sostuvo el derecho del Uruguay 
a intervenir en el tratado, invocando su alianza con Fran- 
cia, alianza que apoyaba en los siguientes hechos: el desem- 
barco de 400 marinos y el armamento de 1,000 franceses en 
septiembre de 1839, cuando las fuerzas de Rosas amenazaban 
igualmente a la República y a la escuadra francesa ; los acuer- 
dos y convenios entre los agentes franceses y el Presidente 
Rivera ; el subsidio de cien mil patacones entregado por los 
agentes franceses al Presidente Rivera para llevar adelante 
la guerra contra Rosas; la toma de Martín García por las 
fuerzas francesas y orientales y su ocupación subsiguiente 
bajo los dos pabellones; la convención de abril de 1889. me- 
diante la cual el Gobierno Oriental había renunciado derechos 
y sacrificado intereses como medio de dar eficacia al bloqueo, 
•pie de otro modo habría sido ilu.sorio. 

Contestó el almirante "que no ignoraba ninguno de esos 
hechos: que sabía <jue las armas de los dos Gobiernos habían 
concurrido muchas veces por esfuerzos connines a obtener tal 
o cual resultado ; pero que no estaba dispuesto a sacar de esa 
reunión accidental las consecuencias que deducía el señor 
Ministro". 

Quedaba negado, pues, lo cpie Thiers, como Presidente del 
Consejo de Ministros de Francia, había confesado y declarado 
desde la tribuna de la Cámara de Diputados de su país: 
la alianza de hecho entre el Thniguay y la Francia, surgida en 
octubre de 1838, por obra del interés francés de ganarse el 
puerto de ^Montevideo, como base de operaciones para el blo- 
queo contra la Argentina y para la venta de las presas que 
hieiera su escuadra. 

^fackau quería com-lnir cuanto antes la paz c(m Rosas, 
para llevarse a Francia la fuerte escuadra que estaba en el 
Plata. Todo lo demás le era secundario y no había para qué 
tomarlo en cuenta, aún cuando saltara a los ojos la enonnidad 



lio lirSTORIA DEL t'RUfiU^Y 



de entregar a Rosas, c-omo precio de la paz. al aliado de la 
víspera. Tal era lo ([ue resultaba de sii nerviosidacl dii>lom«i- 
tiea y lo que efeetivamente se encargaron de demostrar los 
sucesos. 

El doctor Florencio Várela terció en esta contienda con un 
contundente alegato a favor de la efectividad de la alianza. 

El cabotaje uruguayo, decía el doctor Várela, se encargaba 
de hacer ilusorio el bloqueo contra la costa argentina. Pero 
"el mal era irremediable", dada la proximidad de las costas 
y de ese mal no era pasible responsabilizar al gobierno de 
Oribe. Surgió luego el incidente de las presas. Ante la nega- 
tiva de Oribe a permitir en el puerto de Montevideo la venta, 
resolvieron los bloqueadores "quemar los buques y cargamen- 
tos apresados". Rivera en cambio dio a los franceses en el 
puerto de la Colonia, la autorización que su antagonista les 
había negado en el de IMontevideo. El campamento de Rivera 
"se hallaba desde el mes de septiembre de 1838, bajo los mu- 
ros de ^Montevideo : los agentes diplomáticos y militares de 
Francia pasaron a él repetidas veces y concertaron medidas 
(le interés común, que suponían conferencias, consentimiento 
mutuo, mutuas concesiones y ventajas. . . La primera fué el 
ataque y la toma a viva fuerza de la Isla de Martín García, 
el 11 de octubre, por una división naval oriental unida a 
otra francesa... El suceso de Martín García fué la base de 
una alianza que debería muy pronto adquirir más fuerza y 
regularidad. Un mes después de él, ocupó el general Rivera 
el gobierno de ^lontevideo y desde ese momento no hubo fran- 
quicias, no hubo auxilios de que pudiera disponer el Estado 
Oriental, que no fueran concedidos a Francia, aún a costa d* 
sus más vitales intereses". El comercio oriental, concluía ci 
doctor Várela, fué destruido para. impedir ({ue a su sombra 
pudiera violarse el bloqueo de la costa argentina. 



Por el tratado Mackau queda el Uruguay abandonado a 
Rosas. 

Poco tiempo antes del arribo de IMackau se habían iniciado 
gestiones de paz entre la Argentina y Francia, por intermedio^ 
del Ministro Británico Maxideville. El Cónsul francés en Mon- 
tevideo había propuesto que sus eonnaí'ionales recibieran el 
tratamiento de los subditos de la nación más favorecida ; que 



GOBIERNO DE RIVKI5A 1 1 1 



un jurado arbitral fijara la incliMiinizaeión di'l)ida a las fa- 
milias de Bat'kle y otro.s franceses atropellados. Y Rasas había 
propuesto, a su turno : el envío a Francia de un Ministro 
Diplomático i)ara el arreglo de los asuntos pendientes; el 
levantamiento del bloqueo; la restitución de la Isla de ]\Iartín 
García ; el retiro de las armas y elementos navales suminis- 
trados por la escuadra a los sublevados; y la concesión a los 
franceses de idénticas franquicias a las que la Francia dis- 
pensara a los extranjeros en su territorio. Pero no habían 
tenido éxito. 

He aquí ahora las cláusulas del tratado que Rosas y ]Mackau 
suscribieron a fines de oetubre de 1840: 

El Gobierno de Buenos Aires reconoce que deben ser in- 
demnizados los franceses que han experimentado pérdidas o 
sufrido perjuicios en la Argentina. El monto de las indem- 
nizaciones será fijado por arbitros. La escuadra francesa le- 
vantará el blo<[ueo. evacuará la Isla de ^Martín García y res- 
tituirá los barcos de guerra argentinos capturados durante el 
bloqueo. Los emigrados podrán regresar a Buenos Aires, ex- 
cepto aquellos cuya permanencia en el país fuera incom- 
patible con el orden público. Los franceses en territorio ar- 
gentino y los argentinos en territorio francés, serán tratados 
en sus personas y en sus bienes como los de la nación más 
favorecida, quedando exceptuados de esa reciprocidad los fa- 
vores que la Argentina acuerde a otros países de la América 
del Sur. 

En cuanto al Uruguay, el aliado de hecho de Francia, 
véase lo que decía el tratado en su artículo 4.°: 

"Es entendido que el Gobierno de Buenos Aires seguirá 
considerando en estado de perfecta y absoluta independencia 
a la República Oriental del Uruguay, en la forma que lo ha 
estipulado en la Convención Preliminar de Paz de 27 de agosto 
de 1828 con el Imperio del Brasil, sin perjuicio de sus de- 
rechos naturales siempre que lo demandaren la justicia, el 
honor y la seguridad de la Confederación Argentina". 

Todo en ese convenio era favorable a Rosas. Se levantaba 
el bloqueo, se restituía la escuadra, se abandonaba ^Martín 
García, es decir, se le concedía lo esencial. En cambio de la 
cesación del estado de guerra, Rosas reconocía en principio 
que debía indemnizaciones por sus atentados, pero se reser- 
vaba dificultar las decisiones de los arbitros a fin de no pagar 
nada; concedía a los franceses el derecho que ya tenían los 



112 HISTORIA DEL URUGUAY 



ingleses de no jn-estar servicio militar; autorizaba la rc])a- 
triación de los emigrados argentinos, pero solo de aquellos a 
quienes él diera permiso en cada caso; y reconocía la inde- 
pendencia uruguaya, sin ])erjuieio de atacarla cada vez (jue 
quisiera hacerlo. 

El triunfo de Rosas era considerable y sus amiji\)s y admi- 
radores de la Sala de Representantes resolvieron festejarlo de 
una manera excepcional, tan excepcional como el triunfo 
mismo: el mes de octubre en que se había suscrito el tratado, 
ya no se llamaría octulire, sino "el mes de Rosas". 

Pide aclaraciones el Gobierno Umg-uayo, pero sin resultado. 

Terminada la negociación, el almirante francés envió a 
Montevideo una copia del tratado y el Gobierno Oriental en 
el interés de fíjar el alcance de la cláusula cuarta que le era 
relativa, despachó a la rada de Buenos Aires a don Andrés 
Lamas con un pliego de instrucciones encaminadas a obtener 
varias aclaraciones: si quedaba o no reconocido el gobierno de 
Rivera ; si la independencia de que se hablaba era o no la 
misma de (|ue el país venía gozando desde diez años atrás ; 
qué es lo que Rosas haliía (luerido reservarse para desconocer 
la independencia oriental bajo el manto "de los derechos na- 
turales de la Argentina". 

YA doctor Lamas celebró una conferent-ia con .Mackau. cu- 
yas conclusiones fueron consignadas en lui meninrandum o 
protocolo que el almirante se negó a firmar, aunque declarando 
que su contenido era la versión exacta de la enti'evista. 

Cuando en 1839, decía en ese documento el doctor Lamas, 
el Gobierno Oriental adoptó la política (jue ha seguido des- 
pués, abandonó la ventajosa posición de neutral entre Francia 
y Rosas. Los agentes franceses exigían compromisos muy 
•serios, sin ofrecer ninguna compensación en camliio : querían 
un puerto seguro, un país amigo y además una declaración 
formal de guerra al enemigo de Francia, y a todo eso se 
prestó el Gobierno, contando con la lealtad de la Francia. De- 
claró, pues. Rivera la g-uerra a Rosas; unió sus fuerzas a 
las francesas para la toma de ^lartín García ; y acordó a los 
franceses, ¡lor la convención de 23 de abril de 183Í). i)rivilegios 
sin ejemplo en los anales internacionales, como medio de ase- 
gurar el bloqueo de su escuadra insuficiente. Rosas entonces 
lanzó el ejército de Echagüe sobre el territorio nruguayo y 



(.(imilINO 1)K K1\EKA 113 



l(Ks afrentes de Fiiiiuia a su turno prostaiMn ayuda a Ijayalle 
en Martín García y cu Entre lííos dí'indole arnuis, municiones 
y medios de transporte, y además bajaron 400 soldados para 
la defensa de ^Montevideo. Por todo lo cual concluía el doctor 
Lamas, es bien explicable (pie Tliiers haya ])roc]aniado al 
Uruguay conu) aliado dt> Francia desde la tribuna parlamen- 
taria de su i)aís. 

Mackau insistió en su tesis de ({ue el Gol)ierno Oriental y el 
general Lavalle no habían sido aliados, sino ])uraniente "au- 
xiliares de Francia", y refiriéndose luego al alcance de la 
cláusula 4.'' dijo (pie era iiniecesaria la aclaración (pie se pedía, 
puesto (jue esa cláusula reconocía la soberanía de la Kepúbliea 
Oriental y (jue una de las consecuencias de la s()l)eranía con- 
sistía precisamente en establecer el gobierno y el régimen inte- 
rior que el país conceptuase más convenientes. 

Fué inútil (pie el doctor Lamas recordara ipie liosas seguía 
dando en esos precisos momentos a Orilie el tratamiento de 
■"Presidente legal". A sus objeciones ilevantable-i. contestaba 
Mackau (pie bastaba el reconocimiento de la inde]iendencia y 
í¡u« todo lo demás debía mirarse como consecuencia de ese 
reconocimiento ! 



Protesta el Gobierno Urug-iiayo contra otras cláusulas del 
tratado. 

Puiílicó también d (íobicrno Oriental una protesta contra 
la devolución de ^lartín (íarcía y de los barcos capturados. 

''La Isla de >Martín García, dcL-ía. fué atacada y tumad.-i 
í)0r las fuerzas c()})d)inadas de Francia y de la Hepúhlic;!. 
Esta ha conservado allí una pequeña guarnición y su ]iab(-Ilón 
flameaba al lado del pabellón fi'ancés. El plenipotenciario 
francés ha podido d(;sposeer a sus representantes, pero no ha 
podido, sin violar derechos que todas las naciones r(\spetar.. 
despojar a la República de la posesión en que se hallaba de 
la Isla y de la parte (|ue le corresponde en el armamento 
apresado en (^lla. La República, a solicitud del señor contra- 
almirante Leblane y fiada en la lealtad francesa, disminuy(» 
la guarnición de la Isla y descuidó fortificarla"... Si el al- 
mirante evacúa así la Isla sin dar al Gobierno el tiempo nece- 
sario para p(merla en estado de defensa y entrega además a 
Rasas los barcias en estado de servicio. cometiM-á "contra la 



114 HISTORIA DKL rRrOT'AY 



República dos actos de hostilidad no sólo gratuitos sino inme- 
recidos, pues la República no ha hecho sino repetidos e ini- 
jiortantes servicios a la Francia". 

"El Gobierno, concluía el doeninento, por su honor y p(.r 
el respeto que se debe a toda nación independiente, sea grandi,; 
(. pequeña, fuerte c débil, no puede envolver este acto en el 
silencio que se ha propuesto guardar sobre todos k)s del ple- 
nipotenciario francés, sin oponer la más formal protesta, como 
por el presente documento lo hace a los fines que el derecho, 
la razón y la justicia den lugar". 

Martín Gareía fué evacuada por la guarnición francesa cua- 
tro días después de habei-se notificado al Gobierno Uruguayo 
el tratado, y no habiendo sido posible en ese brevísimo lapso 
(le tiempo ni organizar defensas ni enviar tropas allí, la Isla 
fué ocupada por las armas del dictador argentino. 

Protesta de los residentes franceses. 

A la protesta del Gobierno Uruguayo, se agregó la de los 
residentes franceses. En una numerosa asamblea que tuvo 
lugar en el teatro, resolvieron enviar a París, en calidad de 
delegado, a don Alfredo Bellemare, con el encargo de gestio- 
nar el rechazo del tratado IMackau por el parlamento de su 
patria. 



Se retira Mackau del Río de la Plata. 

Pocos días después arribaba a IMontevideo el almirante 
IMackau, de paso para Europa, con el propósito de despedirse 
del Gobierno. Solicitó una casa para alojarse y todas le fueron 
cerradas. Quiso buscar una fonda y en todas le fué negado 
el alojamiento. Al desembarcar fué rodeado por agentes d'í 
]*olicía, como medio de impedir incidentes dentro de ese cal- 
deado ambiente, y así custodiado se dirigió a la Casa de Go- 
bierno. El Presidente Rivera lo recibió de gran gala y al des- 
pedirlo le dijo que difícilmente podría retribuirle su visita, 
porque se lo dificultaban atenciones muy urgentes y además 
porque no quería obligarlo a demorar su estada en IMontevi- 
deo. Y el visitante se retiró en la misma forma en que había 
llegado. 

Talfué el resultado de la misión Mackau, a la que el Go- 



COBIEHXO IW. UIVKKA 115 



bienio Francés había atribuido diH-isiva importanoia según, 
se desprende de estas palabras del Key al Parlamento : , 

"No habiendo obtenido la satisfacción que se pidió a la Re- 
pública Argentina, di orden para que nuevas fuerzas se fue- 
ran a reuni¿* a la escuadra que está encargada de mantener 
en aquellos mares el respeto debido a nucvstros derechos y 
para proteger nuestros intereses". 

De los datos que registra la prensa de la época, resulta 
que era efectivamente muy fuerte la expedición militar a cuyo 
frente se encontraba Mackau cuando negociaba con Rosas el 
tratado que tan deplorable impresión había producido en 
]\rontevideo. Véase cómo se descomponía : 

S6 buques grandes provistos de 561 cañones ; 15 bucjues me- 
nores; 23 chalupas: con seis mil hombres entre dotación y 
tropas de desembarco. 

Cuando Mackau estaba con ese enorme aparato militar en 
la rada de Buenos Aires. Lavalle se aproximaba a las trin- 
cheras de Palermo sin atreverse a atacarlas con sus débiles 
caballerías, e invitaba al almirante a realizar un desembarco 
que habría determinado, sin derramamiento de sangre, el de- 
rrumbe de Rosas. 

No habiendo tenido éxito esa^s gestiones, Lavalle se retiró 
y jNIackau se entregó a Rosas en la forma que hemos visto. 

Polvareda que levanta en el parlamento de Francia el tra^ 
tado Mackau. 

La protesta uruguaya encontró eco simpático en Francia. 

El marqués Dreux - Brezé, miembro de la Cámara de los 
Pares, interpeló en febrero de 1841 a Guizot que había suce- 
dido a Thiers en la presidencia del Consejo de ^Ministros. 

"En la convicción profunda en que estoy — empezó di- 
ciendo — convicción de que participan, me atrevo a manifes- 
tarlo, una gran parte de mis colegas, de que este tratado es 
contrario a los intereses y a la dignidad de la Francia, urge 
antes de su ratificación obtener del Gabinete actual las expli- 
caciones que tenemos derecho a pedir y exigir". 

En 1838. continuó el orador, el Vieecón.sul Royer inieió 
su reclamo contra Rosas, y no habiendo alcanzado éxito hubo 
que decretar el bloqueo a fines del mismo año. En ]Mont*vicleo 
gobernaba Oribe, dominado por Rosas, y contra Oribe luchaba 
Rivera en la campaña. Aprovechando el bloqueo, Rivera se 



lltí IIISTOUIA 1>KL UKUGUAY 



aproximó a Montevideo y se puso en contacto con el almirante 
Leblanc, de quien recibió municiones y ayuda para la toma 
de la Isla de ]\Iartín García. Con el (m/ucui-so di' Francia, Ri- 
vera forzó a Oribe a salir del ]iaís. El nuevo g()l)ierno nos debía, 
pues, su existencia, y teníamos intei-és en prote^rlo. A ins- 
piración nuestra ^lontevideo declaró la guerra a Kosas en 
1839, y con el concurso de Francia marchó Lavalle conti'a 
Echagüe y contra Rosas. Cuando Lavalle a\ai!/aba KOie 
Buenos Aires. Rosas trasladó su campo a Santos Lugares, 
dejando desguarnecida la plaza, a pesar de que allí estaba 
la escuadra francesa, dando lugar con ello a que Lavalle. que 
carecía de infantería, i)idiera inútilmente un desembarco. 

Después de esa síntesis histórica, entró el orador al examen 
del tratado del punto de vista francés. Rosas se reconocía 
obligado al pago de indemnizaciones, i)ero sin fijar monto 
alguno, como se le había exigido por el primer ultimátum. 
Concedía a Francia el tratamiento de la nación más favore- 
cida, pero con la salvedad de que esa nación no fuera ame- 
ricana, salvedad que no existía en el tratado de Buenos Aires 
con la Gran Bretaña. En cuanto a ''nuestra alianza con ]Mon- 
tevideo, alianza firmada con sangre, ya que no con tinta, era 
un hecho inmenso que rompía aquella liga americana y colo- 
caba una República de nuestro lado". 

Se limitó a contestar Guizot que Mackau se había ajustado 
a sus instrucciones y que el tratado tenía la plena aprobación 
del Rey y del ^Ministerio. 

Concluidos los debates en la Cámara de los Pares, interpeló 
el diputado Mermilliod en la otra rama del parlamento fran- 
cés, invocando una protesta que llevaba la firma de 1,780 
franceses domiciliados en ^Montevideo. 

Guizot dijo entonces que el bloqueo de las co.stas de Buenos 
Aires había impulsado considerablemente el comercio uru- 
guayo y que era explicable que los habitantes de ^Montevideo 
se mostraran adversos al levantamiento del bloqueo. Y agregó 
en apoyo del tratado (|ue desde la iniciación del confiicto. en 
octubre de 1838, se habían sucedido tres gabinetes en Francia 
y que los tres habían pensado del mismo modo, dando ins- 
trucciones reiteradas a los agentes en el Ríoi de la Plata 
para ([ue apresuraran la negociación sobre la doble base del 
tratamiento de la nación más favorecida y del reconocimiento 
en principio de las indemnizaciones. Leyó luego un oficio de 
su antecesor Thiers a los agentes de Francia, en que les decía 



(.íoiüKK.M) Di: iíivi:i;a 117 



que sostuvieran a Rivera y a Lavalle "en easo de triunfar", 
easo que no se había producido, i)ues Rivera y Lavalle no 
habían triunfado. Y concluyó proclamando el principio ile la 
no intervención, como el único legítimo. El tratado ^Fackau 
evitaba que la Francia tuviera que seguir interviniendo en 
las discordias civiles del Plata, "a las que se había mezclado 
en un mal momento". 

Tenía razón Guizot al corrcinciDuar la incorporación de 
algunas de las firmas de la protesta a la prosperidad comercial 
del puerto de ^Montevideo emanada del bloqueo. Pero en lo 
que no tenía excusas su actitud, era en cuanto condenaba al 
sacrificio al aliado de Francia, después de haberlo empujado 
a la guerra contra Rosas cuando necesitaba de su ayuda para 
hacer factible el bloqueo! 

Alfonso de Lamartine, que en otra sesión de la Cámara de 
Diputados de Francia había expresado su voto a favor de la 
ratificación del tratado, al enterarse más tarde de todo lo (|ue 
había ocurrido en el Río de la Plata dijo al delegado de los 
franceses de .Mi>ntcvideo Mr. John Le Long. sucesor de Belle- 
mare, que le parecía ÍDdudal)le. dada la torma en (¡ue habían 
pasado los hechos, que el Gobierno Francés debía colocar al 
Estado Oriental al abrigo de los ataques de Rosas. 

Era e.sa, efectivamente, la fórmula del momento. Puesto 
que existía una 'alianza de hecho; puesto cpie el Uruguay se 
había lanzado a los últimos extremos contra Rosa.s contando 
con la efectividad de esa alianza ; pue.sto que todos reconocían 
que la escuadra francesa había sacado un partido importante 
del puerto de ^lontevideo para establecer y mantener el blo- 
queo argentino, lo menos que podía y debía hacer el Go- 
bierno Francés era asegurar la independencia del Uruguay, 
impedir cjue Rosas a la sombra del tratado Mackau lanzara 
sus ejércitos contra el territorio uruguayo, como el dictador 
argentino estaba resuelto a hacerlo. 

Para explicar la precipitación del tratado dijeron a prin- 
cipios de 1841 algunos diarios y corresponsales de París, que 
al partir ^lackau con destino al Río de la Plata existían temo- 
res de confiagración europea y que entonces el principal cui- 
dado del almirante debía consistir en regresar pronto a Eu- 
ropa con toda la escuadra allí inmovilizada. Pero en tal east), 
¿por qué no se aclaró la cláusula cuarta antes de ratificar el 
tratado o por lo menos por qué no se expresi') al tiempo de la 
ratificación que la Francia garantizaría la efectividad de la 



118 HISTORIA DEI, VKL'v.VAY 



iadepoiuléii'-ia nni.uiiaya e-ontra Rosas? Scnc-illamente porque 
hecha hi paz. ya no había necesidad de utilizar al Uruguay y 
el Gobierno Francés resolvía dejar a Rosas en pl^na libertad 
de acción ! 

La mediación franco - inglesa. 

Abandonado L-i-uelmente por la Francia, resolvió el gobierno 
de Rivera apelar a hi Inglaterra }>ara ol)tener la ]iacificación 
del Río de la Plata. 

A mediados de 18-il declaraba lord Palmerston ante el Par- 
lamento Inglés que el Gobierno Uruguayo le había pedido su 
mediación y ((ue él consideraba factible un arreglo entre Bue- 
rios Aires y jlontevideo, porque la disputa "era más personal 
que política'', y porque el Gobierno de Buenos Aires había 
acordado anteriormente a Inglaterra su confianza para el arre- 
glo de las diferencias con Francia. 

Explicando su iniciativa decía el gobierno de Rivera a la 
Asaniblea en Octubre del mismo año : 

"La paz interior y exterior es la primera necesidad de este 
país... No podemos producir ni consumir en medio de* dis- 
turbios y resueltas que arruinan todo... Esta convicción y 
el deseo de dar al mundo una prueba inequívoca de modera- 
ción y de que no era la República del Uruguay la que había 
prm-Dcado y mantenido esta guerra impolítica, decidieron al 
gobierno a solicitar la mediación y buenos oficios de una na- 
ción poderosa como la Inglaterra y que tiene además muchos 
títulos a la consideración del Gobernador de Buenos Aires". 

Nada pudo conseguirse, sin embargo, por la resistencia de 
Rosas. 

Un año después volvió a reanudarse la gestión, por inicia- 
tiva de la cancillería inglesa asociada a la france.sa, inclinada, 
al parecer, a reaccionar contra su conducta anterior. Precisa- 
mente en esos momentos "El Nacional" publicaba un violento 
editorial contra el tratado IMackau y el Gobierno se apresu- 
raba a desagraviar a los representantes de Francia mediante 
un decreto por el que eliminaba su suscripción al diario y le 
retiraba la publicación de los documentos oficiales con que venía 
favoreciéndolo. 

Rosas pa.só los antecedentes de la nueva mediación a su Sala 
de Representantes y é.sta votó la repulsa en la forma que sub- 
sigue, propuesta por don Roque Sáenz Peña, don Manuel de 



GOHIEKNO ÜK KIVKKA 119 



Iri^oyen y don Jium Antonio" Argerielí, niienibros do la Co- 
niisióji de Negt)c'ios Constitucionales: 

''Catorce años de duras pruebas nos dicen con lirme acolito 
que la paz os iinposiblo para la ('onfederación Argentina 
mientras el usurpador Rivera y los traidores salvajes unita- 
rios iníluyan en los destinos de la Jíepública Oriental del Uru- 
guay : tal es el juicio de la provincia de Buenos Aires. Que 
nuestras armas y sólo ellas den pronto a esta fatigada tierra 
inia verdadera paz: tal es su resolución. Al proclamarla los 
representantes del pueblo, sienten bullir la sangre con insólita 
tuerza y llenos del santo ardor de la justicia, aceptan toda 
la responsabilidad de tan solemne detenninación''. 

Habían fracasado las intervenciones amistosas, porque Rosas 
exigía el restablecimiento de Oribe en la presidencia y esa con- 
dición, como lo declaraban los plenipotenciarios británico y 
trances en nota de fines de agosto de 1842, no podía propo- 
nerse a un Estado independiente como el Uruguay. 



El tratado de comercio con Inglaterra. 

El intervalo que media entre las dos repulsas de Rosas, fué 
aprovechado por la Legación Británica para obtener la rati- 
ficación del tratado de comercio ajustado durante el interi- 
nato de don Carlos Anaya, tratado que establecía la libertad 
de comercio entre el Uruguay y la Gran Bretaña ; que pres- 
cribía que las mercaderías de cada uno de ellos no pagarían 
en las aduanas del otro derechos más altos ({ue los que tuvie- 
sen que pagar los demás países extranjeros: y que obligaba a 
cooperar a la abolición del tráfico de esclavos. 

Según el dictamen presentado a la Cámara de Diputados 
por los doctores Estanislao Vega, Joaquín Sagra y Salvador 
Tort, habían ya desaparecido los tres motivos determinantes 
del largo y deliberado aplazamiento del tratado durante todo 
el gobierno de Oribe : la concesión de ventajas especiales y ex- 
traordinarias a España, porque ya se había formalizado el 
tratado con la madre patria, sin otorgarle ninguna concesión 
extraordinaria.; la exención de la guardia nacional a favor de 
los subditos ingleses, porque las leyes y decretos vigentes se 
habían encargado de eximir de todo servicio a los extranjeros 
que tuvieran Cónsul; y el derecho de practicar el culto pro- 
testante en casas o capillas privadas, porque ya se había con- 



120 nrSTOÜIA DEL X'RUGUAY 



cedido a la colectividad británica autorización para construir 
un templo cu la ciuilad de iloutevideo. 



El famoso ultimátum de 1842. 

Hasta el último momento estuvieron los [Ministros media- 
dores manteniendo el optimismo del Gobierno Oriental acerca 
de una enérgica actitud de la Inglaterra y de la Francia en 
(>l caso de que los ejércitos de Rosas se resolvieran a invadir 
Diez días después de la batalla del Arroyo Grande, el 16 
de diciembre de 1842, cuando ya el ejército de Oribe se dis- 
ponía a vadear el Uruguay para lanzarse sobre Montevideo, 
el Ministro Mandeville dirigía a Rosas este ultimátum: 

■"De conformidad con las instrucciones recibidas de su Go- 
bierno: siendo la intención de los Gobiernos de la Gran Bre- 
taña y de la Francia adoptar las medidas que se crean nece- 
sarias para traer a su término las hostilidades entre las 
Repúblicas de Buenos Aires y de ^Montevideo : el que suscribe, 
[Ministro Plenipotenciario de Su Majestad Británica en la 
Confederación Argentina, tiene el honor de expresar a 8. E. 
el señor Arana, Ministro de Relaciones Exteriores del Go- 
bierno de Buenos Aires, que la sangrienta guerra hoy exis- 
tente, entre el Gobierno de Buenos Aires y [Montevideo debe 
(■(sar: y en interés de la humanidad como en el de los sub- 
ditos británicos y franceses establecidos en el país que es 
ahora teatro de la guerra, él exige del Gobierno de Buenos 
Aires: 1." el inmediato cese de las hostilidades entre las tro- 
llas argentinas y las de la República del Uruguay; 2" que 
las tropas de la Confederación Argentina — entendiéndose 
que harán lo mismo las de la República del Uruguay — per- 
manecerán dentro de sus respectivos territorios y regresarán 
a él en caso de haber pasado su frontera". 

Una comunicación análoga fué suscrita y dirigida a la 
cancillería de Rosas por el [Ministro de Francia conde De- 
lurde. 

El mismo día 16 el [Ministro Mandeville se dirigía a la 
cancillería nruguaya, anunciándole que había llegado el co- 
rreo de Europa, y que en consecuencia se encontraba habili- 
tado para responder a su pregunta respecto de las medidas 
Cjue podría adoptar la mediación para impedir la caída de la 
plaza de [Montevideo. 



GOBIEEXO DE RIVERA Í21 



' El Gobierno de Su .Majestad, jiintaineiite con el de Fran- 
cia — le deeía — han ronalto ijoncr tcnnino a la guerra, y ha- 
biéndosenos hecho conocer las intenciones de nuestros respec- 
tivos Gobiernos, yo y el eoiide Delurde lu'inos dirigido una 
nota al Gobierno de Buenos Aires, pidiéndole una siLspensiún 
de hostilidades y el regreso de las tropas argentinas a su 
territorio... Tengo motivos para ereer (jue una fuerza naval 
francesa de eousideraeión estará muy pronto en el Río de 
la Plata para obligar a la cesación de las hostilidades en el 
caso de (pie ésta no se consiga como lo he solicitado hoy con 
el Ministro de Francia ". 

Meses después declaró la cancillería inglesa (pie no se ha- 
bían dado tales instrucciones al ^Ministro ^landeville; pero las 
terminantes declaraciones de las notas, por una parte, y la 
continuación de Mandeville al frente de la Legación, por otra, 
prueban que sólo trataba la cancillería de explicar una con- 
tradicción flagrante entre la intimación a Rosas y la abso- 
luta inactividad subsiguiente de los buques franco - ingleses 
surtos en el Río de la Plata. 

Lo que había ocurrido es fácil de presumir. Las cancillerías 
europeas habían creído que con una nota amenazadora Rosas 
se detendría. Pero Rosas, que sabía cuáles eran las intencio- 
nes verdaderas de la Inglaterra y de la Francia, ayudado po- 
siblemente en sus indagaciones por el mismo ^Ministro Man- 
deville, su íntimo amigo, procedió como si el ultimátum no 
existiera, y el ejército de Oribe continuó tranquilamente sus 
preparativos para cruzar el Uruguay y dirigirse a Monte- 
video. 



Una nota recapitulativa de la cancillería uruguaya. 

En los primeros días de marzo de 1843, ya iniciado el sitio 
por el ejército de Oribe, llegó el ^Ministro Mandeville a ]Mon- 
tevideo. Don Santiago Vázquez, que ocupaba entonces la Se- 
cretaría de Relaciones Exteriores, celebró varias entrevistas 
con él, a fin de obtener la mediación armada de la Inglaterra, 
y no habiendo tenido éxito la gestión verbal, dirigió una nota 
al diplomático inglés, en la que historiaba los antecedentes de 
la mediación en esta forma : 

a) En julio de 1841 la Inglaterra ofreció su mediación a 
los dos Gobiernos del Río de la Plata, mediación ([ue fué acep- 



122 HISTORIA DEL URUGUAY 



tada por la cancillería uruguaya y rechazada por la argen- 
tina. Comentando lord Aberdeen la negativa de Kosas, decía 
en diciembre a la primera: "El Gobierno de Su Majestad 
lamenta las manifestaciones de hostilidad y rencor personal 
que dictaron aquella resolución y que si se tolera puede alejar 
mucho la conclusi(')n de la paz". 

b) Un año después, en junio de 1842, el Ministro Mande- 
ville comunicaba a la cancillería oriental que estaba autorizado 
"para asegurar que el Gobierno de Su Majestad no era indi- 
ferente al bienestar y prosperidad de la República del Uru- 
guay, como lo probarían dentro de poco las medidas que se 
tomarían para conservarla". 

Agregaba que nada robustecería tanto la buena disposición 
del Gobierno Inglés como la aceptación del tratado de amistad, 
comercio y navegación propuesto en 1835. 

Contestó Ib. cancillería oriental que el Gobierno había re- 
suelto aplazar la aceptación del tratado de comercio hasta que 
"el de Su Majestad prometiese a la República del Uruguay 
la protección que le pedía"; pero que, en presencia de las 
]nanifestaciones recibidas, estaba resuelto a acceder a su soli- 
citud. 

Una vez firmado el tratado tenía, pues, el Gobierno Oriental 
"el derecho de exigir" el cumplimiento de la condición con 
que se había anticipado el consentimiento. 

c) Rosas rechazó la mediación franco - inglesa en septiem- 
bre de 1842. Pero el Gobierno Oriental podía estar tranquilo, 
porque en todas sus notas le anunciaba Mandeville el pro- 
pósito de adoptar "otras medidas". 

"Tantas y positivas seguridades no podían menos de crear 
en el Gobierno Oriental una convicción arraigada de que 
cualquiera que fuese el curso que tomaran las operaciones 
militares, las armas de la Inglaterra y de la Francia alejarían 
combinadas los estragos de la guerra del suelo de la República 
y que su quietud y su prosperidad tan importantes para el 
comercio de aquellas naciones no se verían expuestas a des- 
aparecer en la conflagración de las armas". Tan confiado es- 
taba el Gobierno, "que no preparó por eso los elementos de 
resistencia y de defensa dentro del Estado para el caso de 
un revés". 

fl) En esas circunstancias se libró la batalla del Arroyo 
Grande, que abría al vencedor el territorio de la República. 
El Gobierno Oriental se apresuró a preguntar qué era lo que 



GORIERXO DE RIVERA l23' 



podrían hacer los plenipotenciarios de Francia y de Ingla- 
terra, y fné como respuesta a su pregunta que' los dos ]\linis- 
tros dirigieron a Rosas el ultimátum del 16 de diciembre, in- 
vocando expresas instrucciones de sus respectivos Gobiernos. 
El ultimátum fué también comunicado a la cancillería orien- 
tal .y entró naturalmente como principal elemento en la or- 
ganización de la defensa nacional. 

( ) Kosas hizo caso omiso de la intimación y entonces el 
^linistro Mandeville urgido por la cancillería oriental, declaró 
que no tenía instrucciones y (jue aún cuando las tuviera ca- 
recía de tropas de desembarco. 

Pero en el ultimátum del 16 de diciembre se invocaban 
instrucciones y en cuanto a tropas, según la declaración del 
comodoro Purvis, jefe de la escuadra, eran suficientes las que 
existían en el puerto de Montevideo para asegurar el cum- 
plimiento pleno de la intimación.* 

El Gobierno Oriental no puede renunciar *'a la interven- 
ción armada solemnemente prometida" y aceptada a su debido 
tiempo. 

''Por lo tanto, el infrascrito concluye pidiendo a Vuestra 
Excelencia que de acuerdo con el señor comodoro Purvis, 
adopte aquellas medidas que hagan efectiva la intimación de- 
nunciada en 16 de diciembre: bien sea abriendo nuevas pro- 
posiciones fundadas en el hecho de haber eonstitucionalmente 
cesado en el mando el general Rivera y que den por resultado 
un armisticio inmediato y la pronta retirada de las fuerzas a 
distancia de esta plaza ; o bien si el Gobernador Rosas y su 
teniente Oribe se obstinan, cojno el infrascrito lo cree, apo- 
yando V. E. y el comodoro por todos sus medios las fuerzas y 
recursos de que el Gobierno dispone para terminar la lucha 
lo más brevemente posible". 

Esta nota, que con tanta fidelidad recapitulaba los princi- 
pales incidentes de la larga negociación, no tenía réplica po- 
sible, y el Ministro ^landeville, en la imposibilidad de des- 
autorizar sus fundamentos, se limitó a decir que él carecía de 
instrucciones para hacer lo que se le pedía y en cuanto a la 
nota del 16 de diciembre, que no era una intimación, "sino 
una declaración", dos pobres defensas de antemano pulve- 
rizadas por don Santiago Vázquez en la nota que acabamos de 
extractar. 



]24 HISTORIA DEL URUGUAY 



Rosas gestiona y obtiene la alianza del Brasil y luego la 
rechaza. 

Mientras que el Gobierno Oriental gestionaba así tan in- 
t'ruetuosamente la intervención armada de la Inglaterra y de 
la Francia, Rosas resolvió buscarse un aliado más eficaz. 

Proseguía en el Brasil, con todo su viejo ardor, la contienda 
entre imperiales y republicanos. De los extremos a que recu- 
rrían los combatientes da idea un decreto de la autoridad re- 
pnblicana de Río Grande que presidía Bentos Gonoalvez da 
Silva, correspondiente a febrero de 1839. Luego de referirse 
a crueldades de las autoridades imperiales contra los solda- 
dos republicanos: a centenares de asesínate^ cometidos por 
siis agentes; a sufrimientos inauditos a que estaban someti- 
dos los prisioneros en los pontones; al exterminio lanzado con- 
tra las que no se doblegaran a la política de Río de Janeiro, 
concluía declarando que " cada asesinato jurídico " que co- 
metiere el Gobierno Imperial daría lugar al fusilamiento in- 
mediato de/nm prisionero del Imperio, " uno por uno, cabeza 
por cabeza ", eligiéndose siempre a los oficiales y funciona- 
rios superiores. 

Era una lucha que, como lo hemos visto en capítulos ante- 
riores, repercutía frecuentemente en nuestra frontera bajo 
forma de verdaderos conflictos internacionales. 

A mediados de mayo de 1841 una fuerza del ejército im- 
perial a cargo del teniente coronel Abreu, penetró en territo- 
rio uruguayo y cometió varios atropellos contra personas adic- 
tas al partido republicano. Rivera, que estaba en el Durazno, 
se dirigió en el acto al General en Jefe del ejército imperial, 
Santos Bárrelo, y exigió la devolución de las caballadas arre- 
batadas y el castigo severo de los jefes causantes del atro- 
pello. 

" V. E. comprenderá bien, le decía, que la irregularidad de 
nna tal conducta de parte de sus subalternos es altamente re- 
prensible y que puede traer consecuencias muy funestas para 
ambos países, alterando el perfecto estado de amistad y buena 
inteligencia en que se hallan y complicando seriamente la si- 
tuación del ejército de Y. E . . . He dado órdenes competentes 
a las fuerzas situadas sobre la frontera para prevenir y casti- 
gar severamente con el poder armado a las partidas del 
mando de Y. E. y a cualquiera otra fuerza armada que in- 



G01UERN0 nK RIVKKA 125 



tentare cometer nuevas agresiones contra aciuel territorio y 
tomar hxs represalias juütas y debidas sobre las fuerzas del 
mando de V. E. en el caso inesperado de que se negaire a dar 
a este Gobierno las satisfacciones que solicita ". 

La nota era terminante y el general Barreto la contestó en 
el acto diciendo que había arrestado al jefe causante de los 
atropellos denunciados por Rivera. 

Tenía, pues, que haber ambiente favorable en Río de Ja- 
neiro para una gestión contra Rivera; y Rosas la inició a prin- 
cipios de febrero de 1843, por intermedio de su Ministro acre- 
ditado ante aquella Corte. 

Pocas semanas después, a fines de marzo, el jMinistro ar- 
gentino general Guido y el Ministro brasileño Carneiro Leao, 
siLscribían un tratado de alianza ofensiva y defensiva, cuyo 
preámbulo decía así : 

''Para restablecer la paz en la República Oriental y en la 
Provincia de Río Grande de San Pedro del Sur y convenci- 
das (las partes ctmtratantes) de que el gobierno de don 
Fructuoso Rivera es incompatible con la paz interna de di- 
cha República y con la paz y seguridad del Imperio y de los 
Estados limítrofes: convencidos de que la perpetuación de su 
poder mantenido por una política dolosa y sin fe no sólo pone 
en peligro la existencia política de la misma República, que 
por el artículo 3.° de la Convención Preliminar de agosto de 
1828 ambos Gobiernos se obligaron a defender, sino que fo- 
menta la rebelión de la provincia de Río Grande del Sur con- 
tra el trono constitucional del Brasil; y Considerando que los 
rebeldes de dicha provincia se han aliado y unido a Fruc- 
tuoso Rivera para hacer la guerra al Imperio y a la Confe- 
deración Argentina... " 

Consecuentes con esta declaración las partes contratantes 
se obligaban a emplear sus fuerzas de mar y tierra para expul- 
sar a Rivera del territorio uruguayo; autorizaban la entrada 
de tropas argentinas en la provincia de Río Grande y de tropas 
brasileñas en territorio oriental; establecían que la escuadra 
brasileña se encargaría de hacer efectivo el bloqueo del puerto 
de Montevideo; y disj)0iiían que una vez concluida la guerra 
no se daría asilo ni en territorio argentino ni en territorio 
oriental a Bentos Goncalvez y a los demás jefes republicanos, 
ni a Rivera y sus jefes en territorio brasileño; y que los ejér- 
citos aliados se retirarían a sus fronteras, salvo que' el Go- 
bierno Oriental solicitare la continuación del auxilio miiitai-. 



126 HISTOBIA DEL . URUGUAY 



fU c'uyu caso las partes contratantes acordarían lo (jue fuere 
conveniente. 

Ese tratado fué ratificado por el Goljicrno Imperial en el 
curso del mismo mes de marzo. En eamhio Rosas le ney:ó su 
firma, invocando que se había prescindido de Oribe, "Presi- 
dente legal" de la República Oriental. 

Es que las circunstancias se habían modificado. Los ejérci- 
tos de Oribe sitiaban a Montevideo y el peligro de la inter- 
vención franco-inglesa había desaparecido. Ya Rosas no temía 
complicaciones y en consecuencia resolvió quedarse solo en te- 
rritorio oriental, y no en condominio con un aliado fuerte 
que habría de querer restaurar el dominio cisplatino perdido 
en Sarandí, Rincón e Ituzaingó, o por lo menos exigir una 
porción congrua que el dictador argentino no deseaba absolu- 
tamente conceder. 



CAPITULO V 
Rosas y su medio 

Rivera mantiene limpia su foja militar. Oribe sombrea la 
suya. 

La batalla del Arroyo Grande había destruido el eiército 
de Rivera, pero no el prestigio del caudillo. Y eso fundamen- 
lalmeute porque Rivera no se había mostrado sanguinario y 
había ido ampliando su criterio político y curándose de ren- 
cores a medida que la lucJia se intensificaba. 

Fuera de los pocos fusilamientos militares que hemos seña- 
lado, su larga foja de servicios estaba libre de sangre de pri- 
sioneros, como frecuentemente lo declaraban con orgullo sus 
admiradores en la prensa, sin que nadie pudiera rectificarlos. 

"Si el general Lavalle — decía editorialmente "El Nacional" 
en 1841, — hubiera fusilado a cuanto rocín cayó en su poder 
desde que se movió de la Isla Martín García hasta que llegó 
p. las puertas de Buenos Aires; si hubiera arrastrado a su 
ejército todos los hombres que encontró a su paso; si hubiera 
declarado propiedad del ejército cuanto estuvo en su poder, 
habría derrumbado a Rosas; estaríamos ya en paz; la Repú- 
blica Argentina sería feliz y no se encontraría como ho^y se 
encuentra". 

Xo! — contestaba "El Coustitacional": otras son las causas 
de los desastres de Lavalle ; el general Rivera, por ejemplo, ha 
Iriunfado siempre sin matar a los prisioneros y sin despojar 
a los propietarios de lo suyo! 

En cuanto a amplitud de criterio y olvido de rencores, va- 
yan estos dos rasgos correspondientes al período álgido de la 
lucha que tuvo su desenlace en el Arroyo Grande: 

El 25 de mayo de 1811 fué solemnizado con grandes fes- 
tejos populares en el Durazno, donde Rivera tenía instalado 
su cuartel general. Se organizó una columna cuyos elementos 
componentes llevaban un gorro adornado con cintas celestes y 
blancas. Cuando la columna llegó al alojamiento presidencial, 
ios manifestantes entregaron uno de los gorros a Rivera y 



128 HISTORIA DEL URUGUAY 



éste se lo puso en la eabeza y i)runnneió una patriótica alo- 
cueión en la que concluía haciendo votos "por que sacudién- 
donos de las pasiones populares formemos im todo nacional 
y compacto, donde se estrellen y despedacen el poder extran- 
jero y la demagogia de los partidos". 

Un año después, en el aniversario de la victoria de Yucu- 
tujá, su Jefe de Estado ^layor general Aguiar mandó publi- 
car una proclama, tendiente a entonar las fibras partidarias 
aurante los preparativos para la batalla del Arroyo Grande, 
Al enterai^e de la proclama Rivera escribió a Aguiar. .según 
una eorresi)ondencia de Paysandú inserta en "El Nacional": 

"Sin embargo de .ser un hecho muy glorioso, yo desearía 
que se solemnizase en secreto y que se fuera olvidando para 
siempre, porque al fin la sangre con que se regaron los campos 
en Yucutujá fué la de orientales contra orientales". 

Ni aún los términos procaces que le dirigía Rosas en sus 
comunicaciones oficiales, conseguían arrancarlo de esa situa- 
ción de ánimo. A fines de octubre de 1842, a tiempo de ul- 
timar sus preparativos para vadear el Uruguay en busca da 
los ejércitos de Oribe, al enterarse de la virulenta nota en que 
Rosas rechazaba la mexliación franco - inglesa, dijo a los que 
lo rodeaban que poco le importaban esos dicterios estampados 
por el dictador en un papel, "que como el de su moneda se 
vuela con el viento". 

Oribe también — hasta octubre de 1838 en que se resignó el 
mando presidencial — se había mostrado respetuoso de todos los 
derechos. Sólo habían podido reprocharle sus adversarios el 
fusilamiento de dos soldados tomados a Rivera al tiempo de 
iniciarse la campaña de ^Misiones, fusilamiento ordenado por 
el Gobierno Argentino, de quien dependía en la guerra contra 
el Bravsil. De las revoluciones de Lavalleja en 1833 y 1834 
y de las de Rivera en 1836 y 1838, había salido libre de sangre 
y sin otros atropellos a la libertad individual que aquellos que 
podía justificar o atenuar grandemente la presión de los su- 
cesos adversos de la guerra. 

Pero sus ideas y su conducta sufrieron un cambio radical 
durante los cuatro años en que actuó como general de Rosas 
en las provincias argentinas, y a tal extremo cjue al vadear el 
Uruguay a raíz de la batalla del Arroyo Grande, la prensa de 
Montevideo, bajo la pluma apasionada de Rivera Indarte. llegó 
i' tildarlo con el mote de "cortacal)ezas". 

Es necesario, pues, que digamos cuál era el medio ambiente 



GOBIERNO DK KIVKRA 129 



en que se movía Kosas y hasta qué punto se identificó Oribe 
con este medio, según la diHíumeutaeión otieial de la época, 
única de que vamos a eehai- mano. 

Rosas y su medio — El exterminio de prisioneros. 

En su parte oficial acerca de la victoria de Pago Largo, 
librada a principios de 1839 entre las fuerzas entrerrianas a 
cargo de Eehagüe y las correntinas a cargo de Berón de As- 
trada, declaraba el primero a Rosas que el ejército correntino 
compuesto de 5,000 hombres, había th^jado en el campo de 
batalla 1,960 cadáveres y áoO prisioneros, contra 63 muertos 
y 96 heridos que habían tenido los vencedores. 

Son cifras reveladoras de la matanza horrorosa que si- 
g-uió a la derrota de los correutinos. Al cadáver de Berón de 
Astrada, seg-ún declaración prestada por uno de los soldados 
victimarios ante la Comisión instituida por el gobierno de la 
Defensa en 1845. le fué arrancada la piel de la espalda para 
ser remitida a Rosas. 

En noviembre del mismo año el general Prncleiieio Rosas, 
hcimanj del dictador, se dirigía al Comandante ^Militar de Do- 
lores, don Mariano Ramírez, dándole cuenta de la derrota del 
general Castelli, hijo del procer de la Junta de Mayo: 

" Con la más grata satisfacción acompaño a usted la ca- 
beza del traidor, forajido unitario salvaje Pedro Castelli, ge- 
neral en jefe titulado de los desnaturalizados sin patria, sin 
honor y leyes, sublevados, que ha sido muerto hoy por nues- 
tras partidas descubridoras, para que usted la coloque en el 
medió de la plaza a la espectación pública, para que sus co- 
legas vean el condigno castigo que reciben del cielo los auto- 
res de planes tan feroces. La colocación de la cabeza debe 
ser en un palo bien alto, debiendo estar bien asegurada para 
que no se caiga y permanecer así mientras el Superior Go- 
bierno disponga otra cosa, debiendo usted transcribir esta 
misma nota a S. E. miestro Ilustre Restaura dnr de las Leyes, 
para su satisfacción ". 

A mediados de julio de 1840 comunicó Eehagüe a Rosas 
(pie había derrotado a Lavalle en las puntas del Sauce 
Grande, produciéndole 626 bajas, que se distribuían así: 
nuiertos 600. ])risionei<»s :¿6\ 

En octubre siguiente escribía desde Aduri-alde el cíifonel 
Mariano Maza a don Juan Ortiz de Rosas: 



130 HISTORIA DEL UBUGTTAT 



" Yo voy en marcha para Catamarea a darle también en 
la cabeza, en la misma nuca, al cabecilla salvaje unitario Cu- 
bas. Habrá violín y habrá violón ". 

Desde Catamarea anunciaba así el resultado de su victo- 
ria sobre el Gobernador Cubas : 

" En fin, mi amigo: la fuerza de este salvaje unitario pa- 
saba de seiscientos hombres y todos han concluido, pues asi 
prometí pasarlos a cuchillo ". 

En otros partes complementarios remitía el coronel Maza 
la relación nominal de los jefes y oficiales " ejecutados des- 
pués de la acción "; prevenía que había colocado en la plaza 
las cabezas del Gobernador Cubas y de sus Ministros Gonzá- 
lez y Dulce; y terminaba diciendo: 

"El triunfo ha sido tan completo, que uno no lia esca- 
pado '\ 

En diciembre del mismo año escribía el Gobernador de Tucu- 
mán a Rosas, al adjuntarle una lista de prófugos: 

" nahicnclo sufrido ya la lídtima pena los infames salva- 
jes que no salieron del territorio de esta Proinncia, los com- 
prendidos en la lista son los que por desgracia lograron eva- 
dirse del justo castigo que la Confederación Argentina tenía 
decretado ". 

La guerra era, pues, de exterminio y así lo proclamaba Ro- 
sas en enero de 1841, al dirigirse al Gobernador de Córdoba 
con Uiotivo de la batalla de San Cala, en que habían sido 
derrotadas las tropas de La valle : 

"Preciso es que la República sea depurada de tan inmun- 
dos traidores. Ninguna consideración merecen. Sería un eri. 
men acordársela con inmenso perjuicio del país... En sus 
personas y en sus fortunas deben sentir las terribles conse- 
cuencias de su iniquidad, su alevosía, su salvajismo as(iueroso 
y feroz. Los firmes y redoblados golpes do la justicia triun- 
fante, con la mayor protección del cielo, son los que deben 
exterminar para siempre a los salvajes unitarios y consoli- 
dar la independencia y gloria de la Confederación ". 

El Gobernador de Catamarea, don Gregorio Segura, exte- 
riorizaba así las mismas ideas en su decreto de julio 
de 1842: 

" Considerando que es un crimen el mirar a los malvados 
facinerosos con clemencia... Deseando arrancar de raíz ma- 
les trascendentales a toda la República xVrgentina confede- 
rada... Y que los c[ue no hubieran expiado sus crímenes en 



GOIUKKXO DK KIVERA 131 



las lanzas del ejército de la Confederación no queden impU' 
nes de los aleves crímenes que han cometido... Quedan pros- 
criptos para siempre y fuera de la ley todos los individuos 
de uno y otro sexo que se hayan alistado en las tituladas di- 
visiones de bandidos y malvados inmundos unitarios, y asi- 
mismo todas las pei"sonas de uno y otro sexo que hubieran 
cooperado y prestado su influencia a los perversos atentado- 
res del orden público ". 

El Gobernador de Entre Ríos, general Justo José de Ur- 
quiza, escribía en la misma época al coronel Yillagra, cuyo 
hermano había caído en manos de los unitarios : 

'■ Los salvajes unitarios deben ser ijerseguidos a muerte, 
según antes de ahora lo he dispuesto; pero si sacrifican a su 
inocente hermano, le pi-ometo que hasta los más insignifican- 
tes los he de hacer pasar a cuchillo ". 



El lema rosista. 

Xo era, pues, el li.nna rosista " ¡ciñeran los salvajes unita- 
rios ! " una simple frase de efecto. Constituía una sentencia 
de ejecución inmediata, que no en vano el dictador procu- 
raba incorporar al lenguaje nacional por toda clase de me- 
dios y en todas las oportunidades aun las más ajenas a las 
luchas de la política militante. 

A mediados de 1847 falleció en Buenos Aires el doctor To- 
más IManuel de Anchorena, uno de los proceres de Mayo, y 
al sepultarse sus restos pronunció la oración fúnebre don Vi- 
cente López, el inspirado autor del himno nacional argentino. 
Pues bien: ese discurso fué publicado al día siguiente con el 
lema inicial de "¡Mueran los salvajes unitarias!", que ni 
aun en el cementerio podía prescindirse de ese grito feroz, 
según lo observaba " El Constitucional " al transcribir la 
crónica de la prensa argentina. 

Pocas semanas después el comandante Del Corte, que es- 
taba gravemente enfermo, llamó un escribano para dictarle 
su testamento. El escribano — según la relax?ión circunstan- 
ciada de " El Comercio del Plata " — extendió el documento 
precedido del obligado lema " ¡Mueran los salvajes unita- 
rios! ". " Eso no, contestó el moribimdo: yo no firmo un tes- 
tamento así ". Fueron llamados entonces varios amigos ínti- 
mos, entre ellos el doctor Sagardía, quienes trataron de con- 



132 HISTORIA DEL URUGUAY 



vencerlo eoii el argrinieiito de los peligros a que quedaría ex- 
puesta su familia. Pero inútilmente, í^l comandante Del 
Corte reiteraba su resolución de no poner su firma al pie de 
ese lema. La familia llamó entonces al confesor y éste consi- 
guió que el moribundo firmara la maldición contra sus her- 
manos. 

La frecuencia con que la sentencia de muerte era aplicada 
. obligó más de una vez al gobierno de Rosas a tomar medida:^ 
para impedir que la gente anduviera vestida de negro. He 
aquí uno de sus decretos, el de 18 de mayo de 1844: , 

'' Queda abolida la costumbre del luto en la forma que 
hasta hoy se ha usado. El signo del luto será desde la pu- 
blicación de éste documento en los hombres de una lazada de 
gasilla, crespón o cinta negra de dos pulgadas de ancho en 
el brazo izquierdo, y en las mujeres una pulsera negra de 
igual ancho en el mismo brazo ". 



La Mazorca en Buenos Aires. 

De las hecatombes de prisioneros en los campos de batalla 
pasemos a las matanzas en la ciudad de Buenos Aires dominada 
por una agrupación que al principio se llamó Mazorca y des- 
pués Sociedad Popular Restauradora. Según uno de los órga- 
JKKS más caracterizados de la prensa uruguaya, '"El Nacional' ' 
de 1841, al adoptar el primero de esos nombres (juiso Rosas 
significar que sus armas eran la vela y la mazorca de maíz 
encebada para introducirla por los intestinos de sus desgra- 
ciadas víctimas. 

A mediados de 1839 fueron asesinados en Buenos Aires el 
Presidente de la Saín de Representantes y del Superior Tri- 
bunal de Justicia, doctor Maza, y su hijo el coronel Maza. 
Véase en qué forma explicaba la acción de la Mazorca el dic- 
tador Rosas al Gobernador de Santa Fe en carta de julio del 
mismo año : 

" Hacía algún tiempo que yo sabía que el parrii-ida doctor 
Maza y el hijo Ramón, comprados por el asqueroso oro fran- 
cés, trabajaban acordes con el salvaje unitario CuUen. Todo.s 
los federales a quienes dieron y repartieron dinero, me lo co- 
municaron y entregaron. Al fin habiendo ellos maliciado, llegó 
el caso de prender al hijo. Con este golpe, esta gente federal 
a quien no la engallan con el celo de su santa causa, empezó 



ii()i5ii;i:.\(í ni: iu\i;uA 133 



a gritar contra el padre. Esa iioclit,' avanzaron y escalaron 
la casa en diversos grupos, buscándolo para degollarlo i)or 
traidor. Al amanecer circiüaron nmltitud de ejemplares de 
nna representación de los mismos federales, en que usando 
del derecho de petición republicana pedían a la Junta de Re- 
presentantes su deposición. Pero ni esto alcanzó, tal era la 
ardorosa irritación de los federales. Esa noehe, a las siete y 
media fué asesinado en la misma Casa de Representantes. Al 
hijo lo mandé fusilar al amanecer y se juntó su cadáver con 
el del padre, porque los representantes temiendo la irritación 
pública lo mandaron esa misma noche al cementerio. Así aca- 
baron trágicamente esos dos malvados, porque así Dios cas- 
tiga una ferocidad sin cuento y así sólo puede quedar des- 
agraviada la justicia. El plan era asesinarme de sorpresa con 
los hombres que iludieran comprar y tener listos para el día 
que pensaba desembarcar La valle con algunos franceses por 
algún punto de la costa de esta provincia ". 

En octubre de 1840 la acción de la ^lazorca adquirió pro- 
porciones extraordinarias, con motivo de la aproximación de 
Lavalle a Buenos Aires. Hubo grandes matanzas en las casas 
y en las calles, a las que Rosas se decidió a poner término 
mediante un decreto del 31 del mismo mes. que es el proceso 
más acabado de las atrocidades de la época. 
. Empezaba el decreto por justificar la& matanzas. 

"Considerando — decía — que cuando la provincia fué in- 
vadida por las hordas de los salvajes unitarios y profanada 
con su presencia, con sus atrocidades y con sus crímenes, la 
exaltación del sentimiento popular no podía dejar de sentirse 
bajo las terrilíles sospechas de una venganza natural; que en- 
tonces no habría sido posible ahogarlas en un pueblo terrible- 
mente indignado por tamaña perfidia, sin poner su heroísmo, 
su lealtad y su patriotismo a una prueba incompatible con 
su propia seguridad ". 

Y concluía con la advertencia de que en adelante la Ma- 
zorca no podría asesinar sin orden escrita: 

" Cualquier individuo, sea de la condición o cualidades 
que fuese, que atacare la persona o propiedad de argentino 
o extranjero, sin expresa orden escrita de autoridad compe- 
tente, será tenido por perturbador del sosiego público y cas- 
tigado como tal ". 

Las matanzas volvieron, sin embargo, a reanudarse en Iok 
l)rimeros días de abril de 1841 y para que cesara el derrama- 



134 HISTORIA DEL VUrca'AY 



miento de sangre fué necesario que Rosas llamara de nuevo 
al orden a la ^Mazorca. En su oficio de fines del mismo mes, 
decía don IManuel Corvalán, edecán de Rosas, al Jefe de Po- 
licía : 

" El infrascrito lia recibido orden del Excelentísimo Señor 
Gobernador de la Provincia, brigadier general don Juan ]\ra- 
miel de Rosas, para decir a V. E. que ha mirado con profundo 
desagrado los escandalosos asesinatos que se han cometido en 
estos últimos días, los que aunque han sido sobre los salvajes 
unitarios, nadie, absolutamente nadie, está autorizado para se- 
mejante ])árbara feroz licencia, siendo por lo tanto aún más 
extraño a S. E. que la policía se haya mantenido en silencio 
sin llenar el principal de sus deberes ". 

Hay que advertir' que bajo las banderas de la ^Mazorca se 
agrupaban, al lado de los criminales, algunos de los hombres 
más representativos de la sociedad portefía. A principios de 
1842 publicó "La Gaceta ^lereantil" la nómina de los miem- 
bros de la Sociedad Popular Restauradora, que presidía 
(ntonees don Julián G. Zalomón. y en ella figuraban don 
Roque Sáenz Peña, don Saturnino Unzué y don Leandro 
Alem. 



El ambiente de la época. 

Eran las ideas di* la época y nada lo demuestra tan conclu- 
yentemente coniq una loa que don Vicente López, el autor 
del himno nacional argentino, publicó en honor de Rosas en 
abril de 184:2, jDrecisamente cuando los desb^^des de la Ma- 
zorca alcanzaban sus más altos niveles, según lo hacía notar 
"El Nacional" de ese año. 

Hasta en los balances de Tesorería quedaba constancia de 
la obra de la ^Mazorca. A fines de 1840 publicó "La Gaceta 
^Mercantil'' nn estado de ingresos y egresos del Tesoro público, 
en el que figuraba esta partida : 

"Al coronel Ramón Rodríguez para remitir al Juez de Paz 
de la 4.'^ Sección de Monzalvo. para pagar a tres individuos 
que cortaron la calieza al reo malhechor José Ignacio Frías: 
600 pesos". 

En los avisos teatrales de fines de 1841 se estimulaba la 
curiosidad del público con esta advertencia: 

"El espectáculo terminará con el admirable duelo entre im 



«OBIKKNÜ 1)E KIVEKA 135 



federal y un salvaje unitario, en el enal el primero degollará 
al segundo en presencia del público". 

Hasta los vínculos de sangre quedaban olvidados bajo la 
presión del terrible ambiente en que actuaba Rosas. Dígalo 
este parte oficial en que Calixto Vera comunica al dictador 
tn marzo de 1840 la muerte de su propio hermano : 

''El infrascrito tiene la grata satisfacción de participar a 
V. E., agitado de las más dulces sensaciones... que el infame 
caudillo Mariano Vera, cuyo nombre pasará maldecido de 
generación en generación, quedó muerto en el campo de batalla 
cubierto de lanzadas". 

A principios de 1841 promovió Rosas un gran alboroto con 
motivo de haberse llevado a su casa "una máquina infernal", 
real o fantástica, que según decía el dictador en su mensaje 
a la Sala de Representantes, era obra exclusiva de Rivera. La 
divulgación de la noticia dio lugar a manifestaciones revela- 
doras de la índole del sentimiento dominante contra los uni- 
tarios. Extractamos algunas de ellas a continuación: 

Esteban Ojeda, Comisario de Policía. "Cese la benignidad 
de V. E. con esos malvados que abusan tan pérfida y crimi- 
nalmente de ella ; y séauos permitido a los federales en justo 
desahogo a nuestros inflamados corazones, castigar a muerte a 
ese bando salvaje". 

La Sociedad de Negros Africanos. "Deben alegrarse los 
mismos feroces salvajes unitarios a quienes, si hubiesen conse- 
guido herirnos a nuestra segunda heroína y digna hija de 
V. E., habríamos inmediatamente degollado". 

Mariano Espele f a, Juez de Paz ,1/ Comisario. "Una sola 
gota de sangre que se hubiera derramado... habría hecho 
correr a torrentes la de esa infame y asquerosa raza". 

Isidro Quesada, Jefe del Escuadrón de Lanceros. "Cesen, 
Excelentísimo Señor, las consideraciones con esta canalla des- 
agradecida, y todo el que sea enemigo nuestro que perezca". 

Juan Garay, Comandante de batallón. "Venganza justa. 
Excelentísimo señor. Venganza justa es la que el infrascrito 
y todo el batallón de su mando respiran y respirarán hasta 
que llegue el deseado momento de ver a aquellos protervos y 
feroces asesinos concluidos totalmente y decapitados por el 
brazo de los federales". 

Ciriaco Cuitiño, coronel. "Pero si las salvajes unitarios hu- 
bieran logrado su fin, la sangre inmunda de esos caribes habría 
corrido por las calles de la ciudad a torrentes y nuestros pu- 



136 III.STOKI.V DKL LISLGUAY 



nales, liiind leudóse de uno en otro pecho, serían incansables 
en nuestra venganza'". 

Manud Maestre, coronel. "La sangre inmunda de esos mal- 
vadas asesinos salvajes unitarios habría corrido a torrentes, 
sin quedar uno solo de esa raza de Luciferes (Uie no hubiera 
sido degollado por las calles: habríamos tenido, en fin, vís- 
peras sicilianas". 

Eustaquio J. J'unímz, Juez de Paz. "A. V. E.. y exclusiva- 
mente a la magnanimidad de V. E., deben sus asquerosas vidas 
estos facinerosos .salteadores, pues los federales todos, amantes 
de su libertad, habríamos ya ciepurado el país de esta plaga 
desoladora y contumaz... ¿Habrían podido gozarse impu- 
j.emente en su delito?... No, Excelentísimo Señor... Ha- 
brían visto sangre y sangre envolver en su justa furia a cuanto 
se considerase el origen del infernal plan, sin que escaparan 
ni sus descendientes". 

Pedro Jimeno, Comenidante de hataUón. "El torrente pú- 
blico hubiera roto sus diques y la vida de los salvajes imita- 
rlos, sus mujeres e hijos, hubieran expiado en parte tan in- 
fame crimen". 

Bartolomé Gómez, Cura vicario ij Juez de Paz. "¿Qué sería 
de ellos si V. E. desapareciese por sus viles ma(|UÍnaciones? 
¡ Insensatos ! Los pueblos hidrópicos de cólera os buscarían por 
las calles, en vuestras casas y en los campos, y segando vues- 
tros cuellos formarían una honda balsa de vuestra sangre 
donde se bañarían los patriotas para refrigerar ,su devorante 
ira". 

Manuel Casal Gaeie, Juez de Paz. "Es muy cierto que los 
salvajes unitarios, agobiados con el peso de sus enormes de- 
litos, /a.s- asquerosas unitarias y sus crias hubieran muerto de- 
gollados, si el atentado de estos viles traidores se hul)iera con- 
sumado. Pero el horrendo montón que formasen las osamentas 
da esta maldita infernal raza podría manifestar al mundo una 
venganza justa únicamente, pero nunca el remedio a los males 
inauditos que nos ocasionara su perversidad asombrosa". 

El ambiente argentino era, pues, de guerra a muerte, de 
exterminio de todos los que no pensaran como Rosas, de todos, 
sin excluir a las madres, a las esposas y a los hijos o "crías", 
según el lenguaje de aquellos energúmenos, o más bien dicho 
de aquellos enlocjnecidos por la sangre que a diario veían 
derramar. 

Y desgraciadamente a esa obsesión de. la sangre no escapa- 



c.onríonxo ok rivera 137 



l'.au algunos de los mismos grandes adversarios de liosas, gran- 
des por su inteligencia y por la nobleza de la causa que defen- 
dían. Lo demuestran estos párrafos que extraemos de un edi- 
torial de ''El Nacional" de Montevideo, escrito en enero de 
1842. con motivo de la acción combinada, de los ejércitos de 
Rivera, Paz y López. <iue auguraba el próximo derrumbe de 
ia dictadura de Rosas : 

"Falta sólo una postrera, decisiva, inmortal pelea, en que 
se cháncele defínitivamente la deuda de Pago Largo, pelea en 
(|ue no se dé cuartel, en que perezcan uno sobre otro esos 
infames asesinos que han ensangrentado a Córdoba, Tucumán, 
Catamarea, La Rioja, San Juan y JMendoza. Esos malvados 
merecen todos la muerte, porque son todos degolladores y se 
complacen en clavar miembros humanos, en manosear orejas 
y trozos sangrientos; sería un crimen salvarlos, una imprevi- 
sión perdonarlos, porque la tierra no puede sustentarlos de 
pie sobre su superficie, sino devorarlos en sus profundos senos 
convertidos en sepulcros". 

La confiscacióir' de bienes. 

I'or decreto de septiembre de 1840 afectó Rosas: "los 
bienes muebles e inmuebles, derechos y acciones de cual- 
quier clase, pertenecientes a los traidores salvajes unitarios, 
a la reparación de los quebrantos causados por las hordas 
del desnaturalizado traidor Juan Lavalle y a las erogaciones 
extraordinarias a que se ha visto obligado el Tesoro público 
para hacer frente a la bárbara invasión de este execrable 
asesino y los premios que el Gobierno ha acordado en favor 
del ejército de línea y milicias y demás valientes defensores 
de la libertad y dignidad de nuestra Confederación y de Amé- 
rica". 

• Cuando se dictó esta confiscación general de las fortunas de 
los unitarios, iban corridos más de dos años del bloqueo de 
los puertos argentinos por la escuadra francesa. Había gran- 
des existencias de cueros que aguardaban oportunidad de em- 
barque. Un mes después fué levantado el bloqueo en cumpli- 
miento del tratado Mackau y en el acto Rosas se apoderó de 
6.S0S cueras y los vendió en el mercado. 

En 1816 el doctor Florencio Várela publicó una lista de 
400 confiscaciones, con las siguientes cifras recapitulativas: 



138 HISTORIA DEL URUGUAY 



Ganado vacuno 659.000 cabezas 

lanar -Jit^OOO » 

» caballar 70,000 » 

FjU cada estancia coufívscada el Gobierno incstituía un ca- 
l)ataz encargado de la venta de todas sus existencias. 

La iniciativa de Rosas era muy tentadora y encontró, 
como es natui-al. amplia aplicación en las provincias. 

Entre todos los decretos provinciales merece lugar prefe- 
rente nno que " El Mercurio " de Valparaíso publicó como 
obra del íraile Aldao, Gobernador de ^iendoza, datado en 
maj'o de 18-12. Declaraba que los salvajes unitarios habían 
dado pruebas de tener desquiciada la cabeza y que muchos 
de ellos eran " locos furiosos ", de cujeas tropelías debía y 
podía resguardarse la sociedad. En consecuencia, "' los más 
iii'néticos'' debían ser encerrados en una casa; los otros 
no podrían disponer de cantidades que excedieran de 10 pe- 
^os sin previa autorización; a la Policía incumbiría la tutela 
V cúratela de todos los unitarios; ningún contrato de compra 
o de venta en que inter\ñnieran unitarios sería válido sin 
venia policial. 

Rosas santificado! 

. Para hacer lo que hacía, era necesario que Rosas, producto 
de sn medio ambiente, inspirara una fe religiosa a sus par- 
ciales. Y la inspiraba ciertamente. 

A fines de 18-39 tuvo lugar una ceremonia destinada a la 
adoración del retrato de Rosas, que "La Gaceta ^lercantil" 
se encargó de describir en los siguientes términos : 

" La cuadra de la iglesia estaba toda adornada de olivos 
y lindas banderas, las cuales fueron tomadas por los vecinos 
y de golpe las rindieron al pasar el retrato, hincando la ro- 
dilla, causando un espectáculo verdaderamente imponente 
el repique de las campanas, cohetes de todas partes y vivas 
del inmenso pueblo allí reunido... El retrato fué recibido 
en el atrio por el señor Cura con otros eclesiásticos y colo- 
cado en el templo al lado del Evangelio. El templo estaba 
espléndidamente adornado; la majestad con que brillaba 
])ersuadía de que era el tabernáculo del santo de los santos. . . 
La misa fué oficiada a grande orquesta y la augusta solem- 
nidad del coro no dejaba que desear. Nuestro ilustrísimo se- 
ñor 0})ispo dioc(\san(). doctor don Nicolás ]\Iedrauo, asistió de 



liOHlKK.NO l)K KIVEUA 139 



iiunlio i)()iititi('í)l y t^-i'kOn'ó nuestro diiiiio Provisor cMuóiiigu 
(Ion ^ligucl García. Kl señor Cura ele ia Catedral, don Felipe. 
Elortoudo y Palacios, desempeñó coa la maestría ({ue lo tiene 
acreditado la ditícil tarea de encomiar el mérito celestial del 
arcángel San ^liguel, mezclando oportunamente elocuentes 
trozos alusivos a la íuneión cívica en honor del héroe y eu 
apoyo de la causa federal... Luego (pie el señor Inspector 
General dispuso la retirada del retrato, empezó la marcha en 
el mismo orden, siguiendo la columna por el arco principal 
y de éste por la calle Kecouípiista hasta la casa de Su Exce- 
lencia. Al salir de la fortaleza el acompañamiento, se empe- 
ñaron las señoras en conducir el retrato de Su Excelencia, 
tirando del carro que alternativamente habían tomado los 
generales y jefes de la comitiva al conducirlo al templo. Las 
señoras demostraron el más delicado y vivo entusiasmo y vi- 
mos con inmenso placer a las distinguidas señoras doña Pas- 
cuala Beláustegui de Arana, doña Guillermina Irigoyen de 
]*inedo, doña Carmen Quintanilla de Alvear, doña Juana Ma- 
ciel de Rolón y doña Dolores Quiroga y otras damas no me- 
nos respetables, alternando en esta demostración federal y 
patriótica ". 

El entusiasmo t[üe inspiralja Rosas a sus parciales reper- 
cutía sobre sus hijos. A fínes del año 1840 los Jueces de Paz 
y varios ciudadanos dirigieron una petición a la Sala de Re- 
presentantes recabando el grado de coronel mayor de los 
ejércitos a favor de ]\lanuelita Rosas y de su hermano Juan. 

Siete años antes, había recogido Darwin en su viaje al Río 
de la Plata la versión inverosímil de que Rosas cuando tenía 
que elegir generales hacía traer al corral de Palermo una 
tropa de potros salvajes y premiaba con los despachos al ji- 
nete <jue conseguía saltar a uno de los potros, correrlo sin 
ireno y sin silla y volverlo al })alen(iue ! 

Oribe dominado por Rosas. 

Tal era el medio ambiente de Rosas : ambiente de sangre, 
de confiscaciones y de santificación de la dictadura. Los uni- 
tarios debían ser exterminados y .sus bienes debían pasar al 
Tíísoro público; los federales debían adorar a su jefe y so- 
meterse a él de una manera ciega e incondicional, porque de 
otro modo pa.saban a ser unitarios y- debían ser exterminados 
también. 



140 HISTORIA DEL URUGUAY 



Antes de su descenso de la presidencia, ya Oribe estaba 
dominado por Rosas. Su campaña contra la prensa era obra 
de esa influencia dominadora. Sus aprensiones contra Rivera 
habían sido intensificadas por la dii)lomacia de Rosas. 

En ambos casos la acción del dictador argentino se había 
desarrollado a base de amenazas más o menos encubiertas. 
Rosas tenía bajt) sils garras a Lavalleja, y con el amago de una 
repetición de las revoluciones de 1832 a 1834, había arran- 
cado al gobernante uruguayo grandes concesiones. 

Cuando Oribe desembarcó en Buenos Aires al día siguiente 
de la presentación y aceptación de su renuncia, ya ese factor 
coercitivo había quedado eliminado y el ex mandatario uru- 
guayo pudo y debió permanecer tranquilo en el nuevo esce- 
nario a que lo transportaban los sucesos. 

Pero entonces empezó a actuar la acción personal y di- 
recta de Rosas sobre Oribe, una acción mucho más fuerte cpie 
la que el dictador argentino había ejercido a través del Plata 
sobre el gobernante uruguayo. Oribe perdió su autonomía 
desde las primeras conferencias y Rosas hizo de él lo que 
quiso. Le sugirió la idea de protestar contra su espontánea 
y patriótica renuncia del mandato presidencial; le persuadió 
de que debía seguirse llamando Presidente constitucional; y 
obtu\o — hecho más ascmibroso todavía — que en su carácter 
de Presidente marchara al frente de una expedición militar, 
no a su patria a reconquistar el gobierno, sino a las pro- 
vincias argentinas que se negaban a aceptar la dictadura ro- 
sista, para someterlas a sangre y fuego en una horrenda cam- 
jtaña de cuatro años, él que en su patria no había derramado 
sangre, ni cometido otros actos de violencia que algunos arres- 
tos y deportaciones corrientes en épocas revolucionarias! 

Durante los primeros meses de su arribo a Buenos Aires 
pareció que la acción de Oribe volvería a radicarse en terri- 
torio uruguayo. Pero cuando Rosas consideró llegado el mo- 
mento de atacar a Rivera, confió la tarea a Echagüe y mandó 
a éste instrucciones revfladoras de que Oribe seguiría lla- 
mándose "Presidente legal'' al solo efecto de reunir a la 
A.samblea y renunciar el mando, como medio de que el pro- 
pio Echagüe designara un Presidente constitucional de su- 
agrado. 

Al mismo tiempo que Echagüe vadeaba el Uruguay, Oribe 
reclutaba gente en la provincia de Buenos Aires y se incor- 
poraba luego como simple jefe de división al ejército del 



COHIKKNO DK KINKKA 141 



Gobernador de Santa Fe general Jnan Pablo López, quien 
en noviembre de 1839 lo presentaba todavía eonio subalterno 
en una líroclania al pueblo eorrentino en que decía: 

'• Piso el suelo de vuestra Provincia con una fuerte divi- 
sión de más de 3,000 hombres aguerridos, compuesta de las 
fuerzas de mi provincia, las del ilustre Excelentísimo señor 
Presidente del Estado Oriental brigadier general don ]\la- 
uuel Oribe y las de Entre Ríos "s 



Empieza la adaptación de Oribe al medio ambiente de Rosas. 

Desde ese momento empezó a crecer el volumen militar de 
Oribe y comenzó taml)ién a acentuarse la adaptación del ex 
mandatario uruguayo al medio ambiente de sangre y de vio- 
lencias que presidía el dictador argentino. 

La victoria del Quebracho contra Lavalle en noviembre de 
1840 afianzó definitivamente a Oribe como jefe superior del 
ejército argentino. 

Según su parte a Rosas, dejaron los unitarios en el campo 
de batalla " toda su artillería, infantería, bagaje, mucho ar- 
mamento, multitud de prisioneros, cuyo número no se podía 
determinar aún en razón de estarse todavía tomando y más 
de mil quinientos cadáveres, entre ellos muchos jefes y ofi- 
ciales ". 

El general Ángel Pacheco, segundo jefe, decía a su turno 
al dictador, que de los 4,500 hombres de Lavalle, 1,500 ha- 
bían resultado muertos y 500 hal>ían quedado prisioneros, 
contra un centenar de muertos y otro centenar de heridos en 
las filas del ejército victorioso. 

Son cifras reveladoras de hecatombes de prisioneros ha.sta 
entonces desconocidas a Oribe. 

Fué en ese mismo ca))ipo de batalla do7ide murió el doctor 
Rufino Várela en noble y generosa misión de su jefe. Pocas 
semanas antes, Lavalle había atacado la ciudad de Santa Fe 
apoderándose del general Eugenio Garzón y de otros jefes* 
y oficiales orientales. Derrotado luego por Oribe en el Que- 
bracho, Lavalle puso en libertad a sus prisioneros y enton- 
ces el general Garzón solicitó un oficial que lo acompañara 
a cruzar el campo en que se movían los dos ejéi'citos. Fue 
designado con tal objeto Várela, de heimiosa actuación en 
la toma de Santa Fe, donde había salvado con riesgo de su 



14 2 HISTORIA DEL UEUGUAT 



vida a varios oficiales y süldatlo.s, según resulta de esta pá- 
gina de su diario de campaña: 

" Tengo la fortuna de no haber tocado a nadie con la 
punta de mi espada y de haber salvado a cuantos he podido. 
]\íás de una vez me he visto expuesto, porípie no me acor- 
daba (pie venía con una gorra enemiga, y como en el C'al)ikli> 
sólo me ocupaba de salvar a los vencidos, no era fácil (juc 
me conocieran en estos momentos los soldados que no se fijan 
en la divisa, máxime cuando me veían defendiendo a los ren- 
didos e impidiendo que la tropa degollara más gente. Mo- 
mentos como los del Cabildo son horribles y un hombre a 
sangre fría no podría jamás presenciarlos ". 

La gorra a que se refería era la de un oficial de Rosas, lla- 
mado también Várela, a quien el caballeresco subalterno de 
Lavalle había dado la suya para salvarle la vida. 

Pues bien, cuando el doctor Várela llegaba al campo de 
Oribe y ponía en salvo a los prisioneros de Santa Fe, fué 
muerto a bayonetazos. 

Eosas acordó recompensas extraordinarias a Oribe por la 
victoria del Quebracho. Hizo acuñar una medalla y se la 
regaló conjuntamente con 3,000 animales vacunos y 3,000 lana- 
res de los ganados de los unitarios, igualándolo en esas demos- 
traciones a Echagüe, vencedor también de Lavalle en la bata- 
lla del Sauce Grande. 

De subalterno del Gobernador López i)asó entonces Oribe 
a general de división del ejército de Echagüe y a General en 
Jefe del ejército de la provincia de Buenos Aires. 

Algunos detalles de la obra de exterminio. 

Vamos a reproducir de los partes que registra la prensa 
de la época algunos párrafos reveladores de la perfecta ada]»- 
taeión de Oribe al medio ambiente argentino a que fué empu- 
jado por Rosas: 

Cuartel General en El Ceibal. Sepfienihre 21 de 1841. (Da 
cuenta Oribe de uno de sus triunfos sobre Lavalle) " Entre 
los prisioneros se halló el traidor salvaje unitario ex coronel 
Facundo Borda, que fué al momento ejecutado con otros trai- 
dores titulados oficiales de entre los de caballería e infante- 
ría ". 

Cítartel Gíneral en Menlan. Oclnhre 3 ele 1S41. " Los sal- 



GOIUKKNO UK lUVEKA. 143 



vajes unitarios que ine ha entregado el comandante Sando- 
val (de la escolta de Lavalle), Cláreos M. Avellaneda titulado 
Gobernador General de Tueumán, coronel titulado José M. 
Vilela, conuindante Lucas Casas, sargento mayor Gabriel Suá- 
rez, capitán José Espejo y teniente 1." Leonardo Souza... 
liau sido en el momento ejecutados en la forma ordinaria, a 
excepción de Avellaneda. . , a ciuien mandé cortar la cabeza 
([ue será colocada a la espectación pública en la ciudad de 
Tueumán ''. 

Oficio a Claudio Arredondo, de octubre 12 de 1841 (anun- 
ciando la muerte de La valle) " Sus soldados pudieron arre- 
batar su cadáver y echándolo encima de una carga 
emprendieron la fuga ; a muj^ corta distancia lo persigue una 
de nuestras partidas, con el interés de cortarle la cabeza 
donde(|UÍera que lo de-stinen". 

L'io Grande de Tueumán, noviembre 9 de 1841. "El titu- 
lado Gobernador José Cubas fué tomado por una partida de 
infantería del batallón Libertad en la cuesta de la sierra del 
Infiernillo y su cabeza fué puesta en la plaza de Catamarca 
para escarmiento del bando salvaje unitario ". 

Párrafo de una nota de Oribe a Rosas con motivo del envío 
de la mácjuina infernal atribuido a Rivera: 

Cuartel General de Córdoba, abril 20 de 1841. "Los jefes 
todos de este ejército participando de los afectos que que- 
dan expresados, se han presentado al que firma traj^endo para 
V. E. sus más gratas y sinceras felicitaciones por sí y a nombre 
de sus respectivos cuerpos : al mismo tiempo que protestan con 
furor que el día que los salvajes unitarios lograsen algún 
atentado contra la importante vida de V. E. nos habríamos 
de bañar todos con la indigna e inmunda sangre de esos mal- 
vados. Al elevar el infrascrito tales sentimientos tan confor- 
mes con los que á él mismo agitan, los adopta y reproduce 
por su parte con el mayor ardor". 

Al adjuntar a Rosas desde Catamarca los partes de exter- 
11: i nio del coronel Maza que antes de ahora hemos reprodu- 
cido, cerraba su oficio Oribe con esta frase de amplia solida- 
ridad: 

"El ejército que Y. E. tuvo a bien poner bajo mis órdenes 
ha llenado su gloriosa y digna misión". 

Barrancas de Coronda, ahril 17 de 1842. (Oribe anuncia al 
general Aldan una victoria sobre las fuerzas del general 
López) : 



144 HISTORIA ÜEL URUGUAY 

'"Treinta y tantos muertos y alsiunos prisioneros entre los 
cuales quedó el salvaje unitario titulado general Juan Ajxjs- 
tol Martínez, al que le fué ayer cortada la cabeza, fué el 
resultado de este hecho de nuestras armas federales". 

Arroyo Grande, diciembre 6 de 1842. (Anuncia Oribe a 
Rosas su triunfo sobre el ejército "de los salvajes unitarios, 
compuesto de 8,00U hombres y acaudillado por el malvado 
anarquista e incendiario salvaje pardejón Rivera") : 

"Toda su infantería, su tren de artillería, parque, bagaje, 
caballadas, existen en nuestro poder y un campo cubierto 
de cadáveres enemigos en todas direcciones forman los prin- 
cipales trofeos de esta jornada de gloria para la Confede- 
ración Argentina". 

Una carta dirigida por el coronel Costa al fraile .AJdao, 
Gobernador de [Mendoza, datada al día siguiente de la batalla 
del Arroyo Grande, que la prensa de Chile reprodujo de un 
]H)letín impreso en la provincia de ^Mendoza, suministra estos 
detalles : 

"El resultado de esta importante victoria ha sido (¡uedar 
en el campo de batalja más de dos mil salvajes muertos, mil 
(|UÍnientos prisioneros, toda su artillería y material del ejér- 
cito, siendo entre los primeros el general Avalos, coroneles 
Báez, Inostrosa, ^Mendoza (sobrino del pardejón Rivera), Mo- 
j-illo el secretario de ^lascarilla, y más de cincuenta jefes y 
oficiales (pie en el acto fueron ejecutados". 

Ya Oribe había dado, pues, pruebas de al)soluta sumisión 
a Rosas y de perfecta adaptación a su medio, y Rosas lo au- 
torizó para vadear el Uruguay y poner sitio a [Montevideo. 



Cómo anuncia don Manuel Errasquin la invasión de Oribe. 

Al i'esultar inminente la invasión de los ejércitos de Rosas, 
no pudieron menos de temblar los más decididos partidarios 
de Oribe. Véase lo que escribía don Manuel Errasquin, uno 
de los legisladores uruguaj^os que emigró a Buenos Aires al 
producirse la caída de aqviel Presidente, a perscma de su fami- 
lia, en octubre de 1842: 

"Vais a presenciar sucesos difíciles de calcular. ])ero (pie 
según el juicio que hemos formado por el orden de los suce- 
sos, por el espíritu de las personas y por la naturaleza de 
la cuestión, van a ser inauditos y terribles. No veo más que 



tíOBIKU.NO DK lUVKKA 1 ió 



males, no veo más que venganzas, oposición de intereses per- 
sonales, aspiraciones y errores, ninguna generosidad, ningún 
amor a la patria. De aquí pasará un ejército poderoso que 
hará muchos males, aun cuando su jefe quiera evitarlo, lo 
que no podrá porque no obrará libremente... Dicen algunos 
que don M. O. va muj^ templado, es decir nuiy dispuesto a 
degollar. Yo no lo creo por motivos que tengo para no 
i.'reerlo... Es preci.so también tener presente que la mayor 
parte de los hechos de que se acusa a don Manuel Oribe no 
son ciertos o son exagerados, como el de Borda. He hablado con 
el que lo tomó prisionero, le hizo cortar las orejas y degollar 
vivo antes que Oribe supiera . . . Sin embargo, creo que es 
i:n irreflexivo y porípie hay un sistema en separar de sí a 
todos los hombres de juicio, de concepto y moderados y sólo 
rodearlo de tigres y de hombres sin juicio y sin cautela... 
Tened presente este consejo: no os opongáis a nada por malo 
que sea. No censuréis nada, ni os empeñéis por nadie, porque 
si no estaréis perdidos: la menor contradicción puede condu- 
ciros a un precipicio". 



Las causas de la Guerra Grande. 

Pueden señalarse dos entre las principales: la a])sorción 
política del Uruguay bajo forma de incorporación a las Pro- 
vincias Unidas o de sometimiento incondicional de sus man- 
ilatarios a la dictadura argentina; y su ani(|uilamiento eco- 
nómico como medio de evitar que siguiera creciendo en la 
forma maravillcsa en (pie lo hacía a despecho de la vida con- 
vulsionaria a que lo condenaba esa misma dictadura. 

Nos hemos ocupado en diversos capítulos de la primera de 
esas causas y vamos a invocar ahora valiosos testimonios en 
apoyo de la segunda. 

El barón Deffaudis, ex ^Ministro de Francia en el Río de 
la Plata, escribió en 1849 un libro titulado "Cuestiones diplo- 
)náticas", cuyas páginas, en lo que atañe a las rivalidades eco- 
nómicas entre Buenos Aires y ^Montevideo, pueden i-csnniirsc 
así : 

^Montevideo carecía de importancia bajo las dominaciones 
sucesivas de E.^paña y Portugal. Sólo después de la Con- 
vención Preliminar de Paz del año 1828 pudo jjonerse en 
marcha. Pero entonces lo hizo en fornia rájiida y exti-aordi- 



146 JÍISTOKIA DEL URVGL'AY. 



jiarir.. De 1828 a ISÍÍS "fué inaudito el desenvolvimiento de 
>,u riqueza". Ha sidt) atribuida erróneamente su prosperidad 
al bloqueo de Buenos Aires. El bloqueo sólo pudo favore- 
cerla, y lo prueba el beeho de que lue<io de levantado en 1840 
por efecto de la convención Mackau, prosiguió el país «u 
marcha ascendente en 1841 y 1842 hasta la invasión del 
ejército argentino. Son otras las causas: las ventajas natura- 
les del puerto de Montevideo; la prodigiosa fertilidad de su 
campaña, regada por numerosas corrientes de agua que per- 
miten la exacta duplicación de sus existencias ganadera.s cada 
ires años; y su régimen político porque "la falta casi com- 
pleta de acción gubernativa y el desorden inaudito de la 
administración", que se podría achacar a ^Montevideo, aleja- 
ban menos al inmigrante extranjero que el despotismo de 
Rosas. 

".Montevideo tenía 50,000 habitantes al tiempo de produ- 
cirse la invasión argentina, y sin esa invasión tendría hoy 
80,000, si lio 100,000. Los europeos se habían diseminado en 
la campaña, en las orillas de los arroyos y ríos, y habían fun- 
dado estancias y saladeros para la cría y explotación de ga- 
nados. Todo eso se había hecho en cinco años. Si la Banda 
Oriental hubiera gozado de una vida semejante por espacio 
de diez años solamente, hal)ría sido, sin duda alguna, después 
de los E.stados Unidos el más rico consumidor americano de 
])roductos europeos. Nuestros franceses, sobre todo, tenían 
predilección por la República Oriental. Había en ese pe- 
queño país tantos miles de ellos, como cientos en la inmensa 
República Argentina". 

"Las mismas causas — concluía el autor- — que explican la 
prosperidad de ^Montevideo, explican también la guerra feroz 
y persistente que Rosas ha hecho y continúa haciendo todavía 
a esa ciudad". 

Otro diplomático francés. Alfredo Brossard, adjunto de la 
misión que arribó al Río de la Plata en 1847. en su obra "Con- 
sideraciones históricas y políticas sobre las Repúblicas del 
Plata", reproduce el siguiente oficio del almirante ^lassieu de 
Clerval, jefe de la estación naval del Río de la Plata, a su 
reemplazante en diciembre de 1842 : 

"El comercio de ^Montevideo está en una situación flore- 
ciente. La población ha aumentado en una rápida progresión 
y la ciudad ha seguido ese crecimiento. Un gobierno muy 
blando y muy liberal atrae al extranjero a la Banda Oriental. 



GOBIERNO DE RIVERA 147 



En \r<\7. y l»íij»> iiiiM IiiUMia <uliiiinistraeión, Montevideo sería 
en }K)^-t)s años una ile las ciudades más ricas, más comerciales 
y más imi^ortantes de la América meridional. Pero la guerra 
ataja sus adelantos; los ])royectos del Gobierno actual {)ara 
fstinutlar la i)rosperidad, sutren retardos o quedan detenidos 
cu i-azón de que los fondos son empleados en el ejército y en 
la delensa del país". 

" La situación de Buenos xVires es totalmente distinta de 
la de ilontevideo. Aquella ciudad está lejos de progresar, ^u 
población bajo el gobierno de Rosas, en vez de aumentar, dis- 
minuye por efecto de la emigración a que han dado lugar 
las proscripciones y persecuciones contra el partido unitario. 
En cuanto a los extranjeros, no afluyen a Buenos Aires... 
Hay barrios enteros que están casi inhabitados". 

"Las dificultades que presenta la rada para ia carga de los 
buques, juntamente con la falta de brazos, hace que ^lonte- 
video sea preferido. Rosas comprende las ventajas que esto 
presenta, tiene de ello envidia y toma cuantas medidas puede 
para dañar a la prosperidad del Estado Oriental ". 

Oigamos finalmente a Sarmiento, otro gran testigo de la 
época. En una ]\Iemoria ciue acerca de la situación de las re- 
públicas sudamericanas presentó al Instituto Histórico de 
Francia en 1853, decía : 

*' Todavía parece que resonara en los oídos aquel clamor 
eterno del sitio de Montevideo, que llenó nueve años las co- 
lunnas de la prensa europea, que agitó el mármol de las tri- 
bunas de los parlamentos y debatieron en el silencio del ga- 
binete los gobiernos de Inglaterra y de Francia. ¡ Cuántas 
misiones diplomáticas, cuántas escuadras, cuántos tratados, 
cuántos sistemas de política seguidos y abandonados; y a 
despecho de tantos esfuerzos el sitio de Montevideo seguía 
impasible, cual si fuera una función normal de la natura- 
leza, como el agua que fluye de una fuente, como el peñasco 
que reposa sobre su propia gravedad. Rodaron tronos que 
se creían cimentados sobre granito, desaparecieron dinastías 
en el intertanto, y ^Montevideo sin dinero, sin soldados, sin 
víveres, desahuciado i)or todos. ]ior todos menospreciado, se 
mantuvo inexpugnable, inflexible, intratable, si no era él 
quien imponía las condiciones de paz ". 

El sitio de ]\l()ntevideo, proseguía Sarmiento, es un acto 
capital del gran drama de la descomposición y recomposición 
de las '"olonias españolas: una lucha entre la barbarie de las 



148 HISTORIA DEL URUGUAY 



campañas que tocaba a su zenit y la aurora de la rehabilita- 
ción de las ciudades para recuperar su posición natural de 
influencia civilizadora. Rosas era el representante de esa bar- 
barie en las cani¡)arias argentinas y sus ejércitos batieron la 
Kei^ública entera. Pero mientras así triunfaba la barbarie eu 
la margen derecha del Plata, triunfaba la civilización en la 
margen izquierda. Desde 1836 empezó la entrada de colonos 
canarios, vascos, franceses, españoles, italianos que abren ta- 
lleres, improvisan indu.strias, labran la tierra, navegan los 
ríos, catean la piedra, edifican ciadades, construj^en muelles, 
introducen mercaderías. '" Un pedazo de los Estados Unidos, 
con su actividad creciente, sus improvisaciones de riqueza y 
de cultura, su animación y su libertad, se nniestra en sólo 
seis años de dejar a ^lonte video, o más bien dicho a sus hom- 
bres, a su propia acción". Entonces fué que Rosas, la barba- 
rie triunfante en la margen derecha, se acordó que a Oribe, 
que tenía el mando de sus ejércitos, le faltaban cuatro meses 
de presidencia, y lo lanzó sobre el Uruguaj". ^Montevideo, como 
Buenos Aires, había sido sitiado otras veces, aceptando el do- 
minio de los caudillos. Pero esta vez resolvió defenderse, por- 
que ya estaba maduro el principio regenerador, y los extran- 
jeros enriquecidos '' en aquella Edén, en aquella California 
anticipada ", ofrecieron su apoyo, su fortuna y su sangre. 

Tales son las conclusiones del gran estadista argentino con- 
cordantes, según se ve, con las del ^linistro Deffaudis y del 
almirante Cierva!. 

¿Alcanzaría Rosas su plan de despoblación y de ruina me- 
diante el ejército de Oribe? 

En febrero de 1819 escribía el almirante Le Predour, jefe 
de la estación naval francesa, al Gobierno de su patria: 

" La ciudad de Buenos Aires está en este momento en una 
prosperidad extraordinaria. Rosas ha conseguido concentrar 
en ella todo el comercio del Plata, lo que ha sido el objeto 
constante de sus esfuerzos. La paz me parece casi imposible, 
persuadido como estoy del interés que hay para el general 
Rosas en mantener sus tropas en la Banda Oriental, para 
completar la ruina de ese bello país y completar de ese modo 
la prosperidad de que hoy goza Buenos Aires ". 

Pocos meses antes del levantamiento del sitio, decía " El 
Comercio del Plata ", al señalar el cuadro de la desolación 
general de la campaña : 

Al producirse la invasión de Oribe valían nuestros campos 



GOBlEnNO DE UIVKRA 149 



de piístoreo de tres a eiuitro mil pesos la legua ; la campaña 
estaba cubierta de poblaciones y de ganados mansos; no 
Iranseurría un día sin (pie se lundara un nuevo estal)leci- 
miento pastoril; las lanas mejoraban notablemente por efecto 
de la propagación de los merinos y el progreso de los procedi- 
mientos de explotación; en las estancias empezal)a a difun- 
dirse el empleo de las prensas de enfardar como medio de fa- 
cilitar la exportación; el negocio de estancia daba un enorme 
beneficio del 30 ^í , a la vez que aumentaba el valor de los 
campos. No era menos halagador el progreso agrícola. A uno 
y otro lado de los caminos de acceso a la Capital, las chacras 
ocupaban un radio de diez leguas y otro más címsiderable 
de veinticinco leguas en el trayecto de ^lontevideo a Maldo- 
nado y i\linas. Las tierras eran fraccionadas en esos pantos, 
y ya se vislumbraba como nuiy próxima la cesación del tri- 
buto que era forzoso pagar a Estados Unidos y Chile por 
concepto de cereales y harinas y la transformación del Uru- 
guay en país exportador de productos agrícolas. En cuanto 
a la edificación, baste saber que las caleras de Minas y de la 
costa del Uruguay, aunque estaban todas en plena actividad, 
apenas da1)an abasto a las demandas de Montevideo y de los 
piieblos de empaña, tal era el progreso de la población. Pues 
bien, concluía el articulista : todo eso (piedó detenido con la 
invasión de Oribe y la campaña es hoy un desierto, por el cpie 
sólo vagan manadas de i)erros cimarrones ! 

A mediados do 1854 se reunió la Junta Económico - Admi- 
nistrativa del Salto e invocando la pérdida de los archivos ;v^ 
la necesidad de perpetuar algunos antecedentes que podrían 
servir para la historia de ese pueblo, resolvió abrir un " Li- 
bro de Registros " y encabezarlo con el extracto de una ]\Ie- 
moria del Secretario de la corporación don Julián Serrano. 

Esa ^lemoria, que con ligeras variantes hubiera podido fi- 
gurar en los libros de registros de todos los demás pueblos 
de campaña, hacía constar lo siguiente: 

Por el pueblo del Salto desfilaron tres grandes ejércitos: 
el del general ^Martín Rodríguez a principios de 1826 ; el del 
general Echagüe a mediados de 1839 y el del general Oribe 
a fines de 1842. La población fué saqueada e incendiada siete 
veces, la primera en 1822 durante la dominación brasileña, 
con ocasión del movimiento que encabezaba el coronel Bentos 
■\ianuel Ribeiro; la segunda en 1832 por un grupo que enca- 
bezaba Mariano Paredes; la tercera en 1836; la cuarta en 



lóO HISTORIA DEL URUGUAY 



1844: pi)r las fuerzas cürreiitina,s del general ]Madariaga ; la 
quinta en 18-45 por las fuerzas de Garibaldi; la séptima en 
1847. Las pérdidas sufridas por los distritos rurales durante 
la sola Guerra Grande pueden estimarse en no menos de 
euatro millones de pesos, si se tiene en cuenta que al tiempo 
de la nivasióu de Oribe, en una treintena de estancias situa- 
das entre el Daymán y el Arapey pastaban más de doscientas 
mil reses vacun¿is y buenas cantidades de caballos, yeguas, 
ovejas criollas y merinas, totalmente exterminadas en el curso 
de la lucha. 

Casi al mismo tiem])o que el Secretario de la Municipali- 
dad del Salto consignaba esos datos en el libro de Registro 
del departamento, Heraclio Fajardo describía las alternati- 
vas de la villa fundada por Zeballos en 1764 con familias por- 
tuguesas arrancadas de Santa Teresa, el Chuy y Río Grande. 

La villa de San Carlos — decía — ha tenido épocas "en 
que ha de})arado al viajero un oasis en miniatura, un harem 
oriental lleno de flores, de música y de mujeres seductoras; 
y otras en que sólo ha ofrecido silencio, escombros y ruinas ". 
De 1830 a 1842 "el ])Uel)lo de las Carolinas"' fué lo primero; 
de 1843 en adelante lo segundo. '' Tal ha sido el fruto de 
las guerras de que nuestro pobre país ha sido teatro en todo 
el eorrer del siglo actual y que han puesto trabas al progreso 
agrícola e ¡ndnstiinl m (iu(^ cslán destinados nuestros pueblos". 



CAPITULO VI 

La invasión de Oribe 
Empieza el sitio de Montevideo 

Los vencedores de Arroyo Grande cruzan el Urug-uay, 

La batalla del Arroyo Grande en Entre Ríos tuvo lugar el 
(í de diciembre de 1842. Rivera, fugitivo, cruzó el río Uru- 
sruay a la altura del Salto el mismo día de su derrota al 
trente de un centenar de soldados. Una semana después co- 
municaba al Ministerio el- resultado de la batalla desde su 
campamento en el Queguay. 

"Hemos sufrido — decía — un contraste inesperado, disper- 
sándose nuestra caballería con muy poca pérdida y retirán- 
dose a Corrientes la de aquella provincia y la nuestra a nues- 
tra República, perdiendo la infantería y la artillería, pero los 
enemigos han sufrido mucho por los fuegos carteros de nues- 
tra artillería". 

Eva ese el único ejército con que contaba el Gobierno, de 
manera que su aniquilamiento franqueaba a Oribe la entrada 
al territorio oriental. 

No se trataba de un olvido. Se había ])r()cura(lo desde los co- 
mienzos de la lucha organizar un ejército de reserva, pero 
la extrema pobreza de aquella época, obra en gran parte del 
desorden administrativo, impidió al gobierno de Suárez aten- 
der la indicación que el Presidente Rivera formulaba así desde 
su campamento en el Yí a fines de 1841 : 

"Tenemos un ejército para invadir y tomar Entre Ríos.. 
pero necesitamos otro de reserva que asegure la quietud del 
país y sirva de apoyo para un caso en que la fortuna, por 
algún revés, nos fuera adversa. Estos dos ejércitos necesitan 
proveerse, equiparse y prepararse bien para que ellos rindan 
el importante servicio que se necesita. Convendría una ley de 
consolidación de la deuda pública y levantar un empréstito 
de guerra de 60,000 patacones, para atender exclusivamente 
el pago del ejército y de la escuadra. Yo desearía dar a este 
negocio el primer ejemplo del patriotismo y con ese objeto 
pongo desde ahora a disposición del Gobieri.o todas mis pro- 



1Ó2 HISTORIA DEI, UBUGUAT 



piedades en tierras tle ¡¡astoreo y fíiieas, para que hijioteQán- 
dolas o vendiéndolas ai)liqiie su producto a los objetos de la 
guerra ' '. 

Oribe recién vadeó el Uruguay con su ejército victorioso el 
22 de diciembre, y recién llegó al Cerrito frente a Montevideo 
el 16 de febrero del año siguiente, o sea a los cios meses lar- 
gos de la batalla. 

En su proclama decía a los orientales : 

"Al frente de un ejército poderoso, heroico por su valor y 
virtudes, piso ya el suelo sagrado de vuestra angustiada pa- 
tria. Vengo a reiviudicar vuestros derechos, a restablecer 
vuestras instituciones, vuestras leyes, vuestro honor y a trae- 
ros con ello la paz, la dicha, la prosperidad... El héroe ín- 
clito que preside los destinos de nuestra ilustre hermana la 
República Argentina, ha triunfado de todos los enemigos del 
orden, de la libertad y de la iudepeudeucia ; y he venido a 
vuestro seuo a restituir a vuestra cara e infortunada patria 
el goce de sus derechos y de su prosperidad, bajo los auspicios 
de ese triunfo inmortal y con la cooperación de sus fieles 
hijos". 

Lejos de ocultar su calidad de jefe de un ejército extrau- 
,"]ero, lo declaraba sin ambajes. Casi todos sus boletines de 
guerra de 1843 y 1844, llevaban el lema de Rosas: "¡Viva la 
Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes unitarios!". 
A veces ostentaban este otro: "¡Oribe: leyes o muerte! ¡Mue- 
ran los salvajes unitarios!" En abril de 1845 apareció un 
decreto por el cual se prevenía ciue "todos los escritos y co- 
municaciones, así oficiales como particulares", empezarían con 
el lema : ¡ Vivan los defensores de las leyes ! ¡ ]\Iueran los sal- 
vajes unitarios!, eliminándose así definitivamente uno de los 
jniembros del lema rosista con el propósito claro y manifiesto 
de quitar pretexto a la intervención franco-inglesa para sos- 
tener c^ue era Rosas quien sitiaba a Montevideo por medio 
de su lugar teniente. En alg-unos de los mismos boletines se 
(iaba a Oribe el tratamiento de "Presidente de la República, 
General en Jefe del ejército unido de vanguardia de la Con- 
federación Argentina". 

Oribe no vivaba, pues, a su patria, sino a la patria de Ro- 
sas; y no lanzaba mueras contra los orientales que lo habían 
desalojado del poder, sino contra los argentinos enemigos de 
Rosas. Vale la pena de agregar que muchos de sus soldados 
llevaban la divisa de Rosas. En noviembre de 1847, varios 



GÜRIKUNÜ 1)K RIVKKA ]ó3 



años después de establecido el sitio, explicaba así ''El Defen- 
sor" el uso del distintivo rosista: 

"P^s verdad que los orientales usaban y usan todavía, par- 
ticularmente los individúes del ejército y los empleados pú- 
blicos, el distintivo punzó argentino, agregado al blanco de los 
defensores de las leyes; pero esto no im])orta otra cosa que 
simbolizar la unión entre ambas naciones oriental y argentina." 

A cuánto ascendían las fuerzas invasoras. 

En cuanto al efectivo de las fuerzas invasoras, véase lo que 
en los comienzos de 1843 decía "British Packet", verdadero 
óí'gauo oficial de Rosas: 

"A mediados de febrero don Ignacio Oribe marchó contra 
el general Rivera con 5,000 hombres de caballería, 600 de 
infantería montados y 4 piezas de artillería. Al mismo tiempo, 
el Presidente Oribe con un cuerpo como de 7,000 hombres, la 
mayor parte infantería y artillería, campó delante de ^lonte- 
tevideo". 

Esas tropas no se ' consideraron suficientes para sitiar a 
Montevideo y batir a Rivera que dominaba con su caballería 
toda la campaña. Entonces Rosas ordenó al general Urquiza, 
Gobernador de Entre Ríos, que cruzara el Ui'uguay en ayuda 
de Oribe, y el mismo diario fijaba así el nuevo contingente 
de fuerzas: 

"En marzo el general Urquiza, habiendo arreglado satis- 
factoriamente todo en Corrientes, pasó al territorio oriental 
con una división de 4,000 hombres de caballería y 500 de in- 
fantería a obrar en combinación con el Presidente Oribe". 

En conjunto 17,000 hombres. La prensa de Montevideo sos- 
tuvo en diversas oportunidades que esc ejército era casi ex- 
clusivamente argentino, y para demostrarlo exhibía la si- 
guiente nómina de los batallones de infantería acampados 
frente a Montevideo en 1845, dos años después de establecido 
^1 sitio : 



154 



HISTOBIA DEL TIBUGUAT 



BATALLONES 



Jetes 



I'roeedeni 



Libertad Maza 

Independencia .... Costa 

Libres de Buenos Aires . Ramos 

Rebajados Ramiro 

Voluntarios Oribe . . . Artag-aveyti; 

Libertad Oriental . . . Lasala 
Defensores de la Indepen - 

dencia Rincón 

Defensores de Oribe . . Oribe 

i Sierra 

Guardia Nacional: 4 coni- ) Areta 

pafiias \ Aréchaga 

[ Bal parda 



Buenos Aires 



Vascos 
! Orientales 



Entrerriauos y correntinos 
Canarios y orientales 

Orientales 



La caballería de Urquiza, que actuó en la batalla de India 
Muerta, se componía de los siguientes elementos según el parte 
oficial del jefe vencedor: 

17 escuadrones de Entre Ríos. 

.6 " de Buenos Aires. 

3 " orientales. 

5 Compañías de orientales. 

En las cifras del "British Packet" figuraba por duplicado 
sin duda alguna el cuerpo de ejército a cargo de don Ignacio 
Oribe. De otro modo resultarían inexplicables todos los^ 
cómputos de la época. 

"El Nacional" de marzo de 1843 fijaba en 3,000 el nú- 
mero de infantes que tenía Oribe en el Cerrito y en 6,000 el 
de los soldados que cubrían las trincheras de ]Montevideo, ar- 
tilladas con 70 piezas. 

Según "El Constitucional"' de mediados de 1845, en el 
ejército de Oribe sólo había 2,000 orientales y cinco batallones 
argentinos a cargo de los coroneles Maza, Costa, Ramos, Ra- 
miro y Rincón. Sumando sus efectivos a los que militaban 
bajo las órdenes de Urquiza en la batalla de India ^Muerta,, 
formulaba el siguiente resumen de unidaiíes : 

Fuerzas de la Confederación Argentina: infantería: 5 ba- 
tallones, 4 compañías y un piquete ; caballería : 23 escuadrones. 
Fuerzas de Orihe: un batallón de vascos, comandados por Ar- 
tagaveytia; un batallón comandado por Lasala; 4 compañía'} 
de guardias nacionales ; 2 escuadrones de canarios ; 4 escua- 
drones y 5 compañías de Urquiza. 

En marzo de 1846 afirmaba "El Comercio del Plata" que 



CÜBIEK.NO DK IU\ EKA 155 



las fut^rzas argentinas traídas por Oribe no excedían de tres 
a cuatro mil hombres. 

Dos meses después "El Defensor" las fijaba en 4,000 hom- 
bres, "menos de la tercera parte del ejército", que llegaba 
a 14,000 soldados según el mismo diario. 

Uno de los escritores de la época, Whrigt, ha escrito la 
sicjuiente nota : 

"Según las inejores noticias, el ejército de Rosas en la ba- 
talla del Arroyo Grande se aproximaba a 7.000 hombres; nues- 
tra infantería prisionera era cosa de 3,400 hombres; aña- 
diendo algunos hombres de caballería que también incorpo- 
raría el vencedor a sus filas. Oribe ha debido invadir esta 
República con una fuerza de 8 a 9,000 hombres". 

La cifra de Whrigt es la misma que resulta de la suma de 
los 3,000 infantes argentinos que establecieron el titio y de 
los 5 a G.OOO soldados de caballería que militaban bajo las 
órdenes de don Ignacio Oribe. 

A la conclusión de la Guerra Grande en octubre de 1851, 
Urquiza se llevó a Entre Ríos todos los cuerpos argentinos 
([ue figuraban en la línea sitiadora, con un efectivo de tres mil 
hombres según los datos de la prensa. Y tenían que ser 
los mismos con que Oribe estableció el sitio, porque los sol- 
dados de Rosas sólo en casos m.uy excepcionales podían re- 
gresar a sus hogares. A mediados de 1850, un año antes de 
la conclusión de la guerra, escribía "El Comercio del Plata": 
El ejército que sirvió para consumar el sometimiento de 
las provincias, recibió como descanso la orden de dirigirse 
sobre ^lontevideo. Pero en vez de atacar la plaza y tomarla y 
regresar a Buenos Aires, quedó ahí entre las chacras, años y 
años, destruyendo siempre, pero sin la esperanza de acabar 
la tarea. Ninguno de los cuerpos de?, ejército ha sido relevado 
por otros de los que viven inactivos en Buenos Aires o en las 
provincias. ]\Iuy raro es el jefe u oficial que haya obtenido 
licencia para ir a Buenos Aires a dar un abrazo a su familia. 
El coronel Ramiro hizo venir al Cerrito, durante el armis- 
ticio de una de las negociaciones de paz, a una hija suya 
domiciliada en Buenos Aires. Al recibirla en el muelle de 
Lafone, un oficial extranjero que acompañaba a la señorita 
le dijo a Ramiro que si hubiera espera. lo unos días más hu- 
biera podido ir a Buenos Aires a saludar a su hija, dado lo 
avanzado de las negociaciones de paz. La paz, contestó el 
coronel Ramiro, no es para nosotros, porque todos sabemos 



156 HISTORIA DEL URUGUAY 



ya que no hemos de volver lumca a Buenos Aires. Y en 
efecto, agregaba "El Comercio del Plata": todos hal)ian en 
el ejército de Oribe de que terminada la campaña de ^lonte- 
video, se iniciará otra contra el Brasil o contra el Paraguay. 

Parte del presupuesto del ejército de Oribe era costeado 
por el Gobierno Argentino. En junio de 1845, por eje]ni)lo, 
"La Gaceta Mercantil" publicó el e.stado de egresos de la 
Tesorería de Buenos Aires con estas partidas: 

"Asignación de los defensores de la independencia oriental 
$ 4,324; Jefes y oficiales del Estado Oriental $ 2,536; sueldos 
de los mismos $ 4.324; asignación del ejército de vanguardia 
(así se llamaba al de Oribe) $ 277,063; batallón Defensortís 
de la Independencia Oriental por el año 1843, $ 4,216; ídem 
por 1844, $ 4,488." 

En julio de 1846 publicaba "La Gaceta" otro estado del 
que resultaban los siguientes pagos: "al piquete de línea de 
nueva creación de Maldonado $ 4,585; a los jefes y oficiales 
del Estado Oriental $ 1,934; asignación a los mismos $ 46,037." 

Y dos años más tarde, en julio de 1848, figuraban en la 
cuenta general de Tesorería las partidas de $ 1,622 y de 
$ 58,022 por concepto de jefes y oficiales del Estado Oriental 
y de asignaciones militares, juntamente con otros rubros dig- 
nos de las ideas de la época, como éste: "Por 8 Judas, salva- 
jes unitarios, 2,230 pesos!" 

Fuerzas militares de que disponía el Gobierno de la Defensa. 

Veamos ahora cuáles eran los elementos de que disponía ei 
Gobierno de la Defensa. 

El mensaje de apertura de las sesiones ordinarias de la 
Asamblea leído el 24 de febrero de 1843, es decir, una se- 
mana después del establecimiento del sitio, fijaba la guarni- 
ción de Montevideo en 6,000 hombres y el ejército de Rivera 
en otros 6,000 sin contar algunas divisiones y partidas que 
en caso de reconcentración general elevarían las caballerías de 
este último a 8,000 combatientes. 

Pocos días antes del mensaje, Rivera había comunicado al 
Gobierno desde el Canelón Grande que su ejército tenía 7,476 
hombres de caballería, bien armados y bien montados. 

Invocando los cuadros del Estado Mayor General, "El Na- 
cional" hacía subir el monto de la guarnición existente el 10 



COIUKIJNO DE RIVEKA 157 



de ft'bieri) do 184:^ a G liatallonos de líuea con 1,8(39 soldados 
y 11 liatallones de gnardias iiaeiouales con G,5()7. En eonjiinto 
8,376 hombres con un ariuanienlo compuesto de 3,236 fusiles, 
2,452 bayonetas, 184 sables, 300 lanzas y 23 cañones. 

En junio de 1843, según una carta del ^linistro de la Gue- 
rra coronel Pacheco al coronel Bernardino Báez, interceptada 
por las fuerzas de Oribe y publicada por "'La Gaceta" de 
Buenos Aires, el ejército de Rivera se componía de 6,000 
hombrías y la guarnición de Montevideo de 6,400 distribuida 
así: 5,000 infantes, 800 artilleros con 100 cañones y 600 hom- 
bres de caballería. 

A mediados de 1845 tuvo lugar una revista general de las 
tropas de ^lontevideo, distribuidas en 4 brigadas a cargo de 
los coroneles Tajes, Díaz, Garibaldi y Thiébaut. En la calle 
18 de Julio formaron 5,500 hombres, no habiendo concurrido 
las fuerzas de servicio en la línea exterior y en las guardias 
de la ciudad. La cifra fué dada por "El Constitucional". Otro 
diario, ''El Nacional", dijo simplemente que habían desfilado 
más de 4,000 hombres. Sin dar nuevas cifras, computaba así 
las unidades el primero de esos dos diarios : 

Cuerpos de ciudadanos naturales o legales: 3. batallones de 
guardias nacionales, 1 batallón de extramuros, 1 regimiento 
de dragones. 1 regimiento de dragones de Sosa, 3 compañías 
de la división Flores, 3 batallones de negros, 1 batallón de 
guardia nacional pasiva, 7 compañías suplementarias, 1 com- 
pañía de guardias de honor, un batallón de policía, un cuerj)0 
de artillería. En conjunto 9 batallones, 2 regimientos, 1 cuerpo 
de artillería volante y 11 compañías. Cuerpos extranjeros: 4 
batallones y 1 legión. 

Comparemos ahora esos efectivos con los existentes al tiempo 
de empezar los preparativos de la defensa de jNIontevideo. 

Según "El Constitucional", las fuerzas de campaña que 
existían a raíz del desastre del Arroyo Grande estaban re- 
ducidas a 770 hom1)res destacados en Paysandú y al sur del 
Río Negro, y las de ^Montevideo a 500 soldados de las milicias 
de infantería y caliallería de extramuros, 140 hombres del 
batallón de libertos y 30 de artillería, con un material com- 
puesto de 11 cañones de hierro emplazados en el fuerte de 
San José que servían para hacer salvas, alguno que otro cañón 
volante y 36 cureñas de mar. 

Otro testigo de la época, don José Luis Bustamante, hacía 
subir las fuerzas militares de campaña a 2,500 hombres, com- 



15b IIISTOIÜA UKL LKUGUAY 



putados 600 del general Aguiar en Pay.sandú y 400 del gene- 
ral Medina en Sau José. 

Para "El Nacional" todo el ejército oriental e.stal)a en 
Entre Itíos al tiempo de la batalla del Arroyo Grande. Las 
fuerzas de campaña no pasaban de 1,000 bombres y en la 
Capital había muy pocos soldados. 

Salta a los ojos que si Oribe hubiera apresurado sus mar- 
chas después del Arroyo Grande, en vez de perder dos meses 
iargos en el trayecto, habría entrado a ^Montevideo sin lucha. 
Y asimismo, que si el 16 de febrero de 1843, en vez de hacer 
un saludo con pólvora hubiera atacado la plaza, tampoco ha- 
bría encontrado resistencia formidable, i)orque las fortifica- 
ciones estaban a medio concluir y la organización militar t;e 
hallaba en sus comienzos. Pero según se encargaron de demos- 
trarlo los sucesos, las intenciones de Oribe o más bien dicho 
las instrucciones que había recibido de Rosas, no eran de en- 
trar sino de sitiar a ^lontevideo. 

Organización de la defensa de Montevideo. 

Eu el acto de recibido el parte oficial de Kivera dando 
cuenta de su desastre, empezaron los preparativos para la 
organización de la defensa, una defensa en la que ni siquiera 
se había pensado hasta ese momento, tanto porque se tenía 
mucha fe en la eficacia de la intervención franco-inglesa, 
como porque se consideraba difícil la destrucción total del 
ejército aliado que operaba en Entre Ríos. 

Proclamas de las autoridades de Montevideo. 

Don Joaquín Suárez, que en su calidad de Presidente del 
Senado estaba al frente del Poder Ejecutivo, dirigió al país 
una proclama en la que luego de anunciar el desastre de 
Arroyo Grande, decía : 

"Esta desgracia pone a prueba la decisión y el patriotismo 
de los orientales : el Gobierno está resuelto a una defensa 
enérgica del territorio de la República... Ha llegado el mo- 
mento de suspender las ocupaciones pacíficas y de contraernos 
a las armas: a ellas, ciudadanos: \'uestra decisión y un poco 
de constancia salvarán la República". 

La Asamblea habló también al país directamente y por in- 



(lOBIERNO UE RIVEKA 159 

termedio de la Comisión especial encargada de estudiar el 
plan de medidas propuesto por el Poder Ejecutivo. 

"El contraste, — decía la Comisión — que ha sufrido nues- 
tro ejército en los camixts de Entre Ríos. . . es .uno de aquellos 
sucesos muy comunes en la guerra y que sólo importan porque 
ellos sirven para poner a prueba el temple de los pueblos que 
tienen la conciencia de su poder y la firme voluntad de po- 
nerlo en ejercicio para defender sus libertades y su indepeu- 
dencia". 

La dirección militar de la plaza. 

Fué confiada la orgauizacióu de la defensa al primero de los 
tácticos del Río de La Plata, el general José ]\íaría Paz, quien 
se encontraba en ^Montevideo desde mediados de noviembre 
de 1842, alejado del teatro de la guerra por disidencias con 
Rivera. Es fama que si el vencedor de Caá - Guazú hubiera 
continuado al frente de las divisiones de Entre Ríos y Co- 
rrientes que él comandaba, la batalla del Arroyo Grande no 
se hubiera dado o no habría tenido el resultado desastroso 
que tuvo. 

Había que tener en cuenta esas disidencias anteriores y ha- 
bía a la vez que asegurar al general Paz plena libertad de 
acción en la organización de la defensa. Dejando, pues, a 
Rivera la jefatura de las caballerías de campaña que había 
emj^ezado a reconstituir, pasó el Gobierno una nota al general 
Paz en la (lue le expresaba el propósito "de poner en sus 
manos y a su disposición todos los medios y elementos" de 
que pudiera disponerse, y de investirlo "de toda la facultad" 
que fuere necesario al logro de su objeto. 

El nuevo ejército que debería comandar el general Paz re- 
cibió el nombre de "Ejército de la Reserva". 

Todo el mundo creía que Rivera había quedado anonadado 
después del Arroyo Grande y que ya no volvería a Monte- 
video. Pero a fines de enero de 1843 apareció a cuatro leguas 
de la ciudad y acampó en el pastoreo de Pereyra al frente de 
un ejército de 4,500 hombres de caballería que había orga- 
nizado con su jirodigiosa actividad. 

Su llegada planteaba un conflicto gravísimo. Era todavía 
Presidente de la República, y por lo tanto jefe del ejército, 
¿Cómo podía existir dentro de JMontevideo otro ejército con 



líjü HISTORIA DEL rRUGVAY 

otro jefe, y cou otro jefe que había tenido que abandonar el 
teatro de la guerra en la víspera de la batalla del Arroyo 
Grande por desavenencias con su superior jerárquico"? 

Al pastoreo de Pereyra marcharon muchas personas influ- 
yentes, y una de ellas, don José Luis Bustamante. declara en 
sus Anales que ''el asunto de esa gran discusión fué el destino 
militar que debía ocupar el geíieral Paz dentro de !Monte- 
video". 

Como consecuencia de lo convenido, agrega, Rivera entró 
a la plaza a reasumir el mando por breves horas y durante 
ellas dejó sin efecto el decreto de creación del Ejército de 
Reserva y nombró en cambio al general I'az "Comandante 
General de Armas de la Capital y de su departamento''. 

Son más radicales los editores de las '"^lemorias del General 
Paz''. Según ellos, Rivera avanzó hasta el pastoreo de Pereyra 
para exigir la destitución de su antagonista y entonces el 
general Paz renunció el cargo que se le había confiado y lletó 
un barco para trasladarse a Santa Catalina. Pero cpie al día 
siguiente, cediendo a otros trabajos, resolvió Paz aceptar la 
Comandancia de Armas que en reemplazo de la jefatura de] 
ejército le ofrecía Rivera. 

La medida fundamental quedaba de todos modos adoptada : 
el general Paz sería el organizador de la defensa. 



Emancipación de los esclavos. 

En segundo lugar fueron emancipados los esclavos, desti- 
nándose los v^arones útiles al servicio militar y manteniéndose 
los demás y las mujeres en calidad de pupilos de los antiguos 
amos. Según declaraba la ley emancipadora, desde la caída 
del dominio español en 1814 nadie pudo nacer esclavo en el 
territorio nacional, y desde la jura de la Constitución en 1830 
nadie pudo introducir esclavos del extranjero. Los amos que 
se juzgaren perjudicados, agregaba, serían "indemnizados por 
leyes posteriores". 

Con ayuda de esta expropiación sin pago previo, obtenía 
el gobierno de Suárez dos resultados muy importantes: la. 
formación de varios batallones de línea, exigencia suprema 
del momento, y la abolición de la esclavitud, o sea el deside- 
rátum por que se venía pugnando noblemente desde la de- 
claratoria de la Independencia en 1825. 



GOBIERNO DE RIVEBA 161 



Suspensión de las garantí^G individuales. 

Ku tercer lugar tueion suspendidas las garantías indivi- 
duales, a mérito de un mensaje en que el Gobierno justificaba 
así la necesidad de la medida : 

"Sobre las fronteras se encuentra acampado un ejército 
extranjero que engreído con una victoria le amaga con una 
invasión desoladora y criminal. Por desgracia y para ver- 
güenza de la patria en ese ejército se encuentran algunos 
hombres que habiendo nacido en ella no se ruborizan de lla- 
marse orientales; y por más desgracia y para mayor ver- 
güenza esos hombres tienen vínculos de amistad e intereses 
políticos con otros que existen en la República y que es im- 
posible no calificar de peligrosos". 

El Gobierno advertía que por el momento sólo tenía el pro- 
pósito de expatriar a los so.speehosos. Pero prevenía (jue "tal 
vez no se limitaría a esa sola medida y que desgraciadamente 
otras más rigurosas podrían tener lugar." 

La prensa incitaba a la violencia. Los blancos, — decía un 
comunicado de "El Nacional", — han festejado en ]\Iontevi- 
deo el triunfo del xVrroyo Grande y es necesario "qiTe sien- 
tan el golpe de esa autoridad que hasta ahora han despre- 
ciado. . . Al Gobierno le toca obrar en las actuales circuirs- 
tancias, según el voto nacional, aunque sea contrario a los 
sentimientos que ha manifestado hasta hoy. . . Todos quere- 
mos patria y tendremos patria pereciendo los enemigos de 
ella". 

Ya se había hablado varias veces, con mucha anterioridad 
al desastre del Arroyo Grande, del riesgo de un movimiento 
dentro de ^Montevideo a favor de los planes de Oribe. A fines 
de 1841 escribía el coronel Chilabert a don Santiago Vázquez 
a propósito del pasaje del ejército de Rivera a Entre Ríos: 

Si a la vez invadiera Rosas por la Colonia, ¿quién res- 
pondería de Montevideo? jMuchos de los hombres que hoy 
ocupan puestos importantes proscribieron en otra época a Ri- 
vera y esos podrían llegar a transar con los invasores. "El 
gobierno de la Capital está compuesto, casi en su totalidad, 
de esos hombres". 

La Asamblea, de acuerdo con las gestiones gubernativas, 
declaró que la patria estaba en peligro ; suspendió la segu- 
ridad individual ; y creó una Comisión compuesta de un se- 



162 HISTORIA DEL URUGUAY 



naclor y dos diputados con los siguientes cometidos: adoptar 
y hacer ejecutar las medidas más eficaces para la pronta re- 
caudación de los recursos destinados a la guerra; acordar con 
el Gobierno las medidas de alta policía que reclamen las 
circunstancias; vigilar el cumplimiento de todas las leyes y 
disposiciones y castigar a los infractores con las penas a que 
fueran acreedores; dar cuenta a la Asamblea General sobre 
el estado de los negocios confiados a su celo. 



La Asamblea se solidariza con el Gobierno. 

Algo más resolvió hacer la Asamblea : una amplia decla- 
ración de solidaridad con el Poder Ejecutivo que pusiera de 
manifiesto la perfecta unidad de miras frente al ejército in- 
vasor. 

Al autorizar al Gobierno para procurarse recursos pecu- 
niarios hasta la suma de medio millón de pesos "por todos 
los medios asequibles, menos el de emisión de papel moneda", 
admirable excepción con la que todavía se distanciaba más 
del régimen que presidía el dietador argentino, decía en su 
minuta de comunicación: 

"Todas las calamidades que van a pesar sobre el país son 
incalculables ; pero ellas estaban comprendidas en la esfera 
de las posibilidades que son" inherentes a la guerra. Com- 
prende también perfectamente la Asamblea General la in- 
minencia del peligro que corre la República, pero ellas no le 
son nuevas: su historia simboliza más de una gloria... El 
pueblo oriental no ha degenerado: por sus venas corre aún la 
sangre con que ha cimentado sus libertades y su independen- 
cia. Aún no están enmohecidas las cadenas que destrozó en 
más de un combate glorioso, y sería mengua, vergüenza, in- 
justicia atroz que jamás tolerarían sus representantes, poner 
en duda su ardor y energía para defenderse del bárbaro ene- 
migo que hoy la acecha." 

Fundando esta minuta, decían don Santiago Vázquez, don 
Julián Alvarez, don I\Ianuel Herrera y Obes, don Salvador 
Tort y don Joaquín Sagra, miembros de la Comisión infor- 
mante de la Asamblea : 

"En momentos de crisis para las naciones, la unidad y de- 
cisión de las autoridades constituidas es sin duda una con- 
liición de existencia ; pero cuando esa crisis es de un género 



liuiíiKU.No in-: KivKUA 163 



especial por sus eoniplieaciones : cuando un ejército extran- 
jero ha invadido el territorio nac-ional y con ademán altanero 
insulta y amenaza con un conipleto exterminio; cuando esa 
nación tiene que combatir con un enemigo feroz, implacable 
en su saña, original en sus crímenes, insaciable en sus ven- 
ganzas; cuando, en íin, ])or castigo del cielo, esa patria ha 
tenido la desgracia de alimentar en su seno hijos desnatu- 
ralizados, que, impasibles a sus gemidos y despreciando 
sus ruegos, le escupen la frente para besar las plantas ensan- 
grentadas del homicida que desgarra sus entrañas, entonces 
aquella unidad y decisión deben tener una misión más elevada : 
su pronunciamiento debe ser más expreso y enérgico; no debe 
haber ciudadano, magistrado, ni hombre alguno que perte- 
nezca al suelo en que habita por afección o por deber, que 
no deba templar su voz, armar sus brazos y encadenar su 
corazón para predicar con la palabra y el ejemplo, dominar 
las imaginaciones, conmover los sentimientos y concentrar, en 
una palabra, todas las resistencias mn-esarias. La causa que 
hoy defiende la República ho puede ser más bella, ni más 
santa ; y más honor tendrá aquel que en su defensa enarbole 
el primero el estandarte a cuyo derredor deban reunirse los 
hombres que pertenezcan a la civilización y a la humanidad". 

Estas manifestaciones vibrantes se reprodujeron al finalizar 
el mes de febrero, con ocasión del mensaje de apertura de las 
sesiones ordinarias de la Asamblea. 

La Cámara de Diputados votó una minuta de comunicación, 
redactada por una Comisión de la que formaban parte don Ma 
nuel Herrera y Obes y don Luis José de la Peña, que decía : 

"Representando a un pueblo cuya existencia aunque infan- 
til reposa ya en gigantescos e indestructibles trofeos de gloria 
arrancados a la tiranía a fuerza de valor y de constancia, la 
Cámara de Representantes será fiel intérprete de su voluntad 
y con sus pasos marcará la huella profunda que ha de sepultar 
a los enemigos de la libertad e indei)endencia de la patria". 

''La paz — agregaba el Senado en oti'a minuta de comuni- 
cación — es un bien santo que la Cámara quisiera dar a la Re- 
pública tan trabajada por una guerra interior y exterior de 
muchos años; pero la mengua del honor nacional es calamidad 
más terrible que la miseria; y cree que mientras exista en 
nuestro territorio una sola bayoneta extranjera levantada en 
el aire, hablar de paz sería vilipendiar el pundonor de nuestra 
nación acostumbrada a hacer reconocer su derecho de poderes 



164 HISTORIA DEI, I ULCÍl'AY 



fuertes, oiyauizad.is y contra los cuales, atendidos sus medios, 
parecía locura luchar". 

Había, como se ve. grandes enerfdas en el seno de los Po- 
deres públicos. La presencia de un fuerte ejército victorioso, 
lejos de desalentar, infundía entusiasmos dignos de la época 
de Artigas, y dentro de ese ambiente la organización de la 
defensa resultal)a una tarea llana. 



Estimulando el valor de los soldados. 

Faltaba artillería. Pero el general ^Manuel Correa mandó 
arrancar de las calles de Montevideo los cañones del coloniaje 
transformados en postes desde largo tiempo atrás, y mientras 
esos cañones eran limpiados y montados, el general Iriarte, 
con un millar de trabajadores, abría fosos, organizaba baterías 
y cerraba la ciudad con muros de defensa. 

Al empezar el sitio estaban reducidas las fortificaciones a 
un muro imperfecto de cinco pies de altura, según "El Na- 
cional", y sólo después de haber acampado Oribe en el Cerrito 
ese modesto muro fué completado. 

Con frecuencia tenían los mismos jefes ciue estimular a los 
soldados con el ejemplo. Una semana después del sitio dispuso 
el general Paz que fuera despejada una extensión de terreno 
cubierta de ladrillos. Había que proceder con rapidez, pero 
muchos contemplaban el trabajo de los soldados, cruzados de 
brazos, como simples espectadores. Entonces Paz, echándose 
al hombro una carga .de ladrillos, dijo a los jefes, oficiales y 
particulares que lo rodeal)an: "Imítenme los buenos orienta- 
les", consiguiendo así en una hora lo que de otro modo ame- 
nazaba absorber dos días. 

Al mismo tiempo se preparaba el espíritu de los soldados 
con actos emocionantes encaminados a obtener los más altos 
sacrificios militares. Era una de las obsesiones del ^Ministro de 
la Guerra coronel Pacheco. Hay un decreto suyo de principios 
de febrero de 1843, que puede citarse como modelo de ese gé- 
nero de propaganda patriótica. 

El Ministro de la Guerra, acompañado de las autoridades 
civiles y militares y de los ciudadanos notables de la ciudad, 
entresraría en acto público a cada batallón una bandera o es- 
tandarte nacional, con la advertencia de que la República "le 
confiaba sus colores para que los hiciera triunfar de los ene- 
migos de su independencia y libertad". La bandera y están- 



i;oi:iKiiNo dl: kiveua lÜó 

dartes llevarían una i-orhata roja, sin inscripción alguna. Pero 
después de la victoi-ia, se inscribiría en ellas con letras de oro 
el nombre del ])atallón. I'uigadt> el suelo de invasores, el Pre- 
sidente de la Kein'il)lica adjudicaría las banderas y estandar- 
tes "en propiedad'' a los mismos batallones a quienes por el 
momento se les entregaba '"para (jue las ganasen con heroísnif) 
y valor''; y en seguida se depositarían en la Iglesia ]\Iatriz 
y sólo serían desplegadas en las grandes solemnidades patrias, 
ante la guarnición formada en parada y en medio de músicas 
militares y salvas de cañones. Era entendido que el batallón 
que perdiera su bandera, sería disuelto en el acto. 

El 15 de febrero, víspera de la iniciación del sitio, tuvi) 
lugar la distribución de banderas ordenada por ese decreto. 
La guarnición formó en línea de batalla bajo el mando del 
general Paz, quien estaba acompañado del general Rufino 
Bauza, jefe de los batallones de guardias nacionales, y del ge- 
neral Tomás Triarte, jefe de los trabajos de la línea de for- 
tificaciones. Concurrieron tres batallones de guardias naciona- 
les, cinco batallones de línea, la legión argentina y tres bata- 
llones más: en conjunto doce cuerpos, faltando por estar de 
servicio los escuadrones de caballería, el cuerpo de artillería 
y el cuerpo de infantería de extramuros. Al tiempo de entre- 
gar su bandera a cada batallón, el Ministro de la Guerra 
pronunció una alocución patriótica para entonar a los sol- 
dados y vincularlos sólidamente a la defensa que iba a em- 
pezar. 

■ La escuadra franco - ing-lesa prohibe el bombardeo y el blo- 
queo de Montevideo. 

En los primeros días de enero de 1813 apareció en el puerto 
de Montevideo la escuadrilla de Rosas al mando del almirante 
Brovni. 

Venía tn ayuda del ejército de Oribe (lue haltía cruzado 
el Uruguay y que marchaba en dirección a la plaza. 

Pero los jefes de las estaciones navales de Francia e Ingla- 
terra notificaron en el acto a Brown "que no permitirían que 
la ciudad fuera hostilizada". 

Era el primer acto efectivo de intervención después del 
ultimátum del 16 de diciembre de 1842, que Rosas y Oribe 
desoyeron pero que el almirante argentino acató, persuadido 
de que su escuadrilla sería hundida o capturada. 



166 HISTORIA DEL riUGX'AY 



Pocas horas después Brown perseguía y apresaba una ba- 
llenera mercante llegada de la Colonia y la escuadra franco- 
inglesa exigía y obtenía la liberación del barco. 

Al día siguiente de establecido el sitio por Oribe, el como- 
doro Purvis, jefe de la escuadrilla inglesa, desembarcó un des- 
tacamento de soldados que fué alojado en el antiguo Cuartel 
de Marina, y se dirigió a Brown en estos términos: 

"Habiendo manifestado la Eeina de la Gran Bretaña por 
medio de su ]\Iinistro en Buenos Aires su deseo de que se res- 
tablezcan la paz y la amistad entre la Kepública Argentina 
y la Banda Oriental, yo como ofícial encargado del mando de 
las fuerzas del Río de la Plata le hago saber a usted debida- 
mente, por medio de esta nota, y le exijo cpie usted y todos 
los demás subditos de Su j\Iaj estad se abstengan de tomar 
parte, cualciuiera que sea, en la lucha pendiente." 

Esta actitud de Purvis, escribe don José Luis Bustamante,^ 
resultó para Montevideo "un formidable escudo". El como- 
doro sirvió "de baluarte más de una vez contra las repetidas 
tentativas del enemigo para apoderarse de la bahía, de la Isla 
de la Libertad y del Cerro, para dominar la extrema izquierda 
de la línea de fortificación y reducir a la Capital a la situa- 
ción extrema y desesperante de no poder disponer del puerta 
por donde debía únicamente recibir auxilios, provisiones y 
comunicaciones. ' ' 

Al mismo tiempo que el comodoro Purvis cooperaba en 
forma tan eficaz a la causa de la Defensa de ^Montevideo, 
se reunían los numerosos residentes franceses bajo la presi- 
dencia del Cónsul Pichón, y adoptaban una organización mi- 
litar, en virtud de la cual a una señal que se daría desde el 
Consulado, todos ellos deberían reconcentrarse en una docena 
de puntos llevando sus armas, y allí quedarían bajo el mando 
de un jefe y a la sombra de la bandera francesa protegidos 
por nuevos destacamentos que bajarían de a bordo. No actua- 
rían como l)eligerantes, según se prevenía en los discursos, 
y sí solo para defender sus vidas e intereses. Pero la orga- 
nización francamente militar que se daban y la creación de 
doce cuarteles de reconcentración, convertía a los millares de 
franceses de Montevideo en verdaderos aliados del Gobierno, 
y a la alianza abierta tenía que irse pronto, como en efect» 
se fué, bajo la presión natural de los sucesos. 

En la esperanza de vincular más aún al Gobierno Inglés a 
la causa de la Defensa, se apresuró la cancillería oriental a 



ÜOBIEKNO ÜE KIVEUA 167 

comunicar al Ministro Maiideville el pasaje del ejército de 
Oribe a despecho del ultimátum. A esa coinunicación diri- 
gida en los primeros días de enero por don Juan Andrés Gell}'-, 
Oficial ;Mayor do Relaciones Exteriores, se limité a contestar 
el Ministro Británico que no sabía a qué atribuir la demora 
de las fuerzas navales franco - inglesas que debían haber sa- 
lido de Eurojia desde meses atrás, y que por el momento él 
carecía de tropas de desembarco y sobre todo de instruecione:* 
para desembarcarlas. La cancillería oriental ])idió entonces 
que por lo menos se autorizara el arjnamento de la población 
extranjera (pie quisiera alistarse para defender sus vidas e 
intereses, pero inútilmente también, porque ]\randeville volvió 
a excusarse con la falta de instrucciones. 

Ello no obstante, si las fuerzas navales británicas hu- 
bieran permanecido inactivas, permitiendo el bombardeo o 
por lo menos el bloqueo del puerto de ^Montevideo, en circuns- 
tancias en que el poderoso ejército de Oribe avanzaba sobre 
la ciudad, posiblemente, seguramente más bien dicho, la or- 
ganización de la Defensa habría quedado detenida ante la 
imposibilidad absoluta de sostener el sitio. 

Empieza el Sitio Grande. 

El ejército de Oribe llegó a las proximidades de ]Montevidea 
el 16 de febrero de 1843.^ 

Desde la cumbre del Cerrito hizo una salva de 21 cañonazos 
que la escuadra de Brown, muda desde la intimación franco- 
inglesa, contestó con otra salva, única maniobra de su artillería 
que le estaba permitida. 

Describiendo las escenas de la noche de ese día. escribía "El 
Nacional" : 

'*Un silencio profundo reinaba en nuestra línea, que no era 
interrumpidv» sino por los ordenados alertas de los centinela.s. 
Los soldados dormían o reposaban pegados al muro, al pie de 
sus armas. En las baterías estaban encendidas las mechas. Los 
jef€s, los oficiales, todos estaban en sus puestos. Dos o tres ba- 
tallones estaban colocados también en un gran cuerpo de re- 
serva sobre el camino del centro : los soldados estaban sentados 
al lado de sus armas, sin perder la formación. La caballería 
colocada a retaguardia, hubiera servido del mismo modo para 
caer sobre el enemigo en el caso de ser repelido, y para con- 
tener a los tímidos que hubieran vuelto la espalda atolón- 



168 IIISTOKI.V DEL URUGUAY 



drados por el primer empuje del atatiue. Al general Paz que 
mandaba en jefe, se le veía como una sombra misteriosa, pasar 
silencioso, recorriendo, inspeccionando, satisfaciéndose por sí 
mismo de que todo estaba ejecutado conforme a sus órdenes. 
La misma vigilancia efectuaban en sus funciones respectivas 
los demás jefes. El día amaneció y sólo faltó el enemigo". 

Entre los soldados que aparecen en ese cuadro había hasta 
generales como don Juan Pablo López, Gobernador de Santa 
Fe, quien al toque de generala se presentó con una tercerola 
buscando colocación en las trincheras. 

Viendo que Oribe no daba señales de vida, resolvió el general 
Paz, en la mañana del día 17, enviar una fuerza al mando 
del comandante ^larcelino Sosa, para descubrir la posición del 
invasor. La partida de Sosa se encontró con otra fuerza ene- 
miga, a la que sableó a la altura de la quinta de Casavalle, 
capturándole dos prisioneros, por medio áe los cuales se supo 
que las fuerzas invasoras se componían de siete batallones de 
300 hombres, un batallón de 500, dos batidlones de 200, de 
28 piezas de artillería j de 5,000 soldados" de caballería, con 
el dato muy tranquilizador de que era voz corriente que Oribe 
tenía el propósito de sitiar la ciudad pero no de atacarla. 

En la tarde del mismo día avanzó el ejército de Oribe hasta 
poneree a medio tiro de la plaza en toda la zona del Cordón. 
Parecía inminente el asalto. Pero al oscurecer los batallones 
invasores retrogradaron a sus respectivos campamentos y ya 
no volvió a repetirse la escena hasta dos años después, en que 
de nuevo el ejército avanzó sobre la plaza hasta la altura de 
la Aguada, para volverse a retirar en la misma forma en que 
lo había hecho al tiempo de su primer amago. 

Tales fueron los primeros hechos de armas : un encuentro 
de partidas provocado por los sitiados, y un amago de asalto 
por la fuerza sitiadora. En los días subsiguientes volvieron a 
repetii"se las guerrillas entre las fuerzas de la plaza que salían 
de sus trincheras y las del ejército sitiador que se aproxima- 
ban al encuentro. 

Al tercer día de la iniciación del sitio ya estaba tan tran- 
quilo el ambiente de la plaza, que la Policía resolvió solemnizar 
el aniversario de la batalla de Ituzaingó, mediante un edicto 
que disponía que durante los días 19, 20 y 21 de febrero todos 
los habitantes de la ciudad deberían enarbolar banderas e 
iluminar sus casas. 

Hubo luego un momento de alarma. Parte del batallón de 



GOBIERNO DE RIVERA 169 



•extramuros, formado por vascos espailoles, se amotinó respon- 
diendo a trabajos del campo sitiador, a tiempo que las tropas 
de Oribe concentraban sus fuegos sobre las trincheras. Pero la 
■sublevación no tuvo consecuencias; los amotinados se fueron al 
campo opuesto y la ciudad de Montevideo, sitiada por tierra y 
-amparada por mar, volvió en el acto a su vida normal. 



ií— m 



II 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 
Presidencia de Suárez— 1843-1852 



INTRODUCCIÓN A LOS CAPÍTULOS Vil -XX 



Hemos dicho al ocuparnos ele los comienzo3 del sitio, que Oribe 
sólo traía instrucciones para perpetuar el estado de guerra. Y así 
efectivamente quedó comprobado en 1848 cuando la intervención 
franco - inglesa le ofreció la entrega de la plaza. Después de haber 
aceptado la oferta, tuvo que rechazarla, acatando órdenes de Rosas. 

Limitada así la tarea al mantenimiento del sitio, no había am- 
biente para una lucha intensa. Bastaban las guerrillas a que diaria- 
mente se invitaban sitiados y sitiadores para medir sus fuerzas y 
coiretearse dentro de la zona circundada por las trincheras y reduc- 
tos de la plaza y los grandes campamentos del ejército sitiador. 

Aparte de esos tiroteos diarios y de alguno que otro cañonazo que 
rara vez iba dirigido al casco de la ciudad, la población podía vivir 
tranquila y así vivía, según lo revelan sus noches do teatro, sus 
bailes, sus paseos y sus obras intelectuales de aliento. 

Durante algún tiempo se luchó reciamente en los departamentos 
del interior y del litoral. Allí se disputaba el terreno y la guerra 
tenía que ser encarnizada. Pero después de dos campañas desgra- 
ciadas en que los ejércitos de Rivera fueron vencidos y desalojados, 
la acción militar volvió a circunscribirse a las guerrillas que tenían 
por teatro la zona situada entre las trincheras y reductos de la plaza 
y los grandes campamentos del ejército sitiador. 

Pudo creerse en los comienzos que la guerra sería de exterminio. 
Los soldados de Oribe que acababan de realizar una campaña de 
muerte en las provincias argentinas refractarias a la dictadura de 
Rosas, venían cubiertos de sangre y hasta enloquecidos por el hábito 
del degüello. El gobierno de la Defensa decretó a su vez el exter- 
minio de los prisioneros y adoptó otras medidas que denunciaban 
el propósito de recurrir a las mismas armas :iue había empleado 
eu adversario. 

Pero luego de corridas las primeras semanas del sitio, el gobierno 
de la Defensa archivó su programa de sangre, y Oribe tendiendo ur» 
velo sobre el escenario argentino, repleto de sangre, resolvió huma- 
nizar la lucha, y lo consiguió, aún cuando sus t^oldados reanudaran 
de tarde en tarde la obra del degüello de prisioneros ya proscripta 
como medida general. 

La única obsesión de los sitiados era la de las subsistencias o, 
más bien dicho, la del dinero para procurárselas, porque el puerto 
estuvo siempre abierto a las corrientes de importación, aún durante 
■los cortos meses del bloqueo por la escuadra de Brown limitado a 
trabar la entrada de carnes para el abasto. 

De ahí seguramenta que cuando la intervención franco-inglesa 
resolvió en 1845 venir en ayuída del gobierno de la Defensa, lo 
primero y lo más fundamental que hizo fué decretar el bloqueo con- 
tra Rosas, pero no un bloqueo absoluto, sino un bloqueo parcial que 
cerraba la entrada a los barcos de ultramar pero que la abría am- 
pliamente al cabotaje uruguayo, como medio de que los puertos 
argentinos tuvieran que hacer su comercio de iinportación y expor- 
tación por intermedio de la aduana de Montevideo, y adquiriera el 
gobierno de la Defensa una gran fuente de rentas para cubrir las 
exigencias de la guerra. 



174 HISTORIA DEL UBUGUAY 



Actuaban sin duda alguna a uno y otro laxio de la línea, numero- 
sos elementos nacionales. Pero no eran ellos, y es esta otra de las 
particularidades de la Guerra Grande, los de influencia decisiva en la 
prosecución de las hostilidades. 

"Esa lucha, en que todos los orientales fuimos víctimas, ha sido 
una lucha de influencias extranjeras", exclamaba el doctor Cándido 
Joanicó desde su banca de diputado en 1852, al empezar un discurso 
que no pudo continuar porque se lo impidieron las explosiones de 
protesta y las interrupciones de sus colegas de la mayoría y de la 
minoría. 

Tenía razón. En el campo de Oribe, era Rosas quien mandaba. Y 
en la plaza de Montevideo, la influencia extranjera que había ejer- 
cido acción preponderante en el rompimiento de las hostilidades, 
continuó actuando durante el sitio porque ella disponía de la ma- 
yoría de los batallones, de los recursos financieros del Gobierno y 
de una escuadra poderosa. 

Es sólo del punto de vista institucional que la contienda se agi- 
ganta por efecto del antagonismo de los programas en pugna. 

En tanto que el gobierno de la Defensa ejercido dentro de una 
plaza de guerra y por estadistas que estaban con el arma al brazo, 
mantiene el parlamento hasta la conclusión de su mandato y luego 
llena su vacío con una Asamblea de Notables provista de sus mismas 
facultades constitucionales, el gobierno de Oribe extrae del osario 
la Legislatura disuelta por Rivera en '1838, le arranca la ratificación 
de su dictadura militar y luego la vuelve a enterrar para que ningún 
legislador lo interrumpa en el ejercicio de sus facultades omnímodas. 

De tan profunda diversidad de programas tenía que resultar y 
resultó del lado de Oribe, una obra de absorción, encaminada a 
robustecer la acción militar, único objeto de las preocupaciones gu- 
bernativas; y del lado del gobierno de la Defensa, una obra da 
libertad a base de multiplicación de las escuelas primarias y de las 
escuelas de enseñanza secundaria, de la fundación de la Univer.sidajd, 
y de notables impulsos a las investigaciones originales mediante el 
Instituto Histórico y Geográfico y otros resortes de igual importancia. 

Y es de ese punto de vista que puede y debe decirse que la Defensa 
de Montevideo salvó la civilización del Río de la Plata contra la 
barbarie militar de Rosas. 



La lucha militar 



CAPITULO VII 

Prosigue el sitio 
La lucha de trincheras 

Frente a las murallas de Montevideo. 

Ya hemos dicho en qué forma empezó el sitio de Montevi- 
deo : propiamente sin lucha, si hacemos caso omiso de una 
guerrilla encabezada por Marcelino Sosa y de un amago de 
asalto ordenado por Oribe. Tres días después de esos actos ini- 
ciales la ciudad festejaba entusiastamente el aniversario de 
la batalla de Ituzaingó, y en seguida descendía Rivera de la 
presidencia de la República, por expiración del plazo de su 
mandato, y entraba a actuar don Joaquín Suárez en plena 
calma, como si no estuviera a tiro de cañón un victorioso 
ejército enemigo que acababa de realizar en las provincias ar- 
gentinas un plan de aniquilamiento de poblaciones y de 
riquezas. 

Pues bien: en el transcurso del largo período que se ex- 
tiende desde febrero de 1843 hasta octubre de 1851 mantu- 
vieron esa misma actitud las grandes masas en lucha. No 
amengua esto ciertamente ni la grandeza de la causa de Mon- 
tevideo, ni la formidable energía de sus sostenedores para 
triunfar de las penurias del sitio. Señalamos simplemente un 
hecho que lejos de negar confirman plenamente todos los tes- 
timonios de la época. 

De otro plan mucho más serio, hablaron Oribe y Brown 
al comenzar el alistamiento de los extranjeros, en abril de 
1843. Oribe hizo preguntar a BroAvn si la escuadra podría 
ayudar su acción con tropas de desembarco, y habiendo obte- 
nido §1 ofrecimiento de 800 hombres comisionó al coronel 
Maza para combinar el ataque. Llegadas las conversaciones a 
esa altura reaccionó Brown, invocando "que sus buques no 
servían para nada ; que no tenía gente alguna para un desem- 
barco serio, y que si oficialmente había escrito lo contrario al 
Presidente Oribe, era por si acaso caía la comunicación en 
manos del enemigo, para que lo creyese". 



178 HISTORIA DEL URUGUAY 



Tal es lo que resulta de las notas cambiadas. Pero dada la 
actitud de Oribe desde la batalla del Arroyo Grande hasta 
el levantamiento del sitio, invariablemente inspirada en el 
plan de no entrar en Montevideo, la idea de un asalto, si real- 
mente nació en ese momento, debió ser abandonada de inme- 
diato por resolución propia o por imposición de Rosas, a quien 
no convenía absolutamente que desapareciera el estado de 
guerra en el territorio uruguayo. 

De guerrilla en guerrilla. 

Cada mañana avanzaban las partidas descubridoras de la 
plaza hasta encontrarse con las partidas descubridoras del 
campo sitiador. En el entrevero caían siempre algunos hom- 
bres y retrogradaban luego los sobrevivientes a sus respecti- 
vas bases. 

De noche vigilaban "los escuchas", valioso cuerpo creado 
por el general Paz para cubrir la línea exterior de la plaza. 
Al finalizar el primer año del sitio, el coronel Yelazco, jefe de 
la línea exterior, tomó la iniciativa de una suscripción a favor 
de esos guardianes del sueño, y fundando su pedido decía: 

"Siendo los escuchas los que hacen el servicio más pesado, 
los que descubren el terreno, los primeros que se presentan 
al enemigo, los que están siempre dispuestos a resistir a éste 
en caso de ataque y los que pueden guardar el sueño indis- 
pensable y el más dulce intervalo de los afanes del hombre". 

Y siempre así: de día las guerrillas que se movían, y de 
noche los escuchas que permanecían de pie para evitar sor- 
presas a las tropas dormidas. 

"Es sin duda fastidiosa la narración de sucesos parecidos 
los unos a los otros, con muy pocas diferencias", decía el Bo- 
letín del Ejército de la Defensa en marzo de 1843, al historiar 
esas guerrillas diarias, invariablemente iguales. 

Un año después, en julio de 1844, agregaba el mismo 
Boletín : 

Oribe anuncia día tras día la caída de ^Montevideo. Pero 
nada hace para conseguir ese resultado. Actualmente ni si- 
quiera tiene por delante el fantasma de Purvis. El comodoro 
insrlé'? hállase efectivamente en el Brasil. La plaza está blo- 
queada por la escuadra de Rosas y por el ejército de tierra, 
y nada obsta a las hostilidades. ¿Por qué, pues, no hace tro- 
nar sus cañones en vez de limitarse a incidentes militares sin 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 179 

importancia, a estimular actos de traición y a preparar em- 
boscadas? Sencillamente porque teme la acción de los cañones 
de tierra y las cinco mil bayonetas que cubren las trincheraB 
de la ciudad ! 

La guerra — escribía "El Comercio del Plata" cinco años 
más tarde, en febrero de 1849 al empezar la publicación de 
los partes diarios del Comandante del Telégrafo — ha quedado 
reducida a casos y hechos aislados : una guerrilla acá, unos 
disparos de cañón allá, los únicos casos y hechos que son 
objeto de esa comunicación diaria dirigida al Presidente. 

En esa lucha de guerrillas fué donde adquirió relieve pode- 
roso el coronel Marcelino Sosa. Atacaba diariamente al ene- 
migo fuera cual fuera su número, actitud digna — exclamaba 
en una proclama de abril de 1843 el Jefe de Policía don 
Andrés Lamas — ''de aquellos gloriosos días de nuestras gue- 
rras de la Independencia en que las audaces cargas de nues- 
tra caballería dominando la superioridad del número y de las 
armas, fijaban la victoria a la sombra de los colores patrios 
por un arrojo y una táctica enteramente nacionales." 

Una bala de cañón derribó finalmente al heroico guerrillero, 
en febrero de 1844, después de un año entero de escenas de 
valor jamás sobrepujadas. 

"Todo el pueblo — escribía un diario de la época, — se 
disputaba tocar su cuerpo como si fuera el de un santo". 
El Gobierno le decretó honores excepcionales: el regimiento 
de guardias nacionales que él había comandado, se llamaría 
en adelante Regimiento Sosa y su estandarte llevaría esta 
inscripción: "Marcelino Sosa: valiente entre los valientes"; el 
empleo de coronel del mismo regimiento no se proveería jamás, 
y ^Marcelino Sosa continuaría revistando como jefe efectivo; 
concluida la guerra se trasladarían los restos a un monu- 
mento donde se inscribirían sus últimas y admirables pala- 
bras al caer herido de muerte: "Compañeros: salvad la pa- 
tria!". 

"Sin miedo y sin reproche, como Bayardo — decía el Mi- 
nistro de la Guerra coronel Pacheco y Obes al tiempo del 
entierro — ; invencible como el Cid ; patriota como Leónidas . . . 
una bala de cañón le ha derribado; el brazo de un hombre 
era incapaz de hacerlo." 

Frente a esos cuadros que exaltaban el heroísmo de los 
<'.ombatien)tes, surgían otros terriblemente condenatorios de la 
guerra civil. Entre ellos éste que extractamos de "El Nacio- 
nal" de abril de 1843: 



180 HISTORIA DEL URUGUAY 



En una guerrilla cayó herido un sargento de las milicias 
de extramuros. Llevado moribundo a la plaza pidió a su pa- 
dre agua para aplacar la sed que lo devoraba y luego de apu- 
rar el contenido del vaso dijo: "ahora voy a batirme". Pero 
BU fin se acercaba y ya expirante preguntó a su padre si 
aquella bala que lo mataba no habría sido disparada por el 
fusil de un hermano que militaba en el ejército de Oribe ! 

Historiando los sucesos de los tres primeros años del sitio 
escribía "El Nacional" en 1846: 

"Todas las mañanas, a veces a toda hora, hasta durante 
la noche, sonaba el cañón o el fusil. Los hombres caían y mo- 
rían: las camillas atravesaban la ciudad conduciendo los he- 
ridos a los hospitales. Las familias perdían sus padres, sus 
hijos, sus deudos, sus amigos: caía el jefe, el oficial y el 
soldado indistintamente, y ni las lágrimas que se dedicaban 
a aquellos tiernos objetos, ni el espectáculo de sangre y de 
muerte que por todas partes ofrecía cuadros que hubieran 
contristado y doblegado a muchos pueblos, desalentaban el 
heroísmo del de Montevideo . . . Cada día la descubierta o la 
retirada presentaba un simulacro de batalla al que llamába- 
mos guerrilla y que por resultado daba más muertos y heri- 
dos que los que solemos ver por otras partes producidos en 
notables funciones de guerra. El enemigo que no tenía auda- 
cia para un ataque a las líneas, creía así diezmar, intimidar 
la guarnición. Pero tropezaba con el valor; era con poquísimas 
excepciones castigado con severidad, y lejos de conseguir su 
objeto estimulaba las pasiones belicosas de unos soldados 
engreídos por los diarios triunfos que no tenían más móvil 
que el amor a la libertad. De ahí ha quedado una serie de 
hechos de valor individual que continúan repitiéndose y que 
cantará la poesía." 

Como resultado de estos hechos aislados, morían, sin duda, 
muchos soldados, aunque no en la proporción que haría su- 
poner el relato que antecede. Pero detrás de las líneas en 
que combatían las partidas que se buscaban, todo estaba or- 
dinariai^ente en calma, y ni en la plaza sitiada, ni tampoco 
í^n el campo sitiador se vivía bajo la obsesión de un choque 
de las grandes masas que estaban frente a frente, en actitud 
siempre expectante. 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 181 



Salidas de la guarnición. 

Ei éxito generalmente favorable de las guerrillas y la abso- 
luta pasividad del grueso del ejército sitiador, estimularon 
más de nua vez, sin embargo, salidas parciales de las fuerzas 
de la plaza. 

A mediados de 1843 marchó al Cerro por vía marítima 
una expedición bajo el mando del general Bauza primero y 
del Ministro Pacheco y Obes después, compuesta de dos bata- 
llones de línea y de la legión italiana a órdenes de Garibaldi, 
y allí entabló una fuerte acción en la que fueron vencidas las 
fuerzas sitiadoras que cubrían esa zona. 

Un mes después salió el grueso de la guarnición bajo el 
mando directo del general Paz hasta las Tres Cruces, obli- 
gando a las fuerzas sitiadoras a retroceder con pérdidas. 

^lás adelante expedicionó una fuerte columna al mando del 
coronel Faustino Velazco, hasta el Buceo, arrollando todas 
las fuerzas que encontró a su paso. 

Antes de finalizar el primer año del sitio, volvió a repetirse 
el ataque a las tropas que cubrían la zona de las Tres Cruces, 
con el mismo buen éxito. Pero Oribe envió refuerzos conside- 
rables y hubo que retroceder, muriendo en esas circunstancias 
el coronel Neyra, uno de los jefes de la columna expediciona- 
ria. Cayó el coronel Neyra cuando acababa de exclamar : ¡ Va- 
lor, soldados: a la carga! Garibaldi tomó la resolución heroica 
de arrancar su cadáver de manos de los enemigos que ya esta- 
ban encima y lo consiguió después de un violentísimo combate 
cuya relación, escribía Rivera Indarte, recordaba "a Homero 
cantando las proezas de Aquiles para recuperar el cadáver 
de su amigo Patroclo". 

El comandante don José María Muñoz se lanzó a princi- 
pios de 1844 al frente de una compañía de guardias nacionales 
y una guerrilla de línea, sobre el puesto militar que las fuer- 
zas sitiadoras tenían en la quinta de Vilardebó, y hubiera to- 
mado el cantón sin la brusca llegada de refuerzos. 

Algunas semanas después el Ministro de la Guerra coronel 
Pacheco, se dirigió al Cerro, con una parte de la guarnición, 
y atacó y venció al general Ángel Núñez, el mejor de los jefes 
de caballería de los sitiadores. 

Animado por estos éxitos, resolvió el general Paz llevar un 
fuerte ataque al ejército sitiador. A fines de abril salió al 



]S-2 HISTORIA DEL URUGUAY 



frente de 1,500 soldados en dirección al Pantanoso. El coronel 
Venancio Flores que estaba con otras tropas en el Cerro, debía 
ponerse en marcha a la misma hora y obrar en combinación. 
La columna del general Paz avanzó victoriosa hasta colocarse 
a retaguardia ael campamento principal de Oribe. Pero la 
columna del coronel Flores no se movió a la hora convenida 
en virtud de órdenes directas emanadas del Ministerio de la 
Guerra (;ue inutilizaron el plan de ataque que tan excelente 
comienzo había tenido. Este incidente, obra de viejas rivali- 
dades, dio por resultado que el general Paz renunciara su 
cargo de Comandante General de Armas y se embarcara eu 
busca de nuevo teatro donde continuar su lucha contra Rosas. 
Hubo posteriormtnte otras salidas de fuerzas, pero sin ma- 
yores resultados, y la lucha entre sitiados y sitiadores volvió 
a continuar bajo la forma de tiroteos aislados en que se había 
iniciado. 

Zona ocupada por los sitiados. 

La línea fortificada corría al tiempo de iniciarse el sitio de 
mar a mar, desde la playa de la Aguada hasta el Cementerio 
Central, siguiendo las calles hoy denominadas Ibicuí, Cua- 
reim, Yí, Yaguaróu, Ejido y Santiago de Chile. 

El muro, casi todo de ladrillo y en algunas partes de piedra, 
tenía dos varas de espeso.' y la altura de un hombre. 

A fines de 181:4 co;isiguieron los sitiados construir una línea 
de baterías desde la Aguada hasta la Playa Ramírez, a través 
de la actual calle Sierra, conquistando entonces una faja de 
20 cuadras de profundidad. 

"El terreno que ocupaban las fuerzas de Oribe en los pri- 
meros tiempos del sitio, decía ''El Comercio del Plata" en 
febrero de 18-47, está hoy cultivado por los sitiados, cubierto 
de huertas que proveen a la plaza de verduras, legumbres y 
forrajes". 

Al dar nombre a las diversas baterías y fosos de la nueva 
línea, ''construidos bajo los fuegos del ejército sitiador", 
hacía constar el Gobierno en abril de ese mismo año que ya 
quedaban definitivamente a cubierto de todo ataque las po- 
blaciones de la Aguada y el Cordón y que se había quitado al 
enemigo "toda esperanza de atacar la primera línea forti- 
ficada". 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 183 



La acción de la artillería. 

Las baterías de Oribe funcionaron en todo el curso de 1843. 
Pero el pueblo, rara vez perjudicado por las balas, afluía como 
de* costumbre a los paseos públicos, a las iglesias, a los bailes, 
a las funciones de teatro, sin ocuparse de la artillería enemiga. 

Algo más activo resultó el bombardeo de 1844 y de ello sacó 
partido el Gobierno para enriquecer su parque, según lo com- 
prueba una compra de 500 balas disparadas por las baterías 
de tierra y por la escuadra, algunas de ellas sobre la línea 
exterior y otras sobre la ciudad por elevación, balas casi siem- 
pre inofensivas, valga el testimonio de la prensa, que sólo 
alcanzó a mencionar entre las víctimas algunos heridcts y un 
niño de pecho muerto en la cuna. ^ 

En igual tren continuó la artillería sitiadora durante los 
años subsiguientes. Funcionaban de tiempo en tiempo los ca- 
ñones, pero aparte de tai o cual edificio destruido, pasaban 
inadvertidos los efectos de siis balas. 

Refiriéndose a los cañonazos con que fué roto el armisticio 
de mediados de 1847, hacía constar "El Defensor" que los 
cañones habían sido dirigidos exclusivamente contra los can- 
tones o puestos avanzados, de acuerdo con el plan de Oribe, 
que era de evitar la destrucción de la ciudad. La prensa de 
Montevideo se apresuró a señalar excepciones, pero el hecho 
afirmado era cierto de una manera general. 

Ya casi al finalizar el sitio, en octubre de 1850, publicó la 
prensa de París una correspondencia de Montevideo escrita 
por el señor ^Marmier, que describía así el estado de la ciudad, 
un estado bien diferente sin duda del que hubiera resultado 
después de un bombardeo efectivo de siete años: 

'"Al ver desde la rada en su situación pintoresca esos blan- 
cos edificios que se diría labrados cual pequeñas gradas en 
un circo de mármol, esos techos de azotea como los de Oriente, 
esos delicados miradores que se elevan sobre muchas azoteas; 
al ver todo ese risueño cuadro del movimiento de botes en los 
puertos, de los contornos del río y de los verdes cercados de 
la Aguada que desde las murallas de la ciudad se extienden 
hasta la montaña del Cerro, nadie se imaginaría que esa era 
la ciudad agitada desde su origen por tantas luchas sucesivas, 
la Nueva Troya asediada ha más de siete años por un ejér- 



184 HISTORIA DEL UBUGUAT 



cito implacable, que puede teuer la astucia y la tenacidad de 
Ulises, pero que no será ilustrado por el valor de un Aquiles, 
ni por la prudencia de un Néstor y no tendrá un Homero 
para cantarlo. Al verla por primera vez en su interior no 
se podría conocer los profundos dolores que ha sufrido en 
varias ocasiones y el deplorable estado a que la ha reducido 
la cólera de sus enemigos." > 

Las minas. 

No eran conocidas las minas en nuestras contiendas civiles. 
Acostumbrados los hombres a pelear frente a frente y a cara 
descubierta, consideraban poco leal el empleo de procedimien- 
tos engañosos para destruir al enemigo. Por eso fué que causó 
asombro la voladura de una casa por las fuerzas sitiadoras 
en julio de 1843. Esa casa servía de cantón a las avanzadas 
de la plaza y quedaba abandonada durante la noche, circuns- 
tancia que permitió preparar la mina con todo éxito. Al pro- 
ducirse la voladura ocupaban el edificio veinte hombres, de 
los cuales ocho murieron y los demás quedaron heridos o que- 
mados. El general Paz, al dar cuenta del suceso, decía al Mi- 
nisterio de Guerra: 

"El enemigo no ha sabido aprovecharse de la sorpresa y 
confusión que regularmente debió causar una hostilidad tan 
inesperada como poco conocida entre nosotros. No ha avan- 
zado un paso, ni los nuestros han retrocedido. Todo está en 
su antiguo ser." 

En enero de 1845 colocaron los sitiadores otra fuerte mina 
en un edificio del Arroyo Seco que también ocupaban du- 
rante el día las avanzadas de la plaza. Pero esta vez fueron 
descubiertos los preparativos y las fuerzas de la plaza en 
vez de caer envueltas en sus escombros se encontraron en 
situación de cargar a los atacantes y de vencerlos. 

Inactividad de la escuadra de Rosos. 

Más innocua era todavía la artillería del almirante Brown, 
condenada a la inactividad desde la víspera del sitio por el 
comodoro Purvis. 

Sus cañones se limitaban en 1843 a disparar alguna que 
otra bala sobre los pescadores de la costa. En la imposibilidad 



I.A ÜEli:.NSÁ DE MONTEVIDKO 185 



(le lifK'Oilos funcionar contra la plaza, trató Brown de bus- 
caise ol dc'.s(inite mediante la ociii)ación de la Isla de Ratas, 
donde el gobierno de la Dei'enáa tenía un depósito de pólvora. 
Dos ataíiues dirig-ió en el curso del mes de abril. A raíz del pri- 
mero se alzo con la pólvora en virtud de no existir fuerzas 
militares en la Isla ; pero intervino el comodoro Purvis y tuvo 
que devolver su botín. La segunda vez sostuvieron la resisten- 
cia un guipo de guardias nacionales acantonaidos eu la Isla y 
varios laneliones dirigidos por Garibaldi. Purvis intervino de 
imevo obligando a la escuadrilla de Brown a salir del interior 
del puerto. 101 Go1;ierno lesolvió honar el beroísnio de 1o:í 
guardias nacionales que haliían encaliezado la defensa. A me- 
diados de agosto se trasladó a la Isla el Jefe del Estado Mayor 
gejieral ]M;uuiel Correa acompañado de un grupo de jefes, 
oñciales y ciudadanos, y colocó un gorro frigio sobre el asta 
bandera de la batería allí existente. Y como consecuencia de 
esa ceremonia, la Isla de Ratas tomó el nombre de Isla de 
la Libertad. 

Paréntesis de calma. 

^lás de una vez quedó suspendida la vida de guerrillas, 
como consecuencia de las negociaciones de paz entabladas por 
la diplomacia europea. 

En marzo de 1848 escribía el ^Ministro de Gobierno don 
^Manuel Herrera y Obes a don Andrés Lamas, que babían 
transcurrido 384 días sin oirse un solo tiro. 

En ago.sto de LS51, ya en las postrimerías del sitio, el Pre- 
sidente Suárez resolvió reanudar las liostilidades que babían 
estado .suspendidas durante más de dos años seguirlos. 

Sólo mencionamos los grandes paréntesis de calma, porcpic 
hubo muchos otros períodos de completa snispensión de las 
hostilidades. 



Les Ministros de Francia e Inglaterra tratan de reducir 
al bloqueo las hostilidades. 

A mediados de marzo de 1843 se dirigieron los ^Ministros 
de Inglaterra y de Francia a Rosas para pedirle que el sitio 
de Montevideo "quedara transformado en bloqueo", con ex- 
clusión de todo ataque, "ya por parte de mar, ya por parte 

n - i!i 



186 HISTORIA DEL TRUnUAY 



de tierra". Esa ciudad, decían, "no es una plaza de g-uerra", 
y como su línea de defensa está tan i)róxinia, la inmensa po- 
blación extranjera que ella encierra sufriría grandes perjui- 
cios en caso de asalto. Prevenían los Ministros que ellos par- 
tían de la base de que a su turno la plaza de ^lontevideo 
ninguna operación emprendería contra las fuerzas bloquea- 
doras, y concluían con la promesa de que formalizado el arre- 
glo serían reembarcados los destacamentos ingleses y franceses- 
que lial)ían bajado a tierra para garantir las propiedades ex- 
tranjeras. 

Kosas rechazó, como era natural, tan extraño pedido. "La 
admisión, decía en su respuesta, de lo que se projione i)()r los 
excelentísimos señores Ministros^ desvirtuaría la moral Cvl 
ejército, amortiguaría su entusiasmo, produciría deseonfianz-j, 
alentaría a los enemigos de ambas Eepúblicas, prolongaría 
imiecesariamente la guerra, nos envolvería en euestiuu'^s dr; 
giave trascendencia, alejaría el sumo bien de la paz que fer- 
vientemente desea este Gobierno y con enormísimo descrédito 
inutilizaría las favorables consecuencias que trajo en pos d; 
sí la completa derrota de Rivera en el Arroyo Grande". 

Los ^linistros europeos dirigieron una nueva nota a Rosns 
para lamentar "la indiferencia" de que daba pruebas ante 
una gestión inspirada en sentimientos tan humanitarios y pro- 
testar a la vez contra los perjuicios que pudieran sufi'ir loi 
extranjeros de ^Montevideo. 

Rosas decreta el bloqueo del puerto de Montevideo. 

Casi en los mismos momentos Rosas se dirigía al almirante 
Brown, previniéndole que desde el 1." de abril quedaba prohi- 
bida la entrada en el puerto de Montevideo de todo liuuue 
que condujera "artículos de guerra, carne fresca o salada, 
ganado en pie y aves de toda especie, dejando en t ido lo de- 
más al comercio y buques extranjeros en la libertad" de que 
habían gozado hasta ese momento. 

No se trataba, pues, de un bloqueo absoluto. Rosas prohibía 
simplemente la importación de ciertos artículos, quizá con el 
designio de prepararse — según la prensa de la época — para 
medidas ulteriores complementarias. 

Después de hablar el dictador, habló Oribe. ^íediante una 
circular a los Cónsules extranjeros radicados en ^NFontevideo, 
prohibía toda comunicación por tierra entre la plaza sitiada 



LA DEFENSA DK MONTEVIDKO 187 

y el resto de la Repviblieá y toda introducción de víveres, 
'■por agua y por tierra". 

Los Ministros de Francia y de Inglaterra pidieron a Rosa.s 
que fueran exceptuados de la prohibición los buques proce- 
dentes de ultramar, bajo el compromiso de que los Cónsules 
y comandantes de estación impedirían el desembarque de pro- 
visiones y armas con destino a la plaza sitiada, Y de acuerdo 
con ese pedido fueron eximidos de la formalidad de la visita 
los barcos ingleses y franceses. 

Mientras la cancillería de Buenos Aires y las Legaciones 
franco - inglesas arribaban a ese acuerdo, el comodoro Purvis 
resolvió por sí y ante sí desconocer en absoluto el bloqueo, a 
la espera de instrucciones directas del Gobierno Británico, y 
su actitud fué imitada en el acto por todas las demás esta- 
ciones navales. 

La cancillería de ^Montevideo dirigió por su parte una cir- 
cular a los Cónsules, anticipándoles que en caso de cumplirse 
el bloqueo parcial decretado por Rosas, el Gobierno se vería 
en la necesidad de expulsar de lá plaza a todos los consumi- 
dores que fueran inútiles a la defensa. La ciudad de Monte- 
video — decía esa circular — cuenta ocho veces más extranje- 
ros que nacionales, y Rosas al dictar su medida se ha dirigido 
entonces contra la población extranjera. 

Fué seguramente bajo la presión de los temores a que daba 
base la actitud de la escuadrilla inglesa, que surgieron en 
Buenos Aires ideas de acuerdo con el gobierno de la Defensa. 
El hecho es que a mediados de 1843 el almirante Brown, in- 
vocando instrucciones de Oribe, inició conferencias pacifistas 
con el comodoro Purvis, y el ]\Lnistro de Gobierno y Relacio- 
nes Exteriores fué autorizado para intervenir en ellas según 
refiere AMirigt, uno de los testigos de la época. 

El número de los mediadores aumentó luego con la incor- 
poración del almirante francés, resolviéndose finalmente €l 
envío al campo de Oribe de una Comisión franco - inglesa 
encargada de buscar una fórmula de paz, o, en .su defecto, 
de humanizar la guerra. La Comisión salió, pero el programa 
pacifista no encontró ambiente porque ya se habían desvane- 
cido seguramente los temores de Rosas y Oribe acerca de 
la actitud de las escuadras europeas surtas en el puerto .le 
Montevideo. 

Varios meses después llegó de Inglaterra orden de acata- 
miento al bloqueo y Rosas reiteró al almirante Brown el de- 



188 HISTORIA DEL UBUGUAY 



creto aplazado en virtud de la negativa del comodoro Purvis. 
Pei'O esta vez se alzaron el ^Ministro del Brasil Sininibú y A 
jefe de la estación naval brasileña, alegando que la prohil)i- 
eióu de importar víveres perjudicaba exclusivamente al co- 
mercio de su patria. Este suceso, provoco grandes manifesta- 
ciones de regocijo: en las trinchera,s hubo iluiiiiuaeión general; 
en la línea exterior mandó quemar el general Paz nume- 
rosas barricas; en las calles fueron vivados entusiastamente 
el ^Ministro brasileño y el comodoro Purvis; y el gobierno de 
la Defensa que ya juzgaba inevitable la entrada del Brasil en 
la guerra, lanzó un manitíesto en que decía que con la im- 
portación de viveres la plaza quedaba libre de penurias y que 
era necesario proseguir la lucha. '"Con el feí'oz enemigo, agre- 
gaba, no puede haber inteligencia ni convenio, porque él no 
se aviene a ningún otro (¡ue al degüello de los que le doblan 
la garganta". 

Hubo un momento en que pareció que los acontecimientos 
se precipitarían en el sentido del rompimiento. Después de 
un vivo ca¡nbio de notas entre el ^Ministro Ponte Ribeiro acre- 
ditado ante Rosas y la cancillería argentina, })idió y obtuvo 
el ^Ministro sus pasaportes. Pero llegaron en seguida ins- 
trucciones de Río de Janeiro y los representantes del Brasil 
en ^Montevideo acataron el bloqueo. 

El decreto de Rosas continuaba, sin embargo, en desgracia. 
Antes de finalizar el año 1843 y cuando apenas llevaba dos 
meses de vigencia fué de nuevo desacatado por el comodoro 
Purvis en represalia de medidas adoptadas por Oribe contra 
propiedades de varios subditos ingleses. 

Recién en loa comienzos del año siguiente empezó a tener 
efecto la prohibición de importar armas y víveres frescos. El 
ambiente siguió siendo de optimismo, sin embargo. Dando 
cuenta de esas y otras ocurrencias del primer año del sitio, 
exclamaba el Presidente Suárez ante la Asamblea: 

"La Patria no se rinde: a todo trance victoria para ella". 

Escasa importancia del bloqueo. 

Es que efectivamente el bloqueo no tenía importancia deci- 
siva para la plaza. En primer lugar, porque sólo estaban prohi- 
bidos los víveres frescos y gozaban de libre entrada los demás. 
En segundo lugar, porque los barcos mercantes de las bande- 
ras que tenían estación naval en Montevideo — y en tal caso 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 189 

se encontraban los Iraneeses c ingleses — no eran visitados por 
la escuadra hloqueadora. y eso como es natural se traducía en 
un vasto comercio clandestino de artículos prohibidos. Eu 
tercer lugar, porque el almirante Brown carecía de elementos 
para hacer eficaz el bloqueo y frecuentemente entraban al 
puerto embarcaciones con ganado. En cuarto lugar, porque 
la escuadrilla bloqueadora era atacada a v'eces con éxito poi' 
la del gobierno de ^Montevideo a órdenes de Garibaldi, que 
hasta penetró una vez en el Buceo para apresar los barcos 
que allí operaban; o reducida a la impotencia por los barcos 
de guerra extranjeros c^ue explotaban cuabjuier incidente para 
intervenir a favor de los sitiados. Sin hablar de la intervención 
activísima de la escuadra inglesa, bastará recordar eu prueba 
de esto último que a fines de 1844 la fragata de guerra norte- 
americana '"Congress" capturó un barco de Oribe que había 
hecho fuego sobre un bote de pescadores cpie buscaba el am- 
paro de la bandera norteamericana y que pocos días después 
capturó otro barco atacante de pescadores, realizado lo cual 
exigió y obtuvo el jefe norteamericano que los buques mer- 
cantes de su nacionalidad no fueran visitados y quedaran 
equiparados a los franceses e ingleses que entraban y salían 
libremente de Montevideo, como si el bloqueo no existiera. 
Por otrn parte era muy doloroso para el almirante Brown ^ 
compañero de glorias de muchos de los combatientes de ^lon- 
tevideo, recurrir a la vdolen<íia, y más de una V'Cz dio prue- 
bas de solidaridad con la plaza, ciue contrastaban con la acti- 
tud siempre dura de los sitiadores de tierra. A principios de 
1845 murió el general ^Martín Rodríguez, uno de los actores de 
la revolución de IMaj'o y militar de reliev^e en las eontiendas 
civiles que subsiguieron a esa revolución. El gobierno de la 
Defensa le rindió honores y el almir-ante Bi-own asociándose 
a ellos puso a media asta la bandera argentina en todos los 
buques de la escuadra bloqueadora, rasgo — escribía ' ' El Na- 
cional", — "que ha renovado los bellos tiempos de las gue- 
rras de la civilización en que los ejércitos hacían alto y fra- 
ternizaban para sepultar y honrar el cadáver de un campeón 
ilustre. ' ' 

El bloqueo se torna contra Rosas y Oribe. 

Desde los comienzos de 1845 procuró Rosas extremar las 
medidas. Prohibió "la entrada v salida" de barcos mercan- 



190 HISTORIA DEL URUGUAY 



ti's en el puerto de ^Montevideo liasta que Oribe ocupara la 
l)laza; y prohibió también la entrada a Buenos Aires de 
todo buque que liubiera operado en Montevideo o que hu- 
biera "arribado o tocado en él por cuahiuier accidente". 

Hecha la notificación por el almirante Brown contestó eb 
comandante de la estación naval francesa (pie esperaría ins- 
trucciones de su Gobierno y exigió el comandante de las 
fuerzas navales inglesas que se mantuviera con relación a 
los buques mercantes de su bandera el bloqueo parcial en la 
misu;a forma que había regido hasta ese momento. 

Varios meses después llegaron instrucciones a la estación 
naval francesa, jiara el reconocimiento del bloqueo absoluto 
ílel puerto de Montevideo, pero sólo desde cierta fecha y 
bajo la condición expresa de que también fuera reconocido 
por las demás potencias. 

Juntamente con esas instrucciones llegaba, sin embargo, al 
Río de la Plata una misión franco - inglesa encargada de rea- 
lizar gestiones de paz y en caso de fracaso de levantar el 
bloqueo del puerto de ^Montevideo y trasladarlo a los puertos 
argentinos. 

Rosas rechazó las bases de paz y entonces el almirante in- 
glés y el almirante francés se apoderaron de la escuadrilla 
bloqueadora de ^Montevideo y desalojaron a todos sus tripu- 
lantes. 

El almirante Brown, fué en el acto i)uesto en libertad y 
recibió antes de su partida para Buenos Aires el saludo del 
Presidente Suárez por intermedio del coronel Fermín Ordó- 
ñez, en homenaje a su heroica foja de servicios durante las 
guerras de la Independencia. Dos años después, a mediados 
de 1847. Brown desembarcaba de improviso en el puerto de 
Montevideo, de paso para Inglaterra, y del muelle se dirigí;i 
a la Casa de Gobierno para saludar al Presidente Suárez, 
quien respondiendo a esa elevada • muestra de consideración 
acordaba al ilustre marino una guardia de honor durante su 
breve permanencia en la plaza. 

Terminó el bloqueo del puerto de Montevideo a fines de 
julio de 1845 y en el mismo momento empezó el de los puer- 
tos argentinos ocupados por Rosas y el de los puertos orien- 
tales ocupados por Oribe. 

La plaza sitiada por Oribe llegó así a concentrar en su 
rada el movimiento comercial de todo el Río de la Plata 
con los puertos de ultramar en la forma amplia y grande- 
mente remuneradora de que nos ocuparemos más adelante. 



I.A DEFENSA DK JIOXJFVIDEO 191 

Les puertos de Oribe. 

Desde los primeros meses del sitio había habilitado Oribe 
I)ara el comercio de exportación e importación el saladero de 
Seco en el Buceo, dando lugar con ello a una circular del 
gobierno de Suárez al cuerpo diplomático y consular, en la 
que se decía que sólo al Cuerpo Legislativo incumbía la ha- 
bilitación de puertos; (pie el decreto de Oribe sólo tenía por 
objeto facilitar la importación de artículos de consumo para 
un ejército extranjero y la exportación de carnes y cueros 
ariebatados a la cnmpaña; que en consecuencia tales actos de 
comercio tenían que reputarse como de contrabando y que 
así los consideraría y rei>rimiría el Gobierno. 

Contestó el Cónsul inglés que se juzgaba obligado a "pre- 
caver a sus conciudadanos de las penas en que podrían incu- 
rrir". Pero el Cónsul norteamericano replicó que el Buceo 
estaba ocupado militarmente por Oribe y que los buques 
neutrales podían lícitamente ir allí ; y en cuanto a la proce- 
dencia de los cueros y de las carnes, que dichos artículos 
constituían ''un botín de guerra" del que Oribe podía dis- 
poner. 

El puerto del Buceo, siguió abierto hasta mediados de 1845. 
en que fué bloqueado por la escuadra franco - inglesa y la 
escuadrilla oriental a cargo de Garibaldi. 

Oribe habilitó entonces para las operaciones de exporta- 
ción e importación los puertos orientales sobre el río Yagua- 
rón, la Laguna Merín y el Chuy, transportando la achninis- 
tración central de Aduanas a la villa de Meló en Cerro 
Largo. 



Org-anización de las legones extranjeras. 

A raíz de la declaración del bloqueo del puerto de ]\[on- 
tevideo, en marzo de 1843, "Le Patrióte Francais" invitó a 
los residentes franceses a organizarse militarmente para la 
defen.sa de sus .derechos y anticipó la esperanza de que los 
demás extranjeros imitarían el ejemplo. 

Hubo con tal motivo varias reuniones a fines de ese mismo 
mes y en los primeros días de abril en que se habló del blo- 
queo, de la necesidad en que se vería el Gobierno de Mon- 



192 HISTORIA DEL VRUGUAY 



tevideo de reducir el número de los no eoDibatientes, del 
encarecimiento de la vida, de las tropelías de Rosas contra 
los extranjeros, del abandono en que éstos habían quedado 
por efecto de la pasiva actitud de sus representantes diplo- 
máticos y consulares. 

Una de esas reuniones, la del 3 de abril, teriuinó con 
grandes manifestaciones callejeras. La columna, (jue ocupaba 
tres cuadras, llevaba banderas francesas e italianas y se diri- 
gió a los cuarteles que ocupaban los destacamentos de la 
escuadra inglesa y de la escuadra francesa, entonando la 
Marsellesa y dando mueras a Rosas y a Oribe. Al día si- 
guiente volvieron los manifestantes a congregarse y luego de 
recorrer la ciudad se dirigieron al general Paz para ofrecerle 
su concurso militar, ofrecimiento que fué aceptado, regre- 
sando en seguida la columna al grito de "¡A las armas!". 

Según una carta que en 1849 dirigió el coronel Thiél)aut 
a "Le Patrióte Francais", la organización de la legión quedó 
autorizada el mismo día 3 de abril a raíz de la visita al gene- 
ral Paz. 

Cuando los extranjeros asumían esa actitud guerrera, ya 
había dirigido Oribe una circular a los Cónsules, que luego 
fué invocada como causa determinante y ú'nica del arma- 
mento. La circular, datada el 1." de abril, decía así: 

"El que firma ha sido informado con disgusto que varios 
extranjeros de los residentes en Montevideo emplean unos 
su influencia para atraer partidarios a los rebeldes salvajes 
unitarios, y otros toman las armas en favor de los mismos 
rebeldes. Notorio es el respeto que el que firma ha dispen- 
sado a las propiedades y personas de los subditos de las otras 
naciones, porque así se lo han aconsejado la civilización, la 
justicia y sus propios sentimientos, mientras se conservasen 
en la esfera qne les corresponde ; pero éstos y aquéllas le 
aconsejan obrar en un sentido enteramente contrario y vigo- 
roso contra los que olvidando su posición, la pierden, tomando 
parte en negocios que no les pertenecen, ya sea llevados del 
interés o por cualquier otro estímulo. Por consiguiente, el 
que firma se ve obligado a declarar que no respetará la cali- 
dad de extranjero, ni en los bienes ni en las personas de los 
subditos de otras naciones que tomasen partido con los infa- 
mes rebeldes salvajes unitariovS, contra la cansa de las leyes 
que el infrascripto y las fuerzas que le obedecen sostienen, 
sino que serán considerados tam])ién en tal caso como rebeldes 
salvajes unitarios y tratados sin ninguna distinción." 



LA Orit.NSA Di: MONTEVIÜEO 193 



, Esta circular que recién íué publicada el 6 de abril, cuando 
ya tüdü el inoviinieiito inicial del armamento de los extran- 
jeros estaba producido, acabó de precipitar los sucesos. El 
hecho es que el mismo día de la publicación empezó la orga- 
nización de la legión francesa bajo el mando del coronel 
Thiébiiul, y de la legión italiana bajo la dirección del coro- 
nel Garibaldi, no obstante los esfuerzos del Cónsul Mr. Pi- 
ehón, quien publicó un maniíiesto en que anunciaba que los 
franceses que tomaran las armas "perderían su ciudadanía 
y no serían protegidos por él ni por los agentes del Rey". 

Uno de los testigos presenciales de los sucesos, Whrigt, 
declara que a fines de marzo, es decir cuando todavía no se 
había firmado la circular, actuaba en la guarnición de ]\Ion- 
tevideo un batallón de voluntarios franceses de 200 plazas 
con bandera oriental. 

La circular, por otra parte, inspirada en movimientos ya 
producidos, no decía nada extraordinario al prevenir que los 
extranjeros que tomaran las armas serían equiparados a los 
nacionales. Pero su contenido fué explotado para apresurar 
el armamento. Oribe, se decía, degüella a los salvajes unita- 
rios y les confisca sus bienes, y tal será también el destino de 
los extranjeros que caigan en sus manos. 
, La legión francesa contó desde la primera semana con un 
millar de soldados y su número alcanzó a triplicarse un mes 
después. En la revista de mediados de mayo de 1843 se com- 
ponía de 2,904 hombres. 

Estudiando la índole de sus componentes, el general Pa- 
(íheco y Obes hacía constar años más tarde en París que los 
franceses que así corrían a empuñar las armas eran elemen- 
tos de la clase obrera, industriosos y emprendedores, de ex- 
celentes costumbres, y para demostrarlo exhibía uiia carta del 
Juez del Crimen de Montevideo, en la que se registraban 
estas palabras : 

"Del examen de los documentos resulta un hecho notable 
y que recomiendo a la atención del Gobierno para sus futu- 
ros proyectos de inmigración europea. Rara vez comparecen 
franceses ante la justicia criminal y nunca por otros motivos 
que el de los combates leales, lo cual revela en la población 
an fondo de admirable moralidad." 

La legión italiana a cargo de Garibaldi, menos numerosa, 
congregó desde los primeros días 500 combatientes. 

liOs españoles no tenían necesidad de organizarse. Care- 



UU HISTOlíIA DEL URUGUAY 



cían de Cónsul, y de acuerdo con las ideas de la época eran 
convocados a la par de los nacionales, sin exceptuar a los 
mismos que habían llegado al país al amparo de un trata- 
miento especial. A mediados de enero de 1843, al tiempo 
de iniciarse los preparativos para la Defensa, dicto el go- 
bierno de Suárez un decreto que empezaba diciendo que exis- 
tía en el país un considerable número de colonos canarios 
llegados a mérito de contratos con sus patrones y de un 
decreto de agosto de 18-40 que los declaraba eximidos del 
servicio militar; y que terminal)a derogando ese decreto y 
obligando a todos los colonos de 1-4 a -45 años de edad a alis- 
tarse en la guardia nacional, bajo apercibimiento de ser des- 
tinados los omisos a los cuerpos de línea. 

Había pocos ingleses en la plaza. Pí-ro con ellos organizó 
el capitán Samuel Benstead una guerrilla de voluntarios bajo 
el lema de "¡Gloria o ^Inerte!". Sus 25 tiradores llevaban 
una faja blanca y celeste en el pecho, y encomiando su empuje 
decía "El Nacional" en los comienzos del sitio: "Son unos 
leones, que se lanzan a los peligros con tranquilidad y omni- 
potente fuerza." 

La acción estimulante del Gobierno. 

El gobierno de Suárez procuraba, naturalmente, estimular 
por toda suerte de medios la movilización de los residentes 
extranjeros. 

^Mediante un primer decreto de mayo de 1843 estableció 
una patente semanal a cargo de las casas comerciales de ex- 
tranjeros, invocando que mientras ellas permanecían abiertas 
durante las horas del servicio militar, las de los comerciantes 
nacionales quedaban clausuradas. Reclamaron los Cónsules 
contra lo que reputaban un impuesto de guerra. Pero el 
Gobierno replicó que sólo se trataba de igualar condiciones 
entre los que vendían y los que no podían vender. Por un 
decreto subsiguiente fueron exceptuados de la patente los 
comerciantes extranjeros que .se enrolaran en la guardia na- 
cional. 

El Gobierno pidió luego a la Asamblea autorización para 
comprar varias leguas de campo y algvmos millares de cabe- 
zas de ganado con destino a los legionarios franceses e italia- 
nos, cuya actitud al incorporarse a la guarnición encomiaba 
así el mensaje : 



LA DEFENSA DK MONTEVIDKO 195 

"Este rasgo heroico, único (lue se registra en los anales- 
de la joven América y efecto únicamente de convicciones pro- 
fundas y sublimes, bastaría por sí solo a satisfacer miestra 
gloriosa causa y a convencer al mundo de que efectivamente 
el exterminio universal, el retroceso y el salvajismo consti- 
tuyen el lema que trae en sus banderas el feroz enemigo que 
nos combate y fuerza aún a los extranjeros a correr a las 
armas para borrarlo con su sangre." 

u\[ediante la ley de mayo de 1843, quedó autoi-izado el 
Poder Ejecutivo i)ara comprar 20 leguas y 50,01)0 animales 
vacunos con destino a los legionarios. 

Pi'osiguiendo en el mismo plan de estímulos, presentó el 
Gobierno otro proyecto que no alcanzó a convertirse (m ley, 
por el cual se otorgaba a los españoles incorporados al ejér- 
cito un premio de 20 cuadras cuadradas y 20 animales va- 
cunos, y a los emigrados argentinos que formaban una legión 
numerosa, los mismos premios que habrían de acordarse a los 
nacionales y facilidades especiales para ol)tener carta de ciu- 
dadanía. 

Les legionarios franceses cambian la bandera de su patria 
por la uruguaya. 

A inediados de septiembre de 1S4:'-] apareció en la puerta 
del Consulado de Francia un aviso por el cual se exigía a los 
legionarios el inmediato desarme y en caso negativo el al)an- 
dono (le la bandera e insignias francesas. 

Simultáneamente hacían circular el Cónsul Pichón v 
el Cónsul de Portugal Leitte, una nota que debían suscri- 
bir todos los representantes extranjeros, en la (|ue se pro- 
clamaba la imposibilidad de seguir la lucha y se lanza})a la 
idea de una negociación de paz con Oribe. 

Fracasó la nota colectiva y entonces se dirigió el Cónsul 
Francés al gobierno de Suárez exigiendo "que las insignias 
con los colores franceses fueran inmediatamente retiradas al 
cuerpo organizado en el mes de abril último bajo el nondíre 
de legionarios franceses, a pesar de las reclamaciones" del 
Consulado "y en desprecio de las leyes de la Francia y de 
las órdenes de su Gobierno". 

El coronel Thiébaut se apresuró a publicar una orden del 
día en que decía: 

Cuando "nos dirigimos al señor almirante para pedirle 



196 HlíjTORIA DEL LKUGUAY 

ayuda y protección, no nos contestó sino proponiéndonos una 
fuga vergonzosa". Por eso tomamos las armas. VA Gobierno 
Francés ha sido engañado. De ahí que nos amenace con la 
desnaturalización. "Xo os dejéis intimidar por amenazas... 
Calma, firmeza, unión y confianza, y llegaremos a confundir 
a los que nos han calumniado tan bajamente en lugar de pro- 
tegerno.s como lo exigía su deber." 

Pero el ^Ministro de Gol)ierno don Santiago \'í'izquez, se- 
dirigió al coronel Thiébaut para advertirle que el Cónsul había 
declarado delante del almirante ]\Ia«sieu de Clerval que éste 
tenía órdenes de su Gobierno para exigir "con la fuerza" el 
retiro de la cucarda francesa, el abandono de toda denomi- 
nación relativa a la nacionalidad francesa y asimismo "de 
toda bandera de alguna similitud con la de Francia". Ter- 
minaba don Santiago Vázquez haciendo un llamado a la pru- 
dencia y a la discreción de ios legionarios ante una situación 
"tan desagradable y extraordinaria". 

Entonces el coronel Thiébaut resolvió ({uitarle todo pre- 
texto al Cónsul para amenazar al Gobierno Uruguayo, me- 
diante una proclama en que hal)laba así a los legionarios: 

"El Cónsul ha hablado en nombre del Rey: subditos leales^ 
debemos obedecer... Se nos niega el uso de nuestra cucarda: 
haremos como hizo la guardia imperial: la colocaremos sobre 
el corazón. Nuestra bandera es un obstáculo: pleguémosla 
hasta tiempos mejores; ya la hemos visto flotar ante el ene- 
migo; su recuerdo bastará para asegurar nuestra victoria. El 
nombre de legión francesa causa miedo a Rosas; tonuxremos 
el nombre de voluntarios; nuestros golpes dirán sobrada- 
mente a los satélites del tirano que son lanzados por los vo- 
luntarios franceses." 

Ijos soldados votaron por aclamación esas hermosas deci- 
siones y minutos después se presentaba ante ellos y ante los 
legionarios italianos el ^Ministro de la Guerra coronel Pa- 
checo para decirles que los adversarios afirmaban que muchos 
seguían el servicio porque no había quién los protegiese. 
"Yo vengo aquí — agregó — para comprobar o desmentir ese 
hecho. Todos los que deseen dejar el servicio pueden hacerla 
ahora mismo y retirarse bajo la seguridad de que el Gobierna 
no mirará en ello una ofensa ; antes agradeciendo lo que han 
hecho hasta ahora les concederá la más especial protección y 
no permitirá qíie nadie les incomode o vilipendie por este 
paso." 



LA DEIICNSA DK MOXTEVIUl-.O 197 

Do la legión i'rancesa nadie contestó. De la legión italiana, 
oui.'C áuhlados aceptaron la invitación del .Ministro. 

Terminada la ceienu>nia [tasaron los jefes y oficiales a la 
Casa de Gobierno para saludar al Presidente de la l\ei)ública, 
sellándose allí el gran acto de solidaridad que acababa de des- 
arrollarse en las trincheras. 

Garibaldi fué el primero en hacer uso de la palal»ra. '^'o 
soy un proscripto, dijo. . . He adoptado aquí y en todas ¡)artes 
la causa de la libertad y de la civilización y combatiré por 
ella en esta República con el mismo interés y decisión con 
que lo haría por mi patria". 

"Desde que tomamos las armas en esta lucha de libertad, 
— habló a su turno el coronel Thiébaut — lo hicimos resueltos 
a no dejarlas de la mano hasta terminarla con gloria". 

Contesto don Santiago Vázquez, Ministro de Gobierno y 
Relaciones Exteriores. 

"En esta lucha a l'avor de la civilización y de la humani- 
dad, dijo, cuenta el Gobierno como una de sus grandes satis- 
facciones haber presenciado ese pronunciamiento heroico de 
vuestras legiones. . . ese i)ronuncianiiento, señores, que será 
conducido de boca en boca en vuestro honor y gloria y en alas 
de la Fama hasta la n:ás remota posteridad, que formará en 
la historia una página de oro, una página de libertad, civili- 
zación y progreso". 

Don ^Manuel Herrera y Obes se encaigó a su vez de glori- 
ficar a los legionarios en estos términos desde la tribuna }!ar- 
lamentaria: 

"Los habitantes de esta población han presenciado ayer un 
espectáculo de rara originalidad por su espontaneidad y mag- 
nánimo resultado. Una población extranjera venida a nuestro 
país i)or los encantos que él presenta al hombre industrioso, 
se hallaba envuelta in todos los males de una guerra bárbara 
y sin freno {)or un concurso cruel de circunstancias desgra- 
ciadas. Amen.izados en las franquicias y goces que les asegu- 
ran nuestras le^^es, nuestros principios políticos y locales y la 
dulzura de nuestra Constitución, se vieron obligados a tomar 
un fusil y colocarse al lado de nuestros soldados para compar- 
tir con ellos sus fatigas y peligros y defenderse, defendiendo 
ia independencia y la libertad de la República. Sin embargtj, 
orgullosos de su nacionalidad, idólatras de las glorias y de los 
intereses de su patria, no quisieron marchar al combate sino 
alentados por su himno guerrero y por los colores heroicos de 



198 HISTORIA DEL URUGUAY 



esa nación que por más de veinte años ha tenido en sus manos 
los destinos de todo un mundo y legado a la historia las más 
bellas páginas. Somos franceses, dijeron, y queremos vencer o 
]uorir como franceses". Pero obligados ahora por las autori- 
dades de su país a dejar las armas o en su defecto las in- 
signias y colores de la nación francesa, "desguarnecen los mo- 
rriones, enrollan sus pendones y colocando aquellos colores 
queridos en sus pechos, marchan a ocupar sus puestos". 



Sigue la escuadra francesa amenazando, pero el Gobierno 
de la Defensa no cede. 

Parecía terminado el incideiite. Pero el Cónsul y el almi- 
rante francés, (lue lo (jue buscaban era el licénciamiento efec- 
tivo de los legionarios, volvieron a insistir. 

'En nombre del Rey — decían en un bando de mediados 
lie diciembre — se previene a todos los franceses residentes en 
I\I()ntevideo, que han tomado las armas para la defensa de 
esta ciudad en los cuerpos organizados en el mes de abril, que 
las dejen inmediatamente. No les pertenece comprometer su 
posición y el nombre de la Francia tomando parte y haciendo 
cau.sa con un Gobierno extranjero". Con el propósito de tran- 
(piilizar a sus connacionales, publicaban a la vez una carta de 
Oribe en respuesta a otra del almirante, ofreciendo respetar 
la vida y los intereses de los franceses. 

En términos más contundentes se dirigieron al gobierno de 
Huárez. El Cónsul Pichón exigía en su nota "el licéncia- 
miento inmediato de todos los residentes franceses que han 
timiado las armas... sin cpie por ningún pretexto les sea 
posi1)le conservarlas o volverlas a tomar". Precisando luego 
el alcance de esa nota exigía que una vez efectuado el licén- 
ciamiento, no fueran admitidos los licenciados en los cuarteles, 
porque el Gobierno Francés les prohibía tomar las armas ya 
fuera a pedido de las autoridades orientales, ya fuera por 
iniciativa espontánea de los soldados. A su turno el almirante 
advertía al ]Ministerio que si de inmediato no eran atendidas 
las exigencias del Cónsul, recurriría a la fuerza para darles 
cumplimiento de acuerdo con las instrucciones recibidas de 
su Gobierno. 

El ilinistro de la Guerra reunió a los legionarios en la 
Plaza Cagancha y les previno que si querían licenciarse po- 



L.V DEIKNSA DK MONTEVIDIO 199 

dían hacerlo libremente. Nadie aceptó la indicación, y entonces 
el coronel Thiébant proclamó así a sus soldados: 

"No osando ya dirigirse a nosotros el Cónsul señor Pichón, 
reclama hoy del Gobierno Oriental el licénciamiento de la 
legión. . . Un almirante de Francia no ha temido ir a implo- 
rarle a Oribe una amnistía para nosotros. ^lás altivos y más 
consecuentes (pie él, no aceptamos sino los azares de un com- 
bate o una protección honrosa, fuerte e imponente, cpic mande 
y no pida." 

Pocas horas después circulaba una pnblicación oficial anun- 
ciando que el Cónsul de Francia había pedido sus pasaportes 
y se había retirado con todo el ])ersonal de su dependencia 
a título de que el Gobierno no accedía "a una petición in- 
justa y entablada del modo más irritante, amenazando con 
la fuerza y negándose a toda discusión". 

Pasados los antecedentes a la Asamblea, declaró ésta su 
absoluta solidaridad con la enérgica actitud del Poder Eje- 
cutivo. 

"El pueblo oriental, dijo el senador Sagra al fundar su 
voto, es idólatra de su libertad y ha derramado mucha sangre 
para salvarla y sostener sus derechos como nación indepen- 
diente. Los orientales no reconocen otra voluntad que la de 
la ley y no han podido ver con calma la lectura de esas piezas 
oficiales que nos presentan humillantes demandas del Rey de 
los franceses." 

Los legionarios franceses adquieren la ciudadanía e ingre- 
san a la guardia nacional. 

Quedó momentáneamente paralizado el conflicto a la espera 
del arribo de otro almirante francés, cuya llegada estaba 
anunciada. 

PJl nuevo almirante ^ír. Lainé llegó en marzo de 1844 y en 
el acto reiteró la orden de disolución expedida por su ante- 
cesor. 

Los franceses se reunieron y volvieron a expresar su firme 
propósito de no abandonar las armas y esa actitud dio mérito 
a' que Lainé dirigiera al Gobierno un ultimátum, expresando 
que .si en el plazo perentorio de 48 horas no se había proce- 
dido al licénciamiento, se reputaría tal omi.sión como un acto 
de hostilidad entre los dos países y la escuadra "obraría en 
consecueneia". 



200 HISTORIA DEL URUGXTAY 



Llegrailas las cosas a tan grave extremo, celebraron una 
nueva asamblea los legionarios y en ella resolvieron acceder 
a la disolución como medio de evitar al Uruguay una guerra 
con la Francia. 

Dirigiéronse en seguida al ])arque y entregaron sus anuas. 
Pero una vez desarmados, volvieron a reunirse y firmaron una 
nueva declaración por la que renunciaban "a la protección 
que les ofrecía el pabellón de la Francia" y ])edían al Gobierno 
Oriental c|ue los colocara '"bajo la protección de la bandera 
de la República como ciudadanos" y les pei-niitiera enrolarse 
"en sas íilas para el sost^'n de la causa rpie ella defiende". 

Y así quedó solucionado el conflicto. El gobierno de Suárez 
acordó la ciudadanía con cargo de dar cuenta al Cuer]!o Le- 
gislativo y constituyó con los legionarios franceses un nuevo 
cuerpo bajo el nombre de Segunda Legión de Guardias Na- 
cionales, a órdenes de su mismo jefe el coronel Thiébaut. Por 
su parte el almirante Lainé pasó una nota dándose por satis- 
fecho con el decreto de ciisolución. 

VA Cuerpo Legislativo ratificó el otorgamiento de la ciuda- 
danía en medio de grandes manifestaciones de entusiasmo cpie 
el senador dim Mignel Barreiro exteriorizó así: 

"La Representación Nacional encuentra las mismas dificul- 
tades cpie el Poder Ejecutivo para calificar como corresponde 
■el estupendo acto por el que estos hombres ilustres, en la op- 
ción entre el reposo y la gloria, aceptando todos los peligros 
de la época han solicitado su naturalización en la República 
con el solo fin de adquirir el derecho de servir en la defensa 
de la cansa que ella actualmente sostiene, de llenar el deber 
militar (¡ue la ciudadanía impone. Acto prodigiosamente su- 
blime, de una heroicidad sin ejemplo, única, absolutamente 
nueva en su género y que atraerá perpetuamente sobre sí la 
admiración, universal y en el Estado el testimonio permanente 
de la gratitud pública". 

Quedaban, pues, con las armas en la nmno los tres mil fran- 
gieses y quedal)a libre la plaza del verdadero atentado con que 
la amagaba la escuadra bajo forma de bombardeo o de blo- 
queo, verdadero atentado, sí, porque los legionarios desde el 
día en que hicieron abandono de la bandera y de las insignias 
de su nacionalidad de origen, ya estaban bajo la única pro- 
tección de la bandera oriental }• fuera en consecuencia de la 
jurisdicción del Cónsul y de la escuadra. 

Hay que agregar ciue el alma de todo este extraordinario 



I, A DKrKNSA I)K MONTK.VI DEO 201 

movimiento que empieza con la oi'ganizaeiün de la legión fran- 
cesa, que continúa con el cambio de bandera y que culmina 
con el pedido de naturalización, fué el Ministro de la Guerra 
coronel Pacheco y Obes. Ningún otro hombre hubiera podido 
provocar esa serie de hechos enormes, que por sí solos consti- 
tuyen una gloria de la Defensa. Era necesario su gran ascen- 
diente sobre las tropas y el formidable poder comunicativo 
de entusiasmos que lo caracterizaba, para obtener que la co- 
lonia francesa que había inmigrado en busca de trabajos re- 
muneradores, plegara su bandera y se hiciera colonia militar 
para vivir en la miseria, porque una ración miserable era todo 
lo que el Gobierno de la Defensa podía ofrecer a sus soldados 
y lo único que efectivamente les daba. 



CAPITULO VIII 
La lucha uiilitai* eu la campaña 



Victorias de Rivera. 

IMientras la plaza de ^Fontevideo sostenía la lueha de gue- 
rrillas a que la reducía la actitud invaria])lemeiite pasiva del 
ejército sitiador, Rivera proseguía la organización de sus 
caballerías y obtenía triunfos de importancia en ^laldonado, 
Minas, Soriano, Salto y dominaba realmente en el resto de 
la campaña. 

A mediados de mayo de 1843 avanzó con el grueso de su 
ejército sobre las líneas sitiadoras, resuelto a batirse si salían 
a su encuentro las ca,ballerías, pero a retrogradar si tenía 
que habérselas con la infantería. Así se lo decía al Presidente 
Suárez en un primer oficio datado en el Pantanoso, ;a dos 
horas de marcha de la plaza, después de haber cruzado el 
Santa Lucía a la altura del paso de San Ramón. En un se- 
gundo oficio daba cuenta de que las caballerías de Oribe 
habían recibido un refuerzo de infantería y artillería y que 
como sus soldados sólo disponían de lanzas, se veía obligado 
a retrogradar. 

La aproximación del ejército de Rivera, aunque fugaz, dio 
lugar a grandes esperanzas. 

''Cuando el triunfo de la eausa nacional, que ya alborea 
— escribía en tal oportunidad el ^Ministro de la Guerra a 
Rivera — brille espléndido, aumentando las glorias de esta 
patria, el Gobierno que la preside llenará el más grato y 
sagrado de sus deberes, recordando a la gratitud de la Nación 
los jefes, oficiales y soldados que Vuestra Excelencia reco- 
mienda como todos los demás de la República que en la 
crisis espantosa que fenece han llenado noblemente su deber." 

Algunas semanas después alcanzaba Rivera una importante 
victoria en los campos de Solís sobre la vanguardia del ge- 
neral Ignacio Oribe compuesta de 1,000 hombres a órdenes 
del coronel argentino don José ]María Flores. La fuerza ata- 
cada, según el parte oficial de Rivera, experimentó una per- 



LA DEFENSA UlC MONTEVIDEO 203 

dida de 700 honi])re.s entre muertos, heridos, prisioneros y 
dispersos. 

Alentado por su vic^toria. avanzó de nuevo Rivera sobre 
las líneas del ejército sitiador, siguiendo a las caballerías de 
Oribe que se replegaban, hasta acampar en el pastoreo de 
Pereyra, a la vista del Cerro. Desde esc punto en que perma- 
neció por breves horas, anunció al ]\Iinistro de la Guerra que 
había logrado interponerse "entre el ejército sitiador, a las 
órdenes de don Manuel Oribe" situado en las inmediaciones 
del Cerrito. "y el de operaciones o de caballería a las órde- 
nes de don Ignacio Oribe" formado en el Rincón de Melilla; 
pero que no pudiendo seguir a este último que continuaba 
su repliegue en busca de la protección de la infantería, había 
resuelto retirarse a Toledo y al Colorado. 

En esos mismos momentos una de las divisiones de Rivera, 
a órdenes del coronel Venancio Flores, derrotaba y dispersaba 
a las fuerzas del general Ángel Núñez en el departamento 
de la Colonia. 

El ejército de Oribe, dice Whrigt, quedó reducido a la faja 
contenida entre Las Piedras y el Cerrito y entre el río Santa 
Lucía y el Buceo, cortado en sus comunicaciones y sus víve- 
res i)or las caballerías de Rivera. 

De la situación angustiovsa de los sitiadores instruye este 
oficio de don Manuel Oribe al general Núñez : 

"Julio 11 de 1843. Usted obre como las circunstanciáis se 
lo aconsejen en la inteligencia de que el ganado es su pri- 
mera atención, porque el ejército no tiene qué comer." 



Invade Urquiza — Los comienzos de la campaña son favo- 
rables a Rivera. 

Oribe pidió entonces ayuda a Rosas y éste envió un nuevo 
ejército de tres mil hombres al mando de Urquiza, que cruzó 
el Uruguay en julio de 1843, obligando a Rivera a cambiar 
de plan y a retirarse al interior del país en observación de 
los movimientos del invasor. 

En el curso de esta nueva campaña las divisiones del ejér- 
cito de Rivera, a cargo de los coroneles Flores, Estivao, Silva 
y Centurión, obtuvieron varios triunfos sobre las fuerzas de 
los generales Urquiza y Servando Gómez. Pero luego sufrie- 
ron un serio contraste que las obligó a buscar refugio en el 



204 HISTOEIA DEL TJEU6UAT 



Brasil, donde permanecieron hasta que el grueso del ejercito 
marchó en busca de ellas y obtuvo su reincorporación en 
India Muerta. 

Rivera, que logró por ese medio reunir 2,500 hombres, se 
puso en marcha sobre el ejército del general Servando Gómez, 
de 1,400 hombres, acampado en San Miguel, infligiéndole una 
derrota tan completa que según su parte oficial. al Ministerio 
de la Guerra, el jefe oribista había abandonado el campo de 
batalla seguido de 200 soldados solamente. 

Las comunicaciones de Rivera llegaron a oMontevideo jun- 
tamente con otras del coronel Bernardino Báez, anunciando 
la ocupación del departamento de Paysandú por las fuerzas 
a sus órdenes. 

"Se acercan, pues, los días de paz, de gloria, de prospe- 
ridad", decía a fines de enero de 1844 el Jefe Político don 
Andrés Lamas, al ordenar el embanderamiento y la ilumina- 
ción de la ciudad. 



El combate del Yi y la batalla de India Muerta. 

Esos festejos coincidieron con un nuevo y sangriento com- 
Ijate en las puntas del Yi entre el ejército de Rivera — reducido 
a 1,900 hombres por estar en comisión algunas de las divi- 
siones — y el ejército de Urquiza fuerte de 2,500 soldados. 

Rivera se atribuía la victoria en carta al coronel Fortunato 
:Silva. Pero Urquiza la reivindicaba para su ejército en el 
parte a Oribe con el agregado de que sus adversarios habían 
sufrido una baja de 250 muertos y 63 prisioneros. Según 
otras versiones, las más probables, los dos combatientes retro- 
gradaron igualmente descalabrados. 

Quince días antes del combate había comunicado Rivera al 
Ministro de la Guerra desde India Muerta^ que tenía 4,096 
hombres, sin contar las divisiones de los coroneles Báez y 
Camacho y otras fuerzas destacadas en diversos departamen- 
tos. Si en vez de desprenderse de alguna^ de las divisiones 
agrupadas con tanto trabajo, hubiera marchado al frente áO 
todas ellas sobre Urquiza, el triunfo habría sido suyo, y en- 
tonces toda la campaña habría quedado en manos del gobierno 
de la Defensa. Desgraciadamente cometió el error de redu- 
cirse en el momento del ataque a la mitad de sus efectivos 
y pagó ese error con el descalabro de sus fuerzas. 



I.A DEFENSA DE MONTEVIDEO 



Ya eu septiembre del año anterior se había dirigido al 
encuentro de Urquiza hasta alcanzarlo a la altura de Ca- 
gancha, en los mismos instantes en que una fuerza de infan- 
tería y caballería que Oribe tenía destacada en las inmedia- 
ciones de los Cerrillos, marchaba en proteicción de las caba- 
llerías entrerrianas. Pero ante esa incorporación que alteraba 
la equivalencia de los combatientes, resolvió desistir de su 
intento y replegarse al Arroyo de la Virgen, según se encargó 
él mismo de comunicarlo al ^Ministerio de la Guerra. 

Rivera no había ocultado sus planes y tal fué otro de sus 
graves errores en esta campaña. Antes de finalizar el año 
1843, proclamó efectivamente a sus soldados desde su cuartel 
general en el Tacuarembó Grande para decirles que había 
llegado el momento de avanzar en dirección al campo sitiador. 

' ' La valiente guarnición de Montevideo — decía en su pro- 
clama — nos espera con ansias, porque ella también anhela 
por un combate a muerte con los enemigos de la patria, y no 
bien vuestras lanzas aparecerán en las cuchillas de Las Piedras, 
cuando aquellos ilustres compañeros empujarán delante de sí 
a los esclavos que los cercan, y entonces en un solo esfuerzo, 
en una misma hora, sobre un mismo campo, se alzará un grito 
de victoria y esta tierra de libertad será para siempre fecun- 
dada con sangre de tiranos." 

Era natural, pues, que Urquiza y Oribe se prepararan con 
tiempo para obstaculizar el avance, ayudados poderosamente 
en la tqrea por el propio Rivera que en vez de robustecer 
sus fuerzas, las iba fraccionando y debilitando en el curso de 
la marcha. 

Una de esas divisiones, la de los coroneles Venancio Flores 
y Jacinto Estivao, desprendida del grueso del ejército en la 
VLsper^ de la batalla del Yi, recorrió como un rayo la cam- 
paña, penetró en el campo de los sitiadores y vino a acampar 
en las faldas del Cerro en febrero de 1844. 

Obligado a retroceder después del combate del Yi, trató 
Rivera de colocafse en condiciones de atacar a Urquiza con 
mayores probabilidades de éxito. 

En julio de 1844 escribía al Ministro Pacheco y Obes desde 
el Rincón de las Gallinas, que su ejército no bajaba de 6,000 
hombres, en gran parte desnudos porque sólo había recibido 
2,000 vestuarios; que las fuerzas de Urquiza no alcanzaban 
a 5,000 hombres, y que él esperaba entrar pronto en opera- 
ciones con ánimo de acabar la guerra. 



206 HISTOEIA DEL ÜBUGUAT 



Tres meses después comunicaba desde su uuevo campa- 
mento en Aeeguá que estaba al frente de 5,300 hombres y que 
otras de sus divisiones maniobraban en la campaña. 

Con parte de ese ejército atacó sin éxito a Cerro Largo 
defendido por Dionisio Coronel. 

"La horda pardejuua representa cuatro mil bultos", escri- 
bía Dionisio Coronel a Urquiza. Arrastra en pos de sí, agre- 
gaba, un convoy de más de 200 carretas en las que va un 
conjunto de familias compuestas de 6,000 almas. 

En cambio, la división del coronel Bernardino Báez atacó 
y tomó la plaza del Salto. 

Bajo buenas perspectivas se abría, pues, la campaña de 
1845. 

' ' Nuestro ejército — decía don Joaquín Suárez al abrir las 
sesiones ordinarias de la Asamblea — regido por el varón 
eminente de esta patria, por el general don Fructuoso Rivera, 
ha alcanzado ventajas repetidas y famosas. El ha paralizado 
todo el poder de nuestros enemigos. Hace tres años que ese 
ejército y su ínclito caudillo están en caanpaña sin tomar cuar- 
teles. Hace tres años que pelean y vencen. Hace tres años que 
tienen por cama las faldas de nuestras cuchillas y por techo 
el mismo cielo de la patria que han jurado libertar." 

Rivera, que estaba resuelto a dar una batalla decisiva, se 
encontró finalmente con Urquiza en los campos de India 
]\Iuerta. al finalizar el mes de marzo de ese mismo año. 

Según el parte de L^rquiza a Oribe, el ejército del pardejón 
(calificativo que Rosas aplicaba a Rivera, no obstante que 
éste descendía de una de las principales familias blancas del 
coloniaje) se componía de "4.500 bultos" y el suyo de "3,000 
valientes". Todos los informes de la época están contestes en 
que Rivera se había desprendido de parte de sus fuerzas en 
la creencia de que el ejército enemigo sólo constaba de 2,000 
hombres. Y fué por efecto de ello, sin duda alguna, que la 
suerte de las armas le resultó adversa. 

Véase cómo explicaba el desastre uno de los oficiales de 
Rivera en carta que publicó la prensa de Montevideo : 

"La línea oriental tenía una forma de martillo. Llegado el 
momento de cargar, nuestra derecha y centro lo hicieron con 
bizarría, arrollando y destruyendo cuanto encontraron a su 
frente. En cambio nuestra izquierda, por efecto de un movi- 
miento falso, mal ejecutado e incomprensible, se envolvió de 
una manera tan compleja Cjue no pudo formar.se para i:)elear. 



LA DEFENSA DF, MO.NTEVIUEO 207 

y los enemigos aprovechando esa circimstaneia, la cargaron 
con rapidez y con tesón y la arrojaron "n gran desorden sobre 
nuestra reserva, que también fué envuelta en el torbellino sin 
haber peleado a'teolutamente. DeeJarada la derrota de nuestra 
izquierda, casi todas las fuerzas enemigas cargaron a las del 
centro y derecha que todavía vencían con Rivera a la cabeza, 
pero que no pudieron resistir el nuevo ataque y tuvieron que 
retirarse. ' ' 

En su parte oficial expresaba Urquiza a Oribe que el ejéi-- 
cito de Rivera había tenido "800 cadáveres y como 350 pri- 
sioneros", habiendo bastado "dos horas para el completo ano- 
nadamiento de los salvajes unitarios". ITna nota final, puesta 
al pie del mismo ptrte, elevaba el monto de las bajas de 
Rivera a 1,000 muertos y 500 prisioneros. Otras comunicacio- 
nes oficiales de Urquiza a Oribe mantenían el número de muer- 
tos en 1,000, pero hacían subir el de prisioneros a 700, agre- 
gando que las bajas del ejército vencedor sólo consistían en 
32 muertos y 115 heridos. 



Rivera emigra al Brasil.. 

Producida la derrota, empezó la persecución, una persecu- 
ción tenaz que arrojó al territorio brasileño, por las fronteras 
de Santa Teresa y Yaguarón, más de 2,000 soldados fugitivos, 
según la carta que acabamos de extractar. El general Aria- 
cleto ]Medina. <|ue estaba en La Paloma cumpliendo una comi- 
sión de Rivera, una vez enterado del desastre se puso en mar- 
cha rumbo a Río Grande, para asumir la jefatura de los 
grupos que corrían en esa dirección. 

Rivera que también había cruzado la línea fronteriza al 
frente de uno de los grupos, se dirigió en el acto al barón 
de Caxías, Presidente de la Provincia de Río Grande, para 
comunicarle su derrota. 

"Un revés — le decía — de los que no son extraños en la 
carrera de las armas, que sufrió el ejército a mis órdenes, 
en el día 27 del pasa-do en los campos de la India Muerta, 
ocasionó después otros acontecimientos y fui forzado por el 
enemigo a jjasar para acá de la línea de la frontera y pre- 
sentarme con varios de mis compañeros a las autoridades 
imperiales, que nos han dado su protección." 

Juntamente con los dispersos de India ^Muerta pasó al Bra- 



208 HISTOBIA DEL UEUGUAT 



sil O quedó en la frontera en la más desesperante condición 
el convoy de familias que habían vivido bajo la protección 
de las fuerzas de Eivera. "5,000 entre madres, esposas e hijo* 
menores", decía "El Constitucional" a mediados de 1845, 
sufren en Río Grande los rigores de la miseria! Antes de 
ñnalizar el año volvió "El Constitucional" a ocuparse de 
estas familias. ' ' Se parte el corazón de dolor — decía — al 
oir el relato que testigos oculares han hecho tantas veces del 
lamentable estado de nuestra emigración de ambos sexos, y 
atemoriza o conmueve la imagen sola del cuadro doloroso 
que ofrecen aquellas infelices gentes tan diezmadas por la 
miseria, tan trabajadas por los sufrimientos de todo género 
y tan abatidas por la prolongación de disgustos y penalidades 
acerbas." 

De todas las divi.sinnes del ejército de Rivera sólo quedaba 
en pie la del coronel Erigido Silveira en los departamentos 
de ]\Iinas y ]\Ialdonado, y esa obtuvo algiinos triunfos al fina- 
lizar el año 1845. 

El coronel Venancio Flores se propuso agrupar a los dis- 
persos de India Muerta que vag-aban al norte del Río Negro. 
Con una docena de hombres desembarcó en el Rosario y desde 
allí cruzó el territorio arrastrando siempre gente, hasta for- 
mar una división de cerca de 1,000 hombres que debía en- 
tregar al general Medina, residente en el Brasil, pero que 
no pudo hacerlo en razón de haber tenido que emigrar él 
también por falta de material de guerra y de una herida 
recibida en el curso de su heroica empresa. 

La campaña podía darse, en consecuencia, por terminada y 
Urquiza se apresuró a ponerse en marcha para Entre Ríos. 

"Al dejar este Estado — escribía a Oribe en noviembre de 
1845 — tengo el placer de presentar a Vuestra Excelencia su 
campaña libre de salvajes unitarios en su totalidad, lo que 
hace ya innecesaria mi pennanencia en ella." 



El gobierno de la Defensa rompe con Rivera. 

La noticia del desastre de India Muerta produjo una im- 
presión enorme en ]\Iontevideo. Todo el mundo juzgaba que 
la resistencia era ya imposible. 

Don Santiago Vázquez, Ministro de CTobierno y Relaciones 
Exteriores ,a la sazón, "reconociendo que todo estaba per- 



LA DEfENSA DE MONTEVIDEO 209 



ilido", propuso en una reunión de notables ''apelar a los 
representantes de los Estados interventores y entregarles la 
ciudad, adquiriendo de ellos garantías para las personas y 
propiedades de todos los comprometidos políticos en la gue- 
rra terminada." 

Así lo ha escrito uno de los testigos más autorizados de la 
época, don Manuel Herrera y Obes. 

Felizmente para el gobierno de la Defensa, al mismo tiempo 
que así desaparecía el ejército de Rivera, llegaba al Río de 
la Plata una misión franco - inglesa con instrucciones para 
imponer la paz y, en su defecto, para abrir hostilidades con- 
tra Rosas. 

Dentro del nuevo plan no había acomodo para Rivera y 
los proceres de la Defensa resohaeron sacrificarlo. 

Rivera había pasado de Río Grande a Río de Janeiro, si- 
guiendo las indicaciones del barón de Caxías, y al llegar a su 
nuevo destino fué arrestado a pretexto de viejas vinculaciones 
con la revolución de Río Grande que acababa de terminar. 
Eso facilitaba su acción al gobierno de la Defensa. 

Por decreto de agosto de 1845 quedó ''suprimida la direc- 
ción de la guerra confiada al entornces General en Jefe de 
los Ejércitos de la República" y nombrado el general Ana- 
cleto Medina "jefe del ejército en campaña" bajo la direc- 
ción "en los puntos cardinales, del Gobierno por medio del 
Ministerio de la Guerra". 

El decreto invocaba la nueva situación creada por la iu- 
tervéuíión franco - inglesa ; el hecho de estar "fuera del te- 
rritorio todos los jefes del ejército en campaña"; y la nece- 
sidad de concentrar las operaciones militares en Montevideo. 

Pocos días después se dirigía el Ministro de Gobierno y 
Relaciones Exteriores al plenipotenciario oriental en Río de 
Janeiro, don Francisco Magariños, para comunicarle la des- 
titución de Rivera y el nombramiento de Medina. Decíale 
también que el Gobierno no podía aceptar el agravio que 
significaba el arresto de Rivera; pero que el regreso del arres- 
tado "sería una aventura impolítica", salvo que el Brasil 
le diera elementos de guerra y con ellos se presentara en 
Río Grande, en cuyo caso se le conferiría "una ocupación 
digna de su rango". Precisando luego el alcance de tales 
palabras, declaraba el Gobierno que Rivera no podía regre- 
sar al territorio de la República sin autorización expresa 
del Ministerio de la Guerra. Era, en consecuencia, un verda- 
dero decreto de proscripción. 



210 HISTORIA DEL XJBUGUAY 



Campañas de Garibaldi. 

Con lü. valiosa ayuda de la escuadra franco - inglesa resol- 
vió el gobierno de la Defensa en agosto de 1845 reconquistar 
todos los puertos del Uruguay ocupados por el ejército de 
Oribe. 

Fueron embarcados con ese objeto en la escuadrilla orien- 
tal al mando de Garibaldi y en varios barcos de la escuadra 
franco - inglesa, la legión italiana, un batallón de guardias 
nacionales a cargo del coronel Lorenzo Batlle y otras fuerzas. 

La primera plaza atacada fué la de la Colonia. Garibaldi 
la tomó después de una breve luclia de aos horas, en que 
actuaron las tropas de desembarco y los cañones de la es- 
cuadra franco - inglesa. La fuerza oribista del coronel Mon- 
toro que guarnecía la plaza huyó y el coronel Batlle asumió 
la comandancia militar del departamento. 

Del puerto de la Colonia se dirigió Garibaldi a Martín 
García y previa rendición de las fuerzas que la guarnecían 
tomó posesión de ella a nombre del Gobierno Oriental. Pocos 
días después era enviado a la isla, con el nombramiento de 
Comandante Militar, el coronel Julián Martínez. 

Continuando la obra de reconquista, ocupó luego Garibaldi 
la Isla del Vizcaíno y el Rincón de las Gallinas, y en seguida 
cruzó el río y tomó por sorpresa el pueblo de Gualeguaychú, 
incautándose del armamento que allí había, pero dando liber- 
tad a todos los jefes, oficiales y soldados prisioneros, en cum- 
plimiento, decía, "de las instrucciones humanitarias del Go- 
bierno de la República". 

Desde Gualeguaychú pasó al Salto, cuya plaza ocupó sin 
lucha alguna, porque las fuerzas que la guarnecían se reti- 
raron ante la aproximación de la escuadrilla oriental y de 
la escuadra franco - inglesa cpie colaboraba en su plan. 

En el Salto recibió Garibaldi la incorporación de las fuer- 
zas de Paysandú organizadas por ]Mundell, prestigioso estan- 
ciero escocés de ese departamento y las del coronel Báez 
procedentes de Río Grande. 

Las fuerzas de Oribe, desconcertadas al principio por la 
rapidez con que se desenvolvían los sucesos, procuraron luego 
detener la vigorosa reacción que encabezaba Garibaldi. 

En la Colonia intentó el coronel ^Moutoro un avsalto. Pero 
tuvo que retirarse ante el fuego de tierra y de los buques 
de la escuadra franco - inglesa. 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 211 



Más serios fueron los esfuerzos realizados en el Salto, su- 
cesivamente por el general Urquiza y el coronel Manuel 
Lavalleja. 

Urquiza, que ya estaba próximo a vadear el Uruguay 
rumbo a Entre Ríos, porque conceptuaba terminada su cam- 
paña en el territorio oriental después de la batalla de India 
Muerta y porque tenía que contrarrestar la insurrección 
correntina que encabezaba el general Paz, resolvió atacar a 
Garibaldi a principios de diciembre de 1845. 

Una resolución heroica adoptaron los coroneles Garibaldi 
y Báez para exaltar el valor de los soldados de la plaza. 
Anunciaron en la orden del día que habían ordenado el re- 
tiro de los buques estacionados en el puerto '"porque estaban 
ciertos de que cada uno sostendría su puesto con el valor 
que los enemigos jamás imitarían, en la inteligencia de que 
el que no lo hiciera sería fusilado por la espalda." 

La guarnición, electrizada por esas palabras de sus jefes, 
rechazó con formidables bríos los reiterados ataques de los 
3.000 hombres de caballería ((ue habían triunfado en India 
Muerta. 

''Nuestros hermanos de la Capital verán tal vez con gusto 
que no hemos olvidado las lecciones recibidas", escribía Ga- 
ribaldi al IMinistro de la Guerra al darle cuenta de los suce- 
sos y al hablarle de una de las baterías que había construido 
para dominar los alrededores de la plaza atacada. 

Urquiza ante esa resistencia apresuró sus marchas con 
rumbo a Corrientes, abandonando la tarea de reconquistar 
el Salto al coronel ^Manuel Lavalleja que estaba allí con un 
ejército. 

Garibaldi propuso, sin resultado, una entrevista a Lava- 
lleja. En la carta que le dirigió con tal motivo decíale que 
él pertenecía al partido del pueblo, fuera cual fuese la zona 
de la tierra en que se encontrara ; que ya no vivía en la 
República el hombre "que la funestaba" (refiriéndose a Ri- 
vera) ; que lo que ahora todos querían era un gobierno ele- 
gido por el pueblo. Advertía que no era su propósito pedirle 
que "se pasara a su campo", porque tal cosa significaría una 
bajeza; sino averiguar si podi'ía realizarse algo en beneficio 
del país ; y concluía así : 

"Yo soy extranjero, es verdad, pero creo que no hay pue- 
blos extraños para los hombres de principios buenos, y des- 
pués tal vez sea V. S. informado que yo no fundo mi opinión 
en las riquezas ni en mandar a nadie." 



212 HISTOBIA DEL UBUGUAT 



Fracasadas las • negociaciones amistosas, se reanudó la lur 
cha con resultado adverso para las tropas de Lavalleja que 
fueron atacadas y derrotadas en una de las salidas de la 
guarnición de la plaza. 

Los soldados de Garibaldi estaban absolutamente a pie, 
porque Urcpiza se había llevado hasta el último caballo. 
El coronel Báez se propuso dotarlos de ese indispensable ele- 
mento de ícuerra. Resuelto el plan se azotó al río Uruguay, 
al frente de algunos hombres; "lo cruzó a nado a la hora 
de la siesta"; arrebató a las fuerzas de Urquiza acampadas 
en la costa entrerriana '"ciento y tantos caballos buenos'" — 
escribía Garibaldi al Ministro de la Guerra — y repasando 
con ellos el Uruguay, hizo posible que al día siguiente fueran 
derrotadas las fuerzas de Vergara que sitiaban el Salto. 



El combate de San Antonio. 

Quedaba, pues, el Salto en manos de sus heroicos defen- 
sores de tierra y de las fuerzas navales franco - inglesas due- 
ñas de su puerto. Pero desde los suburbios del pueblo hasta 
los confines del departamento, todo seguía bajo el dominio 
de Oribe. 

En los primeros días de febrero de 1846, llegó a oídos de 
Garibaldi que habían salido de la frontera brasileña con 
rumbo al Salto el general Medina, el coronel Luna y otros 
jefes y oficiales al frente de una columna de 300 hombres. 
Supo también que el ejército del general Servando Gómez 
se había interpuesto para impedir la incorporación de los 
emigrados. Y Garibaldi resolvió proteger la entrada de sus 
compañeros de armas. 

Dejando una parte de sus tropas para la defensa de la 
plaza, salió a pleno campo con 200 soldados de la legión 
italiana y 100 hombres de caballería del coronel Báez. Iba 
en busca de una acción militar — escribía más tarde uno de 
los diarios de ]\Iontevideo — "de esas que sólo hallamos entre 
los caballeros del siglo XI que peleaban por la cruz y por 
su dama, sin contar el número de sus contrarios y sin dejar 
de pelear hasta vencer." 

Ya al salir de la plaza empezó a tirotearse la columna ex- 
pedicionaria con una fuerza de 300 hombres, a la que más 
adelante se incorporó otra de 900 bajo el mando directo del 



LA DEIKXSA Dlí MONTEVIDEO 213 

general Gómez, compuesta la tercera parte de infantería y 
el resto de cabaliería. 

La columna de Garibaldi quedó rodeada entonces por los 
1,200 hombres del ejército enemigo. En esas circunstancias, 
cargó el coronel Báez al frente de sus soldados de caballería, 
y a su turno fué cargado por fuerzas mayores, confundién- 
dose entonces atacantes y atacados en una sola masa que 
retrocedió hasta la plaza del Salto, donde al fin pudo entrar 
■el coronel Báez con su escuadrón. 

La infantería de Garibaldi quedó aislada por efecto de ese 
accidente en los 'campos de San Antonio y tuvo que hacer 
irente al ejército que la circundaba. El combate, que fué 
reñido, duró desde las doce del día hasta las nueve de la 
noche. Después de nueve horas de lucha, Garibaldi retro- 
gradó al Salto recibiendo y devolviendo incesantemente el 
fuego. 

Extraemos del parte del coronel Báez al general Medina: 

Garibaldi ha hecho prodigios de valor. Mil veces fué aco- 
metido por la infantería y la caballería que lo atacaban por 
todos lados, pero otras tantas rechazó las cargas "dejando 
en pilones los cadáveres de sus enemigos, sin perder de vista 
el recoger el armamento y las municiones de los que caían". 
T así continuó hasta una hora después de anochecer "en 
que emprendió su atrevida y honrosa retirada, trayéndose 
todos sus heridos, muchas armas y municiones de los ene- 
migos, la Caja de guerra que ellos tenían, dejando sólo 30 
individuos de tropa muertos que existirán siempre en el 
corazón de sus compatriotas como ejemplos de gloria y de 
valor. Los enemigos se empeñaron en seguirlo ; pero los le- 
gionarios, inmutables, continuaron su marcha hasta esite 
pueblo que les tributó elogios merecidos." 

"Cuando las municiones faltaron a los legionarios, escribía 
dos años después uno de los diarios de Montevideo, Garibaldi 
ordenó conservar en el fusil el último cartucho y esperar la 
carga a la bayoneta a que vio disponerse a la infantería ene- 
miga. El había concebido una idea : una de esas ideas extre- 
mas, llenas de audacia y sostenidas por esa sangre fría en 
los peligros que es el patrimonio de los verdaderos capitanes: 
él quiso proveer a sus soldados con las municiones de los 
enemigos. Esperó la carga. La infantería enemiga la ejecuta. 
Su pequeña legión espera inmóvil aqueUa ola de bayonetas 
que se le acerca, mientras la caballería lo estrecha y lo 



214 HISTORIA DEL URUGUAY 



escopetea. Esclavos de la voz de su jefe, los legionarios espe- 
ran una palabra para disparar su último tiro; pero esta 
palabra no llega sino cuando las bayonetas enemigas estaban 
a punto de tocarse con los pechos de los legionarios. Cerca 
de 70 hombres caj'eron casi a sus pies y en pos de la des- 
carga Garibaldi ordena la carga a la bayoneta sobre los 
enemigos quintados por la descarga. Ellos retrocedieron y los 
legionarios tuvieron 70 cartucheras provistas de municiones." 

En sus partes establecía Garibaldi que su legión había 
tenido 30 muertos y 58 heridos y que de la inspección rea- 
lizada por el coronel Santander en el campo de batalla re- 
sultaba que en sólo dos zanjas habían dejado los enemigos 
146 cadáveres. 

"Lo que puedo asegurar — agregaba — es que como todos 
mis oficiales que se hallaron en la refriega, nunca nos hon- 
raremos tanto como de haber sido soldados de la legión ita- 
liana en los campos de San Antonio." 



Honrando a los vencedores. 

El gobierno de la Defensa resolvió honrar a Garibaldi y 
a sus legionarios por el heroísmo desplegado en los campos 
de San Antonio. 

Mediante un primer decreto confirió al jefe los despachos 
de general. Pero Garibaldi declinó el ascenso. 

"Como jefe de la marina nacional — decía en su nota ai 
Ministerio de la Guerra — honroso puesto en que el Superior 
Gobierno de la República ha tenido a bien colocarme, no he 
hecho nada que merezca la promoción a coronel mayor; como 
jefe de la l^ón italiana, lo que puedo haber merecido 
de recompensa lo dedico a los mutilados y a la familia de 
los muertos de la misma. No sólo los beneficios: los honores 
también me pesarían comprados con tanta sangre de italia- 
nos. Yo no tenía aspiraciones cuando fomentaba el entusiasmo 
de mis compatriotas a favor de un pueblo que la fatalidad 
ponía a la merced de un tirano; y me desmentiría hoy si 
aceptara las distinciones que la generosidad del Gobierno 
quiere otorgarme. La legión me ha encontrado coronel del 
ejército ; como tal me aceptó a su frente ; y como tal yo de- 
jaré a la legión cuando hayamos cumplido con los votos que 
hicimos al pueblo oriental." 



LA DEFENSA DF MONTEVIDEO 215 



No era la primera vez que Garibaldi se expresaba en esa 
notable forma. Ya en marzo del año anterior Rivera había 
querido regalar ,a la legión italiana la mitad de sus estancias 
ubicadas entre el Arroyo Avenas y el Arroyo Grande, y 
Garibaldi había declinado el obsequio, invocando: 

Que él y sus oficiales "persuadidos de que es deber de todo 
hombre libre combatir por la libertad doquiera que asome 
la tiranía, sin distinción de tierras ni de pueblos porque la 
libertad es el patrimonio de la humanidad, no han" seguido 
sino la voz de su conciencia al ir a pedir un arma a los hijos 
de esta tierra para dividir con ellos los peligros que la ame- 
nazaban." 

Ha referido también el general Pacheco, que en los co- 
mienzos ded sitio supo el Gobierno que en casa de Garibaldi 
no se encendía luz de noche, porque el jefe de los legionarios 
sólo contaba con ración de soldado raso en la que no figu- 
raban velas; que le fueron enviados con tal motivo 100 pata- 
cones; y que de esa suma Garibaldi devolvió la mitad para 
que fuera entregada a otras familias más necesitadas. Cin- 
cuenta patacones : he ahí, agregaba Pacheco, todo el dinero 
recibido por Garibaldi durante su larga actuación en ]\Ion- 
tevideo! 

^lediante un segundo decreto declaró el Gobierno que Ga- 
ribaldi y sus legionarios habían merecido bien de la ])atria 
y Otorgó los siguientes honores: 

"En la bandera de la legión italiana se inscribirá con le- 
tras de oro sobre la parte superior del Vesubio estas palabras: 
''Hazaña del 8 de febrero de 1846 realizada por la legión 
italiana a las órdenes de Garibaldi". Todos los que estuvieron 
en el combate después de separada la caballería, llevarán un 
escudo en el brazo izquierdo con la inscripción: "Invenci- 
bles, combatieron el 8 de febrero de 1846". Sus nombres serán 
inscriptos en un cuadro que se colocará en la Sala de Go- 
bierno frente a las armas nacionales. La legión italiana "ten- 
drá en toda formación la derecha de nuestra infantería", 
mientras otro cuerpo del ejército no se ilustre con un hecho 
de armas semejante. 

A mediados de marzo tuvo lugar en Montevideo el home- 
naje decretado a los legionarios. Todas las tropas de la 
guarnición formaron en la calle 18 de Julio, menos la legión 
italiana que quedó en la Plaza Constitución a efecto de reci- 
i/ir la bandera y una copia del decreto. Concluida la cere- 



216 HISTORIA DEL UBUGtJAY 



monia, el ejército desñló ante los homenajeados, dando vivas 
a la Patria, a Garibaldi y a sus soldados. 

Garibaldi y sus legionarios volvieron a ilustrar sus armas 
en la campaña del Salto durante el año 1847. A mediados 
de mayo atacaron y derrotaron a las fuerzas de los coroneles 
Lamas y Verg-ara en el Paso de ^Morales. Ha escrito el co- 
mandante Anzani que el coronel ]\Ianuel Caraballo, jefe de 
imo de los escuadrones de caballería, herido en esa jornada, 
ai retirarse dei campo de batalla dijo a sus acompañantes, 
señalando a los legionarios y a una batería: ''Miren ustedes 
esa infantería en el campo en medio de ios escuadrones ene- 
migos: es tan firme como esta batería." 

La gloria dei combate de San Antonio repercutió en Italia. 
A fines de 1846 se organizó en Florencia una suscripción na- 
cional, para regalar una espada a Garibaldi y medallas con- 
memorativas a ios legionarios. 

Dos años después el vencedor de San Antonio se embarcaba 
para Italia, llevándose algunos de sus italianos y también 
algunos de nuestros compatriotas que no querían separarse 
de su ilustre jefe. Y el nombre de uno de los oficiales orien- 
tales figuró con brillo entre los mártires de la independencia 
italiana, según lo revela este párrafo de una proclama de 
Garibaldi expedida el 1.° de julio de 1849, \'íspera de la en- 
trada en Koma de los ejércitos extranjeros. 

"La América perdió ayer un hijo valiente, Andrés Aguiar, 
y en él una prenda del amor de los libres de todos los países 
por nuestra infeliz Italia." 



Se reanuda la lucha en otras partes. 

Los éxitos de Garibaldi precipitaron el regreso de muchos 
de los elementos de guerra que permanecían en Río Grande 
desde el desastre de India Muerta. 

Algunos grupos se dirigieron a ^Nlaldonado, donde el coro- 
nel Erigido Silveira se preocupaba de rehacer sus caballerías 
descalabradas. Para facilitarle la tarea, resolvió el Gobierno 
«nviar allí una expedición militar, a cargo del coronel Venan- 
cio Flores. 

La columna compuesta principalmente del batallón de 
guardias nacionales que comandaba el coronel Pantaleón Pé- 
rez, y de alguna artillería, hizo el viaje en los barcos de ]a 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 217 

escuadra francesa en enero de 1846. Llegada a Punta del 
Este, se dirigió a San Carlos, donde fué derrotada, cayendo 
prisionero el batallón de guardias nacionales con su jefe a la 
cabeza. 

Las caballerías de Erigido Silveira, dispersadas también, 
pudieron rehacerse y volvieron a dominar en casi toda la 
extensión del departamento de Maldonado, dando ese hecho 
lugar a que el gobierno de la Defensa abriera al comercio los 
puertos recuperados. 

Vuelve Rivera a asumir la dirección de las operaciones. 

Rivera que permanecía en Río de Janeiro obligado por una 
orden de arresto dictada por el Gobierno Imperial y un de- 
creto de proscripción del gobierno de la Defensa, apareció 
de improviso en el puerto de Montevideo en abril de 1846, 
y luego de promover un motín militar en la plaza bajó 
a tierra y recibió el nombramiento de "General en Jefe del 
Ejército de Operaciones". 

Pocos días después se embarcó con rumbo a la Colonia al 
frente de 700 hombres de tropas escogidas, utilizando los barcos 
de la escuadra francesa. 

A fines de mayo derrotó en las Víboras a la división ori- 
bista del coronel Jaime Montoro compuesta de 1,000 hom- 
bres, capturándole todo el parque y caballadas, y prosiguiendo 
su marcha volvió a atacar al mismo jefe en el Arenal Grande 
infligiéndole una segunda derrota, tras de la cual Montoro 
recibió nuevas incorporaciones que le permitieron seguir 
hasta la ciudad de Mercedes, donde contaba con una fuerte 
base de infantería y de artillería, Y allí también fué a bus- 
carlo Rivera. 

El asalto a Mercedes fué dado por las columnas a cargo 
de los coroneles Bemardino Báez y Venancio Flores. Después 
de varias horas de lucha vigorosa, fué capturada la plaza 
quedando en poder de Rivera 40 jefes y oficiales, 500 solda- 
dos, 1,500 armas, 5 piezas de artillería y 2,000 caballos. El 
coronel Montoro se arrojó al Río Negro bajo el fuego de los 
atacantes. Al reconocer al fugitivo le gritó el coronel Báez 
que regresara y que sería bien recibido. Pero Montoro se 
negó y entonces fué muerto por las balas de los tiradores. 
Entre los prisioneros figuraba el coronel Cipriano Miró, pri- 



218 HISTORIA DEL URUGUAY 



sionero también del Palmar en 1838 y en ambas oportunida- 
des respetado por los vencedores, hecho que no era raro, sin> 
muy corriente en las campañas de Rivera. 

Grandes entusiasmos provocó la caída de Mercedes. 

"Aún no hace dos meses" — decía el Comandante General 
de Armas de Montevideo, en una proclama de mediados de- 
junio - — (ine el general Rivera i:iiarchó de la Capital con una 
parte de las fuerzas del ejército que la defiende y ya ha obte- 
nido "5 triunfos que dan por resultado la ocupación del lito- 
ral del Uruguay"; y habiendo abierto su campaña sin un 
caballo "se halla a la cabeza de un ejército fuerte y bieii 
montado". 

( asi al mismo tiempo que la Comandancia de Armas exal- 
taba así los triunfos de Rivera, uno de sus subordinados, el 
jefe militar de la Colonia, emprendía operaciones con ayuda 
de la escuadra franco - inglesa, sobre el pueblo del Colla, cap- 
turando a la guarnición compuesta de 150 infantes, un tren 
de artillería y mucho armamento. 

La Asamblea de Notables, que había entrado a reemplazar 
a la Legislatura disuelta, resolvió de acuerdo con una inicia- 
tiva del Gobierno decretar la confección de un cuadro que 
perpetuara las glorias de la República debidas a Rivera y vil 
título de "Gran Mariscal" que el agraciado declinó mediante- 
una nota en que decía: 

"Consagrado al servicio de la patria desde mis primeros 
años, he mirado constantemente como única norma de mi 
conducta, la más completa abnegación en todo aquello que 
pudiera de algún modo colocarme fuera del nivel de mis con- 
ciudadanos y de los principios que la República reconoce y 
la opinión pública sanciona como base de su existencia polí- 
tica." 

El Gobierno, que creía asegurada la conquista del litoral,, 
lanzó un decreto destinado a tranquilizar a los vecindarios 
de campaña. 

"Se ordena — decía — a todos los jefes y oficiales de la 
República que, a pesar de las atrocidades y violencias come- 
tidas desde la invasión por los jefes y oficiales del ejército 
de Rosas que manda don Manuel Oribe, tengan el mayor celo 
para que las tropas que sirven la causa de la República y 
obedecen al Gobierno, no imiten los escandalosos ejemplos del 
enemigo y continúen como lo han hecho hasta ahora sin eje- 
cutar venganzas, mostrando con los prisioneros la conducta 



LA DEIENSA DE MONTEVIDEO 219 

observada desde la memorable victoria de Cagancha que tras- 
tornó las maniobras de la primera invasión. Las autoridades 
de los pueblos que vayan quedando desocupados, invitarán 
a nombre del Gobierno a todos los vecinos indistintamente 
para que vuelvan a sus casas en la seguridad de que no serán 
molestados, cualquiera que sea la conducta (jue se hayan visto 
precisados a seguir cuando los departamentos de campaña 
estaban ocupados por el enemigo y el vecindario expuesto a 
sus crueldades y violencias." 

Después de estos primeros triunfos. Rivera regresó a Mon- 
tevideo y permaneció algunas semanas lejos del teatro de los; 
sucesos; pero antes de íinalizar el año 1846 recibió orden íle 
marcha y entonces fué para presidir una campaña de gran- 
des e irreparables desastres. 

En vez de consolidar sus posicion&s, resolvió ensancharlas 
mediante la captura de Paysandú, con lo cual debilitaba las 
guarniciones de los departamentos de la Colonia y Soriano 
en los mismos momentos en que Oribe dirigía sobre ellos 
fuerzas considerables. 



La toma de Paysandú. 

Véase cómo describía Rivera ese hecho de armas en su 
parte al Ministerio de la Guerra datado en Paysandú en los 
primeros días de 1847 : 

A mediados de diciembre del año anterior, mientras que- 
daba el general IMedina en observación del general Ignacio 
Oribe acampado en el Rosario, marchó el ejército expedicio- 
nario de la Colonia a Mercedes y de Mercedes a Paysandú. 
El general Gómez que estaba acampado en la costa del San 
Francisco se retiró al Queg-uay. Llegado a los suburbios de Pay- 
sandú fué combinado el plan de ataque con el oficial Fournier, 
jefe de la estación naval francesa allí destacada. Las colum- 
nas asaltantes estaban a cargo del general Lamadrid y de 
los coroneles Lavandera, Brie, Báez, Piran, Pozólo, Espinosa, 
Camacho y Santander. Al mismo tiempo que atacaba el ejér- 
cito de tierra, bombardeaba la artillería francesa. "La 
población era un volcán". Después de cinco horas de lucha, 
el enemigo corrió hacia el puerto. "Al furor del combate 
sucedió entonces la calma de la clemencia, y el vencedor 
envainando la espada extendió una mano de protección al 



220 HISTORIA DEL URUGUAY 



rendido. Nuestras tropas conocen bien la ferocidad del ene- 
migo; saben bien la suerte que les esperaba si no hubieran 
triunfado, e intertanto no pensaron más que en garantir la i 
vidas de los que tantas muertes habían causado: se disputaban 
la gloria de ponerlos a salvo y de inspirarles confianza. Yo 
no encuentro expresiones para descril)ir bien este acto y en 
mi carrera de 34 años de combates debo confesar que me he 
sorprendido y admirado." 

Quedaron en nuestro poder más de seiscientos prisioneros, 
entre ellos 54 jefes y oficiales, toda la artillería, fortiñcaeio- 
nes y armamentos. Fueron enterrados 314 cadáveres (93 de 
Jos asaltantes) y llevados a los hospitales 211 heridos (88 de 
los asaltantes), figurando entre los muertos el coronel Brie, 
jefe de una de las columnas de ataque. 

"El triunfo de Paysandú — concluía el parte — único en 
su género en 36 años de guerra en nuestro país, debe hacer 
sentir al enemigo que no es con murallas que se contiene el 
denuedo de los orientales y se les esclaviza y demostrarle 
cuan poco debe confiar sobre las trincheras de que se ha ro- 
deado en el Cerrito cuando llegue el momento en que el ejér- 
cito de la República se presente a arrojarlo del suelo que ha 
profanado. ' ' 



Después del triunfo, el desastre. 

Era un gran triunfo, sin duda alguna, el que acababa de 
obtener Rivera. Pero para conseguirlo había sacrificado el 
único cuerpo de ejército que podía oponer a las fuerzas de 
Oribe, cada día más fuertes y amenazadoras en toda la zona 
del litoral. 

El general Servando Gómez que se había retirado ante la 
aproximación de Rivera, marchó a las márgenes del Uruguay, 
donde recibió la incorporación de una división de 1,000 hom- 
bres procedente de Buenos Aires, que cruzó a la altura del 
Hervidero. Y con ayuda de esos nuevos elementos, resolvió 
atacar la plaza del Salto, defendida a la sazón por el coronel 
Luciano Blanco. 

Después de seis horas de lucha vigorosa, la guarnición, com- 
puesta de 340 entre jefes, oficialies y soldados, se embarcó con 
rumbo a Paysandú. Pero el fuego de tierra obligó a las em- 
barcaciones a embicar en la costa entrerriana, donde los fugi- 



\ 



LA DEFENSA DE MONTEVIDKO 221 

tivos fueron desarmados y detenidos. Durante la lucha la 
artillería del Salto echó a pique a un barco cargado de fami- 
lias que huían ante la amenaza del asalto. Según el parte 
otícial del general Gómez, la guarnición del Salto tuvo 136 
muertos, entre ellos su jefe el coronel Blanco. 

Poco antes de la caída del Salto habían sido dispersadas 
en la Colonia las fuerzas del coronel Venancio Flores por el 
ejército del general Ignacio Oribe, y éste se ponía en marcha 
sobre Paysandú expuesto desde entonces a un doble ataquo, 
pues el ejército del general Gómez avanzaba en la misma 
dirección. 

Ante tan grave peligro resolvió Rivera evacuar la plaza de 
Paysandú recién capturada a expensas de tantos sacrificios. 
La infantería subió a los buques de la escuadra francesa, 
rumbo a Elercedes, y la caballería siguió al mismo punto por 
tierra, 

Paysand fué recuperada sin lucha por el ejército de 
Gómez a fines de enero de 184?. Del parte oficial que ese jefe 
dirigió a Oribe resulta que la población había quedado redu- 
cida a 236 familias! 

Al llegar a su destino se dio cuenta Rivera que el peligro 
había aumentado; supo que sus caballerías habían sido dis- 
persadas en las Piedras de Espinosa y que el ejército del ge- 
neral Ignacio Oribe había recibido nuevos refuerzos; y en- 
tonces dejando a sus tropas abandonadas en la ciudad de 
Mercedes eni})rendió una cruzada vertiginosa al frente de un 
puñado de soldados de caballería hasta la ciudad de Maldo- 
nado, perseguido y dispersado en el trayecto por las fuerzas 
oribistas del coronel Barrios. Iba en busca de la división del 
coronel Brígido Silveira, única que se conservaba organizada 
en el territorio nacional. 

Mientras el General en Jefe llegaba fugitivo a Maldonado, 
las tropas que había dejado acantonadas en IMercedes al mando 
de los coroneles Costa, Báez, Piran y Lavandera, hostigada» 
por el ejército del general Ignacio Oribe, resolvieron aban- 
donar la plaza y embarcarse para la Isla del Vizcaíno bajo 
la protección de las lanchas de la ascuadra francesa. Al 
mismo punto emigró una gran parte del vecindario com- 
puesta de 1,500 hombres, mujeres y niños, según "El De- 
fensor" y de 4,000 según "El Comercio del Plata". Algunos 
días después se aproximaba al Río Negro el ejército del ge- 
neral Gómez, y las tropas acampadas en la Isla del Vizcaíno 



222 HISTORIA DEL URUGUAY 



volvían a subir a los buques de la escuadra francesa y se 
dirigían a Martín García. 

Todo se había perdido, pues, en pocas semanas. 

Dando cuenta de las angustias del momento decía el Mi- 
nistro de la Guerra don Francisco Joaquín Muñoz al Presi- 
dente Suárez en febrero de 1847 : las plazas de la Colonia y 
Maldonado carecen de soldados para afrontar la lucha; la 
guarnición de Montevideo no tiene suficiente materia] lo 
guerra y está además trabajada por las discordias de par- 
tido; Rivera no acata las órdenes del Gobierno; los Mi- 
nistros interventores manifiestan que si ese militar continúa 
en la jefatura del ejército ellos suspenderán el concurso que 
prestan al Gobierno ; y agregaba con relación al ejército de 
operaciones en el litoral : 

"Los desastres del Uruguay y Río Negro nos hicieron per- 
der en pocos días varios puntos importantes de la costa de 
estos ríos y el ejército que operaba bajo la dirección del bri- 
gadier general don Fructuoso Rivera se ha aniquilado sin 
otro hecho de armas que la toma de Paysandú, cuya victoria 
costó la lamentable e irreparable pérdida de una tercera parte 
de su personal. Los restos cuyo número el ^Ministro ignora 
por vías oficiales hasta hoy, se hallan en ^lartín García care- 
ciendo de todo y rodeados de más de 2,500 personas de dife- 
rentes sexos y edades, que concurren naturalmente a recordar 
las consecuencias lamentables de esos desastres. El aspecto de 
lo recofirido en la Isla de Martín García y de todo lo que se 
halla disperso por las costas del Uruguay presenta un cuadro 
de miseria y aflicción". 



Toda la campaña queda en poder de Oribe. 

Rivera, que tampoco encontró en Maldonado los elementos 
que buscaba, se dirigió a Montevideo y luego a IMartín Gar- 
cía y a las costas del Uruguay con la idea de reunir los restos 
de su ejército. Realizado parcialmente ese propósito, regresó 
a IMaldonado, resuelto a organizar la resistencia contra las 
fuerzas de Oribe que sitiaban la plaza, y allí quedó por espa- 
cio de algunos meses, hasta que el gobierno de la Defensa re- 
solvió desterrarlo al Brasil por las causas que más adelante 
diremos. 

La plaza de Maldonado quedó en poder del gobierno de la 



LA DEFENSA DE IIONTEVIDKO 223 

Defensa hasta mediados de 1848, en que se resolvió desalo- 
jarla, embarcándose en los buques de la escuadra francesa 
<;on rumbo a Montevideo los 700 u 800 hombres que la guar- 
necían. 

De un padrón levantado por el coronel Barrios, jefe de las 
tropas sitiadoras, a raíz de evacuada la plaza de Maldonado, 
resulta que parte de las familias subieron también a los barcos 
franceses y que la población quedó reducida a 50 hombres, 
117 mujeres y 184 niños. ¡ 351 habitantes en todo ! 

La plaza de la Colonia que estaba a cargo del general Ana- 
cleto Medina, se perdió en esa misma época por efecto de 
un accidente de guerra. El almirante Le Predour había or- 
denado el reembarco de la marinería que tenía a su cargo las 
baterías de la muralla, y aprovechando esa circunstancia y a 
tiempo que la tropa dormía en sus cuarteles, entraron las 
fuerzas sitiadoras a órdenes del coronel Lucas Moreno, sin 
dar tiempo a la organización de la resistencia. Así explicaba 
el desastre el coronel BatUe. Según el general Medina el grueso 
de las fuerzas se encontraba fuera de la plaza al avanzar los 
sitiadores. El coronel Moreno afirmaba, sin embargo, en su 
parte a Oribe, que había tomado posesión de la ciudad des- 
pués de una lucha en que los atacados tuvieron 73 muertos. 

Concluyó así la guerra en la campaíía, emigrando al Brasil 
todos los jefes de Rivera, excepto alguno que otro que, como 
el coronel Brígido Silveira, mantuvieron por algún tiempo 
todavía la vida de montonera. 

Y la lucha quedó de nuevo circunscripta al frente de Mon- 
tevideo. Una doble lucha: la que los sitiados sostenían con el 
ejército de Oribe y la que sostenían entre ellos mismos, lucha 
■esta última que en más de una oportunidad, como lo veremos 
-después, culminó en motines y revoluciones de resonancia. 



CAPÍTULO IX 
Los excesos de la guerra a uno y otro lado de la línea sitiadora 

El gobierno de la Defensa y las confiscaciones. 

A principios de marzo de 1843 publicó el coronel Estivao^ 
jefe de la división destacada en el departamento de la Colo- 
nia, ©1 bando que subsigue: 

"Todos los bienes raíces, muebles o semovientes de los que 
se hallen al servicio de los enemigos o les presten auxilio 
para llevar adelante su plan de depredación y exterminio, 
quedan afectos a los cargos que hagan los verdaderos pa- 
triotas que son apellidados salvajes y han perdido actual- 
mente lo suyo y a las indemnizaciones que exijan." 

Ese bando luego de publicado fué sometido por el jefe 
que abusivamente lo había redactado a la aprobación del 
general Rivera. 

Tal es el primer documento relativo a bienes enemigos que 
hemos encontrado en la prensa de la época. No se 'trataba 
de una confisicación, sino de una medida destinada a asegu- 
rar la efectividad de los daños y perjuicios que las fuerzas 
de Oribe causasen en el país. 

Invocando órdenes expresas del Presidente Suárez, otro- 
jefe, el coronel Báez, declaró dos meses después "confiscados 
todos los bienes" de los que se hubieren "prestado a tomar 
parte con los salvajes enemigos de la humanidad". Pero no^ 
existe constancia de que tai orden de confiscación se hubiera 
efectivamente dictado. 

A fines de abril circuló la noticia de que en algunos de- 
partamentos actuaban bajo el título de "Comisiones Clasifi- 
cadoras", agentes de Oribe que tenían el cometido de con- 
fiscar bienes de adversarios; y entonces el Gobierno dictó un 
decreto por el cual se declaraba a los miembros de esas. 
Comisiones "además de traidores, salteadores armados e in- 
fames robadores públicos", y se ordenaba a todas las auto- 
ridades civiles o militares de ios departamentos la captura de- 
dichos individuos y luego de acreditada sumariamente sií 



LA DE1''ENSA DE MONTEVIDEO 



calidad la aplicación de **la pena ordinaria de muerte de- 
signada por las leyes a los delitos mencionados". 

Algunas semanas antes, con ocasión de varias confiscaciones 
consumadas en el Salto por las fuerzas de Oribe, había de- 
clarado el gobiei-no de la Defensa que la compra de bienes 
confiscados constituía acto de traición. 

Quedaban ya tendidas con esa represalia sangrienta las 
grarides líneas de la campaña contra la propiedad particular 
oue habría de iniciarse en uno y otro campo. 

Por decreto del mes de febrero de 1843, refrendado por el 
l\Iinistro don Santiago Vázquez, autorizó el Gobierno a la 
Policía para realizar una confiscación general de los bienes 
de los adversarios. 

"Todas las rentas, alquileres y bienes raíces", pertene- 
cientes a orientales enrolados en el ejército invasor o que 
hubieran salido del país sin pasaporte o que mantuvieren en 
el extranjero una actitud hostil, quedaban colocados "^bajo 
l-i administración del Estado" y su importe sería depositado 
en la Colecturía, "para ser devuelto después de la guerra" 

Pocas horas después el Jefe de Policía convocaba a los 
arrendatarios y ocupantes de las propiedades de don Ma- 
nuel y don Ignacio Oribe, don Carlos Anaya, don Pedro 
Lenguas, don Eugenio Garzón, don Antonio Díaz, etc., a una 
reunión en la Jefatura bajo apercibimiento de ser tratados 
en Ir, misma forma que los propietarios, y a ese primer aviso 
siguieron otros muchos en los días y meses subsiguientes, a 
medida que la Policía ampliaba sus listas negras. 

Invocando el mismo decreto publicó don Andrés Lamas en 
octubre siguiente una ordenanza policial que empezaba ecQ 
esta forma de franca confiscación general : 

"Debiendo precederse inmediatamente, en cumplimiento de 
resoluciones del Gobierno, al avalúo y tasación de los bienes 
raíces de los ciudadanos traidores a la patria y prófugos 
declarados por los edictos de Policía." 

Al darse ejecución a estas medidas lanzó un colaborador 
de "El Nacional" la idea de fundar un Banco cuyo capital 
estaría constituido "por los bienes raíces de los enemigos" 
y que estaría facultado para emitir billetes por el valor de 
tasación de los bienes. La dirección del diario, a cargo de 
Rivera Indarte, acogió la idea con la variante de que después 
de concluida la guerra se entregaría a los propietarios des- 
poseídos el valor de tasación de sus bienes. Los billetes ser- 



226 HISTORIA DEL URUGUAY 



viríau para comprar las propiedades secuestradas y serían 
entregados en pago de sueldos militares o de premios. 

No existía ninguna ley que autorizara a echar mano de 
las propiedades de los adversarios políticos, pero el Poder 
Ejecutivo procedía como si la ley existiera, y de acuerdo 
con sus instrucciones la Policía llevaba adelante sus requi 
sas y secuestros. En febrero de 1844 se publicó una orde 
nanza policial que imponía a todos los administradores 
de bienes de prófugos o alzados en armas o salidos sin pasa- 
porte, la obligación de denunciar esos bienes, bajo apercibi- 
miento de reiDutarse como "traidores" a los omisos. 

La pena debió resultar ineficaz por lo monstruosa. El he- 
cho es que a mediados de junio apareció un decreto guber- 
nativo "ordenando a todos los tenedores de bienes raíces, 
muebles, derechos o acciones de ciudadanos que hubieran 
desertado la patria en peligró o que la combatieren en ar- 
m.as", a denunciar esos bienes ante el ^Ministerio de Hacienda 
bajo pena de multa de cien a tres mil pesos. 

A los secuestros directos aplicables a los que figuraban en 
el ejército sitiador o habían escapado de ^Montevideo, agre- 
gábanse las requisas en forma de préstamos que obligaban mu- 
chas veces a emigrar a ciudadanos eminentes que no querían 
irse al campo sitiador, quedando aumentada entonces la lista 
de los prófugos a quienes ya se podía embargar libremente 
Don eJuan Francisco Giró, por ejemplo, uno de los prohombre?] 
de la época, que permanecía tranquilo en la plaza sitiada, huyó 
a Buenos Aires en los primeros días de abril de 1843. De 
las explicaciones que con motivo de su viaje dieron el Jefe 
de Policía doctor Lamas y "El Nacional", resulta que cuando 
el Gobierno necesitaba fondos solicitaba vales o pagarés a 
plazo, suscriptos por personas de crédito, que a su venci- 
miento cubría la Tesorería si tenía fondos y en caso contrario 
el firmante a título de anticipo reembolsable en tiempo opor- 
tuno; que el señor Giró había suscripto ya diversos vales 
cancelados por la Tesorería a su vencimiento; y que fué al 
exigírsele que cargara con el pago de varios vencimientos, en 
forma de préstamo al Gobierno, que dicho ciudadano resolvió 
expatriarse. 

De otra variante echó mano el Gobierno para proveerse de 
fondos, en el curso del primer mes del sitio : la enajenación 
de los impuestos de patentes, papel sellado y alcabala a re- 
caudarse en 1844, calculados oficialmente en 130,000 pesos. 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 227 

Pero sobre la base de una lista de eandidatos a compradores, 
a quienes se prevenía que en caso de resistencia a pauar la 
parte que les era designada, serían castigados con prisión, 
deportación, ser\-icio militar por uu año en el ejército de 
línea o expropiación de bienes muebles hasta él cuadruplo 
de esa parte ! 

No triunfa, sin embargo, la ley general de confiscaciones. 

A mediados de 1844: resolvió finalmente el gobierno de la 
Defensa recurrir a la Asamblea en demanda de dos leyes. 

Por la primera se autorizaba al Poder Ejecutivo "para 
enajenar o gravar del modo que estimase más conveniente 
a los intereses públicos las propiedades muebles o inmuebles 
de los ciudadanos que desertando la causa de la liepública 
combaten en armas contra ella o han fugado del país desde 
el 12 de diciembre de 1842 en que la patria fué declarada en 
peligro". El importe de esas propiedades "se reconocería 
como deuda de la República", y una ley especial reglaría 
el tiempo y forma de su pago. En su mensaje, decía el Go- 
bierno que Oribe embargaba, confiscaba y vendía los bienes 
de sus adversarios, y que los confiscadores debían también 
perder los suyos. 

Por la segunda se disponía una contribución de guerra a 
cargo de todos los ciudadanos que no estuvieran radicados 
en Montevideo o en las filas del ejército de Rivera, contri- 
bución que se haría efectiva sobre los bienes muebles o in- 
muebles que tuvieran en la plaza. 

"Los ciudadanos — decía el mensaje — que por motivos 
justificados han obtenido licencia para salir, cuando tenían 
el deber de permanecer en el país para defenderlo con su 
persona y pagarle la contribución de sangre que él ha de- 
mandado en gran escala", gozarían de otro privilegio enorme 
si además no tuvieran que pagar las contribuciones que han 
soportado todos los que han quedado dentro de muros. 

La Comisión de Legislación de la Cámara de Diputados al 
aconsejar la sanción de la ley de confiscaciones, decía en su 
informe, refiriéndose sin duda a las medidas vigentes, que 
mediante su .sanción "se pondría el sello de la ley a lo que 
ya había merecido un voto general y altamente pronunciado". 

Dando la Cámara mayor precisión al pensamiento guber- 



228 HISTORIA DEL UBUGUAY 



nativo, declaró expresamente como de ¡propiedad nacional 
"todos los bienes de cualquier naturaleza que sean, pertene- 
cientes a los que desertando la causa de la República com- 
baten ya en armas contra ella; los de aquellos que han fugado 
del país para territorio enemigo después del 12 de diciembre 
de 1842 en que la patria quedó declarada en peligro; los de 
aquellos que se hallen residiendo en territorio enemigo al 
tiempo de la promulgación de esta ley; los de aquellos que 
por cualesquiera medios coadyuven o hayan eoadjnivado a la 
invasión y se les justifique." 

Esta tentativa de confiscación lisa y llana, aunque con el 
agregado de que la Nación reconocería como deuda el im- 
porte de los bienes confiscados, triunfó en la Cámara de Di- 
putados, pero no así en la Cámara de Senadores, y gracias 
a ello la Defensa de Montevideo pudo verse libre de una 
sombra a que no escapó el gobierno sitiador, como lo veremos 
más adelante. 

Apropiación de los depósitos judiciales. 

Desde los primeros meses del sitio resolvió el Poder Eje- 
cutivo echar mano de los depósitos judiciales. 

Hasta entonces eran los particulares quienes administraban 
esos depósitos y de los inconvenientes del sistema se encargó 
de sacar partido la Comisión de Legislación de la Cámara de 
Diputados, citando testamentarías arruinadas, concursos eter- 
nizados y dilapidaciones, a despecho de cuantas medidas se 
habían dictado para garantizar a los propietarios y acree- 
dores. 

Fué, pues, sin violencia que la Asamblea dispuso en octu- 
bre de 1843, que los depósitos judiciales ya existentes y los 
que en adelante se constituyeren, fueran vertidos en la Te- 
sorería General de la Nación, "con cargo de devolución". 

La ocupación de fincas desalquiladas. 

Desde la aproximación del ejército de Oribe y en los pri- 
meros meses del sitio, quedaron desocupadas numerosas casas 
de Montevideo, de las que la Policía se incautó para dar alo- 
jamiento a las familias que llegaban de la campaña y a todos 
los que carecían de techo. 



LA DEFENSA DE MONTl.VIDFO 229 

Tres años después, en abril de 1846, el Gobierno, invocando 
el deber de respetar la Constitución frente a liosas armado 
de facultades extraordinarias, resohdó que las casas de que 
así venía disponiendo la Policía, fueran devueltas a sus due- 
ños cuando personalmente las pidiesen para habitarlas, y en 
los demás casos de reclamo que los ocupantes pagaran alqui- 
ler o en su defecto documentaran la deuda para cubrirla 
una vez mejoradas las circunstancias. 

Como medio de atenuar los abusos a que había dado lugar 
la requisa de casas, resolvió también el Gobierno constituir 
una Comisión encargada de fijar las indemnizaciones que ha- 
brían de pagarse a los propietarios y asimismo que en adelante 
ninguna autoridad dependiente del Poder Ejecutivo pudiera 
echar mano de la propiedad particular a pretexto de aloja- 
miento, sin orden escrita del Ministerio de Gobierno. 

También se preocupó el Gobierno de asegurar el pago de 
los alquileres. De acuerdo con un proyecto que presentó a fines 
de 1847 y transformado en ley por la Asamblea de Notables, la 
Nación asumiría la responsabilidad del pago de los alquilares 
a cargo de los empleados civiles o militares, de las familias 
indigentes de la campaña y de los deudos de los que hubieran 
muerto en servicio, con cargo a los sueldos respectivos. 

Las confiscaciones de Oribe. 

En agosto de 1843 prohibió Oribe la marcación y toda es- 
pecie de faenas en las estancias de la Repiíblica, invocando 
la necesidad de evitar pérdidas a los propietarios, ausentes 
algunos y empleados otros en el servicio público. En realidad 
lo que se buscaba con ayuda de esa medida monstruosa, era 
facilitar la apropiación por las autoridades departamentales 
de los ganados sin marca y de los mismos marcados que de- 
jaban de tener salida normal para el abasto y para los sala- 
deros. 

En octubre siguiente Oribe prohibió a los Jueces, escriba- 
nos y procuradores intervenir en los contratos de compra- 
venta de bienes pertenecientes "a los prófugos de Montevi- 
deo" y declaró nula toda negociación a su respecto. 

Un tercer decreto de julio de 1845 se encargó de completar 
la obra de la confiscación en esta forma: 

"Los bienes de los salvajes unitarios, embargados en todo 
el territorio de la República, son propiedad del Estado." 



2.S0 HISTORIA DEL UBUGJAT 



El decreto invocaba "los enormes niales causados a la Re- 
pública y sns intereses por los rebeldes salvajes unitarios" 
y la necesidad de asegurar "a la vez que un justo castigo 
de la más inicua traición, una reparación e indemnización de 
la que deben formar parte los bienes de esos mismos trai- 
dores salvajes unitarios." 

No se trataba de unp simple amenaza, sino de un saqueo 
efectivo. Firmado el decreto empezaron a llenarse los proto- 
colos de los escribanos con escrituras de donación de bienes 
pertenecientes a los defensores de Montevideo, Uno de los 
favorecidos, plegado posteriormente a la causa de la plaza, 
publicó el contenido de una escritura autorizada por el escri- 
bano don Luis Bernardo Cavia, el 15 de julio de 1846, me- 
diante la cual Oribe y sus Ministros otorgaban" lo siguiente 
en nombre de la Nación: 

''Que habiendo determinado distribuir entre los beneméri- 
tos individuos del ejército libertador contra los salvajes uni- 
tarios, como entre otros beneméritos ciudadanos y empleados 
públicos... y siendo el teniente don Manuel Caraza uno de 
esos beneméritos, acreedor, por consecuencia, a la recompensa 
nacional, S. E. llevando a ejecución la resolución indicada, 
otorga : que hace gracia y donación entre ^ávos, simple, pura, 
perfecta e irrevocable a favor del expresado teniente don Ma- 
nuel Caraza, para él, sus herederos y sucesores, de una casa 
de azotea, con cuatro piezas, cocina, caballeriza y cuatro cua- 
dras de terreno, sita en el Cerrito, departamento de ]\Ionte- 
video, que perteneció al salvaje unitario Juan Justo Alonso." 

En el saqueo de las estancias quedaban frecuentemente 
envueltos los intereses brasileños, dándose con ello lugar a 
ardorosas protestas cpe orientaban los sucesos a favor de la 
causa de la Defensa de Montevideo. 

Al finalizar el año 1846 obtuvieron los refugiados orienta- 
les que el Juez ]\Iunicipal de Yaguarón detuviera algunos car- 
gamentos de cueros y grandes tropas de ganados extraídos de 
sus estancias. Pero ante el reclamo de la Legación Argentina, 
declaró la cancillería de Río de Janeiro que las autoridades 
brasileñas sólo podían iuter^^enir en defensa de los intereses 
de sus connacionales. 

Pocos meses después eran los estancieros brasileños quienes 
recurrían en demanda de protección. Don José Luis Martins, 
entre otros, formuló una resonante protesta en Bagé a fines 
de 1847, haciendo constar que los agentes de Oribe extraían 



I 



LA. DEFENSA DE MONTEVIDEO 231 



coutinuanieiite tropas de sus estancias para venderlas en el 
Brasil. La caueiUería de Río de Janeiro, sin atreverse a enta- 
blar acciones radicales, pidió la derogación del decreto prohi- 
bitivo de la marcación de ganados y contestó Oribe con una 
orden de clausura de la frontera para la exportación de ga- 
nado en pie. carnes saladas y cueros! 

La Asamblea Provincial de Río Grande envió entonces una 
delegación a Río de Janeiro para pedir que también se gestio- 
nara la derogación de esa nueva medida prohibitiva, que, 
según dijo el diputado Araújo, cerraba su único mercado de 
salida a trescientos estancieros brasileños radicados en terri- 
torio oriental. 

Los perjudicados fomentaban, entretanto, en la línea fron- 
teriza la formación de grupos armados para luchar contra 
los agentes de Oribe, a quienes muchas veces disputaban los 
cargamentos de cueros y las tropas de ganados cuya exporta- 
ción había sido prohibida a los legítimos propietarios. 

A mediados de 1850 el Presidente de Río Grande dirigió 
al Gobierno imperial una nota encaminada a demostrar la 
magnitud de los perjuicios causados a esos estancieros. De los 
cómputos de las respectivas comandancias militares, resultaba 
que los brasileños poseían en la zona fronteriza del Chuy y 
San ]Miguel 342 leguas con 426,900 animales vacunos, en la 
frontera del Yaguarón 406 leguas, en la frontera de Bagé 
336, en las fronteras del Cuareim 240. En conjunto 1,324 le- 
guas pobladas de ganados. 

Refiriéndose especialmente a la zona fronteriza del Cuareim, 
decía el Gobernador de Río Grande que la mayoría de las 240 
leguas habían sido usurpadas a sus propietarios, y agregaba: 

"Tal vez no haya en los tiempos de la colonización moderna 
ejemplo de un tratamiento igual o tan violento y bárbaro para 
con subditos de un país neutral, como aquel que las fuerzas 
del general Oribe han puesto en práctica contra los brasi- 
leños." 

A fines del mismo año el "Jornal do Commercio" de Río 
de Janeiro publicó informaciones complementarias, de las que 
resultaba que en las fronteras del Chuy y San Miguel tenían 
los brasileños 36 estancias, de las cuales Oribe había embar- 
gado 33 ; en las fronteras del Cuareim 151 estancias, do cuyo 
número estaban embargadas 50 y abandonadas 30; al sur del 
Arapey embargadas 3 y abandonadas 40; en la frontera del 
Yaguarón y Bagé, embargadas 4 y abandonadas 8. En suma: 



232 HISTORIA DEL URUGUAY 



embargadas por orden de Oribe 90 y abandonadas por efecto 
de siLs persecuciones 78 estancias. 

El barón de Yacuy se encargó de vengar tales atropellos, 
mediante fuertes incursiones armadas que contribuyeron po- 
derosamente a preparar el ambiente a favor de la interven- 
ción del Brasil en las cuestiones del Río de la Plata. 

En su manifiesto de febrero de 1850 aseguraba el barón 
de Yacuy que durante la larga revolución de Río Grande 
más de quinientos estancieros habían trasladado sus estable- 
cimientos ganaderos a la zona que media entre el Arapey y 
el Cuareim y que las fuerzas de Oribe habían saqueado todas 
sus existencias. En una correspondencia al "Correio Mercan- 
til" de Río de Janeiro señalaba más tarde diversos capítulos 
de agravios de los estancieros ríograndenses contra Oribe : por 
haber dado libertad a los esclavos, casi todos ellos de propie- 
dad de brasileños, para convertirlos en soldados; por habei 
prohibido la faena de campo y especialmente la marcación 
de ganados, para saquear las estancias; por haber expedido 
una orden que obligaba a los estancieros a abandonar el cui- , 
dado de sus intereses y reconcentrarse en los puntos fortifi- 
cados; por haber prohibido la exportación de ganado a Río 
Grande; por haber decretado la requisa periódica de reses 
con destino al consumo de su ejército. 

La primera invasión seria del barón de Yacuy se produjo 
en enero de 1850. Fué dominada por las fuerzas del coronel 
Diego Lamas destacadas en las fronteras del Salto. Pero el 
caudillo ríograndense regresó en marzo al frente de una ver- 
dadera división de guerra que según el parte oficial del coro- 
nel Lamas sé componía de 400 hombres y que según las infor- 
maciones de la prensa subía a un millar, computados los varios 
grupos de emigrados orientales que se plegaron al movimiento 
bajo el mando de los coroneles Centurión (a) "Calengo" y 
Hornos. 

Llegada la lucha a una altura que ponía así a la frontera 
en eompleto pie de guerra, resolvieron las autoridades brasi- 
leñas ordenar el desarme de las fuerzas del barón de Yacuy, 
pero lo hicieron en una forma que acrecentaba la popularidad 
del caudillo y que revelaba ya que la política imperial había 
resuelto romper con Rosas y con Oribe, según lo hacía notar 
la prensa de Montevideo. 



L\ DEFENSA Ul. MO.NTKVIDKO 233 



Centra las personas — La acción del gobierno de la Defensa. 

Al uiisnio plan de violencias respondían las niüdidas adop- 
tadas contra las personas. 

''Los que auxilien al enemigo (decía el gobierno de Suárez 
en un primer decreto de principios de febrero, refrendado 
por el coronel Pacheco y Obes) remitiéndole o conduciéndole 
cualquier artículo de guerra o cosa que pueda serle de utili- 
dad, serán pasados por las armas sin más juicio que la simple 
comprobación del hecho". . . "Todo el que tuviere relación de 
cualquier clase con el ejército de Rosas o con los traidores 
que a su nombre han alzado el estandarte de rebelión, será 
entregado a una Comisión militar para su juzgamiento y con- 
dena según las ordenanzas". 

' ' Todo oriental — prevenía un segundo decreto — que sea 
tomado con las armas en la mano o divisa del ejército invasor 
extranjero, será fusilado en el acto por la espalda." 

Fresca todavía la tinta de esos decretos, cayó prisionero el 
sargento Zacarías Díaz y en el acto fué fusilado por la es- 
palda. Una orden general del 21 de febrero, al anunciar el 
fusilamiento, agregaba anatematizando al reo: 

'"La justicia nacional le castiga. Que su nombre malcli-tp 
por todos los hombres que aman la patria pase a los tiempos 
más remotos ! Que su infamia dure tanto como la gloria de 
la patria a quien traiciona". 

El propio coronel Pacheco y Obes en su carácter de Co- 
mandante ]\Iilitar del Departamento de Soriano había levan- 
tado anteriormente una división de 1,000 hombres para re- 
forzar la guarnición de Montevideo, recurriendo a los esclavos 
de ^Mercedes antes de que la Asamblea dictara la ley de eman- 
cipación general, llamando a los soldados de Garibaldi escapa- 
dos del desastre del Paraná y movilizando la guardia nacio- 
nal con ayuda de análogas amenazas, según lo demuestran 
dos de sus órdenes del día correspondientes al mes de diciem- 
bre de 1842. 

■ Una de ellas, relativa a los guardias nacionales Gorosido y 
Roquero, que habían desertado, decía así: 

"Serán perseguidos y en caso de tomarse serán inmediata- 
mente pasados por las armas. . . Se hará retirar al pueblo sus 
familias y se pegará fuego a la casa, clavándose en ella un 
palo con un letrero que diga: era la casa de un cobarde y la 



234 HISTORIA DEL tTEUGUAT 



justicia nacional la ha arrasado... Igual conducta se obser- 
vará con cualquiera que deserte en lo sucesivo". 

La otra era relativa a cuatro herinanos ^laneiro, a quienes 
se fijaba un plazo de ocho días para enrolarse, con la preven- 
ción que subsigue : 

"Pasado ese término los cuatro individuos nombrados que- 
dan fuera de la ley: todo hombre está autorizado a matarlos 
dondequiera que los encuentre y la Comandancia abonará 
cien pesos a quien matare a cada uno de ellos". 

Pronta ya la división de 1,000 hombres con la que habría 
de reforzar la giiarnioión de ^Montevideo, escribía el corone-l 
Pacheco a fines de diciembre de 1842 : 

"Antes de marchar de Mercedes, mandé fusilar al facine- 
roso Carlos ]\Iartínez que cayó después de haber hecho una 
tenaz resistencia, en que fué muerto su compañero. Veinti- 
cuatro horas estuvo colgado en la horca, sobre la más alta 
cuchilla de Mercedes". 

Verdad es ciue la prensa estimulaba a las violencias, según 
lo comprueban estos párrafos extraídos de un editorial de 
"El Nacional", el diario más prestigioso de ^Montevideo, co- 
rrespondiente al mes de enero de 1843 : 

"Debe autorizarse a los comandantes de partida y jefes de 
división para que después de un juicio sumario realizado con 
la reunión de los oficiales de su partida o división, pasen por 
las armas a todo :pebelde de la clase de sargento para arriba 
tomado con las armas en la mano... La funesta indulgencia 
del gobierno de Corrientes con los prisioneros de Caa-Guazú 
ha sido muy fatal a esta heroica Provincia; y si se les hu- 
biera fusilado en justa represalia, como lo exigimos en cuanto 
fueron tomados, por el derecho que dan la propia conserva- 
ción y los códigos de todas las naciones, no habrían conspi- 
rado y hoy no estarían vertiendo sangre de hombres libres". 

¿Continuaría dominando el mismo espíritu en los días subsi- 
guientes ? 



Varios fusilamientos de prisioneros. 

A principios de marzo de 1843 la guarnición del Cerro cap- 
turó un prisionero de nacionalidad oriental y ese prisionero 
fué en el acto pasado por las armas, dice "Whrigt, de acuerdo 
con las terminantes órdenes del Ministerio de la Guerra. 



LA DEFF.NSA DE MONTEVIDEO 235 



Eu jimio siguiente llego a las faldas del Cerro la división 
del coronel Fortunato Silva, con treinta y tantos prisioneros 
tomados en el trayecto de baldonado a la Capital. El Mi- 
nistro Pacheco y Obes ordenó al jefe de la fortaleza, "ol 
fusilamiento por la espalda" de cuatro de los prisioneros 
orientales, y la remisión a la plaza de los extranjeros a quie- 
nes debía tratárseles, decía, "con la consideración que merece 
la desgracia". Los cuatro orientales, que eran oficiales del 
ejército de Oribe, fueron fusilados en el acto. 

Oasi en los mismos momentos comunicaba el coronel Es- 
tivao al Ministerio de la Guerra, desde su campamento en 
la Barra de Santa Lucía, que había capturado siete prisio- 
neros, fusilando a tres de ellos en el acto y remitiendo los 
demás a la plaza de Montevideo. 

Corresponde a esta misma etapa de sangre una carta 
del Ministro Pacheco al coronel Báez, secuestrada por las 
ñierzas de Oribe, que terminaba así: "... mátame todos 
los blanquillos traidores que puedas y recuerda siempre el 
exceso con que te quiere tu amigo." 



Contra los paciñstas. 

Tras un paréntesis de calma, volvió a caldearse formi- 
dablemente el ambiente oficial antes de terminar el pri- 
mer año del sitio, según lo revela este decreto de octubre 
que lleva las firmas del Presidente Suárez y de su Ministro 
de Guerra el coronel Pacheco : 

"Es traidor a la patria todo el que proponga, sirva de 
instrumento o mantenga cualquier especie de comunicación 
escrita o verbal en que se trate de un avenimiento con él 
(el enemigo) que no repose en la base de su sumisión al 
gobierno nacional. El que en conversaciones públicas o pri- 
vadas manifieste opiniones favorables a una paz con el 
ejército invasor, será juzgado como seductor de fuerza ar- 
mada en presencia del enemigo. Todos los ciudadanos están 
obligados a poner en conocimiento de la autoridad cual- 
quier noticia que tengan sobre personas' que sá hayan he- 
cho culpables de los delitos que marcan los artículos ante- 
riores, so pena de ser tratados si no lo hacen como simu- 
ladores de planes funestos a la salvación de la patria." 

"El Gobierno — decía el preámbulo de ése decreto — 



236 HISTORIA DEL UEXJGUAT 

quiere que los que sean débiles escondan su vergonzosa 
flaqueza ; que los que sean traidores sepan de antemano 
que se exponen a perder sus cabezas. Hasta hoy hace esta 
justicia a todos los habitantes de esta Capital : no se ha 
levantado una sola voz que aconseje transacciones, aveni- 
miento, inteligencia con el invasor extranjero o con el 
miserable oriental que lleva sus insignias y se las ha pros* 
tituído. Tal vez la victoria naeional, que humilla con su 
plan las banderas de Rosas, haya ahogado el deseo imbécil 
o criminal de hablar de paz con Rosas. Esta es imposible, 
injuriosa, vil, mientras uno solo de sus degolladores pise 
en armas esta tierra. El que diga que es hacedera, es un 
miserable que no merece vivir, o un solapado traidor que 
es necesario castigar con la muerte." 

Con el propósito de dar rapidez a los castigos resolvió 
el Gobierno crear un tribunal militar compuesto de tres 
jefes que nombraría "el General de las armas". Ese tri- 
Ijunal, decía el respectivo decreto, "juzgará sumaria y ver- 
"balmente los crímenes de traición, infidencia, deserción, 
cobardía o tibieza en defender la patria, que cometan los 
individuos pertenecientes a los cuerpos de línea o de mi- 
licia de esta Capital". La sentencia será precedida de una 
Tareve historia del crimen, con asistencia del defensor de 
-oficio. En cuanto a las penas, serán "las establecidas por 
las ordenanzas militares para las tropas que se hallan al 
frente del enemigo". 

La Comisión militar instituida en los primeros días del 
■sitio, no había dado resultado, según el preámbulo del mis- 
mo decreto, "falta de los elementos para dar a su acción la 
prontitud, la infalible celeridad en el castigo del crimen 
■que requiere la gravedad de las circunstancias". Y era 
necesario, en consecuencia, su.stituirla por un tribunal qu(? 
eastigara "la traición, la cobardía, la debilidad, la ti- 
bieza en defender la patria", porque "en estos momentos 
no sólo es criminal el que vuelve las armas contra ella ; 
es reo infame el que no alza su brazo con todo el vigor que 
aconseja el honor y el peligro nacional." 

La Policía se apresuró a recapitular en una ordenanza 
todas las disposiciones vigentes sobre el delito de traición, 
distribuyéndolas en 19 capítulos o casos en que figuraban 
la circulación de noticias favorables al enemigo, la indica- 
ron de defectos capaces de perjudicar la dignidad y 



LA DEKKNSA DE MONTEVIDEO 237 



fuerza moral de los poderes públicos, la omisión en denun- 
ciar los actos castigados, etc., todo ello con la advertencia 
de que "la pena del delito de traición, con arreglo a laíj 
k'ves, es la de muerte". 



Recrudecen las amenazas de muerte. 

La escuadra de Brown capturó en el mismo mes de octubre 
de 1843 a los capitanes Raya y Rodríguez que viajaban de 
Montevideo a ]\Ialdonado y los envió al campamento del ejér- 
cito sitiador, donde fueron degollados juntamente con otros 
dos prisioneros. Los cuatro cadáveres aparecieron al día si- 
guiente en las avanzadas para que los recogieran las partidas 
de la plaza. El general Paz comunicó el suceso al Ministro de 
la Guerra y éste eontestó en la forma a que inclinaban las 
exaltaciones del momento. 

El Gobierno, — decía, — después de haber dado tantas mues- 
tras de generosidad, comprende que "debe variar de marcha" 
y "para desagraviar a la humanidad tan fieramente ultrajada 
debe decretar las represalias, volver al enemigo mal por mal, 
sangre por sangre ; y esto va a ser así en este día mismo : 
sobre esas nuevas víctimas de que se ha hecho un insultante 
alarde y en cuya tumba la República felizmente va a apoyar 
aciuel santo principio del cual nacerá para el enemigo el es- 
carmiento". 

Al tiempo del entierro, que se realizó con grandes honores 
militares, en que tomó parte toda la guarnición, o mejor dicho 
todo cuanto encerraba la plaza, dijo el Ministro de la Guerra 
coronel Pacheco y Obes : 

"Ante estas víctimas mis ojos están enjutos; no traigo aquí 
sino un sentimiento : la ira ; un pensamiento : la venganza ; 
una esperanza: la libertad". 

Y agregó el Jefe Político don Andrés Lamas: 

■"Amurallemos nuestra sensibilidad con el recuerdo de estos 
martirios y de tantos otros hasta que anonadado Rosas ante 
su propio sistema ceda al imperioso clamor de la humanidad 
y de la civilización y respete los indefensos, las banderas neu- 
trales, los prisioneros, y haga la guerra según lo prescriben la 
humanidad y la civilización. Represalias, señores; pero no las 
que ofrece Rosas sobre nuestros viajeros, sino represalias sobre 
los ejecutores de estas matanzas". 



238 HISTOKIA DEL URUGUAY 



Un decreto del mismo día, luego de poner frente a frente 
la conducta obsen-ada por el Gobierno desde la batalla de 
Cagaucha en que los prisioneros fueron inmediatamente pues- 
tos en libertad "y la ferocidad de los verdugos del degollador 
de Buenos Aires desde la batalla del Pago Largo, en que 
fueron pasados a cuchillo 1,500 prisioneros y la batalla del 
Arroyo Grande seguida de tres días de continuas hecatombes", 
concluía así : 

''Hasta el día en que el enemigo cese en su práctica de 
matar a los soldados y oficiales de la República o de nuestros 
aliados y haga la guerra conforme a la civilización, serán 
irremisiblemente pasados por las armas todos los individuos 
del ejército de Rosas que sean aprehendidos y pertenezcan a 
la clase de jefe u oficial''. 

A raíz de este terrible mo\'imiento, hubo una ejecución en 
Montevideo, la del respetable comerciante don Luis Baena acu- 
sado de traición en virtud de apreciaciones contra los legiona- 
rios extranjeros emitidas en cartas dirigidas a personas ra- 
dicadas en el campo ^sitiador, que fueron interceptadas. Sus 
colegas del comercio ofrecieron al Gobierno 50,000 pesos con 
destino a gastos de guerra para obtener la conmutación de la 
pena, y su defensor el doctor Somellera realizó grandes es- 
fuerzos XJara salvarle la vida. Pero el Tribimal ]!»Iilitar lo 
condenó a muerte y la sentencia fué ejecutada de inmediato. 

La prensa incitaba al derramamiento de sangre. 

Había contribuido y segaiía contribuyendo la preiLsa de 
Montevideo a estas medidas de violencia, con una propaganda 
ardorosa que tenía que marear a los mismos hombres diri- 
gentes. 

"Médicos de Buenos Aires, — escribía Rivera Indarte en 
"El Nacional ", al comentar la noticia de que Rosas estaba 
enfermo, — no tenéis deberes para un tirano. Si es cierto que 
rodeáis la cama de Rosas, haced de vuestra ciencia un instru- 
mento vengador. Si sois amigos de la humanidad, si queréis 
ser fieles al juramento que prestasteis al recibir el título de 
vuestra profesión, recordad que Rosas es más fatal al hombre 
que la fiebre y el contagio. Salvad vuestra patria". 

"Nuestra opinión. — decía en otro editorial. — de que es 
acción santa matar a Rosas, no es antisocial, sino conforme 



LA DEFENSA DE MOXTEVIDEO 239 



oon la doctrina de los lesrisladores y moralistas de todos los 
tiempos y edades. Muy dichosos nos reputaríamos si este es- 
crito moviese ol corazón de algún varón fuerte ciue hundiendo 
el puñal libertador en el pecho de Rosas restituyese al Río 
de la Plata su perdida ventura y librase a la América y a la 
humanidad en g-eneral del grande escándalo que la deshonra''. 
]\Ieses después anunciaba el articulista la publicación de 
una obra suya en la forma que subsigue : 

''liosas y sus opositores. Contiene las tablas de sangre y la 
di.sertaeión Es acción santa matar a Rosas, en que se prueba 
esta proposición con argumentos irresistibles y numerosa 
copia de ejemplos históricos y de textos de publicistas, empe- 
zando por la Sagrada Escritura y acabando por la opinión del 
señor Janín. uno de los editores del "Diario de los Debates". 
Rivera Indarte era el más formidable de los periodistas que 
luchaban contra Rosas. Su intensa labor de publicista y de 
soldado remató en un violento ataque que lo obligó a travsla- 
darse a Santa Catalina, donde murió a mediados de 1845. 
Dos años después se resolvió el traslado de sus restos a Mon- 
tevideo y exhumado el cadáver en presencia del doctor ^Montes 
de Oca, encargado de su identificación, se le encontró todavía 
suspendido al cuello un rosario con cruz de plata que le había 
colocado la madre al salir proscripto de Buenos Aires. 

"El Nacional" en sus manos, escribía Mitre al dar cuenta 
de su muerte, era una gran tribuna desde la cpe se arengaba 
al pueblo para derrocar la tiranía y defender la libertad. 

Las ideas de Riv?ra Indarte continuaron dominando du- 
rante largos años. 

En 1848 al ocuparse la Asamblea de Notables de la conven- 
i'ión de T)az y de los incidentes de que había sido teatro 
Montevideo, decía el coronel César Díaz refiriéndose al asesi- 
nato de Florencio Várela : 

"Si nuestros enemigos, siendo incapaces de vencernos en 
combate leal, con las armas del guerrero, se deslizan en las 
tinieblas de la noche para herirnos con el puñal del asesino, 
bagamos pesar sobre ellos la mano del verdugo". 

Y agregaba editorialmente "El Conservador", uno de los 
grandes órganos de la Defensa de ^Montevideo: 

"Un poco de sangre enemiga nos hubiera ahorrado mucha 
sangre amiga; y un sistema contrario al que se ha seguido 
hasta hoy haría mucho tiempo que nos habría puesto en apti- 
tud de dominar cualquier situación por embarazosa que fue- 



240 HISTORIA DEL URUGUAY 



ra... l'n poco menos de cultura y de libros nos habría dado 
un poco más de poder y de respetabilidad... No es la pri- 
mera vez que lo decimos, ni será la última : si nosotros hubié- 
ramos estado al frente de los negocios públicos, hubiéramos 
imitado a Kosas para vencer a Rosas, y por el mismo camino 
i>or (jue ha alcanzado Rosas la tiranía, hubiéramos nosotros 
buscado la justicia, porque no es sobre distintos pueblos, ni 
sobre distintas cosas sobre que Rosas y sus contrarios tra- 
bajan, j si esos pueblos y esas cosas han podido por el terror 
ser conducidos a un sistema despótico, no vemos por qué no 
se podría por ese mismo medio conducirlos al extremo 
opuesto ' '. 

Contra esas ideas de sangre se alzó invariablemente la po- 
blación de Montevideo y más de una vez tuvo que ceder el 
gobierno de la Defensa a la presión de los sentimientos rei- 
nantes, cjue no eran de exterminio sino de concordia. Lo de- 
muestra especialmente un decreto de junio de 1843, dictado 
a raíz de la ejecución de prisioneros de que hemos hablado. 

' ' El Gobierno — decía el decreto — echó mano de fuertes,, 
justas y necesarias medidas, para contener al débil y esj^antar 
al traidor. Entre ellas se condenó a la pena de muerte a los 
orientales que abandonando la causa de su patria y de la 
libertad del Río de la Plata empuñasen armas en pro del de- 
gollador y a los otros individuos que sirviendo a nuestro ejér- 
cito se pasasen a sus banderas. Los que fueron encontrados 
culpables de estos crímenes, aunque pocos, los expiaron sin 
consideración con su vida"'... Pero las circunstancias han 
cambiado: las armas de la República están victoriosas y el 
Gobierno ha resuelto conceder el indulto a todos los que se 
presenten de inmediato, bajo apercibimiento de reanudar con 
los omisos la ejecución de las medidas ya dictadas. 

Volvió poco tiempo después a caldearse el ambiente y las 
pasiones enardecidas se exteriorizaron en cartas que como la 
que sigue de Rivera al coronel Báez, datada en el Aiguá a 
Itrincipios de 1844, parecerían comprobar la regresión a la."i 
rAcdidas de exterminio : 

"Intertanto, persigue y mata cuanto blanquillo se te ponga 
por delante ; por acá vamos haciendo otro tanto, lo que bas- 
tará para dar fin a estos malvados". 

Pero ni la idea del exterminio encontraba cabida en la 
contextura moral de Rivera, ni los nuevos tiempos en que- 
escribía eran favorables a los actos de extrema violencia. 



LA DEFEXSA DE SIOXTEVIDEO 241 

El propio general radieeo autor de los decretos de sangre, 
exaltaba al finalizar el sitio la gloria del gobierno de la De- 
fensa, proclamando en la prensa de París Cjue la población 
de Monte\ideo sólo había presenciado en los siete años corri- 
dos de 1843 a 1850 ocho fusilamientos, incluidos los prisio- 
neros de guerra condenados a muerte por decreto expedido 
en los primeros días de la invasión. 

La prensa de Oribe i)ublicó en 1846 y 1847 varias relacio- 
nes nominales de asesinatos y saqueos realizados en los depar- 
tamentos de Maldonado, Tacuarembó y Cerro Largo, y de los 
heridos y prisioneros ultimados en la toma de Paysandú por 
Rivera, según testimonio expedido por el Alcalde Ordinaria 
del departamento don Cayetano Almagro. 

En general se trataba, sin embargo, de hechos ordinarios 
de guerra, exaltados por la pasión j)artidista, o de crímenes 
aislados obra de extravíos individuales extraños a los dirigen- 
tes de la guerra. 

Durante el armisticio de 1850 luia fuerza de' la guarnición 
del Cerro cruzó la línea sitiadora y arrebató una tropa de 
ganado matando a los tres hombres que la custodiaban. Oribe 
denunció el h.scho al Encargado de Negocios de Francia en 
^Montevideo y trasmitida la denuncia al gobierno de Suárez, 
se instruyó un sumario del que resultó que los tres cadáveres 
''"teníim una sola herida en la parte derecha del pescuezo quo 
dividía la garganta" y que los autores del degüello eran el 
teniente Martínez y el soldado Romero. Ambos fueron conde- 
nados a muerte y fusilados. 

Al comunicar la sentencia hacía notar el Ministro He- 
rrera y Obes a la Legación de Francia que el teniente Mar- 
tínez era uno de los más bravos oficiales del ejército ; que 
su cuerpo estaba aeribillado de heridas reveladoras de la 
importancia de sn foja militar ; y que asimismo había sido 
fusilado "para salvar el honor de su causa y conservar a 
la República el derecho de representar en estas regiones 
los intereses de la civilización". 

Tentativas del g-obierno de la Defensa para humanizar la 
lucha. 

Varias veces abrió negociaciones el gobierno de la De- 
fensa para establecer el canje de los prisioneros, pero en 
todos los casos con resultado negativo. 



242 HISTORIA DEL URUGUAY 



La primera tentativa fué realizada en septiembre de 
1844, a raíz de la sorpresa a una fuerte guardia sitiadora 
en que fueron capturados varios prisioneros. El Ministro 
de la Guerra, coronel Pacheco, se dirigió al general Oribe 
en los términos que siguen: 

"Las leyes de la República rae prohiben comunicar con 
usted en su calidad de traidor; pero como además reúne 
la de jefe del ejército del Gobernador de Buenos Aires, en 
el interés de la humanidad he creído deber proponer a 
usted para lo sucesivo el canje de prisioneros que una vez; 
establecido disminuirá en mucho los horrores de una gue- 
rra en que todos los principios de aquel mandatario feroz 
se ponen en práctica por unos para ayudarlo y obedecerle 
y por otros para hacer uso del más justo derecho de de- 
fensa : la represalia. ' ' 

Esa nota no era como para abrir negociaciones, y natu- 
ralmente quedó sin respuesta. 

La segunda tentativa se produjo en julio de 1846. El 
Ministro de la Guerra ordenó al Comandante General de 
Armas que propusiera el canje de prisioneros al jefe del 
ejército sitiador "deseando el Gobierno — decía en su nota 
— que al acto de solemnidad con que debe celebrarse el día 
del aniversario de la Jura de nuestra Constitución se agre- 
gue uno humanitario por el cual recuerden en lo sucesivo 
nuestros desgraciados prisioneros de guerra que la autori- 
dad puso los medios para libertarlos del estado afligente en 
que los había colocado la suerte de las armas." 

De acuerdo con esta orden el Comandante de Armas 
dirigió un oficio rotulado "Al Excelentísimo señor General 
en Jefe del Ejército sitiador", oficio que fué entregado por 
un oficial parlamentario al Jefe del Estado Mayor de Oribe, 
coronel Lasala, quien contestó verbalmente que la comuni- 
cación sólo podía recibirse a condición de que fuera diri- 
gida "al Presidente legal". Tal fué la respuesta, según la 
versión recogida por la prensa de la plaza. La prensa del 
campo sitiador dijo que Oribe había hecho contestar que 
no reconocía carácter alguno ni en el jefe de las armas, 
ni en el Gobierno de quien dependía, para dirigirse a las 
autoridades constitucionales, salvo que se tratara de pedir 
un indulto. 

La tercera tentativa se realizó -el 20 de febrero de 1847, 
en homenaje al aniversario de la batalla de Ituzaingó. De 



LA DEFENSA DE MON'TE\TT)EO 243 



conformidad a las ordenes expedidas, avanzó hasta la zona 
del campo sitiador el coronel Lorenzo Batlle, con un oficio 
en que se proponía el canje de prisioneros al general Oribe. 
El oficial a quien el jefe parlamentario entregó el oficio, 
regresó después de larga espera con esta respuesta verbal 
de Oribe: "Que podía retirarse, pues no se admitía el con- 
venio". ' ' 

Comentando esta negativa, decía la prensa del campo si- 
tiador : 

¿Pero con quién puede tratar el Presidente Oribe? Los 
rebeldes de Montevideo son simples instrumentos de los 
agentes de Francia e Inglaterra, carecen de personería y 
no ofrecen garantía de ninguna especie ! 

De las tres tentativas, pues, para suavizar los efectos de la 
guerra, una de ellas fra^íasó por la forma agresiva con que 
abría las negociaciones el gobierno de la Defensa, y las otras 
dos por la torpe pretensión de que las autoridades de Monte- 
video proclamaran previamente la ilegitimidad de su mandato. 

En varias otras oportunidades procuró exteriorizar el Go- 
bierno de ^Moute^ideo los propósitos inspiradores de esas ten- 
tativas directas con Oribe. 

A fines de 1843, invocando la conducta humanitaria del al- 
mirante Bro^vn con los prisioneros capturados por su escuadra, 
decretó la libertad de un oficial de marina apresado por las 
fuerzas de la plaza en el Buceo. El Ministro de la Guerra 
pidió al comodoro Purvis que se hiciera cargo de la entrega 
del prisionero, mediante una nota en que hacía constar que 
ese mismo día las fuerzas sitiadoras habían degollado al ofi- 
cial Ortega y colocado su cabeza en las avanzadas de la línea. 
El comodoro Purvis, al aceptar el comedido, quiso a su tumo 
dejaf constancia de que comunicaría al Gobierno Inglés: 

'•Que la guerra, que hasta aquí se ha hecho con una fero- 
cidad salvaje, se prosigue por una de las partes más de acuerdo 
con los principios de la civilización y de la humanidad". 

En febrero de 1845 entró al puerto de Montevideo, bajo 
la presión de un furioso temporal, el lanehón argentino "For- 
tunato". Podía el gobierno de Suárez secuestrar la embarca- 
ción y su cargamento y capturar a sus tripulantes. Pero pre- 
firió dictar un hermoso decreto en el que a todo renunciaba 
a título de que "los marinos de la República adquieren lo que 
conquistan con su valor, lo que apresan con su trabajo y su 
peligro, pero no aceptan como suyo lo que el infortunio arroja 
a sus manos". 



244 HISTORIA DEL rRUGUAY 



A mediados de 1847, duranite ima suspensión de hostilida- 
des emanada de negociaciones de paz, decretó el gobierno de 
Suárez la absoluta libertad de los prisioneros de guerra exis- 
tentes en el departamento de Policía, con la advertencia de 
que deberían salir para las provincias argentinas dentro 
de tercero día. 

No era sólo a favor de los prisioneros de la guerra civil que 
trabajaba así el gobierno de la Defensa. En abril de IS-i-i 
publicó Rosas una nota por la que se negaba a concurrir con 
los delegados de Chile, Perú y Bolivia a un Congreso en- 
cargado de resolver sobre la suerte del general Santa Cruz. 
Alegaba que esos Gobiernos no querían matar al general pri- 
sionero como estaban obligados a hacerlo. Pues bien: el go- 
bierno de Suárez, invocando los intereses de la humanidad y 
el prestigio americano, resolvió protestar contra esa bárbara 
exigencia y se dirigió con tal objeto a las cancillerías de In- 
glaterra, de Francia y del Brasil. 

En el campo sitiador — Matanzas de prisioneros. 

El general Paz instituyó a mediados de 1843 una Comisión 
compuesta de los doctores José Manuel Baéz, Alejo Villegas 
y Francisco Elias, con el encargo de examinar testigos y prac- 
ticar reconocimientos encaminados a documentar las atrocida- 
des cometidas por las fuerzas de Oribe. 

Ante esa Comisión comparecían frecuentemente soldados 
procedentes del campo sitiador y sus declaraciones sobre crí- 
menes, reales o supuestos, eran recogidas y publicadas para for- 
mar el proceso de Rosas y de Oribe, y prestigiar la causa de 
Montevideo ante las potencias europeas que ya habían inter- 
venido en las contiendas del Río de la Plata y a quienes do 
nuevo se trataba de vincular en forma más efectiva. Con fre- 
cuencia también la prensa de Montevideo se hacía eco de ru- 
mores de degüello, que a veces daban lugar a que las supuestas 
víctimas salieran a la prensa para declarar que estaban en el 
mundo de los vivos. 

El plantel argentino del ejército de Oribe, compuesto de 
tres mil hombres, era el mismo que había recorrido las pro- 
vincias insurreccionadas contra Rosas desde 1839 hasta 1842, 
con un programa de exterminio que fué cumplido sin escrú- 
pulos, hasta matar y arruinar a todos los que no se doble- 
gaban al dictador. 



l^V DEIEXSA DC ilOXTKVIDüO 240 

Con tales soldados en la zona sitiadora era imposible que 
no Imbiera sacrificios de prisioneros y los sacrificios de pri- 
sioneros se produjeron efectivamente, aunque no con la exten- 
sión y la frecuencia que habrían hecho suponer las fojas de 
esos soldados. 

A mediados de 1843 los Ministros Plenipotenciarios de In- 
glaterra y de Francia en el Río de la Plata, señores ]\[ande- 
ville y conde De Lurde, se dirigieron a Rosas para expre- 
sarle que habían recibido comunicaciones de los comandantes 
de las fuerzas navales de ^Montevideo denunciando actos de 
inaudita crueldad sobre los prisioneros extranjeros antes de 
matarlos, y que esperaban que el Gobierno Argentino daría 
i')rdenes encaminadas a evitar tales atrocidades. 

Hemos mencionado algunas de esas atrocidades al ocu- 
parnos de las represalias adoptadas por el Gobierno de la* 
l>laza sitiada y vamos a completar su número sobre la base 
de los documentos de la época. 

A raíz de la derrota del general Ángel María Núñez, 
las fuerzas dependientes de la plaza secuestraron un ofi- 
cio de Oribe datado en julio de 1843, con la siguiente 
orden: "Si usted toma a Mendoza, hará bien en fusilarlo." 

Varios meses después fueron interceptados en Mercedes los 
siguientes oficios dirigidos al capitán ]Miguel Núñez: por el 
comandante Gerónimo Cáceres, acusando recibo de otro en 
que Núñez le comunicaba que en cumplimiento de las ór- 
denes recibidas había "castigado con la última pena al in- 
mundo unitario Hilario Cardozo"; por el coronel Urdina- 
rrain, comunicando que de acuerdo con órdenes de Urquiza 
habían sido "degollados el cabo Ramón de Llama y los solda- 
dos Francisco Olmos y Julián Gómez", bajo la acusación de 
deserción: por Miguel Ludueña, diciendo que había recibido 
ilos prisioneros, "los salvajes unitarios José La Cruz Astrada 
y arribeñito llamado «Tose ^Miranda", tomados en Monzón, y 
que los había hecho "degollar para escarmiento". 

En cictubre de 1843 las guerrillas sitiadoras capturaron al 
teniente Ortiz. Al día siguiente apareció en las avanzadas la 
-cabeza de ese oficial, que fué traída a la plaza y sepultada con 
grandes honores que decretó el general Paz. 

De una escena más salvaje se ocupó "El Constitucional" 
en el curso de este mismo año. Según su relato, un negro de 
la plaza tomado prisionero, fué suspendido sobre una fogata y 
luego degollado, dando lugar tan horrible cuadro, que se des- 



246 HISTORIA DEL UBUGUAY 



arrollaba frente a la líuea, a que el coronel Torres diera una 
carga a la bayoneta para rescatar el cadáver y traerlo a la 
plaza, donde quedó en exhibición. 

En marzo de 1846 el coronel Batlle, Comandante General d& 
la Colonia, a raíz de una derrota inñigida a las fuerzas que 
sitiaban dicha plaza, secuestró un oficio del coronel Jaime 
]\Iontoro al comandante Leandro Villanueva, datado en mayo 
del año anterior, que decía así : 

■"He recibido orden de S. E. el señor Presidente de la Re- 
pública para hacer ejecutar de muerte a varios salvajes, entre 
ios cuales se cuentan los cuatro individuos que conduce el te- 
niente Pereyra, y son: Hipólito Chaparro, Silverio Martínez, 
Manuel Kíos y Ezequiel Ríos. Pero al mismo tiempo dicha 
ejecución debe hacerse con precaución y sigilo, de modo que 
los enemigos, y particularmente los extranjeros, no la tras- 
ciendan e interpreten siniestramente este acto. Por consi- 
guiente, reciba usted dichos prisioneros y iiiándelos asegurar 
hasta que despache y regrese el piquete que los lleva, al cual 
hará usted entender que va a pasarlos al cuartel general, y 
luego hágalos ejecutar en la inteligencia que ninguna razón 
será bastante para excusar la evasión de ninguno de ellos". 

La prensa del campo sitiador contestó que estaba autori- 
zada por el coronel Montoro para declarar que habían falsifi- 
cado su firma, con la notable confesión empero de que las 
ejecuciones ei'an reales y muy justas por haber recaído sobre 
facinerosos acusados de innumerables asesinatos y saqueos. 
Dijo con tal motivo la misma prensa que en el archivo secues- 
trado a Rivera en el campo de India Muerta se habían tomado 
muchas hojas en blanco con las firmas de Rosas, Urquiza y 
López, falsificadas por el litógrafo Giel|s. 

Varios años más tarde, en 1850, "El Comercio del Plata" 
reprodujo otro oficio del coronel Montoro al comandante Tomás. 
Villalba, de enero de 1846, que decía lo siguiente : ' ' En el acto 
que reciba usted ésta tome la indagación y haga degollar al 
pardo y a cuantos aparezcan en combinación con los salvajes". 

Tal solía ser también la suerte de los prisioneros en los cam- 
pos de batalla. 

El coronel Barreto, en parte datado en noviembre de 1844 
desde su campamento en Olimar, anunciaba a Urquiza que 
había atacado una partida de cuarenta y tantos enemigos; que 
había muerto a los cabecillas Alvarez y Escobar "y a 35 sal- 
vajes que hasta la tumba habían querido acompañarlos"; que 



LA DhU'E.NSA Dü M0-NTEA1DE0 247 

sólo 4 enemigos habían podido escapar; y que la fuerza de su 
mando sólo tenía que lamentar una caída de a caballo sufrida 
por el capitán Orzabal! Tratábase, pues, de una sorpresa con 
exterminio total de los apresados. 

Sesrún el parte oficial de Urquiza a Oribe, las bajas del ejér- 
cito de Rivera en India Muerta consistieron en 1,000 muertos 
y 500 prisioneros, desequilibrio enorme que de acuerdo con di- 
versos testimonios de la época habría que atribuir a las heca- 
tombes que subsiguieron a la victoria. 

A muchos prisioneros se les salvaba, sin embargo, la vida. 

A principios de 1846 tuvo lugar en el Departamento de Mal- 
donado, a la altura de San Carlos, un combate entre las fuer- 
zas de Oribe y una expedición militar que había salido de 
Montevideo bajo el mando del coronel Venancio Flores. La 
infantería y la artillería de la columna expedicionaria, junta- 
mente con su jefe inmediato, el coronel Pantaleón Pérez, que- 
daron prisioneros y fueron transportados al Cerrito. , 

Comentando el hecho decía "El Nacional": 

"Hacemos al general sitiador la justicia que merece por la 
conducta que de algún tiempo a esta parte ha observado con 
sus prisioneros: no investigamos los motivos de esta conducta: 
los aplaudimos entrañablemente, cualesquiera que ellos sean, 
y diremos que contribuyen a colocar esta guerra en el terreno 
del derecho y la civilización". 

Dos años y medio después las fuerzas del general Lucas Mo- 
reno penetraron en la Colonia y capturaron a la guarnición. 

A raíz de este hecho de armas la Legación Británica dirigió 
una nota a Oribe, ofreciéndole su reconocimiento "por la 
conducta y tratamiento del general Moreno para con los sub- 
ditos británicos", y en seguida los españoles, italianos y fran- 
ceses radicados en la Colonia se dirigieron al propio jefe ata- 
cante para aplaudir la conducta humanitaria de sus soldados. 

Uno de los diarios más exaltados, "Le Patrióte Frangais", 
al tejer a su vez el elogio de las fuerzas vencedoras, agregaba 
"que si así hubieran procedido los demás jefes de Oribe 
jamás se habrían armado los extranjeros de Montevideo", 
video". 



248 HISTORIA r.T:r, vruguay 



El asesinato de Florencio Várela. 

En las crónicas de sangre de esta época se destaca el ase- 
sinato del redactor de "El Comercio del Plata", el más no- 
table de los diados de la América del Sur, ocurrido el 20 de 
marzo de 1848, a raíz de una fuerte campaña periodística 
contra Eosas y Oribe y en los momentos mismos en que arri- 
baban nuevos comisionados de los Gobiernos de Francia e In- 
glaterra para reanudar las negociaciones de paz. 

De la índole de su propaganda instruyen estas frases de un 
editorial de principios de febrero del mismo año : 

"La experiencia de una vida que ya no es corta, lia grabado 
entre las duras y variadas lecciones que nos deja, la de que los 
hombres de opiniones extremas que abdican el juicio en manos 
de la pasión, son los enemigos más eficaces de su propia causa. 
Nos esforzamos por eso y cuanto nos es posible por ser mo- 
derados, justos, tolerantes, aún para con nuestros enemigos 
políticos más acerbos. Jamás los atacamos por sistema, por 
^■üto de atacar cuanto hacen y cuanto dicen. Al contrario : 
procuramos siempre buscar en sus propios hechos, no en teo- 
rías nuestras, la explicación de su conducta y la prueba de 
nuestras acusaciones. De este modo de proceder da claro 
testimonio cuanto hemos escrito desde el primer número de 
nuestro diario". 

Precisamente en eso estribaba la autoridad incontrastable 
de su propaganda: la forma era moderada, pero la idea inspi- 
radora, fuertemente documentada siempre, producía la im- 
presión intensa cj[ue el lenguaje violento jamás hubiera podido 
alcanzar. 

Un mes antes del asesinato hizo el proceso de Rosas, de 
Oribe y de Maza, en forma tan contundente que "El Defen- 
sor" tuvo que darse por convencido. En la imposibilidad de 
negar el sacrificio de Acha, de Avellaneda, de Juan Apóstol 
Martínez, "y de los demás salvajes unitarios ejecutados en 
Catamarca", se limitó a publicar una serie de decretos y do- 
cumentos que demostraban que los defensores de ^Montevideo 
habían cometido actos crueles también. 

El número de "El Comercio del Plata" que contenía ese 
proceso, se cruzó con otro de "El Defensor", en que este úl- 
timo habl'ando del bloqueo del Buceo por la escuadra fran- 
cesa y de la actitud del gabinete de Río de Janeiro al no 



LA DEFENSA DE MOXTrvinKO 249 



reconocer la autoridad eonstitueional de Oribe, decía (iue el 
almirante Le Fredour "servía las miras de los agiotistas de la 
adnana, las del salvaje Várela y demás salvajes unitarios", 
y que el redactor de "El Comercio del Plata" era "el alma 
de todas las determinaciones del Gobierno Oriental, el oráculo 
del Consulado Francés". 

Una semana antes del asesinato, Florencio Várela co- 
mentaba en este suelto las noticias que le habían llegado 
del campo sitiador, reveladoras de la enorme impresión 
que estaba causando su propaganda : 

"Con un sentimiento fácil de comprender, pero sin do- 
lor ninguno, tenemos que anunciar a nuestros lectores nues- 
tra propia muerte e invitarlos a nuestros funerales que 
deben tener lugar en la costa del Miguelete, si el señor 
presidente de aquellas chacras lo permite. El 7 del co- 
rriente a la tarde fuimos solemnemente fusilados en la calle 
de la Restauración, habiendo aprobado don Manuel Oribe 
ia sentencia según hemos tenido noticia cierta. Nuestros 
lectores tendrán de hoy en adelante que prestar mayor fe 
a cuanto les digamos, pues nuestra voz vendrá del otro 
mundo y la voz del otro mnndo es siempre voz de verdad." 

El redactor de "El Comercio del Plata" había sido, pues, 
fusilado en efigie, en la víspera del desembarco de una 
nueva misión diplomática franco - inglesa sobre cuya mar- 
cha debía él actuar fuertemente por su posición eu la 
prensa y por su influencia considerable en el seno del Go- 
bierno, que no exageraba "El Defensor", como que el pro- 
pio Florencio Várela ha declarado en su autobiografía que 
desde la iniciación del sitio el Ministro don Santiago Váz- 
quez le confió privadamente el despacho de la cartera de 
Relaciones Exteriores. 

Algunos días después, en momentos que golpeaba eu la 
puerta de calle de su easa, era apuñaleado por la espalda. 

Su entierro dio lugar a una enorme manifestación de 
protesta contra Rosas y Oribe, que se repitió un año des- 
pués en el cementerio al colocarse una lápida en, la que 
el poeta Mármol escribió con lápiz: "Muerto a la libertad 
nació a la historia — Y es su sepulcro el templo de ?/r 
gloria". 

Para "El Defensor", en cambio, tratábase de un "trai- 
dor, que personalmente no era digno de una mirada d& 
desprecio". 



250 HISTORIA DEL URUGUAY 



Nada se supo en las primeras horas acerca del asesino, 
pero quince días después llegaron del campo sitiador dos 
mucliachos, y ellos dijeron que se llamaba Andrés Cabrera 
y que ese hombre se paseaba tranquilamente por el campa- 
mento, mostrando a cuantos querían oirle, el cuchillo con 
que había cometido el crimen. Una mujer procedente tam- 
bién del campo sitiador, declaró luego que en la noche 
del crimen Cabrera llegó a la quinta de don Francisco 
Oribe y allí contó de qué manera había muerto a Várela. 
Más adelante la Policía resolvió aprehender a varios indi- 
viduos procedentes del campo sitiador, y notando el Co- 
misario que uno de ellos se mostraba muy alarmado, le 
gritó "asesino de Várela!", en presencia de lo cual el 
increpado, lleno de terror, contestó que los matadores eran 
un hermano suyo, llamado Federico Suárez y Andrés Ca- 
brera, y que su intervención se había reducido a suminis- 
trar un bote a los asesinos. 

Sobre la base de estas y otras declaraciones se inició el 
sumario. Pero los asesinos vivían en el campo sitiador y 
el sumario poco adelantó hasta el mes de octubre de 1851, 
en que terminada la Guerra Grande pudo, finalmente, la 
Policía aprehender al asesino principal. 

Traído ante el Juez del Crimen, declaró Cabrera que él 
era el matador de Várela ; que la orden la recibió prime- 
ramente de don José Iturriaga y luego de don Manuel 
Oribe ; que fué ayudado en su empresa por otro compa- 
ñero que había recibido la misma orden; que él no conocía 
a Várela ni de vista, pero que le clavó el euchillo una vez 
que su compañero le dijo: "aquél es"; que después de 
consumado el hecho se embarcó en un bote que desde no- 
ches atrás quedaba pronto para recibirlo y se dirigió al 
campo sitiador; que el día de la paz se encontró en el 
pueblo del Buceo con Iturriaga, quien le aconsejó que se 
embarcara, cosa que el declarante no pudo realizar porque 
en seguida lo aprehendió la Policía. 

La éausa fué fallada en primera instancia a fines de 
1853, sobre la base de un veredicto que establecía que An- 
drés Cabrera era el asesino, pero que no estaba probado 
que hubiera procedido por mandato de tercero. La sen- 
tencia de segunda instancia, en cambio, dictada a media- 
dos de 1854, establecía que el asesino había procedido 
"por mandato del brigadier general don Manuel Oribe". 



lA DEFENSA DE MONTEVIDEO 251 

Hay que ag^regar que dos años después del asesinato de 
Florencio Várela, en marzo de 1850, fué empastelada la 
imprenta de "El Comercio del Plata" por una pandilla 
que encabezaba José Lorenzo (a) "Biribilla". El jefe de 
la pandilla cayó en manos de la justicia y declaró que 
había realizado su empresa bajo el ofrecimiento de una 
suma de 400 patacones hecha por Manuel Páez, quien le 
dijo que había co'uversado con Oribe y que éste exigía que 
las letras del taller fueran arrojadas "al lugar". 

El autor del empastelamiento fué condenado a muerte y 
fusilado en la Plaza Cagancha a mediados del mismo • año 
1850. Xo así el autor del asesinato, por haber fallecido de 
muerte natural antes de la conclusión definitiva de la causa. 

¿Fué reailmente Oribe el inspirador de ambos crímenes? 

Faltan datos concluyentes para responder. Existe una 
carta de Rosas a Oribe datada en febrero de 1848, un mes 
antes del asesinato, que habla de la próxima llegada de los 
Ministros de Inglaterra y de Francia y de medidas a adop-» 
tarse contra el redactor de "El Comercio del Plata". La 
autenticidad de esa carta ha sido negada por don Antonino 
Reyes, secretario de Rosas. Pero hay dos cosas que son 
indiscutibles: que del campamento de Oribe salieron Ca^ 
brera y Biribilla para consumar el asesinato y el empas- 
telamiento, y que el primero de ellos regresó al campo 
sitiador con su cuchillo ensangrentado y fué allí amparado 
hasta la conclusión de la guerra. 



Montevideo durante el sitio 



CAPÍTULO X 
La vida política (luíante la Ouerra (iraiide 

Apertura de las sesiones ordinarias de la Asamblea en 1843. 

El 2-1 de febrero de 18-13, una semana después del estable- 
cimiento del sitio, don Joaquín Suárez, Presidente del Senado 
en ejercicio del Poder Ejecutivo por ausencia de Rivera, abría 
las sesiones ordinarias de la Asamblea en cumplimiento de las 
prescripciones constitucionales. 

"Convertida la capital de la República, — decía — en un 
vasto campo militar y contraídos los brazos y la inteligencia 
de todos a defender las libertades nacionales, las vidas y el ho- 
nor de las familias, parece que en nada fuera permitido pensar 
sino en medidas de guerra y de defensa. Y, sin embargo, vos- 
otros, elegidos de la Nación, hacéis un paréntesis a ocupación 
tan santa y robáis al ejército momentos breves a sus premiosas 
atenciones de guerra, para pagar un alto tributo de respeto 
al precepto constitucional que manda reuniros anualmente en 
este recinto". 

Luego de dar cuenta de la situación militar, anunciaba el 
Presidente Suárez que Rivera, "ese hombre extraordinario, 
ese varón fuerte cuyo genio se eleva con nuevo vigor en medio 
de los reveses", bajaría a los pocos días de su elevado 
puesto por vencimiento del plazo constitucional, pero no así 
de la jefatura del ejército, "porque nadie como él contaba 
con la confianza del soldado y la esperanza del ciudadano". 

Rivera efectivamente había sido elegido el 1.° de marzo 
de 1839 y su mandato caducaba el 1.° de marzo de 1843. 

La Cámara de Diputados votó en el acto una minuta de 
comunicación redactada por una Comisión especial de la que 
formaban parte don ]Manuel Herrera y Obes y don Luis José 
de la Peña, que decía refiriéndose a Rivera: 

"La Cámara de Representantes no ha podido oir sin emo- 
ción el próximo descenso del ilustre y benemérito brigadier 
general don Fructuoso Rivera de la presidencia de la Repú- 
blica. Los relevantes y envidiables servicios prestados a su 
patria en treinta años de fatigosa e incesante lucha v las dis- 



2.' 6 HISTORIA DEL rRCGUAY 



tingiiidas cualidades personales que lo caracterizan y que en 
el curso de doce años lo han elevado dos veces a la primera 
niagistratura, liarían que la Cámara de Diputados mii'ase aquül 
acontecimiento como una calamidad pública, si a la cabeza de 
ese valiente y virtuoso ejército que con tanta bizarría man- 
tiene incólumes los derechos y prerrogativas de la Nación, el 
general Kivera no fuera siempre el hombre de sus esperanzas. 
Quiera el cielo darle tanta gloria y tanta dicha como gratitud 
le debe la patria ! ' ' 



La Asamblea resuelve no proveer la presidencia de la Re- 
pública. 

Llegado el 1." de marzo, resolvió la Asamblea suspender la 
elwción de Presidente de la Eepública hasta la desocupación 
del territorio por el ejército invasor, debiendo continuar, en- 
tretanto, al frente del Poder Ejecutivo el Presidente del Se- 
nado don Joaquín Suárez. Fundando esa medida, decía la Co- 
misión informante de la Cámara de Diputados: 

"En circunstancias en que el enemigo con actitud ame- 
nazante está acampado a tiro de cañón de los muros de la 
Capital y en que los espíritus están dominados por esa agita- 
ción, por intereses inmediatos y exigentes que nacen siempre 
en épocas extraordinarias para morir con ellas, no es, en 
concepto de la Comisión, el momento oportuno para ejercer 
el acto de más importancia que está encomendado al Cuerpo 
Legislativo por su inmediato contacto con el bienestar de la 
República." 

El mismo día dictó don Joaquín Suárez un decreto que de- 
signaba a Rivera "General en Jefe de los ejércitos nacionales 
y director de la guerra", invocando su triple foja de servicios 
como "salvador de la patria en los días clásicos de la libertad 
e independencia; caudillo leal, constante, intrépido: y Presi- 
dente que ha puesto su nombre al pie de las lej'es que más 
fama le han dado al país en materia de educación, de comer- 
cio, de industrias, de fomento de la población". 

Don Joaquín Suárez venía j'a ejerciendo el Poder Eje- 
cutivo desde octubre de 1841, en que fué nombrado Presi- 
dente del Senado por fallecimiento de don Luis Eduardo 
Pérez, quien a su turno había desempeñado once veces la 
presidencia de la República por ausencias del titular, se- 



LA DEFKNSA UK. MONTEVIDEO 257 

gi'm SO encargó de hacerlo constar la prensa al tejer su 
corona fúnebre. 

Son datos reveladores de las enormes agitaciones de la 
época. El Presidente tenía que pasarse en campaña la 
mayor parte de su tiempo combatiendo contra los que que- 
rían derrumbarlo de su puesto, y a veces hasta sin poder 
convocar a su reemplazante constitucional. A raíz, por 
ejemplo, del fallecimiento de don Luis Eduardo Pérez y 
mientras se corrían los trámites necesarios para llenar la 
vacante, Rivera in\'itó al Vicepresidente dou José Vidal y 
Medina a desempeñar el Poder Ejecutivo, en razón de que 
las exigencias de la guerra le obligaban a salir inmedia- 
tamente a campaña. Pero el Vicepresidente se rehusó a 
ocupar el cargo y entonces Rivera dictó un decreto por el 
cual entregaba el mando a sus Ministros hasta que el Se- 
nado proeediera a la elección del reemplazante de don 
Luis Eduardo Pérez! 



Origen de la Legislatura que presidió los comienzos de la 
Guerra Grande. 

La primera Legislatura de la administración Rivera fué 
elegida a fines de 1838, para completar el período de las 
Cámaras de Oribe, elegidas en 1836 y derrumbadas dos 
años después. 

Esa Legislatura debía terminar en febrero de 1840. Pero 
la invasión de Eehagüe obligó a suspender las elecciones 
de noviembre de 1839 y entonces la Asamblea resolvió por 
sí y ante sí prorrogar su mandato hasta que pudieran rea- 
lizarse los nuevos comicios una vez que el orden público 
quedara restablecido. 

A fines de octubre de 1840 creyó Rivera que había lle- 
gado la oportunidad de convocar a elecciones generales de 
senadores y diputados. Pero en se^ida dejó sin efecto su 
decreto y se dirigió a la Comisión Permanente expresando 
que habían *' sobrevenido sucesos de tal gravedad que po- 
nían al Gobierno en el deber y en la necesidad de llamar 
al país todo a las armas". 

A esa situación anormal, obra sin duda del tratado Ma- 
ckau y de las amenazas de nueva invasión, resolvió final- 
mente poner término la Asamblea prorrogada, mediante la 



258 HISTORIA DEL UBUGUAT 



ley de marzo de 1841 que obligaba a convocar al país a 
elecciones generales. Como la situación seguía siendo de 
guerra, prevenía la ley que los ciudadanos enrolados en las 
milicias sufragarían en las mesas más próximas al punto 
en que estuvieren destacados. El plazo del mandato de los 
nuevos senadores y diputados sería simplemente comple- 
mentario del tiempo ya corrido desde la época en que cons- 
titucionalmente debieron tener lugar los comicios. 

Las elecciones se efectuaron en los meses de abril, mayo 
y junio con muy escasa concurrencia de votantes, y la 
nueva Legislatura inauguró sus sesiones a fines de octu- 
bre, cuando ya su mandato sólo tenía un año de plazo por 
delante. 

En noviembre de 1842 se realizaron los últimos comicios 
de la administración Rivera, con más afluencia de votantes 
según todos los diarios, pero dentro de la vieja indiferen- 
cia de la masa cívica. 

Es vergonzoso, escribía "El Constitucional", que una 
población de 30,000 almas, como la de Montevideo, sólo 
presente 2,000 votantes. Otro diario, "El Compás", seña- 
lando uno de los factores de la abstención, protestaba contra 
el fraude y la coacción ejercidos por los agentes oficiales en 
esos comicios. 

La nueva Legislatura tenía mandato hasta febrero de 
1846. 

Antes de llegar a su término tuvo que prorrogar el pe- 
ríodo de varios senadores que habían caducado en sus fun- 
ciones, y que dictar una ley que autorizaba a llenar las 
vacantes de titulares con los suplentes de cualquier depar- 
tamento. El país estaba en guerra y sólo con aj^uda de 
esos y otros arbitrios era posible mantener el quorum le- 
gislativo en ambas Cámaras. 

La dificultad creció al aproximarse la fecha de la reno- 
vación total de la Cámara. Inspirándose en los precedentes 
de la administración Rivera, presentó la Comisión de Le- 
gislación de la Cámara de Diputados a mediados de 1845 
un proyecto de ley, según el cual "los senadores y repre- 
sentantes de la Nación no cesarían en sus puestos mientras 
no fueran reemplazados por los nuevamente electos conforme 
a la ley." 

"Las instituciones de la Nación — decía la Comisión en 
su dictamen, — deben ser tan durables como ella misma. 



LA UEFiCNSA Di: MONTEVIDEO 259 

La voluntad nacional es la sola omnipotente para alterar- 
las o cambiarlas y están por lo mismo fuera de la acción 
ele toda causa extraña. La representación nacional, que es 
la base primordial de nuestra existencia política, no puede, 
pues, faltar jamás sin que ésta desaparezca." 

No alcanzó a convertirse en ley dicho proyecto y en enero 
de 1846, transcurrido ya el período constitucional de los co- 
micios, sancionó la Cámara de Senadores otro proyecto por el 
que se declaraba expresamente que la Legislatura seguiría 
funcionando mientras no fuera reemplazada por la llamada a 
subrogarla. 

La Cámara de Diputados modificó la nueva fórmula esta- 
bleciendo que la Legislatura sólo podría ocuparse de los asun- 
tos relacionados con la observancia de la Constitución y de las 
leyes, de los de alta gravedad o urgencia que le fueran some- 
tidos por el Poder Ejecutivo, y de los que resolviera abordar 
la Asamblea General a solicitud de una de las Cámaras. 

El Senado no admitió la enmienda. Según la Comisión dic- 
taminante, el Poder Legislativo estaba habilitado para pro- 
rrogarse por obra de la necesidad, pero no podía ampliar ni 
restringir sus facultades, sino actuarde acuerdo con la Cons- 
titución. 

Había llegado el caso de reunir a las dos Cámaras para 
dirimir la disidencia. Pero las opiniones estaban grandemente 
divididas y llegó el mes de febrero y la Asamblea terminó 
su mandato sin que la prórroga quedara sancionada. 

El Poder Ejecutivo se inclinaba decididamente a favor de 
la disolución de la Legislatura por razones de conveniencia 
política más que por razones constitucionales. 



La Legislatura en lucha con el Poder Ejecutivo. 

Xo había mantenido efectivamente buena armonía esa Le- 
gislatura con el gobierno de la Defensa. Más de una vez había 
tenido que alzarse contra las medidas extraordinarias que im- 
ponía el estado de sitio, sobre todo después de transcurridos 
los primeros tiempos de angustia en que toda divergencia de- 
bía ser acallada y se acallaba. 

A mediados de 1844 presentó el Poder Ejecutivo, según he- 
mos dicho antes, un proyecto de ley que autorizaba a vender 
los bienes muebles e inmuebles de los ciudadanos que estaban 



260 HISTORIA DEL URUGUAY 



en el ejército de Oribe y asimismo de los cjiíe habían huido de 
Montevideo, En la Cámara de Diputados triunfó el Gobierno 
después de un largo debate honroso para la Cámara y para 
los legisladores que sostenían sus convicciones, como se apre- 
suró a decirlo el Ministro de Hacienda don Andrés Lamas, 
debate en que los señores Román Cortés y Martín García de 
Zúñiga sostuvieron que el proyecto era inconstitucional por 
cuanto no se abonaba de inmediato el precio a los expropiados, 
y además antipolítico en cuanto hacía recaer las penas sobre 
los hijos de los adversarios, creando así odios inextinguibles. 
Pero en la Cámara de Senadores el proyecto quedó encar- 
petado. 

En octubre del mismo año comentaba así el diputado don 
Manuel Herrera y Obes la actitud del gobierno de Suárez al 
decretar el destierro del coronel Melchor Pacheco y Obes y 
conceder facultades extraordinarias al coronel Venancio Flores: 

"Los periódicos de la Capital han registrado un acto gu- 
bernativo que no tiene calificación en estos momentos, porque 
de tenerla sería para exasperar y hacer desfallecer el corazón 
de todos aquellos que de buena fe anhelan hoy por consolidar 
las libertades públicas y entronizar el imperio de las institu- 
ciones. El Poder Ejecutivo, señores, salvando todas las ba- 
rreras que le oponen la Constitución, la experiencia y los 
intereses de la sociedad que representa, ha delegado en un 
jefe militar que comanda el ejército y que no tiene más res- 
ponsabilidad qué su espada, una de las más delicadas e im- 
portantes funciones que la Constitución confiere al Poder Eje- 
cutivo, y al hacerlo, ha dado a esas funciones una latitud 
discrecional bajo nombre de facultades extraordinarias que 
dice tener por la Constitución para la conservación de la tran- 
quilidad y de la seguridad pública. Semejante suceso es un 
atentado escandaloso contra las garantías de la libertad y 
seguridad que los ciudadanos tienen consignadas en la ley 
fundamental ' '. 

Ni el Poder Ejecutivo tenía efectivamente otra facultad cpie 
la de adoptar medidas prontas de seguridad con cargo de dar 
cuenta a la Asamblea, ni tampoco podía delegar en un tercero 
el ejercicio personalísimo de esa autorización constitucional. 

Algunas semanas después abordaba la Comisión Perma- 
nente el estudio de ese mismo asunto sobre la base de un dic- 
tamen en que la subcomisión informante declaraba que era 
"tan notable el avance del Poder Ejecutivo... que la Comi- 



I.A DKII.NSA I>1'. MONTEVim-O 2GI 



sióu Permanente no podía disimularlo". Hubo una sesión 
secreta en la que los ^linistros dieron explicaciones, y termi- 
nadas éstas y reanudada la sesión pública, se irguió el dipu- 
tado Sagra contra la tesis gubernativa según la cual había que 
sacrificarlo todo a la patria y que nada era tan perjudicial, 
durante los críticos nionientos de la guerra, como la discre- 
pancia entre los Poderes Ejecutivo y Legislativo. 

"En cuanto al primer punto, dijo el diputado Sagra, no 
puede dársele un concepto de tal latitud que para salvar la 
patria hagamos el sacrificio de la misma patria, porque patria, 
señores, es la tierra, es todo lo que hay en ella, las cosas, los 
lirmbres, su fama ; y si para salvar su existencia del riesgo que 
corre, destruímos las propiedades, exterminamos a los hombrris 
y ultrajamos la gloria, no la salvaremos, de cierto; por el con- 
trario, apresuraremos su ruina". 

No alcanzó a votar la Comisión Permanente ninguna reso- 
lución. Pero la atmósfera quedaba cargada y los antagonismos 
tenían que reproducirse. 

Al empezar las sesiones extraordinarias de 1845, la Comisión 
de Hacienda de la Cámara de Diputados pidió y obtuvo la 
sanción de una minuta por la que se exigía del Poder Ejecu- 
tivo la presentación de las Memorias anuales de los Ministerios, 
y muy especialmente la de Hacienda, con la expresa adver- 
tencia de que la Comisión había resuelto no ocuparse de los 
proyectos financieros sometidos a su estudio "ínterin el 
Poder Ejecutivo, informando al Cuerpo Legislativo como lo 
ordena una disposición constitucional, no dé todos los datos 
que la Cámara y el pueblo deben tener para que puedan san- 
cionarse los recursos que pide". 

"Llamado el Cuerpo Legislativo, — dijo el miembro infor- 
mante de la Comisión de Hacienda don Manuel Herrera y 
Obes, — a ejercer las funciones más augustas de la soberanía 
nacional, su celo en examinar y conocer a fondo el verdadero 
estado de las cosas es un deber sagrado que le imponen en 
todo tiempo su conciencia, la misión que le ha confiado el 
pueblo y los más caros intereses de la República". 

La Cámara de Diputados — agregó — ha venido votando 
recursos "ante un no hay qué dar de comer al soldado; no 
hay con qué vestirlo; la patria puede no existir mañaní". 
Pero es necesario que desde hoy en adelante ella conozca las 
necesidades públicas con toda precisión. "Después de dos 
años de una existencia tan azarosa como especial, la experien- 



262 HISTORIA DEL VRUÜUAT 



cia ha dado lecciones a todos; y al Cuerpo Legislativo le 
muestra que la circunspección y la reserva es hoy una necesi- 
dad creada por nuestra misma situación y apoyada en la jus- 
ticia y en la conveniencia pública y que la ligereza de sus 
actos, su apatía, una actitud menos independiente y fírme que 
la que hoy conviene asumir, es peligrosa para su crédito y 
para la causa que sirve". 

Un mes después de esta honrosísima actitud parlamen- 
taria, encaminada a salvar los tueros constitucionales den- 
tro de la plaza de guerra, se presentaba a la Asamblea el 
Presidente de la República en demanda de venia para asu- 
mir el mando directo de la guarnición de Montevideo. Y 
la Asamblea le negaba esa autorización, sin desconocer "el 
pensamiento de eminente patriotismo" que informaba su 
pedido, según lo hacía constar la Comisión informante. 

En noviembre, con ocasión del destierro impuesto al co- 
ronel Venancio Flores, presentó don Joaquín Sagra a la 
Comisión Permanente de que formaba parte, un proyecto 
de nota en que se hablaba de la "no interrumpida serie 
de actos con que mucho hace se está violando la Constitución 
y hollándose los derechos de los ciudadanos en sus per- 
sonas, honor y fortuna"; y se agregaba que ya no era po- 
sible mantener esa tolerancia "ante el trastorno en que se 
halla el edificio social, minado por todos sus fundamen- 
tos" y que se imponía una reacción parlamentaria "para 
que palpado de un modo oficial este mal enorme, de que 
ninguno de los miembros que componen este Honorable 
Cuerpo ha dejado individualmente de participar más o 
menos, dicte su sabiduría los medios conducentes a cor- 
tarlo antes que ni escombros, ni sombra aún haya quedado 
de esa Constitución y libertad con tanta sangre y tantos 
desvelos cimentada y con tan heroico sacrificio sostenida." 
Haciendo el proceso de algunos de los abusos de la 
época, citaba la nota que venimos extractando, el caso de 
las fincas desocupadas por los que habían abandonado la 
plaza desde la iniciación del sitio y de que el Gobierno 
resolvió incautarse con el propósito de dar albergue a las 
familias arrojadas áe sus hogares por el ejército de Oribe. 
Muchas de las familias que debieron ser amparadas, decía 
la nota, carecen de alojamiento y en cambio ocupan los 
mejores edificios personas que ninguna consideración me- 
recen, dándose a veces el espectáculo de que apenas des- 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 263 

ocupada una casa el Miiiisterio o la Policía se apoderen de 
las llaves ''para alojar una mujerzuela ! ". 

Al finalizar el año 1846 el Senado sancionó un impor- 
tante proyecto derogatorio de la ley de diciembre de 1842 
que había declarado la patria en peligro y suspendido las 
garantías individuales. Y continuando en el camino de la 
restauración institucional, decretó el cese de uno de sus 
miembros, el eminente don Santiago Vázquez que era a la 
vez ^linistro de Gobierno y Relaciones Exteriores desde fe- 
brero de 1843, en que fué autorizado para aceptar esas car- 
teras sin perder su calidad de senador. 

Existía, pues, una lucha entre el Poder Ejecutivo, incli- 
uado a las medidas extraordinarias, y el Cuerpo Legisla- 
tivo que, en ejercicio de sus altos fueros, exigía el respeto 
a las garantías constitucionales. 

Por eso el decreto de disolución del Cuerpo Legislativo 
de que vamos a hablar, fué reputado por algunos como un 
verdadero golpe de Estado, como un medio de suprimir 
toda resistencia a las facultades francamente dictatoriales 
que se atribuía el Poder Ejecutivo a la sombra de las exi- 
gencias de la defensa nacional. 

Sin desconocer que tal podía ser el móvil de circunstancias, 
es lo cierto que constitucionalmente el Cuerpo Legislativo ha- 
bía quedado disuelto por expiración del plazo de su mandato 
y que en consecuencia, el Poder Ejecutivo podía decir, como 
dijo en su decreto, que él se limitaba a declarar un hecho ya 
existente o consumado. 



El gobierno de la Defensa declara disuelta la Legislatura 
y crea una Asamblea de Notables. 

El decreto apareció el 14 de febrero de 1846. Declaraba 
disuelta la Legislatura en razón de haber terminado los po- 
deres de toda la Cámara de Diputados y de no quedar en el 
Senado sino tres de sus miembros; creaba una Asamblea de 
Notables de la que formarían parte los legisladores cesantes, 
los miembros del Poder Judicial, los Ministros, los jefes mili- 
tares, los jefes de oficinas y los demás ciudadanos que desig- 
nase el Poder Ejecutivo, encargada de "velar sobre la conser- 
vación de las garantías individuales y observancia de la Cons- 
titución y de las leyes en la forma que especificará su Esta- 



OC4 HISTORIA DEL URUGUAY 



tuto"; y creaba también un Consejo de Estado "a cuya ilus- 
tración sometería el Poder Ejecutivo todos sus actos y (^ue, 
por consiguiente, compartiría con él, para ante la Nación, la 
responsabilidad de ellos". 

Estaba agitado el ambiente político por efecto de las disi- 
dencias de que emanaba la disolución de la Asamblea y el Go- 
bierno resolvió evitar la polémica, mediante una disposición 
monstruosa que estaba concebida así : 

"Es considerado como un ataque a la seguridad y tranqui- 
lidad interior y crimen contra la patria cualquier atentado 
de obra, de palabra o por escrito contra las disposiciones de 
este decreto dictado por la urgente necesidad de llenar el vacío 
que no ha previsto el Código Fundamental, e irremisiblemente 
penados en consecuencia por los tribunales competentes". 

Juntamente con su decreto lanzó el Presidente Suárez un 
inaniíiesto en que luego de recordar que no había alcanzado 
a convertirse en ley el proyecto de prórroga de la Legislatura, 
decía : 

"El Poder Ejecutivo, poseído de un religioso temor al en- 
centrarse en la nueva posición que por este hecho asume y 
que sin duda le estaba reservado en los inexcrutables desig- 
nios de la Providencia, siente primero que todo la necesidad 
do reproducir solemnemente ante la República y la huma- 
nidad entera el juramento que ha hecho de proteger la reli- 
gión del Estado, conservar la integridad y la independencia 
de la República, observar y hacer observar fielmente la Cons- 
titución ... la Constitución que no perece jamás — todos les 
principios que ella consagra son el código y la creencia polí- 
tica firme e inalterable del Poder Ejecutivo ; — su única am- 
l)ición, la de verlos consolidados, imperando sobre todas las 
individualidades, sobre todos los intereses en esta tierra de 
la independencia, de la libertad y de la gloria que sabe con- 
quistarse ' '. 

Dos días después quedaba instalada la Asamblea de Nota- 
bles y ante ella hablaba así el Presidente Suárez: 

"El Gobierno ha tenido el profundo pesar de ser testigo 
de un acontecimiento gravísimo que, no estaba en su mano ni 
prevenir ni evitar; y esta verdad no podía dejar de producir 
su efecto entero, porque los efugios no bastan a salvar posi- 
tivamente la inflexibilidad de la ley, ni las ficciones son dig- 
nas de vuestra nobleza y de vuestras virtudes. Cesaron las 
Cámaras constitucionales. Pero en su falta inevitable no hay 



LA DEFENSA Dñ MONTEVIDKO 265 

medio de llenar el vacío que ellas dejan, salvando la Consti. 
tueiún y la patria. Este es el problema que vuestra reunión 
resuelve. El pensamiento del Gobierno es reunir en la Asam- 
blea todas las primeras notabilidades que el país encierra y 
someter a su consideración todos los negocios que con arreglo 
a la Constitución sometería al Cuerpo Legislativo : respetar 
esas deliberaciones, como respetaría las de aquella Honorable 
Corporación: cercarse de un Consejo de E.stado de reconocida 
ilustración y someter a sus luces el expediente diario y los 
negocios urgentes, sin perjuicio de elevar los que correspondan 
a la Asamblea de Notables". 

Completando su obra proyectó en seguida el Poder Ejecu- 
tivo el estatuto o reglamento orgánico a que habrían de ajus- 
tarse los dos nuevos organismos, reglamento que con pec[ue- 
ñas enmiendas fué votado por la Asamblea de Notables. 

De acuerdo con sus disposiciones la nueva Asamblea vela- 
ría sobre la observancia de la Constitución y de las leyes y 
resolvería como cuerpo deliberante sobre todos los asuntos 
que le sometiera el Poder Ejecutivo, siendo entendido que 
-éste no podría adoptar por sí mismo ninguna resolución de 
carácter legislativo. AI Consejo de Estado correspondería 
proponer al Poder Ejecutivo todas las mejoras que juzgare 
convenientes ; dictaminar en todo asunto relativo a reconoci- 
miento de deudas, pago o gravamen de la deuda nacional; 
resolver las dudas a que diere lugar el ejercicio de la juris- 
dicción administrativa; y compartir con el Poder Ejecutivo 
la responsabilidad de toda medida que fuere necesario adop- 
tar para la conservación del orden público. El Poder Ejecu- 
tivo podría separarse bajo su responsabilidad del dictamen, 
del Consejo de Estado, pero en caso de violación de la Cons- 
titución y de las leyes el Consejo debería denunciar la viola- 
ción ante la Asamblea. 

A la Asamblea de Notables se le mantenían, pues, todas las 
facultades legislativas que había prometido darle el Gobierno 
en sus decretos y mensajes. Pero no sucedía lo mismo con el 
Consejo de Estado cjue de parte integrante del Poder Ejecu- 
tivo quedaba transformado en órgano de asesoramiento o de 
-consulta. 



266 HISTORIA DEL URUGUAY 



Prosigue la lucha de influencias. 

La Legislatura disuelta era obra de la influencia de Rivera^ 
aislado a la sazón en Eío de Janeiro por efecto de una orden 
de arresto del Gobierno Brasileño y de un decreto de pros- 
cripción del gobierno de la Defensa. 

Parecía imposible que esa influencia resurgiera, pero pocos 
días después de haber empezado a funcionar la Asamblea de 
Notables, llegó Rivera a Montevideo y estalló una revolución 
que dio al ex Presidente la jefatura del Ejército, la presi- 
dencia de la Asamblea y la presidencia del Consejo de Estado^ 
o sea el dominio de los tres baluartes de la plaza, cesando 
desde ese momento la perfecta armonía de poderes que había 
buscado el gobierno de la Defensa mediante la disolución de 
la Legislatura y la creación de la Asamblea de Notables. 

Al finalizar el año 1846 ocurrió el primer conflicto. El Poder 
Ejecutivo había dictado un decreto reglamentario de la ca- 
rrera consular y diplomática por el que se creaban empleos y^ 
se autorizaba su provisión con mengua de las atribuciones de 
la Asamblea de Notables, El Consejo de Estado expresó la 
necesidad de que ese decreto fuera confirmado por la Asam- 
blea. Pero el Poder Ejecutivo lo mandó publicar y cumplir y^ 
entonces el doctor Estanislao Vega, miembro del Consejo y a 
la vez de la Asamblea de Notables, denunció ante esta última 
la violación constitucional en que había incurrido el Gobierno, 
"dando con esto, — decía, — una muestra del desdén con que 
mira a la Asamblea de Notables y a la ley orgánica de su 
creación que ese mismo Poder Ejecutivo había jurado obser- 
var y cumplir fielmente". 

La denuncia del doctor Vega fué pasada a estudio de una. 
Comisión, lo cual bastó para que el Poder Ejecutivo dirigiera 
un mensaje desconociendo el derecho de la Asamblea para 
avocarse el conocimiento del asunto. 

De acuerdo con la Constitución, — decía el mensaje, — el 
Presidente y sus Ministros sólo pueden ser acusados ante la 
Cámara de Diputados y tal atribución no puede entenderse 
transportada a la Asamblea de Notables. Es cierto que por eí 
estatuto corresponde a dicha Asamblea velar sobre la obser- 
vancia de las leyes; pero el Presidente a su turno está 
encargado del mantenimiento del orden público. Por otra 
parte, la Asamblea de Notables sólo puede resolver "en los; 



LA DEFENSA DK MONTEVIDKO -67 

negocios y materias que someta el Poder Ejecutivo a su cono- 
cimiento", y no encontrándose en tal caso el Reglamento Con- 
sular, "es justo que en tiempo se aperciba de la extemporánea 
bulla que pretende hacer". 

Era saltante el sofisma. La Asamblea de Notables había 
venido a llenar el vacío de la Legislatura disuelta y muy es- 
pecialmente a asegurar el cumplimiento de la Constitución y 
de las leyes, y la creación de empleos por vía administrativa. 
caía, en consecuencia, bajo su jurisdicción privativa. El mismo» 
Poder Ejecutivo tuvo que confesar su error, pasado el primer 
momento de exaltación ante la actitud del notable interpelante^ 
y solicitó el retiro de su mensaje, quedando sin efecto el de- 
creto reglamentario de la carrera consular que había dado 
origen al incidente. 

Otro incidente parlamentario de resonancia ocurrió a fines 
de 1847 con ocasión del nuevo destierro de Rivera decretado» 
por el gobierno de Suárez. 

El doctor Estanislao Vega atacó al Gobierno en un discurso- 
enérgico que puede presentarse como prueba de la amplia li- 
bertad de que gozaban los oradores de la Asamblea de la 
Defensa. 

En cambio el coronel César Díaz hizo el r-roceso "de la sal- 
vaje ambición" de Rivera. "A mediados del año 1843, — di jo- 
entre otras cosas, — cuando el ejército invasor, por efecto de la_ 
resi'ítpncia del país concentrado en e] Territu. se hallo reducido- 
a una penosa situación, las fuerzas de la Campaña y de la 
Capital combinadas hubieran podido completar su anonada- 
miento; pero Rivera que veía en los defensores de Monte- 
video los odiosos rivales de su inmerecida fama, consintió en- 
prolongar las calamidades de la guerra a trueque de no com- 
partir con ellos la gloria de su t»*irnfo. Y para que a nadie 
quedara duda de la innoble pasión nue lo impulsaba a seme- 
jante proceder, hizo ostentación de sus- fuerzas casi a las puer- 
tas de la Capital y en seguida desapareció para no volverse a 
mostrar más. Reforzado después el enemigo, la ocasión de 
vencerlo se perdió". 

Presentó el Gobierno en esa misma oportunidad a la Asam 
blea un proyecto de ley que declaraba que era delito de trai- 
ción toda maquinación o conjuración contra la seguridad in- 
terior o exterior de la República; que había conspiración con- 
tra la seguridad en todo acto de sedición, asonada o tumulto- 
que tuviera por objeto derrocar las autoridades u oponerse- 



268 HISTORIA DEL URUGUAY 



a sus mandatos; que los promotores, cómplices y perpetrado- 
res quedaban sujetos a una misma pena; que el conocimiento 
de las causas de alta traición correspondía a los tribunales 
militares. 

Al discutirse a principios de 1848 este proyecto al que 
había dado pretexto el descubrimiento de una conspiración 
encaminada a entregar la fortaleza del Cerro al ejército d3 
Oribe, pronunció el mismo doctor Vega un fuerte discurso 
contra los propósitos que en el fondo perseguía el Gobierno. 

''Yo, señores, — dijo, — miro con tal horror semejante pre- 
tensión que desde luego la reputo como indigna de un pueblo 
que lleva soportados cinco años de sitio y de desgracias no 
comunes a trueque de conservar sus libertades; y si el Go- 
bierno llegara hoy a la tiranía, todo lo habríamos perdido 
porque habríamos arruinado el único principio moral y sa- 
grado que nos sostenía : el de defender las libertades públicas 
y civiles de la Nación". 

Es que los opositores entendían que el Gobierno se propo- 
nía encarcelar y desterrar y que para eso resolvía echar mano 
de la justicia militar. No obstante ello, el proyecto fué san- 
cionado. 

En octubre del mismo año 1848 se ocupó la Asamblea d-3 
Notables del destierro impuesto a uno de sus miembros, don 
Antonio Fernández, acusado por el Ministerio de estar en co- 
rrespondencia escrita con el campo sitiador. El coronel César 
Díaz negó al Gobierno la facultad de desterrar y pidió el 
nombramiento de una Comisión encargada de estudiar el 
punto, suspendiéndose entretanto la orden decretada. Pero la 
Asamblea aceptó las explicaciones del Ministro, quien luego 
de exhibir los antecedentes del asunto, sostuvo la tesis de que 
una plaza sitiada es una plaza de guerra y que una plaza 
de guerra no puede estar regida por la Constitución. 

Un conflicto más grave estalló a mediados de 1849. 

El Gobierno, que se veía trabado en muchas decisiones, pre- 
sentó un proyecto de ley por el cual quedaban suspendidas 
las sesiones de la Asamblea de Notables y se transferían sus 
atribuciones al Consejo de Estado, como medio, — decía el 
mensaje, — de que los enemigos de la causa pública no tengan 
"el tiempo necesario para que sus maquinaciones y péiüdas 
intrigas" se lleven adelante y ''las traiciones se organicen 
en bandos y colores distintos". 

Abierto el debate parlamentario, pidió el coronel Díaz que 



LA DKFFNSA DE MONTKVIDI.O 269 

el proyecto fuera desechado sin discusión. El doctor Vega 
dijo que lo que pretendía el Poder Ejecutivo estaba reñido 
con la Constitución y que si el proyecto fuera sancionado, la 
Asamblea franquearía el paso a nuevos Oribes y a nuevos 
Rosas. Para don Bernabé Magariños la Asamblea no podía 
declararse en receso sin faltar a las razones fundamentales de 
su decreto de creación. "En este lugar estamos, dijo, para 
defender los derechos del pueblo y su libertad con entera 
abnegación, con energía y con tesón". El general Enrique 
Martínez manifestó que el proyecto gubernativo no tendía "a 
contener a los enemigos, sino a dominar y hacer encorvar a los 
amigos ante la cuchilla del poder". Llegado al final el de- 
bate, triunfó la moción del coronel César Díaz por 28 votos 
contra 18 que pretendían que el proyecto corriera el trámite 
ordinario de pasar a estudio de una Comisión. 

El gobierno de la Defensa pasó entonces un mensaje en que 
solicitaba explicaciones, invocando el honor y la dignidad de 
ambos Poderes. La Asamblea de Notables, — decía — "no es 
ni puede ser una corporación en que el espíritu mezquino y 
ciego de los partidos pueda tener acogida. . . El enemigo quo 
no ha podido tomar la plaza poi- la fuerza de las bayonetas, 
espera su triunfo del juego y agitaciones de' nuestras pasioiK.'S 
y está afilando sus puñales sobre nuestras gargantas". . . Es 
incomprensible que se levante "el estandarte de una oposición 
sistemada en el seno de una corporación que es llamada por 
los objetos de su institución a secundar los esfuerzos del Poder 
Ejecutivo en la honrosa tarea de salvar a la República". 

Pedía a la vez que se reprobara la actitud de los nota- 
bles que lo habían ofendido con injuriosas acriminaciones, bajo 
la advertencia de que la Asamblea "creada con ciertos y de- 
terminados objetos" no podía "desentenderse de ellos" y que 
si lo hiciera tendría el Poder Ejecutivo "incuestionable de- 
recho para oponerse y hacer exigencias". 

La Asamblea nombró una Comisión encargada de entrevis- 
tarse con el Presidente Suárez, y esa Comisión luego de dar 
cumplimiento a su cometido, presentó una minuta que en el 
acto fué sancionada y pasada al Poder Ejecutivo. 

En ella se decía que los miembi'os de la Asamblea, a la 
par de los .senadores y diputados a quienes reemplazahan, no 
eran responsables por sus opiniones. Los notables "están en 
su derecho, diciendo lo que sienten y cómo lo sienten, sin 
sujeción a otro juez en la tierra que su propia conciencia y 



270 HISTOBIA DEL URUGUAY 



la opinión pública que los condena o aplaude según concibe 
que lo merecen". Eso en cuanto "a las frases más o menos 
alteradas" de los oradores. Hablando luego del proyecto del 
Poder Ejecutivo, decía explicando el rechazo : 

"Es absolutamente inconciliable con nuestra existencia po- 
lítica, con nuestro modo de ser constitucional y con la mente 
expresa desplegada en el decreto de 36 de febrero de 1846 
que creó esta corporación para suplir en lo posible al Cuerpo 
Jjegislativo que caducaba por falta de poderes de sus miem- 
bros y sin el cual no es posible sostener el equilibrio de un 
pueblo que tiene delegado el ejercicio de su soberanía en los 
tres altos poderes y demarcado en cada uno sus improrroga- 
bles límites. La primera y principal atribución de la Asam- 
blea de Notables fué sustituirla a la Comisión Permanente de 
la Legislatura, a ese centinela perpetuo y vigilante de la ob- 
servancia de la Constitución y de las leyes; y es harto evi- 
-dente que función de esta clase e importancia no puede estar 
en suspenso ni un momento, ni menos ser suplida por un 
€orto número de personas elegidas por el Poder Ejecutivo". 

La réplica era contundente y el Gobierno se limitó a re- 
tirar todos los asuntos que había pasado a la Asamblea, in- 
vocando en su mensaje "las exigencias de la defensa pública 
y el imperioso deber de subordinarlo y posponerlo todo a la 
necesidad de salvar a la República de los peligros que la ro- 
dean". Pero sin tocar a la Asamblea misma, que siguió fun- 
■eionando ccn toda la libertad que habría tenido el Cuerpo 
Legislativo cuyas funciones ejercía. 

Conjuraciones. 

No era sólo el funcionamiento de los resortes legislativos 
lo que denunciaba el régimen de relativa libertad de la plaza 
sitiada. Eran también sus movimientos revolucionarios, re- 
veladores de que no existía una concentración de fuerzas que 
sofocara todas las resistencias y unificara todas las opiniones. 

Antes de ocuparnos de esos movimientos revolucionarios, es 
necesario hablar de las conjuraciones estimuladas desde el 
campo sitiador. 

Corrió con relativa tranquilidad el primer año del sitio. 

Apenas han quedado huellas de tres tentativas de los sitia- 
dores para debilitar la guarnición de ]Monte video o quizá do- 
minarla. La primera de ellas se desarrolló a fines de febrero 



i 



LA DEFENSA DE MOXTEVIDEO 271 

y dio por resultado la sublevación de algunas compañías do 
vascos que prestaban servicio en la plaza y que se pasaron 
al enemigo. La segunda tuvo por objeto sublevar el batallón 
del coronel César Díaz. Los contemporáneos le dieron el nom- 
bre de conspiración "Alderete'', seudónimo de que se valía 
Oribe en su correspondencia con los conjurados. Estaos tenta- 
tivas en las que fueron envueltas algunas señoras vinculadas 
a jefes del ejército sitiador, promovieron un decreto de ex- 
])ulsión de varias familias, deseoso el Gobierno — decía el de- 
creto — "de no empañar su gloria ocupando sus cárceles, sus 
jueces y sus cadalsos con mujeres". La tercera tiTvo por ob- 
jeto ganarse el concurso de la legión francesa. 

En alguna de ellas tuvo participación el Cónsul de Portu- 
gal señor Souza Leite, viejo amigo de Rosas y actor principal 
en la trama de la máquina infernal de que hemos hablado en 
otro capítulo. Tan notoria resultó su participación, que el 
■gobierno de la Defensa se vio obligado a adoptar medidas ra- 
dicales centra el Cónsul. Por decreto de octubre de 1843 le 
fué suspendido el exequátur y se le intimó la salida de I\Ion- 
tevideo dentro de un plazo perentorio. "Ha ultrajado — decía 
el decreto — todos los respetos sociales; se ha hecho indigno 
de alternar entre las personas que ejercen en esta ciudad fun- 
ciones consulares y ha sido un agente provocador de conspi- 
raciones, de deserción de los empleados militares del Gobierno 
j está desde hace mucho tiempo prestando servicios de im- 
portancia a los enemigos de la República". 

Más intranquilo resultó el año 1844. Hubo una sublevación 
de presos bajo el mando de Juan Facundo Saavedra, que fué 
dominada en el acto y castigada con el fusilamiento del pro- 
motor. L^no de los jefes de la legión italiana, el coronel ^lan- 
cini, se pasó al campo sitiador con varios de sus soldados. 
Otra compañía de la legión italiana se amotinó en su cuartel, 
■dando eso lugar al destierro de los promotores. La fortaleza 
del Cerro, de que estaba en posesión el gobierno de la De- 
fensa, hubo de volar por efecto de una conspiración que fué 
-descubierta a tiempo y castigada con el fusilamiento del prin- 
cipal culpable. 

Dando cuenta a la Comisión Permanente de esta útima 
conspiración, decía el Gobierno: 

"Es una observación importante y altamente consoladora, 
■que debe consignarse aquí y que algún día recogerá la historia 
•con avidez, la de que en la serie dilatada de las intrigas, ma- 



272 HISTOEIA DEL URUGUAY 



uiobras y seducciones emprendidas por los asediadores y casi 
siempre frustradas, jamás, ni una sola vez han aparecido 
complicadas las masas, ni siquiera un número considerable,-; 
jamás han afectado a ninguna de nuestras intíuencias milita- 
res o de nuestras superioridades sociales; siempre han figu- 
rado meras individualidades e individualidades insignifican- 
tes, vulgares y trabajadas de antemano por la acción corro- 
siva del vicio". 

Aprovechaba esa misma oportunidad el Poder Ejecutivo 
para hacer una manifestación de acatamiento a las leyes tu- 
telares de la administración de justicia. Decía que si el ene- 
migo no abandonaba sus planes de deserción, tendría que 
correr nueva sangre, pero agregaba : 

"No traicionará jamás los principios salvadores: hará sí 
suprimir los trámites y abreviar las formas más indispensa- 
bles, pero mirará como sagradas las más esenciales y no será 
liunca su capricho o su albedrío sino la ley quien fulmine Ios- 
castigos. Una conducta distinta por parte del Gobierno... im- 
portaría su suicidio, pues él sabe perfectamente que la lega- 
lidad de sus actos es un elemento constitutivo de su ser, una 
condición necesaria de su existencia." 

A fines de 1848 se descubrió otra conspiración para entre- 
gar el Cerro a Oribe. El coronel Tomás Gómez, jefe de la for- 
taleza, al verse descubierto, huyó al campo sitiador. 

Persistían todavía los comentarios a que había dado origen 
ese suceso, cuando Eosas dio a la publicidad varios documen- 
tos sensacionales relacionados con la entrega de la plaza de 
Montevideo, en los que intervenían los señores Torres, Billin- 
ghurst. Suso y Costa, como agentes del dictador argentino y 
el Ministro Herrera y Obes cuya participación se había redu- 
cido a sugerir la idea de que los beligerantes nombraran comi- 
sarios confidenciales para la celebración de la paz. 

Inicia las revoluciones el Ministro de la Guerra. 

Pero a despecho de las conjuraciones estimuladas desde el 
campo sitiador y de la necesidad de sacrificar todas las disi- 
dencias internas que ellas imponían, la plaza de Montevideo 
servía áe teatro a partidos antagónicos que más de una vez 
se trabaron en lucha violenta por la conquista del mando. 

A mediados de 184-1 tuvo el general Paz que renunciar la 
Comandancia de Armas por efecto de esas luchas. "Salió de; 



LA DKKKXSA DK MONTLVIDKO 273 

— « ■ — — 

?qui tan en absoluta quiebra con Pacheco — escribía el Pre- 
sidente Suárez a Rivera — que no faltó sino que se dieran 
de estocadas". 

Poco después don Andrés Lamas abandonaba el Ministerio 
de Hacienda y pedía el nombramiento de una Comisión par- 
lamentaria encargada do examinar sus actos ante una publi- 
cación sensacional del coronel Venancio Flores en que apare- 
cía disponiendo a su antojo de los dineros públicos. 

Como consecuencia de los mismos antagonismos, el general 
Pacheco renunció el ]\iiuisterio de la Guerra y fué designado 
para sustituirlo el coronel Flores. Hubo un principio de mo- 
tín. Los coroneles Thiébaut y Garibaldi, jefes de las legiones 
franc&sa e italiana, fueron a la Casa de Gobierno y dijeron 
al Presidente Suárez que si el cainbio se producía ellos no 
respondían de sus soldados. Y el cambio no se produjo. 

Volvió a plantearse el conflicto antes de finalizar el año 
1844, pero esta vez con resultado adverso para el Ministro 
Pacheco. El Ministerio de Hacienda, vacante por renuncia de 
don Andrés Lamas, había sido llenado con un ciudadano que 
respondía a la influencia del coronel Flores. Y he aquí cómo 
procuró vengarse de ello el Ministro de la Guerra, según carta 
del Presidente Suárez al general Rivera : 

"Pacheco proyectó, el día antes de recibirse Sayago del Mi- 
nisterio, echar abajo por entero al gobierno constitucional, 
quitar las Cámaras y apoderarse de toda la autoridad bajo 
el carácter de general o gobernador militar. En efecto, esa 
tarde trajo a la plaza una batería volante de cuatro piezas, 
que causó inquietud y yo mismo pasé a la plaza a inforinarme 
del ohcial que la conducía del objeto que tenía y órdenes 
que había recibido. Después se supo que esa noche había pen- 
sado dar el golpe y publicar al amanecer un manifiesto, del 
cual talvez pueda obtenerse alguna copia... Parece que... 
nada había dicho a los jefes del ejército y que a la tarde 
llamó al comandante Tajes, a quien propuso la medida impe- 
riosamente. Este con firmeza se retiró escandalizado a dar 
aviso al coronel Flores, quien inmediatamente pasó acompa- 
ñado del mismo Tajes a casa de Hoequard, donde se hallaba 
Pacheco, a decirle con grande resolución que se expondría 
con tal desatino y le hizo meter el resuello para adentro y 
desistir de su temeraria empresa." 

Era un compás de espera, sin embargo. El movimiento re- 
volucionario seguía incubándose y sólo aguardaba, para es- 



274 HISTORIA DEL URUGUAY 



tallar, otra oportunidad más favorable, que pareció presen- 
tarse a raíz de ese primer fracaso. 

Un oficial de la legión italiana arrestó y condujo a bordo 
•de la escuadrilla oriental a un marinero brasileño que había 
servido con Garibaldi y desertado luego. El comandante Gren- 
lell, jefe de la estación naval brasileña, se dirigió en el acto 
con varias embarcaciones, en tren de combate, a exigir la 
entrega del preso, y ante esa agresión resolvió el ^Ministro de 
la Guerra coronel Pacheco asumir el mando de la escuadrilla, 
resuelto a rechazar la fuerza con la fuerza. Pero en seguida 
se trababa la negociación diplomática y accedía el Gobierno 
^ la entrega del marinero causante del incidente. Al enterai-se 
de esa solución Pacheco envió su renuncia en términos vio- 
lentísimos. 

"Acaba de sancionarse por el Gobierno — decía — un acto 
infame que baldonará para siempre el decoro de la Repú- 
blica j yo no puedo hacer parte de un gobierno cobarde; no 
quiero compartir la terrible responsabilidad de un hecho qu3 
repruebo y que es el más sucio que conocen nuestros anales. . . 
Como ciudadano y como soldado me había trasportado a bordo 
de la escuadrilla para sostener el decoro de la República, atro- 
pellado con torpeza por una fracción de la escuadra brasileña, 
sin que pudiera justificarse tan menguada provocación. Por 
medio de discusión se había adoptado el aparato de cañones 
y el Gobierno ante ese aparato de una amenaza ha cedido a 
las órdenes que se le intimaban y comunicándomelas me lia 
puesto en el caso o de un motín que nos hubiera entregado 
de pies y manos a Oribe o de suscribir con mi obediencia a 
Tina infamia." 

Era esa renuncia la señal de un movimiento revolucionario 
con fuertes ramificaciones en la guarnición de la plaza. 

Los principales jefes del ejército se presentaron en la Casa 
de Gobierno, para significar "el recelo de que la separación 
del mando del coronel Pacheco provocase defecciones en la 
tropa". El Presidente Suárez que veía desplomarse todo, pro- 
puso como fórmula trausaccional el retiro de la renuncia 
•áeü. coronel Pacheco, que éste rechazó en el acto ; y los jefes 
•del ejército aumentando entonces sus pretensiones exigie- 
ron la destitución de uno de los Ministros a quien atribuían 
malquerencia con el de la Guerra. 

La situación era gravísima, y para dominarla el Gobierno 
«confió al coronel Venancio Flores la Comandancia de Armas, 



LA DEFENSA DE MONTEVIDKO 275 

con autorización expresa para adoptar "todas las medidas d'.^ 
salvación que por las leyes de la República competan en casos 
■extraordinarios para asegurar su existencia". 

El coronel Flores arrestó y desterró al IMinistro Pacheco, y 
tranquilizado el ambiente devolvió sin vacilar el decreto ori- 
ginal que le confería facultades extraordinarias, considerando, 
decía, que era "innecesario usar por más tiempo" de esas fa- 
cultades. Rasgo hermoso que la prensa se apresuró a aplaudir 
y que dio motivo al Gobierno para dirigir a Flores una 
expresiva nota en la que luego de hablar "de la crisis terrible 
que amenazaba la existencia de la patria", decía: 

"Sin que la humanidad se resienta, sin que las libertades 
públicas padezcan, el señor Comandante General ha mar- 
-ehado con firmeza, con tino singular por medio del peligro 
que ha hecho cesar, levantando con nuevo brillo el imperio 
de la Constitución y de la ley". 

No era solamente la inñuencia de la guarnición de la plaza 
la que así pretendía sobreponerse a la autoridad del Presi- 
dente en la organización del IMinisterio. Era también la del 
ejército de campaña, según lo demuestra esta carta de Suárez 
M Rivera datada en el mes de octubre, precisamente en esos 
mismos días de los conflictos con Pacheco : 

"El cargo que ejerzo no me lo ha dado la patria para que 
<-eda a amenazas de nadie. Yo no tengo pretensiones de ser 
sabio, pero tengo, compadre, mucha experiencia del mundo y 
■ejercito como puedo mi razón y los consejos' tanto de los que 
-deben como de los que pueden darlos, es decir: oigo las razo- 
jics y aunque valga para mí la confianza y el respeto de las 
personas que las dicen, es, sin embargo, mi juicio meditado 
el que sigo en mis deliberaciones. En esta forma he gobernado 
y al cabo, por muy descontento que esté con algunos de los 
ciudadanos de mi administración, me cabe la gloria — que 
ziadie me puede arrancar — de haber presidido la defensa he- 
roica de esta plaza en la época más difícil de su existencia. . . 
Sin embargo de todo quiero decirle, compadre, que yo tam- 
bién tengo mi genio, y que si otra vez me dijese usted lo que 
^u la carta que contesto, cerrando enteramente los ojos al por- 
venir renunciaría a todo trance mi puesto". 

La revolución de Rivera. 

El coronel Pacheco, resuelto a dar por terminado su des- 
tierro, se presentó a fines de 1845 en el puerto de Mon- 



276 HISTORIA DEL URUGUAY 



tevideo con procedencia de Río Grande y solicitó y obtuvo 
autorización para bajar a tierra. 

Pocos días después readquiría su viejo predominio y era 
nombrado jefe de la guarnición, produciéndose con ello un 
vuelco completo de hombres y de influencias. El coronel Flo- 
res, que había venido llenando hasta entonces el escenario, re- 
cibió orden de salir del país, y fué necesario que la Comisión 
Permanente asumiera una actitud enérgica para que el des- 
tierro quedara sin efecto. 

Sugestionado por ese ejemplo, resolvió Rivera regresar tam- 
bién a Montevideo. Ya hemos dicho que vivía en Río de Ja- 
neiro desde el desastre de India Muerta, bajo arresto del Go- 
bierno Brasileño y bajo proscripción dictada por el gobierna 
de la Defensa en agosto de 1845. Sin derogar el decreto de 
proscripción, resolvió el Gobierno a principios del año si- 
guiente investir a Rivera con una plenipotencia ante el Pa- 
raguay, en el concej^to de c^ue haría el viaje por territorio 
brasileño y sin cruzar absolutamente por el puerto de ]\Ion- 
tevideo. 

Las autoridades brasileñas pusieron algunos reparos al 
viaje por tierra y entonces Rivera se embarcó con rumbo a 
Montevideo a despecho de todas las prohibiciones. 

Algunos rumores llegaron al Gobierno acerca de esos pro- 
pósitos del desterrado. El hecho es que en los primeros días 
de febrero de 1846 se dictó un acuerdo tendiente a impedir 
isu desembarco "en el caso inesperado de que se presentase 
en contravención a las terminantes órdenes comunicadas". El 
acuerdo fué trasmitido a las Legaciones de Francia e Ingla- 
terra para que impidieran el desembarco y colocaran al expa- 
triado "en alguno de los buques de guerra de sus respectivas 
naciones". 

A mediados de marzo se presentó Rivera en el puerto de 
Montevideo y el Gobierno adoptó, de acuerdo con el Consejo 
de Estado, las siguientes decisiones: mantener el destierro 
hasta la instalación del gobierno constitucional "como un sa- 
crificio a las conveniencias de la República"; asignar a Ri- 
vera una pensión y ofrecerle una legación de primera clase 
en el caso de cjue al trasmitírsele el decreto "se mostrase su- 
miso a las órdenes del Gobierno y resignado al sacrificio tem- 
porario que se le exige en bien de su país". 

Pero Rivera que tenía numerosos e influyentes amigos en la 
guarnición, resolvió desacatar las decisiones gubernativas a 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 277 

]a espera de im movimiento militar que le permitiera bajar 
i; viva fuerza. Como medio de ir ganando tiempo, dirigió uua 
nota al ^linisterio de la Guerra eu la que invoeaba las dispo- 
siciones constitucionales tutelares de las garantías individuales 
(jue obstaban a la aplicación de una pena sin forma de juicio. 

La atmósfera se iba caldeando entretanto, y para contener 
las agitaciones tumultuarias que empezaban a producirse, 
lanzó el Gobierno un decreto "declarando en estado de sitio 
íi la Capital y sus dependencias", y publicó el coronel Pa- 
checo en su carácter de Comandante de Armas una orden 
general en que decía que había tenido que realizar varias pri- 
siones "entre ellas las de algunos jefes militares a quienes el 
ejército no había visto un solo día en los gloriosos combates 
que han sostenido a iMontevideo, de esos que permanecieron 
escondidos cuando el peligro era grande para la heroica ciu- 
dad, que no tuvieron voz para dar vivas a la patria cuando 
su existencia estaba amenazada y que la tienen enérgica para 
darlos a un hombre a despecho de las leyes". 

El Gobierno declaró tumultuario todo grupo "de más de 
seis personas reunidas después de las 6 de la tarde" y "todo 
grupo de cualquier número" que profiriera "vítores o mue- 
ras en la calle". 

Se dirigió a la vez a la Policía para que llamara a don José 
Luis Bustamante, uno de los propagandistas más entusiastas 
de Rivera, a fin de advertirle "que las ideas subversivas al 
orden y a la unidad de la defensa nacional que venía di- 
fundiendo le harían acreedor a otras medidas si no se apre- 
suraba a entrar" en la senda del deber. Hasta ahora, agre- 
gaba el ^Ministro, ha preferido el Gobierno pecar de extrema- 
damente benevolente. Una dolorosa experiencia le demuestra 
la necesidad de reaccionar y a la; reacción irá aunque sin salir 
de los límites de la legalidad. "El Gobierno — concluía la 
nota — no violará las garantías ni las formas de la ley, pero 
tampoco excusará el castigo de las acciones que ella reconoce 
y manda castigar como culpables. No será arbitrario en nada 
ni para nadie: ni para castigar ni para perdonar". 

Seguía entretanto Rivera en el puerto, a la espera del mo- 
vimiento revolucionario que estaban preparando sus partida- 
rios. El Gobierno trató de alejarlo, mediante un decreto por 
el cual se le mandaba salir fuera de cabos, bajo apercibi- 
miento de considerarse toda omisión al cumplimiento de esa 
orden como atentatoria "a la tranquilidad pública y contra- 
ria a la defensa del país". 



278 HISTORIA DEL URUGTJAY 



El 1." de abril estalló en la plaza el motíu militar que 
se incubaba, y después de una porfiada lucha en que hubo 
varios muertos y heridos, el coronel Pacheco renunció la 
Comandancia de Armas y buscó asilo en un buque de gue- 
rra, y el Gobierno declaró que la presencia de Rivera "era 
exigida en la Capital por la conveniencia pública", a la vez 
que le confería el empleo de General en Jefe del ejército en 
operaciones. 

Triunfante así el motín pasó el I\Iinistro de Gobierno a la 
Policía una nota encaminada a tranquilizar el agitado am- 
biente; deseosa la autoridad "de que todos los ciudadanos, 
sin excepción de ninguna especie o naturaleza, que se han 
encontrado envueltos en las calamidades de la situación, se 
persuadan de los principios que profesa y vuelvan al goce 
de su tranquilidad, de sus posesiones y de las garantías indi- 
viduales que ha de conservarles a todo trance, llevando sus- 
esfuerzos para que todos olviien los resentimientos que ñayan 
dejado los desgraciados sucesos que acaban de terminar". 

No parecía Rivera dispuesto a proceder en la misma forma. 
Fresca todavía la tinta de esa nota, intimó a los coroneles 
César Díaz, Francivsco Tajes y otros jefes que habían pedido 
su baja a raíz del triunfo del motín, la expatriación inme- 
diata. Reclamaron los interesados y el Ministerio de la Guerra 
les contestó que la orden de destierro "era efecto de una 
eciui vocación". Rivera dirigió entonces al Ministro una nota 
agresiva en que le decía que los coroneles Díaz, Tajes y Le- 
zica habían sido arrojados por el pueblo y el ejército "como 
indignos instrumentos de las miras ambiciosas y altaneras 
del desenfrenado Melchor Pacheco", y mantenía así su orden 
de destierro: 

"Obrando en la órbita que me determinan mis atribucio- 
nes como General en Jefe, no he faltado ni faltaré jamás a 
lo que me compete, ni consentiré que se me coarten las atri- 
buciones con que soy investido". 

De acuerdo con esta monstruosa tesis que transformaba ai 
General en Jefe en verdadero dictador, reiteró Rivera la 
orden de destierro, anticipando que en caso contrario "daría 
por concluida su misión, no considerándose con fuerzas bas- 
tantes para contener la indignación del ejército". 

Había que cerrar la polémica y el Ministerio se apresuró 
a hacerlo en esta forma, que era la que exigía la gravedad 
de las circunstancias: 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 279 

''El Gobienio siente sobremanera la equivocación que pa- 
dece el señor General, porque después de haber levantado el 
testado de sitio en que se puso la Capital, no es posible seguir 
haciendo uso de las facultades extraordinarias... No coar- 
lará el Gobierno las facultades que ha dado al General en 
Jefe... Pero tampoco permitirá que se amengüe su dignidad 
por exigencias del ejército... Primero resignaría el poder". 

Ante una declaración tan terminante que obligaba a echar 
abajo las autoridades, contestó Eivera acatando la tesis gu- 
bernativa. 



Siguen las agitaciones. 

Prosiguieron con igual intensidad las agitaciones políticas 
en 1847. 

A mediados de año fué nombrado Garibaldi jefe de Ja 
guarnición de ^Montevideo. Con él triunfaban los partidarios- 
de la continuación de la guerra civil. Un mes después caía 
Garibaldi y triunfaba momentáneamente el partido pacifista 
que encabezaba el coronel Venancio Flores. 

De esa lucha, tan llena de alternativas, emanó un motín 
militar en el cuartel del batallón de línea que comandaba 
don Benito Larraya, del partido pacifista. El batallón des- 
acató una orden gubernativa y entonces el Ministro de Gue- 
rra coronel BatUe, fué al cuartel y habiendo sido desacatado 
también resolvió someter por la fuerza a los amotinados. En 
los momentos en que preparaba el ataque, concurrió el al- 
mirante Le Predour y el batallón amotinado acató al Minis- 
tro de la Guerra. Pero al ponerse en marcha, volvió a produ- 
cirse el conflicto, al que tuvo que poner término personal- 
mente el coronel Batlle lanzándose sobre el comandante La- 
rraya para desarmarlo frente a la tropa que amartillaba sus 
fusiles contra el ^Ministro y que no hizo fuego por efecto de 
una nueva interposición del almirante Le Predour. 

El comandante Larraya fué desterrado y el coronel Flores 
renunció la Comandancia de Armas y pidió su baja del 
ejército. 

Dando cuenta de estos sucesos a la Asamblea de Nota- 
bles, decía el Ministro de Gobierno don IManuel Herrera y 
Obes: 

Se ha afianzado la moral de la Defensa, prevaleciendo el 
prestigio de la autoridad. Pero es tiempo de que desaparezcan^ 



280 HISTORIA DEL URUGUAY 



las disensiones intestinas. Al principio de la Defensa hicimos 
prodigios, porque estábamos unidos. Ese vínculo poderoso 
desapareció después con los resultados que estamos presen- 
ciando... "Volvámonos a unir". 

El gobierno de la Defensa destierra nuevamente a Rivera. 

Era una unión imposible, sin embargo. Ya se estaban in- 
cubando en esos mismos momentos otros conflictos de mayor 
resonancia todavía y el encargado de precipitar la crisis era 
precisamente el IMini.stro que convocaba a todos a la con- 
cordia. 

Rivera, que después de los desastres de su ejército en Pay- 
sandú y Mercedes se había refugiado en Maldonado, envió al 
coronel Báez con instrucciones para gestionar refuerzo de 
tropas de Montevideo. Á su regreso el coronel Báez respondió 
a Rivera, en nombre del gobierno de la Defensa, que su per- 
manencia en Maldonado o en cualquier otro punto del terri- 
torio nacional constituía un obstáculo a los planes adoptados; 
que era preferible C(ue abandonara el país ; que su extraña- 
miento sería mirado "como un sacrificio para el bien de la 
piatria"; y finalmente que la guarnición de ^Maldonado no 
sería reforzada. 

Por su parte Rivera a la vez que pedía auxilios al gobierno 
de la Defensa se ponía al habla con los coroneles Barrios y 
Acuña, jefes de las fuerzas sitiadoras de Maldonado y les en- 
tregaba con destino a Oribe un convenio de paz compuesto de 
ocho proposiciones de las que prometió copia al Gobierno, sin 
ánimo de remitírsela, pues su contenido recién fué divulgado 
por "El Conservador" al finalizar el año 1847, después que 
el conflicto había sido solucionado con el destierro de Rivera. 
He aquí el contenido de esas proposiciones: 

"Se establecerá una buena inteligencia entre los brigadie- 
res generales de la República don IManuel Oribe y don Fruc- 
tuoso Rivera y ambos declararán a la faz del Estado que los 
observa que se comprometen por su honor y ante las aras de 
la patria, por la que han hecho inmensos sacrificios, que pro- 
moverán cuanto fuera necesario al restablecimiento de la paz 
en toda la República bajo sus principios constitucionales". 

"Resuelto como estoy a no omitir ningún sacrificio hasta 
ver restablecido el reposo en toda la República, garantido en 
sus formas constitucionales, me resignaré si necesario fuere 



LA DEFENSA DE MOXTEVIDEO 281 

vtduiitariaineute a separarme del territorio de la República 
por todo el tiempo que se hiciese preciso al establecimiento del 
gobierno constitucional. Al hacer esta indicación no me im- 
pele otro motivo que el no querer acarrear sobre mí la des- 
confianza de unos, los celos de otros y la equivocación que no 
sería extraña a todos, de que yo pueda aspirar a la próxima 
presidencia de la República, ni menos sustentar innobles miras 
contra los sagrados intereses de la patria". 

Por las demás bases se suprimía el uso de las divisas de 
guerra y se establecía el de la cucarda nacional; se decretaba 
la celebración de comicios generales; se declaraba que todos 
los poderes de la República habían terminado de hecho y de 
derecho; se exigía la mediación del representante de España 
para garantizar el convenio; y se proyectaba el nombramiento 
■de comisionados que en nombre de ambos jefes darían form» 
definitiva al pacto. 

Rivera, simple jefe del ejército, pactaba, pues, como repre- 
í;entante del país y daba un carácter marcadamente personal 
a la contienda que envolvía a todo el Río de la Plata. 

Con sobrada razón se había abstenido de enviar a Monte- 
\ideo la anunciada copia de las bases. Pero el Gobierno, que 
tenía noticias de sus comunicaciones escritas y de sus entre- 
vistas con los jefes sitiadores y que conocía el ambiente des- 
favorable que esas negociaciones misteriosas habían producido 
en la guarnición de ]\Ialdonado, resolvió destituirlo y deste- 
rrarlo. 

Cuando el ^Ministro de la Guerra coronel Batlle, encargado 
de dar cumplimiento a esas resoluciones, desembarcó en Mal- 
donado a principios de octubre de 1847, estaba próxima a esta- 
llar una conjuración de la tropa, que habría dado por resul- 
tado el asesinato de Rivera y de algunos de sus jefes. El coro- 
nel Batlle al dar cuenta al Presidente Suárez del resultado de 
■su misión atribuía la conjuración a la mi.seria en que vivía el 
soldado y a las sospechas que infundían sus jefes. 

Véase cómo se expresaba acerca del primer punto: 

"Acordes todos decían que no ignoraban que el Gobierno 
(n\'iaba lo muy suficiente para racionarlos, pero que no alcan- 
zaba porque más de la mitad de las raciones se vendían y 
regresaban a Montevideo, o bien se daban allí mismo en pago 
<le gastos que el general mandaba hacer. Así, pues, con los 
alimentos del soldado se hacía frente a las prodigalidades y 
-desarreglos del jefe". 

19—111 



282 HISTORIA DEL rBUGUAY 



En cuanto al segundo punto, decía el ^Ministro de la Gue- 
rra: 

"Predispuestos ya a mirar las acciones todas del generad 
bajo una luz desfavorable, empezaron sus conferencias y notas 
con los sitiadores y a tanto creció la desconfianza que muchos 
oficiales se determinaron a escribirme pidiendo licencia para 
venir a la Capital o a los demás puntos ciue ocupábamos. . , 
El general protesta que la casualidad proporcionó la entre- 
vista con Acuña y Barrios y todo el pueblo de ]\Ialdonado 
sabe que estando él tranquilo en su casa, fué hecho llamar 
por aquéllos que estaban en conversación con el señor Aguilar, 
a cuyo efecto mandó éste al primer oficial que acertó a pasar. 
Todos saben que el general se apresuró a ir a la cita y que 
permaneció en ella más de cuatro horas. Por fin su tema fa- 
vorito era hablar contra los extranjeros y las legiones, sem- 
brando esta simiente de cizaña entre sus subalternos y nues- 
tros auxiliares y propendiendo con todo esto a llegar al mismo 
término. No teniendo cierta la prueba de que su intento fuera 
traicionar la causa, me abstendré de hacer otros relatos que 
he oído, porque no ofrecen tampoco un conocimiento pleno : 
no obstante, debo asegurar que todos reunidos hacen un con- 
junto capaz de hacer titubear al más confiado"'. 

Dando cumplimiento a su mandato, el coronel Batlle des- 
tituyó a Kivera de la jefatura del ejército y lo envió a borda 
del buque de guerra francés "L'Alsacienne" que allí aguar- 
daba y que en el acto emprendió viaje con rumbo a Río de 
Janeiro. El coronel Báez y dos o tres jefes más resolvieron 
acompañar al desterrado. 

Esta violenta reacción contra Rivera dio origen dentro de 
la plaza de ^Montevideo a fuertes protestas, que obligaron al 
Ministerio de Gobierno a dirigir un oficio al Jefe de Policía, en 
que hablaba de los que pretendían provocar "desórdenes y 
trastornos políticos" y le prevenía que debía adoptar medi- 
das preventivas para impedirlo. "El Gobierno — concluía — 
quiere ciue se comprenda bien que está decidido a castigar 
con la misma severidad al traidor que conspira y al dema- 
gogo revoltoso que anarquiza y desquicia, porque ambos vau. 
a un mismo fin, aunciue por distintos caminos". 



f 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 283 



Después del destierro, el proceso. 

En viajo ya Rivera para Río de Janeiro, publicó el Minis- 
tro de Gobierno una explieai-ión oficial acerca de las causas 
del destierro. 

"La situación del general Rivera en la escena política — em- 
pezaba diciendo — ha mucho tiempo que era violenta y difícil 
de conservarse. Vuelto a la vida pública contra la voluntad 
del Gobierno y apoyado sólo en las exigencias de un motín,, 
desde sus primeros pasos manifestó que no comprendía a su 
época, ni a los hombres ni a las cosas que predominaban en. 
su país. Acostumbrado a gobernar desde la campaña ; lejos 
del contacto de la parte más civilizada de la población; nu- 
trido en esa omnipotencia de poder y facultades que le hacían 
dueño de vidas y de haciendas, sin consideración ni respon- 
sabilidad de niugima especie; acostumbrado, en fin, a no mi- 
rar las formas legales sino como una pantalla cuya .sombra 
le convenía para ocultar la deformidad de su existencia polí- 
tica, el general Rivera entró a figurar después del 1.° de abril 
de 1846, como había figurado en las épocas anteriores. En la 
desgracia, nada había aprendido; en lo que le rodeaba nada 
veía, y entregándose a una conducta injustificable e incom- 
prensible, marcó su nueva carrera con los actos más escanda- 
losos y más funestos para la causa ciue defiende la República. 
Las propiedades violadas, las personas atacadas sin distinción 
ni respeto de ninguna clase, la autoridad del Gobierno desco- 
nocida y despreciada al más alto grado, produjeron, como era 
consiguiente, un conflicto de posiciones entre el Gobierno de 
ia República que no podía ni debía consentir en aquellos aten- 
tados, y el general Rivera que apoyado en la fuerza que man- 
daba y en lo espinoso y grave de las circunstancias en que se 
encontraba la República, pretendía un absolutismo de facul- 
tades incompatible con las disposiciones constitucionales y el 
orden público y que cubría de ridículo al Gobierno, cuya ac- 
ción paralizada por consideraciones de alta política aparecía 
como un instrumento ciego de las voluntades del citado ge- 
neral... Considerándose siempre el Presidente de la Repú- 
blica en ejercicio de sus funciones, cualquiera que haya sido 
su posición social y la circunstancia en que se encontrare, en 
dondequiera que personalmente se hallase, establecía su go- 
bierno, hacía prevalecer su política, sistemaba su administra- 



2S4 HISTORIA DEL URUGUAY 



Clon, rompía convenciones lo más solemnemente hechas, hacía 
otras por sí y ante sí, sin más requisito, ni más autorización 
ni objeto que los cálculos de su conveniencia individual". 

Después de esta iutrodacción, entraba el ^Ministro a concre- 
tar cargos contra Eivera. Le decía que había hostilizado la 
revolución argentina, dificultando la acción de Lavalle hasta 
la batalla del Sauce Grande, y la de Paz antes y después 
de Caa-Guazú; que había cambiado la cooperación militar 
de Francia por unos cuantos miles de pesos tomados bajo 
una promesa que no cumplió, ayudando así poderosamente a 
Rosas para obtener el tratado ]\lackau; que había dado la 
batalla del Arroyo Grande '"contra las terminantes y expre- 
sas órdenes del Gobierno, que esperando por momentos el re- 
saltado de las negociaciones pendientes en Europa, eomuai- 
oadas ya por el ]Miuistro IMandeville sobre la intervención 
para hacer cesar la guerra, no quería correr los azares de los 
combates"; que tomando el nombre del país había celebrado 
"un tratado de alianza ofensiva y defensiva con los revolu- 
cionarios de Eío Grande contra el Gobierno de Su Majesta'l 
el Emperador del Brasil, dando así lugar a que el Imperio 
con quien tantos intereses nos ligan en una estrecha y leal 
mancomunidad de objetos políticos, tomara en la lucha en 
que hoy se encuentra empeñada la República esa posición de 
espectador que tanto ha contrariado los esfuerzos del país 
para su salvación"; que "sabedor de las negociaciones que 
se habían iniciado con el Gobernador de Entre Ríos para que 
tuviese lugar la cesación de la guerra y de los comproniisos 
solemnes que el Gobierno había contraído, se lanzó sobre el 
pueblo de Paysaudú, derramó a torrentes la sangre oriental, 
destruyó uno de sus más hermosos pueblos, perdió el fruto 
de todas las conquistas que se habían hecho y desbarató todos 
los proyectos de paz del Gobierno". Terminaba la larga y 
contundente nota oficial con una referencia a las negociacio- 
nes pacifistas de Maldonado, iniciadas y seguidas sin conoci- 
miento del Gobierno. 

Precisando más tarde uno de los cargos formulados en esa 
nota ha dicho el doctor Herrera y Obes en sus "Recuerdos 
de la Defensa", que lo primero que hizo Rivera a raíz de su 
ATielta violenta a Montevideo en abril de 18-16 fué desaprol^ar 
la negociación con Urepiiza y atacar a Paysandn, hecho que 
indignó al Gobernador de Entre Ríos y le indujo a organi- 
zar fuerzas que obligaron a Rivera a recorrer en -ÍS ho- 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 285 

las toda la distancia que media entre el Uruguay y ^lal- 
douado. 

Era la tercera vez que el Gobierno eliminaba a Rivera del 
escenario de la Defensa en castigo de sus derrotas. La un- 
mera. a raíz de la batalla del Arroyo Grande en territorio 
de Entre Ríos. Se le creía anonadado y sin bríos para em- 
prender la organización de la defensa y en consecuencia fué 
sustituido por el general Paz, de quien Rivera estaba profíia- 
damente distanciado. La segunda, después de la batalla de 
India Muerta, cuando Rivera se dirigió a Río de Janeiro- 
donde fué arrestado, circunstancia que aprovechó el gobierna 
de la Defensa para dictar el decreto que prohibía su regreso 
a la República. Y la tercera, a raíz del desbande de su ejér- 
cito en Paysandú, Mercedes y Maldonado, que era la elimina- 
ción definitiva, porque Rivera no volvería a actuar más en el 
escenario de la Defensa. 

Rivera, a su turno, procesa al Gobierno. 

Desde Río de Janeiro tomó su desquite Rivera mediante hi 
presentación al Ministro inglés Lord Howden de una ]\r?mo- 
ria en la que figuraba el sigiiiente párrafo : 

"Montevideo está sometido exclusivamente a la influencia 
francesa y a la voluntad de Garibaldi : esa influencia y esa 
voluntad conspiran hace tiempo y han conseguido en gran 
parte aniquilar toda influencia 5^ todo elemento oriental y no 
existe por consiguiente en Montevideo autoridad alguna que 
revista carácter ni represente intereses nacionales". 

Eran también esas las ideas que tres años antes, a mediados 
de 18-1:4, había exteriorizado así doña Bernardina Fragoso 
de Rivera en una carta dirigida a su esposo y que fué se- 
cuestrada en el campo de batalla de India Muerta : 

"Aquí ya no hay más que extranjeros, porque del país 
sólo es lo que está contigo, ¿y qué podemos esperar de esta 
gente que no siendo de aquí nada le importa sino su bolsillo?" 

La ]\Iemoria.de Rivera a la Legación inglesa tuvo tan honda 
repercusión en la Corte de Río de Janeiro, que a fines de 
184:7 llegó a di.scutirse si debía o no ser recibido el nuevo ]\Ii- 
nistro oriental doctor Lamas, que gestionaba en esos momen- 
tos el reconocimiento de sus credenciales. 



286 HISTORIA DEL URUGUAY 



El gobierno de la Defensa continúa luchando con sus oposi- 
tores de la plaza. 

Abrió el año 1848 eou nuevas y fuertes agitaciones dentro 
x\e la plaza de ^Montevideo. La Mesa que presidía las elecciones 
de Alcalde Ordinario y Defensor de Menores "fué dispersada 
a palos", escribía el ^Ministro Herrera y Obes al plenipoten- 
ciario oriental en Eío de Janeiro doctor Lamas. 

El Gobierno se dirigió con tal motivo a la Asamblea de No- 
tables solicitando una regla de conducta. Según decía en su 
mensaje, el interés por un lado y la pasión de partido por 
otro habían provocado una serie de escándalos y obligado a 
la ]Mesa instalada en el atrio de la ^Matriz a suspender el 
acto. Pero al considerarse el dictamen de la Comisión de Le- 
gislación, el doctor Estanislao Vega fustigó al Gobierno por 
su intromisión en las elecciones y dijo que la Mesa había sido 
levantada a causa de que el Ministerio era derrotado en los 
comicios. 

Una semana después de esos incidentes, a mediados de 
enero, el Gobierno desterraba a los coroneles Guerra y Espi- 
nosa, a los comandantes Ortega, Eebollo y Clemente y a otras 
personas acusadas de sedición. 

"El orden y la tranquilidad pública — decía en su men- 
saje a la Asamblea de Notables — han estado a punto de ser 
perturbados seriamente y para prevenir tan funestos sucesos 
el Poder Ejecutivo ha tenido ciue hacer uso de las facultades 
que le acuerda el artículo 81 de la Constitución de la Repú- 
blica y más que todo la situación muy especial en cpie se 
encuentra la plaza." 

Las agitaciones continuaron, y a pedido del Gobierno dictó 
la Asamblea de Notables a fines de abril una ley por la que 
se declaraba el estado de sitio, se suspendían las garantías 
individuales y se establecía que las medidas cpe el Poder 
Ejecutivo resolviera aplicar a consecuencia de esa declaración, 
serían acordadas con una Comisión delegada de la misma 
Asamblea. Antes y después de esa ley hubo deportaciones 
de opositores. 

A mediados de julio estalló una revolución. El teniente 
Ramírez al frente de su compañía ocupó la plaza Constitu- 
ción y el Cabildo, incorporándosele allí el general Enrique 
]\Iartínez, los coroneles Juan P. Rebollo, José ^lora y Ber- 



LA DEFJENSA DE MONTEVIDEO £87 

nardo Dupiiy. Pero el ejército no respondió al moviiuiejito y 
entonces el Presidente Siiárez se presentó solo ante los solda- 
dos, les reconvino por su actitud y obtuvo su sometimient'). 
Fueron arrestados luego los promotores del motín, con excep- 
ción del teniente Ramírez, quien fué muerto "al parecer por- 
que se resistió", decía "El Comercio del Plata". 

"Aquí seguimos luchando con dificultades incesantes, es- 
cribía en esos momentos el IMinistro Herrera y Obes al i)leni- 
potenciario oriental en Francia doctor Ellauri. Esta situación 
es un pugilato insoportable. Si ese Gobierno no toma una 
actitud definitiva, es probable que el Diablo nos lleve." 

A principios de 1849 hubo un ruidoso debate en el seno de 
la Asamblea de Notables con ocasión de un pedido de expli- 
caciones al ]\Iinistro acerca de asuntos diplomáticos e inver- 
sión de caudales públicos. El notable don Ángel Elias se ha- 
bía opuesto a que la interpelación fuera votada sobre tablas 
y a la salida fué agredido por don Martiniano ^Mouliá, don 
Pedro Díaz y don Santiago Botana. Comprobado el hecho, el 
Gobierno puso a los tres agresores a disposición del Ministe- 
rio de la Guerra "para cjue en calidad de soldados, decía el 
decreto, sean destinados a servir activa y personalmente en 
los cuerpos del ejército por el tiempo que dure el presente 
sitio y que en el sufrimiento, la resignación y la heroica abne- 
gación de sus compañeros de anuas aprendan el ejercicio de 
las virtudes cívicas que forman el verdadero patriotismo." 

A mediados de año escribía el Ministro Herrera al pleni- 
potenciario doctor Lamas : 

"Esto es un caos". Y explicando su pensamiento, le decíiv 
que Pacheco antes de embarcarse para Francia había organi- 
zado un club político bajo la denominación de "Sociedad 
Patriótica" con el objeto ostensible de promover la fusión de 
todos los grupos que actuaban en la plaza de Montevideo; 
que a ese club se habían incorporado casi todos los jefes del 
ejército y que ellos con el coronel César Díaz a la cabeza, 
recurrían a la fuerza para echar abajo Ministerios. 

Al finalizar el mismo año escribía el Ministro Herrera al 
propio fundador del club, que estaba en París, para anun- 
ciarle que se había tramado una revolución pero que feliz- 
mente el Gobierno la había dominado a tiempo. 

Un año después, en diciembre de 1850, pedía el Gobierno 
autorización a la Asamblea de Notables para suprimir los 
comicios de Alcalde Ordinario y Defensor de Menores du- 



288 HISTORIA DEL L"BUGÜAY 



raiite el asedio y proveer esos cargos del modo que reputase 
más compatible con la seguridad de la plaza. Y fundando la 
reforma decía el ]\Iiaistro de Gobierno que en el caso de rea- 
lizarse los comicios habría que recurrir a la fuerza para evitar 
los escándalos de la elección anterior y que era más leal 
entonces autorizar el nombramiento por vía administrativa. 
Tras un largo debate fué aceptado con modificaciones el 
proyecto, limitándose la intervención gubernativa al año 
1851 y bajo la condición de que las designaciones de magis- 
trados se harían de acuerdo con el Consejo de Estado. 



La oposición era al Ministerio más que al Presidente. 

Eara vez la oposición de los defensores de Montevideo 
tomaba por blanco al Presidente Suárez. Generalmente se 
dirigía contra los Ministros y para obtener cambio de los 
mismos. Cada círculo tenía sus prohombres y procuraba im- 
ponerlos hasta con ayuda de la fuerza. Pero sin arrancan 
de su sitial al primer magistrado, que cedía invariablemente 
a la presión de las circunstancias. 

Por eso cuando a fines de 1850 presentó don José Luis 
Busiarnante a la Asamblea de Notables un proj-ecto que de- 
claraba que don Joaquín Suárez había merecido bien de la 
patria y le otorgaba uua compensación de 50,000 pesos ; 
otro que acordaba al ejército el título de benemérito en 
grado heroico; y otro más mandando erigir una columna 
conmemorativa de la Defensa de Montevideo, hubo unani- 
midad de opiniones a favor de lo primero, y hasta se apro- 
vechó la oportunidad para tejer el elogio amplio y vibrante 
del ciudadano que, según se encargó de decirlo el general 
Correa, había surgido a la \'ida política del país en 1810, al 
iniciarse el primer movimiento revolucionario contra el do- 
minio español, incorporándose al año siguiente a Artigas, 
bajo cuyas banderas peleó desde la batalla de Las Piedras. 

Don Joaquín Suárez aceptó la declaración, pero rechazó 
la suma de dinero, alegando que ella le impediría participar 
de los inmensos quebrantos que habían sufrido y seguían, 
sufriendo los demás servidores del Estado. 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 289 



Contra la libertad de la prensa. 

Varias veces echó mauo de la mordaza el gobierno de Suá- 
rez en el curso de esa larga lucha contra los opositores de la 
plaza. 

En diciembre de 1845 "El Constitucional", que no hacía 
buenas migas con los emigrados argentinos, empezó una cam- 
paña a la que puso término un oficio del Ministro de la Guerra 
don Francisco Joaquín ]\Iuñoz, que decía así : 

"El autor del comunicado en cuestión puecie asegurarse, 
sin temor de equivocarse, que es uno de esos seres miseral)les 
en quienes está contorneada la fisonomía inequívoca de la 
vileza. El Gobierno prohibe a usted, señor editor, publicar 
comiDiicados de esa clase y así se lo previene, haciéndolo res- 
ponsable de las consecuencias en el caso que, por cualquier 
motivo, no preste usted toda su cooperación a la efectividad 
de esta orden". 

A mediados de 1846 presentó el Gobierno a la Asamblea 
de Notables un proyecto de ley por el que se facultaba al 
Poder Ejecutivo para adoptar medidas contra la prensa. 

''Esas medidas se dirigirán solamente contra el abuso que 
se haga en las publicaciones periódicas hasta mandar cesar 
Jas que fueran contrarias a los principios de moderación y 
templanza (|ue todos deben respetar". Tal era la fórmula que 
propiciaba el Gobierno, fórmula de enorme vaguedad que la 
Comisión de Legislación sustituyó por la que subsigue: "Esas 
medidas se dirigirán únicamente contra el abuso que se haga 
en las publicaciones periódicas y que de cualciuier modo tienda 
a perjudicar la defensa en que el país se ve empeñado". 

"El Montevideano", que actuaba en la misma campaña 
contra los emigrados argentinos, se despidió de sus lectores 
ctm estas palabras reveladoras de advertencias análogas : 
"Obligados por su propio honor los redactores de este diario 
abandonan la noble tarea a ciue estaban prometidos". 

En julio de 1847 se decretó el cese por seis meses del "Cou- 
rrier de la Plata" a causa de .su propaganda agresiva contra 
los agentes franceses. A solicitud de los mismos agentes quedó 
luego sin efecto el cese. Un año daspués hubo, sin embargo, 
que aplicar la pena, en razón de haberse reanudado la cam- 
paña contra los representantes de Francia, y el I\[inistro de 
Gobierno publicó entonces un aviso "de mandato del Presi- 



2 O HISTORIA DEL URUGUAY 



dente'-, en el que luego de hablar de los ataques emprendidos 
contra los representantes de los países amigos, prohibía "del 
modo más formal toda producción de la prensa que llevando 
un carácter de ofensa directa a las personas, ponga en com- 
promiso la quietud de los habitantes de esta ciudad, la tran- 
quilidad pública o los intereses del Estado". 

A mediados de 1850 recrudecieron las agitaciones contra los 
agentes franceses, especialmente contra el almirante Le Pre- 
dour, Y el Gobierno suspendió la publicación de "Le Patrióte 
Franeais" y dictó un acuerdo que limitaba formidablemente la 
libertad de la prensa. 

"En la situación especial en que se encuentra el país, — de- 
cía ese acuerdo, — el ejercicio de los derechos y libertades, 
tanto políticos como individuales, que garanten sus institu- 
ciones, no puede dejar de estar sometido a las exigencias de 
esa situación. . . La conser^^ación y seguridad de un pueblo 
es anterior a sus libertades, porque ante todo es preciso exis- 
tir... En materia de programa político el G-obierno no ad- 
mitirá más que aquellos que compr^dan la defensa de los 
grandes principios e intereses que forman la causa de la 
República en la presente- guerra contra el gobierno de Buenos 
Airi's. abogando por su justicia y conveniencia con abnegación, 
verdad, circunspección, dignidad y sin más limitaciones que 
las de no trabar la política del Gobierno con oposiciones y 
discusiones". 

La circular que en seguida dirigió la Policía a la prensa 
de Montevideo prevenía, de conformidad con el mismo 
acuerdo, que no podría publicarse ningún diario sin autori- 
zación especial del ^Ministerio de Gobierno; que la autori- 
zación se concedería siempre "a menos que hubiera causas 
graves para negarla", reputándose como tales las que tuvie- 
ran "relación con la religión, con la moral y los intereses 
de la causa pública"; que no se podría "trabar la política 
del Gobierno con oposiciones y discusiones"; que los diarios 
deberían mantener el orden y la trancpilidad "predicando 
la subordinación y el sometimiento y el respeto a las auto- 
ridades constituidas"; que al apreciar los actos de los Go- 
biernos extranjeros debían evitar "toda acrimonia en el len- 
guaje y ac[uellos epítetos con que los designan los partidos opo- 
sitores en sus respectivos países"; que de los agentes de esos 
Gobiernos en Montevideo tenían c[ue hablar "con el respeto 
que se les debe, haciéndolo sólo cuando sea absolutamente 



LA DEFENSA DE MOXTEVIDEO 291 

necesario para la claridad de la narración y la comprensión 
de los hechos, cosas todas que no se oponen a que el asunto 
se discuta con firmeza, con libertad y en el sentido que más 
convenga a la causa pública"; que las transgresiones serían 
castigadas con multa, prisión y destierro que graduaría el 
Gobierno. 

Ya casi al terminar la guerra, en agosto de 1851, volvía el 
Gobierno a adoptar medidas contra la prensa que atacaba a 
los agentes franceses y suspendía la publicación de "La Se- 
mana", diario del poeta Mármol. 

La vida institucional en el campo sitiador. 

Hemos seguido la lucha entre el gobierno de la Defensa 
y sus opositores, lucha intensa y continua cpe tenía por teatro 
alternativamente las salas del parlamento y los cuarteles de 
los batallones. ¿ Ocurría lo mismo dentro de los límites del 
campo sitiador? 

Cribe convoca la Legislatura disuelta por Rivera en 1838. 

En febrero de 18-44 don Carlos Anaya, invocando su calidad 
de Presidente de la Asamblea disuelta por Eivera en 1838, 
pasó una circular a sus ex compañeros de Legislatura invitán- 
doles a reanudar las tareas parlamentarias. 

Don Carlos Anaya había renunciado a la presidencia del 
Senado con anterioridad al decreto de disolución y a su vez 
las Cámaras disueltas habían sido reemplazadas por otras 
que también habían ya terminado su mandato. 

Pero como Oribe seguía llamándose Presidente, aquél re- 
solvió restaurar su vicepresiclencia y los senadores y diputados 
resolvieron exhumar sus diplomas a despecho de los seis años 
corridos desde la dictadura de Rivera. 

La reunión quedó luego aplazada hasta el mes de agosto 
de 1845, en que los ex senadores, los ex diputados y los ex 
suplentes de la Legislatura de 1838 que vivían en el campo de 
Oribe, se congregaron en el distrito del Peñarol bajo la pre- 
sidencia de Anaya. 

El objeto era demostrar a la Francia y a la Inglaterra que 
Oribe presidía una situación constitucional en todo el terri- 
torio de la República, excluido el espacio comprendido dentro 



£92 HISTORIA DEL URUGUAY 



de las trincheras de ^Montevideo. '' Presidente extramuros", 
decía "El Liberal" de Río de Janeiro! 

Oribe inauguró las sesiones con un mensaje en que pedía a 
sus oyentes que volvieran la vista "a las aciagas ocurrencias 
del año 1838... a los desórdenes y crímenes de los rebeldes 
salvajes unitarios sublevados contra el gobierno legal desde 
1836"; a los actos '"no menos desleales, injustos y vitupera- 
bles" de la intervención de los agentes y de la escuadra d¿ 
Francia; y agregaba: 

"Forzado por esa escandalosa intervención el Presidente 
constitucional de la República a hacer, antes de vencido su 
término legal, una resignación del mando que vosotros, a la 
altura de las circunstancias y de la violencia que contra nues- 
tras leyes se ejercía por los torpes agentes de un poder ex- 
tranjero, admitisteis con la amargura en vuestros corazones, 
emigró con sus ^Ministros, el Presidente del Senado, algunos 
diputados y varios de los otros empleados de la Nación a la 
capital de Buenos Aires, dejando, sin embargo, una protesta 
que se presentó en el seno de la Asamblea General, contra 
los inauditos atentados cometidos por los agentes de la esta- 
ción naval de Francia así como contra la fuerza que lo obli- 
gaba a abandonar el puesto que el voto libre de la Nación le 
confió ' '. 

Y don Carlos Anaya contestaba poco después desde la pre- 
sidencia de la Legislatura exhumada -. 

"La Asamblea General ha sentido la más viva cmplacencia 
a] oir resonar en su seno, por primera vez, la voz patriótica 
y elevada del Poder Ejecutivo, desde aquel tiempo de triste 
recordación en que la rebelión triunfante, auxiliada por los 
agentes y fuerzas navales de la Francia, logró derrumbar los 
poderes constitucionales y sentarse osada en el lugar de la 
ley... Grande fué en verdad la amargura de que se halló 
poseída la representación nacional, cuando cediendo a la 
■ dura ley de la necesidad, asistió resignada al descenso vio- 
lento e ilegítimo del Poder Ejecutivo. Sus actos en esos días 
aciagos tuvieron por único fin salvar al Presidente de la Re- 
pública y mitigar en lo posible las iras vengativas del jefe 
del bando rebelde de salvajes unitarios, en favor del pueblo 
leal de la Capital, que tan contrario se había mostrado siem- 
pre a sus pretensiones. Sus votos, empero, sus esperanzas 
todas por que se restauraran las autoridades legales, siguie- 
ron en silencio al Poder Ejecutivo en su retirada del país, 



LA DKIKXSA DE MONTEVinKO 293 



considoráiidole eutouees, como lo consideran ahora, el único 
poder a quien el Código Fundamental y la naturaleza misma 
de su carácter lian encomendado defender el orden y la se- 
guridad de la Nación contra las conmociones interiores y los 
ataques exteriores ' '. 

Dos meses antes había instituido Oribe un Tribunal Supe- 
rior de Justicia, bajo la presidencia del propio don Carlos 
Anava, y este ciudadano había dicho en el acto de la insta- 
lación: 

"Cerca de siete años ha, señores, cjue el santuario de la 
Justicia se vio desierto en el Estado. Sus puertas cerradas al 
clamor público; y cuando se abrieron, fué para el despojo y 
el escándalo con que todas las pasiones asaltaron la sociedad 
oriental a fuer de traición y de tiranía". 



Prepósitos que perseguía Oribe con la restauración de la 
Legislatura. 

Trataba Oribe, como se ve, de retrotraer el país al momento 
ya remoto en que él había renunciado la presidencia de la 
Ke])ública. El tiempo corrido desde fines de 1838 hasta me- 
diados de 18-45 sólo encerraba, en su concepto, actos nulos, y 
era necesario, en consecuencia, hacer tabla rasa de esos actos 
y considerarlos como no existentes. Al Presidente faltábanle 
cuatro meses de ejercicio cuando renunció y esos cuatro meses 
debían serle restituidos. A la Asamblea disuelta por Rivera 
faltábanle varios meses de funcionamiento y esos meses de- 
bían ser completados. Pero los meses de complemento debían 
empezar a correr, naturalmente, desde la captura de Monte- 
video, continuando, entretanto, con vida la presidencia y la 
Legislatura ele 1838! 

Nada más absurdo que esa tentativa de restauración insti- 
tucional. Contra la obra resultante de la dictadura de Rivera, 
hubiera sido posible reaccionar de inmediato, mediante una 
contrarrevolución, pero no a los siete años de consumada la 
obra, a menos de dar carácter vitalicio a mandatos de plazo 
fijo, como son los mandatos de senadores y diputados. 

¿Cómo se explica entonces que al emprenderse esa restau- 
ración, rodearan a Oribe hombres patriotas, inteligentes y 
absolutamente desinteresados como muchos de los que ocupa- 
ban las bancas de la pretendida Asamblea, de la Administra- 



294 HISTORIA DEL URUGUAY 



oinii de Justicia y de las Secretarías de Estado, porque hasta 
^Ministros tenía Oribe? 

Eu 1845, como hemos dicho en otro capítulo, resolvieron 
intervenir la Inglaterra y la Francia en las contiendas del 
Río de la Plata con escuadras y tropas de desembarco que 
pusieron al servicio del gobierno de la Defensa. 

La contienda uruguaya tenía desde los comienzos del sitio 
marcado cariz internacional, porciue Oribe a la vez que ''Pre- 
sidente Legal", era jefe de Rosas, con un fuerte ejército ar- 
gentino bajo su mando, y porque en las trincheras de ]\Ion- 
tevideo predominaban por su número las legiones de france- 
ses, italianos y argentinos. 

Pero nada había ahí de nuevo o de inquietante, en lo que 
respecta a Rosas, porque los hombres y los partidos de 
aquende y de allende el Plata estaban acostumbrados a con- 
fundirse y vi\ían en guerra más o menos abierta desde los 
sucesos que siguieron a la muerte de Borrego; y cu lo que 
respecta a la guarnición de Montevideo, porque la, más im- 
portante de las legiones, la francesa, vivía en pugna con su 
Gobierno cuyos mandatos había desacatado. 

Lo nuevo, lo inquietante surgía recién al hacerse europea la 
contienda. Dos naciones fuertes .«-e ponían del lado del go- 
. bienio de .Montevideo con un programa que podía ser desin- 
teresado, pero que también podía ser de conquista o de ab- 
sorción de territorios anarquizados. Y era ante el temor de 
esa conquista o de esa pérdida de la nacionalidad, que la fic- 
ción de la presidencia legal de Oribe y de la Legislatura de 
183S, agrupaba elementos y prestigiaba la causa del campo 
sitiador. 

¿ Qué raro es que así pensaran muchos de los prohombres, 
uruguayos, cuando el general San Martín, que vivía en Fran- 
cia, lejos del teatro de los sucesos, había ya decretado a Rosas 
el más grande de los homenajes a que un gobernante argen- 
tino podía aspirar, precisamente por su actitud contra las 
potencias europeas ? 

En enero de 1844, creyendo próximo su fin, resolvió San 
Martín otorgar testamento y en ese documento escribió la cláu- 
sula que sigue : 

''El sable que me ha acompañado en la guerra de la Inde- 
pendencia de la América del Sur le será entregado al general 
de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, coma 
una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido 



LA DEI'EXSA DE MOXTEVIDKO 2í 5 

al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República 
contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tra- 
taban de humillarla". 

La Legislatura restaurada ratifica la dictadura de Oribe. 

Pero el ambiente en el campo sitiador no era propicio a 
la vida institucional y el resurgimiento parlamentario fracasó 
después de unas breves sesiones inspiradas en el propósito ex- 
clusivo de regularizar la dictadura de Oribe. 

Empezó la Legislatura restaurada por desconocer al go- 
bierno de la Defensa. 

"Dondequiera que se halle reunida la 3.* Legislatura cons- 
titucional de la República y los otros poderes constitucionales, 
— dijo — allí están representados la Nación Oriental y su legí- 
timo gobierno. En la plaza de Montevideo sometida a las armas 
extranjeras no existe ningún gobierno erigido por la libre y 
espontánea voluntad del pueblo oriental". 

Luego de aprobar la entrada de las tropas argentinas al 
territorio oriental y de conceder a Oribe el título de "gran 
ciudadano", que el agraciado no quiso aceptar invocando sils 
principios republicanos, sancionó las declaraciones fundamen- 
tales que subsiguen : 

"Se reconoce como excepcional el tiempo transcurrido desde 
el descenso violento del Presidente de la República brigadier 
general don ^Manuel Oribe. 

"Se aprueban todos los actos y disposiciones que con el 
carácter de jefe supremo del Estado ha ejercido y expedido 
hasta hoy. 

"Continuará para la salvación de la República investido de 
todo el lleno de las facultades extraordinarias que ha ejer- 
cido hasta aquí mientras no se consolide completamente su 
independencia y su tranquilidad interior". 

l'ronunciada esta última declaración, copia .servil de la que 
diez años antes había sancionado la Sala de Buenos Aires a 
favor de Rosas, la Legislatura pidió a Oribe la clausura de 
sus sesiones y dirigió un manifiesto al país. 

La guerra tocaba ya a su fin, — decía en el manifiesto, — 
cuando los gobiernos europeos pusieron sus soldados y ca- 
ñones al servicio de la guarnición de Montevideo. "La cues- 
tión primitiva de legalidad ha degenerado en una verdadera 



296 HISTORIA DEL URUGUAY 



cuestión de independencia : la Francia y la Inglaterra entran 
en ella por la parte contraria como beligerante principal, por 
intereses suyos y con una dirección puramente suya". Esos 
países se han apoderado de la escuadra argentina que está 
en el puerto de Montevideo, han desembarcado tropas en la 
plaza sitiada, han ocupado la ciudad de la Colonia y la isla 
de Martín García, han saqueado y bombardeado puertos y 
puntos de la costa. "Atacados bárbara e injustamente por la 
Francia e Inglaterra, lucharemos hasta el último extremo; y 
antes que ceder a las tiránicas pretensiones que en su nombre 
mueven sus agentes, nos sepultaremos todos con nuestra patria 
en una vasta ruina". 

Las sesiones quedaron clausuradas a principios de diciem- 
bre de 18-1:5, cuatro meses después de su apertura, y la Asam- 
blea sólo volvió a dar señales de vida a fines de 1846, con 
motivo de un decreto que había expedido Oribe poniendo en 
posesión del Poder Ejecutivo al Presidente del Senado en vir- 
tud de haber resuelto salir a campaña. 

Luego de publicado el decreto de transmisión del mando, 
debió arrepentirse Oribe, y no deseando derogarlo por sí mismo, 
recurrió a la Legislatura para cpie declarara, como declaró, 
que el Presidente no podía delegar sus funciones ni abandonar 
su puesto en el Cerrito. 

El señor Dañobeytia, uno de los miembros de la Legisla- 
tura, fué el encargado de explicar las razones determinanten 
de esa declaración. 

Por ley de noviembre del año anterior — dijo — fueron con- 
cedidas a Oribe "facultades omnímodas que lo revisten con la 
suma del poder público". Pero sólo por tratarse de la persona 
de Oribe. Son muy raros bajo el régimen representativo estos 
casos en cpie un cuerpo político enajena su soberanía. "En 
cada siglo quizá una sola vez". Y eso porque "cada siglo sólo 
una vez hace aparecer hombres tan magnánimos y patriotas 
como el general don Manuel Oribe". 



Oribe era partidario de la dictadura. 

A fines de 1846 empezó a debatirse por la prensa la vieja 
y ardorosa cuestión de la presidencia legal de Oribe. Contes- 
tando a los diarios de ^lontevideo, decía "El Defensor": 

"Cualquiera que los oiga sin estar en antecedentes se figu- 



LA DEFKXSA DE MONTEVIDKO 297 



rdi'á que la cuestión aetual versa exclusivamente sobre la 
presidencia del excnio. general Oribe, y que no nos propone- 
mos otra cosa los orientales que perpetuar en su puesto a 
la cabeza de la República a ese ilustre ciudadano... Esas in- 
sinuaciones son las que hemos llamado torpísimas y muy ma- 
liciosas. El excmo. Presidente de la República no sostiene 
ahora, ni ha sostenido nunca, nada que le sea personal: sos- 
tiene únicamente la libertad y la independencia de la patria, 
dirigiendo el pronunciamiento unánime del pueblo oriental. 
No sólo ha declarado al aceptar las bases, que estaría por el 
resultado de una ]iueva elección constitucional, cualquiera 
que ella fuera, sino ciue conformándose a las disposiciones 
de nuestra ley fundamental que prohibe la reelección inme- 
diata del Presidente, ni siquiera figurará en la próxima elec- 
ción". 

Algunos días después se ocupaba ''El Comercio del Plata" 
de la impresión causada en el campo sitiador por el editorial 
que acabamos de transcribir. "Esto — decía — parece que se 
le indigestó a Oribe", y que de resultas de ello el redactor 
de "El Defensor", "se vio esa noche insultado y amenazado 
por la Sociedad Popular que también hay en el Cerrito". 

Xo se trataba de una invención de la prensa de ^Nlontevi- 
deo. La mazorcada se había producido efectivamente, como 
largos años después se encargó de atestiguarlo doña Joaquina 
Vásquez de Acevedo, en los apuntes biográficos de su esposo 
el doctor Eduardo Acevedo, redactor de "El Defensor" en 
ese año y uno de los ciudadanos que llegó al campo sitiador 
y se incorporó a Oribe a raíz de la violenta intervención de 
la Inglaterra y de la Francia en la cuestión del Plata, cuando 
se temía que de esa intervención armada pudiera resultar la 
ílesaparición de la "nacionalidad oriental. 

Reproducimos esa escena de los apuntes biográficos : 

"En aquel entonces Acevedo redactaba "El Defens(«r de 
las Leyes" y so.stenía una polémica con Florencio Várela, 
redactor de' "El Comercio del Plata" de Montevideo sobre 
la manera cómo se harían las elecciones una vez terminada 
la guerra. Acevedo decía en un artículo que don Manu-^l 
Oribe no sería nombrado Presidente y que ni siquiera figu- 
raría como candidato. Ese artículo, del que se tuvo noticia 
en el cuartel general ant^s de salir, causó gran impresión. 
Algunas personas estuvieron a pedirle a Acevedo que reti- 
rase el artículo, pero él no accedió diciéndoles que él pen- 



2f).S HISTORIA DEL TRUGUAY 



saba así y que nunca escribía sino con sus ideas. Ese día 
estaba, todo conmovido, parecía un día de revolución, reinaba 
gran agitación. Acevedo vivía en una casita del Paso de las 
Duranas, mal construida, con malísimos herrajes y sin nin- 
guna seguridad. Esa noche, que era la noche del 11 de octu- 
bre de 1846, se encontraba Acevedo como de costumbre 
leyendo a su esposa ante una débil luz. La lectura versaba 
sobre un fragmento de Víctor Hugo titulado "El último día 
de un condenado a muerte". La lectura era triste y parecía 
predisponer los ánimos para las amargas horas que se iban 
a pasar. De pronto se sintió un estremecimiento, como uu 
temblor de tierra y en seguida se vio llegar un escuadrón 
de caballería y formar alrededor de la casa; la fuerza pare- 
cía de línea y compuesta de oficiales a juzgar por la profu- 
sión de plata con que estaban adornados los caballos; y for- 
mando como a sesenta metros de la casa empezaron a gritar ; 
¡Muera el salvaje unitario Acevedo! Muera el red-actor de "El 
Defensor"! Era una lindísima noche de primavera; la luna 
iluminaba la tierra como si fuera el propio día: podían dis- 
tinguirse los objetos más distantes. En esa posición perma- 
necieron los oficiales gritando siempre, pero sin que nadie 
se acercara a la casa ; en seguida tocaron retirada x se ale- 
jaron del mismo modo que habían venido. Acevedo perma- 
neció todo ese tiempo de pie en la puerta con una pistola 
en cada mano. "Tranquilícense, dijo a su familia: cuando 
estos miserables no me han muerto, es porque no tienen or- 
den de hacerlo," 

Oribe era un devoto de Rosas y de su dictadura, desde Va. 
época de su presidencia en 1885, valga el testimonio de imo 
de sus propios Ministros. Véase efectivamente lo que escri- 
bía "El Comercio del Plata" a raíz del fallecimiento de 
don Francisco Joaquín Muñoz: 

Cuando la influencia de Rosas empezaba a ganarse al 
Presidente Oribe, ocupaba uno de los Ministerios don Fran- 
cisco Joaquín Muñoz. La divergencia de opiniones acerca 
de Rosas producía frecuentes debates. Un día le dijo Oribe ; 
"Desengáñese usted: el sistema de Rosas es el mejor modo 
de gobernar a estos países". A lo que contestó ]\Iuñoz: "Diga 
usted, señor Presidente, que es el más cómodo ; pero que 
con él se sale por la ventana y se causa al país inmensos 
males". 

Esa devoción por Rosas y por su sistema político inspiró 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 299 

más de im documento sensacional durante el sitio de Mon- 
tevideo. 

La orden general expedida por el Estado Mayor del Ce- 
rrito a fines de marzo de 18-45, horas después de la batalla 
de India Muerta, terminaba con estas palabras: 

"Elevad dobles agradecimientos al Eterno porque os pre- 
senta este grande acontecimiento la víspera del fausto día 
en que vio la luz primera el eminente americano brigadier 
general don Juan Manuel de Rosas, Gobernador y Capitán 
General, cuj-o brazo fuerte y enérgica resolución han depa- 
rado los triunfos del valiente ejército de la Confederación 
Argentina en todos los puntos que ha pisado." 

En abril del mismo año el Estado Mayor del ejército de 
Oribe volvía a publicar una orden general con el lema ' ' ¡ Viva 
la Confederación Argentina ! ¡ ^Mueran los salvajes unita- 
rios!", denunciador de su sumisión a Rosas, decretando em- 
banderamientos, dianas y salvas de 21 cañonazos por el acon- 
tecimiento que indicaba en la forma que sigue : 

"Soldados: mañana es el décimo aniversario de la patrió- 
tica y acertada determinación por la cual la Honorable Junta 
de Representantes de la Provincia de Buenos Aires depositó 
con el gobierno de ésta la suma del poder público en la per- 
sona del eminente americano ciudadano ilustre brigadier ge- 
neral don Juan Manuel de Rosas." 

Rosas, lejos de retribuir estos enormes agasajos, no perdía 
oportunidad de deprimir a su admirador. 

En 1849 resolvió Oribe regalarle una espada de honor 
"que por lo esmerado del trabajo y su valor correspondiera 
en cuanto fuera posible al objeto a que se le destina", decía 
el decreto. La espada fué enviada en julio y Rosas la de- 
volvió dos meses después con esta nota : 

"Desearía aceptarla; mas un deber de justicia hacia usted 
y su heroica patria, una adhesión irrevocable a los principios 
constantes de mi vida pública y un miramiento debido a obje- 
tos de honra y de interés para la Confederación, me impulsan^ 
decididamente a rogar a usted se digne conservar en sus 
manos, en nombre de la Confederación Argentina y en el 
mío, esa valiosa espada, como un homenaje amistoso y fra- 
ternal a los hechos gloriosos y esclarecidos con que usted, 
dirigiendo a sus valientes compatriotas, ha ilustrado la gue- 
rra de justa alianza y defensa común de la independencia y 
derechos de una y otra Repúblicas contra la intervención 
anglo - francesa y los salvajes unitarios." 



300 HISTORIA DEL URUGUAY 



La espada así devuelta fué destinada por Oribe al ]\Iuseo 
Nacional. 

La vida cívica en uno y otro campos. 

Es saltante, como se ve, el contraste entre el régimen que 
presidía don Joaquín Suárez dentro de los muros de la ciu- 
dad sitiada, y el régimen que presidía don ]\Ianuel Oribe en 
el campo sitiador. 

En la plaza de Montevideo, donde más excusables podían 
ser el régimen dictatorial y la supresión de las garantías 
individuales, era precisamente donde menos repercusión tenía 
el estado de sitio. La Legislatura elegida en la víspera de la 
invasión de Oribe, prosiguió tranquilamente hasta el día 
luismo de la expiración del plazo constitucional de su mandato, 
y cuando el mandato hubo caducado, el ciudadano que estaba 
al frente del gobierno, lejos de erigirse en dictador, instituyó 
una Asamblea de Notables con las mismas facultades y la 
misma independencia que la Constitución atribuía a las Le- 
gislaturas elegidas por el pueblo. 

Como consecuencia de esa vida de libertad y de garantías, 
el partido de la Defensa podía fraccionarse y se fraccionaba 
frecuentemente en grupos antagónicos que hacían revolucio- 
nes formidables bajo el fuego mismo de los cañones de la 
línea sitiadora. 

Hubo paréntesis, sin duda alguna, en que las facultades 
extraordinarias se abrieron camino a despecho de todas las 
medidas adoptadas para evitar la dictadura; pero paréntesis 
cortos e invariablemente seguidos de acatamiento a la Asam- 
blea que, real o ficticiamente, representaba al pueblo en el 
curso de la larga lucha. 

Hasta las elecciones de Alcalde Ordinario y Defensor de 
IMenores siguieron haciéndose durante casi todo el transcurso 
del sitio, con escasos votantes es cierto, pero con votantes al 
fin, que contribuían a mantener el carácter popular de los 
magistrados judiciales subalternos. Con escasos votantes, he- 
mos dicho, y así resulta efectivamente de las informaciones 
de la prensa que batía palmas en enero de 1847 ante la lista 
triunfante que había obtenido cerca de 150 votos contra vein- 
titantos en los años anteriores! 

Denti' ) de la iimnlia zona del ejército sitiador se vivía en 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 301 



cambio ]M.'nn;!nciiíenuiüe bajo el régimen del estado de sitio. 
Todo lo absorbía el *• Presidente Legal", y cuando ose Pre- 
sidente legal, después de dos años de dictadura, creyó nece- 
sario rodearse de un aparato constitucional y restauró con tal 
objeto la Legislatura disuelta por Rivera en 1838, la propia 
Legislatura resolvió suicidarse y confinnar a Oribe en el ejer- 
cicio de la dictadura que ya ejercía por obra de su propia 
voluntad. Lejos de haber fracciones antagónicas en plena lu- 
cha, como las había en la ciudad sitiada, todo vivía sometido 
en el campo sitiador al capricho de un solo hombre, que a su 
turno estaba sometido a otro hombre, Rosas, que era el ver- 
dadero arbitro de los destinos de la campaña. 

Tales son las dos fojas de la Guerra Grande: foja de institu- 
ciones, de libertad, de luchas constantes dentro del partido 
de la Defensa ; foja de dictadura, de sometimiento, de supre- 
sión absoluta de la vida política dentro del campo sitiador. 
El himno nacional fué completado en pleno sitio, dentro 
de los muros de 3Iontevideo. Su letra, obra de don Francisco 
Acuña de Figueroa, estaba adoptada desde 1833. Pero su 
música, obra de don Femando Quijano, fué compuesta en 
1847, declarada oficial a mediados del año siguiente y can- 
tada desde entonces en todas las festividades cívicas de la 
plaza. 

Vale la pena de agregar que del laboratorio cívico de la De- 
fensa salió otro himno, destinado a un país hermano, el Para- 
guay, cuando por efecto de la intervención franco - inglesa, 
quedó franqueada la navegación del Paraná y roto el aisla- 
miento económico en que vivía aquel país, y que ese himno, 
obra también de nuestro gran poeta Figueroa, fué entregado 
por su autor a fines de 1846 a los delegados paraguayos seño- 
res Jovellanos y González. 



CAPITULO XI 
El iiiovímieuto eeouóiiiíco 



La población de Montevideo. 

Un texto de geografía del Uruguay publicado por don José 
Cátala en 1840, fijaba la población de la ciudad de Montevi- 
deo y sus suburbios en 40,000 almas y la de toda la República 
en 200,000. 

Tres años después, en octubre de 1843, cuando el sitio de 
Montevideo tenía ya ocho meses de existencia, se levantó un 
padrón de la población, del que resultó un monto dentro de 
las trincheras de 31,189 habitantes. Los sexos, según ese pa- 
drón, estaban bastante equilibrados tratándose de una i)laza 
de guerra: 16,603 varones, 14,347 mujeres, y 239 planillas en 
que se había omitido la especificación del sexo. Por naciona- 
lidades, distribuíanse así los habitantes censados: 

Uruguayos 11,431 

Franceses 5,324 

Italianos 4,20.5 

Españoles 3,406 

Argentinos 2,553 

Africanos 1,344 

Portugueses.' 659 

Ingleses 606 

Brasileños 492 

Diversos 1.169 

Había disminuido fuertemente la cifra con relación a la 
fijada por el señor Cátala en 1840 sobre la base de todos 
los datos estadísticos de la época. No se trataba, ciertamente, 
de una baja gradual en el curso de los tres años transcu- 
rridos. Al contrario: el número de habitantes de Montevideo 
siguió creciendo de una manera vigorosa en 1841 y 1842 por 
efecto del incesante arribo de inmigrantes europeos. Pero al 
producirse la invasión de Oribe, y sobre todo al establecerse 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 303 

el sitio, empezó iiua emigración considerable con rumbo al 
Brasil, a Buenos Aires y al campo sitiador, bajo la presión 
de factores bien distintos, entre los que descollaban los anta- 
gonismos de partido, el peligro del bombardeo y del asalto, 
las estreolieces de la vida y la falta de trabajo, la falta de 
trabajo especialmente, de que da idea este aviso que repro- 
ducimos de "El Constitucional" de marzo de 18-13: 

" ¡Sirvientes sin suélelo. Colonos recién llegados de ambos 
sexos, se pueden obtener en casa de don Patricio Vázquez." 



Aumenta la emigración. 

Esa emigración ya notable en octubre de 1843, continuó 
acentuándose en el transcurso del sitio. Los no combatientes 
estaban expuestos a morirse de hambre y se iban a monto- 
nes. En una sola gestión correspondiente a noviembre de 
1843, posterior al levantamiento del padrón, solicitó el Con- 
sulado de Francia pasaportes gratis para trescientos de sus 
connacionales que iban allende el Plata en busca de trabajo. 

En 1846 trataron las autoridades de imo y otro campos 
de fijar el número de los habitantes pasados. Los registros 
del campo sitiador anotaban 2,050 hombres procedentes de la 
plaza. Pero la Comandancia de Armas de Montevideo sos- 
tuvo que en esa cifra estaban englobados los que habían obte- 
nido pasaporte para Buenos Aires. La misma Comandancia 
publicó la lista nominal de los pasados del campo sitiador 
que arrojaba 6 oficiales y 305 soldados. Con el propósito sin 
duda de evitar observaciones, las autoridades del Cerrito 
publicaron más tarde una relación nominal, día por día, de 
los pasados de la plaza que arrojaba la cifra de 1,158 desde 
enero de 1845 hasta septiembre de 1849. 

Al producirse la intervención franco - inglesa volvió la ciu- 
dad de Montevideo a recobrar su anterior actividad por efecto 
del bloqueo de los puertos argentinos que concentraba en ella 
todo el movimiento comercial del Río de la Plata. En un 
solo mes del año 1845 llegó a anotarse una entrada de cerca 
de dos mil pasajeros de Buenos Aires! 

Dando cuenta de la extraordinaria transformación ope- 
rada, decía editorialmente "El Nacional": 

La masa principal de la población no trabajaba antes por- 
que no tenía en qué ocuparse. Todos eran consumidores; los 



3U4 HISTORIA DEL VRCGCAY 



locales estaban cerrados; las calles estaban desiertas. Pero 
ahora el comercio reanuda su actividad; los locales cerrados 
Aiielven a abrirse; las calles están llenas de gente; se levan- 
tan nuevos edificios. Lo contrario de lo que ocurre en Buenos 
j^ires — concluía el mencionado diario — donde el comercia) 
languidece y las mercaderías suben de precio. 

Desde mediados de 18-17 en qne la Inglaterra resolvió se- 
pararse de la intervención, comenzó a operarse un movimiento 
inverso que remató en desastre al año siguiente, al quedar 
sin efecto el bloqueo de las costas argentinas por la escuadra 
francesa. 

Señalando los efectos de la crisis, escribía el Ministro He- 
rrera y Obes al doctor Lamas en marzo de 1848 : 

"Hemos vuelto a los afligidísimos días en que a las ocho 
de la noche aún no había qué dar de comer a la guarnición." 

A fines del mismo año escribía el doctor Herrera al pleni- 
potenciario en Francia doctor Ellauri : 

"En Buenos Aires todo sigue el curso impreso por los 
acontecimientos y de que tanto partido Rosas ha sabido sacar. 
Los capitales y la población han afluido allí con tanta abun- 
dancia como era de esperarse . . . Según datos muy seguros, 
la aduana ha producido el mes pasado 600.000 duros." 

Y algunos meses después, a mediados de 1819, trazaba así 
el Ministro de la Defensa al doctor Lamas el cuadro de la 
plaza de ]\Ionte^^deo : 

'"Todo el mundo se va a Buenos Aires; todos los estable- 
cimientos se cierran; todos los capitales emigran o se escon- 
den; y lo que es peor, la plaza se encuentra falta de ren- 
glones alimenticios. Esto dará a usted una idea de cómo 
estaremos de afligidos y exasperados. Todos piden, y como 
no hay qué dar, se enojan, porciue nadie se pone a la altura 
de la situación." 

La población francesa del Uruguay, calculada en 16.000 
almas en la víspera de la invasión de Oribe, quedó reducida 
a la mitad de esa cifra seis años después según un cómputo 
del almirante Le Predour que la Comisión de Créditos de 
la Asamblea Nacional de Francia reprodujo en diciembre de 
3849. De los datos del almirante resultaba que la plaza de 
Montevideo sólo contaba ya con 4.000 ; con una cantidad igual 
los departamentos de campaña ; y que en cambio el número 
de los residentes franceses en Buenos Aires había subido a 
8.000. 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 305 

Ese movimiento migratorio que enriquecía a Buenos Aires 
a expensas de ^Montevideo, continuó acentuándose en los años 
subsiguientes. Todas las informaciones de la prensa correspon- 
dientes a los años 1850 y 1851 demuestran que el estado eco- 
nómico de la plaza sitiada empujaba incesantemente a lo^ 
colonos franceses a trasladarse a Buenos Aires en busca de 
trabajo. 

Fué necesario el levantamiento del sitio para que una parte 
de los que habían ido en busca de trabajo o de mayores como- 
didades regresaran a sus hogares. En los dos meses corridos 
desde principios de octubre hasta fines de noviembre de 1851, 
desembarcaron en Montevideo con procedencia de Buenos 
Aires 2,044 pasajeros según la estadística siempre verídica 
de "El Comercio del Plata". 



Abolición de la esclavitud. 

Ya hemos dicho que a principios de 1843, ante el avance del 
ejército de Oribe, los esclavos fueron libertados, destinándose 
los hombres a los batallones de línea y quedando los menores 
y las mujeres en calidad de pupilos a cargo de sus antiguos 
amos. "Los soldados de color — decía en los comienzos del 
sitio el "Boletín del Ejército" — son dignos de la libertad 
que les ha concedido la República y la corresponden con entu- 
siasmo desplegando una valentía que les hace altamente acree- 
dores a la estimación pública". 

El general Paz se propuso completar la obra. Quería que ei 
heroísmo de los soldados sirviese para aliviar la triste condi- 
ción en que habían quedado las mujeres y los hijos, libres 
también en principio, pero condenados a vivir bajo un pujii- 
laje que era la ratificación plena de la vieja esclavitud. Pocas 
semanas después se dirigía efectivamente al Ministerio de la 
Guerra para significarle que el comportamiento de los escla- 
vos emancipados continuaba siendo "digno del mayor elogio" 
y que por lo tanto creía que había llegado el caso de que se 
declarara la libertad absoluta de ambos sexos. 

No tuvo eco esa hermosa gestión, y como consecuencia de 
ello la esclavitud de las mujeres y de los niños prosiguió 
todavía durante algunos años. 

En enero de 1844 publicaba uno de los diarios de Monto- 
video este aviso revelador de la .subsistencia del lazo que se 



306 HISTORIA DEL TTBUGUAY 



había pretendido cortar: '"Se traspasa el patronato de una 
morena que costó 200 patacones, por 60. El que se interese 
en ello ocurra a esta imprenta, que hallará con quien tratar". 

Dos años después otro de los diarios de la plaza denun- 
ciaba editorialmeute la reanudación del tráfico de esclavos 
sobre la base de negros de corta edad embarcados clandesti- 
namente en Montevideo y vendidos en el Brasil. El Cónsul 
Oriental en Río de Janeiro se encargó de probar a principios 
de 18-16 que esas denuncias eran ciertas, gestionando la liber- 
tad de tres mujeres enviadas por el comercio de Montevideo 
para su venta en el Brasil. 

La ley de emancipación de 18-13 quedó circunscripta a la 
zona de territorio ocupada por el gobierno de la Defensa 
hasta octubre de 18-16, en que la Legislatura de Oribe de- 
claró a su turno abolida la esclavitud y a cargo de la Nación 
el valor de los esclavos li])erados. 



Medidas encaminadas a suavizar las miserias de la pobla- 
ción. 

Desde los primeros momentos del asedio adoptó el go- 
bierno de la Defensa diversas medidas tendientes a evitar el 
encarecimiento de las subsistencias y la miseria extrema de 
la población. 

Fueron creadas entonces y más adelante, entre otras gran- 
des Comisiones, una llamada de Inspección de Víveres, otra 
de Subsistencias y otra de Compra y suministro de raciones. 

El mensaje de apertura de las sesiones ordinarias de la 
Asamblea correspondiente a febrero de 184-1, establecía que 
aparte de las raciones distribuidas a los soldados de la guar- 
nición y sus familias, la Comisaría de Guerra atendía 2,800 
personas con raciones, ropas y alojamiento. 

Muchos de los socorridos procedían de la eampaiía. Según 
un aviso publicado por el ^Ministerio de la Guerra a fines de 
1843, los indigentes de los departamentos que habían corrido 
a la plaza en busca de refugio, llegaban a 3.150. 

Una de las Comisiones creadas por el gobierno de la De- 
fensa estaba encargada de preseutar semanalmente una ta- 
rifa de precios corrientes, un cálculo de las subsistencias y 
otro cálculo de los consumos. Los decretos respectivos impo- 
nían a los ocultadores de víveres penas que variaban desde 



LA DEfEXSA DE MONTEVIDEO 307 

la multa hasta la expulsión; pi-ohibían la exportación; pro- 
liibían la venta al por mayor sin venia de la Comisión; y 
eoncerlian franquicias a los introductores encaminadas a evi- 
tar que los víveres fueran a mano de especuladores inter- 
mediarios. 

La miseria emanada de la falta de trabajo fué agravada 
más de una vez por las intemperancias políticas. A mediados 
de 1843 el ejército sitiador expulsó a un grupo de familias 
vinculadas a los defensores de la plaza, y esta medida que 
fué contestada en el acto con represalias, aumentó el número 
de las personas que era necesario amparar. La Jefatura Po- 
lítica distribuyó esas familias entre los vecinos pudientes de 
la plaza, mediante una circular en que decía: 

''Ejercitemos nuestros sentimientos nacionales, abriendo los 
brazos a la desgracia : fortifiquemos con estos hechos nues- 
tras costumbres, que ésta también es victoria para la patria, 
victoria sobre Rosas... El Jefe Político sabe que todos sus 
conciudadanos desean asociarse al alivio y consuelo de estas 
familias y tiene el honor de anunciar a usted que ha des- 
tinado a su casa a la señora... seguro de que el techo de la 
casa de usted será para ella generosamente hospitalario." 

La población solía anticiparse a estas medidas coercitivas 
de la Policía, imitando al poeta Hilario Ascasubi, que en la 
víspera de la invasión de Oribe, cuando Rosas hacía sentir 
sus furores con mayor intensidad, publicada en la prensa de 
Montevideo un aviso "A los argentinos desgraciados", en que 
decía : 

"A aquellos más desvalidos, que emigraren en lo sucesivo 
perseguidos por el tirano de Buenos Aires, y también a aque- 
llos que hoy se hallan en esta ciudad en igual caso, se les 
ofrece de comer gratis aunque pobremente, pero con la ma- 
yor voluntad y mientras hallen dónde refugiarse, por lo que 
Ijueden ocurrir con franqueza a casa del que firma." 

Xo se habían acentuado los rigores del sitio. Había todavía 
cierta holgura en el hogar de los emigrados y estaban éstos 
exentos del tributo del trabajo casero a que tuvieron que 
recurrir más tarde, valga este significativo y honroso aviso de 
uno de los proceres de la emigración, que reproducimos de 
"El Comercio del Plata" de 1849: 

"En casa del general La Madrid, calle del Cerrito, N." 23, 
se vende dulce de naranja y de zapallo bien trabajado, a 12 
vintenes la libra." 



303 HISTORIA DEL URUGUAY 



Ni los empleados públicos, ni las familias procedentes de 
campaña, podían pagar el alquiler de las casas que ocupaban, 
requisadas, según antes hemos dicho, a raíz de la emigra- 
ción de sus dueños. Una ley de fines de 1847 trató de re- 
gularizar esa situación extraordinaria, declarando a cargo del 
Tesoro público, con calidad de reembolso una vez que se 
a])onHran los sueldos respectivos, los alquileres de fincas ocu- 
padas por empleados civiles y militares, emigrados de cam- 
paña y deudos de individuos muertos en servicio público 
desde la iniciación del sitio en adelante. Tratábase simple- 
mente del reconocimiento de una deuda y no de su pago 
inmediato, para lo que faltaban recursos. 

Esa misma falta de recursos obligaba a las autoridades a 
estimular donativos que a veces repercutían en el extranjero. 
A fines de 1844 el Ministerio de la Guerra comisionó a don 
Julián Paz para realizar una colecta entre los emigrados resi- 
dentes en la isla de Santa Catalina, y como consecuencia de 
esa iniciativa llegaron a Montevideo algunos centenares de 
sacos de fariña, arroz y tabaco. 



Era peor la situación de las familias que siguieron al ejér- 
cito de Rivera. 

En mayo de 1843 escribían de la costa del Pedernal a ''El, 
Constitucional" : 

"'Del otro lado del Yi tenemos un mundo de familias, por- 
que todas las poblaciones han corrido en busca de la protec- 
ción de nuestras armas. Según el padrón que ha formado el 
benemérito padre Vidal están reunidas allí diez mil almas." 

Toda esa población emigró al Brasil como consecuencia de 
la destrucción del ejército de Rivera en India ]\Iuerta, y allí 
sufrió enormes penalidades. El gobierno de la Defensa pidió 
en agosto de 1845 autorización para enviar algunos recursos 
por intermedio del diputado don Mateo García de Zúñiga. 
La Cámara se apresuró a votar una partida de 20,000 pesos 
con destino a esa masa de emigrados, compuesta, según dijo 
uno de los oradores "de más de diez mil individuos de lo 
más escogido y benemérito de nuestra población de la cam- 
paña." 

De otra emigración igualmente dolorosa fué teatro el lito- 
ral uruguayo a raíz de los desastres de Rivera en Paysandú 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 



309 



y ^Mercedes en 1847. Las familias que habían buscado la pro- 
tección del ejército se corrieron a la costa y allí se disper- 
saron algunas y otras fueron embarcadas con destino a la 
isla de .Martín García donde la miseria era espantosa. 

Algunos precios corrientes. 

A mediados de 1845 regían en Montevideo los siguientes 
precios corrientes reveladores del estado de completa norma- 
lidad del mercado a despecho del sitio: 



Pesos 



Reales 



Aceite en cascos, arroba 

Azúcar blmiea » ... 

» rubia » ... 

» refinada • ... 

» blanca de la Habana, arroba 

Aguardiente, pipa 

Arroz de la Carolina, arroba . 

Café del Brasil, quintal 

Carbón de piedra, tonelada 
Carne, en salmuera, quintal 

Harina, barrica . 

Porotos del Brasil, arroba .... 
Yerba misionera » .... 

» paraguaya » . • . . 



5 


4 


2 


6 


1 


5 


3 


V. 


3 




160 


— 


1 


5 


10 


— 


16 


— 


17 


— 


11 


— 


1 


4 


3 


— 


7 


— 



El ganado, en cambio, solía cotizarse a precios de crisis. 
Así en octubre ao 1844, el Ministerio de la Guerra sacó a 
r-.-niate 32 animales vacunos y 10 animales mulares extraídos 
de la zona del ejército sitiador en una de la salidas de las 
f iier/as de la plaza. Pues bien : los animales vacunos obtu- 
viere! i 70 pesos, cun excepción de las vacas lecheras que al- 
canzaron de 160 a 180 pesos cada una. Las muías fueron 
vendidas a 25 pesos. El remate produjo 2,700 pesos y su 
importe fué invertido en 2,000 pares de zapatos y en gastos 
de hospital. 



Las comunicaciones entre la plaza y la campaña. 

Estaba lejos de ser rigurosa la incomunicación entre la 
plaza sitiada y la zona ocupada por el ejército sitiador. Pres- 



310 HISTORIA DEL TJKUGUAT 



cindiendo de los días de armisticio en que las poblaciones de 
uno y otro lado se confundían y fraternizaban, rara era la 
época en que el que deseaba entrar o salir no pudiera hacerlo 
libremente o con permiso especial. 

Hasta diciembre de 1844 era tolerada la entrada y salida 
de comerciantes "para no agravar los trastornos del asedio", 
decía el gobierno de la Defensa en un decreto de aquella fecha. 
A causa de los abusos cometidos tuvo el Gobierno que reaccio- 
nar contra esa liberalidad; pero al hacerlo, lejos de mostrarse 
radical se limitó a establecer que los comerciantes que salieran 
por tierra con rumbo al campo sitiador sólo podrían regresar 
en casos graves que el Gobierno se reservaba estudiar. 

En marzo de 1847 llegaron a la plaza numerosas familias, 
unas por la vía terrestre y otras por la bahía, a proveerse de 
mercaderías. En un solo día contó "El Constitucional" hasta 
50 señoras que habían cruzado la línea con ese objeto. La 
Policía dictó una ordenanza haciendo cesar los permisos con- 
cedidos a las familias del campo sitiador y estableciendo que 
cada persona sólo podría regresar con un bulto o atado de 
mercaderías compradas en la plaza. Pero las visitas conti- 
nuaron, y en tal forma que a principios de 1848 "El Conser- 
vador", temiendo que las señoras pudieran ser utilizadas como 
instrumentos de comunicaciones políticas o militares, insi- 
nuaba la idea de prescribir que entre la entrada y la salida 
de la plaza mediara siempre un período amplio de cuatro 
meses. Creyó el gobierno de la Defensa que se imponían las 
medidas radicales y por un decreto de marzo del mismo año 
prohibió absolutamente toda comunicación con el campo si- 
tiador, bajo apercibimiento a los infractores de reputárseles 
reos del delito de alta traición. _ 

Nadie tomó a lo serio, sin embargo, las amenazas guberna- ■ 

tivas, según se encargó de comprobarlo seis meses después el 
Ministro de la Guerra coronel Batlle, mediante un oficio a 
la Capitanía del Puerto, en que decía que las comunicaciones •; 

proseguían a despecho de las prohibiciones dictadas y que en 
vista de ello se había resuelto ordenar la confiscación de las 
embarcaciones destinadas al tráfico de pasajeros desde los pun- 
tos de la costa de la bahía ocupados por las fuerzas sitiadoras 
hasta el muelle y asimismo de las mercaderías que condujeren. 

A fines de 1847 la xYsamblea de Notables intei'peló al Go- 
bierno por "la relajación completa, — decía la moción, — en 
que se hallaban las medidas dictadas por la autoridad para 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 311 

evitar el escandaloso tráfico y comunicaciones que se hace 
por nuestro propio puerto con el campo enemigo, frustrando 
hasta cierto punto el bloqueo de las costas". 

Y véase lo que contestó el Ministro a la Asamblea : 
"La franca comunicación entre la población exterior que 
está en el campo enemigo y la de esta plaza, es un hecho que 
la actual administración encontró establecido. Ella no se ha 
contraído a regíame )itarla, porque atenciones de otra prefe- 
rencia se lo han impedido. Lo dice así, porque su prohibición 
absoluta y medios de llevarla a efecto presenta objeciones j 
dificultades que hasta ahora han hecho fracasar todas las ten- 
tativas que se han ensayado. Un sitio de 55 meses que separa 
dos poblaciones pertenecientes a una misma familia y ligadas 
por tantos vínculos de afección e intereses, crea necesidades 
de que no puede desentenderse un gobierno liberal y que 
sufre con el sufrimiento de todos". 

En ese mismo año cruzó la línea y se vino a hospedar §n 
su casa de ^Montevideo, don Gregorio Lecocq, ex Ministro de 
Hacienda de Oribe y uno de los hombres salientes del campo 
sitiador. La Policía lo arrestó en el acto por infracción de la 
ordenanza que obligaba a todos los que entraban a la plaza a 
presentarse a la Jefatura. Pero un par de horas después Le- 
cocq volvió a su casa y allí vivió tranquilamente hasta que se 
marchó a Entre Ríos, donde sufrió otro arresto bajo la acu- 
sación de haber promovido un movimiento contra Rosas. Con- 
ducido luego a Buenos Aires fué fusilado por orden del 
dictador en los mismos momentos en c^ue Urquiza preparaba 
su cruzada contra Oribe. 



Progresos de Montevideo. 

Al finalizar el año 1850 publicó la prensa de Montevideo 
un resumen estadístico revelador de los progresos realizados 
a despecho de los ocho años de asedio transcurridos hasta 
entonces. 

La edificación había aumentado, prueba evidente de que 
los cañones no tomaban por blanco a la ciudad. De un pa- 
drón levantado en 1848 para la numeración, resultó que en 
la vieja ciadad había 16.945 puertas y ventanas bajas y que 
hasta ese momento habían sido edificados o reparados unos 
1,500 hogares, incluidos los cuartos con puerta a la calle. Agre- 



312 HISTORIA DEL UKUGUAT 



gando las edificaciones y reparaciones subsiguientes, excedían 
de dos mil las nuevas habitaciones. Entre los edificios cons- 
truidos figuraban un teatro y el templo protestante. 

El movimiento demográfico de la población durante los 
años de asedio ya transcurridos arrojaba 3,000 nacimientos y 
1,000 matrimonios. 

En las riberas de la playa habían sido construidos cuatro 
muelles de hierro y doscientas embarcaciones de pequeño to- 
nelaje. 

La población disponía de sesenta quintas para el cultivo 
de hortalizas que no existían en los comienzos del asedio y 
que se habían ido organizando progresivamente en terrenos 
ganados a las avanzadas del ejército sitiador. 

Estaban en plena actividad seis canteras, dos hornos de 
ladrillo, dos caleras, dos máquinas de aserrar grandes ma- 
deras, tres máquinas de hacer fideos y cuatro fábricas de 
sombreros. 

Existía una biblioteca pública con cinco mil voMmenes. 



La vida social durante el sitio. 

Pasados los primeros díks del sitio la población de Mon- 
tevideo recuperó su movimiento normal, persuadido todo el 
mundo de que ni Oribe asaltaría las trincheras, ni la plaza 
dejaría de recibir por la vía marítima los alimentos nece- 
sarios para su consumo. 

Funcionaban dos teatros: el del Comercio, instalado en la 
calle 1.° de Mayo, donde después se construyó el Teatro de 
San Felipe, y el Italiano en la calle Uruguay, actuando en el 
primero una "Sociedad Patriótica de Aficionados", con dra- 
mas y números líricos, y en el segundo otra compañía de 
aficionados con un repertorio de dramas, tragedias y funcio- 
nes líricas. 

De la absoluta tranquilidad del público instituye este pá- 
rrafo de una crónica de don Alejandro ]\Iagariños Cervantes 
describiendo una función teatral realizada a mediados de 
1843. es decir, a los cuatro meses de establecido el sitio: 

"La platea cubierta de un numeroso gentío, los palcos pu- 
lulando de bellísimas figuras, la cazuela coronada de una 
vistosa y elegante concurrencia y los corredores embarazados 
por la multitud que cruzaba en todas direcciones. Era un 



LA DEBEXSA DE MONTEVIDEO 313 

golpe de vista ma.Ernífioo; parecía que por encanto se había 
depositado allí lo más selecto que encierra ]Montevideo. " 

Pocas semanas después se llenaba otra vez el Teatro del 
Comercio para aplaudir a la compañía de aficionados que 
dirigía don Fernando Quijano. Luego de cantarse el himno 
triunfal de Caganeha, obra de don Francisco Acuña de Fi- 
gueroa, fué representada una pieza cómica titulada "¡Quién 
diría!", escrita por el propio Quijano, , alusiva al sitio, que 
el público aplaudió estrepitosamente y que, según decía Ri- 
vera Indarte en "El Nacional' V "no era indigna de figurar 
entre las más celebradas que habían producido los talentos 
dramáticos de Madrid para celebrar la ruina del partido 
Carlista y la exaltación del Liberal." 

Con el producto de las funciones teatrales eran atendidos 
los servicios de los hospitales de la ciudad en una forma 
que demuestra la notable anuencia de espectadores. En octu- 
bre de 1844 recogió en una sola función la "Sociedad Filan- 
trópica de Damas Orientales", 1,049 pesos por concepto de 
entradas y asientos, y en noviembre del mismo año la So- 
ciedad de Aficionados entregó al Ministerio de la Guerra por 
concepto de beneficios líquidos de dos funciones, 1,014 pesos. 

Hasta los bailes populares fueron reanudados una vez que 
el público se persuadió de que Oribe no venía con el propó- 
sito de asaltar la plaza. Y con tal entusiasmo y tal afluencia 
de bailarines, que en agosto de 1843 la Policía se vio obli- 
gada a reglamentar esos espectáculos que se difundían por 
toda la ciudad, mediante una ordenanza que prescribía que 
en adelante sólo podría bailarse en los días festivos desde 
las 2 de la tarde hasta las 8 de la noche. 

El aniversario de la batalla de Caganeha fué celebrado ese 
mismo año con embanderamiento, iluminación, salvas y pro- 
clamas patrióticas. 

Pero filé en 1844 que las manifestaciones patrióticas alcan- 
zaron su más alto desarrollo. El aniversario de ia Jura de la 
Constitución dio lugar a tres días de festejos con una parada 
militar en que hicieron acto de presencia 5,300 soldados, bailes 
públicos, iluminación, fuegos artificiales. La Policía conce- 
dió el libre uso del disfraz, formándose entonces una vein- 
tena de comparsas que recorrieron las calles y animaron el 
ambiente con sus bailes y canciones. El aniversario de la Revo- 
lución de ]\Iayo fué solemnizado con otros tres días de festejos 
en forma más brillante todavía. Al rayar el día concurrieron 

21 — m 



314 HISTORIA DEL URUGUAY 



a la plaza Constitución los niños de las escuelas públicas y 
privadas, acompañados por la banda de música de la "So- 
ciedad Amigos de la Libertad". Concluidos los cantos esco- 
lares, pronunciaron alocuciones patrióticas el general Pacheco 
y el doctor Andrés Lamas. Durante los tres días hubo con- 
ciertos populares por bandas de aficionados, iluminación, fun- 
ciones teatrales, rematando los festejos en forma inolvidable 
una gran ceremonia oficial que tuvo lugar en el Teatro del 
Comercio, con el doble fin de instalar el Instituto Histórico 
y Geográfico y realizar el acto final de un certamen poético 
al que habían concurrido varios de los eminentes literatos que 
vivían dentro de las murallas de ^Montevideo. 

Al instalar el Instituto Histórico y Geográfico, anunció su 
Presidente don Andrés Lamas que don Esteban Echeverría 
estaba escribiendo una obra sobre educación primaria cuya 
presentación señalaría el prímer paso encaminado a dar a las 
fiestas populares un fin de ilustración y de mejora moral. 
En seguida fueron leídas por don Francisco Acuña de Figue- 
roa, don José Kivera Indarte, don Luis Domínguez, don Bar- 
tolomé Mitre, don Esteban Echeverría, don José María Can- 
tilo y don Alejandro Magariños Cervantes las composiciones 
poéticas presentadas al certamen que había organizado la Po- 
licía a cargo del doctor Lamas. 

"En medio de estas fiestas, decía "El Nacional", se olvi- 
daron por algunas hcn-as los pesares del asedio, y después de 
ellas se sintieron los pechos más robustecidos en la fe de 
nuestro triunfo sobre Rosas y del gran porvenir de la demo- 
cracia americana". 

Las fiestas del año 1845 abrieron con un brillante Carnaval 
en que hubo juego libre, grandes mascaradas y numerosas ter- 
tulias, presentando en esa oportunidad Montevideo un aspecto 
bien distinto del que ofrecía Buenos Aires, donde Rosas, por 
decreto de febrero del año anterior había prohibido el juego y 
amenazado a los infractores con tres años de cárcel y trabajos 
públicos. El 4 de octubre, aniversario del canje de las rati- 
ficaciones de la Convención Preliminar de Paz de 1828, fué 
solemnizado con tres días de embanderamientos, cantos esco- 
lares, iluminaciones, fuegos artificiales, comparsas de más- 
caras y carreras de sortijas en la plaza Constitución. 

En 1846 hubo un espléndido baile dado por el Vicecónsul 
de España don Pedro Sáenz de Zumarán, el primero de la 
serie de los bailes de San Pedro que durante largos años 



LA DEFKSSA DIO MONTEVIDEO 315 

habrían de constituir el acontecimiento social más culminante 
del Río de la Plata ; y fué solemnizado el aniversario de la 
Jura de la Constitución con iluminaciones, embanderamientos, 
banquetes, tedeum, y un programa de arcos de triunfo en 
honor a las victorias de Rivera que el Gobierno presento a 
la Asamblea de Notables y que no alcanzó a realizarse ínte- 
gramente. 

A principios de 1847 la población española de Montevideo 
festejó el matrimonio de la reina de España con un banquete 
de trescientos cubiertos y un baile de ochocientas personas, 
cifras jamás alcanzadas hasta entonces en las fiestas sociales 
del Río de la Plata. El banquete y el baile tuvieron lugar 
en una casa de la Plaza Independencia, propiedad de don 
Genaro Rivas. 

En esos mismos momentos daba ^Montevideo otra elocuentí- 
sima prueba de la admirable animación de su ambiente con 
la apertura del Teatro San Felipe edificado por el señor 
Figueira. El nuevo teatro era digno de una reglamentación 
especial y la Policía se apresuró a dictarla, prohibiendo 
las funciones de aficionados y los beneficios; estableciendo que 
el teatro sólo podría abrir sus puertas con venia del censor 
y noticia de la Policía; y fijando los precios a razón de 12 
vintenes la entrada general, medio patacón las lunetas y tres 
patacones los palcos. 

En 1848, terminadas ya las obras de reparación del mue- 
lle que habían sido licitadas tres años antes a raíz del movi- 
miento comercial promovido por la intervención franco - in- 
glesa, se convirtió el muelle de la Aduana en un verdadero 
paseo público al que concurrían tarde a tarde las principales 
familias de Montevideo y un grupo de músicos aficionados. 

Al finalizar el año 1849 alguien lanzó la idea de realizar un 
gran baile mensual y el público estaba tan de acuerdo con ella 
que en el acto quedó instalada una sociedad de cien adhe- 
rentes que se obligaban a pagar veinticuatro patacones por 
semestre y a realizar un programa de acercamiento, de fo- 
mento de la cultura y de divulgación de hábitos civilizadores. 
El primer baile tuvo lugar el 31 de diciembre de ese mismo 
año, con una nutrida asistencia de 160 señoras y señoritas y 
un número bastante mayor de caballeros. Y desde ese mo- 
mento el baile measual no dejó de realizarse una sola vez. 

En 1850 trabajaba en el Teatro San Felipe una compañía 
lírica con artistas procedentes de teatros europeos, ante una 



316 HISTORIA PEL ÜBUGUAT 



concurrencia siempre numerosa que hacía exclamar a la 
prensa a raíz de una de las funciones: "Nadie diría anoche 
que nos hallábamos en una ciudad sitiada desde hace siete 
años y medio." 

Corresponde a esa misma época la inauguración del esplén- 
dido local de la Confitería Oriental en la calle 25 de ^layo, 
que por el lujo y buen gusto de sus instalaciones, superaba 
— al decir de "El Comercio del Plata", — a todas las confi- 
terías del Río de la Plata. 

Sólo el Tesoro público pasaba angustias. De ahí estas pala- 
bras del Ministro de Gobierno doctor Herrera y Obes a don 
Andrés Lamas en febrero del mismo año: 

"Seguimos en nuestras miserias y nuestros sufrimientos, lo 
que no quita que haya bailes, máscaras y teatros concurri- 
dísimos, sin que haya tenido lugar el más pequeño desorden. 
Esto dará a usted una idea de la tranquilidad, orden y segu- 
ridad que reina en esta ciudad". 

Y la animación no decayó en el año 1851, el último del 
sitio. Describiendo la situación de Montevideo en ese mo- 
mento decía Fermín Ferreira y Artigas: 

"En el estado a que se halla reducido Montevideo después 
de más de ocho años de asedio, nos hemos ido acostumbrando 
a una vida metódica y regular, y si me es permitido expli- 
carme así, nos hemos ido familiarizando con nuestra situa- 
ción... Las reuniones, los paseos, el teatro, se suceden pe- 
riódicamente, desaparecen y vuelven de nuevo a animar el 
espíritu de la población". 

El comercio exterior. 

Existen muy pocos datos, — y esos mismos truncos e in- 
completos, — acerca del movimiento comercial de Montevideo 
en los dos primeros años del asedio. 

El puerto estaba abierto a despecho de la presencia de la 
escuadra de Rosas cuyas intimaciones eran burladas por las 
estaciones navales extranjeras y por los buques mercantes de 
ultramar que entraban y salían libremente. Pero el movi- 
miento de entradas y salidas, circunscripto a la plaza sitiada, 
era nulo en cuanto a la exportación y pobrísimo en cuanto a 
la importación. 

Es recién a fines de 1845, con motivo de la intervención 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 317 

franco - inglesa y especialmente con el bloqueo impuesto a 
los puertos argentinos y la apertura a viva fuerza de la na- 
vegación del Paraná, que vuelve el puerto de Montevideo a 
llenarse de barcos y mercaderías con destino al comercio en- 
tero del Kío de la Plata. 

Las importaciones. 

En el último cuatrimestre del año 1845 que corresponde 
precisamente al comienzo de la intervención armada de la 
escuadra franco - inglesa, llegaron al puerto de Montevideo, 
entre otros artículos de consumo grueso, 18,216 barricas de 
harina, 2,432 barricas de azúcar, 3,438 sacos y 1,776 bolsas 
de arroz, 5,026 tercios y 3,472 medios tercios de yerba, 8,420 
botijuelas, 1,652 cajones y 403 barriles de aceite de oliva, 
3,946 pipas, 1,227 medias pipas y 1,689 cajones de vino, amén 
de diversas cantidades de las mismas mercaderías en otros 
envases. 

También llegaron con procedencia de los puertos del litoral 
argentino algunas partidas de frutos del país, descargándose 
en los meses de octubre, noviembre y diciembre 56,973 cueros 
vacunos secos y 7,470 cueros vacunos salados. 

Buena parte de las mercaderías europeas y la totalidad de 
los frutos del país que en esa forma llegaban al puerto de 
Montevideo, no estaban destinados ciertamente al consumo de 
la población sitiada, sino a la reexportación. Las mercaderías 
europeas debían seguir a los puertos argentinos y los frutos 
del país a los puertos europeos, y el gobierno de la Defensa 
se propuso, en consecuencia, sacar fuertes rentas del nuevo 
y valioso movimif.nto de que era teatro el puerto de ]\Ionte- 
video. 

Una ley dictada a mediados de noviembre de 1845 estable- 
ció que las mercaderías destinadas al río Uruguay y al río 
Paraná pagarían el 8 % cuando siguieran en los mismos bu- 
ques de ultramar, el 6 % cuando fueran trasbordadas de un 
barco de ultramar a otro de cabotaje y el 4 % cuando fueran 
bajadas a los depósitos aduaneros y vueltas a cargar después. 

Un convoy valioso. 

A fines de 1845 salió de ^Montevideo con rumbo a los puer- 
tos de la provincia de Corrientes y del Paraguay un gran 



318 HISTORIA DEL UBUGUAT 



convoy de setenta y tantos barcos con la misión de llevar a 
esas regiones, hasta entonces aisladas por Rosas, las merca- 
derías europeas que abundaban en nuestros depósitos adua- 
neros y de traer en cambio de ellas los cueros vacunos que 
se apilaban y perdían allí por falta de medios de embarque. 
Ese convoy marchaba al amparo de la escuadra franco - in- 
glesa encargada de abrir la navegación del Paraná mediante 
la destrucción de las baterías de Obligado. 

Según una liquidación oficial de la Colecturía de Corrieu- 
tes, el valor de las mercaderías conducidas a esa Provincia 
por el convoy de Montevideo ascendía a seiscientos noventa 
mil pesos. 

La misma flota, complementada por una treintena de bar- 
cos que estaban anclados a lo largo del Paraná, recibió en los 
puertos de Corrientes con destino a Montevideo un valioso 
cargamento de 455,000 cueros vacunos, 5,754 tercios de yerba, 
5,347 medios tercios. 2,214 petacas de tabaco y otros produc- 
tos eorrentinos y paraguayos. 

En junio de 1846, antes del regreso de la totalidad de la 
flota, fijaba "El Comercio del Plata" el precio corriente 
de los frutos ya desembarcados en 1.616,703 pesos contra un 
precio de compra en los mercados de origen que sólo alcan- 
zaba a 889.805 pesos. La diferencia correspondía a los fletes 
fluviales por 370,000 pesos y a intereses y comisiones del co- 
mercio importador. Véase cuáles eran las principales parti- 
das del cuadro: 

432,371 cueros vacunos secos . . . . S 1.080,000 

69,924 arrobas de yerba » 244,000 

22.680 ídem de tabaco » 90.000 

Un segundo convoy forzó a mediados de 1846 el paso del 
Paraná, bajo la protección de los fuegos de la escuadra fran- 
co - inglesa. Pero llosas, que reconstruía sus baterías a raía 
de cada derrota fluvial y hacía a la vez maniobrar hábilmente 
a su diplomacia, obtuvo al fin que la escuadra interventora 
lo dejara tranquilo en el Paraná, con lo cual el comercio de 
Corrientes y del Paraguay volvió a lo que había sido antes 
del combate de Obligado. 



LA DEFENSA DE MOXTEVIDEO ' 319 



En Montevideo se reconcentra el comercio de todo el Río 
de la Plata. 

Al puerto de ^Montevideo afluía, pues, la producción entera 
del Río de la Plata en busca de la única salida para Europa 
que dejaba abierta el bloqueo de la escuadra franco - inglesa. 

Englobados todos los arribos, fijaba así la estadística co- 
mercial de la época el monto de los cueros llegados en 1846: 

Número de cueros vacunos secos. . . 1.398,236 

ídem ídem salados 202,667 

ídem ídem de carnero 453,283 

''El Comercio del Plata" se encargó de advertir que mu- 
chos de los barcos que figuraban como de procedencia uru- 
guaya llegaban en realidad de la costa entrerriana, .sólo que 
sus patrones visaban los papeles ante nuestras capitanías o 
resguardos. El bloqueo, agregaba, resulta burlado, puesto que 
buena parte de los cueros y demás frutos que recibe jMonte- 
video, proceden de saqueos realizados por nuestros enemigos 
y buena parte también de las mercaderías extranjeras que 
salen de nuestros depósitos van a alimentar al Entre Ríos y 
al ejército de Oribe. 

Era de tal magnitud la importación de frutos del país, 
que la estadística portuaria anotó en un solo día de septiem- 
bre dfr 1847 la entrada a Montevideo de un centenar de bar- 
cos de cabotaje con cien mil cueros vacunos y un millar de 
pipas de sebo, y como resultado de todo el movimiento d3 
ese mismo mes 313,594 cueros vacunos secos y salados, 94,564 
cueros de carnero y 59,350 arrobas de tasajo. 

En forma igualmente notable crecían las importaciones de 
mercaderías extranjeras destinadas al consumo de la pobla- 
ción sitiada y de los puertos bloqueados por la escuadra 
franco - inglesa. Lo revela el cuadro del comercio de harinas 
correspondiente a 1846. Abrió el año con una existencia en 
los depósitos aduaneros ele 8,787 barricas y ese stock fué su- 
biendo hasta alcanzar la cifra de 91,326, con el siguiente 
destino : 



320 HISTORIA DEL UBUGUAT 



Barricas 

Para raciones del ejército 31,480 

" las fuerzas navales extranjeras . . 16,100 

" reexportación 13,511 

consumo de la población .... 3,400 

" consumo y reexportación .... 5,400 

Existencia disponible al finalizar el año. . 21,435 

llosas se propuso cortar el comercio de ^Montevideo con los 
puertos argentinos mediante un decreto de octubre de 18-17 
que prohibía la importación de mercaderías en barcos que 
hubieran tocado en puerto uruguayo y que prohibía asi- 
mismo la exportación de frutos en buques que hicieran escala 
o que tocaran en Montevideo. 

Su propósito era restarle valiosas rentas al o-obierno de la . 
Defensa. Pero el comercio se encargaba de burlar su^ prohi- 
biciones mediante arbitrios que triunfaban .siempre. S.-j^úri 
la prensa de la época las mercaderías de la adua?ia de ^Monte- 
video eran tra.sbordadas a otros buques en la mitad del río 
o expedidas ficticiamente a Río Grande sobre la base de tor- 
naguías fraguadas Cjue permitían dirigir luego los cargamen- 
tos a Buenos Aires. 

Las expcrtaciones. 

Todavía existían al tiempo de iniciarse el sitio algunos 
millares de cueros en las barracas de la plaza, procedentes 
de las remesas de frutos hechas con todo apresuramiento al 
anunciarse la invasión de Oribe. Durante los meses de febrero 
y marzo de 1843 fueron embarcados con destino a puertos 
de ultramar, 91,446 cueros vacunos secos y 71,593 cueros va- 
cunos salados. Pero después el movimiento cesó y la estadís- 
tica cpiedó interrumpida por espacio de vario.s meses. 

En 1844 salieron del puerto de Montevideo fres barcos 
mercantes de ultramar cargados de frutos, y en 1845 siete 
y esto mismo gracias al impulso dado por la escuadra franco- 
inglesa al finalizar el año mediante el bloqueo de los puertos 
argentinos. Por concepto de derechos de exportación percibió 
la aduana 384 pesos en 1844 y 12,854 en el año siguiente. 

Formalizado ya el bloqueo de los puertos argentinos el va- 
lor de los frutos exportados y el monto de los derechos adua- 
neros subieron en la forma que subsigue: 



I^ DEFENSA DE AIOXTEVIDKO 



321 



AÑOS 



Valor corriente 

de los 

frutos exportados 



Derechos 

recaudados por la 

Aduana 



1846 

1847 



9 3.758,699 
» 8.461,350 



9 299,932 
659,899 



Para el transporte de la valiosa exportación de ISiT fue- 
ron empleados 336 buques mercantes de ultramar con un 
refristro de 56,321 toneladas. 

He aquí cuáles eran los principales renglones de la exporta- 
ción de Montevideo en ese período, según la prolija estadís- 
tica de la prensa de la época : 



FRUTOS EXPORTADOS 



1846 



1847 



Cueros vacunos secos 
» » salados 

» de carnero 

Astas 

Carne tasajo 

Garras de cuero . 

Lanas .... 



972,101 
175,220 
195,761 
218,042 
50,076 
117,151 
110,835 



1.756,118 
455,640 
1.528,656 
1.407,117 
669,913 
308,361 
298,361 



Véase ahora cuáles eran los principales compradores, según 
otro cuadro que abarca todo el año 1846 y el primer semestre 
de 1847: 



1846 



1847 



Alemania y Bélgica 
Francia .... 
Inglaterra . 
España .... 

Italia 

Estados Unidos . 



996.774 
834,159 
586,823 
449.033 
365,010 
323,517 



874.246 

1.009,855 

939,447 

535,541 



En la creencia de que el movimiento continuaría, el señor 
Arsene Isabelle propuso a fines de 1847 al Directorio de la 
Aduana de Montevideo la creación de una Oficina de Esta- 
dística Comercial sobre un plan que en el acto fué aceptado, 
pero del que hubo que desistir al año siguiente a consecuencia 



322 HISTORIA DEL URUGUAY 



del levantamiento del bloqueo por la escuadra francesa. De 
acuerdo con ese plan debían funcionar los siguientes regis- 
tros: de importaciones generales por países de procedencia; 
de exportaciones generales por países de destino; de impor- 
taciones y exportaciones correspondientes al comercio especial 
o sea el relativo a mercaderías despachadas para el consumo 
y a los productos de las industrias nacionales embarcados 
para el exterior. 

Vuelve el comercio de Montevideo a su triste nivel de los 
comienzos del sitio. 

Desde mediados áe 1847 en que la escuadra inglesa levantó 
el bloqueo de los puertos argentinos, empezó a debilitarse 
nuestra corriente comercial. Pero como el bloqueo proseguía 
a cargo de la escuadra francesa, Montevideo seguía siendo 
todavía el principal comprador de los frutos del Río de la 
Plata y el principal vendedor de las mercaderías de ultramar. 

De un cuadro estadístico que abarca el período de cinco 
meses transcurrido de enero a mayo de 1848 resulta que el 
puerto de Montevideo exportó 395,363 cueros vacunos secos 
y salados con destino a Estados Unidos, Inglaterra y Francia, 
y 19,370 quintales de carne tasajo con destino a la Habana; 
e importó 16,000 barricas de harina, 3,695 barricas y bolsas 
de arroz y 14,857 barricas y bolsas de azúcar de Estados 
Unidos y del Brasil. 

Pero a mediados de ese año la escuadra francesa levantó 
también el bloqueo y en el acto quedaron reducidas las im- 
portaciones al consumo cada vez más restringido de la plaza 
y las exportaciones a la nada, mientras que el comercio de 
Buenos Aires adquiría un vuelo extraordinario. 

"¿Calcula usted — escribía el doctor Herrera y Obes al 
doctor Lamas en diciembre — en qué estado debe estar esta 
población después de seis años de calamidades, de miserias, 
de sufrimientos? Tal vez no, porque eso es preciso verlo y 
tocarlo, como aquí lo vemos y lo tocamos. Toda ponderación 
es aún lejos de la realidad: muy especialmente después de 
la última misión. No hay comercio, no hay trabajo, no hay 
dinero: las calles y las casas están vacías, porque tal ha sido 
la emigración, ¿y es para declamar y afligirse que los que 
sufren, que los que se mueren de hambre traten de huir de 
cualquier modo y salir de una situación tan horrible?". 



LA DEFENSA DE MOXTEVIDEO 323 

' ' Buenos Aires — escribía el propio doctor Herrera al se- 
fior Le Long, Cónsul del Uruguay en París, a principios de 
1849 — sigue en un pie de prosperidad admirable : es hoy el 
centro de todo el comercio del Río de la Plata, favor que 
Rosas sólo debe a la intervención. ¿Qué interés puede, pues, 
tener en la paz? Su país prospera, su poder se afirma cada 
vez más ; nuestra República a quien sólo teme, se arruina, 
l^orque ella es el teatro de la guerra, y antes de muy poco 
si continúa no habrá sino aquello de "aquí fué Cartago" 
por cualquier parte que se recorra su territorio." 

El "Journal des Debats", el más caracterizado de los dia- 
rios de París, se encargó de explicar el violento cambio ope- 
rado, en un editorial de principios de noviembre de 1848 
que puede sintetizarse así : 

Cerrados los puertos del Plata al comercio europeo por el 
bloqueo, Montevideo resultaba el único mercado abierto a 
los buques extranjeros. Las mercaderías afluían allí, pagaban 
los derechos aduaneros correspondientes, y luego salían en 
forma de contrabando con el consentimiento de la escuadra 
bloqueadora. Pero levantado el bloqueo de Buenos Aires, dejó 
de percibir la Aduana de Montevideo las rentas que ingre- 
saban por ese concepto, y entonces el agente diplomático de 
Francia tuvo que acordar un subsidio mensual de doscientos 
jnil francos para la alimentación de los franceses armados. 

Con el propósito de auxiliar a la plaza en circunstancias 
tan críticas, pidió el Gobierno a la Asamblea de Notables 
una declaración general de moratorias. De acuerdo con su 
proyecto presentado en diciembre de 1848 no serían ejecuta- 
bles durante la guerra las obligaciones posteriores a 1843, ni 
tampoco los inmuebles de propiedad particular ocupados ac- 
cidentalmente por el Estado en virtud del estado de guerra. 
Ya cuatro años antes, en octubre de 1844, había solici- 
tado el Gobierno una ley análoga a la Legislatura, con motivo 
de habei-se presentado un comerciante en demanda de un de- 
creto de moratorias que lo amparara contra sus acreedores. 

El comercio de ganados. 

Hay un cuadro que refleja con exactitud el efecto de las 
oscilaciones comerciales de la plaza. Es el que subsigue, rela- 
tivo a las importaciones de animales destinados al consumo 
de la población : 



324 




HISTORIA DEL r^UGUAT 








AÑOS 


Vacunos 


Ovinos 


Porcinos 



i846 (año completo). 
lo47 » » )■ 

1848 ( 8 meses) . . 

1849 (11 » ) . . 

1850 (8 . ) . , 



14,220 

8,822 
f),l68 
5,751 

3,856 



12,000 

5,784 

303 

1,893 

l,7l3 



1,131 

1,10S 

3ti3 

643 

407 



El considerable movimieuto del primer año debió emanar 
de la necesidad de organizar un stock ya totalmente agotado 
al producirse la intervención franco - inglesa. El segundo año 
y parte del tercero corresponden, sin duda, al consumo nor- 
mal. Con el levantamiento del bloqueo tenía que iniciarse y 
se inició luego el descenso, porque una parte de la pobla- 
ción emigraba a Buenos Aires y la que quedaba carecía de 
recursos para mantener sus compras a los niveles anteriores. 

Los ganados destinados al abasto de Montevideo provenían 
en 1846 de la costa uruguaya y de la provincia de Río 
Grande y desde principios de 18-Í7 de Río Grande exclusi- 
vamente en razón de haber perdido el gobierno de la De- 
fensa sus posiciones del litoral y de haber dictado Oribe un 
decreto declarando que el patrón y tripulantes de los barcos 
transportadores de ganados serían juzgados como piratas y 
castigados con la pena de muerte. 



El movimiento marítimo en el puerto de Montevideo. 

El puerto de Montevideo estaba en pleno movimiento al 
tiempo de producirse la invasión de Oribe. 

Tomando un día cualquiera del mes de enero de 1843 re- 
sulta, por ejemplo, que el 23 estaban fondeados 113 duques 
mercantes de ultramar contra 58 que albergaba el puerto de 
Buenos Aires. 

Tres meses después, en un día de abril que también toma- 
mos al acaso, había en el puerto de Montevideo 69 buques 
contra 117 que existían en el de Buenos Aires. Las propor- 
ciones se habían invertido como consecuencia del asedio. 

IMuchos de los barcos llegados en los primeros meses de 
1843 venían rebosantes de colonos. En enero desembarcaron 
524 inmigrantes españoles, 494 italianos y 103 franceses y el 
movimiento prosiguió en los primeros momentos del sitio 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 32JS 



hasta (lue se supo en Europa que estaban cegadas las fuentes 
del trabajo y que el país vivía en una horrenda crisis. 

La estadística del primer año de la Guerra Grande arroja 
una entrada de G64 buques mercantes de ultramar y de 1,772 
inmigrantes o colonos. 

En 1844 quedaron reducidas las entradas a 431 barcos y 
los pasajeros a 512. 

A fines de 1845 volvió el puerto de Montevideo a entrar 
en notable actividad por efecto de la intervención armada 
de la Inglaterra y de la Francia, del bloqueo de los puertos 
de Rosas y de Oribe, de la apertura a viva fuerza de la na- 
vegación del Paraná y de la colaboración de la escuadra in- 
ttrventora en las operaciones militares del gobierno de la 
Defensa. En el solo mes de octubre anotó la estadística por- 
tuaria la entrada de 216 buques de ultramar y d^ los ríos, 
con 1,229 pasajeros. Computando algunos centenares de per- 
sonas transportadas por los buques de guerra, calculaba "El 
Comercio del Plata" en 2,000 el número efectivo de pasa- 
jeros, y agregaba que de las tripulaciones de los barcos fon- 
deados, compuestas de 1,683 hombres, sólo 432 se habían 
reembarcado, incorporándose todos los demás a la población 
de Montevideo. Un mes después, en noviembre, era tan fuerte 
el movimiento que la prensa empezó a preocuparse de la 
necesidad de un reglamento marítimo encaminado a evitar 
colisiones en caso de temporal: el día 29 estaban fondeados 
en el puerto de IMoutevideo 114 buques mercantes de ultra- 
mar y muchos otros de cabotaje. 

Había, además, en ese momento 32 barcos dé guerra extran- 
jeros diseminados en los puertos de Montevideo, Maldonado, 
^lartín García, la Colonia y Buenos Aires, y 11 de la escua- 
drilla uruguaya que secundaban su acción en los mismos 
puntos y en otros del litoral. 

Las escuadras extranjeras fueron aumentando gradual- 
mente sus efectivos hasta reunir a mediados de 1846 la res- 
petable cantidad de 48 buques con 726 cañones que se dis- 
tribuían así: ingleses, 19 unidades con 286 cañones; fran- 
ceses, 18 con 245; sardos, 4 con 54; españoles, 1 con 44; bra- 
sileños, 3 con 41; norteamericanos, 2 c.^n 34 y portugueses, 1 
con 22 cañones. 

Durante el primer trimestre de 1846 entraron a Monte- 
video con procedencia de ultramar 125 barcos mercantes con 
22,903 toneladas; y durante el cuarto trimestre 233 barcos 



326 HISTORIA UEL UBUGUAY 



con 45,509 toneladas. El movimiento se había duplicado gra- 
cias al bloqueo de los puertos argentinos y al contrabando 
tolerado por las escuadras bloqueadoras. 

Tal impulso cobró el cabotaje nacional por efecto del con- 
trabando que mantenía Montevideo con los puertos argen- 
tinos bloqueados, que desde agosto de 1845 hasta enero del 
año siguiente habían adoptado .la bandera uruguaya 155 bu- 
ques que hasta entonces pertenecían a matrículas extranje- 
ras. Es que sólo al pabellón nacional se le toleraba el con- 
trabando con los puertos bloqueados. 

En 1847 descendió el movimiento portuario a causa de los 
grandes arribos del año anterior, del abandono de la nave- 
gación del Paraná por la escuadra bloqueadora, y del rela- 
jamiento del bloqueo. Durante el primer trimestre entraron 
126 buques mercantes de ultramar con 21,610 toneladas, y 
salieron 145 buques con 25,876 ; destacándose entre las ban- 
deras de los salidos la italiana y española respectivamente 
representadas por 30 barcos de 4,029 toneladas y por 22 bar- 
cos con 4,441. A principios de año el número de barcos mer- 
cantes de ultramar fondeados en el puerto de Monte"S"ideo era 
de 88 y a mediados de 49, en dos días tomados al acaso. 

Hemos invocado entre las causas del descenso el relaja- 
miento del bloqueo. Según cifras oficiales de la aduana de 
Buenos Aires, reproducidas por Bourguignat en un opúsculo 
sobre la cuestión del Plata, desde noviembre de 1847 hasta 
mayo de 1849 habían entrado a Buenos Aires "a pesar del 
bloqueo" 2,704 buques y habían salido 3,590. 

Pero fué recién a mediados de 1848 que el desastre se pro- 
dujo bajo la presión del levantamiento del bloqueo por la 
escuadra francesa. El 30 de septiembre sólo había en el 
puerto de Montevideo 26 buques mercantes de ultramar y 16 
el 1.° de enero siguiente. Todos los barcos franceses pasaban ya 
de largo con rumbo a Buenos Aires, que había recuperado su 
supremacía. 

Fué menester que la Guerra Grande llegara a su término 
para que volviera el puerto de Montevideo a congregar un 
centenar de barcos de ultramar en tren de descarga de mer- 
caderías extranjeras y de carga de frutos del país. Es lo que 
ocurrió el 28 de diciembre de 1851 en que aparecieron fon- 
deados 103 barcos mercantes de ultramar: 21 de ellos con 
bandera sarda, 14 con bandera brasileña, 13 con bandera in- 



LA DEFIí-NSA DE MONTEVIDEO 



327 



glesa, 10 con bandera española, 9 con l)andera francesa, 7 con 
bandera uruguaya, 7 con bandera dinamarquesa, 5 con ban- 
dera norteamericana y 17 de otros pabellones. 

Accidentes marítimos. 

Hemos hablado del movimiento comercial del puerto de 
:\I(mtevideo durante la Guerra Grande y debemos hablar 
ahora de los accidentes ocurridos en ese largo lapso de tiempo 
que fué naturalmente de olvido absoluto del plan de obras 
de abrigo y de profundización de fondos elaborado en los 
anteriores períodos de paz. 

A mediados de mayo de 1844 hubo un formidable pampero 
que hizo grandes estragos en el puerto de Montevideo y en 
el del Buceo. Las aguas inundaron parte de la zona norte de 
la ciudad. Ante la magnitud de los perjuicios sufridos se 
habló en el seno del Gobierno de la necesidad de organizar 
una flotilla de salvatajes. 

Las últimas grandes pamperadas databan de enero de 1842 
en que las aguas alcanzaron a cubrir los terraplenes de acceso 
al muelle y estuvieron las embarcaciones bajo la acción del 
huracán por espacio de dos y medio días; de septiembre de 
1826 en que más de cien barcos sufrieron averías con hundi- 
miento completo de muchos de ellos; de octubre de 1824 en 
que hubo una gran helada seguida de violentísimos huraca- 
nes; y de junio de 1791 en que fueron arrojados a la playa 
más de sesenta barcos, grandes y chicos, entre ellos la fragata 
española "Loreto", hundida en la punta de la fortaleza de 
San José. 

Después de la pamperada de 1844 hubo un largo parénte- 
sis de tranquilidad portuaria hasta julio de 1851 en que bajo 
la acción de un violentísimo huracán fueron arrojados a la 
costa numerosos barcos e inundados por las aguas los extre- 
mos de varias calles de la ciudad. 

Este largo paréntesis fué llenado en parte por temblores 
de tierra, los primeros que presenciaba la población de ]Mon- 
tevideo. 

En la noche del 9 de agosto de 1848 se oyó un ruido seme- 
jante "a la detonación de una pieza de artillería menor", 
acompañado de fuertes vibraciones en que "las armas se cho- 
caban en los armeros y las personas que estaban de pie tenían 
que apoyarse". Hu duración fué, según algunos, de 6 a 8 se- 



328 HISTOBIA DEL URUGUAY 



crundos y según otros de 10 a 12 segundos. El piloto de un 
hareo fondeado cerca del muelle oyó algo así "como un trueno 
lejano", pareciéndole a la vez "que la cadena golpeaba recia- 
mente contra la quilla del buque, produciendo un movimiento 
tembloroso", lo que era imposible que sucediera "en razón 
de que el buque estaba fuertemente metido en el limo". Per- 
sonas conocedoras de estos accidentes añrmaban que nunca 
habían oído un ruido mayor. Cinco días después se experi- 
mentó un segundo temblor más débil y de menor duración. 
Cuatro días más adelante hubo un tercer temblor de 8 se- 
gundos "semejante a un trueno lento y lejano", seguido a la 
media hora de un cuarto temblor mucho menos perceptible. 

Tales son los datos de "El Comercio del Plata". La prensa 
del campo sitiador agregaba otro temblor ocurrido según ella 
a mediados de septiembre, lo cual daría cinco vibraciones en 
el espacio de 38 días con duraciones variables de 4 a 16 se- 
gundos. 

Veintitantos días después aparecieron en la costa inmediata 
al arroyo Solís, en una extensión de cuatro a cinco leguas, 
varias piedras que fueron analizadas en Montevideo por el 
químico Lenoble y en el Cerrito por el doctor Robert, coin- 
cidiendo ambos observadores en que se trataba de productos 
volcánicos lanzados de un cráter submarino. Según otra ver- 
sión de que también se hizo eco la prensa, apenas se trataría 
de algún carbón mineral calcinado arrojado desde a bordo. 
Pero los químicos Lenoble y Méndez, luego de practicar el 
análisis de las muestras de carbón calcinado, mantuvieron las 
conclusiones del informe anterior sosteniendo que las piedras 
encontradas en la costa del Solís eran realmente de proce- 
dencia volcánica. 

La di\Tilgación de estos análisis dio lugar a que un vecino 
de Maldonado dijera que diez años atrás, encontrándose cerca 
del arroyo Solís en las faldas del cerro Betete, había pre- 
senciado una explasión volcánica que durante varios minutos 
iluminó toda la Sierra. 

En febrero de 1851 volvió a sentirse un temblor muy seme- 
jante al de 1848. "Un ruido subterráneo, especie de trueno 
prolongado por espacio de medio minuto", decía una de las 
revistas de la época. 



L.\ DEFENSA DE M0NTEV11>E0 329 



Tratados de comercio con Italia y España. 

Eu 1844 ratificó el gobierno de la Defensa el tratado ajus- 
tado cuatro años antes entre el Rey de Cerdeña y el repre- 
sentante del Uruguay doctor EUauri. 

Establecía la reciprocidad en materia de comercio y de 
jiavegación; el tratamiento de la nación más favorecida; la 
advertencia de que las ventajas especiales que cualquiera de 
las partes acordase a una tercera potencia, se acordarían a 
la otra gratuitamente si habían sido concedidas en esa forma 
o con iguales o equivalentes concesiones en caso contrario; y 
la libertad absoluta a favor de cada parte para reglamentar 
su comercio de cabotaje. 

A fines del año siguiente llegó al puerto de Montevideo 
una flotilla de guerra española conduciendo a don Carlos 
Creus en calidad de Cónsul general. Los españoles no habían 
tenido representante en los treinta años transcurridos desde 
la caída de las autoridades coloniales, y tal circunstancia 
explica la extraordinaria demostración de que fueron objeto 
^1 Cónsul y la escuadra. "Mientras unos abrazaban y besaban 
los cañones, otros se arrodillaban delante de la bandera y 
•todos derramaban lágrimas de alegría", decía el Cónsul en 
«u oficio a la cancillería de Madrid, al describir la entusiasta 
recepción de que había sido objeto. 

El señor Creus gestionó y obtuvo en el acto que sus con- 
nacionales fueran eximidos del servicio militar que prestaban 
a la par de los uruguayos de acuerdo con la tesis de la época 
que equiparaba a los nacionales a los extranjeros sin Cómul. 
Y al año siguiente firmó un tratado mediante el cual el 
Gobierno español reconocía la independencia uruguaya y el 
gobierno de la Defensa .se obligaba a pagar la deuda con- 
traída por las autoridades españolas de Montevideo hasta 
julio de 1814 en que desalojaron la plaza. 

Cuando ese tratado pasó a estudio del Consejo de Estado, 
dos de sus mieml)ros, dorj Andrés Lamas y don Joaquín Sa- 
-gra, aconsejaron la aceptación en un notable informe, que 
empezaba recordando que el Uruguay había abierto desde 
doce años atrás sus puertos a la bandera española y enviado 
negociadores a España para ajustar un tratado que llegó a 
firmarse, pero que no pudo ser ratificado en tiempo hábil. Y 
.^entrando luego en otro orden de consideraciones, decía que 

22— ni 



330 HISTORIA DEL URUGJAY 



estos tratados con el extranjero pueden y deben juzgarse y 
prestigiarse como auxiliares de nuestra organización nacionaly. 
en cuanto sustraen una parte de la población a la arbitrarie- 
dad, hacen palpar los beneficios de la protección, disminuyen 
los elementos de que se alimenta la guerra civil; como ele- 
mentos de prosperidad, en cuanto fomentan la incorporación 
de brazos y de capitales extranjeros, mediante la segiiridad 
de las personas y de las propiedades; y como garantía de in- 
dependencia, en cuanto propenden a la consolidación del or- 
den y a la estabilidad de los gobiernos. 

Los agasajos a la bandera española se repitieron tres años^ 
después en honor de la bandera italiana, hasta entonces reem- 
plazada por la sarda. A mediados de 1848 entró al puerto de- 
Montevideo el primer buque con bandera italiana. En el aeto- 
el Consulado arrió su pabellón y desplegó el de la naciona- 
lidad que acababa de quedar reconstituida, festejándose el 
acontecimiento con iluminaciones, tedeum, función de teatro 
y fuegos artificiales. 



Sobre jurisdicción de los ríos. 

Con la apertura del río Paraná se creyó en gran parte- 
resuelta la contienda contra Rosas. Era el medio de pro- 
mover el fuerte desenvolvimiento económico de una parte de 
la Argentina y del Paraguay y de crear poderosos factores 
de pacificación. 

"El secreto de mantener la paz en los pueblos, consiste en 
crearles intereses materiales — decía en tal oportunidad "El: 
Comercio del Plata" — : esta verdad, demostrada por el estudio 
de los hechos que dieron nacimiento a lo que se llama la cien- 
cia económico - política, se aplica lo mismo a las relaciones de 
unos Estados con otros independientes que a los diversos-, 
miembros de un mismo E.stado. Los pueblos ricos y prósperos^ 
abominan de la guerra civil que destruye su propiedad; los 
que nada tienen que perder son los únicos que ganan en 1» 
revuelta: el objeto, pues, de los que gobiernan debe ser pro- 
pender por todos los medios a crear en las diversas provin- 
cias del Estado los mismos intereses, los mismos estímulos, 
salvas siempre las diferencias que la naturaleza ofrece." 

Precisamente por eso era que Kosas obstaculizaba en toda 
forma la navegación de los ríos, atribuyéndose el dominio-- 



LA DEFENSA DE MONTKYIDKO 331 



sobre el Paraná y una superiuteudencia en el Uruguay que 
reducía a la nada el principio que él no desconocía de la ab- 
soluta comunidad de sus aguas. 

Á fines de 1846 abordó "La Gaceta Mercantil" de Buenos 
Aires el estudio de la navegación de ese último río, de acuerdo 
naturalmente con el criterio de Rosas. Aceptaba como línea 
de límites entre la Confederación Argentina y la República 
Oriental, la mitad del álveo del río; reconocía que cada una 
de las dos naciones era dueña del río y de las islas existentes 
hasta la línea media o hasta el canal navegable a partir de 
su respectiva orilla; pero agregaba que el Gobierno Oriental 
no tenía el derecho de abrir su parte de río a la bandera 
extranjera sin el acuerdo previo del Gobierno Argentino. De 
ahí que Rosas hubiera rechazado como atentatorio el decreta 
de octubre de 1841 del Gobierno Oriental que autorizaba a 
las embarcaciones extranjeras a navegar entre Montevideo y 
Paysaudú y Salto, y la concesión otorgada a la empresa de 
Buigland por ley de 1844. 

Era, sin duda, un absurdo reconocer el dominio oriental 
ha.sta la mitad del río y negar al dueño de esa mitad el de- 
recho de autorizar la navegación dentro de la zona de su do- 
minio y aún dentro de la zona común del canal o línea divi- 
soria. Pero ese absurdo enorme en sí mismo, resultaba insig- 
nificante con relación a la tesis que Rosas había aplicado ya 
a la navegación del río Paraná, privativa en su concepto de 
la Argentina, y más insignificante todavía con relación a otra 
tesis sobre el Río de la Plata que pretendió sostener algunos 
meses después en una oportunidad interesante, que conviene 
recordar. 

Contestando una interpelación, parlamentaria había dicho 
lord Palmerston desde la tribuna del Parlamento inglés en 
diciembre de 1847: 

'■'Lo que propiamente se llama Río de la Plata es un es- 
tuario del mar y por lo tanto no puede haber cuestión a su 
respecto sobre apertura al comercio de todas las naciones . . . 
En cambio los ríos interiores que desaguan en el Río de la 
Plata, como el L^ruguay y el Paraná, están sujetos a la ley 
general de las naciones que asigna el dominio al país por 
cuyo territorio corren... Por consiguiente, si estos ríos co- 
rren por el Estado de Montevideo o de Buenos Aires, están 
sujetos al uno u otro de ellos, y si están entre los dos Estados 
o los dividen, entonces cada Estado tiene derecho y dominio 
sobre una porción particular de dichos ríos". 



332 HISTORIA DEL URUGUAY 



Véase ahora cómo contestaba "La Gaceta ^Mercantil" las 
j)alabras del jefe del gabinete inglés : 

"La boca del Río de la Plata no es un estuario y ella co- 
rresponde exclusivamente a la Provincia de Buenos Aires y 
por consiguiente a la Confederación Argentina, según la ley 
de las naciones, teniendo nuestro Gobierno perfecto derecho 
de negar el tránsito para subir o bajar por dicha boca del 
Kío de la Plata los ríos interiores que desaguan en él. . . En 
cuanto al Uruguay, que es un río divisorio entre el Estado 
Oriental y la Confederación, no sólo tiene cada una de esas 
Eepúblicas por la ley de las naciones el perfecto derecho y 
dominio de su respectiva particular porción hasta el álveo 
o mitad del río, sino también el perfecto derecho en común 
para ambos Estados de excluir a los pabellones extranjeros". 

En resumen : el Gobierno Inglés abandonaba a Rosas el 
dominio exclusivo del Paraná con mengua de los derechos 
paraguayos, después de haber recurrido a la fuerza para abrir 
ese río a la navegación extranjera. Pero reivindicaba a favor 
del mundo entero la navegación del Río de la Plata a título 
de estuario del mar o de mar libre. Y Rosas entonces, olvi- 
dando la tesis que ya había aplicado al Uruguay, negaba a 
los orientales el condominio del Plata y declaraba que todo el 
río estaba bajo la jurisdicción de uno solo de los dos Estados 
bañados por sus aguas! 

La navegación a vapor. 

En febrero de 1844 la Asamblea sancionó el proyecto de 
ley de que hemos hablado en otro capítulo, que concedía a 
la empresa Buigland "el privilegio exclusivo de navegar en 
buques movidos por el vapor u otro poder mecánico entre los 
puertos y sobre los ríos de la República Oriental durante el 
término de doce años", de acuerdo con las siguientes bases: 

Los buques navegarían con bandera inglesa y no serían se- 
cuestrados ni embargados en ningún caso, fueren cuales fue- 
ren las relaciones entre el Uruguay y la Gran Bretaña ; a 
■ bordo de cada barco irían dos jóvenes orientales para realizar 
ejercicios de ingeniería y de practicaje ; la empresa empeza- 
ría operaciones con dos barcos de 300 toneladas arriba y una 
fuerza motriz de cien caballos. 

Esta ley sancionada un año después del establecimiento del 
sitio no alcanzó naturalmente a tener ejecución, por efecto 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 333 

del estado convulsivo en que vivía el país, y su forzoso aban- 
dono coincidió con el desenlace de las experiencias europeas 
que habrían de asegurar la navegación a vapor transatlántica, 
hasta entonces no resuelta. 

Fué recién a principios de 1845 efectivamente que se 
adoptó la hélice, a raíz de un viaje de prueba del "Great 
Britain" de Bristol a Londres. Hasta entonces sólo se había 
aplicado el vapor en barcos a ruedas que no podían lanzarse 
a través del Océano sin inmensos riesgos. 

Pocos meses después ya la prensa europea daba la noticia 
de que la empresa Hodgoon había iniciado la construcción 
de una flota de siete vapores que harían el viaje entre Ingla- 
terra, Río de Janeiro y el Plata. Al reproducir tan impor- 
tante información, advertía la prensa de IMontevideo que 
dentro del régimen de la navegación a vela eran necesarios 
seis meses para el cumplimiento de cualquier orden comercial 
enviada del Río de la Plata a Europa, mientras que con la 
navegación a vapor la nueva orden podría quedar ejecutada 
antes de los tres meses. 

Pero las dificultades para organizar una empresa de esa 
índole debieron ser muj'' considerables. El hecho es que el ser-, 
vicio recién quedó establecido en los primeros días del año 
1851, mediante dos líneas de vapores: una de Sóuthampton a 
Río de Janeiro, inaugurada por el vapor "Teriot" de 1,800 
toneladas y 500 caballos de fuerza motriz, que realizó la tra- 
vesía en 29 días; y otra de Río de Janeiro al Plata, inaugu- 
rada por el vapor "Esck", más pequeño, que recorrió el tra- 
yecto hasta ^Montevideo en 6 días. 

En su segundo viaje a ^Montevideo, realizado el 20 de 
marzo del mismo año, el "Esck" trajo diarios de Londres 
hasta el 10 de febrero, de París hasta el 9 y de ^Madrid hasta 
el 8, con verdadero asombro de la plaza que no se cansaba 
de admirar esa considerable rapidez de las comunicaciones. 

Los viajes eran mensuales y el pasaje de Montevideo a 
Sóuthampton costaba de 55 a 85 libras esterlinas, según que 
se tratara de camarote para una sola persona o para varias, 
y de 48 a 65 los de segunda clase en las mismas condiciones. 

Los puertos de Oribe. 

Hemos dicho ya que desde los comienzos del sitio fué ha- 
bilitado por Oribe el puerto del Buceo para las operado-. 



334 HISTOBIA DEL URUGUAY 



lies comerciales y movimiento de pasajeros del campo sitia- 
dor y asimismo que a raíz de la intervención franco-in- 
glesa de 1845 fueron habilitados para el comercio de expor- 
tación e importación los puertos orientales sobre el río Ya- 
guarón, trasladándose con tal motivo la Colecturía del Buceo 
a la villa de ]\Ielo. 

Sólo existen datos aislados acerca del movimiento comercial 
de esos puertos. 

Uno de los más impoi'tantes acusa la exportación por el 
Buceo de 323,000 cueros vacunos durante los meses com- 
prendidos desde noviembre de 1843 hasta julio de 1845. Otro, 
establece que desde fines de agosto hasta noviembre de 1848 
fondearon en el Buceo 36 buques mercantes de ultramar y 76 
de cabotaje. 

Pero lo que resulta claro de todas las informaciones comer- 
ciales de la época es que con excepción de algunos períodos 
cortos, en que el l)]oqueo fué mantenido con rigor, el puerto 
del Buceo prosiguió abierto a la navegación mercante de ul- 
tramar y de cabotaje. 

En cambio el movimiento comercial por la frontera fué 
desde el comienzo materia de graves incidentes internaciona- 
les, según lo hemos demostrado en capítulos anteriores, y 
de escasa utilidad i^ara el ejército sitiador. 

En las demás esferas de la actividad industrial. 

Fuera del desarrollo extraordinario del comercio exterior 
D que dio mérito el bloc|ueo de los puertos de Rosas, tenían 
que ser de estancamiento y de ruina los efectos de la guerra 
en todas las demás esferas de la actividad económica. 

En la Campaña la obra era de saqueo de las estancias y 
pn la Capital de plena y absoluta paralización. 

En 1847 surgieron, sin embargo, dentro de la plaza sitiada 
dos fuertes empresas reveladoras — decía ' ' El Comercio del 
Plata", — de aquel admirable espíritu de iniciativa que pocos 
años antes había duplicado la extensión de Montevideo y que 
liabría fomentado la edificación de nna nueva ciudad en las 
costas del l*autanoso y del Miguelete si la invasión de Oribe 
no lo hubiera impedido. 

Eran ellas la barraca de Antonini al lado del muelle prin- 
cipal, notable por la solidez y amplitud de sus instalaciones 
consistentes en cinco almacenes bajos y cinco almacenes altos, 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 335 

que ocupaban media manzana; y el muelle de Gouland, en la 
prolongación de la calle Colón, con fondos de 17 pies entre 
agua y barro suelto, donde podían atracar los más grandes 
buques que llegaban entonces al Río de la Plata. 

^Jicntras que del lado de tierra — decía "El Conservador" 
— todo es ruina y devastación, del lado del puerto todo es 
vida, edificación y movimiento. 

En 1845 fué aplicado por primera vez en Montevideo el 
ruevo procedimiento para dorar y platear metales llamado 
"galvanoplastia electrotípica", que recién empezaba a di- 
fundirse en Europa. Describiendo el primer ensayo decía "El 
Constitucional" : 

"Hemos visto una moneda de cobre plateada perfectamente 
por este método y podemos asegurar que no se empleó más 
de dos minutos. La pieza de cobre fué cubierta de luia capa 
espesa de plata, no como si fuera aplicada mecánicamente, 
pero combinada al metal". 

Al año siguiente se instaló un taller de retratos sistema 
Daguerrotipo, con colorido, que tuvo notable movimiento. 

¡T nada más permitían las angustias de la situación! 

Acuñación de moneda. 

Desde los comienzos del sitio procuró el gobierno de la De- 
lensa — de acuerdo con el voto de la Asamblea que le autori- 
iíaba a procurarse fondos por toda clase de arbitrios "menos 
la emisión de papel moneda" — mantener en toda su integri- 
dad el régimen metálico que hasta ese momento había desta- 
cado al Uruguay entre todos los demás países importante* 
de la América del Sur, víctimas del papelismo y de la ines- 
tabilidad de los precios. 

Por un decreto de marzo de 1843 declaró nulas todas las 
convenciones pactadas en papel moneda de Buenos Aires que 
Oribe había empezado a introducir, y en seguida se preocupó 
de reforzar la exhausta circulación con ayuda de monedas 
metálicas de cuño nacional. 

El Ministro de la Guen-a coronel Pacheco y Obes pro- 
movió una suscripción pública de plata labrada, que con- 
centró en la Casa de Gobierno muchas alhajas y artículos va- 
liosos bajo la presión del celo partidario en algunos casos y 
del temor a las medidas de violencia en otros. 



336 HISTORIA DEL TJBÜGUAY 



De la importancia de la colecta instiniye un oficio del Mi- 
nistro de la Guerra al Ministro de Hacienda adjuntándole 
a mediados de 1843, con destino a la Casa de ^Moneda, 19 
arrobas de plata y una lista en la que figuraba don Juan 
Francisco Giró, prohombre del partido blanco, con "una pa- 
langana de plata". 

La Junta de Patronato de San Francisco, en nota de su 
l'residente don José Luis García de Zúñiga al coronel Pa- 
checo, dejó constancia de la falta de espontaneidad de su 
donativo. ''La Junta, decía, en cumplimiento de lo ordenado 
por V. E. en su respetable comunicación del 1." del corriente 
(diciembre) ha acordado se pongan a disposición de V. E. 
las únicas alhajas que están bajo su administración y de que 
puede disponer, a saber : una cruz grande de plata, una ídem 
chica, cuatro arandelas de plata para hachas de cera y dos 
platillos chicos de plata, todo con peso de siete libras doce 
onzas." 

Una vez obtenida la materia prima, se dirigió el Gobierno 
a la Asamblea solicitando autorización para acuñar 80,000 
pesos de moneda de cobre, de cinco, veinte y cuarenta cen- 
tesimos de real y piezas de plata sin limitación de cantidad, 
con título de 10 y 1/2 dineros, en pesos fuertes del peso y 
valor del duro español y medios fuertes, llevando en el an- 
verso la inscripción "República Oriental del Uruguay" y el 
año de la acuñación y en el reverso el Cerro y la inscripción 
'.'Asedio de ^Montevideo", modificada luego por la de "Sitio. 
de Montevideo". 

La autorización fué concedida y en el acto se procedió a 
la instalación del taller en un departamento de la Jefatura" 
de Policía, mediante el trabajo de los presos allí alojados y 
de otros operarios reclutados en la forma que indica este 
aviso : 

'■'Necesitándose peones en la Casa de ]\Ioneda Nacional, des- 
pués de obtenida la autorización superior se ofrece infalta- 
blemente al que desee trabajar en ella ración entera todos 
los días y un patacón de gratificación los domingos." 

La inauguración del taller o Casa de Moneda tuvo lugar 
en febrero de 181-4, acuñándose en esa oportunidad cuatro 
monedas de plata que fueron entregadas al Presidente y a. 
sus Ministros, bajo una salva de 21 cañonazos. 

Apenas anunciada la apertura de la Casa de Moneda se- 
apresuró Oril)e a tomar represalias contra el decreto del go- 



LA DEFFXSA PE MOXTEVIDIO 337 

bierno de la Defensa proscribiendo el papel moneda de Bne- 
nos Aires. Por resolución de febrero de 1844 prohibió la 
circulación de monedas acuñadas "'por los rebeldes salvajes 
unitarios", en razón — decía el decreto — de que dichas mo- 
nedas "no representan otra cosa que el fruto de las expo- 
liaciones y rapiñas notorias de aquellos malvados". 

Tuvo muy escasa actividad el taller inaugurado con tanta 
pompa. Según un aviso publicado en abril del mismo año 
por el Ministerio de la Guerra, en razón "de haber fallado 
algunos de los procedimientos" y de haberse dado subsiguien- 
temente la plata en garantía de contratos para el suministro 
de víveres al ejército. Agregaba el aviso que el Ministerio 
tenía el propósito de levantar el empeño y reanudar la acu- 
ñación. La Casa de Moneda no volvió a funcionar más, sin 
embargo, por falta de materia prima, y el ensayo quedó aban- 
donado. 



El valor de la moneda. 

Las monedas que circulaban principalmente en Montevideo 
durante la Guerra Grande eran la onza de oro con un valor 
de 16 patacones o pesos fuertes; el peso fuerte o patacón 
de plata con valor de 960 reis; y el peso corriente de plata 
con valor de 800 reis. Las cuentas comerciales se llevaban a 
pesos corrientes. 

La ley de 1831, de extinción de la moneda de cobre bra- 
sileña, al fijar el valor de algunas de las piezas circulantes 
no se ocupó absolutamente ni de la libra esterlina, ni del 
dólar americano, ni de la moneda de cinco francos, y a con- 
secuencia de ello el comercio recibía estas dos últimas por 
800 reis contra 960 que asignaba al patacón brasileño y al 
peso de las Repúblicas americanas de habla española. 

La prensa indicó en diversas oportunidades la necesidad de 
íijar el valor de las monedas de Inglaterra, Francia y Esta- 
dos Unidos, como medio de acrecentar el stock metálico del 
Uruguay. Pero el asunto quedó sin resolverse a la espera de 
mejores tiempos. 

Mientras el gobierno de la Defensa trataba de conjurar la 
crisis financiera mediante la acuñación de monedas de plata 
y de cobre, la Argentina era empapelada por Rosas. 

Buenos Aires conocía el billete bancario desde 1822 en que 



338 HISTORIA DEL URUGUAY 



tuvo lugar la fundación del Banco de Descuentos. Cada onza 
de oro equivalía entonces a 17 pesos en billetes. 

En 1826 el Banco de Descuentos fué transformado en Banco 
Nacional y sus billetes fueron declarados inconvertibles por 
dos años, y luego por tiempo indefinido, iniciándose desde 
ese momento la depreciación del papel. 

Cuando Rosas asumió por segunda vez la dictadura en 
1835, el peso fuerte de plata equivalía a 7 pesos en billetes y 
al mismo tipo continuó cotizándose durante dos años. En 
1837 atribuía Rosas, en un mensaje a la Sala de Represen- 
tantes, esa estabilidad en el valor de la moneda, "a la con- 
ciencia que habían fonnado el público y el Gobierno de que 
sería un crimen de lesa patria acrecentar la emisión de mo- 
neda corriente." 

Fresca todavía la tinta con que se había escrito ese men- 
saje, pidió y obtuvo el mismo Rosas de la Sala de Represen- 
tantes autorización para lanzar cuatro millones, y luego otras 
cantidades, hasta que finalmente se hizo votar una ley en 
1846 que le facultaba para emitir dos y medio millones de pe- 
sos cada año. 

Por efecto de ello, la onza de oro que valía 122 pesos papel 
en 1836, fué subiendo progresivamente hasta alcanzar el pre- 
cio de 570 pesos en 1810, y aunque en seguida se inició una 
baja, el tipo corriente de las cotizaciones se mantuvo oscilando 
de 400 a 410, desde 1845 hasta 1848. 

No era ciertamente como para estimular este ejemplo y 
resultaba explicable entonces que el gobierno de la Defensa 
realizara tantos sacrificios para salvar al Uruguay, como lo 
salvó, de la plaga del billete inconvertible. 



i 



CAPITULO XII 
Movimieuto adiniuistrativ» 

Los primeros recursos para la organización de la defensa. 

Cuando el ejército de Oribe cruzó el Uruguay y se puso 
en marcha con rumbo a Montevideo, el gobierno de Suárez 
se dirigió a la Asamblea en demanda de recursos extraordina- 
rios para hacer frente a los gastos de organización de la de- 
fensa, dictándose con tal motivo algunas de las leyes que ya 
hemos tenido oportunidad de mencionar. Se creó un derecho 
adicional de exportación del 8 % sobre todos los frutos, ex- 
cepto los cueros que debían pagar un real, y fué autorizado 
el Poder Ejecutivo para procurarse la suma de 500,000 pesos 
y asimismo para disponer durante dos meses del producto 
de varias rentas que estaban enajenadas a particulares, tales 
como el papel sellado, las patentes, la alcabala, y de otras mu- 
nicipales y de caridad. 

De acuerdo con una de esas leyes el Gobierno decretó la 
venta del impuesto de patentes, alcabala y papel sellado a 
recaudarse en 1844 por 130,000 pesos, y repartió esa suma 
en cuotas de 250 pesos entre un grupo de capitalistas bajo 
la amenaza, en caso de resistencia, de aplicarse las penas de 
prisión, deportación, servicio militar en el ejército de línea 
o expropiación de bienes muebles. El decreto acordaba a los 
contrib.i> ontes la administración del impuesto y les permitía 
abonar sus respectivas cuotas mitad al contado en monedas 
de or">, plata o en chafalonías, y la otra mitad a los quince 
días. 

Dentro de esos procedimientos violentos estimulados po- 
las circunstancias angustiosas del día, debían naturalmentt 
quedar suspendidas todas las obligaciones del Tesoro y así 
resolvió declararlo el Gobierno desde principios de febrero, 
mediante un decreto en el que invocando la carencia de fon- 
dos para cubrir las Idras de Tesorería giradas, establecía que 
en adelante sólo se abonaría el interés pactado. 

Formalizado ya el sitio, hubo que echar mano de nuevos y 
más abundantes recursos. 



340 HISTORIA DEL URUGUAY 



Empezó el G( bienio por cojitratar un préstamo de 150,000 
pesos con garantía de las rentas de aduana, sobre la base di 
letras que serían ace]jtadas en pago de derechos, y por ges- 
tionar la sanción de una ley que mandaba verter en la Teso- 
rería (xeueral los depósitos judiciales que hasta ese momento 
eran administrados por particulares. 

En seguida pidió y obtuvo otra ley que le facultaba para 
negociar un anticipo de 500,000 pesos sobre las rentas de 
aduana, y asimismo para vender la mitad de las de 1844 
y 1845, dejando burlados en uno y otro caso a todos los 
prestamistas anteriores que habían dado sus capitales sobre 
la base de hipotecas que los facultaban para entregar sus 
documentos de crédito en pago de derechos de importación 
y exportación. 

El anticipo de 500,000 pesos fué consumido en el acto y, 
hubo cpie autorizar otro por igual cantidad bajo forma de 
obligaciones que devengaban el interés mensual del 1 % 9f> 
garantizadas por la mitad de la renta que se había reser- 
vado el Tesoro. 

La ley de enajenación de la renta aduanera fué dictada 
a raíz de la organización de una sociedad que debía llegar a 
constituir el eje del movimiento financiero de la Defensa de 
Montevideo. Estaba integrada en esos momentos por 140 so- 
cios o accionistas con un capital suscrito de 500,000 pesos, el 
mismo capital ofrecido en préstamo al Tesoro público, junta- 
mente con la mitad del producto líquido de las rentas de 1844. 

Otra ley muy importante pidió y obtuvo el Gobierno : la 
que le facultaba "para empeñar, hipotecar y vender todas y 
cualesquiera propiedades públicas existentes en todo el terri- 
torio de la República, sin restricción ni limitación de nin- 
guna especie". 

Con el propósito de descubrir todo el alcance de la autori- 
zación gestionada, pidió el Ministro de Hacienda al Senado 
que quedara constancia en el acta, "de que el Gobierno po- 
dría verse en la necesidad de hacer uso de la Casa de la Re> 
presentación y de la Plaza Pública contigua a ella, no obs- 
tante que respetase en mucho esa especie de veneración que 
naturalmente se les tenía". 

Todo lo que fuera de la Nación podía, pues, venderse sin 
otra retranca en las escrituras que la inclusión de un pacto 
de retroventa con plazo suficientemente largo como para 
poder verificar el rescate en el caso de mejorar las circuns- 
tancias del Erario público. 



LA DEFENSA DF MONTKVTDKO 341 

No había exagorado el ^Ministro. Poco después eran ena- 
jenados el Cabildo y casi todos los inmuebles públicos y hasta 
algunas particulares como el Teatro Solís de que también 
echó mano el Gobierno para hacerse de recursos. Gracias a 
la previsora cláusula de la retroventa pudo operarse el res- 
cate de algiuios de ellos después de la paz. 

Entre los arbitrios financieros del primer año del sitio 
figura también la creación de un impuesto sobre la venta del 
pan y la inmediata enajenación de ese impuesto a una em- 
presa particular que anticipaba su importe. Después de eje- 
cutado, el Gobierno sometió ese decreto a la ratificación le- 
gislativa incluyéndolo entre los arbitrios de que podía echar 
mano de acuerdo con la autorización general que había reci- 
bido en la víspera del sitio para proveerse de recursos. La 
Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados declaró 
con tal motivo que la facultad de crear impuestos era priva- 
tiva de la Asamblea y que sólo por efecto "de una injustifi- 
cable interpretación" había podido el Gobierno dictar ese 
decreto. Pero aconsejó la ratifieación, invocando que los actos 
del Gobierno requerían "el mayor vigor y prestigio posi- 
bles", y la Asamblea fué de su parecer. 

Tales fueron los principales impuestos y arbitinos del pri- 
mer año de la guerra. Refiriéndose a la venta de propiedades 
decía el Presidente Suárez al inaugurar las sesiones ordina- 
rias de 1844: 

Un pueblo que se dejara dominar por Rosas y su mazorca 
"a trueque de conservar algunos edificios que abrigarían sólo 
a siTS enemigos, plazas que sólo servirían para contener ca- 
dalsos o el alarde odioso de falanges opresoras, templos que 
se destinarían sólo para teatro de un orgullo insensato . . . 
habría olvidado lo pasado y renunciado al porvenir... sería 
un pueblo estúpido y vil." 



Deberes de los empleados. 

Las angustias del Tesoro no eran un obstáculo a las medi- 
das moralizadoras de la Administración pública. Lo demues- 
tra una hermosa ordenanza policial de mediados de 1843. 

El pago de los presupuestos estaba suspendido y con toda 
probabilidad había empezado a implantarse entre los más 



342 HISTORIA DEL URLGUAY 



necesitados la costumbre de pedir o recibir propinas. El he- 
cho es que la Jefatura resolvió dar una orden del día prohi- 
biendo las gratificaciones hajo pena de perdimiento del 
empleo. 

"Los empleados ])úblicos — decía el Jefe Político fundando 
esa prohibición — no tienen deberes voluntarios en el ejerci- 
cio de su oficio : todos son necesarios y en su deseinpeño no 
cabe el más o el menos. El empleado público no puede hacer 
o dejar de hacer, según le parezca: debe siempre llenar su 
obligación del mismo modo y obrar con el mismo celo, con 
la misma imparcialidad, cuando se trata de amigos que de 
enemigos, de pobres que de ricos." 



Los contratos de enajenación de la renta aduanera. 

Ya hemos dicho que desde los primeros momentos del sitio 
obtuvo el gobierno de la Defensa por concepto de la mitad 
de los derechos a recaudarse en el traascurso del año 1844, 
la cantidad de 500,000 pesos. 

A partir de esa priinera ley y bajo la presión cada día 
más acentuada de las estrecheces del Erario público fueron 
alargándose los plazos entre la fecha de la entrega de los anti- 
cipos por la Sociedad compradora fundada entonces y la 
fecha de la recaudación efectiva de la renta. 

En febi-ero de 1844 la Asamblea sancionó el contrato de 
enajenación de las rentas de 1845. La Sociedad compradora 
se obligaba a entregar 300,000 pesos pagaderos en cuotas 
mensuales y la mitad líquida del producto de la renta. Vale 
la pena de destacar dos de las cláusulas de ese contrato. 

Por la primera se declaraba que la Sociedad era de índola 
"meramente mercantil^' y ajena de todo punto ''a la polí- 
tica del país. . . para que ni directa ni indirectamente puedan 
ser complicados en ella los neutrales, que forman una parte 
muj'- considerable de la asociación."' 

"Queda entendido — decía la segunda — sin que sea visto 
defraudarse en lo más mínimo la superintendencia general 
que compete al Estado por las leyes fundamentales de la 
República sobre todas sus rentas, que la administración de 
la aduana y resguardo de ^Montevideo hasta la terminación 
del presente contrato corresponde a los accionistas, cuya 
Comisión Directiva tiene el derecho de elegir, conservar y 



LA DEFENSA DE íktOXXEVIDEO 343 

remover los empleados que ha nombrado y nombre, según lo 
estime más conveniente a sus intereses. Así como el Gobierno 
para la fiscalización que compete a los suyos, tiene el de con- 
servar o establecer oficinas y empleados en dichos ramos, 
pero con atribuciones que estén en consonancia con las que 
para el mejor éxito de la empresa adopte la Comisión." 

Antes de finalizar el año 1844 tuvo el gobierno de la De- 
fensa que recurrir de nuevo a la Sociedad compradora para 
•ruajenarle la renta del año 1846. De acuerdo con el nuevo 
contrato que la Asamblea sancionó en noviembre, la Sociedad 
se obligaba a entregar 200,000 pesos, pagaderos en cuotas 
mensuales de 20,000 y la mitad líquida de la renta que' 
fuera recaudada. Como por efecto de los nuevos compro- 
misos contraídos la Sociedad compradora se vería obligada 
a desatender a sus propios acreedores, prevenía el contrato 
que el Estado abonaría a esos acreedores una indemnización 
mensual del 1 ^2 % mientras no recibieran su capital. 

Había ido descendiendo gradualmente, como se ve, el pre- 
cio de compra de la mitad de los derechos de Aduana : 500,000 
pesos por la renta del primer año, 300,000 por la del segundo, 
y 200,000 por la del tercero. Dando la explicación del des- 
censo, dijo el Ministro de Hacienda ante la Cámara de Di- 
putados al discutirse el tíltimo de esos contratos, que la So- 
ciedad compradora lejos de tener ganancias había sufrido 
pérdidas, y que por otra parte el interés del dinero se había 
encarecido tanto que los 200,000 pesos obtenidos como precio 
de la renta de 1846, representaban el equivalente de los 
500,000 obtenidos por la renta de 1844. 

Estaba reducido el movimiento aduanero al consumo de la 
población de Montevideo y como la gente emigraba bajo la 
presión de las estrecheces del sitio y los recursos se agotaban 
por falta de trabajo, la renta de aduana disminuía en pro- 
porciones más considerables que las calculadas al tiempo de 
la contratación de los anticipos. 

Prosiguió el descenso hasta el año 1845. La intervención 
annada de la Inglaterra y de la Francia en las contiendas 
contra Rosas, concentró desde ese momento en Montevideo 
todo el movimiento comercial del Plata. Los puertos argenti- 
nos estaban bloqueados para el intercambio directo con los 
mercados de ultramar ; pero comerciaban ampliamente por 
intermedio del cabotaje uruguayo con el acuerdo de las es- 
cuadras bloqueadoras. Se había querido con ello suministrar 



344 HISTORIA DEL URUGUAY 



al gobierno de la Defensa una importante fuente de recursos 
y esta nueva situación tenía que repercutir y efectivamente 
repercutió en los contratos con la Sociedad compradora. 

Una ley de noviembre de 1845 autorizó la enajenación de 
la cuarta parte de la renta de 1848 por 300,000 pesos, dejando 
libres las rentas de 1847, a la espera de mejores precios. La ley 
partía del supuesto de que la aduana produciría dos millones 
de pesos y establecía que los compradores de la cuarta parte 
percibirían 500,000 pe^jos. En el caso de que los ingresos adua- 
neros fueran inferiores, percibirían el mismo precio de 500,000 
pesos cubriéndose el déficit con las rentas de 1849. Y en el 
caso de que excediesen de dos millones, los compradores per- 
cibirían 600,000 pesos en vez de 500,000. 

Este contrato fué realizado con el eoucureo de los [Mi- 
nistros anglo-franceses, quienes garantizaron "la interven- 
ción diplomática de sus respectivos Gobiernos para la per- 
fecta observancia de las condiciones pertinentes al Gobierno 
Oriental, con preferencia a cualquier otro empeño que con- 
trajere con quien fuere y cualesquiera que pudieran ser los 
íicontecimientos ' '. 

La operación se realizó con capitalistas distintos de los que 
habían intervenido en los negocios anteriores y eso dio lugar 
a un reclamo de la Sociedad de accionistas que se juzgaba 
con derecho a tener la preferencia de acuerdo con su contrato 
vigente. Entonces el Poder Ejecutivo, previo un arreglo entre 
la empresa vieja y la nueva, resolvió enajenar a la primera 
la renta de los años 1847 y 1848, mediante el precio de un 
millón de pesos pagaderos de inmediato en cuotas mensuales, 
y la mitad del producto líquido de la,s respectivas recauda- 
ciones. El precio por cada año era el mismo que se había 
obtenido en los comienzos del sitio y debía empezar a pagarse 
desde marzo de 1846. 

Al aconsejar la sanción del nuevo contrato la Comisión de 
Hacienda de la Cámara de Diputados reñejaba en esta forma 
las angustias del momento : 

*'Con cuantiosas, urgentes e imprescindibles obligaciones a 
hacer; sin medios regulares y fijos para satisfacerlas; sin país 
de dónde sacarlas; con una población extenuada y aniquilada 
en sus recursos por una consecuencia necesaria de todos los 
sacrificios que ha hecho en tres años de asedio para defen- 
derse y mantener incólume el honor, las libertades y la in- 
dependencia de la República, ¿quién puede poner en duda 



LA DEFEXáA DE MONTEVIDEO 345 

que esas anticipaeiones, esos sacrificios, si tal puede decirse 
cuaudo ellos son el precio de la existencia de la patria, son 
el único camino que nos está expedito para continuar en 
nuestra honrosa carrera?". 

y que los tintes sombríos de ese cuadro no estaban recar- 
gados, se encargó de comprobarlo un convenio realizado en 
mayo del mismo año 1846 entre el gobierno de la Defensa y 
un numeroso grupo de acreedores cuyos créditos tenían ga- 
rantía hipotecaria sobre la parte de renta aduanera que co- 
rrespondía al Fisco. De acuerdo con ese convenio cedían 30,000 
pesos mensuales durante el plazo de seis meses, con destino 
al racionamiento de los soldados de la guarnición y sus fa- 
milias, bajo la obligación que contraía el Gobierno de abonar 
el interés del dos por ciento mensual y de cubrir el capital 
con ayuda de los propios ingresos aduaneros. No hacían 
los acreedores desembolso alguno. Se limitaban a aejar de 
recibir de inmediato la tercera parte de las rentas que por 
.sus contratos tenían derecho a percibir. 

A principios de 1847 hubo ya necesidad de arbitrar otros 
recursos, y la Asamblea de Notables autorizó al Gobierna 
para enajenar la renta aduanera de 1850 por el precio de 
500,000 pesos pagaderos de inmediato en cuotas mensuales 
de 20,000 a 40,000 pes(^, y la mitad líquida del producto 
de las recaudaciones. 

La perfecta cordialidad de relaciones entre el Gobierno y 
la empresa compradora estuvo a punto de alterarse con mo- 
tivo de la creación de un derecho adicional de exportación. 
La Sociedad compradora entendía que sus contratos asegura- 
ban el mantenimiento del régimen arancelario vigente desde 
1837. Pero resuelta a transigir, se dirigió al Gobierno pro- 
poniéndole las cantidades que procuraba levantar mediante 
ese impuesto. 

En abril de 1848 vendió el Gobierno la renta de 1851 me- 
diante el mismo precio obtenido anteriormente de 500,000 pe- 
sos y la mitad líquida de los ingresos y eso no obstante que 
la intervención europea, debilitada desde el año anterior por 
el retiro de la escuadra inglesa, tocaba a su fin por la deci- 
sión del Gobierno Francés de levantar el bloqueo contra Rosas 
con notable quebranto de las rentas enajenadas (jue ya no 
alcanzarían más a cubrir los precios de compra. 



23 — ni 



346 HISTORIA DEL URUGUAY 



La Sociedad compradora de la renta de aduana. 

La administración de las rentas públicas por empresas con- 
cesionarias estaba incorporada a la legislación uruguaya desde 
las primeras administraciones constitucionales, por juzgarse 
que era ese el medio de obtener rendimientos más estables y 
altos. Entre las le:,\es de esa época inicial, se destaca la de 
junio de 183-1 que facultaba al Poder Ejecutivo para vender 
o rematar la mitad ele los derechos aduaneros por uno o dos 
años, dando a los compradores la intervención necesaria. En 
vez de rematar toda la renta, se remataba la mitad como 
medio de que el Fisco sacara partido del crecimiento de los 
ingresos. 

Y en esa misma fonna siguió desenvolviéndose la adininis- 
tración financiera durante todo el transcurso del sitio y se 
fué robusteciendo la Sociedad de accioni.stas IvaaVa conquistar» 
una absoluta autonomía, c^ue el gobierno de la Defensa, de 
acuerdo con el contrato de enajenación de las rentas de 1847 
y 1848, reconoció y declaró así mediante un decreto de 
marzo de 1846 : 

"'La Sociedad que compró y administra la renta de aduana 
de la Capital y departamentos es la única administradora y 
recaudadora. Ninguna autoridad civil ni militar de la Repú- 
blica se ingerirá directa ni indirectamente en la recaudación 
y en la administración de la expresada renta." 

Los 500,000 pesos del capital de la Sociedad estaban re- 
presentados por 400 acciones de 1,250 pesos cada una y fuerou 
cubiertos en esta forma : 100 pesos al contado y el resto a 
plazos en vales suscritos por los accionistas y entregados a 
la Tesorería para que ésta los hiciera descontar y levantara 
recursos. Los vales fueron pagados a sus respectivos venci- 
mientos y el capital social cpiedó totalmente integrado des- 
pués de corridos los primeros meses de operaciones. 

Véase cuál era la distribución de los accionistas por nacio- 
nalidades en el año 1846: 



LA DEKFNSA DK MONTEVlDi:0 



•347 



Accionistas 



Acciones 



26 


35 


6 


9 


10 


19 


28 


64 


53 


86 1/2 


29 


76 


19 


21 \'2 


1 


2 


44 


80 


6 


7 



Alemanes . 
Argentinos . 
Brasileños . 
Españoles , 
Franceses . 
Ingleses, 
Italianos 
Norteamericanos 
Orientales . 
Portuo-ueses 



Gradualmente se fueron ensanchando y complicando las 
operaciones de la empresa en tal forma y con tal amplitud 
que ]a aduana, administrada por particulares, vino a que- 
dar convertida en un verdadero establecimiento bancario. El 
Gobierno giraba órdenes de pago contra la empresa hasta 
concurrencia del precio de compra y del producto de la mi- 
tad de las rentas que se había reservado; y sobre la base de 
esas órdenes de pago, la empresa emitía obligaciones por un 
valor equivalente que eran lanzadas a la plaza y recibidas 
como dinero, vinculándose entonces todos los capitalistas y 
comerciantes directa o indirectamente a la suerte de la em- 
presa administradora de la aduana. 

Ningún otro mecanismo financiero habría podido, deiitro 
del angustioso medio ambiente de la ciudad sitiada, suminis- 
trar tan abundantes recursos como ese al gobierno de la De- 
fensa. 

Una interesante polémica periodística que se desarrolló en 
1846, dio base a Florencio Várela para fijar exactamente los 
servicios prestados por la empresa al Tesoro público durante 
sus tres primeros años de funcionamiento. 

El Gobierno había recibido por la mitad de la renta adua- 
nera de 1844 la cantidad de 500,000 pesos; por la mitad de 
la renta de 1845, la cantidad de 300,000; por la mitad de la 
renta de 1846, la cantidad de 200,000. En conjunto un millón 
de pesos sin recargo de intereses, ventaja enorme, si se con- 
sidera que durante el sitio el interés subía al 2 i/o. al 3 y 
hasta al 3 1/^ % mensual. 

Por ese millón había dado el Gobierno la mitad de la renta 
aduanera; y el producto líc[uido de esa mitad computado 
hasta noviembre de 1846 sólo alcanzaba a 1.072,647 pesos, o 



348 HISTORIA DEL rEUGUAY 



sea un excedente de setenta y tantos mil pesos sobre el monto 
del préstamo. A dicho excedente había que agregar el pro- 
ducto de diciembre, no conocido todavía al tiempo del debate 
periodístico a que nos referimos. 

Un año después "El Comercio del Plata" volvió a ocu- 
parse de la negociación de la renta aduanera sobre la base 
de los estados formulados por la empresa administradora, y 
lo hacía en esta forma : 

Capital social: 500,000 pesos; producto líquido de la mitad 
de la renta recaudada durante los cuatro años corridos de 
1844 a 1847 inclusive: 2.517,500 pesos; otros ingresos: 5,384 
pesos. Total: 3.022,884 pesos. 

La empresa había entregado al Pastado por concepto de 
precio de compra de 1844 a 1848 y anticipos a cuenta de los 
años 1849 y 1850 la cantidad de 2.458,750 pesos. 

Y había distribuido a sus accionistas, bajo forma de divi- 
dendos, 560,000 pesos. La pequeña diferencia hasta igualar 
los ingresos con los egresos correspondía a existencia en caja 
y deudas del Gobierno. 

En resumen, decía el expresado diario: es recién a los cua- 
tro años de formalizado el contrato que la empresa compra- 
dora ha podido recuperar su capital de 500,000 pesos y re- 
cibir 60,000 pesos por concepto de intereses. 

Pero, como se encargó de hacerlo notar otro diario, a esa 
partida de intereses había que agregar el producto de la 
parte de rentas de 1849 y 1850 anticipadas con ayuda de los 
mismos proventos aduaneros por la Sociedad compradora. 

A principios de 1850 se publicó un balance más completo 
que abarcaba los seis años corridos hasta ese momento. La 
Empresa había pagado al Gobierno por concepto de precio 
de los derechos de aduana 2.877,365 pesos; había pagado por 
concepto de gastos de administración 221,511 pesos, y perci- 
bido por concepto de su mitad de renta 3.227,430 pesos, todo 
ello según el detalle que subsigue (prescindiendo de frac- 
ciones) : 



LA DEFENS.4 DE MONTEVIDEO 



349 



AÑOS 



Pagado 
al (íobierno 



Pagado por gastos 

de 

administración 



Producto bruto 

de la mitad 

délas rentas 

perteneciente 

a la Empresa 



1844 . . . . 


1845 . 




1846 . 




1847 . 




1848 , 




1849 . 




1850 . 




1851 . 





$ 500,000 
300.000 
200.000 


$ 13,981 
» 18,341 
^ 40,362 


$ 208,608 
236,477 
797,124 


* 1. 010.000 
Ccniprendi'Jo en la venta de 1817 
$ 500,000 
242,715 


» 70,276 
» 48,659 
» 29,890 


» 1.418,252 
377,216 
189,753 


124,650 


— 


— 



Hechas otras dediiceiones pequeñas resultaba un saldo de 
626,000 i)esos a favor de los accionistas por concepto de ca- 
pital e intereses, pero que no era ciertamente definitivo desde 
que en el balance se cargaban los anticipos correspondientes 
a las rentas de 1850 y 1851 pendientes todavía de recaudación. 



El bloqueo como fuente de recursos para el gobierno de la 

Defensa. 



Vale la pena de destacar el cuadro del movimiento rentís- 
tico correspondiente a la época del bloqueo de los puertos 
argentinos. 

La renta aduanera dio al finalizar el año de 1845 un gran 
salto. De treinta y tantos mil i)esos mensuales que era su ren- 
dimiento medio, subió en noviembre a 55,548 pesos y en 
diciembre a 110,068 pesos. 

Pero fué en los dos años subsiguientes que adquirió todo 
su desarrollo por efecto de las gruesas cantidades de merca- 
derías de ultramar que Montevideo remesaba a los puertos 
argentinos, previo pago de derechos de importación cuando 
habían sido despachadas o simplemente de tránsito cuando 
eran trasbordadas o reexjiortadas. 

Hubo varios mevses durante el año 1846 en que la recau- 
dación aduanera dio más de doscientos mil pesos. Y en 1847 
varios en que excedió de trescientos mil! 

Véase el monto total de los ingresos de la aduana de Mon- 
tevideo en esos dos años del bloqueo de los puertos de R()sa,s: 



350 



HISTORIA DEL URUGUAY 



RUBROS 



Importación. 
Exportación. 
Trán.sito .... 
Hospital .... 
Almacenaje . 
Arqueo y guardas 
Eslingaje 

» ... 

» ... 
Guias 



.283,537 

230,386 

144,068 

26,248 

15,048 


» 


1.980,358 

102,604 

732,251 

43,411 

22,775 


49,974 

15,079 

1,760 


» 
» 


55,815 

18,796 

7.407 


1,676 


» 


189 


969 


» 


1,887 



En números redondos mi ¡nillon ochocientos mil pesos en 
3846 y tres millones en 1847, debiendo atribuirse el fuerte 
descenso de la renta de exportación al abandono de la nave- 
gaeióu del Paraná después de las grandes remesas de frutos 
a raíz del combate de Obligado, y el notable progreso de la 
renta de tránsito a que el derecho empezó a recaudarse en 
el último cuatrimestre de 1846. 

Si el bloqueo hubiera continuado, el Tesoro de la Defensa 
habría estado siempre repleto. Pero los Gobiernos interv^en- 
tores se dieron cuenta de que la escuadra no terminaría ab- 
solutamente la guerra, porque su acción militar era insufi- 
ciente y porque su acción económica era nula desde que 
Ro.sas seguía importando y exportando por intermedio del 
puerto de Montevideo. 

El Gobierno Inglés fué el primero en levantarlo a mediados 
de 1847. Un año después seguía su ejemplo el Gobierno 
Francés, pero más vinculado a la contienda del Río de la 
Plata acordaba a la vez al gobierno de la Defensa un subsi- 
dio mensual a modo de indemnización, por el enorme descenso 
que debía producirse en la renta aduanera. 

Desde ese momento la renta, reducida a los consumos de la 
plaza de ^Montevideo, volvió al modestísimo nivel de que la 
había arrancado la intervención franco-inglesa. 



El impuesto de puertas y ventanas. 

La aduana continuó siendo, sin embargo, el eje del movi- 
mento financiero. Ninguno de los demás impuestos del go- 
bierno de la Defensa podía producir lo que ella daba, aún re- 
ducida a las exigencias de la población sitiada. 



LA UEFEXSA DK MONTEVimiO 351 

Vamos a eiminorar algunos d»,' los luás iuiportaiites de 
esos impuestos. 

A mediados de 1844 la Asamblea establecía uu impuesto 
sobre las puertas y ventanas. El Poder Ejecutivo había pe- 
dido que se creara un derecho sobre los bienes de los pro- 
pietarios que no residían en ^Montevideo. La Comisión de 
Hacienda de la Cámara de Diputados encontró que el im- 
puesto a los ausentes tenía que ser arbitrario mientras no se 
conociei i la situación de cada uno, y en reemplazo de ese 
arbitrio propuso una contribución general sobre todos los 
edificios. Cada casa habitación, cada casa de comercio, cada 
cuarto destinado a habitación pagaría una cuota mensual con 
mínimum de un peso y máximum de 8 pesos por cada puerta 
y cada ventana que contuviera, a cargo del propietario, pero 
que anticiparía el iuquilino con autorización para reeniDol- 
sarse de su importe al tiempo de pagar los alquileres. 

Tal es el origen de la ley de agosto de 1844, según la cual 
por cada abertura "a la calle" pagarían las casas de familia 
una cuota mensual fija de 2 pesos tratándose de puertas y 
de 400 reís tratándose de ventanas o balcones, y las casas de 
comercio de 4 a 8 pesos en el primer caso y de 400 reis en 
el segundo. 

Se buscaba un impuesto de rápida recaudación, pero a ex- 
pensas de la higiene de los habitantes interesados desde ese 
momento en reducir el número de las aberturas gravadas. 

Su producto llegó en los años 1845 y 1846 a 184,000 pesos, 
según uno de los diarios de la época. 

Era una cantidad inferior, sin duda, a la que se había 
calculado. El hecho es que en 1847 el Gobierno se dirigió a 
la Asamblea de Notables solicitando la suspensión de ese im- 
puesto que el mensaje llamaba de "luces", y el estai»leci- 
miento en su lugar de una contribución equivalente a un 
mes de alquiler tratándose de propietarios radicados en la 
plaza y de dos meses tratándose de propietarios ausentes. 

Por otro proj'ecto complementario mandábase devolver 
a sus dueños todas las fincas embargadas o secuestradas por 
cualquier causa, sin excluir las políticas; y se autorizaba al 
Poder Ejecutivo para gravar esas propiedades con una con- 
tribución mensual extraordinaria durante todo el transcurso 
de la guerra. Como las fincas a que se refería el proyecto esta- 
ban ocupadas por empleados y familias amparadas, advertía 
el Poder Ejecutivo que desde ese momento cesaría la obligación 



352 HISTORIA DEL URUGUAY 

(le dar alojamiento y (jue los empleados civiles y militares reci- 
birían certificados o vales hasta el monto de sus haberes uti- 
lizables para el pago de alquileres. Una vez levantado el sitio, 
volvería a recaudarse "el impuesto de luces" y la mitad 
de su producto se aplicaría a la amortización de los vales o 
certificados de sueldos que se hubieran emitido. 

No habiendo encontrado ambiente favorable la transí\>r]na- 
ción proyectada, continuó en vigencia el impuesto de puoitas 
y ventanas y el Poder Ejecutivo resolvió echar mano de otros 
resoi'tes financieros para procurarse los fondos que necesitaba. 

Impuestos departamentales. 

A un plan más amplio respondía otro impuesto que el 
Poder Ejecutivo recabó en esa misma oportunidad de la 
Asamblea. 

Deseaba el gobierno de la Defensa una ley general que 
dotara a todos los departamentos de la República de rentas 
propias, que aplicarían las Juntas Económico-Administrati- 
vas al fomento material y moral de sus respectivas locali- 
dades. Por el momento sólo regiría' en Montevideo, pero se 
iría extendiendo a la campaña a medida que lo permitiera 
la suerte de la guerra. El impuesto departamental consistiría 
en un derecho sobre diversos artículos de consumo como el 
vino, las bebidas alcohólicas, la cerveza, el aceite, el azúcar, 
el tabaco, el café, la yerba mate, las conservas, el queso, la 
manteca, el carbón, la sal y los naipes; y se abonaría en la 
aduana, al tiempo del despacho, sin perjuicio de percibirse la 
primera vez sobre la base de las existencias de las casas de 
comercio. 

"Es tiempo ya — decía el Gobierno en su mensaje — de 
que nuestros departamentos Tompan su marcha hacia los 
grandes destinos a que los llama su localidad, la fertilidad 
de su suelo, la actividad y el genio de sus hijos; es necesa- 
rio que dejen de ser aldeas y que se decrete que dentro de 
pocos años puedan ser ciudades que constituyan con su ín- 
tima miión espontánea, recíprocamente ventajosa, uña grande 
ilación cpie hace circular toda su riqueza intelectual y física 
por toda su superficie, de su centro a sus extremidades y 
que no engrandece uno de sus extremos con la substancia 
necesaria a la vida de los otros puntos del territorio... Tal 
vez los mismos que reconozcan la utilidad de ese acercamiento 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 353 

(írean enestionable su oportunidad. El Gobieruo cree, y cree 
con la historia de todos los pueblos, que del seuo de los gran- 
des sacudimientos es de donde nacen las instituciones repa- 
radoras, las creaciones del porvenir." 

Tal era el hermoso y patriótico programa de progresos de- 
partamentales que el gobieruo de la Defensa enarbolaba en 
medio de los rigores y estrecheces del sitio, que en vez de 
empequeñecer ampliaba los horizontes del estadista con ideas 
que todavía hoy reíiejan algunos de los más grandes postu- 
lados nacionales. 

De ese programa resultó la ley de diciembre de 1844, apli- 
cable desde el primer momento a Montevideo, que creó un 
impuesto de 3 % sobre los eoinestibles, del 5 % sobre el ta- 
baco y la yerba, del 10 % sobre el vino y las bebidas alcohó- 
licas, del 15 % sobre los naipes, y otros porcentajes inter- 
medios sobre las demás mercaderías de consumo gravadas. 

Papel sellado, patentes y alcabala. 

Este impuesto sirvió de base al gobierno de la Defensa 
para diversas operaciones de anticipo de fondos. A mediados 
de 1845 fueron enajenadas las rentas de 1847 y 1848 por 
ochenta mil pesos, a una sociedad de accionistas que el propio 
Gobierno organizó mediante un decreto en que fijaba el valor 
de las acciones en 1,200 pesos y transfería la administración 
del impuesto a los que integraran esas acciones. 

La Asamblea otorga un voto de confianza al Gobierno para 
establecer impuestos. 

Era desesperante la situación de la Hacienda pública a 
mediados de 1847, no obstante el extraordinario rendimiento 
de los derechos de aduana. 

La Asamblea de Notables autorizó un préstamo de 150,000 
pesos mensuales, con destino a la defensa de la plaza. Pero 
los gastos militares excedían de la mensualidad votada, se 
gún se apresuró a decirlo el Gobierno a raíz de la sanción 
de la ley, y el déficit siguió creciendo. 

Al finalizar el año circulaba en la ■ plaza una abultada 
deuda de más de dos millones de pesos, constituida por cré- 
ditos situados sobre la renta aduanera según carta del Mi- 
nistro de Gobierno doctor Herrera al doctor Lamas. 



354 HISTOBIA DEL XJBUGUAY 



Para hacer frente a las exigencias de la situación, cada 
día más premiosas, resolvió el Gobierno pedir a la Asamblea 
"una autorización plena y amplia", para proveer "por todo 
y cualquier medio a las necesidades públicas de manuten- 
ción, defensa y seguridad de la República, sin más restric- 
ciones que las de dar cuenta a la Asamblea de Notables". 

Por ley de marzo de 1848 concedió la Asamblea la auto- 
rización pedida y en uso de ella dictó el Gobierno en el 
acto diversas contribuciones : un impuesto- sobre la propie- 
dad territorial a cargo de los propietarios, pero que debían 
anticipar los inquilinos, con cuotas variables de 30 a 100 
reis según la ubicación por cada vara cuadrada, quedando 
afectados a su pago los muebles de la finca; un derecho 
sobre el ganado en pie que se introdujera para el consumo 
de la plaza de ocho pesos por animal vacuno, cuatro pesos por 
animal porcino y cuatro reales por animal lanar ; un derecho 
municipal del 4 % sobre el valor de todas las mercaderías 
despachadas para consumo o reembarque; y un impuesto 
sobre la reventa de las casas de comercio de 10 pesos 
por cada pipa de vino común, de 15 pesos por cada pipa 
de vino blanco y aguardiente, de un peso por cada arroba 
de azúcar refinada, etc. 

Dio lugar el impuesto sobre las ventas a vivas protestas 
del comercio. Varias casas minoristas resolvieron cerrar sus 
puertas como medio de ejercer presión. El Gobierno con- 
testó con un decreto en que prevenía que el cierre significaba 
"una sublevación contra las determinaciones gubernativas 
con todo el carácter de una verdadera sedición y con el 
dañado y criminal intento de suscitar conflictos"; que las 
casas de comercio que permanecieran cerradas, "no podrían 
abrirse en lo sucesivo"; y que sus dueños quedarían "inhi- 
bidos de poder tener jamás en la Repiiblica ninguna clase 
de giro". 

Pero a raíz de formulada la amenaza, resolvió el Gobierno 
dejar sin efecto el impuesto, invocando que sólo recaía so- 
bre una clase comercial determinada, y además que su re- 
caudación era dispendiosa. Y en su lugar creó un impuesto 
mensual sobre las casas de comercio, equivalente a la cuarta 
parte de la patente de giro que estaban obligadas a sacar, 
sin mayor éxito, puesto que antes de concluir el año 1848 
ya había que derogar también el nuevo decreto en virtud 
de los perjuicios que ocasionaba al comercio. 



LA UEFKXSA DK MONTEVIDEO 3?»5 



El estanco del pan. 

En los comienzos del sitio eran libres la fabricación y la' 
venta del pan. Pero a raíz de fraudes ocurridos en la pro- 
veeduría del ejército, se resolvió pasar del régimen de li- 
bertad al del estanco o monopolio por el Estado. 

Uno de los proveedores violando los términos de su con- 
trato había suministrado pan falto de peso a los inválidos y 
piquetes de servicio. Denimciado y probado el hecho, resolvió 
el ^linistro de la Guerra arrestar al culpable, confiscarle las 
bolsas de harina existentes en su establecimiento, y evitar la 
repetición del fraude mediante esta prevención que fué co- 
jnunicada en marzo de 1844 a la Comisaría de Guerra a fin 
de que la hiciera saber a todos los panaderos del ejército: 

"Que las faltas en las raciones del soldado son un saltea- 
miento público y que aquel que de él se hiciera culpable, ade- 
más de pagar el céntuplo de lo que hubiere fabricado será 
entregado irremisiblemente al tribunal militar para que se 
le aplique el rigor justo de la ordenanza". 

Para el Director de "El NacionaF' ese "rigor justo" no 
podía ser otro que la pena de muerte, según lo demuestra 
este párrafo del editorial consagrado al estudio del incidente: 

"La pena impuesta al señor Ibaeeto no ha podido ser más 
benigna y esperamos que no tendrá ejemplo. Según hemos 
oído decir, el señor Ministro ha capturado a otros acusados 
de especular también con el alimento de la tropa y no duda- 
mos que si se les convence de ese delito, serán entregados irre- 
misiblemente al tribunal militar, ([uien no podrá menos que 
sentenciarlos conforme a ordenanza, y nos cabrá la satisfac- 
ción de anunciar que han sido fusilados: fusilados deben ser 
cuantos usurpan en estos momentos un solo peso al Erario, 
sea cual fuere su categoría y los vínculos que a ellos nos li- 
gan. Fusilados por la espalda, como viles ladrones". 

Bajo la presión de estos fraudes y sobre todo con el pro- 
pósito de aumentar los recursos del Erario, resolvió el go- 
bierno de la Defensa a mediados del mismo año 1844 prohibir 
ia elaboración y la venta del pan por particulares y naciona- 
lizar ambas tareas, creando a ese efecto una Comisión encar- 
gada de comprar las harinas, recaudar los impuestos, elabo- 
rar el pan y la galleta, distribuir las raciones y vender ambos 
productos al público. 



356 HISTORIA DEL tTBUGUAY 



' Ese decreto ±ué sometido luego a la ratificación de la Asam- 
blea, donde mereció un informe muy favorable de la Comisión 
de Hacienda de la Cámara de Diputados. 

*'E1 estanco del pan, — decía la Comisión de Hacienda, — 
que es a lo que está reducido el decreto del Poder Ejecutivo, 
íio puede ni debe considerarse sino bajo el aspecto de una do- 
lorosa necesidad... Cuando los pueblos en la carrera de sus 
sacrificios han llegado a la altura honrosa en que se encuen- 
tra el que con tanto honor representamos, todos los principios 
saludables de un buen gobierno en tiempos ordinarios tienen 
que subordinarse a exigencias inexorables por su importancia 
en la vida de las naciones. En política esto es ya un axioma; 
y la Comisión, que en las circunstancias actuales no ve sino 
aquellas exigencias, ni en los medios de satisfacerlas más que 
el principio de aquel precepto de disciplina política, — si es 
permitido darle ese nombre — ha formado desde luego su opi- 
nión... el Poder Ejecutivo alimenta hoy a la mitad de la 
población, en cuyo número entra muy particularmente la 
clase menesterosa", de donde "resulta que la carestía del pan 
estancado que sería en estos momentos su principal inconve- 
niente, no va a pesar sobre aquella clase, ni sobre el soldado, 
sino sobre aquel que teniendo cómo comprarlo o que no te- 
niendo un fusil en las filas del ejército, está en aptitud de 
poder soportar un recargo en su consumo que tal vez no le 
sería dado a los demás". 

El estanco continuó hasta fines de agosto de 1845, en que 
el Gobierno resolvió devolver su libertad a la industria, man- 
teniendo sólo la obligación de estampar en cada producto el 
peso del pan y las iniciales del fabricante. 

Había sido, sin embargo, de beneficiosos resultados para el 
Tesoro público, según se encargó de acreditarlo la Comisión 
Administradora mediante la presentación de un estado que 
abarcaba los 10 meses corridos desde noviembre de 18-14 
hasta septiembre de 1845. 

Durante ese lapso de tiempo la población de ^Montevideo — 
no incluidos el ejército y las familias racionadas por el Es- 
tado — había consumido 3,382 barricas de harina en forma de 
pan, y 1,743 en forma de galleta, o sea en conjunto 5,125 ba- 
rricas. El producto general de la venta había sido de 122,127 
pesos, y deducidos los gastos que subían a 70,356 pesos, resul- 
taba a favor del Tesoro público una utilidad líquida de más 
de 51,000 pesos. 



LA iJEIEXSA Dli MONTEVIDEO 307 



Al restablecerse la libertad de fabricación fué suprimido 
a la vez uu impuesto de seis pesos por cada barrica de harina 
que figuraba entre los primeros recursos del sitio, creándose 
en su lugar a título de "vendaje", el derecho de un real por 
cada peso de pan elaborado. 

Según un estado de recaudación correspondiente a la se- 
gunda (quincena de enero de 1846, funcionaban a la sazón en 
^loutevideo 22 panaderías y esas panaderías habían elaborado 
88,500 libras de pan y entregado al Erario público por con- 
cepto de vendaje 437 pesos. Era, pues, un impuesto escasa- 
mente remunerador. Menos de 1,000 pesos mensuales. A fines 
de 1847 fué suprimido por es© mismo, previo restablecimiento 
del impuesto de seis pesos por cada barrica de harina impor- 
tada. 

Y así continuaron las cosas hasta mediados de 1848, en que 
el Gobierno restauró el estanco de la elaboración y venta del 
pan y de la galleta, medida inconsulta que fué derogada al 
día siguiente de su publicación, elevándose a la vez el im- 
puesto sobre las barricas de harina a 15 pesos. 

Otros tres estancos. 

Al estanco del pan resolvió el Gobierno agregar el de al- 
gunos productos de importación, dictando la Asamblea como 
consecuencia de esa iniciativa la ley de julio de 1844 que 
establecía el monopolio del carbón de piedra y de la sal por 
un plazo que podría oscilar de cinco a diez años y autorizaba 
al Poder Ejecutivo para enajenar ese monopolio a favor de 
casas importadoras que se obligaran a mantener una provi- 
feión suficiente y a aceptar un máximum de precio para la 
venta en plaza. Pero nadie se interesó por el privilegio y los 
dos nuevos estancos quedaron en estado de proyectos. 

De un cuarto estanco resolvió echar mano el Gobierno dos 
años más tarde al proyectar un empréstito de cinco millones 
de pesos: el del tabaco en rama y manufacturado para ser 
enajenado en la misma forma que el del carbón y la sal, ini- 
ciativa que tampoco alcanzó a realizarse. 

Suscripciones públicas. 

Frecuentemente recurría el Ministerio de la Guerra al pro- 
cedimiento de las suscripciones públicas, más o menos espou- 



358 KIsrOBIA DEL rsUGUAY 



táneas o forzadas, para cubrir las erogaciones del servicio. 
Durante largos meses los fondos así ol)tenidos il)an directa- 
mente a las Cajas del Ejército, pero en noviembre de 184 i 
resolvió el Gobierno que fueran vertidos en la Tesorería Ge- 
neral con intervención de la Contaduría. 

Las cuentas parciales que generalmente se daban a la 
prensa, arrojaban a veces cantidades de cierta consideración. 
Así en septiembre de 1844 obtuvo el ]\Iinisterio de la Guerra 
con destino a la compra de un cargamento de arroz para el 
ejército 12,501 pesos por concepto de donaciones y 2,880 pesos 
por concepto de préstamos. 

Los ciudadanos que no estaban en las trincheras concurrían 
con una cuota mensual al sostenimiento de la Defensa. Un 
decreto de junio de 1844 reglamentó esa forma de suscripción 
y le dio carácter obligatorio, estableciendo, en cambio, que las 
sumas mensuales que entregaran los no combatientes serían 
reembolsables y que sus comprobantes o recibos .se admitirían 
en pago de los impuestos de guerra que votara el Cuerpo 
Legislativo. De acuerdo con el decreto el importe de esas sus- 
cripciones no debería exceder de quince mil pesos mensuales. 

Una suscripción más espontánea resolvieron promover a me- 
diados de 1844 don Miguel Barreiro, don Gabriel Antonio 
Pereira y otros ciudadanos para asegurar la alimentación de 
todas las personas sujetas a racionamiento público. El capital 
que se gastara con tal motivo sería reembolsado por el Estado 
después de levantado el asedio, con una parte de la renta 
aduanera. El proyecto pasó a la Asamblea donde se le juzgó 
"como un acto muy notable de patriotismo". Pero no alcanzó 
a tener ejecución. 

Lo que absorbía el racionamiento. 

Eran muy considerables esos desembolsos por concepto de 
racionamiento. Basta leer, para persuadirse de ello, cualquiera 
de los contratos de la época. Por ejemplo los otorgados en 
junio de 1846. 

Uno de ellos celebrado entre la Comisión de Víveres y don 
Esteban Antonini, obligaba a pagar 45,000 pesos mensuales 
por concepto de raciones a las tropas de la guarnición y fami- 
lias amparadas. Pero como dicha suma no alcanzaba a cubrir 
el importe de todas las raciones, prevenía el contrato que por 
el saldo que resultara pendiente abonaría el Erario público el 



LA liEFEXSA DE MONtEVlDEO 359 

dos por ciento de interés mensual. Conviene advertir que los 
Gobiernos de Francia e Inglaterra sufragaban la tercera parte 
de los 45,000 pesos mensuales. 

Por el otro celebrado entre el Gobierno directamente y el 
mismo Antonini, se obligaba el proveedor, mediante 15,000 pe- 
sos mensuales, a suministrar a las fuerzas destacadas en la isla 
de Gorriti, Martín García, Colonia e isla del Vizcaíno y a las 
familias indigentes refugiadas en Montevideo, una cantidad 
dada de galleta, vino, fariña, menestras, jalDÓn, grasa, tabaco 
y leña. Para el pago, que no podía hacerse de contado, se esta- 
blecían plazos escalonados bajo la garantía de las Legaciones 
de Francia e Inglaterra. 

En septiembre de 1847, el Ministro de la Guerra coronel 
Batlle paso al Presidente Suárez el presupuesto del ^Ministerio 
a su cargo, con un total de ciento sesenta mil pesos mensuales, 
así distribuidos: 

Fuerzas nacionales de Montevideo: Pret 

y raciones $ 32,000 

Legión Francesa ...,..." 26,236 

Cazadores vascos '" 14,553 

Legión Itsliana " 13,123 

2,510 raciones de tropa y 5,249 de fa- 
milias (por dia) " 33, ^80 

Fuerzas de Maldonado, Colonia y Martín 

García "20,000 

Calzado, vestuario y municiones ..." 20,000 

Un desembolso anual de cerca de dos millones de pesos, 
cifra enorme para el Tesoro de la época que sólo durante los 
dos años del bloqueo de los puertos argentinos alcanzó a sacar 
de la aduana recursos de importancia. 

Fatalmente tenía eb Gobierno c[ue limitarse a cubrir las ero- 
gaciones militares más urgentes y a relegar todo lo demás a 
la bolsa de la deuda. 

Extractamos de un estado de los egresos de la Tesorería na- 
cional durante el mes de enero de 1848, que corresponde al 
período del bloqueo de los puertos argentinos y por consi- 
guiente al período de abundancia para el gobierno de la 
Defensa : 



300 UISTOBIA DEL UEUOÜAY 



Socorros a las tropas del país 
Pagado a la Legión Italiana. 

ídem a los Cazadores vascos . 

ídem a la Legión Francesa 
Víveres para la trapa y familias. 

ídem ídem ídem 

Vestuarios 



12,800 
9,300 
9,600 
21,200 
43,600 
16.600 
14,000 



En conjunto 127,100 pesos para "gastos militares", sobre 
vv monto total de egresos de 170,000 pesos. 

A la pesca de empréstitos. 

Varias veces intentó el gobierno de la Defensa regularizar 
su situación mediante un gran empréstito interno. 

A mediados de 1846 propuso a la Asamblea de Notables una 
operación de cinco millones de pesos sobre la base de la mitad 
de la renta aduanera no enajenada. Según el proyecto, "el 
modo, condición y premios del empréstito, los arreglaría el 
Poder Ejecutivo, dando cuenta oportmiamente". 

Ese voto de confianza que anulaba realmente la acción le- 
gislativa, encontró viva resistencia en el seno de la Asamblea, 
y en su lugar propuso la Comisión informante que el Poder 
Ejecutivo proyectara la operación y recabara luego la sanción 
parlamentaria. 

Dos años más adelante, en octubre de 1848, el Ministro del 
Uruguay en París doctor Ellauri se ponía al habla con don 
José Bushental, representante de varias casas bancarias de 
Londres, con vinculaciones de negocios en Río de Janeiro, arri- 
bando a lui proyecto de empréstito de siete millones de pesos 
nominales con 5 % de interés al año y una comisión de corre- 
taje de 2 1/2 %. 

Aparentemente era un interés muy moderado. Pero la casa 
ctmtratista se reservaba otra fuente de ganancias en el tipo de 
lanzamiento de los títulos. Por los siete millones sólo ofrecía 
cuatro y medio en oro. Además exigía la garantía del Brasil 
y para atender tal exigencia insinuaba el doctor Ellauri a 
la cancillería uruguaya la idea de hipotecar al Imperio toda 
la zona comprendida entre el Ibiciií y el Cuareim, recurso 
desgraciado que denuncia hasta qué extremo las angustias de 
la guerra contra Rosas oscurecían el criterio de los hombres 
más patriotas y bien intencionados de la época. 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 361 

Lleno de confianza en el éxito de su operación trazaba a 
la vez el doctor Ellauri al .Ministro de Relaciones doctor He- 
rrera y Obes nn i)lan de reformas tributarias del más alto 
valimiento. En su concepto habría que crear "sobre toda renta 
o ganancia de cualquier origen" una contribución directa ge- 
neral no mayor del 5 % de las ganancias gravadas, a cuyo 
efecto todos los habitantes declararían "bajo juramento ante 
el Juez de Paz respectivo al principio de cada año sus rentas 
o sus ganancias, por un cálculo arreglado a lo ganacio el año 
prececlente". 

Era el ''income - tax" o impuesto general sobre el reíidi- 
miento vigente en Inglaterra lo que el doctor Ellauri procu- 
raba implantar en su país, adelantándose a todos los estadis- 
tas americanos contemporáneos que sólo a la aduana sabían re- 
currir cada vez cpie las exigencias financieras obligaban a le- 
vantar fuertemente los niveles de la renta. 

Proponía también el doctor í^Uauri una emisión de bonos 
por todo el monto de la deuda interna y que esos bonos fueran 
recibidos a la par de la moneda en pago de la mitad del 
proyectado impuesto, como medio de cancelar una masa de 
créditos que devengaba los enormes intereses de 24 y 36 % al 
año. 

Fracasó ese proyecto por la resistencia del Brasil a la pres- 
tación de la garantía, según se encargó de avisarlo a principios 
de 1849 el doctor Ellauri. 

Pero don José Buschental se trasladó en el acto a Río de 
Janeiro y allí planeó otra operación más modesta por dos mi- 
llones de pesos, con el ^Ministro doctor Lamas, también sobre 
la base de la garantía del Brasil. ¿ Qué podía ofreeer.se al Im- 
perio por .su fianza? Es lo que va a decirnos la corresponden- 
cia cambiada entre el Ministro de Relaciones Exteriores doc- 
tor Herrera y Obes y el plenipotenciario oriental en Río de 
•Janeiro : 

"Ya le he dicho a usted en mis anteriores, — escribía Lamas 
a Herrera en enero de 1849, — que si algo hacemos en dinero 
con el Brasil será sobre límites. Yo no desecho la base, porciue 
«oncibo cpie con dinero cambiará nuestra situación". 

"Negocio muy reservadamente sobre la base cjp límites", 
agregaba antes de terminar el mismo mes. 

Pero la idea de ceder territorios al Brasil levantaba resisten- 
cias en la cancillería de ^lontevideo. 

"Si negocia sobre los terrenos en cuestión con el Brasil, — • 

21 — III 



>62 HlSrOlilA DEL LKUGLaY 



contestaba Herrera en el luisnio mes de enero, — no deje de 
tener presente que el asunto es impopular y que por lo mismo 
ha de estar sujeto a críticas severas". 

"Una cesión definitiva del terreno en cuestión sería impo- 
pular", volvía a decir el doctor Herrera al doctor Lainas en 
lebrero. 

Simultáneamente hacía trabajos el plenipotenciario uruíruayo 
para obtener la garantía del Paraguay, persuadido sin duda 
de que para el Brasil no había. llegado todavía la oportunidad 
de entrar en la contienda contra Rosas. 

En enero del mismo año anunciaba que la Legación para- 
guaya, a cargo de don Juan Andrés Gelly y Obes, ofrecía su 
garantía a favor de una operación de crédito por la suma de 
treinta a cuarenta mil pesos mensuales durante todo el tiempo 
del sitio; y ese ofrecimiento daba base al gobierno de la De- 
fensa para autorizar la contratación de un empréstito Y>or lui 
millón y medio de pesos. 

De todas estas gestiones realizadas en el aire, sin base finan- 
ciera alguna, vino a resultar en abril de 1849 un nuevo pro- 
yecto de empréstito con Buschental y Hobkirk, de la plaza de 
Río de Janeiro, por dos millones de pesos con garantía de las 
rentas de aduana, previamente liberadas de todos los empeños 
que las gravaban. 

Era imposible atender esta última condición, dada la enor- 
midad de las deudas que gravitaban sobre la aduana, y gracias 
a ello se libró el Uruguay de una operación arriesgadísima, 
pues según el contrato firmado por el doctor Lamas la venta 
de los títulos del proyectado empréstito se haría "por cuenta 
del Gobierno" y nada podría saberse, en consecuencia, acerca 
del verdadero monto de la operación hasta que los interme- 
diarios lanzaran en el Brasil o en otros mercados papeles que 
tenían interés en malbaratar, para percibir su comisión de 
corredores. 

De la negociación con Buschental siguió hablándose hasta 
mediados de 1850, en que el ^Ministro Herrera volvió a urgir 
al doctor Lamas presentándole el cuadro atiigente de las fi- 
nanzas nacionales. 

"Tenga usted presente — le di'cía — que las rentas de 
aduana están vendidas hasta el año 51. El 25 % y el derecho 
de ganados están afectados al contrato de víveres. El derecho 
)nunicipal de 5 % sobre la importación y el impuesto de 
luces están afectados al pago de 70 a 80,000 pesos de vestua- 
rios, calzados y equipos del ejército". 



LA DEl ENSA- DK MO.MEVIDEO 363 

Pocas semauas después suscribía finalmeute el doctor Lamas 
un contrato mediante el cual don Evangelista de Souza entre- 
gaba doscientos cuarenta mil pesos con garantía de las rentas 
de aduana, para costear el transporte de una división de tropas 
europeas que en esos momentos gestionaban el doctor Ellauri 
y el general Pacheco; y ])ara cubrir gastos de la guarnición 
de Montevideo. 

El subsidio del Gobierno de Francia. 

Hasta entonces el gobierno de la Defensa sólo había podido 
realizar una operación extranjera de importancia : la de jimio 
de 1848 a raíz del levantamiento del bloqueo de los puertos 
argentinos por la escuadra fraíicesa. Con la cesación del blo- 
queo desaparecían los gruesos ingresos aduaneros que había 
pertíibido durante des años el Tesoro uruguayo, y para ate- 
nuar las consecuencias de ese formidable golpe resolvió otor- 
gar el Gobierno de Francia un préstamo mensual de cuarenta 
mil pesos, con la garantía hipotecaria de las rentas de aduana 
a partir de 1852, en razón de estar ya afectadas las ante- 
i-iores. 

Las cuotas mensuales fueron entregadas desde junio de 
1848 hasta abril do 1851, en que el gobierno de la Defensa — 
que ya contaba con la alianza de Entre Eíos y del Brasil para 
voltear a Rosas y que necesitaba absolutamente desvincular 
a la Francia de la contienda del Río de la Plata como medio 
de impedir la ratificación del tratado Le Predour, que figu- 
raba en la orden del día del parlamento francés — pidió y 
obtuvo la cesación del subsidio. 

No se abonaban en metálico, sino bajo forma de letras gira- 
das contra el Tesoro francés que el Gobierno Urug-uayo daba 
en pago a los proveedores de víveres y que éstos vendían en 
plaza o remitían a París, donde eran cubiertas. Varias veces 
el Tesoro francés redujo la cuota mensual y varias veces tam- 
bién, según lo atestiguan las informaciones de la prensa, dejó 
de cumplir puntualmente sus compromisos, viéndose obligado 
el gobierno de la Defensa a indemnizar a los proveedores de 
víveres por el retardo sufrido. 

He aquí el monto de todos los préstamos, computadas 25 
mensualidades de 40,000 pesos, 1 1/2 de 32,000 y 8 de 28,000 
pesos : 



364 HISTORIA DEL URUGUAY 



1848 (junio a diciembre) . . . . S 260,000 

1849 " 4SO,000 

1850 " 420,000 

1851 (enero a abril) -" 112,000 



S 1 272,000 



Después de su operación con el Gobierno Francés realizó el 
gobierno de la Defensa otra importante operación extranjera 
planeada de tiempo atrás: el tratado de subsidios de octu- 
bre de 1851 mediante el cual obtenía del Brasil 138,000 pa- 
tacones de inmediato y una cuota mensual de 60,000 pata- 
cones con garantía de las rentas públicas, dándose a la vez 
carácter internacional a 288,Q^ patacones de préstamos an- 
teriores en que no había figurado directamente el Gobierno 
Brasileño. 

Fué en cumplimiento de ese tratado que a fines del mismo 
?ño. ya normalizada la situación de la plaza por el levanta- 
iniento del sitio y la cesación del estado de guerra, nombró 
el gobierno de la Defensa una Junta de Crédito Público en- 
cargada de correr con todo lo relativo a la liquidación y con- 
solidación de la deuda. 



Bajo la presión de las estrecheces del erario. 

Hemos hecho mención en otro capítulo de las medidas finan- 
cieras adoptadas en el transcurso del primer año del sitio: 
la apropiación de "todas las rentas, alquileres y bienes raí- 
ces" de los enrolados en el ejército de Oribe o que hubieran 
salido de Montevideo sin pasaportes; la adjudicación forzosa 
.leí impuesto de patentes, papel sellado y alcabala a un grupo 
de capitalistas, bajo amenaza de prisión, deportación, ser\'ieio 
en el ejército de línea, o apoderamiento de bienes muebles por 
el cuadruplo de la suma fijada a cada contribuyente ; la apro- 
piación de los depósitos judiciales; algunas de las requisas de 
plata para la acuñación de monedas y la firma de vales para 
el levantamiento de fondos. 

En ese primer año del sitio obtuvo también el Gobierno 
una ley que aplazaba hasta después de la guerra el pago de 
diversos créditos situados sobre la renta aduanera, como me- 
dio de aumentar los ingresos fiscales. Y el recurso volvió a 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 365 

euipkarse al año siguiente eon otra categoría de créditos 
cuyo pago quedó suspendido como consecuencia del contrato 
de enajenación de la renta aduanera de 1845. 

Cuando este último asunto fué a la Asamblea observó la 
Comisión informante del Senado que "el aniquilamiento de 
las garantías que una ley establece para crearse recursos es 
un arbitrio no sólo perjudicial, sino opuesto a los principios 
de toda buena legislación". Pero los administradores de la 
aduana ya estaban en posesión de las rentas afectadas y los 
primitivos dueños quedaron burlados. 

Al levantamiento de fondos y a la suspensión de pagos 
agregábase con frecuencia en los primeros tiempos del asedio 
la requisa de mercaderías en los depósitos de aduana o en las 
casas de comercio. En abril de 1844 la Asamblea sancionó una 
ley cjue afectaba los derechos de eslingaje y de puerto al 
pago de 150,C00 pesos tomados en mercaderías y en dinero. 
Los requisados quedaban autorizados para administrar esas 
rentas, percibiendo mientras no quedaran canceladas las deu- 
das el interés de 1 ^/^ % mensual. 

A raíz de esa ley se propuso el gobierno de la Defensa cam- 
biar de programa. Mandó cesar "las requisiciones de efectos" 
y anunció que en adelante compraría las mercaderías "a sus 
dueños, sean extranjeros o nacionales, en los términos que 
convenga con ellos". Reconocía en su decreto que en diversas 
épocas del asedio había tenido que realizar "requisiciones 
con calidad de dar cuenta al Poder Legislativo y de estable- 
cer lo necesario al pago de los valores aplicados a las necesi- 
dades de la defensa", pero "hoy — agregaba — los momentos 
son menos urgentes y puede el Gobieriio ocuparse de dar a 
las provisiones de la defensa otras bases por métodos que 
consulten más la igualdad"; aparte de que "los ciudadanos 
que encierran actualmente nuestros muros son en general ciu- 
dadanos leales a la patria, comprometidos en su salvación y 
dispuestos a hacer espontáneamente cuantos sacrificios ella les 
demande". 

Las violencias continuaron, sin embargo, en otra forma 

A principios de agosto de 1847, por ejemplo, el ]\Iinisterio 
de Hacienda publicó un aviso sobre levantamiento de fondos 
en forma coercitiva. Las personas que tengan contratos sobre 
la renta de aduana — decía el aviso — "harán un empréstito 
al Gobierno de la República de la mitad de los productos de 
las referidas rentas". Tratábase de obtener un ingreso de 85 



366 HISTORIA DEL CRUGUAr 



a 100,000 pesos mensuales para el sostenimiento del ejército. 
Hubo con tal motivo una reunión de acreedores en el ^linis- 
terio y en ella se resolvió acordar el préstamo de 85.000 pe- 
-sos mensuales por el plazo de seis meses, y pedir para el 
reembolso de los 510,000 pesos del monto total del préstamo, 
la adjudicación de la mitad de la renta aduanera de 1850 co- 
rrespondiente al Estado. 

Pasados los antecedentes a la Asamblea, ésta amplió la base 
de la operación autorizando al Gobierno para obtener 150,000 
pesos mensuales durante un año, con lo que se elevaba a 
1.800.000 el monto del préstamo. Y los acreedores reunidos 
nuevamente accedieron al aumento, transfiriendo al Estado 
el 50 % de las cantidades que por sus respectivos contratos 
tenían derecho a percibir de la aduana. 

Dentro de este ambiente de requisición de mercaderías, de 
suspensión de pagos, de violación de garantías, de confiscacio- 
nes, de violencias contra las personas para arrancarles su 
firma o su dinero, en que era preciso echar mano de todos los 
arbitrios para cubrir las exigencias de la guerra, tenían los 
miembros del Gobierno que sostener violentas luchas morales 
que a veces los desalojaban de sus puestos. 

A mediados de 184-1 don Andrés Lamas que ocupaba a la 
sazón el Ministerio de Hacienda, se dirigió al Presidente Suá- 
rez pVira pedirle su apoyo a favor de la idea del nombra- 
miento por la Cámara de Diputados de una Comisión encar- 
gada de examinar sus actos como Ministro y como Jefe 
Político. 

En épocas comunes — decía el doctor Lamas en ese docu- 
mento — resultan fáciles las publicaciones ministeriales. ' ' Pero 
cuando no existen fuentes ordinarias de rentas, cuando exi- 
gencias superiores que tocan a la vida misma de la R^;pú- 
blica, fuerzan a los administradores a recurrir para satisfa- 
cerlas a medios excepcionales y aún violentos, sin más regla, 
ni hora ni iorma que la necesidad que quiere ser satisfecha 
inmediatamente; entonces, señor Presidente, ni la Nación ni 
sus representantes tienen medio de velar sobre la administra- 
ción de los caudales públicos, si el que los maneja no se an- 
ticipa a darles conocimientos que sólo él puede tener: enton- 
ces también la sospecha y la malevolencia hallan abierto es- 
pacio para desplegarse, si no se ataja su vuelo, haciendo 
patente la verdad". 



L\ DEFEXSA DC MONTEVIDEO 367 



Leyes tributarias del campo sitiador. 

Como hemos dicho eu otro oapílulo, tuvo brevísima actua- 
ción la Legislatura disuelta por Rivera en 1838 y restaurada 
por Oribe eu 18-45. Su acto más trascendental consistió en 
proclamar su propia inutilidad, o más bien dicho en decretar 
su suicidio al conferir a Oribe la dictadura para que no 
hiciera contraste frente a Rosas. 

Esa Legislatura por ley de noviembre de 1845 autorizó a 
Oribe para arbitrar seis millones de pesos, mediante un em- 
préstito que era de imposible contratación, o la venta de pro- 
piedades públicas que era lo único hacedero y lo único que 
S€ hizo. 

Entre las leyes tributarias dictadas por Oribe en uso de sus 
facultades extraordinarias, se destaca la de patentes de giro. 

Establecía "patentes fijas" en nvimero de 27 desde la de 
2 pesos, a cargo de los tambos, hasta la de 200 pesos que 
tenían que pagar los saladeros, las joyerías, las droguerías, 
las panaderías y los almacenes de muebles de lujo; y "pa- 
tentes proporcionales", a cargo de los establecimientos de pas- 
toreo según el número de cabezas de ganado, y de los esta- 
blecimientos de labranza según el número de fanegas de trigo 
y de maíz cosechados. Las casas de comercio y establecimien- 
tos industriales de propiedad de extranjeros tenían que so- 
portar una patente más alta que las similares de los nacio- 
nales . Pero esas mismas casas y establecimientos quedaban 
exentos del impuesto en el caso de que permitieran el apren- 
dizaje de tres hijos del país, mediante contratos en que tu- 
vieran intervención las Juntas Económico - Administrativas o 
las Jefaturas de Policía. 

La instrucción primaria durante el sitio. 

Desde los primeros meses del sitio se preocuparon el Go- 
Iñerno y las Comisiones populares encargadas de atender a 
las familias procedentes de la campaña, de asegurar una 
banca escolar a los niñas que llegaban en completo de->amparo. 
El ^Ministro de la Guerra instaló con ese objeto una "escuela 
de niños de emigrados". 

"Cuando todo conspira a eml)rutecer y a destruir — decía 
uno de los diariix ;1p la época — es muy r^rnto para nciotros 



HISTORIA r.EL URUGUAY 



ver íi la autüridad y a los ciiuladanos paíi'iotas empeñarse en 
(jue la juventud que los aeontecimientos aglomeran en esta 
Capital no pierda un tiempo precioso en el ocio y se dedique 
al estudio de las letras". 

Esa escuela que dirigía don Flumeneio José Muñoz, llegó 
a tener una fuerte población escolar de 149 alumnos en abril 
de 1844, de 252 en mayo y de 368 en agosto, por efecto de 
la incorporación de niños de la Capital. La escuela siguió cre- 
ciendo y ante los desembolsos cada día mayores que ella im- 
ponía resolvió su verdadero creador, el Ministro de Guerra 
coronel Pacheco, peJir a un grupo de personas representati- 
vas que se hiciera cargo de ese establecimiento (pie ya tenía 
una inscripción de quinientos alumnos. 

Pocas semanas después el coronel Pacheco da1)a una orden 
general del ejército, en su doble carácter de Ministro de la 
Guerra y de Comandante de Armas. Decía en ella que era ne- 
cesario educar a la juventud para que no se repitieran las des- 
gracias del coloniaje, imputables a falta de ilustración en su 
concepto. Advertía que había fundado dos escuelas y que se 
proponía inaugu-rar una tercera bajo el nombre de "Escuela 
del Ejército", a la que sólo concurrirían los hijos de los mili- 
tares en >armas, bajo un programa que comprendería primeras 
letras, educación moral, gramática castellana, francés, dibujo 
y matemáticas. Pedía el coronel Pacheco a sus camaradas el 
envío de sus hijos a la nueva escuela, a fin de prepararles "era 
mejor que a la que nosotros nos ha tocado". 

' ' Es ante nuestras lanzas — concluía — que caerá el yugo 
del extranjero; es ante el brillo de la ilustración y del poder 
de la educación popular que caerán las aspiraciones indivi- 
duales, que esconderán su frente los caudillos y se alzará sólo 
poderosa la ley, asegurando a la patria prosperidad, liliertad 
y gloria". 

Al comunicar la instalación de esa escuela al jefe de la 
legiíju francesa, prevenía el ^Ministro de la Guerra que los 
alumnos serían vestidos por la Comisaría del Ejército. 

De todas las inmensas dificultades con que tropezaban 
e.stas patrióticas iniciativas, instruye un aviso del mismo Mi- 
nisterio de la Guerra pidiendo al público algunos ejemplares 
de gramáticas y de diccionarios españoles y franceses, con 
destino a la escuela que estaba en vías de fundarse. 

La Escuela del Ejército no pudo sostenerse. Pero la ini- 
ciativa del coronel Pacheco fué reanudada con éxito dos años 



m 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 36Í) 

después por el coronel Correa, su reemplazante en la Conian- 
(laneia de Anuas, quien fundó la "Escuela de Vanguardia" 
destinada a los hijos de los militares en actividad, y estimu- 
lado por el éxito agregó eu seguida una escuela de niñas des- 
tinada también a las familias de los soldados, ambas ubicadas 
fuera de la línea interior de defensa, en el Cordón, sobre la 
zona pi'imitivamente ocupada por las avanzadas de Oribe y 
poco a poco ganada por la plaza y sostenida por una línea 
llamada de defensa exterior. 

Las familias que en los comienzos del sitio haijían buscado 
refugio dentro de muros, volvieron desde fines de 18-16 a ocu- 
par sus casas comprendidas entre las líneas interior y exte- 
rior y era para ellas que el coronel Correa fundaba sus dos 
escuelas. 

Con el propósito de estiinular la concurrencia a las escue- 
]i\i públicas y particulares, autorizó el Gobierno a todcs los 
maestros desde fines de 1847, para expedir a sus alumnos C(ir- 
tificados de exención del servicio de. las armas, derogando así 
— porque ya no lo requerían los apremios de la defensa na- 
cional — otra resolución gubernativa de julio de 1843, obra 
del Ministro Pacheco, que había llamado a las armas ''a todos 
los estudiantes de artes y ciencias que hubieran cumplido 14 
años de edad", con este expresivo exordio: 

"El primer estudio del hombre es el amor a la patria. Este 
es el sentimiento que más debe cultivarse, porque es la fuente 
de todas las virtudes domésticas y públicas. Y no puede amar 
a la patria el que mientras todas las clases de la sociedad 
trabajan sustentando la independencia nacional permanece in- 
útil para su país privándolo de sus servicios a título de. que 
estudia arte o ciencia... Si la patria perece, nada le servirá 
la ciencia al joven ciudadano. El egoísmo prepara el alma a 
la servidumbre y es egoísmo no pelear cuando todos pelean". 

^lediante un decreto dictado a principios de 1848 se im- 
puso a los maestros particulares la obligación de suministrar 
por cada 10 alumnos de familias acomodadas que tuvieran, 
una banca gratuita con destino a los hijos de los militares 
que hubieran muerto en la guerra o a otros niños seleccio- 
nados por el- Gobierno entre los de mayor precocidad inte- 
lectual. 

La oleada educadora a que periódicamente daba impulso el 
gobierno de la Defensa, repercutía también en las ciudades 
de campaña accidentalmente arrebatadas al ejército sitiador. 



370 HISTOBIA DEL URUGUAY 



A filies de 1847 el Jefe Político de la Colonia don Felipe 
Fraga, escribía al Ministro de Gobierno doctor Herrera y 
Obes pidiéndole maestro y útiles de enseñanza para la fun- 
dación de una escuela. 

"La instrucción primaria en los jóvenes — decía — es uno 
de los primeros y principales deberes a que la autoridad civil 
debe contraerse. Y el Superior Gobierno que presta hoy su 
decidida protección en la Capital a esta importantísima rama 
la prestará también a los puntos de la República donde im- 
l>eren nuestras armas. No hay en esta ciudad escuela alguna 
de primeras letras, ni de enseñanza de ningún género, y entre- 
tanto se ve vagar por las calles porción de jóvenes de las 
desgraciadas familias emigradas de otros puntos que a más 
de la miseria en que viven, lamentan ver sus hijos que se 
crían sin enseñanza alguna, sin ocupación a qué destinarlos 
y sin oir más palabras de instrucción que guerra, muerte, 
sangre". 

Los exámenes de fin de año tenían lugar con gran solem- 
nidad, presididos de ordinario por alguno de los miembros 
del Gobierno. Al realizarse los del año 1846 en la escuela 
del Cordón que idirigía don Juan ^Manuel de la Sota, todo 
el ejército formó en traje de parada entre la línea interior y 
exterior, como un homenaje a la juventud que habría de 
regir los destinos de la ciudad sitiada. 

Esa misma escuela funcionaba en 1850 bajo la dirección del 
presbítero don Carlos Palomar y al clausurar los exámenes 
de dicho año, dijo el Presidente de la Mesa examinadora 
doctor Luis José de la Peña, haciendo el elogio de los mili- 
tares' cjuo contribuían con su peculio al sostén del estable- 
cimiento : 

"Los jefes del ejército han comprendido bien que la causa 
que la República sostiene es una causa de principios, es la 
causa de su independencia y de su libertad. Ellos saben que 
estos graneles objetos no se pueden conservar si no son ayu- 
dados y garantidos pv^^r el poder moral que da el saber, por 
la fuerza intelectual de la educación del pueblo. Así, pro- 
teger su educación, difundir en él conocimientos útiles, es 
concurrir a la defensa de la causa de la República, es con- 
tribuir al triunfo que le preparan sus hijos leales y todos 
sus heroicos defensores". 

El gobierno de la Defensa que así lo entendía también, sa- 
caba recursos de lo imposible para que el movimiento escolar 



LA DEFKXSA DE MONTF.VIDEO 371 

no deea^'era. En 1850, año de grandes penurias financieras, 
tiró un decreto destinando a gastos de instrucción pública el 
precio de varios terrenos de la ciudaid nueva, el 10 % de 
toda venta de propiedades públicas, el 10 % del impuesto de 
herencias trasversales, y a la vez se dirigió a la Sociedad de 
la Aduana, en demanda de una cuota mensual de 100 pesos, 
que la Sociedad acordó, "aunque apartando la vista del es- 
tado ruinoso de los intereses sociales", hacía constar su Pre- 
sidente don Juan Miguel Martínez. 

La enseñanza media y secundaria. 

Tres y medio años después del sitio, a fines de 1846, fun- 
cionaban en la plaza de Montevideo las siguientes escuelas 
de enseñanza primaria y secundaria : 

De niños — Seminario Inglés, de Negrotto; Colegio de es- 
tudios comerciares, de Muía; Colegio de Humanidades, de 
Cabré y ]\Iendoza; Colegio Oriental, de Bonifaz; Instituto 
de las Buenas Letras, del abate Semiidei ; Escuela de Lamas ; 
Liceo Montevideano, de Cordero y Suárez; Escuela de Oses; 
Escuela de Vanguardia, de de la Sota; Escuela de Lira; 
Colegio Francés, de Puifourcat; Escuela de Giralde. 

De niñas — Seminario Inglés, de Negrotto ; Colegio de San 
Martín, Escuela de Bercouet, Escuela de Lesuer, Escuela 
de Lira, Escuela de Guyot, Escuela de Zaensdorf, Colegio de 
Raneé, Escuela de Duret. 

En conjunto: Doce escuelas de varones, con 825 alumnos, 
y nueve escuelas de niñas, con 352 alumnas, al finalizar el 
año 1846. 

Poco podemos decir acerca de sus planes de estudio. En 
el Colegio Oriental de don Juan Manuel Bonifaz, se ense- 
ñaba lectura, escritura, gramática española, aritmética, ál- 
gebra, geometría, filosofía, estenografía, catecismo, francés, 
inglés, italiano y latín; en el Colegio Francés, de Puyfour- 
cat, lectura, recitado, gramática, geografía, aritmética, es- 
critura, historia, teneduría de libros, latín y griego; y en el 
Colegio de Humanidades de los padres jesuítas Vargas, Men- 
doza y Cabré, lectura, escritura, aritmética, doctrina, tenedu- 
ría de libros, francés, filosofía, matemáticas y latín. 

El número de escuelas fué aumentando de tal manera que 
en 1851 hacía constar una de las revistas de la época que la 
plaza de Montevideo tenía catorce o quince escuelas de niños 



372 HISTORIA DEL URÜGTIAY 



y otras tautas de niñas contra seis u oelio de las primera,s y 
cuatro o cinco de las segundas que funcionaban en los co- 
mienzos del asedio. 

Entre los más importantes de esos nuevos establecimientos 
escolares, figuraba el G-imnasio fundado a mediados de 1847 
por don Luis José de la Peña y nacionalizado en el acto me- 
diante un decreto gubernativo que daba valor oficial a sus 
cursos, que le concedía el usufructo de la "Casa de Ejerci- 
cios" y fijaba así su plan de materias: doctrina, lectura, 
escritura, gramática práctica, aritmética, geografía, constitu- 
ción, aritmética comercial, álgebra, geometría, astronomía fí- 
sica, gramática nacional comparada con la francesa, inglesa o 
latina, amén de todos los estudios de enseñanza preparatoria, 

"Decidido el Gobierno a hacer cuanto esté en sus facultades 
para mejorar, difiuidir y nacionalizar la educación pública; 
reconociendo la urgencia de que la enseñanza rigurosamente 
primaria se armonice con las condiciones políticas de la Re- 
pública. . . "' 

Tales eran los dos fundamentos que invocaba el decreto para 
nacionalizar el establecimiento del doctor Peña. 

"La Casa de Ejercicios" estaba situada en la calle Sarandí 
esquina Maciel, el mismo sitio donde funcionó después la Uni- 
versidad. Antes de la guerra corría bajo la administración 
de la Iglesia que tenía allí una de sus capillas. Pero luego 
fué dada por el Gobierno a las familias menesterosas que 
llegaban de campaña. A fines de 18-Í8 la pidió la Vicaría con 
destino a una escuela de padres jesuítas, y éstos sin aguar- 
dar el resultado de las gestioiies se lanzaron a la toma de po- 
sesión, siendo necesario entonces que el Gobierno decretara 
el desalojo para que el doctor Peña pudiera ocujiar el edificio 
que se le había concedido. 

Tenía el Gimnasio al tiempo de su traslado al nuevo local, 
a principios de 1849, más de 200 alumnos en sus secciones de 
enseñanza primaria inferior, enseñanza primaria superior y 
en los cursos de filosofía, matemáticas, latín, dibujo, francés 
e inglés. 

A mediados del mismo año recibió el establecimiento una 
nueva organización bajo el nombre de "Colegio Nacional" 
Todo su presupuesto de gastos quedó desde ese momento a 
cargo del Tesoro público. Justificando la reforma decía el 
gobierno de la Defensa en su decreto : 

"Considerando que si el cuidado y fomento de la educa- 



LA DEFK.NSA D¿ MONTEVIDEO 373 



eión es un deber para todo gobierno ilustrado y l;enéfico, 
para aciuéllos que se hallan al trente de una sociedad que 
apenas organizada sobre principios e instituciones nuevas, es 
enérgicamente combatida por opuestos y numerosos intereses 
que la amenazan en su existencia, aquel deber se convierte 
n una exigencia primordial; teniendo presente, además, ({ue 
a causa que hoy defíende la República no es otra que la de 
aquellos principios e instituciones base de su nacionalidad y 
címdicióii de su independencia y prosperidad, en cuyo caso 
todo cuanto se haga con el objeto de darles arraigo y solidez 
entra en el programa de guerra que hoy sostiene la Repú- 
blica". 

Sus pruebas de fíu de año daban lugar a hermosas ceremo- 
nias, invariablemente encaminadas a fomentar el sentimiento 
de la patria. 

En 1848 hubo un certamen de filosofía, conmemorativo de 
la Jura de la Constitución, en que intervinieron algunos de 
ios alumnos premiados, entre ellos Fermín Ferreira y Arti- 
gas, a quien se adjudicó como recompensa por su labor del 
año ""una corona cívica". El doctor Peña, que había sido 
maestro de vario.-; de los hombres que formaban parte del 
Gol)ieruo y de las autoridades superiores del Instituto de 
Instrucción Pública, dijo al clau.surar el acto: 

"En presencia de los jóvenes a quienes hace veinte años 
impulsaba al sendero del saber, dirigiendo sus primeros pasos 
en él, y que hoy presiden los destinos del país y de la ciencia, 
volviendo sobre mí mismo el impulso recibido para estimu- 
larlo o comunicarlo todavía a la nueva generación que ha 
venido a cambiar las relaciones existentes y a crear otras 
nuevas, yo no puedo menos que decir que este momento re- 
sume mi pasado con mi porvenir y resume toda mi vida". 

A los exámenes de 1850 concurrieron 240 alumnos. La 
Mesa fué presidida por el Ministro de Gobierno don ]\íanuel 
Herrera y Obes. Del resultado de las pniebas da idea el 
hecho, .verdaderamente notable, de que casi todos los alumnos 
resultaron premiados, destacándose en las clases de enseñanza 
primaria Jacobo Várela, de 9 años de edad, quien tuvo a su 
cargo las palabras de clausura que pronunció en francés. 

Sintetizando el Vírsto programa que se había trazado, pro- 
nunció en esa oportunidad el ^Ministro de Gobierno estas pa- 
labras dignas de la tradición de Artigas: 

"Xuestra patria está destinada a plantificar y difundir en 



374 HISTORIA DEL URUGUAY 



estas regiones los principios y las instituL-iones de ima alta 
civilización : esa misión es una ley de su existencia : en ella 
está todo su porvenir; renegarla, desconocerla sólo, importa- 
ría el cobarde abandono de sus más caros intereses: sería un 
acto de verdadera traición; y he aquí la razón del acendrado 
anhelo con que el Gobierno hace de la educación una de sus 
primeras atenciones". 

£1 Instituto de Instrucción Pública y la Universidad. 

No se contentó el gol)ierno de la Defensa con fundar es- 
cuelas de enseñanza primaria y de enseñanza secundaria. Se 
propuso también crear instituciones dirigentes que tuvieran a 
su cargo los organismos que ya existían y promovieran todos 
los otros que fueran reclamando las exigencias nacionales. 

Por un primer decreto de septiembre de 18-17 creó el Ins- 
tituto de Instrucción Pública con el encargo de "promover, 
difundir, uniformar, sistemar y metodizar" la enseñanza, es- 
pecialmente la enseñanza primaria ; autorizar o negar la 
apertura o continuación de todo establecimiento de ense- 
ñanza; y reglamentar las condiciones de su existencia. 

' ' La educación del hombre ■ — decía el preámbulo de ese 
decreto — es el germen de la prosperidad de las naciones y 
de la felicidad de los pueblos, porque en ella reside el saber 
que da las buenas instituciones y la virtud que las consolida 
y arraiga en las costumbres. El cuidado de su desarrollo, de 
su aplicación y de su tendencia no puede ser, pues, la obra 
de la especulación, de las creencias individuales, o de los 
intereses de secta. Esa atribución es exclusiva de los gobier- 
nos. Mandatarios únicos de los pueblos que representan, es 
a ellos a quienes se ha confiado el depósito sagrado de los 
dogmas y principios que basan la existencia de la sociedad a 
que pertenecen : de ellos .solos es la responsabilidad y ellos 
son, por consiguiente, los que tienen el forzoso deber de apo- 
derarse de los sentimientos, de las ideas, de los instintos y aún 
de las impresiones del hombre desde que nace, -para vaciarlo 
en las condiciones y exigencias de su asociación: de otro 
modo no puede existir el civismo, esa armonía social sin la 
que no hay orden, tranquilidad, fuerza ni vida para los Es- 
tados". 

Pocos meses después eran aprobados la Carta Orgánica y 
el Reglamento proyectados por el propio Instituto de Ins- 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 375 

triKH'iúu Pública y entraba éste de lleno al ciimpliniiento de 
su grande y fecunda labor, actuando como Presidente el Mi- 
nistro de Grobiemo don ]\Ia.nuel Herrera y Obes, como Vice- 
presidente don José Luis de la Peña y como Secretario don 
José G. Palomeque. 

De acuerdo con su Carta Orgánica incumbía al Instituto, 
de una manera permanente, todo lo relativo a la enseñanza 
primaria, y mientras no fuera creada la Universidad la ins- 
pección de la enseñanza secundaria y profesional, currespou- 
diéndole por el primer concepto determinar el plan de estu- 
dios, los métodos y textos de las escuelas públicas, inspeccio- 
nar las escuelas privadas con el solo fin de que no se ense- 
ñase en ellas nada que fuera contrario a la moral ni a los prin- 
cipios constitucionales de la Kepública ; fijar las calidades 
que deberían reunir y las pruebas a que habrían de some- 
terse los aspirantes al título de maestro ; proteger y fomentar 
los establecimientos de enseñanza. 

El Reglamento dividía la enseñanza primaria pública en 
dos grados: la enseñanza inferior y la enseñanza superior, fi- 
jando como mínimum de la primera las siguientes asigna- 
turas: doctrina cristiana y principios de moral, lectura, es- 
critura, las cuatro reglas fundamentales de la aritmética, 
nociones -sobre la gramática del idioma patrio, idea general 
sobre la geografía de la República; y como mínimum de la 
segunda la ampliación de las materias del primer grado, no- 
ciones sobre los derechos y deberes del ciudadano, dibujo li- 
neal, nociones de geometría, ideas de cosmografía y geografía 
en general, noticia sobre la historia nacional y principios de 
la Constitución del Estado, 

Creado, organizado y en plena marcha ya el Instituto de 
Instrucción Pública, resolvió el gobierno de la Defensa por 
medio de un segundo decreto, tan inmortal como el primero, 
instalar la Universidad de ^Montevideo. 

No era una idea nueva ciertamente. La ley de junio de 
1833, dictada durante la primera presidencia de Rivera, ha- 
bía mandado erigir la Universidad luego que la mayoría de 
las cátedras que esa misma ley creaba estuvieran en ejercicio. 
Un decreto de diciembre de 1835, dictado durante la presi- 
dencia de Oribe, había instalado las cátedras de matemáticas, 
derecho civil y teología incluidas en la ley de Presupuesto 
General de Gastos, y promovido la redacción de un reglamento 
que la Asamblea convirtió en ley a mediados de 1837. Una 



37(3 HISTORIA DEL URUGUAY 



ley del año sigiüeute, obra de la misma admiuistraeiúu de 
Oribe, había creado la Academia Teórico - Práctica de Juris- 
prudencia, iustitueión que recién empezó a funcionar bajo el 
gobierno de Rivera. Otro decreto de Oribe de mediados de 
1838, había declarado "instituida y erigida" la Universidad, 
y que se pasara a la Asamblea un reglamento orgánico que 
no alcanzó a sancionarse a causa de la guerra que derrumbó 
primero a Oribe y luego a la Asamblea. 

Pero el organismo que tales resoluciones legislativas y ad- 
ministrativas había provocado, no iuncionaba todavía y el 
gobierno de la Defensa resolvió solemnizar el 18 de Julio de 
Í8-Í9, aniversario de la Jura de^a Constitución, con la insta- 
lación efectiva de la Universidad que desde ese día quedó 
í'uncicnando. 

El gobierno de la Defensa invocó en su decreto expresa- 
mente la ley de 1833, obra de la administración Rivera, y el 
decreto de 1838, obra de la administración Oribe, herma- 
nando así en el campo de la enseñanza pública a los dos i)ar- 
tidos y a los dos caudillos que habían ensangrentado al país 
y c[ue seguían ensangrentándolo en el campo de la política". 

La inauguración de la Uniy.ereidad dio lugar a una cere- 
monia imponente, en la que habló el Presidente Suárez para 
decir que la posteridad colocaría "ese acto entre los má^ pre- 
ciosos monumentos del sitio de Montevideo", y en la que ha- 
blaren también para felicitar al primer mandatario Lucas He- 
rrera, a nombre de los alumnos de filosofía, y Jacobo Vá- 
rela por los de enseñanza primaria. Jacobo Várela, hermano 
del reformador de la enseñanza primaria, recibió de manos 
del ^Ministro de Gobierno, al bajar de la tribuna, una meda- 
lla de plata, "como testimonio del aprecio con que el bro- 
bierno miraba sus progresos y de las esperanzas que sobre él 
jundaba la patria". 

De acuerdo con el nuevo Reglamento el Instituto de Ins- 
trucción Pública quedaba como parte integrante de la Uni- 
versidad y a ésta correspondía, en consecuencia, la enseñanza 
primaria, la secundaria y la científica o profesional, bajo la 
dirección y administración de un Rector y de un Consejo 
formado por los catedráticos y por los miembros fundadores 
del Instituto de Instrucción Pública. 

La enseñanza secundaria según el mismo Reglamento com- 
prendería el latín, el francés, el inglés, los estudios comercia- 
les, las ciencias físico-matemáticas, la filosofía, la retórica, la 
historia nacional y principios de la Constitución de la Repú- 



LA DEFENSA DE MOXTEVIDKO 377 

hlica. Y la i)r()íesional o t-ientífiea debería abarcar la Faciil- 
iad d'i Ciencias Naturales, comprendiendo las matemáticas 
Iraseeiidentales, el dibujo, la agricultura, la l)otán¡ca, la quí- 
mica, la navegación y la aniuitectura ; la Facultad de ]\Iedi- 
cina, Ciiiigía y Pannacia ; la Facultad de Teología ; y la 
Facultad de Jurisprudencia, con cátedras de derecho civil, 
derecho mercantil, derecho de gentes y economía política. 

En esos mismos días de juüo de 1849 quedó aprobada una 
resolución del Instituto de Instrucción Pública, creando en el 
Colegio Nacional una escuela normal encargada de suminis- 
trar maestros a las escuelas primarias. 

Ningún conjunto de títulos más grandes y saneados podía 
ofrecer el gobierno de Suárez a la consideración de la poste- 
ridad, que el de estos tres decretos que impulsaban y organi- 
zaban la enseñanza pública en medio de las guerrillas y de 
las angustias de un sitio que ya contaba seis años de duración ! 

Otro capítulo del programa educador del gobierno de la 
Defensa. 

No se trataba ciertamente de un cambio de orientación, 
sino de la misma orientación que ya había contribuido a dar 
relieve memorable al gobierno de la Defensa desde los cot 
mienzos del asedio. 

Tres meses después de formalizado el sitio de la plaza, so- 
lemnizaba efectivamente el Gobierno el aniversario de la Re- 
volución de ]Mayo con dos grandes decretos debidos a la ini- 
ciativa del Jefe Político don Andrés Lamas. Por el primero 
de ellos, creaba el Instituto Histórico y Geográfico Nacional, 
y por el segundo dictaba una nueva nomenclatura para las 
calles y plazas de Montevideo. 

Fundando la necesidad del Instituto Histórico y Geográfico 
decía don Andrés Lamas : 

"Estas regiones no han .sido estudiadas en ningún sentido: 
todt) está por explotar y la Europa poco más sabe de ella 
que merezca apreciarse que lo que han dicho Azara y D'Orbigni. 
El misterio que envuelve nuestra naturaleza física es común 
a nuestra historia generalmente deseonocida hasta de gran 
parte de los hijos de estaos regiones. Promover el gusto por 
€stos estudios; conocer y valorar las condiciones geográficas 
<ie nuestros país, los destinos a (|ue ellas lo llaman; organizar 

25 — III 



378 HISTORIA UEL URUGUAY 



SU estadística sin cuyo pleno cünc-imionto e.s imposible esta- 
blecer sobre bases sólidas ningún sistema de administración 
y de renta: son los primordiales objetos dei Instituto... For- 
mar un depósito de manuscritos, libros, mapas, pertenecien- 
tes a la historia antigua y moderna de estas regiones, es otro 
de sus encargos"... Si el establecimiento echa raíces, podrá 
más adelante abrir alguna cátedra, "donde la historia y los 
principios de la administración puedan ser aplicados sobii3 
bases y datos nacionales".,. Podrá también tratar de resuci- 
tar en su posible pureza la lengua guaraní que hablaban los 
dueños del país antes de la conquista y que con pocas alte- 
raeiones se habla en las últimas clases de nuestra campaña 
y en el inmenso litoral del Paraná, Uruguay y Paraguay. 

Tal era el programa del Instituto : el estudio intenso de la 
historia, de la geografía y de la estadística del Río de la 
Plata, especialmente del Uruguay. 

"La reunión de todos los hombres de letras que tenga el 
país, — agregaba el doctor Lamas — llamados a despojarse en 
las puertas del Instituto de sus prevenciones y colores polí- 
ticos, para entrar a él a ocuparse tranquilamente en objetos de 
mterés común y permanente, empezará por aproximarlos y 
acabará también por nivelar las opiniones todas y reunirías 
en el centro de la utilidad y la gloria de esta patria, en que 
tanto noble, bello y útil puede ejecutarse... La creación del 
Instituto será para todos una prueba de las miras civilizado- 
ras del Gobierno que se empeña en echar los fundamentos de 
grandes edificios sociales cuando todo conspira a minar los 
elementos de la sociedad". 

El gobierno de la Defensa acogió en el acto la noble inicia- 
tiva de la Policía y nombró los ocho primeros miembros fun- 
dadores; pero aplazando la ceremonia de la inauguración ofi- 
cial hasta después de la cesación de la guerra, en que habría, 
según el decreto, una gran fiesta con reparto de premios al 
mejor trabajo manual, a las mejores composiciones literarias 
en honor de las glorias patrias y de la defensa de Montevideo, 
a la mejor ^lemoria sobre organización de nuestro régimen 
municipal y a la mejor Memoria sobre hospitales y cárceles 
nacionales. 

No se creía en la larga duración del sitio y por eso se apla- 
zaba en forma indefinida la fiesta proyectada. Desvanecida la 
ilusión o juejor dicho habituado el pueblo a la normalidad 
del sitio, se apresuró el Gobierno a inaugurar oficialmente el 



LA DEFENSA DE M0XTEV1I>E0 379 

Iiivstituto el 25 de Mayo de 1844: mediante el gran certamen 
poético de que hemos hablado en otro capítulo. 

En cuanto al segundo decreto, bastará recordar en apoyo 
de la oportunidad de la iniciativa del Jefe Político, que las 
calles y plazas de iMontevideo o carecían absolutamente de 
nombre o lo habían tomado del Santoral según i)ráeticas del 
coloniaje que todavía daban a la capital de la Kepública un 
cariz de pueblo primitivo. 

Por efecto de ese decreto, la calle de San Gabriel recibió el 
nombre de calle del Rincón, la calle de Santiago el nombre 
de Soiís, la de San Agustín el de Alzaibar, la de San Fran- 
cisco el de Zabala, la de San Felipe el de ^Misiones, la de 
San Joaquín el de Treinta y Tres, la de San Juan el de Itu- 
zaingó, la de San Fernando el de Cámaras, la de San Miguel 
el de Piedras, la de San Pedro el de 25 de ^layo, la de San 
Luis el de Cerrito, la de San Carlos el de Sarandí, la de San 
Sebastián el de Buenos Aires, la de San Benito el de Colón, 
la de San Vicente el de Pérez Castellano y la calle central 
el de 18 de Julio. 

La plaza de la nueva ciudad mantuvo su nombre de Plaza 
de Cagancha, la contigua al Mercado de la Cindadela recibió 
el nombre de Plaza Independencia, y la llamada ]\Iayor el de 
Plaza Constitución. 

Estas sustituciones, a las que podríamos agregar otras más, 
demuestran que el plan, de nomenclatura incluido entre los 
festejos conmemorativos de la Revolución de Mayo, obedecía 
también a un sentimiento educador encaminado a honrar a 
los sucesos y a los hombres que habían eoutrilniído a la con- 
solidación del país. Estaban excluidos algunos, sin duda; 
pero el doctor Lamas decía a su respecto en la ]\Iemoria ex- 
plicativa : 

"Al par que me he apresurado a rendir homenaje a las 
glorias nacionales que están ya fuera del dominio de la dis- 
cusión y son objeto de respeto y amor para todos los hijos de 
esta tierra, me he abstenido de tocar los nombres de con- 
temporáneos ilustres y de sucesos que deben esperar su san- 
ción de la opinión tranquila e ilustrada de nuestros venideros. 
Cuando desaparezcan las pasiones y los intereses que ha 
creado la revolución para dar campo a los fallos serenos e 
impareiales de la historia, ^Montevideo tendrá muchas y bella=5 
calles que ofrecer a los nombres de los guerreros, de los ma- 
gi.strados, de los hombres públicos que han trabajado y han 



380 HISTORIA DEL URUGUAY 



eoiisülidado la independencia y la libertad de la patria sin de- 
sertar su bandera en los duros trances y tribulaciones con 
que la Providencia ha querido poner a prueba la pureza y la 
verdad de sus creencias y de sais sacrificios. Sería una in- 
justicia quitarles a los hombres que realmente merecen ese 
homenaje el derecho a esperarlo de la posteridad". 

El progresista Jefe Político (jue en tal forma colaboral)a 
en las grandes fundaciones sociales de la Defensa, recibió 
algún tiempo después, a mediados de 1849, la tarea de escri- 
bir la historia nacional. Al resolverlo así. decía el Gobierno 
prosiguiendo su obra educadora : 

"El estudio de la historia de la República que es para 
todos sus hijos una necesidad de exigencia política, es tam- 
bién de una importancia de primer orden para los (jue unidos 
a ésta por vínculos de simpatía, de comercio, de interés de 
toíb srénero. lo tienen en su progreso y. engrandecimiento. El 
cuidado de que sea escrita de un modo digno y conveniente 
no ha podido ser desatendido por el Gobierno, que reconoce 
como su principal misión preparar y reunir todas los ele- 
mentos que en época de paz han de coloearla a la altura a 
que es llamada por los principios de civilización y de mejora 
social que ha proclamado siempre y cpie ha so.stenido con 
tan constante empeño y a costa de tan grandes sacrificios."' 

No era sólo con ayuda de estos grandes decretos de interés 
general que el gobierno de la Defensa llevaba a término su 
obra educadora. 

A fines de 1845 don Francisco Javier de Acha puso en 
escena un drama que había compuesto con el título de "Una 
víctima de Rosas". Al día siguiente de la representación, el 
Ministro de Gobierno se dirigía al autor para decirle que 
quería unir sus aplausos a los del pueblo y para anunciarle 
a la vez que el Gobierno había resuelto costear la impresión 
de la obra. 

Dos años más tarde, a principios de 1848. la prensa de 
Montevideo volvía a ocuparse de las maravillasas dotes ar- 
tísticas de Dalmiro Costa y en el acto aparecía un decreto 
declarando al pequeño pianista "bajo la protección y cui- 
dado del Gobierno", en una forma amplia, que contrastaba 
con los apremios del día. "Su educación y manutención" — - 
decía el decreto — "serán costeadas por el Tesoro nacional". 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 381 



Los comienzos de la vida universitaria. 

Antes (le la creaeiou efectiva de la Universidad ya fun- 
cionaban Ids cursos preparatorios de latín, matemáticas y 
filosofía y los superiores de jurisprudencia y teología. La 
primera colación de grados pudo realizarse por eso a me- 
diados de 1850, un año después de instalada la Universidad, 
recibiendo en tal oportunidad el grado de doctor en juris- 
prudencia don xidolfo Pedralbes, don Adolfo Rodríguez, don 
Salvador Tort, don Marcelino Mezquita y don Conrado RÜC'- 
leer; el de doctor en teología don Domingo Cobos; y el de 
bachiller en ciencias y letras don Luis Velazco. 

En esa ceremonia, a la que asistió el Presidente de la Re- 
pública, dio cuenta el Rector don Lorenzo A. Fernández, de 
la situación general de' la enseñanza pública. 

Existían 32 escuelas primarias en Montevideo, de las cua- 
les 22 estaban habilitadas como públicas. En esas escuelas 
recibían enseñanza 1,000 varones y 400 niñas. Pero la esta- 
dística era incompleta, por lo cual juzgaba el Rector cine el 
número efectivo de alumnos era de 1,600. A los cursos pre- 
paratorios de filosofía y físico - matemáticas concurrían 80 
alumnos y a los de latín 12. 

Un año después, a mediados de 1851, el nuevo Rector don 
Manuel Herrera y Obes suministraba a la Sala de Doctores 
datos más circunstanciados acerca de los primeros desenvol- 
vimientos de la Universidad. 

Había 457 alumnos oficiales, distribuidos en la forma que 
sigue: 

Jurisprudencia 26 

Filcisofía 50 

Físico - Matemáticas 125 

Latín 21 

Francés 60 

Al.Tiií Jítura y Dibujo 25 

Enseñanza primaria 150 

La enseñanza privada, fiscalizada por el Instituto de Lis- 
trucción Pública, era atendida por nueve escuela.s de varones 
y cinco de niñas, con una población escolar de 700 alumnos. 
De la no fiscalizada durante el año hacía caso omiso el in- 
forme. 



382 HISTORIA DEL CBUGUAY 



Los alumnos universitarios que, como se ve, formaban le- 
gión en las postrimerías del sitio, resolvieron exteriorizar sus 
sentimientos patrióticos el 25 de Mayo de 1851 festejando las 
primeras noticias de la alianza del gobierno de la Defensa con 
los de Entre Ríos y Brasil. 

Después de hacer los honores a un refresco que fué pre- 
sidido por el general Enrique Martínez y de oir los entusias- 
tas brindis del propio general Martínez, del doctor Luis José 
de la Peña, de don Francisco Acuña de Figueroa, de don 
José Luis Bustamante, de don Hilario Ascasubi, de don José 
Gabriel Palomeque y de don Fermín Ferreira y Artigas, la 
columna estudiantil salió a la calle enarbolando las banderas 
del Truguay, de la Argentina, de Entre Ríos, de Corrientes 
y del Brasil, y fué a saludar al Presidente de la República y 
a sus Ministros, recibiendo a su paso las aclamaciones del 
pueblo. 

Tales fueron los primeros aleteos del vigoroso organismo 
llamado a inmortalizar la acción educadora del gobierno de 
la Defensa. 



Cómo respondía la plaza sitiada al impulso educador del 
Gobierno. 

A esa colaboración en los planes del Gobierno realizada 
desde las bancas escolares y desde el claustro universitario, 
agregábase la obra individual y i>ersistente de todos los que 
podían aportar algún concurso útil al progreso educacional 
de la ciudad sitiada. 

A principios de 1844 el doctor Martín de Moussy, cirujano 
mayor de la legión francesa, instaló un observatorio meteo- 
rológico con el propósito de recoger y publicar en la prensa 
diaria el estado del termómetro en tres instantes del día, el 
del barómetro, el del liigrómetro, el aspecto del cielo, el 
viento reinante, la cantidad de agua caída en los días de 
lluvia y algunos datos sobre la máxima y la mínima de la 
temperatura. La publicación de estados diarios y de resú- 
menes .semanales y mensuales empezó a hacerse con mucha 
regularidad desde mediados del mismo año. 

Don Jacobo D. Várela, padre del futuro reformador de la 
enseñanza en el Uruguay, publicó una traducción de la obra 
de Gregorio Girard "La enseñanza regular de la lengua 



LA DEFEXSA DE MOXTEVIDEO 383 

materna en las escuelas y en la familia", que apareció pri- 
meramente como folletín de "El Comercio del Plata" y 
luego en un grueso volumen aparte. 

Don Esteban Echeverría presentó al Instituto de Instruc- 
ción Pública de que formaba parte, un "Manual de ense- 
ñanza moral para las escuelas primarias del Estado Orien- 
tal", en el que señalaba los deberes del hombre para con- 
sigo mismo, con nociones económicas relativas al trabajo ; 
los deberes para con la familia y los demás; y los deberes 
para con la patria. Formaba parte del plan del Manual 
un segundo volumen, que no alcanzó a publicarse, en el que 
se proponía el autor condensar lo esencial de su enseñanza 
bajo forma de máximas en verso. 

El doctor Luis José de la Peña redactó- también con des- 
tino a las escuelas de enseñanza primaria sus "Elementos de 
Lectura" con un silabario y ejercicios progresivos inspirados 
en fines de educación moral y religiosa. 

Don Juan ]\Ianiu4 de la Sota publicó un "Catecismo le 
Geografía e Historia de la República Oriental". 

Besnes de Irigoyen proseguía sus trabajos de caligrafía. 
Admirando sus obras, decía el más autorizado de los diarios 
.contemporáneos: "en otro teatro habría figurado entre los pri- 
meros ilustradores de esas magníficas ediciones de obras, 
enriquecidas con viñetas y arabescos que es el género en que 
principalmente descuella nuestro calígrafo." Y que el elogio 
no era exagerado, sino muy merecido, se encargó de com- 
probarlo la prensa de Madrid, con ocasión de un cuadro que 
Besnes de Irig03'eu dedicó a la Reina Doña Isabel II, "una 
cosa verdaderamente regia, digna de figurar en un Museo", 
decía el diario "España". 

Don Francisco Acuña de Figueroa compuso cuatro cantos 
religiosos con destino a las escuelas públicas, que fueron 
adoptados por el Instituto y enviados por el autor, junta- 
mente con otras composiciones del mismo género, al Papa 
Pío IX, quien contestó en forma muy expresiva haciendo 
votos por el restablecimiento de la paz en el Uruguay. 

De este mismo ambiente de fuertes estímulos a la enseñanza 
salió a mediados del sitio don Alejandro Magariños Cervantes 
con rumbo a España, para completar allá sus estudios lite- 
rarios y profesionales. Cuando llegaron a Montevideo sus 
primeras publicaciones, el poeta ]\rármol dijo que eran "dig- 
nas de parangonarse con las más bellas orientales de Hugo o 
de Arólas". 



384 HISTORIA DEL URUGUAY 



"No habían traiLseurrido — agregaba — dos años de su re- 
sidencia en la patria de Cervantes, cuando el joven americano 
se había creado un nombre y ganado la estimación y el res- 
peto entre los primeros literatos. La sociedad le abre sus 
puertas y su nombre se hace una propiedad de la prensa y 
del buen gusto. Los archivos públicos y privados se le faci- 
litan y las imprentas reciben sus manuscritos como dinero. 
Honor a España!". 

Los que terminados sus estudios tenían que quedarse en la 
eiudad sitiada, trabajaban noblemente a favor de la pacifica- 
ción de los espíritus exaltados por la guerra. A fines de 1850 
trataron de formar una sociedad literaria y pidieron y obtu- 
vieron el concurso de algunos de sus maestros, especialmente 
el doctor Luis José de la Peña. Pero apenas alcanzaron a con- 
cretar así el programa de sus trabajos en el acta de insta- 
lación, único documento que queda de esa generosa iniciativa 
estudiantil : 

''Demostrar la necesidad de la época, concillando los inte- 
reses de todos, para arribar por medio de la discusión al 
restablecimiento sincero de la paz. Abrir una nueva senda a 
la prensa periódica, que la aparte de la estrecha senda de la 
personalidad y de la difamación, conduciéndola al rango que 
ella debe oeupar entre las instituciones modernas, como que 
es la primera garantía de libertad para los pueblos, la fuente 
más pura de verdad para los gobiernos y el medio más activo 
de desenvolvimiento para la civilización." 

A principios del año siguiente, respondiendo al mismo mo- 
vimiento de ideas, apareció un nuevo periódico "El Porve- 
nir", título que expresa — decían sus fundadores — "la espe- 
ranza de que luzcan mejores días para nuestra patria." 



La reforma de la enseñanza en el campo sitiador. 

Acerca del movimiento de la enseñanza pública en el campo 
sitiador sólo conocemos el programa de la escuela que dirigía 
don Cayetano Rivas en el pueblo de la Restauración, hoy 
Villa de la Unión, y un informe de la Comisión de Instruc- 
ción Pública adjuntando un proyecto de organización de la 
enseñanza primaria, secundaria y superior. 

El programa del colegio de Rivas apareció durante el año 
1850 en la sección avisos generales de « El Defensor » bajo 



LA ÜEFlíXSA DE MONTEVII>EO 38Ó 

el lema obligatorio y nada educador de "¡Vivau los defen- 
sores de las leyes! ¡Mueran los salvajes unitarios!"' Rosas 
había obligado a maestros y alumnos, por su famoso decreto 
de mayo de 1835, restablecido once años después, a llevar la 
divisa punzó como distintivo federal. 

"La educación — decía ese aviso — envuelve y combinü to- 
dos los elementos necesarios para el mejor desarrollo de la 
naturaleza del hombre en sus funciones físicas, carácter mo- 
ral y facultades intelectuales; su verdadero objeto es mejorar 
la condición humana. . . La educación física requiere la co- 
modidad, extensión y aire libre del local en que se habita 
y los buenos alimentos. Por esta razón el encargado ha pro- 
curado construir espaciosos salones de alto que sirvan para 
dormitorios. Los alimentos serán de los mejores y en cantidad 
tal que no tenga que desear el cuidado de los padres en e.sta 
parte ... El carácter moral se ennoblece y perfecciona con el 
celo, vigilancia, sana doctrina y máximas que a la vez de 
imbuirlas a los alumnos por teoría, vayan acompañadas por 
ejemplos y reflexiones que les demuestren la necesidad de ser 
honrados .y las ventajas que se adquieren por los finos modales 
y los hábitos sociales. . . Un sacerdote estará encargado de 
dirigir las conciencias de los alumnos, que con el carácter de 
Capellán de la casa desempeñará todo lo que tenga relación 
con las máximas cristianas^' 

He aquí el plan de estudios de esa escuela: primeras letras: 
caligrafía, gramática castellana, aritmética elemental, doc- 
trina cristiana, urbanidad social. Clase segunda: latín, fran- 
cés, inglés, italiano. Clase tercera: lógica, geografía, matemá- 
ticas. Clase cuarta: teneduría de libros, física elemental, eco- 
nomía política. Clases de adormios: dibujo, música y baile. 

El proyecto de la Comisión de Instrucción Pública, obra 
del doctor Eduardo Acevedo, establecía que la enseñanza pri- 
maria sería obligatoria y gratuita; que el programa escolar 
comprendería: lectura, escritura, aritmética elemental, doc- 
trina cristiana, costura y corte; que se fundaría una escuela 
normal para la formación de maestros ; que las escuelas de cada 
departamento dependerían de las respectivas Juntas Económico- 
Administrativas y las de todo el país de un Consejo Nacional 
de Instrucción Pública; que la enseñanza preparatoria abar- 
caría el latín, el inglés, el francés, la filosofía, la retórica, la 
geografía, la historia natural, las matemáticas, la física, la 
•piímica, 1 dibujo, la economía industrial- y la estadística, en 



386 HISTOKIA DEL UBUGÜAY 



seis años de estudios; y la enseñanza superior abarcaría las 
Facultades de Jurisprudencia, dé Medicina, de Matemáticas 
y de Ciencias Sagradas, bajo la dirección de un Rector y de 
un Consejo de Enseñanza. 

Vn vasto plan, como se ve, que corría paralelamente al 
que en esos mismos momentos era organizado en la plaza 
de Montevideo. 

Medidas de higiene pública. 

Desde lus primeros meses del sitio adaptó la Policía de 
acuerdo con la Junta de Higiene Pública diversas medidas 
tendientes a asegurar la salud de la población. Por una pri- 
mera ordenanza de abril de 18-43 dispiLso la limpieza de la 
ciudad, expidió instrucciones contra la propagación de la di- 
sentería que empezaba a extenderse, habilitó pozos de agua 
potable, organizó la administración de la vacuna e instaló 
Comisiones de inspección de víveres. Y por otra del mismo 
año reglamentó en forma más eficaz el barrido de las calles 
y estimuló al vecindario pudiente a organizar cuadrillas para 
el transporte de las aguas inmundas al mar. 

A fines de 1845 pidió permiso don Pablo Duplessis para 
construir un caño maestro en la calles de Colón, Cerrito y 
Pérez Castellano, con desagüe en el mar, para el servicio de 
varias casas de su propiedad. Fué acordada la autorización 
en el acto y al comunicar su decreto a la Policía hacía re- 
saltar el Ministerio la importancia considerable de esas obras 
del punto de vista de la salubridad pública, e indicaba la 
conveniencia de estimularlas, mediante el ofrecimiento de 
todo el concurso que la repartición pudiera prestar. 

Dos años después .era uoia corporación oficial, la Sociedad 
de Caridad, la que recogía esa palabra de estímulo. Cediendo 
al insistente empeño del doctor Fermín Ferreira y de otros 
médicos, contrató la construcción de un caño maestro.de una 
y media varas de alto por una de ancho desde el Hospital 
de Caridad hasta el mar en un recorrido de 260 varas por 
las calles Guaraní y 25 de Mayo. 

La aparición de la fiebre amarilla en Río de Janeiro a f nes 
de 1849 dio lugar a- grandes alarmas, tanto más ju.stificarlas 
cuanto que ya nadie creía en la vuelta de la terrible epidemia 
después de un larguísimo período de inmunidad. Pero el con- 
tagio no se produjo y la ciudad sitiada recuperó su tranquili- 
dad habitual. 



í 
f 



LA UEl't.NSA Dt: MOXTEVIl>i;0 387 



Los hospitales áurante el sitio. 

Pocas .semanas ilL'si)ués del esíableeimieiito del sitio se di- 
rigió el general Faz a doña Bernardina Fragoso de Rivera, 
pidiéndole que tomara la iniciativa de una reunión de señoras 
¡•ara la fundación y sostenimiento del hospital de sangre. De 
esa iniciativa resultó la Sociedad Filantrópica de Damas 
Orientales bajo la presidencia de la propia señora de Rivera, 
quien en el acto solicitó el local del Senado para asiento del 
hospital, ofreciendo en cambio la sala de su casa para las 
reuniones legislativas. Su gestión, aunque apoyada por el 
Gobierno, no prosperó en la Cámara. 

El general Paz daba con ello una nueva forma a la idea 
inspiradora de la Sociedad de Beneficencia de Señoras, la 
única creación de Rivadavia, decía "El Comercio del Plata", 
que por sus muchas y hondas raíces en el suelo argentino no 
había podido arrancar la mano exterminadora de Rosas. Ins- 
tituida para dirigir la educación primaria de las niñas, al- 
canzó a tener bajo su patronato más de un millar de alumnas 
en diversas escuelas, atendiendo con el producto de los tra- 
bajos de las mismas niñas la mayor parte de los gastos esco- 
lares y sus premios anuales a la virtud estimuladores de los 
más altos sentimientos morales. 

La Sociedad Filantrópica de Damas Orientales sostuvo con 
la ayuda de donativos, suscripciones y bazares, durante cerca 
de cuatro años el "hospital de más fuerte movimiento de la 
plaza. Al finalizar el año 1846 sólo tenía cinco heridos en 
asistencia y entonces pidió al Gobierno la clausura del estv 
blecimiento por innecesario y a la vez que se señalara a las 
llamas otra tarea más activa que podría ser el fomento de la 
educación de las niñas. Había atendido la Sociedad 800 heri- 
dos, de los cuales 600 habían salido curados, con un gastft 
total de 24,000 pesos, íntegramente cubierto, con excepción 
ae 750 pesos adeudados a la botica de Yéregui, saldo muy 
inferior al valor de los materiales existentes en el hospital. 

Exteriorizando el sentimiento general, escribía en esa opor- 
tunidad "El Comercio del Plata": 

'Jamás compromiso ninguno fué cumplido de modo más 
religioso y más noble ; jamás asociación voluntaria , de hom- 
hres Dará objetos en que el interés individual no estimula a 
la perseverancia, en que ni se espera ni se busca más recom- 



388 1I1ST03IA DEL URUGUAY 



I)ensa al trabajo y a los sacrificios pecujiiarios que las bendi- 
ciones del desvalido y las que Dios promete al que practica 
su ley de caridad ; jamás, decimos, asociación alguna de liom- 
l)res fué conducida con más constancia, con má?- seriedad, de 
un modo más regular y más conforme a sus objetos que esta 
sociedad de señoras." 

Desde fines de 1844 empezó a funcionar también una "So- 
ciedad de Caridad Pública", compuesta de cuatro Comisiones 
denominadas respectivamente colectora, inspectora, proveedora 
y médica. De esta última Comisión dependían el Hospital de 
Caridad, la Casa de Expósitos y la Casa de Inválidos. Sus 
recursos estaban reducidos a 600 pesos mensuales, monto 
de una suscripción promovida por el jNIini.stro de la Gue- 
ira general Bauza, que pronto quedó reducida a la mitad por 
haberse borrado muchos de los suscriptores. La Sociedad trató 
de aumentar sus recursos por medio de beneficios teatrales, 
pero tampoco pucio por ese medio cubrir su presupuesto. Y 
así continuó luchando hasita principios de 1846, en que le fué 
posible regularizar su situación mediante la lotería de Cari- 
dad creada por iniciativa de don Alejandro Chucarro. 

Haciendo el merecido elogio de estas instituciones de cari- 
dad, decía Florencio Várela : 

"Dondequiera que hallemos un pueblo en que las escuelas 
primarias, los establecimientos científicos, religiosos, litera- 
rios y de beneficencia, estén sostenidos por corporaciones 
particulares formadas voiluntariamente con independencia 
del Grobiemo, podemos estar ciertos que el estado social de 
este pueblo es muy adelantado, de que sus costumbres y su 
moral pública están formados ; y sobre todo de que cual- 
quiera que sea su constitución política, él participa direc- 
tamente de su administración, se gobierna a sí mismo". 

En marzo de 1846 se jugó la primera lotería a favor de 
la Sociedad de Caridad con un modesto programa en que 
había un premio de 200 pesos, uno de 100, uno de 50 y 
varios de 10 a 20 pesos. La venta de billetes produjo 1,200 
pesos. Cou este importe hubo que pagar 30 premios por 
valor de 900 pesos y varios gastos por 164, quedando enton- 
ces a favor de la Sociedad de Caridad un sobrante líquido de 
136 pesos. 

En noviembre del mismo año se jugó una lotería extra- 
ordinaria de ocho mil patacones que dio a la caridad un 
sobrante líquido de 767 pesos, incluido el importe de los 



LA DEFENSA DE MOXTEVIDEO ."89 

números premiados devueltos. Y en diciembre otra, cuyo 
benefíeio líquido fué de 1,012 pesos. 

Durante ese bimestre subieron los ingresos a 2,867 pesos, 
compntandü otros proventos de la Sociedad. 

A mediados de 1848 resolvió la Sociedad de Caridad en- 
sayar un nuevo programa con ánimo de darle permanencia 
en caso de buena acogida por el público. Se emitirían tres 
mil billetes, a razón de dos patacones cada uno, y habría 
150 premios desde 10 pesos hasta 1,200, por un monto total 
de 5,-100 pesos. 

Con motivo de ese ensayo creyó oportuno la Sociedad 
publicar varios antecedentes de los que resultaba que ella 
percibía una comisión del 25 % del monto de los billetes 
vendidos; que de la comisión había que rebajar los gastos 
de cada lotería que subían a 712 pesos por concepto de 
comisión de los loteros (6 %, equivalente a -132 pesos), suel- 
dos de empleados (200 pesos) y papel, tinta y otros enseres 
(80 pesos) ; que la lotería era ya el único recurso con que 
se contaba para el so.stenimiento del Hospital de Caridad, 
Casa de Expósitos y Casa de Inválidos, cuyos presupuestos 
oscilaban en conjunto de 1,200 a 1,500 pesos mensuales. 

Aparte del Hospital de Caridad y del Hospital de la So- 
ciedad Filantrópica de Damas Orientales, funcionaban du- 
rante el sitio otros tres: el de la barraca de Pereyra, el de 
la Legión Italiana y el de la Legión Francesa, sostenidos 
por medio del concurso oficial, de las suscripciones públicas 
y de los beneficios teatrales. 

"Nuestros hospitales — decía "El Constitueionar ' a prin- 
cipios de 1844 — pueden en general presentarse como mo- 
delos : Montevideo puede decir con orgullo ahora y siempre 
que supo apreciar debidamente la sangre de sus defensores 
y que no se ha parado ante ningún sacrificio para propor- 
cionar a nuestros soldados todo cuanto pudiera ser nece- 
sario al restablecimiento de su salud y a la comodidad de 
la vida". 



El movimiento de los hospitales. 

Escasas cifras reoapitulativas ofrecen las fuentes de irv^ 
formación de la época. 

A mediados de 1845 fué suprimido por innecesario el 



Sito HISTOBIA DEL URUGUAY 



hospital de la barraca de Pereyra. Durante los 22 meses 
corridos desde su apertura en agosto de 1843 hasta su clau- 
sura en mayo de 1845, tuvo el movimiento que sigue, según 
el informe del doctor Fermín Ferreira al Ministerio de la 
Guerra : 

Entrados 2,505, curados 2,160, fallecidos 345. 

La población había sido castigada por la disentería, la 
fiebre tifoidea y el escorbuto, y sin embargo el porcentaje 
de fallecidos (13 7/9 %) era según el doctor Ferreira más 
bajo que el de las epidemias de la generalidad de los países 
del mundo que oscilaba del 15 al 20 %. 

Ya hemos dado las cifras recapitulativas del Hospital de 
la Sociedad Filantrópica de Damas Orientales durante los 
45 meses corridos desde marzo de 1843 hasta diciembre de 
1846: 800 heridos y de ellos 600 curados. 

El Hospital de la L&gión Francesa en que ingresaban tam- 
bién los soldados de las demás unidades del ejército, tuvo 
en los dos años corridos desde junio de 1843 hasta junio 
de 1845 una entrada de 1,148 heridos y enfermos, y una 
salida de 1,093, que se descomponía así: 

Curados 886, correspondiendo 316 a heridas y 570 a en- 
fermedades generales; ±alleeid(7s 207, correspondiendo 72 a 
heridas y 135 a enfermedades generales; enfermos en asisten- 
cia 55. 

Un segundo cuadro, mucho más amplio, correspondiente al 
mismo hospital arroja desde junio de 1843 hasta septiembre 
de 1847 (más de cuatro años) el movimiento que subsigue: 

Entrados 2,363, correspondiendo a heridas 1,070 y a en- 
fermedades generales 1,293; salidas: curados 1,974. fallecidos 
328, en asistencia 61. 

El Hospital de la Legión Italiana tuvo en los nueve meses 
corridos desde agosto de 1844 hasta abril de 1845 una entrada 
de 356 por heridas y enfermedades generales y dentro de ese 
total 8 defunciones, saliendo todos los demás curados. 

Durante el primer semestre de 1846 alojó el mismo esta- 
blecimiento, según otro estado que tenemos a la vista, 463 
enfermos; correspondiendo 270 a la sala de cirugía y 193 a 
la de medicina, con el resultado que sigue: Curados 444, fa- 
llecidos 4, en asistencia 15. 

Varaos a dar ahora las cifras mensuales de algunos de loa 
períodos de la guerra tomados al acaso: 

Al finalizar el año 1843 había 974 heridos y enfermos ge- 



LA DEFENSA DE MOXTEVTDEO o&l 

i:erale.s en el Hospital de Caridad, en el hospital de la ba- 
rraca de Pereyra y en el Hospital de la Sociedad Filantró- 
pica de Damas Orientales, según los estados de noviembre de 
dos de ellos y de diciembre del otro. Había liabido 60 defun- 
ciones en los tres hospitales. 

En septiembre de 1845 funcionaban cuatro hospitales: el 
de la Sociedad Filantrópica, el de Caridad, el Francés y el 
Italiano con una existencia total de 275 enfermos y heridos, 
que se distribuían así : enfermedades generales 188, heridas 
87. Había, además, en el Hospital de Inválidos 69 asilados. 

En febrero de 1846 esos mismos cuatro hospitales tenían 
una existencia de 259 enfermos, correspondiendo 91 a heridas 
de guerra y los demás a enfermedades generales. 

Gradualmente fueron cerrando sus puertas, por falta de 
enfermos, todos los hospitales fundados durante la guerra, 
hasta quedar sólo en pie el Hospital de Caridad. 

En septiembre de 1847 tenía este último una existencia de 
151 enfermos que se distribuía así: jefes 2, oficiales 7, sol- 
dados 77, civiles 45, mujeres 20. 

Y en junio de 1850 su existencia era de 208, correspondiendo 
194 a enfermedades generales y 14 a heridas. 

En resumen, fuera del primer año del sitio en que el nú- 
mero de los hospitalizados crece excepcionalmente a causa de 
la reconcentración de las familias de campaña, del cambio 
brusco del régimen alimenticio y de la actividad de las gue- 
rrillas, las cifras de los hospitales de la plaza carecen de im- 
portancia como índices de guerra y del estado general de la 
jjoblación. 

El cHma, el régimen de vida y la mortalidad de Montevideo 
durante el sitio. 

Es lo que también concurre a demostrar un importante es- 
tudio del doctor Martín De Moussy acerca del clima, régimen 
de vida y enfermedades de la plaza de Montevideo durante 
el período que corre de 1840 a 1854. He aquí un extracto de 
ese estudio que fué presentado por su autor a la Sociedad de 
Medicina de Montevideo tres años después del levantamiento 
del sitio: 

En 1843, primer año del sitio, hubo 2,711 entierros, distri- 
buidos así : 



HISTORIA DEL UECGUAY 



De particulares 1,763 

" civiles procedentes de hospitales . . . 360 

" militares muertos por enfermedades . . 468 

" " " heridas . . . 120 

Agregando las bajas ocurridas en las líneas de fuego, puede 
elevarse a 3,000 el monto de las defunciones. 

Hizo su aparición en ese mismo año el escorbuto. Pero la 
enfermedad sólo se acentuó al año siguiente por efecto de la 
supresión de la carne. Desde agosto de 1843 hasta agosto de 
1844 hubo en los hospitales militares de la guarnición orien- 
tal 918 casos de escorbuto, con 281 defunciones, o sea el ter- 
cio de los atacados. 

En 1844 la mortalidad bajó a 1,800, pero hay que advertir 
que el número de los habitantes había disminuido mucho por 
efecto de la emigración. 

Continuó el descenso en 1845, gracia;; al mejoramiento ge- 
neral que subsiguió a la intervención franco-inglesa. Sólo 
hubo 935 defunciones a pesar de la disentería y de la fiebre 
tifoidea ciue se desarrollaron entre la tropa inglesa compuesta 
de 1,600 hombres. 

En 1848 la mortalidad no alcanzó a 900. Al año siguiente 
bajó a 700, por efecto de la emigración. En torno de esta 
misma cifra se mantuvo en 1850 y 1851. En 1852 subió a 
969. Y en 1853, con ser un año de epidemia de viruela, la 
estadística sólo anotó 965 defunciones. 

Explicando la multiplicación de los factores de muerte al 
terminar la Guerra GTrande y quedar confundidas las dos 
poblaciones separadas hasta entonces por la línea sitiadora, 
hacía notar el doctor de Moussy que precisamente en esos 
momentos todo el territorio incluso la Capital era azotado 
por una terrible invasión de langosta, de cuya plaga no se 
tenía ejemplo desde muchísimos años atrás; y "que las 
conmociones morales de toda especie, los calores excesivos, el 
destrozo de los sembrados", habían dado lugar a numerosas 
"afecciones nerviosas, hemorragias, apoplejías y lesiones or- 
gánicas en el sistema circulatorio". 

Recapitulando sus observaciones meteorológicas, decía el 
doctor De Moussy: 

Sólo una vez en los 15 años subió el termómetro a 41 gra- 
dos y dos veces a 38 y 37. En los meses de verano pasó una 
docena de veces de 30 grados. En los de invierno sólo una 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 393 

vez deseemlió a cero y lo (lue se llama heladas resultan, en 
ccusecueneia, simples esearehaB. La temperatura iniedia de 
agosto, o sea el mes de más frío, fué de 10"9; la de enero, 
el mes de más calor, de 24"8; y la del año de 16°8. Son 
cifras que coinciden con las de Lisboa y Ñapóles, dos ciudades 
famosas por la hermosura de su clima. En cuanto a las 
aguas de lluvia caídas durante el período de JO años de 
1843 - 1852, su término medio fué de 110 centímetros. 

Léanse ahora las conclusiones del trabajo del doctor Mar- 
tín De ]\Ious.sy corroborantes del estado generalmente satis- 
factorio de la plaza durante el sitio : 

■■Que en Montevideo no hay enfermedades endémicas pro- 
pias del clima y terreno ; que se observan las estacionales que 
ocurren en todos los países y aquellas que los habitantes se 
proporcionan por sus excesos o descuidos; que las epidemias 
provienen de una causa ocasional extraña al clima ; que las 
series de ellas son más o menos frecuentes que en otras 
ciudades; y que comparando esas epidemias con las que apa- 
recen en otras pt'blaciones, son menos mortíferas y dejan 
menos estragos". 

Las primeras aplicaciones del éter y del cloroformo en los 
hospitales de Montevideo. 

A fines de 1846 fueron realizadas en Boston las primeras 
aplicaciones del éter por el dentista Jackson y el doctor 
?Jorton. 

Cinco meses después los cirujanos de ^lontevideo se valían 
de ese grandioso descubrimiento para realizar las operaciones 
que hasta entonces tenían que hacerse a vista y paciencia de 
los desgraciados operados. 

Corresponde a los doctores Brunel y Ramos el honor de la 
primera aplicación del éter en ^Montevideo: el doctor Brunel 
como operador y el doctor Ramos aomo suministrador del éter 
y constructor del aparato de aplicación, consistente en una 
vejiga de seis litros de capacidad, provista de una manga y 
de una boquilla dentro de la cual se colocaba el éter. El 
éxito fué bastante satisfactorio, pues el operador cortó la 
carne y serruchó el hueso sin que el paciente sufriera gran 
cosa. Pero el aparato tenía el grave inconveniente de que 
obligaba a respirar un aire ya despojado parcialmente de su 
oxígeno, en razón de que para llenar la vejiga era necesario 



334 HISTORIA DEL URUGUAY L \ ■* 



que uno de los ayudantes soplara fuerte e insistentemente 
en ella. 

Pocos días después el doctor Odicini, con el concurso de 
don ]\Iario Isola, realizaba en el Hospital de la Legión Ita- 
liana otra operación con resultado más satisfactorio, utili- 
zando para la aplicación de los vapores del éter sulfúrico una 
botella de AVolf, provista de dos bocas, una de ellas con caño 
flexible y boquilla destinada a la boca del enfermo. Era un 
procedimiento que había sido ideado en Turín. 

El doctor Martín De Moussy, cirujano del Hospital de la 
Legión Francesa, aplicó también en varias operaciones la 
vejiga utilizada por el doctor Brunel y un frasco construido 
en la botica de Jacquet, provisto de dos tubos, uno doblado 
para el enfermo y otro para la entrada del aire que pene- 
traba hasta el fondo del frasco en que estaba el éter. 

En febrero de 1848 llegó la noticia de que en algunos hos- 
pitales europeos empezaban a realizarse ensayos de insensibi- » 
lización mediante el cloroformo; y en seguida el doctor Fer- 
mín Ferreira en el Hospital de Caridad, y el doctor Odicini 
en el Hospital de la Legión Italiana, aplicaban con notable 
éxito el procedimiento, utilizando el cloroformo preparado en 
Montevideo por los farmacéuticos Thiballier, Lenoble, Isola 
y Parodi. 

Los hospitales uruguayos gracias al empuje de sus médicos 
y farmacéuticos, se colocaban así rápidamente al mismo nivel 
de los establecimientos similares que utilizaban para .sus en- 
sayos los sabios norteamericanos y europeos. 

Escasos de materiales y de recursos, tenían nuestros médicos 
que aguzar su ingenio para no privar al enfermo de medios 
indispensables de curación. A falta de sanguijuelas, aplicaba 
con éxito el doctor Enrique ^Muñoz en .su clínica del Hospital 
de Caridad, a fines de 1849, una especie similar que había 
encontrado en el Cerro, que según él era el sanguisugc offici- 
nalis ya descripto por la ciencia, y según los diarios de la 
época, el sogaipé, de largo tiempo atrás conocido en todo el 
Río de la Plata. 



La Administración de Justicia. 

Desde los primeros meses del sitio quedó suspendido el 
pago del Presupuesto General de Gastos a todos los emplea- 
dos de la Administración. Había que consagrar los recursos^ 






LA DEIT:XSA de MONTEVIDEO 395 

qr.e eran muy riHluoidos, a la organización de la defensa, y el 
Gobierno se limitaba a dar ración y alojamiento a los servi- 
dore« que necesitaban una de esas cosas o ambas a la vez. 

La magistratura judicial requería, sin embargo, medidas de 
excepción y en diversas oportunidades se ocupó de ellas el 
gobierno de la Defensa. 

En septiembre de 1843, invocando la necesidad de colocar 
a los miembros del Poder Judicial ''en una posición desem- 
barazada de penurias", conciliable con "la dignidad y decoro 
correspondientes", resolvió el Gobierno que la mitad de las 
entradas de la oficina actuarla del Juzgado Ordinario fuera 
distribuida mensualmente entre el Presidente y los vocales 
del Tribunal de Justicia y que la mitad del impuesto de 
herencias y la totalidad de las multas que impusiere el Poder 
Judicial se repartieran entre todos los demás empleados de 
la magistratura en proporción a sus sueldos respectivos. 

Horas después, convencido sin duda de la exigüidad de los 
recursos asignados, resolvía el Gobierno autorizar a los Juz- 
gados y Tribunales para cobrar por concepto de honorarios 
uu derecho de firmas de 2 reales tratándose de Juzgados uni- 
personales y de 5 reales tratándose de Tribunales colegiados. 

"Si .son fatales — decía en su decreto — las penurias a que 
e! estado presente del país sujeta a todos los empleados civi- 
les de la República, y que ellos soportan con una resignación 
patriótica y laudable, lo son quizá más las que afectan a los 
magistrados, a cuya constancia y probidad está librado el 
gran depósito de la administración de justicia. Sometidos a un 
trabajo incesante y penoso, sufriendo necesidades urgentes y 
teniendo en su mano la fortuna de miles de individuos, la 
prudencia aconseja el disminuir en lo posible los motivos del 
cansancio y los estímulos del mal obrar." 

El decreto entró en vigencia de inmediato a título de ase- 
gurar la subsistencia de los Jueces, pero como invadía atri- 
buciones legislativas fué pasado a la Asamblea General. En 
la Cámara de Diputados encontró ambiente favorable la idea 
de restablecer el derecho de firmas que había regido hasta 
1829, pero sin perjuicio de aceptarla se resolvió que mien- 
tras no fuera posible reanudar el pago de los sueldos, los 
Jueces letrados inferiores y superiores cobrarían honorarios a 
las partes litigantes antes de dictar sentencia, pre\na regu- 
lación de su trabajo sobre la base de la importancia del punto 
debatido. El proyecto que en tal sentido sancionó la Cámara 



3% HISTORIA DEL UKLGI.AY 



de Diputados, fué rechazado por el Senado de acuerdo con 
un dictamen de don Miguel Barreiro que califical)a de des- 
doroso ese arbitrio que habría pennitido, decía, comprar en 
cada litigio la justicia como se compra un objeto cualquiera 
en el comercio. 

Quedaron, pues, los magistrados judiciales en la misma 
situación angustiosa en que vivían todos los; otros miembros 
de la Administración pública. Pero sólo hasta 1850, en que 
de nuevo el gobierno de la Defensa volvió a ocuparse de su 
situación y esta vez para dar fuerza de ley al mismo prO' 
yecto de la Cámara de Diputados rechazado por el Senado. 
Mediante un decreto del mes de mayo, acordó a los miembros 
del Tribunal el sueldo mensual de 100 pesos a cubrirse con 
los proventos de las escribanías del Estado, y a los Jueces 
letrados de lo Civil, de Comercio y de Hacienda, la mitad de 
los honorarios que el Tribunal regularía en cada pleito y cuyo 
pago se impondría a las partes litigantes. 

Tandnén se preocupó el gobierno de la Defensa de la reor- 
ganización carcelaria y de la alimentación de los encausados, 
de acuerdo con un plan del Jefe Político don Andrés Lamas 
formulado desde los primeros tiempos del asedio. Debían es- 
tar separados los penados de los detenidos. Los penados que- 
daban obligados a llevar uniforme y a realizar trabajos efec- 
tivos. Entre los detenidos se hacía una distinción : aquellos 
que tenían una profesión o medios de ganarse la vida podían, 
si tal era su voluntad, realizar algún aprendizaje industrial; 
en cambio, los que carecían de profesión o de medios de vida, 
estaban obligados a aprender un oficio en la cárcel. Las dos 
bases del plan eran, pues, la separación de los presos y el 
trabajo efectivo. 

'Resuelto ese punto, abordó la Policía la tarea de asegurar 
la provisión de víveres a los presos de la cárcel. Según el 
contrato celebrado con la casa importadora de Antonini, cada 
preso debía recibir una ración diaria de arroz o de fariña, 
legumbres, carne fresca, pan y leña, y una ración semanal 
de tabaco, papel blanco, jabón y yerba. 

Vamos a dar ahora un estado de la criminalidad de iMon- 
tevideo en 1850, el penúltimo año del sitio. 

La Policía capturó durante ese año 87 individuos por im- 
putaciones graves y 678 por faltas leves, clasificadas respec- 
tivamente en la forma que subsigue : 



LA DEFENSA DE ilONTEVIDEO 



397 



Homicidio ' . G 

Heridas 40 

Robo 18 

Raterías 23 



Kbriedad 289 

Pesórdenes 176 

Fallas leves 172 

A pedido do las padres 22 

A pedido de la Capitanía dd Piierlu . 19 



No era uiiieho, siu duda, tratándose de una ciudad sitiada 
en que todos los hombres estaban armados y en que las estre- 
checes de la vida arrastraban a la pendiente del delito o del 
desorden. 



Las autoridades eclesiásticas a uno y otro lado de la línea 
sitiadora — Honores a Larrañaga. 



Al establecerse el sitio el vicario Larrañaga quedó en su 
quinta del Migaelete dentro de la zoua sitiadora y por con- 
siguiente bajo la jurisdicción de Oribe, con quien desde el 
primer momento se puso al habla para la provisión de cu- 
ratos, construcción de capillas y demás objetos de su mi- 
nisterio. 

En la plaza de Montevideo asumió la jefatura de la iglesia 
el presbítero don Lorenzo Antonio Fernández con el título 
de "Provisor y Vicario General por delegación del ilustrí- 
simo Vicario apostólico de este Estado". 

No se había hecho sentir, pues, la guerra dentro del do- 
minio de la Iglesia, continuando ambos campos, el de los 
sitiados y el de los sitiadores, bajo el mismo dominio espi- 
ritual de Larrañag'a, aunque con algún desmedro de in- 
fluencia según lo acredita la construcción del Templo Inglés 
en el Cubo del Sur, cuya piedra fundamental fué colocada a 
principios de 1844 por el comodoro Purvis. Cuatro años 
antes Larrañaga se había opuesto ardorosamente a la obra 
invocando que la religión católica era la religión oficial y 
que la solicitud de los organizadores del templo era además 
"ilegal, impolítica, inoportuna e innecesaria". 

Hacían, siu embargo, buenas migas el gobierno de la De- 
fensa y la Iglesia. En agosto de 1845, por ejemplo, lanzó 
un edicto la Policía reglamentando el trabajo industrial y 
el ejercicio del comercio en virtud de que "con grave in- 
fracción de los preceptos de la Iglesia y de las disposicio- 



398 HISTORIA DEL L'StJGUAY 



lies civiles" había gentes (lue trabajanan "en lus días dedi- 
oados a Dios Nuestro Señor". 

La muerte de Larrañaga puso de manifiesto la distinta 
manera de apreciar los grandes servicios públicos a uno y 
otro lado de la línea sitiadora. 

Se trataba de un patriota eminente, de un gran hombre 
de ciencia y de un verdadero filántropo. Como patriota te- 
nía numerosos e importantes servicios que arrancaban desde 
la reconquista de Buenos Aires por el ejército uruguayo a 
órdenes de Liniers. Como hombre de ciencia, ocupaba el 
lugar más culminante de la América del Sur, y a ese título 
se carteaba con Humboldt, con Cuvier, con Saint Hilaire. 
Como filántropo, había creado el Asilo de Expósitos y esta- 
blecido y organizado la Administración de la Vacuna. 

Oribe no decretó honores oficiales al ilustre ciudadano 
que acababa de morir en desempeño de una alta investi- 
dura religiosa que era ejercida directamente bajo la depen- 
dencia del campo sitiador. Su Ministro el doctor Villa- 
demoros pronunció un discurso que lo mismo podía haberse 
pronunciado ante la tum))a de otro hombre cualquiera. 

El gobierno de la Defensa, en cambio, le decretó fune- 
rales en la Matriz con asistencia del Presidente y sus Mi- 
nistros, y los honores y demostraciones militares correspon-' 
dientes a general de la República, teniendo presente, decía, 
''que el venerable y reverendísimo Vicario apostólico doctor 
Dámaso Larrañaga, que ha fallecido en el campo ocupado 
por los sitiadores, es uno de los hijos más distinguidos de 
la República, por la alta posición eclesiástica a que lo habíam 
llevado sus eminentes virtudes cristianas, por su talento, 
su ilustración y el celo con que en las épocas hábiles ,de 
su vida se consagró siempre al servicio de su patria". 

Hermoso rasgo que colocaba al sabio y al patriota por 
arriba de las disensiones políticas del momento ! 

Artigas. 

Siquiera Larrañaga recibió el homenaje del gobierno de 
la Defensa. Pero Artigas bajó a la tumba sin que ninguno 
de les dos Gobiernos rindiera honores a su memoria. 

Después de su negativa a regresar al país en 1841 y de que 
va hemos hablado en el Tomo T, cayó el expatriado bajo el 



LA DEFENSA.de MONTEVIDEO 399 

anatema oñcial. según lo revela una c-arta 'lirig-ida por Ri- 
vera al Presidente Snárez desde su canipaniento en el 
Arroyo de las Vacas, en octubre de 184(3, con motivo de 
la protección dispensada en Montevideo a uno de sus per- 
seguidos. Si es cierto, decía, "que Mesa está allí a la pre- 
sencia del Gobierno en libertad", llevado por Garibaldi, "es- 
pero que usted me diga si encuentra difereaicia de los su- 
cesos del tiempo de Artigas y de los males que la Repú- 
blica sufrió y en el medio de ella usted". 

Comentando la carta, asumía el diario del campo sitiador 
la defensa de Artigas, "ese jefe esclarecido, digno del res- 
peto y consideración de sus conciudadanos por su acendrado 
patriotismo y por los heroicos esfuerzos que hizo a pesar de 
los escasos recursos de que disponía para libertar a la 
patria de la dominación de los extranjeros". 

Eran esas también las ideas personales del Presidente Suá- 
rez. En 18-47 murió el coronel José María Artigas y con tal 
moti^■o escribió el Presidente a uno de sus amigos: 

"•El hijo de nuestro antiguo General ha muerto: la memo- 
ria del padre nos recuerda grandes deberes: hagamos, amigo, 
lo que podamos por la gratitud a la desgracia." 

Al ser inhumados los restos del coronel Artigas, dijo el 
encargado de la oración fúnebre, respondiendo sin duda al- 
guna a la , indicación del Presidente : 

"Hijo desgraciado del primer soldado de nuestra gloriosa 
revolución : has muerto, pero mueres con el consuelo de que 
tus cenizas encuentran descanso en el seno de la patria tantas 
veces regada con la sangre de tu ilustre padre y de la tuya 
también vertida en el Águila, en el Rincón y en Sarandí". 

De cuál era la situación del procer en esos mismos momen- 
tos se encargó de hablar Beaurepaire Rohn, oficial del cuerpo 
de ingenieros del Brasil en la nota de viaje que subsigue: 

"En los arrabales de la Asunción existen muchas chacras. 
En una de ellas visité hoy, viejo y pobre, pero lleno de re- 
cuerdos de gloria, a aquel guerrero tan temible antes en las 
campañas del sur, al afamado don José Artigas. . . No me 
cansaba de estar frente a frente de este hombre temido, de 
cuyas hazañas había oído hablar desde mi infancia y que de 
mucho tiempo atrás le creía muerto. Por su parte no se ma- 
nifestó menos satisfecho el anciano al saber que me conducía 
a su morada la fama de sus hazañas. Entonces me preguntó 
risueñamente: "¿. ^li nombre suena todavía en su país de us- 



400 HISTORIA DEL URUGUAY 



led?" Y habiéndole contestado afirmativamente dijo después 
de una pequeña pausa: ''Es lo que me (jueda después de tan- 
tos trabajos: hoy vivo de limosnas". 

Artigas murió repentinainente en septiembre de 1850 a los 
treinta años justos de expatriación voluntaria, y su cadáver 
fué conducido al cementerio por cuatro únicos acompañantes. 

Un mes antes había muerto en Francia el general San 
Martín, a los veintiocho años de ostracismo voluntario, tras 
una larga enfermedad en cuyas dolorosas crisis solía decir a 
su hija: "C'est l'orage qui mene au port" — es la tormenta 
que conduce al puerto. 

Y a su entierro, casi tan pobre como el de Artigas, sólo ha- 
bían concurrido seis personas de su famJlia y de su intimidad 
y otras seis que tenían el encargo de marchar a los costado.s 
del carro fúnebre. 



La diplomacia del Gobierno de la Defensa 



CAPITULO XIII 

Intervienen Francia e lu^ílaterra en las contiendas del Plata 
El pi'ogiania de la misión Onselej -Deffandis 

Después del fracaso de la misión EUauri. 

Hemos hablado ya de la misión confiada por el gobierno 
de Kivera al doctor Ellauri a mediados del año 1839 para 
obtener que Francia e Inglaterra garantizaran con sus 
armas la independencia del Uruguay contra la Argentina y 
el Brasil y que la primera de esas naciones regularizara a 
la vez mediante un tratado su alianza de hecho contra Rosas. 

Cuando el ejército de Oribe iniciaba el sitio de Montevi- 
deo, el doctor Ellauri había fracasado en su doble misión. 

Pero el problema de la inter\-ención europea seguía todavía 
planteado por efecto de la actitud de la escuadra inglesa, de 
i'ranea alianza con el gobierno de la Defensa; por la expecta- 
tiva que esa actitud había creado en las demás estaciones 
navales; y por la presencia de 300 soldados franceses e in- 
gleses desembarcados bajo el pretexto de asegurar los depó- 
sitos de aduana, pero en realidad para reforzar las fuerzas 
de la plaza o por lo menos no distraer batallones de las trin- 
cllera's. 

La escuadra inglesa actúa como aliada del gobierno de la 

Defensa. 

Los comerciantes ingleses radicados en ^Montevideo se diri- 
gieron desde los primeros días del sitio al Ministro Británico 
en la Argentina señor Mandeville, para decirle que los actos 
de la diplomacia inglesa habían infundido la convicción de 
que Oribe no invadiría y que por lo tanto era necesario que 
se arbitraran medidas para oMener la cesación de la guerra; 
y al comodoro Purvis para pedirle que lavara la mancha que 
sobre el honor británico había arrojado la invasión del ejér- 
cito de Rosas. 

Esas enérgicas incitaciones basadas en el famoso ultimátum 



404 HISTORIA DEL URUGUAY 



de clieienibre de 1842, habían sido estimuladas por la actitud 
del comodoro Purvis al prohibir el bombardeo de la plaza de 
Montevideo y al desconocer el bloqueo de la misma por la 
escuadra argentina del almirante Brown. 

Los residentes ingleses volvieron a dirigirse al comodoro 
Purvis en abril con ocasión de la circular de Oribe al Cuerpo 
Consular. Los términos de esa circular, decían, son de tai 
manera vagos que la situación de los extranjeros, en caso de 
un asalto a la ciudad, resultaría sumamente grave. Podría 
llegar el caso de tomar las armas. Pero como deseaban con- 
servar su neutralidad, preferían solicitar que se adoptaran 
las medidas necesarias para impedir que les fuera aplicado 
el tratamiento con que Oribe amenazaba a todos los extran- 
jeros equiparados en su circular "a los rebeldes salvajes 
unitarios". 

Purvis contestó a sus connacionales en forma tranquiliza- 
dora. "Pueden estar seguros — les dijo — que tanto las vidas 
como las propiedades británicas serán defendidas por tan 
largo tiempo como sea el que mande las fuerzas que hará que 
sean respetados". Y en el acto dirigió una enérgica reclama- 
ción a Oribe, en la que hablaba de ''la crueldad de las ame- 
nazas contenidas en la circular"; del lenguaje de esa circular 
que '"deshonraría aún a los pequeños Estados de Berbería"; 
y concluía exigiendo garantías para las vidas y propiedades 
británicas, con la advertencia de que mientras no las recibiera 
él rechazaría todo acto de hostilidad que se produjera en 
cumplimiento de la circular. 

Oribe aclaró entonces el alcance de la frase en que se ame- 
nazaba tratar como "salvajes unitarios" a los extranjeros. 
Sólo es aplicable, decía, a los que intervengan a favor de los 
salvajes, a los que adhieran a su partido y obren conjunta- 
mente con ellos y se sujeten a .sus mismas obligaciones, to- 
mando las arma'í y enrolándose en las filas combatientes. 

Pero el comodoro, lejos de aceptar aclaraciones exigió el 
retiro liso y llano de la circular y notificó al almirante BroA^Ti 
que le estaba prohibido moverse de su fondeadero y realizar 
actos de hostilidad mientras la circular no hubiera sido 
retirada. 

Era grave la situación y Oribe resolvió acceder al retiro 
de la circular y así lo comunicó en una nueva nota explica- 
tiva. El comodoro, que iba aumentando sus exigencias de 
grado en grado, consideró que las explicaciones eran ambi- 



LA DE^EENSA DE MOXTEVIDEO 405 



giias y exigió (lue juntamente con la circular retirara tam- 
bién Oribe sus notas explicativas, otorgando en cambio una 
declaración lisa y llana de que las vidas y propiedades bri- 
tánicas serían respetadas en tierra y en mar con arreglo al 
derecho de gentes. 

Oribe pasó entonces una nota al Consulado Inglés con la 
declaración exigida y a la vez firmó un documento vejatorio 
haciendo constar (jue le habían sido devueltas por ol como- 
doro la circular y las notas explicativas. 

El comodoro Purvis actuaba, pues, como verdadero aliado 
del g-obierno de la Defensa, y en la misma forma continuó 
í*ctuando en el puerto de Montevideo y hasta fuera de él, se- 
gún lo revela el forzamiento del puerto de ]Maldonado a fines 
de 1843. 

baldonado era (ii los comienzos del sitio el mercado que 
surtía a IMontevideo de carne y otros productos y a él sé 
habían dirigido muchos comerciantes bajo la protección de 
la marina inglesa. Oribe desprendió entonces una fuerte di- 
visión al mando del general Servando Gómez para que des- 
alojara a la del coronel Silva que ocupaba ese punto, y una 
vez L'onseguido su propósito clausuró el puerto para todo 
movimiento comercial con Montevideo. Pero a pedido de don, 
Samuel Lafone, concesionario de la pesca de lobos, envió en 
el acto el comodoro Purvis un vapor de guerra con orden de 
facilitar el embarque de cueros y en presencia de ello fué 
abandonada la plaza de ^Maldonado por el Alcalde Ordinario 
> demás funcionarios civiles que allí había dejado al retirarse 
la fuerza de Oribe. 

Entre la actitud del comodoro Purvis y la de la diplomacia 
inglesa existía el más completo antagonismo. 

Al doctor Ellauri había contestado terminantemente la can- 
cillería inglesa que su Gobierno estaba resuelto a no inter- 
venir a mano armada en la contienda del Río de la Plata, 
y en forma no menos categórica se lo había repetido un mes 
después lord Aberdeen a don Santiago Vázquez cuando le 
decía que la Inglaterra no tomaría medidas coercitivas y que 
la Legación Británica al anticipar lo contrario en su ulti- 
mátum de diciembre de 1842 había obrado sin instrucciones. 
En cuanto al ^Ministro Mandeville, su conducta en Buenos 
Aires era de amigo y partidario de Rosas en los mismos mo- 
mentos en que el comodoro Purvis ponía su escuadra al ser- 
vicio de la Defensa de Montevideo. 



406 HISTORIA DEL URUGUAY 



A mediados de 1844 resolvió fínalmente el Gobierno Inglés 
salir de esa situación tan contradictoria, y en cumplimiento 
de ella Purvis recibió órdenes para abandonar el puerto de 
Montevideo y radicarse en el de Río de Janeiro. 



La escuadra francesa asume una actitud distinta. 

También los residentes franceses resolvieron dirigirse al 
jefe de la escuadra de su nacionalidad en demanda de pro- 
tección. 

A fines de marzo de 1843 expresaban al almirante Masieu 
de Clerval que Rosas se había burlado del ultimátum de di- 
ciembre del año anterior firmado por los Ministros de Francia 
y de Inglaterra ; le prevenían que el bloqueo de Montevideo 
les exponía al hambre y a la emigración, — y agregaban refi- 
riéndose a sus intereses rurales: 

"Nuestros establecimientos están abandonados, nuestros 
campos arrasados, nuestras mercaderías desparramadas, nues- 
tras tiendas cerradas, nuestros créditos \Tielto ilusorios: 
tal es, señor almirante, el estado a que nos ha reducido la 
invasión del territorio de la República Oriental. ' ' 

Pero los franceses estaban en desacuerdo con los represen- 
tantes y agentes de su Gobierno. Se habían enrolado en las 
filas del ejército de la Defensa contra todo el torrente de los 
consejos y amenazas del Cónsul Pichón y del almirante Cler- 
val y lejos de ser atendidos tenían que ser en consecuencia 
abandonados a sus propias fuerzas. 

Ante ese conflicto resolvieron los comerciantes franceses 
recurrir directamente al Gobierno de .su país. En una re- 
presentación del mes de junio decían que la Francia no podía 
ni debía mirar en silencio la ruina de sus hijos. Y para de- 
mostrar la necesidad de la intervención en la contienda del 
Río de la Plata, exliibían numerosos datos estadísticos revela- 
dores de una enorme expansión económica que convenía esti- 
mular. El número de franceses radicados en territorio uru- 
guayo, que era de 5,000 en 1840, había subido a 15,000 en 
1843, según cálculos que debían reputarse mínimos, atendido 
el hecho de que en la matrícula del Consulado de Montevideo 
donde no eran anotados ni las mujeres ni los niños, figuraban 
nueve mil homhres adultos. En el solo año 1842 habían des- 
embarcado 5,000 franceses. La población de ^Montevideo se 



LA DEFENSA DF. MONTEVIDEO 407 

había triplicado en 'un período de cinco años, gracias sobre 
todo a la vigorosa inmigración europea con su contingente 
de 28,245 almas de 1838 a 1841, que había permitido elevar 
la población de la Capital a 50,000 habitantes. 

El Gobierno Francés que había ya rechazado las gestiones 
del doctor Ellauri, estaba de perfecto acuerdo con sus agen- 
tes en el Río de la Plata y ningún eco encontró, en consecuen- 
cia, la apelación interpuesta por los residentes de Montevideo. 

El gobierno de la Defensa envía un nuevo comisionado a 
Europa. 

Había fracasado el doctor Ellauri en sus gestiones para 
atraer la intervención armada de la Inglaterra y de la Fran- 
cia y habían fracasado también las insistentes gestiones reali- 
zadas en el mismo sentido por el Ministro de Eelaciones Ex- 
teriores don Santiago Vázquez ante la Legación de Inglaterra 
en Buenos Aires y ante la Cancillería inglesa directamente. 

Pero el gobierno de la Defensa que no se resignaba a darse 
por vencido, resolvió hacer un último esfuerzo mediante el 
envío a Europa del doctor Florencio Várela en calidad de 
comisionado privado. 

Ha dicho el doctor Várela en su autobiografía que el viaje 
respondió a insinuaciones del comodoro Purvis acerca de la 
necesidad de seguir trabajando ante el Gobierno Inglés a 
favor de la terminación de la guerra y de la garantía de la 
paz en el Río de la Plata. 

¿Pero era esa la sola misión que llevaba o siquiera la más 
importante ? 

El general Paz declara en sus Memorias que la misión con- 
fidencial del doctor Várela tenía por objeto propender a la 
organización de un Estado independiente sobre la base de las 
provincias de Entre Ríos y Corrientes, y agrega que el co- 
misionado le preguntó cuál era su opinión y que él combatió 
entonces la idea, sin que Várela dijera cuál era la suya. 

Várela llegó a Inglaterra a fines de 1843 y en el acto abordó 
al ^Ministro de Relaciones Exteriores con el mismo resultado 
negativo que el doctor Ellauri. Lord Aberdeen le contestó 
efectivamente que el Gobierno Inglés no intervendría en los 
negocios del Río de la Plata y agregó estas tres declara- 
ciones: que el Ministro Mandeville carecía de instrucciones al 
formular su ultimátum de 1842; que la actitud de ese Minis- 



4U8 HISTOEIA DEL UKUGUAT 



tro pudo infundir, sin embargo, al gobierno de Montevideo 
la creencia de que la Inglaterra iría en su protección; que la 
conducta del comodoro Purvis en el Río de la Plata había 
sido aprobada por el Gobierno Inglés. 

Simples pretextos para eludir responsabilidades, según an- 
tes lo hemos demostrado. El Ministro Mandeville, plenamente 
autorizado, formuló el ultimátum de diciembre de 1842 en la 
seguridad de que bastaría ese gesto para impedir la invasión 
de Oribe. Pero cuando la cancillería vio que la invasión se 
producía y que era necesario entrar en la guerra, entonces 
encontró más cómodo desautorizar al Ministro, aunque man- 
teniéndolo en el Río de la Plata, sin perjuicio de aprobar la 
actitud del comodoro Purvis verdadero aliaxio del gobierno 
de la Defensa desde el comienzo de las hostilidades en febrero 
de 1843 hasta mediados de 1844 en que fué trasladado a Río 
de Janeiro. 

No todos los dirigentes de la Defensa opinaban a favor de 
la intervención europea. 

Dentro del seno mismo del gobierno de la Defensa encon- 
traba adversarios la idea de la intervención armada de las 
grandes potencias europeas tan empeñosamente gestionada 
por intermedio de los doctores Ellauri y Várela. 

Véase lo que decía en junio de 1843 el Ministro de la Gue- 
rra coronel Pacheco y Obes al coronel Báez: 

"Aún la intervención anglo-franeesa tan anunciada quiere 
ahora realizarse y yo deseo se vuelque el barco que traiga las 
órdenes definitivas, porque entiendo que para salvarnos con 
honor sólo necesitamos una intervención: la de las lanzas. Me 
gusta mucho el viejo Artigas cuando apurado por todas 
partes, sólo apeló a sus gauchos, sólo confió en sus chuzas". 

La actitud del Brasil en los comienzos del sitio. 

Hemos dicho que Rosas después de haber obtenido del Bra- 
sil un tratado de alianza ofensiva y defensiva contra Rivera, 
se negó a ratificar ese tratado que ya, contaba con la ratifi- 
cación del Emperador. El desaire era muy grande y la can- 
cillería de Río de Janeiro empezaba a inclinarse a favor 
del gobierno de la Defensa cuando ocurrió un incidente de 
grave resonancia entre el coronel Garibaldi y el Cónsul Regis. 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 409 

Durante una operación de guerra practicada en las proxi- 
midades del Cerro, Garibaldi ocupó la casa de un subdito 
brasileño. El perjudicado se dirigió a su Cónsul, quien de- 
dujo en el acto un violento reclamo que dio lugar a que Ga- 
ribaldi, que se juzgaba ofendido, fuese al Consulado y retase 
V duelo a Regis. Cuando el Gobierno tuvo noticias del inci- 
dente, llamó a Garibaldi y obtuvo que éste diese excusas y 
satisfacciones al Imperio. Pero el Cónsul, pendiente aún de 
resolución el asunto, se fué a bordo de la escuadra brasileña 
cortando de un modo brusco sus relaciones con la cancillería 
uruguaya. 

Pocas semanas después llegaba una nota de la cancillería 
de Río de Janeiro animciando al gobierno de Suárez que se 
liabía ordenado el retiro de Regis, "y que no queriendo el 
Brasil interrumpir las relaciones diplomáticas" había re- 
suelto enviar en carácter de Ministro residente al señor 
Sinimbú. 

Con la llegada del nuevo representante del Brasil quedó 
rápidamente solucionado el incidente. Garibaldi concurrió a 
]a Legación y allí hizo constar en un acta que al dirigirse al 
comendador Regis para pedirle una satisfacción por frases 
que reputaba injuriosas no había tenido intención de ofender 
su carácter público, y que de nuevo comparecía allí para dar 
plena satisfacción de su conducta, protestar su respeto al 
gobierno y a la nación del Brasil y prometer "bajo su palabra 
de honor nunca más hostilizar a subdito alguno del Imperio". 
Un año más tarde estalló otro conflicto con las autoridades 
consulares y navales brasileñas, del que nos hemos ocupado 
incidentalmente al historiar los movimientos revolucionarios 
ocurridos en la plaza de IMontevideo durante el sitio. Un ofi- 
cial de Garibaldi arrestó en la calle tras breve lucha a un 
marinero brasileño, a título de que era desertor de la legión 
italiana. El comandante Grenfell, jefe de la escuadra brasi- 
leña, intimó y obtuvo la entrega del marinero en forma tan 
violenta que precipitó la renuncia del Ministro Pacheco y 
subsiguientemente ima revolución. El Encargado de Negocios 
señor Pereyra Leal no satisfecho con esa entrega, exigió ade- 
más la destitución del oficial culpable dentro de im plazo 
perentorio de 48 horas, exigencia que fué rechazada por la 
-cancillería uruguaya dando lugar el rechazo a que Pereyra 
lieal se embarcara sin pedir sus pasaportes. 

Pero también en este caso resolvió la cancillería brasileña 



410 HISTORIA DEL URUGUAY 



reanudar las relaciones interrumpidas por sus agentes, me- 
diante el reemplazo del comandante Grenfell por el capitán 
Pereiyra de Oliveyra, y deil Encargado de Negocios Pereyra 
Leal por el señor Silva da Ponte. 

Hubo a raíz de la terminación del primer incidente horas. 
de grande ^entusiasmo en que el Ministro Sinimbú recibió 
las aclamaciones del pueblo y del ejército con motivo de su 
actitud frente al bloiqueo del puerto de Montevideo por la 
escuadra argentina. Los Ministros de Francia e Inglaterra 
habían recibido instrucciones para acatar la orden de Rosas; 
y cuando el bloqueo iba a hacerse efectivo resolvió desco- 
nocerlo la Legación brasileña, hecho que fué interpretado 
como un principio de rompimiento de hostilidades contra 
Rosas. Pero en seguida Reglaron instrucciones contrarias de 
Río de Janeiro y Sinimbú tuvo que acatar también la orden 
de Rosas. 

Ante tan violento cambio de actitudes, resolvió el gobierno 
de Suárez publicar un manifiesto. 

Cuando todo — decía en ese documento de septiembre d& 
1843 — obligaba a esperar una intervención armada : tra- 
tados solemnes, intereses de actualidad de gran valía, gra- 
ves consideraciones políticas de futuro, ha preferido el Im-^ 
perio uniformar su actitud a la de la Francia y la Ingla- 
terra. No importa : el país cuenta con un ejército de siete- 
mil hombres bajo las órdenes del general Paz, y de otro 
ejército no menos fuerte y deeidido bajo las órdenes del 
general Rivera, y ahora con más razón que al principio del 
asedio, puede el Gobierno sostener su lema : la victoria a 
todo trance ! 

La guerra de Río Grande. 

El plan adoptado como consecuencia del rechazo por Ro- 
sas del tratado de alianza ofensiva y defensiva que ya había 
ratificado el Imperio, proseguía, pues, su desarrollo aunque^ 
eon alternativas que en parte excusaba la prolongada guerra 
civil que tenía por teatro a Río Grande. 

En esa guerra que sostenían los republicanos o "farra- 
pos" contra los ejércitos del Imperio a cargo del barón de 
Caxías, no era posible que permanecieran neutrales los; 
orientales tan vinculados a todos los intereses de la fron- 
tera. 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 4 1 I 

A mediados de 1843 eíseribía el Ministro Pacheco al co- 
ronel Báez: "Nuestros amigos los "farrapos" tienen a Ca- 
xías por las gavias"; y esa carta escrita a raíz del incidente- 
con el Cóaisiil Regis daba pretexto a la " Gaceta de Buenos- 
Aires" para enardecer al Gobierno de Río de Janeiro contra, 
las autoridades de Montevideo. 

Otro documento de mayor resonancia fué publicado por 
la prensa de Oribe con el mismo propósito de crear anta- 
gonismos : un acuerdo celebrado en marzo de 1844 entre don 
José María Vidal en representación del general Rivera, y el 
coronel Gómez de Freitas en representación del ejército de 
ios "f arrapos", para ayudarse recípi'ocamente en la lucha 
contra el Gobierno de Buenos Aires y contra el Gobierno 
imperial de Río de Janeiro. "Las fuerzas de las dos Repú- 
blicas — decía una de las cláusulas — ocuparán los puntos, 
limítrofes del Cuareim, Cerro Largo y Yaguarón, donde se 
depositarán los materiales de los dos ejércitos". Rivera se- 
gún esa misma información había ratificado el pacto, y una 
de sus copias secuestrada por el barón de Caxías había sido 
enviada a Río de Janeiro. 

Eran, pues, explicables las vacilaciones de los estadistas 
imperiales y la cancillería de Río de Janeiro no debió ocul- 
tarlas según lo demuestra este párrafo escrito en abril de 
1844 por don Francisco Magariños, Ministro uruguayo en 
Río de Janeiro : 

"No se atreve (el Gobierno Brasileño) a comprometerse en 
el exterior sin haber terminado la lucha en la provincia do 
San Pedro". 

La guerra de Río Grande terminó finalmente a principios 
de 1845, después de nueve años de hostilidades entre impe- 
riales y republicanos. 

Al anunciarlo decía el barón de Caxías en su proclama : 

"Los hermanos contra quienes combatimos están hoy con- 
gratulados con nosotros y ya obedecen al legítimo gobierno 
del Imperio Brasileño. Su Majestad el Emperador ordenó el 
olvido de lo pasado . . . Una sola voluntad nos una, ríogran- 
denses ! Maldición eterna a quienes hagan recordar nuestras 
disensiones pasadas ! ' '. 

Más explícito en su proclama el general David Canavarro, 
jefe de los "f arrapos", decía refiriéndose a Rosas: 

"Un poder extraño amenaza la integridad del Imperio, 
y tan estúpida osadía jamás dejaría de inflamar nuestros 



412 HISTORIA DEL TJBUGUAT 



corazones brasileños. Río Grande no será el teatro de sus 
iniquidades, y nosotros partiremos la gloria de sacrificar los 
resentimientos creados en el furor de los partidos al bien 
general del Brasil". 



El Brasil promueve la intervención de Ing-laterra y Francia 
en la contienda del Plata. 

En las postrimerías de la guerra de los "f arrapos" re- 
solvió la diplomacia brasileña provocar la intervención ar- 
mada de la Inglaterra y de la Francia en las contiendas del 
Río de la Plata y para conseguirlo en"váó a Europa al viz- 
conde de Abrantes. 

He aquí algunas de las cláusulas del pliego de instruc- 
ciones cjue el vizconde de Abrantes recibió de la cancillería 
de Río de Janeiro en agosto de 1844: 

''Conoce V. E. las disposiciones de la Convención Preli- 
minar de Paz de 27 de agosto de 1828, e:stipulada entre el 
Imperio y la República Argentina, bajo la mediación de la 
Inglaterra, y está instruido en la historia de la guerra y 
negociaciones que precedieron a aquella convención y en 
todo cuanto ha pasado en esas guerras entre el Brasil y las 
repúblicas del Plata. Sabe V. E. que el Imperio no prescin- 
dirá por manera alguna de la independencia plena y abso- 
luta de la República del Uruguay, independencia que se 
halla también estipulada entre la Francia y dicha Confe- 
deración Argentina por la Convención de octubre de 1840 . . . 
Por consiguiente, debe estar V. E. convencido de cuanto im- 
porta al gabinete imperial conocer cuáles son las miras de 
los gabinetes de Londres y de París relativamente a esas 
repúblicas del Río de la Plata y del Paraguay; cómo es que 
la Inglaterra entiende los derechos y obligaciones que le 
competen en consecuencia de aquella mediación, y la Fran- 
cia, lo que se deduce de su convención con la Confederación 
Argentina ' '. 

Antes de finalizar el año 1844 pasó el vizconde de Ábran- 
les a la cancillería inglesa un memorándum del que extrac- 
tamos estos párrafos: 

* ' El Gobierno Imperial piensa que la " humanidad, cuya 
causa debe ser abogada por los gobiernos cristianos, no sólo 
en el Viejo sino también en el Nuevo ]Mundo, y que los in- 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 413 

tereses comerciales tan ligfados como están al progreso de 
la civilización y a los beneficios de la paz, exigen empeño- 
samente que se fije un término a la encarnizada guerra que 
se agita sobre el territorio y sobre las aguas del Estado 
Oriental... Si al G-obierno del Brasil le conviene, ligado 
como se halla a la observancia de la Convemción preliminar 
de 1828, mantener la independencia del Uruguay, también 
el Gobierno Británico, como mediador de dicha Convención, 
no puede ser indiferente a la vida o a la muerte de esa 
independencia ' '. 

Otro memorándum calcado sobre esas mismas ideas fué 
pasado por el vizconde de Abrantes al Gobierno de Francia. 

No demoraron las respuestas de las cancillerías interpe^ 
ladas. El conde de Aberdeen contestó a fines de 1844 que la 
Inglaterra estaba enteramente de acuerdo con el Brasil en 
cuanto a la independencia del Uruguay, en cuanto a la ne- 
cesidad de poner término a la guerra y en cuanto a la opor- 
tunidad de una acción conjunta de Inglaterra, Francia y el 
Brasil. 

El Ministro Guizot contestó a principios de 1845 adhi- 
riendo también a nombre del Gobierno de Francia a las 
bases del memorándum del vizconde de Abrantes : indepen- 
dencia del Uruguay, terminación de la guerra y acción con- 
junta con la Inglaterra. 

Quedaba, pues, establecido el plan de acción de los tres 
gobiernos y la cancillería de Río de Janeiro resolvió enton- 
ces ponerse al habla con el gobierno de la Defensa. 

El Ministro Sinimbú, que fué eomisionado con tal objeto, 
llegó a Montevideo a principios de 1845, cuando ya la guerra 
de los "f arrapos" tocaba a su fin y en el acto formuló un 
plan que sometió a la consideración del Gobierno Imperial. 

Consistía ese plan en la celebración de un tratado de 
alianza con el gobierno de la Defensa. Aportaría el Brasil 
una escuadrilla, el ejército del barón de Caxías compuesto 
óe 13,000 hombres, y seguramente también el ejército repu- 
blicano, porque el general Canavarro renunciaría a la guerra 
civil en caso de estallar la guerra contra Rosas. Y aporta- 
ría el gobierno de la Defensa la guarnición de Montevideo, 
compuesta de 8,000 hombres, y el ejército de Rivera com- 
puesto de 6,000, resultando entonces un formidable conjunto 
de 33.000 soldados para el aniquilamiento del poder de Rosas 
y de Oribe. 



414 HISTORIA DEL URUGUAT 



Las gestiones del vizconde de Abrantes llevaron profunda 
alarma al ánimo de Rosas y hubo un momento en que pa- 
reció que sus relaciones con el Imperio quedarían rotas. El 
general Guido, encargado de la Legación Argentina en Río 
de Janeiro, recibió instrucciones para pedir sus pasaportes, 
y efectivamente los pidió en agosto de 1845 mediante una 
larga nota en que analizaba la política imperial desde 1843, 
cuando el Ministro Sinimbú rechazó el bloqueo ; hacía re- 
saltar la protección abierta que en Río Grande habían re- 
cibido las fuerzas de Rivera ; y protestaba contra el reco- 
nocimiento de la independencia paragaiaya por el Brasil, 
"sin tener en cuenta ni la organización primitiva de la Re- 
pública Argentina ni el que acatar con sacrificio de derechos 
originarios de la Confederación la subdivisión de su territorio 
nacional, era crear embarazos en las relaciones naturales con 
los pueblos vecinos". 

Todo parecía, pues, preparado para que el Brasil se lan- 
zara contra Rosas. Pero después de esos toques de efecto 
de la cancillería de Río de Janeiro, el ambiente volvió a 
serenarse y ya quedó olvidado el grave desaire inferido por 
Rosas al negar su ratificación al tratado de alianza que él 
mismo había propuesto al Emperador y que éste se había 
apresurado a aceptar y ratificar. 

Algo quedaba en marcha, sin embargo : el cambio de notas 
entre las cancillerías de Londres y París para intervenir en 
la contienda del Río de la Plata, a que había dado origen la 
misión del vizconde de Abrantes. 



Repercute en el Parlamento inglés la contienda del Río de 
la Plata. 

Desde mediados de 1843 empezó a figurar en la orden del 
día de la Cámara de los Comunes de Inglaterra el problema 
de la intervención en la contienda del Río de la Plata. 

Respondiendo a una interpelación, decía en mayo el jefe 
del gabinete Roberto Peel: 

''Nuestro Ministro ha apurado su intervención hasta los 
últimos límites, hasta colocar al país que representa como 
parte en la guerra. En todo cuanto ha hecho el ]\Iinistro Bri- 
tánico ha obrado de concierto y ha recibido una cordial coope- 
ración del Ministro de Francia. Antes que se hubieran ade- 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 415 

lantado las hostilidades, los Ministros de las dos naciones hi- 
cieron las más positivas demostraciones al Gobierno de Bue- 
nos Aires contra su procedimiento. El 19 de febrero una parte 
de la marina francesa e inglesa desembarcó en el Río de la 
Plata, para defender el lugar en que se hallan propiedades 
de comerciantes franceses e ingleses ". 

Tal era el alcance que el Gobierno Inglés atribuía al ulti- 
mátum de dicie)nbre de 18-1:2. Con ayuda de esas y demás 
medidas adoptadas contra Rosas y Oribe, la Inglaterra había 
llegado a colocarse en la categoría de verdadero beligerante. 
¿Pero debía asumir todas y cada una de las responsabilidades 
que tal actitud le imponía? 

Contestando a nuevas interpelaciones formuladas durante 
el mes de junio, agregaba el IMinistro Peel: 

''Toda la protección que puede darse se ha dado a los sub- 
ditos franceses e ingleses y se les continúa dando. . . Nosotros 
reprobamos sinceramente esos procedimientos qiic neutralizan 
la prosperidad de ambos países. Nosotros estamos resueltos a 
usar de toda nuestra influencia para ponerles término y de 
todo el poder que tenemos para proteger a los subditos bri- 
tánicos"'. 

Obligado por el diputado Ewart a precisar el alcance de 
sus palabras, se apresuró a decir en seguida : 

''Nosotros ciertamente nunca autorizamos al agente britá- 
nico, ni el Gobierno de Francia autorizó nunca al agente 
francés para dar seguridades de que uno u otro país se enro- 
laría en la guerra; pero autorizamos a ambos agentes para 
que reclamaran del modo más enérgico contra la continuación 
de las hostilidades". 

En marzo del año siguiente, volvía el Ministro Peel a ha- 
blar de jMontevideo desde la tribuna de la Cámara de los 
Comunes : 

"Yo no limito, decía, la importancia de este deplorable es- 
tado de cosas a Montevideo y Buenos Aires: lo extiendo a 
la América del Sur. Se sabe que el Río de la Plata es el gran 
canal de todo el comercio de esa parte del mundo; se sabe 
que por allí ella envía a la costa para ser exportados a Eu- 
ropa todos los productos inmensos de que dispone ; nada hay 
más nocivo a nuestro comercio y al comercio de la América 
del Sur que la interrupción de la navegación del Río de la 
Plata... La Inglaterra ha hecho ya todo lo que ha sido po- 
.sible hacer, menos la intervención a mano armada. . . Grandes 



416 HISTORIA DEL UBUGUAT 



dificultades s? oponen a la adopción de tal medida para pro- 
ducir un arreglo. El único medio de componer las cosas es lí» 
combinación de las fuerzas de la Inglaterra, de la Francia y 
del Brasil, las tres potencias más profundam.ente interesadas 
en ello. Será necesario obrar allá como se ha hecho en Grecia, 
donde hemos cVcho: del interés de todo el miuido es que 
todas estas disputas cesen y. queremos un arreglo inmediato". 
El Gobierno Británico se había persuadido, pues, de que 
ya no eran suficientes las netas de reclamo para doblegar a 
Kosas. Ahora afirmaba resueltamente la necesidad de una ac- 
ción coercitiva o lo que es igual volvía al plan ya iniciado por 
el Ministro Mandeville en la víspera de la invasión de Oribe, 
mediante el ultimátum de diciembre de 1842, con la únic.^ 
diferencia de que se incorporaba una nueva potencia, el Bra- 
sil, a las dos que ya habían actuado entonces. 

En el Parlamento francés, Thiers habla a favor de Monte- 
video. 

En enero de 184-i fué interpelado también el gabinete fran- 
cés acerca de las medidas adoptadas con ocasión de la guerra 
del Kio de la Plata. Ocupaba en esos momentos el ]\Iinisterio 
de Marina el almirante Mackau, el propio negociador del tra- 
tado de 1840 que había puesto fin a las hostilidades de la es- 
cuadra francesa contra Rosas y franqueado de hecho la en- 
trada de les ejércitos argentinos al territorio oriental. 

El Ministro interpelado se limitó, como es natural, a defen- 
der su obra. Dijo que según los documentos que obraban en 
su poder, los contendientes del Río de la Plata se conducían 
de un modo bárbaro; que en la legión francesa no figuraban 
los co]nereiantes serios, sino antiguos soldados y artesanos que 
habían ido allá en busca de fortuna; que la guerra parecía 
tocar a su fin; y que si se deseaba obtener todas las ventajai 
inherentes al tratado de 1840 era indispensable mantener la 
más estricta neutralidad. 

Contra los documentos del ^Ministro presentó otros el dipu- 
^tado ]\IermilIiod para demostrar cine en la legión francesa figu- 
raban hombres respetables que se habían armado para de- 
fender sus ideas e intereses por falta de protección de los 
agentes y buques de su nacionalidad. 

Cuatro meses después de esa primera escaramuza parla- 
mentaria, Thiers subía a la tribuna de la Cámara de Dipu- 



LA DBIFENSA DE MONTEVIDEO 417 

tadüs y desde allí asumía la defensa de Montevideo, con pleno 
conocimiento de causa cual correspondía a su anterior cate- 
goría de jefe del gabinete francés al tiempo de emprender 
viaje el almirante Mackau para ajustar el tratado de 1840. 
Ahora era Guizot su formidable rival, quien ocupaba la jefa- 
tura del gabinete francés. 

Montevideo — empezó diciendo Thiers — está situado a la 
entrada del Plata, con un puerto excelente en el que pueden 
fondear barcos de gran porte con toda seguridad. Buenos 
Aires está situado a cincuenta leguas en el interior del Plata, 
y en vez de puerto tiene una simple playa. "Montevideo está 
llamado a un desenvolvimiento que Buenos Aires no puede 
pretender'-. Su suelo es excelente, ondulado, regado, mientras 
que el de Buenos Aires se compone principalmente de vastas 
llanuras, llamadas pampas, de difícil cultivo. El grado de cul- 
tura de ^lontevideo rechaza toda comparación con el régimen 
de crueldades implantado por Rosas. He oído referir a testi- 
gos oculares muy respetables que en los ganchos de las car- 
nicerías de Buenos Aires se ha dado el caso de colgar cabezas 
de hombres junto a las cabezas de los animales. La guerra 
entre Francia y Buenos Aires a que puso término el tratado 
Mickau, empezó a causa del suplicio de Bacle, un francés a 
quien se acusaba de recibir cartas de desterrados y que tres 
veces fué llevado al banquillo y luego encerrado y torturado 
hasta que murió bajo la presión de la locura y de la miseria. 
Por efecto de todo ello, la población de Buenos Aires ha ba- 
jado de 80,000 a 40,000 habitantes, mientras que la de Mon- 
tevideo ha subido de 15,000 a 50,000. 

Después de este exordio entró el orador a ocuparse de la 
contienda armada entre Buenos Aires y Montevideo: 

"Es necesario que sepáis que esa República de ^lontevideo 
ha sido impelida a la guerra por la Francia; que ella temió 
mucho las consecuencias y que envió un agente aquí para 
hacer conocer su repugnancia a empeñarse en esta guerra 
ante el temor de que quizá la Francia se retirará y la 
dejara comprometida. Y es necftsario que sepáis que el blo- 
queo que hicimos durante muchos años no fué posible sino 
porque ^Montevideo nos suministró medios de refresco para 
nuestros buques, víveres, abrigos, reparos, en una palabra, lo 
que se llama una base de operaciones. Sin Montevideo no 
hubierais podido tocar nunca la tierra de América" 

Era natural, agregó, que el negociador del tratado de 1840 



418 HISTORIA DEL URUGUAY 



exigiera como exigió un artículo que asegurara la indepen- 
dencia de la República Oriental contra las coní?.ecuencias ' ' de 
una guerra hecha para nosotros y co.n ocasión dada por 
nosotros". Al discutirse el tratado, el gobierno de Monte- 
video comisionó a don Andrés Lamas ante el almirante 
Mackau y éste le aseguró que la independencia oriental que- 
daba garantizada. Es un hecho, sin embargo, que a raíz del 
regreso del negociador empezó Rosas las hostilidades me- 
•diante el bloqueo de los ríos. 

Thiers concluyó formulando las siguientes preguntas al 
Ministerio : si el tratado Mackau garantizaba o no la inde- 
pendencia oriental; si era o no cierto que las Legaeiones d3 
Francia e Inglaterra habían intimado a Rosas el retiro de 
sus tropas ; si era cierto que cuando se aproximaba a Mon- 
tevideo el ejército de Oribe, había autorizado el Cónsul de 
Francia a sus connacionales para armarse ; si era cierto que 
después de todo lo ocurrido, la escuadra francesa había re- 
suelto hacer efectivo el bloqueo de Montevideo ordenado 
por Rosas. Si todo eso fuera cierto, resultaría "que, aliados 
al pi'iiicipio con Montevideo . . . estaríamos hoy en alianza 
con Rosas". 

Ocupó en seguida la tribuna el almirante Mackau, pero 
como se abstuviera en absoluto de toda referencia a la eje- 
cución del artículo del tratado que garantizaba la indepen- 
dencia oriental, el diputado Odilón Barrot lo interrumpió 
para pedirle explicaciones acerca de ese punto eseneialísimo 
•del discurso de Thiers. 

Entonces tomó la palabra Guizot para decir que en su 
concepto el tratado se había concretado a consagrar la inde- 
pendencia oriental; que la Francia reivindicaría esa inde- 
pendencia en el caso de que Rosas pretendiera incorporar 
el Uruguay a la Confederación Argentina, pero que de 
Tiinguna manera tomaría las armas para poner término a la 
guerra entre Buenos Aires y Montevideo, esa guerra, agregó, 
que en nigún momento ha cesado. 

Volvió Thiers a la tribuna, para insistir en sus tesis fun- 
damentales. El tratado de 1840 estaba violado. Los resi- 
dentes franceses en la Argentina seguían siendo víctimas de 
los atentados de Rosas. Los de Montevideo se habían ar- 
mado en defensa propia y entonces, para obtener su desarme, 
era forzoso darles la protección de que carecían. Acaban 
•de ser enviados allá tres mil marinos, pero es bueno recordar 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 419 

-que el almirante Mackau llevó cinco mil, y es bueno recor- 
-dar también que por no tener la Francia en el Plata el su- 
ficiente número de soldados, hubo que recurrir a los resi- 
dentes de Montevideo y que por la misma escasez de soldados 
"hubo que utilizar a Lavalle "y fué necesario que Montevideo 
hiciera la guerra para ayudarnos". Al darse instrucciones al 
almirante ^lackau en la víspera de su viaje al Río de la 
Plata, nada se dijo expresamente acerca de Montevideo a 
causa de que en esos mismos días el doctor Ellauri, IMinistro 
-del Uruguay, estaba gestionando un tratado de alianza, punto 
muy grave que debía estudiarse en París y no en el Plata. 
Sin embargo el orador, que era entonces jefe del gabinete, 
aprobó el artículo 4.° y es del cumplimiento de este artículo 
que ahora se trata. Montevideo está sitiado desde hace 15 me- 
ses a despecho de esta declaración del almirante Mackau con- 
tenida en el protocolo de la conferencia con don Andrés 
Lamas : 

"El Gobierno Francés ha querido favorecer a la República 
-garantiéndola sean cuales fueren los azares de la lucha en 
que la independencia de la República Oriental se encuentra 
empeñada ; esta independeucia será sagrada para la Repú- 
blica Argentina, como ésta lo reconoció en su tratado con 
el Imperio del Brasil. . . El derecho de todo Estado inde- 
pendiente de establecer el gobierno y el régimen interno que 
juzgue más conveniente a sus intereses, es una co'nsecuencia 
natural de su independencia y de su soberanía que el pleni- 
potenciario francés cree que no es necesario expresarlo". 

Para reforzar su demostración insistió Thiers en los an- 
tecedentes de la intervención franceisa. Cuando el almirante 
Leblanc llegó al Río de la Plata no tenía cómo atender las 
necesidades de su tropa. 

"Sólo en Montevideo podían los buques refrescar, hacer 
sus reparos, encontrar venta para sus presas. Pero Monte- 
video estaba en manos de Oribe, que era amigo de Rosas, 
que había comenzado por negarnos el derecho de vender 
nuestras presas, que se había armado secretamente eontra 
nosotros, que nos había quitado todos los medios de que 
podíamos servimos. ¿ Sabéis lo que hizo el almirante Le- 
l)lanc? No podía continuar el bloqueo de Buenos Aires sin 
un apoyo en el Continente. Le era necesario el apoyo de Mon- 
tevideo; recurrió a la fuerza; un jefe militar no puede dejar 
^perecer a sus soldados: debe procurarles víveres a cualquier 



420 HISTORIA DEL UBUGUAT 



precio y por todos los medios; destruye las casas y las ciu- 
dades para lograr su fin y hacer triunfar a su ejército . . . 
He aquí lo que hizo el almirante Leblanc : la cosa más sen- 
cilla : dijo a Oribe : me rehusáis socorros, me incomodáis, 
me contrariáis, servís secretamente a mis enemigos : voy a 
haceros la guerra . . . Había en esos momentos una guerra 
civil en Montevideo ; el efecto moral de esa declaración del 
almirante Leblanc hizo caer a Oribe y subir en su lugar a 
Rivera. Así por nuestra influencia habíamos hecho triunfar 
uno de los partidos; nuestra intervención había hecho re- 
emplazar a Oribe por Rivera y a consecuencia de esto el 
bloqueo se hizo posible. Y en la actualidad os encontráis 
sin valor para proteger a esos que os han servido. . . Habéis 
hecho caer al gobierno que existía ; habéis hecho nacer al de 
Rivera ; habéis luchado de concierto con él ; habéis pagado 
a Rivera cerca de dos millones para hacer la guerra como 
vuestro aliado y vuestro auxiliar; y entretanto, decís que no 
hay en esto un empeño de honor". 

Había exageración sin duda alguna en las referencias al 
derrumbe de Oribe, exageración bien explicable si se con- 
sidera que el orador acababa de mantener un largo cambio 
de ideas con el doctor Florencio Várela, encargado preci- 
samente por el gohiemo de la Defensa de precipitar los 
sucesos contra Rosas. 

Pero la idea de la intervención quedaba ya incorporada a 
la política francesa desde ese momento, aún cuando Guizot 
se limitara, como se limitó, a cerrar el debate parlamentario 
con la simple promesa de mantener la garantía de las per- 
sonas y de los intereses de los franceses en el Río de la 
Plata. ^ 

Thiers había triunfado y la exterioriza ción de su triunfo, 
bajo forma de medidas efectivas contra Rosas, era ya sólo 
cuestión de tiempo y oportunidad. 

La Francia y la Inglaterra resuelven intervenir en la con- 
tienda. 

Al llegar, pues, el vizconde de Abrantes a Europa a fines de 
1844 con la misión de gestionar la intei'veneión conjunta de 
la Inglaterra y de la Francia en la contienda del Río de la 
Plata, ya estaba preparado el ambiente y poco trabajo costó 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 421 

al diplomático brasileño obtener la respuesta satisfactoria 
que auibieionaba. 

En enero de 1845 el ^Ministro Guizot dirigía al conde de 
Saint Aulaire, embajador francés en Londres, una larga nota 
en que trazaba los antecedentes de la cuestión del Río de la 
Plata y precisaba así el alcance de la única acción a que su 
Gobierno podía concurrir: 

Hasta 18-10 la Francia se dejó arrastrar por las luchas lo- 
cales del Eío de la Plata. El tratado Mackau la sustrajo fi- 
nalmente a esas luchas, "bajo la condición de que la inde- 
pendencia de la Kepública de Montevideo sería respetada". 
Ha sido instado fuertemente el Gobierno Francés a favor de 
una nueva intervención en la lucha. Pero ha contestado que 
no se considera "con derecho a mezclarse, sin una necesidad 
absoluta, en los negocios de un país independiente ".Pero 
una parte de la población francesa de Montevideo se alza 
contra esa política de neutralidad y se conserva en armas, a 
pesar de todos los esfuerzos del Gobierno Francés; el estado 
de guerra se prolonga ; la campaña oriental es arrasada por 
los ejércitos; los franceses neutrales piden la protección de 
su gobierno "en la desgraciada y peligrosa situación en que 
la obstinada ceguedad de una parte de sus compatriotas ha 
contribuido tanto a precipitarlos"; el Brasil empieza a inquie- 
tarse ante el desorden que amenaza sus fronteras; el Para- 
guay sale de su aislamiento y procura ponerse en comunica- 
ción con Europa y protesta contra la clausura del único 
río que puede servirle de conducto; es de temer que de estas 
complicaciones resulte una guerra entre el Brasil y la Ar- 
gentina. Y en presencia de todo ello ha resuelto el Gobierno 
Francés acceder a las gestiones del vizconde de Abrantes, 
dentro del siguiente pro-grama: 

Detener con el concurso de la Inglaterra y del Brasil la 
efusión de sangre, sin reanudar la situación a que puso tér- 
mino el tratado de 1840; sin tomar parte a favor de nin- 
guno de los dos Estados del Plata; "sin imponer un gobierno 
de nuestra elección a países independientes". La independen- 
cia del Estado de Montevideo "es a nuestros ojos el punto 
de partida indispensable de toda negociación". Ning^ana de 
las tres potencias mediadoras debe obtener aumento de te- 
rritorio u otra ventaja separada, sin perjuicio de buscar 
"como consecuencia accesoria de nuestra intervención la apli- 
cación de los principios establecidos por el Congreso de Viena 



422 HISTORIA DEL URUGUAY 



sobre libre navegación de los ríos, a los que descienden de la 
frontera del Brasil y del Paraguay y entran en el Río de la 
Plata". 

"Los tres Gobiernos de Francia, Inglaterra y Brasil en- 
viarían a sus representantes en el Plata la orden de invitar 
a los beligerantes a que suspendieran las hostilidades y con- 
viniesen en un armisticio. En el caso de que uno y otro acce- 
dieran a esta invitación, los agentes de los tres Gobiernos ser- 
virían naturalmente de intermediarios para la negociación: 
que se abriría. En caso contrario los comandantes de las 
fuerzas combinadas, declarando que no intentan mezclarse de 
modo alguno en la política interna de los dos Estados, reci- 
birían órdenes para cerrar al beligerante obstinado toda co- 
municación por el mar. Esta demostración podría extenderse- 
hasta el establecimiiento de un bloqueo y hasta la ocupación: 
de los ríos; pero sin que en caso ninguno debiese obrarse por 
tierra. Sólo el Brasil podría ser exceptuado de tal disposi- 
ción''. 

Estos puntos de vista de la cancillería francesa fueron- 
aceptados en el acto por la cancillería inglesa y, en conse- 
cuencia, quedó acordada una misión armada al Río de la 
Plata. 



lia misión Ouseley - Deífaudis. 

El Gobierno Inglés designó como Ministro al señor Ouseley 
bajo un pliego de instrucciones en que prevenía lo siguiente- 
al comisionado : 

Se esforzará por asegurar la paz en el Uruguay. Dirá al 
Gobierno de Buenos Aires que la guerra en que están empe- 
ñadas sus armas se dirige contra un Estado "cuya indepen- 
dencia la Gran Bretaña está virtualmente obligada a soste- 
ner"; que "el objeto de esa guerra es poner el gobierno do- 
méstico de Montevideo en otras manos que las de aquellos a 
quienes lo confió el consentimiento del Estado"; que esto 
"basta para justificar la intervención de una potencia bajo- 
cuya mediación se estableció la independencia de Monte- 
video". El punto esencial es la independencia del Uruguay. 
El comisionado pactará la salida del general Oribe del terri- 
torio f)riental, y la salida de los refugiados políticos cuya pre- 
sencia en Montevideo inquieta al Gobierno de Buenos Aires^ 



I.A DEFENSA DE MONTEVIDEO 423 

y asimismo la del general Rivera. Ninguna de las potencias 
mediadoras podrá obtener concesiones territoriales ii otras 
ventajas. Pero podrán gestionar la libre navegación de los 
tributarios del Eío de la Plata. 

En caso de fracaso, los Ministros mediadores señalarán un 
plazo dentro del cual deberá levantarse el bloqueo del puerto 
y retirarse del campo sitiador las tropas argentinas, con la 
advertencia de que *4os comandantes de las escuadras in- 
glesa y francesa recibirán orden de obtener esos objetos por 
ia fuerza". La cesación del bloqueo se obtendrá sin dificul- 
tad en cualquier momento. En cuanto a la salida de las. 
tropas argentinas, queda librado al criterio de los Ministros 
mediadores el mejor modo de obtenerla. Considera el Go- 
bierno Inglés que bastaría el bloqueo de los puertos de Bue- 
nos Aires y del Buceo y la ocupación del Uruguay, para que 
las fuerzas de Oribe tengan que disolverse o retirarse. "Pun- 
tos son estos, sin embargo, sobre los que si alguna duda existe 
deben decidir los comandantes de las fuerzas". 

Xo tiene intenciones el Gobierno Inglés — concluían las ins- 
trucciones — de operar en tierra, ni de realizar mas des- 
embarcos de tropas que los necesarios para ocupar la isla de 
Martín García u otros puntos que aseguren la eficacia de los. 
planes. 

En noviembre del mismo año, después del fracaso de las 
primeras gestiones, la cancillería inglesa introdujo una mo- 
dificación en su pliego de instrucciones. Al aprobar todo lo 
hecho por los Ministros interventores eliminó la cláusula re- 
lativa al retiro de Oribe, manteniendo la evacuación del te- 
rritorio por las tropas argentinas y agregando la organiza- 
ción de un gobierno provisional bajo cuya dependencia que- 
darían todas las fuerzas. Aprovechaba esa oportunidad el 
Gobierno Inglés para reiterar su resolución inquebrantable 
de no inclinar la balanza a favor de ninguno de los partidos 
en lucha y de persuadir a todos de que las medidas coerci- 
tivas adoptadas sólo se dirigían contra la actitud de ''una 
potencia extranjera en una cuestión puramente nacional" 
violatoria de la independencia oriental "que la Gran Bretaña 
y la Francia estaban virtualmente obligadas a sostener". 

El Gobierno Francés nombró para representarlo al barón 
Deffaudis con un pliego de instrucciones en que se decía que 
la Francia, la Inglaterra y el Brasil habían reconocido la in- 
dependencia del Estado Oriental y que no podían, en conse- 



424 HISTORIA DEL UBUGUAY 



c'ueucia, admitir que esa independencia fuera puesta en duda. 
Luego de recordar las razones de humanidad y de carácter 
económico a que respondía la intervención, decía el pliego de 
instrucciones : 

"Si el general Kosas cede a esas razones y consiente en 
retirar al general Oribe y en ordenar que su ejército evacué 
el territorio oriental, usted emprenderá sin demora y de 
acuerdo con su colega la negocia/ción de un arreglo entre las 
dos repúblicas. Seguramente entonces la resistencia cam- 
biará de naturaleza, y usted tendrá que luchar contra las 
pretensiones de los jefes actuales del gobierno de Monte- 
video exaltados por una libertad inesperada. No vacile usted 
en reducir esas demandas a su justo valor; declare usted que 
las dos grandes potencias no han intervenido para satisfacer 
animosidades locales o rivalidades de emigrados, sino para 
establecer la paz sobre base sólida y para asegurar la con- 
servación del orden en las dos márgenes del Plata. Usted 
dirá alta y firmemente que lejos de tomar parte en favor de 
una de las repúblicas contra la otra, está determinado a ga- 
rantir la seguridad de cada una de ellas, lo mismo la de 
Buenos Aires que la de Montevideo. En consecuencia si el 
Gobierno de Buenos Aires cree necesario a su reposo deste- 
rrar del territorio a los refugiados argentinos que allí se en- 
cuentran, admitirá usted la legitimidad de esta pretensión y 
la aceptará como condición de paz. Es bien entendido que 
en este caso usted intervendrá si es necesario para que se 
dé a los individuos designados los medios de salir de Monte- 
video asegurando a sus personas y propiedades toda la pro- 
tección deseable. Por otra parte si la República Oriental 
exige de la de Buenos Aires garantías contra futuras agre- 
siones, cuidará usted de dar a esas garantías la forma que 
parezca a usted más seria y eficaz". 

Poniéndose en el caso de fracaso de las negociaciones amis- 
tosas, agregaba el Gobierno Francés: 

"Si hallara usted una oposición irreductible, está usted 
autorizado para recurrir al empleo de la fuerza , . . Las es- 
cuadras combinadas ocuparán los ríos, si es necesario, y es- 
tablecerán un bloqueo efectivo... Pero se ordena a los dos 
almirantes que no empleen otros medios que los marítimos 
que se han creído suficientes, y que no hagan ningún otro 
desembarco que la ocupación temporaria de la Isla de Martín 
García, o cualquier otra demostración de la misma clase útil 
a las operaciones marítimas." 



LA DEFENSA DE MOXTEVIDEO 425 

La cancillería francesa reproducía luego la declaración de 
que no se buscaban compensaciones territoriales o ventajas de 
otro género, sin perjuicio de lo relativo a la libre navega- 
ción de los afluentes del Plata "como un interés secundario"; 
y agregaba esta verdadera novedad al referirse a la iniciativa 
del vizconde de Abrantes y a su plena aceptación por la 
Francia y la Inglaterra : 

'•Han decidido, sin embargo, en interés del propio Brasil, 
no liacerle intervenir en ninguna medida coercitiva respecto 
de un gobierno vecino". 

El programa de la intervención franco - ing-lesa. 

Quedaba, pues, eliminado del prograuía de la intervención 
todo interés mezquino. Ninguna de las potencias intervento- 
ras podría reclamar concesiones territoriales o ventajas de 
cualquier otro orden. El punto esencial era mantener la ab- 
soluta independencia de la República Oriental por la acción 
conjunta de los tres Estados que se consideraban obligados a 
defender esa independencia contra las agresiones de Rosas. En 
cuanto a los procedimientos coercitivos para obtener el retiro 
de las tropas argentinas que formaban parte del ejército de 
Oribe, la Inglaterra y la Francia se limitarían a los de ca- 
rácter marítimo o fluvial; en cambio el Brasil podría a la 
vez operar por tierra. 

Tal era el plan primitivo y considerándolo así en toda su 
integridad decía a principios de febrero de 1845 el Ministro 
Ro])erto Peel desde la tribuna de la Cámara de los Comunes, 
contestando una interpelación del diputado Ewart, que era 
indudable "que con el concurso del Brasil los tres Gobiernos, 
obrando de completo concierto, harían tales representaciones 
a las partes beligerantes que pondrían término a tan desas- 
trosos sucesos". 

Pero el Brasil quedó eliminado en seguida a causa de los 
peligros inherentes a la intromisión de todo Estado en los 
negocios de su vecino, y desde ese momento el plan de la 
intervención resultó condenado al fracaso y la integridad te- 
rritorial del Uruguay quedó entregada a la voracidad del 
mismo limítrofe a quien se pretendía excluir como peligroso. 

El ejército de Río Grande en combinación con el de Rivera 
y con la escuadra franco - inglesa, habría dominado rápida- 
mente toda la campaña y Oribe, colocado entre dos fuegos, 

28 — ni. • 



426 HISTORIA DEL URUGUAY 



habría tenido que capitular. Eliminado el ejército de tierra, el 
plan coercitivo de la intervención quedaba reducido al blo- 
queo y a la ocupación de algunos puertos de litoral, pero 
dejando abierta la campaña a Oribe que en buena parte la 
ocupaba. 

En cuanto al interés de la integridad territorial, que era 
quizá lo que se quería salvaguardar mediante el alejamiento 
de un vecino fronterizo que había arrancado al Uruguay 
buena parte de lo que le correspondía por su título, salta a 
los ojos que la garantía ideal consistía en la acción combi- 
nada de la Inglaterra,- de la Francia y del Brasil sobre la 
base del rechazo de las ventajas o concesiones particulares, 
formulado por el programa de la intervención. Si así se hu- 
biera procedido, la guerra habría terminado sin mengua de 
nuestT'a integridad territorial. 

Habiendo sido excluido el vecino y fracasado a con- 
secuencia de ello la intervención, cuando llegó años más 
tarde la hora de la entrada del Imperio en la contienda del 
Río de la Plata, su diplomacia, que ya no tenía contralor, re- 
clamó y obtuvo ricos y extensos territorios que detentaba sin 
título o que ni siquiera detentaba, porque de todo hubo en el 
tratado de octubre de 1851. 



Llegan a Buenos Aires los Ministros interventores. 

El ^Ministro Inglés Ouseley llegó al Río de la Plata a fines 
de abril de 1845. Atenía a reemplazar a ]\Iandeville, quien eu 
el acto presentó su carta de retiro y una nota en la que re- 
flejaba así las simpatías que le merecía Rosas: 

"Al despedirme de V. E. no intento ocultar el sentimiento 
de pesar que experimento al separarme de su país, en donde, 
desde el elevado hasta el humilde, desde V. E. hasta el más 
pobre campesino del país, siempre he encontrado la acogida 
más amistosa y hospitalaria y jamás cesaré de rogar por la 
prosperidad de la Confederación Argentina, por el éxito de 
V. E., en todas las cosas que sean relativas a sus patriótico^ 
3sfuerzos para promover el bienestar de la Confederación y 
por la posesión de todo lo que pueda tender al consuelo y fe- 
licidad personal de V. E., y su familia". 

Un mes después llegó el Ministro Deffaudis, a quien se in- 
corporó en seguida en calidad de agente confidencial el ca- 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 427 

pitan Page, amigo íntimo de Rosas, indicado por el almirante 
Maekau, negociador del tratado de 1840 que puso fin a la. 
primera guerra contra Buenos Aires. La idea de dar inter- 
vención al capitán Page fué aceptada por el ]\Iinistro Guizot 
en una expresiva carta que llegó a manos de Rosas y que éste 
se apresuró a publicar en la prensa de Buenos Aires. 

' ' Estoy encantado — decía Guizot a Maekau — al saber 
que mandáis al capitán Page al Plata. Nadie es más propio 
que él para explicar bien allí nuestras verdaderas intenciones. 
Yo deseo extremadamente que ellas sean bien comprendidas 
por todo el mmido y sobre todo por el Presidente Rosas. No 
hemos tenido por un momento la menor idea de menoscabar 
sus derechos o su poder, ni de intervenir en los negocios in- 
teriores de su país y de su gobierno. Tenemos necesidad de 
la paz en las dos riberas del Plata. Este es nuestro solo de- 
signio. Esperamos que el Presidente Rosas aceptará una me- 
diación que no tiene nada, absolutamente nada de hostil para 
él y deseamos mucho conserv^ar con él las buenas relaciones 
que habéis felizmente restablecido en 1840. Que Mr. Page no 
le deje a este respecto ninguna duda: él será el fiel intérprete 
de nuestra política". 

Juntamente con el negociador oficial iba, pues, un agente 
privado que tenía el encargo de persuadir a Rosas de que el 
Gobierno Francés no deseaba reabrir las hostilidades. 

Era natural, en consecuencia, que el dictador argentino 
recibiera las nuevas intimaciones que estaban encargados de 
formular Ouseley y Deffaudis, con la misma tranquilidad y 
la misma despreocupación con que había recibido el ultimá- 
tum de los Ministros ]\landeville y conde De Lurde en di- 
ciembre de 1842. 



El Ministro Británico inicia las negociaciones. 

Pocos días después de su llegada a Buenos Aire?, se dirigió 
el Ministro Ouseley al gobierno de Suárez para anunciarle 
que estaba encargado de promover la terminación de la 
guerra. La cancillería uruguaya contestó agradeciendo la me- 
diación y anticipando que estaba dispuesta a oir y aceptar 
bases honrosas y justas capaces de asegurar la completa in- 
dependencia de la República y una paz sólida y duradera. 

El Ministro Inglés pasó en seguida una nota más expli- 



428 HISTORIA DEL URUGUAY 



cativa a Rosas. El Gobierno de Su Majestad — empezaba di- 
ciendo — no desconoce la independencia de Buenos Aires, ni 
tampoco el derecho de su Gobierno a declarar la guerra a 
otros Estados, "bajo la condición de que la guerra se con- 
duzca en conformidad a la ley internacional y a las cos- 
tumbres de las demás naciones civilizadas". Pero la lucha 
actual infiere agravios a la independencia del Uruguay, "que 
la Gran Bretaña por tratados está obligada a sostener", y 
además ha sido "manchada" con "barbaridades" que obli- 
gan a las naciones interventoras a dictar medidas para po- 
nerle término. 

"El primer paso — agregaba — que como Ministro de Su 
Majestad tengo que proponer es la retirada de las fuerzas 
argentinas de ocupación de la Banda Oriental, cuyo terri- 
torio se halla hoy fuera de disputa, de hecho, en posesión 
de un Estado extraño, Buenos Aires, y que las fuerzas navales 
de este gobierno se retiren de frente de Montevideo ; o una 
suspensión de todas las hostilidades bajo bases que se eje- 
cutarían subsiguientemente y cuya debida observancia podría 
bajo ciertas condiciones garantirse por la Gran Bretaña y la 
Francia". 

Como consecuencia de esta nota, se pusieron al habla el 
Ministro Inglés y el Ministro de Relaciones Exteriores de 
Rosas, y el primero pasó en seguida una nota en que concre- 
taba así las exigencias de su Gobierno : 

Reconocimiento de la independencia uruguaya; renuncia 
de Rosas a todo acto de intervención en el régimen interno 
del Uruguay; retiro de las tropas argentinas "bajo ciertas 
condiciones"; levantamiento del bloqueo; otorgamiento de 
garantías a los emigrados políticos, 

Rosas contestó esa nueva nota diciendo que el Gobierno 
Argentino había reconocido siempre la independencia orien- 
tal; que jamás había intervenido ni directa ni indirectamente 
en su régimen interno ; que las tropas argentinas serían re- 
tiradas tan luego como Oribe dijera que no tenía necesidad 
de ellas, y la escuadra bloqueadora, una vez concluida la 
paz; que los emigrados políticos gozaban ya de amplias ga- 
rantías. 

A su vez exigía Rosas dos cosas en su nota : que las ges- 
tiones de pacificación de la República Oriental fueran enta- 
bladas ante Oribe y que las potencias interventoras acataran 
el bloqueo absoluto del puerto de Montevideo por la escuadra 
de Brown. 



LA DEFENSA DE MONTEVIDEO 429 

Desembarcaba en esos momentos el barón Deffaudis, y en- 
tonces las nefrociaciones con el Ministro Inglés quedaron sus- 
pendidas a la espera de la acción conjunta que se había 
resuelto promover. 



Los interventores piden, sin resultado, una suspensión de 
hostilidades. 

Desde mediados de mayo se había dirigido el Ministro Ou- 
selej' a Oribe pidiéndole una suspensión de hostilidades a la 
espera del resultado de las negociaciones entabladas en Bue- 
nos Aires y Oribe había contestado por los cañones de la 
escuadra y de las baterías de la línea sitiadora : acentuando 
el bombardeo con más energía que nunca. 

El barón Deffaudis reiteró ante Rosas el pedido de sus- 
pensión de hostilidades con el mismo resultado negativo, y 
entonces el contraalmirante francés y el contraalmirante 
inglés se dirigieron a Oribe para prevenirle que los Ministros 
Diplomáticos de sus respectivos Gobiernos habían iniciado 
gestiones de paz sobre la base del retiro de las tropas ar- 
gentinas del frente de Montevideo; que era necesario sus- 
pender las hostilidades hasta el desenlace de las negocia- 
ciones; que Montevideo quedaba entretanto bajo la protec- 
ción de la escuadra franco - inglesa y que en caso necesario 
ésta tomaría la defensa de la ciudad y bloquearía los puertos 
ocupados por el ejército sitiador. 

La nota de los almirantes, que era de verdadero romj^i- 
miento de hostilidades, fué contestada altivamente por don 
Carlos G. Villademoros en su carácter de Ministro de Oribe. 
El Gobierno Oriental — decía el doctor Villademoros — no- 
puede reconocer tratados en los que no se le da entrada, ni 
tampoco acceder a una suspensión de hostilidades emanada 
de negociaciones de que se le excluye. En consecuencia "no 
sólo no suspenderá las hostilidades contra el bando de rebel- 
des y extranjeros armados encerrados en ^Montevideo, sino 
que también seguirá en sus operaciones contra todos y cua- 
lesquiera obstáculos, contra todos y cualesquiera enemigos que 
tenga que combatir". 

Los Ministros interventores habían cometido un error efec- 
tivamente. Oribe era sin duda alguna un lugarteniente de 
Rosas. Pero él se titulaba a la vez Presidente legal de la Re- 



43U HISTORIA DEL URUGUAY 



pública Oriental y su programa de guerra parecía reducido 
a ia reanudación del período que había quedado truncado 
■con su renuncia en octubre de 1838. Los Ministros debieron, 
pues, dirigí ree simultáneamente a Rosas y a Oribe, con lo que 
no habrían perjudicado su intervención y habrían al contra- 
rio evitado incidentes que favorecían en definitiva a Oribe, 
presentándolo como paladín de la integridad nacional atacada 
por la intervención extranjera. 



llosas rechaza la fórmula de la intervención y los Ministros 
se retiran a Montevideo para emprender hostilidades. 

Los Ministros Ouseley y Deffaudis formularon a principios 
de julio, en notas separadas, las bases de la intervención, que 
<íoncretaban así : 

"Evacuación del territorio del Uruguay por las tropas ar- 
gentinas; retiro de delante de Montevideo de las fuerzas na- 
vales argentinas que hacen el bloqueo de aquel puerto". 

Invocaban los ]\Iinistros los tratados firmados por el Go- 
bierno Argentino : el de 1828 entre el Brasil y la Argentina 
bajo la mediación inglesa que prescribía la absoluta indepen- 
dencia del Uruguay, y el de 1840 entre Francia y la Argen- 
tina